Angelina (Novela Mexicana) by Rafael Delgado - HTML preview

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Colección de Escritores Americanos dirigida por Ventura García Calderón XI

ANGELINA

(NOVELA MEXICANA)

POR

RAFAEL DELGADO

Con un estudio preliminar de V. GARCÍA CALDERÓN

CASA EDITORIAL MAUCCI

Gran medalla en las Exposiciones de Viena de 1903, Madrid 1907, Budapest1907 y gran premio en la de Buenos Aires 1910

Calle de Mallorca, 166.—BARCELONA

AL

Sr. D. José M. Roa Bárcena

en prenda de respetuosa amistad

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EL AUTOR

RAFAEL DELGADO Y SU NOVELA ANGELINA

PRÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN

Capítolos:

I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII, XIV, XV, XVI, XVII, XVIII, XIX, XX,

XXI, XXII, XXIII, XXIV, XXV, XXVI, XXVII, XXVIII, XXIX, XXX, XXXI, XXXII, XXX

III, XXIXV, XXXV, XXXVI, XXXVII, XXXVIII, XXXIX, XL, XLI, XLII, XLIII, XLIV, X

LV, XLVI, XLVII, XLVIII, XLIX, L, LI, LII, LIII, LIV, LV, LVI, LVII, LVIII, LIX, LX,

LXI, LXII, LXIII, LXIV, LXV

RAFAEL DELGADO Y SU NOVELA ANGELINA

Con este libro obtuvo el gran novelista mexicano el más sonado éxito;con él hemos querido propagar en América su nombre[*]. En sus armoniosaspáginas reconocemos un acento nuestro.

Allí revive y se prolonga lamusical historia de María.

[* A la exquisita amabilidad del eminente abogado mexicano, DonMiguel Hernández Sáuregui, heredero de los derechos del novelista,debemos la autorización para publicar este libro.]

No sé si, como aseguran cuerdos jueces, volvemos en América alromanticismo de Espronceda, si otra vez repetiremos el «románticossomos» de Rubén Darío, del Rubén envejecido y suspirando por la juventudque se acabó. Retorno encantador que sería solo censurable siromanticismo significara otra vez el tumulto forense de una poesíacallejera; mas no si regresáramos, por los collados de Bécquer, alreclamo lunático, al epitalamio triste del ruiseñor y la noche. Son rimas nuevas algunos cantos de Darío y en ciertas arias de Jiménez,que sedujeron a América, toda la Sevilla becqueriana está con susdivinos suspirantes y la guitarra de luto.

En tales libros han aprendido a amar y a delirar nuestras mujeres. Porellos son abnegadas víctimas del cruel amor e incomparables amantes. SonElviras y no han cesado de ser Julietas. Y

en ese coro de vivientespasionarias, tan americano, tan nuestro, en la sentimental alegoría dela poesía sin ventura, yo creo que la mexicana y la colombiana vienenjuntas. La Angelina de este libro está, silvestre y coronada, conMaría....

Como la historia de Isaacs, ésta también—según nos dice el autor en elprólogo—fué «más vivida que imaginada». Alterando apenas ciertas fechasy ciertos nombres, nos relata una aventura propia. ¿Pueden acaso, lasajenas, contarse bien? Delgado no lo cree. Dirigiéndose en el prólogo de Los Parientes Ricos al que leyere, confiesa que «el autor está siempreen la obra» y que «eso de la impersonalidad en la novela es empeño tanarduo y difícil que, a decir verdad, lo tengo por sobrehumano eimposible». El relatará, pues, su aventura y con ella la de lasmocedades americanas y mejicanas hacia 1860, cuando los libros denuestro romanticismo tardío enseñan todos la santidad de amar, la vitalnecesidad de amar y al mismo tiempo el perenne fracaso de los idilios,la crispada rebelión de los puños y la fatalista languidez de los labiosque cantan con Leopardi el desposorio del Amor y la Muerte.

Leopardi y Bécquer son los cultos de la adolescencia sentimental deRafael Delgado. En 1881, a los veintiocho años, leía estudios sobreambos poetas desamparados, en la «Sociedad Sánchez Oropeza» de Orizaba.El protagonista de Angelina confiesa que sabe de memoria versos deJusto Sierra y prosas de Altamirano. Pero también conoce algunas quejasde esa generación mexicana de grandes clásicos. Con tal lectura semodera y mitiga el moceril romanticismo. Ya su generación pone el oído alos consejos de la escuela realista. Y la novela La Calandria quepublicara Delgado en 1889, en la Revista Nacional de Letras yCiencias, es obra de regionalista y costumbrista. Cuando años mástarde, dice a su amigo don Francisco Sosa que en el plan de sus relatosno entra por mucho el enredo, y que para él «la novela es historia»,adivinamos que ha adoptado una idea de los Goncourt presentida ya enAmérica por don Ricardo Palma.

Acercándose a la historia, llegan estos románticos a la vida; pero en supesquisa de la veracidad y el documento se apartan siempre, conaprensivo ademán, del estercolero de Job en donde Zola prospera y sesolaza. Y porque vienen con Lamartine de un país de azahares y de lunasde miel, queda en sus personajes una bondad contagiosa, en su estilo unarecóndita y efusiva dulzura que se infiltra en el alma como una bruma denoviembre.

Nada puede dar mejor idea del operado cambio que el cuento Amor deniño (publicado en un tomo de relatos breves) en donde está encrisálida la novela Angelina. Es la encantadora y juvenil locura de unchiquillo que se enamora hasta enfermar... de un cuadro, del lienzo endonde vive una de las más suaves heroínas de Shakespeare. Cordelia es elprimer amor de este adolescente que delira. El episodio recuerda, hastaen el tono, un relato de Heine: aquella estatua feminizada por el musgoque el futuro poeta de los lieder iba a besar, con una oscura congojade Werther bisoño, en un rincón del parque familiar. Todos losrománticos—se llamen Heine o Delgado—

irán después a más carnalesmusas, pero ya llevan en la frente el signo de ceniza. Y ante

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lasabnegaciones y los rendimientos de los acendrados cariños, no podrán seren su pristina simplicidad, el joven y el amante. Una intrusa jamásolvidada, la obsesionante compañera de un pacto adolescente, acudesiempre a citas que no fueron para ella: Cordelia impalpable ysilenciosa, estatua derribada en el jardín que heló y eternizó conlabios de mármol perfecto, el primer beso. Es casi la tragedia de estelibro.

María muere, Angelina se retira para olvidar, a un convento, paraolvidar un amor que ya adivina amenguado en el perfecto amante de sufantasía. Porque ellas también, a su manera, son resignadas víctimas dela educación sentimental y casi mística. Sus lecturas favoritas, lasarracena ardentía de su sangre española, no les dejan entrever otraventura que un «amor de exceso» como dijo el poeta, en donde amor y besofueran síntesis de la eternidad». Pero cuando la vida va a enseñarles ladolorosa experiencia de su fragilidad, ellas no quieren aventurarse porla senda en que la señora de Bovary camina, velada y suspirando, haciael amor que engaña. Éstas «hijas de María» expiarán su candor en lacelda horrenda y nuestros conventos son asilos de novias, desamparadas.

Ningún epílogo, podía ser, pues, más americano que el de Angelina.Americano, aún cuando fuera antaño europeo también. Traducida en laactualidad, haría sonreir. Recordaría esos grabados encantadores endonde Lamartine, de cara al «empíreo», increpa al cielo por su venturaperdida; aquellas imágenes de Elvira, de pie en la barca, bajo la lunaque entumece los corazones y los lagos.... Pero estamos seguros de queseduce y seducirá esta obra a cuantos nacimos en países románticos. Enesos países donde hay siempre margaritas que deshojar, versos ingenuosen los abanicos, novias que juran, desde una reja nocturna, el amorvitalicio de Angelina.

VENTURA GARCÍA CALDERÓN

PRÓLOGO DE LA PRIMERA EDICIÓN

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Allá te va esa novela, lector amigo; allá te van esas páginasdesaliñadas o incoloras, escritas de prisa, sin que ni primores delenguaje ni gramaticales escrúpulos hayan detenido la pluma del autor.Son la historia de un muchacho pobre; pobre muchacho tímido y crédulo,como todos los que allá por el 67 se atusaban el naciente bigote,creyéndose unos hombres hechos y derechos; historia sencilla, vulgar,más vivida que imaginada, que acaso resulte interesante y simpática paracuantos están a punto de cumplir los cuarenta. Como el Rodolfo de minovela, gran lector de libros románticos, eran todos mis compañeros democedad,—te lo aseguro a fe de caballero,—y ni más ni menos que comoVillaverde algunas ciudades de cuyo nombre no quiero acordarme.

Ruégote por tu vida, amigo lector, que no te metas en honduras, que note empeñes en averiguar dónde está Villaverde, cuna de mi protagonista.Mira que perderías el tiempo y correrías peligro de mentir. Ya sabes quelos noveladores inventan ciudades que no existen, y de las cuales no tedaría noticia ni el mismísimo García Cubas.... Tampoco busques en loscapitulejos que vas a leer hondas trascendencias y problemas al uso.No entiendo de tamañas sabidurías, y aunque de ellas supiera meguardaría de ponerlas en novela; que a la fin y a la postre las obras deeste género,—poesía, pura poesía,—no son más que libros de grata,apacible diversión para entretener desocupados y matar las horas,libritos efímeros que suelen parar, olvidados y comidos de polilla, enun rincón de las bibliotecas. Además: una novela es una obra artística;el objeto principal del Arte es la belleza, y... ¡con eso le basta!

Mas si por acaso fueses de esos críticos zahoríes que adivinan opresumen de adivinar las intenciones y propósitos de un autor, para queel mejor día no salgas diciendo que quise decir esto o aquello,declaróte que tengo en aborrecimiento las novelas tendenciosas, y quecon esta novelita, si tal nombro merecen estas páginas, sólo aspiro adivertir tus fastidios y alegrar tus murrias. Y no me pidas otra cosa, yqueda con Dios.

Orizaba, a 30 de Julio de 1893.

I

La diligencia iba que volaba. Sin embargo, me parecía lenta y pesadacomo una tortuga. Ya no me causaba repugnancia el hedor de los cuerosengrasados, ni me ahogaba el polvo, ni me arrancaban una sola queja lostumbos del incómodo y ruidoso vehículo. Hubiera yo querido duplicar eltiro, emborrachar a los cocheros y hostigar a las bestias, a fin derecorrer en pocos minutos las tres leguas que faltaban para llegar aVillaverde. Aniquilado por la impaciencia, me arrinconé en el asiento,delante de la anciana y junto al ganadero; recogí la indomable cortina yme puse a contemplar el paisaje, aquellos campos fértiles y ricos,aquellas montañas cubiertas de abetos, vistos diez años antes, a travésde las lágrimas, una fría mañana del mes de Enero a los fulgorespurpúreos del sol naciente.

Nada había variado: las arboledas, más copadas, conservaban la mismadisposición, el mismo aspecto; el caserío de la hacienda próxima volvíaante mis ojos igual, idéntico, como una estampa admirada en la niñez, yque el mejor día, cuando menos lo esperamos, viene a recordarnos épocasdichosas. Blancas las paredes del lado del Poniente; las orientales,pardas, ennegrecidas por los vientos salobres de la Costa. Lasenredaderas, que trepaban por la torrecilla hasta prender sus tallos enla cruz de hierro, hacían gala de sus festones floridos, y en lascornisas, en los tejados, en los árboles, friolentas palomas, pichonestornasolados, esperaban la noche para recogerse al amoroso nido.

El triste Octubre prodigaba en laderas y rastrojos amarillas flores, yal soplo del viento que pasaba susurrando, los fresnos se estremecían ydejaban caer las muertas hojas.

En el ancho camino el rechinar lejano de una carreta vacía, y orilladasa un vallado de piedras, paso a paso, vuelto el arado doblegadas al yugoy seguidas de los gañanes, media docena de yuntas que volvían de losbarbechos. En el real solitario, junto al estanque de aguas turbias, unaparvada de ocas; los techos pajizos envueltos en la gasa del humovespertino; detrás, la casa de la hacienda, vetusta en parte, con airesde arruinada fortaleza, en parte sonriente y alegre, restaurada,rejuvenecida al gusto europeo, dejando adivinar en las vidrierasluminosas y en las verdes persianas un interior elegante y rico.

Fondo de aquel hermoso cuadro, graciosa cordillera, valles conocidos yamados, un cielo límpido y puro, por el cual ascendía la creciente lunasemivelada en un celaje.

—¿De quién es esta hacienda?—pregunté.

Hícelo, acaso con el pensamiento, porque nadie me respondió. La ancianadormitaba; el ganadero doblaba cuidadosamente, por la milésima vez, suvalioso zarapo multicolor.

—¿Cómo se llama esta finca? ¿De quién es?—repetí.

—Santa Clara.... Es de un tal Fernández....—murmuró el campesino,exclamando en seguida, sin dejar el jorongo:—¡Buena boyada! ¡Hartospesos! Alzan aquí unas cosechas, amigo, unas cosechas... que... ¡vaya!

Seguí entregado a la contemplación del paisaje.

Para mí se hacía transparente, como para dejarme ver entre sombras unacasa humilde y modesta, la casa paterna, donde me aguardaban mis tías,dos hermanas de mi madre, dos ancianas amables y cariñosas.

Unico amparo del niño desdichado que no tuvo la buena suerte de conocera sus padres, ellas le recogieron, le criaron, y a costa de no pocossacrificios le proporcionaban educación. El que salió chiquillo volvíahecho un mancebo; venía crecido y guapo; negro bozo le sombreaba loslabios; no había malogrado tantos afanes, y en él cifraban las buenasseñoras toda su dicha.

Ya estarían disponiéndose para ir a recibirle; ya le tendrían lista laalcoba y la merienda. ¡Ah!

sí, todo quedaría dispuesto y bien arreglado.La recamarita, aquella que daba al patio, muy aseada y cuca, con su camaalbeando, con su aguamanil provisto de todo. Y allí estaría, sin duda,el retrato del abuelo, muy estirado, de gran uniforme, el pecho cuajadode cruces.... ¡El abuelito! Un general del antiguo ejército, honor ygloria de la familia; santanista feroz que peleó en Tampico y enVeracruz, que se batió como un héroe en Churubusco; y que siguió aS.A.S. a las Antillas, de donde volvió desengañado, viejo, enfermo,y... pobre.

Habrían colocado también, a la cabecera, el cuadrito de San LuisGonzaga, que no quise llevarme, a pesar de las súplicas de mi tíaCarmen. Ella me le regaló el día que hice mi primera comunión. Piadosoobsequio, dulce recuerdo de aquel Viernes de Dolores venturoso y felizen que mi alma tenía la pureza de las azucenas; en que los cielos y latierra me sonreían, cuando en el templo alfombrado de amapolas, entre elhumo de los incensarios, a los acordes solemnes del órgano, delante deun altar, resplandeciente, me acerqué trémulo, anonadado, a recibir elPan Eucarístico.

Me parece que veo al sacerdote, venerable anciano de aspecto dulcísimocomo San Vicente de Paul, que, seguido de los acólitos que vestíanmantos nuevos y sobrepellices limpias, descendía, trayendo en una manoáureo copón, y en la otra la Forma Inmaculada.

De un lado las niñas, cubiertas con velos vaporosos, ceñida la sién derosas blancas; del opuesto nosotros, los varoncitos, de gala, ornado elbrazo con un moño de moaré flecado de oro.

Y luego, la salida delTemplo, después de dar gracias. ¡Ah! ¡Qué alegremente que repicaban lascampanas! ¡Cómo olían los aires a primavera! Venían las brisas cargadasde azahar, y esparcían por la ciudad no sólo el aroma de los naranjales,sino los mil olores de los huertos y de los bosques cercanos; los aromasembriagantes de las amapolas, de los acónitos y de los jinicuiles florecidos, como si la naturaleza despilfarrara todos sus perfumes enobsequio de los niños que volvían a sus hogares. Y allí, ¡qué fiesta tanhermosa! ¡Qué desayuno aquel! ¡El comedor que parecía un jardín! Sobreblanco mantel las garrafas llenas de leche fresca; en fuentes que sólosalían cuando repicaban recio, pasteles, tortas, hojaldres, lasbizcotelas del convento de las Teresitas, suaves, esponjadas, porosas,llovidas de azúcar como nieve; vasos y copas que de limpios parecíandiamantes. En grandes jarrones de porcelana española,—los viejosjarrones de la familia,—frescos ramilletes de rosas, lirios y azucenas;y por todas partes, regados aquí y allá, pétalos rosados, amarillos,blancos, purpúreos; y apiladas en torno de mi taza, las místicas ycaducas balsaminas,— los chinos de castor,—que de ordinarioengalanaban la humilde lamparilla de la Dolorosa, lucían ahora en aquelbanquete religioso su nívea veste manchada de carmín.

En la vasera, convertida en altar, entre dos candelabros con las velasencendidas, el cuadrito de San Luis Gonzaga, el santo angelical,ofreciendo de rodillas, ante la Reina de los Cielos, lisada corona, lavida y el alma. Enfrente el retrato del abuelito, el abuelo que muygrave y seriote parecía desarrugar el adusto ceño para sonreir a sunieto.

Al concluir el alegre desayuno, cuando me levantaba yo ahito depasteles, mi tía Pepa, entre afable y severa, me detuvo diciendo:

—Te falta una cosa, Rodolfo....

—¿Qué cosa, tía?

—¡Dar gracias, Rorró!...

Me hicieron rezar el Padre nuestro, el Ave María, la oración de SanLuisito, y un requiem, y otro, y otro más, por el abuelito, por laabuelita y por mis padres.

¡Cómo me entristecieron las fúnebres preces! ¡Pasó por mi alma no séqué, algo como una sombra de fugitivo dolor!

El carruaje iba a todo correr por el ancho camino. La noche venía, y elcaserío se perdía en las tinieblas. Al fin de la dehesa, al otro ladodel riachuelo, detrás de una hilera de sauces babilónicos, blanqueaba eltemplo, cuyas campanas convocaban a la oración.

En las vertientes, en los repliegues de las montañas, en las espesurasdel valle, fulguraban las hogueras. La noche obscurecía los matorralescercanos; llegaban hasta nosotros el mugir de las reses y el tomear delos vaqueros; un ejército alado cruzaba los espacios raudo y vibrante, yen el cielo sin nubes brillaba la triste luna con apacible claridad.

Desde lo alto de la cuesta descubrimos la ciudad. Silenciosa y lánguida,se me antojó rendida de cansancio. A la pálida luz del astro nocturnocolumbré los principales edificios: el convento de los franciscanos,pesado y sombrío; la iglesia del Cristo con su arrogante cúpula; laParroquia, la Casa Municipal, y a la derecha, en el montecillo, en unaloma, siempre tapizada de mullido césped, la capilla de San Antonio,donde las muchachas solteras y sin galán iban a rezar y a decir aquellode

Bendito San Antonio,

tres cosas te pido:

salvación, y dinero,

y un buen marido;

y donde los chicos de la Escuela del Cura y los de la Escuela Nacionalreñían tremendas batallas.

Allí, en la sabanita, a espaldas del santuario, eran las carreras decaballos el día de San Juan.

Poco tiempo, pocas horas, y de mañanita iría yo con algunos amigos de lainfancia a recorrer aquellos sitios. Subiríamos al campanario para mirardesde allí el magnífico panorama de Villaverde, tan hermoso, tan bellopara mí, que otros, tal vez mejores, no me le hicieran olvidar.

La diligencia se detuvo en la garita. Los guardas salieron a cobrar nosé qué gabela de seguridad pública, con lo cual no había contado elpobre estudiante escaso de dineros. ¿Qué hacer? ¿Le detendrían si nopagaba? Lleno de angustia registré mis bolsillos.... ¡Nada! El ganaderocomprendió lo que me pasaba, y desprendido, francote como era,veracruzano al fin, pagó por la anciana y por mí, antes de que dijésemosuna palabra. Diciendo pestes del recaudador, que le oía sereno einmutable, y echando ternos contra el Gobierno, que cobraba semejantesimpuestos sin mantener en los caminos ni un soldado, volvió a su asientoy a su zarape multicolor.

Allí el vehículo comenzó a dar tumbos y más tumbos. Las calles deVillaverde estaban peores que la carretera. Fuí reconociendo las casas ysitios de aquel barrio perdidos en mi memoria.

Tenduchas solitarias,alumbradas por un farolillo; casucas de madera deshabitadas ymiserables; expendios de bebidas y comestibles, donde grupos de obrerosy campesinos charlaban y fumaban frente a un vaso de toronjil o denaranja amarga. Más adelante jarcierías y almacenes de pasturas; anchoportal en que pernoctaban unos arrieros, y cerca del cual ardía unafogata; luego, la calle anchísima.... Allí más animación, más vida;gentes que iban y venían; el alumbrado público, faroles con lámparas depetróleo, que solo servían para dejar que se viese la obscuridad;jinetes que volvían de las haciendas y de los pueblos cercanos; unalmacén de ultramarinos, EL

PUERTO DE VIGO, iluminado profusamente,centelleando en las botellas, en los frascos y en las latas de sardinasel reflejo de los quinqués; una botica soñolienta, hipnotizada por susreverberos y sus aguas de colores, la botica de don Procopio Meconio;delante del mostrador un marchante en espera; detrás un mancebo quehacía píldoras, y en la puerta el dueño, de charla con un amigo.

Al pasar por el Convento reconocí al P. Solis que sabía muy tranquilo,embozándose en la capa; dos calles adelante al doctor Sarmiento, lomismo que siempre, con levita larga, el bastón bajo el brazo y elsombrero espeluznado caído hacia la nuca. Por fin... ¡la Casa deDiligencias! El zaguán abierto de par en par, personas que aguardaban,mozos dispuestos para cerrar la puerta luego que entrase el ruidosovehículo.

¡Hemos llegado! El Administrador, un joven cejijunto, de negra y espesabarba, un poquito cargado de espaldas, sale a recibir a los viajeros,seguido de varios curiosos, los cuales, viendo que no han llegadoamigos, ni parientes, ni personajes notables, ni muchachas bonitas, seretiran mohínos, haciendo un gesto de contrariedad.

Pronto las mulas quedan desenganchadas. Un momento antes entrabansudorosas, echando espuma, sacando chispas del empedrado; ahora sepasean solas por el gran patio, arrastrando las cadenas, sonando suscadenas tintinantes.

El ganadero recoge cajitas y bultos chicos, se echa al hombro el zarape,y baja de un salto.

Cortés y comedido ayuda a la anciana que no sindificultades llega a tierra, toda envarada y adolorida. Sigo yo,cargando el abrigo y la exigua maleta estudiantil, y buscando a mistías. ¡En vano! ¡No estaban allí! Se habrían retardado.... Creerían quela diligencia llegaba más tarde.... Me dispuse a salir cuando sentí queme tocaban el hombro.

—¡Aquí estoy! ¿Ya no me conoces? ¿No me conoce usted? Soy Andrés.

Era un antiguo criado nuestro que cuando la familia vino a menos dejó lacasa y se dedicó al comercio.

—¡Andrés! ¿Tú?

—¡Qué grande está usted!

—No me hables así. ¡De tú! ¡De tú!

El buen viejo, trémulo de emoción, arrasados en lágrimas los ojos, meechó los brazos.

—¡Estás hecho un hombre! ¡Y qué buen mozo! ¡Si el amo viviera!... ¡Situ mamá pudiera verte!...

—¿Y mis tías?

—No vinieron.... Ya sabes: como doña Carmelita está un poco mala....

—¿De qué?—pregunté inquieto.

—Lo de siempre.... Los achaques.... Anda, que te están esperando. Damela maletita. ¿No dejas nada?

—No; mañana temprano vendrás por el baúl.

En marcha. A la salida me despedí, muy de prisa, de mis compañeros deviaje.

Andrés no dejaba de verme ni de acariciarme. A cada paso me decía.

—Pero, niño... ¡si estás tamaño!

II

Tomé por calles que conducían a la casa paterna. En ella debían vivirmis tías. Nadie me había dicho lo contrario hasta que Andrés me detuvo:

—¿A dónde vas? ¿Ya no conoces tu tierra?

—A casa.

—Si ya no viven donde antes.

—¿Pues dónde?...

—Por aquí....

Echándome el brazo me impulsó a seguir por una callejuela.

—¿Cuándo mudaron de casa?

—¡Uh! ¡Hace tiempo! Como vendieron la casita.... Yo les dije que no lohicieran; pero fué preciso....

Estas palabras del antiguo servidor de mis padres fueron para mí como unrayo de luz. Todo lo comprendí. La situación de mis tías era, sin duda,por extremo precaria. Ahora me daba yo cuenta de la tristeza queinformaba sus cartas; ahora estimaba yo en lo justo la magnitud de susafanes y de sus sacrificios.

Andrés prosiguió:

—Están muy pobres. No han querido decirte nada para no afligirte. ¡Laspobrecitas te quieren mucho!

—¡Que si me quieren! ¡Vaya!

—Nada les digas. Veremos a ver por dónde salen. Para tu gobierno: ya nopueden seguir dándote la mesada. Las ayudo cuanto puedo, pero yacomprenderás que no les doy mucho; los tiempos están malos; no se pagaun peso.... Sin embargo, si quieres, haremos un esfuerzo, cueste lo quecostare. ¿Tienes que estudiar mucho todavía? Pues si no es mucho, si noes mucho alcanzará. ¡Aunque me quede sin nada! Al fin, para lo que yo hede vivir. Al fin no hago más que pagar lo que a los amos les debo....

Y sin dejarme contestar pasó a otra cosa.

—Pero, niño... ¡si estás tamaño! ¡qué grande! ¡qué buen mozo!

Detúvose delante de una casa de pobre apariencia. Asió el llamador, y

—¡Tan! ¡Tan!

No tardaron en abrir. Apareció una joven que me miró con insistentecuriosidad.

—Entren...—dijo.

—¡Doña Carmelita!—gritó Andrés, entrando,—¡Doña Carmelita! ¡Aquí estáel niño! ¡Muy grande! Y... ¡muy formal!

No sabía yo por dónde dirigirme. Llegaron a mis oídos voces conocidas,sonó en la cerradura de la puerta contigua ruido de llave, y salió mitía Pepa, tendiendo los brazos.

—¡Muchacho! ¡Muchacho! ¡Mi Rorró, ven, ven para que te abrace!

Estrechándome, repetía con su locuacidad de siempre:

—¡Niño de mi alma! ¡Si estás tan alto que no te alcanzo! Entra para quete veamos.

La emoción la ahogaba. Me besó en las mejillas, como si fuera yo unchiquitín. Estaba llorando. Me dejó húmedo el rostro.

—¡Entra para que te vea Carmen!—Y agregó sigilosamente, agarrándome deun brazo:—La pobrecilla está muy malita, muy malita. Te vas aentristecer al verla. No te lo hemos dicho para que no perdieras latranquilidad en tus estudios. El doctor Sarmiento dice que no tieneremedio; pero que la cosa va larga; vivirá así, tullida, más o menos,pero que eso de sanar, sólo por milagro.... Pero mira, mira, tengo muchafe en la Santísima Virgen. Entra, Rorró, entra. La pobre Carmen se va aponer tan contenta. Todito el santo día ha estado diciendo: «¿Por dóndevendrá mi señor don Rofoldo? ¿Por dónde vendrá? ¡Dios quiera y no lepase una desgracia!»

Entramos en la salita. ¡Qué pobre y qué triste! De una ojeada, a la luzde la vela que traía la joven que nos abrió la puerta, aprecié lo queencerraba: algunos muebles vetustos; sillas seculares de alto respaldary garras de león, resto de antiguos esplendores domésticos; dosrinconeras con sus nichos de hoja de lata; un sofá tapizado de cerda.

En la pieza siguiente, cerca de la ventana cerrada, yacía la enfermasentada en un sillón de vaqueta, envuelta en grueso pañolón de lana. Enla cabeza tenía un pañuelo blanco, atado bajo la barba.

—¡Rodolfito!—exclamó con acento débil—¡Rodolfito! ¡Ven, dame unabrazo; mira que no puedo levantarme!

Llegué a su lado y me incliné para estrecharla contra mi pecho y darleun beso en la frente.

Tenía los ojos arrasados de lágrimas. Apenas podíahablar. Levantó el único brazo que tenía expedito, y me acariciaba condulzura infantil.

—¡Aquí, a mi lado! Siéntate aquí, mientras te ponen la cena. ¿Tendráshambre, no es cierto?

Se come muy mal por esos caminos. ¡Pepa, Pepa! Ponla vela aquí, cerca, para que vea yo bien al señor de la casa.

Tía Carmen arrimó la mesita, en la cual, en un candelero de latón, ardíacon luz rojiza una vela de sebo. Como no me viese a su gusto, insistióimpaciente:

Obedeciéronla. Me senté a su lado. Andrés y tía Pepa permanecían de piedelante de nosotros.

Desde la puerta, que daba paso a las habitacionesinteriores, la joven nos veía. Era alta y esbelta; vestía de blanco, yme pareció de singular hermosura.

La enferma secó sus lágrimas. Siempre fué adusta y severa; jamáslisonjeaba, nunca tenía una frase dulce y afable. La enfermedad habíaquebrantado aquel carácter entero, férreo, como de una pieza. Ahoratenía ternuras y delicadezas que conmovían profundamente.

—¡Vamos, ya te veo a mi gusto! ¡Jesús! ¡Qué guapo que estás! Mira,Pepa, mira: ¡ya tiene bigotito! ¡Enterito a su abuelo!

Su voz era débil y apagada. Como si el pensamiento la abandonara paravolar hacia las regiones de ultra-tumba, quedóse la anciana silenciosa,fija en el suelo la mirada. Después de un rato prosiguió, sonriendodolorosamente, con esa sonrisa de los ancianos próximos a morir:

—¿Cómo me encuentras, hijo? ¿Mal, verdad? ¿Te acuerdas? ¡Antes tanfuerte, tan activa!

¡Estaba yo en todo! Ahora, aquí me tienes, comopresa, como si tuviera grillos... ¡peor que si los tuviera! Aquí metienes, clavada en el butaque, sin poder dar un paso; sin poder ayudar atu tía.

¡La pobrecilla, que no para! Y yo que en nada le aligero eltrabajo; antes, al contrario, le doy quehacer. ¡Estos nervios, hijo!Don Pancho Sarmiento, (es muy bueno con nosotras, ¡si vieras!) dice quetodo lo que tengo es cosa de los nervios. ¡Nervios, nervios, y ello esque a mí se me van las fuerzas más y más cada día!...

Cuando dijo esto me hizo una señal de inteligencia, como indicándome quela engañaban, que ella no creía nada de cuanto le decían acerca de suenfermedad.

—Que te pongan la cena. Mientras hablaremos de otra cosa. Para cosastristes, tiempo habrá.

Procuré tranquilizarla. Le referí mil casos de enfermedades nerviosasque tenían aspecto de gravísimos males, y que con el tiempo y el cuidadohabían desaparecido, dejando a los pacientes buenos y sanos.

Pareció convencida y, volviéndose a mí, me dijo sonriendo:

—Te habrás paseado mucho. Vas a ver esto muy triste. Tendrás razón,hijo; aquí nadie se mueve; todos viven como cansados, como abrumados defastidio. Saliste bien de tus exámenes,

¡ya lo sabemos! Nos lo dijoRicardito Tejeda la noche que vino a visitarnos. El pobrecillo te quieremucho. Nos contó que tenías mucho miedo. Nosotras rezamos por tí; Pepafué a misa ese día, y yo le encendí una lamparita a San Luisito, a tuSan Luisito, para que te sacara con bien.

Y dime, ¿te entregaron el dinero que te mandamos para el traje? Yasabemos que sí; pero te lo pregunto por saber si te lo dieron a tiempo.

—Sí; y por cierto que sentí mucho que ustedes hicieran esesacrificio....

—¡Ah muchacho! ¿Ya vienes con lo del sacrificio, como en todas tuscartas? ¡Qué sacrificio!

—No, tía, pero....

—Era preciso que te presentaras bien. Por fortuna en esos díasrecibimos un dinerito, el de la casa. ¿Ya sabes que la vendimos?

—Sí;—contesté—creo que me lo escribieron.

—Tú dirás: ¡estaba ya tan vieja! En reponerla se hubiera gastado más.

Comprendí que trataban de engañarme, de hacerme creer que vivíancómodamente.

—Mira, Pepa: que le pongan a éste la cena. ¡Se come tan mal por esoscaminos!...

Mi tía, la joven y Andrés se retiraron al comedor. No tardaron enllamarme. La joven se presentó diciendo:

—Que ya está la cena....

Acaricié a mi pobre tía, y pasé al sitio donde me esperaban. Las buenasseñoras quisieron tratarme a cuerpo de rey, y sin embargo, ¡qué cena tanmodesta y tan triste!

III

Cerré la puerta, dejó en la mesa la brillante palmatoria, y de un soploapagué la bujía.

De codos en el alféizar me puse a contemplar el cielo. Los vientosotoñales habían extendido en pocos minutos negro manto de nubes,uniformemente obscuras, y sólo en un punto ralas y tenues, hacia elOriente, donde a través de blancos velos dejaban adivinar las más altasregiones del éter, los océanos superiores del aire, limpios, surcadospor mil celajes voladores. Oíase el ruido lejano de la lluvia. Lasplantas del jardincillo se balanceaban rumorosas. Las adelfascolumpiaban sus tallos flexibles; los floripondios mecían en laobscuridad sus campanas de raso, y en la espléndida copa de un naranjolas primeras gotas, gruesas y resonantes, caían con ímpetuextraordinario, precursoras de un largo aguacero.

Estaba yo en la casa de los míos. Pero ¡ay! qué triste aparecía ante misojos. No era aquella casita la casita alegre y risueña que me vió nacer,que albergó mi niñez y que me vió salir de allí bañado en lágrimas. ¡Lacasa de mis padres era ajena! ¿Quiénes la habitaban? Acaso quien no eracapaz de amarla y de estimar sus bellezas. Allí murieron mis padres,dejándome en la cuna; allí el abuelo se durmió tranquilamente en elSeñor; allí corrió mi vida regocijada y venturosa.

¡Con qué penadejarían mis tías aquella casa, centro de todos sus afectos, relicariode los más dulces recuerdos! Me la imaginaba, y mis ojos se llenaban delágrimas. Bien visto, estaba solo; las buenas ancianas prontoemprenderían el eterno viaje, y me quedaría yo abandonado en un mundoque me causaba miedo.

La lluvia arreciaba. Truenos lejanos, pálido fulgurar de relámpagosdistantes, anunciaban que la tempestad invadía la cordillera. El aguacaía a torrentes. En el naranjo aleteaban los pájaros, amedrentados alsentir inundado su nido. Una mariposa nocturna pasó rozándome la frente.

Encendí la bujía y cerré la vidriera. Allí estaba mi lecho de niño: lacamita de hierro con sus blancas colgaduras, y por la cual había yosuspirado tantas veces en el frío y desolado dormitorio del colegio.Allí estaba el aguamanil provisto de todo, con su toalla tejida por latía Pepa. Junto a la cama, arriba del buró, el cuadrito de San LuisGonzaga. Enfrente, sobre la cómoda, el retrato del abuelito. A un ladoun estante lleno de libros, y cerca de la ventana el pupitre delescolar, el negro pupitre de estudiante, compañero cariñoso del niño,confidente de sus amarguras, casi testigo de sus triunfos, mudodepositario de sus esperanzas. Allí había colocado la mano discreta dela tía mis primeros libros de estudia, conservados cuidadosamente en lafamilia; desde el Catecismo de Ripalda y el Fleury, hasta la Gramáticade Iriarte, aquella gramática atiborrada de malos versos, que puso enmis manos don Basilio, el eterno alcalde de Villaverde, una nocheinolvidable, la noche del reparto de premios.

Abrí los libros. Aun conservaban en sus guardas la caricatura delmaestro, don Román López, el pomposísimo Cicerón, como le llamábamosporque nunca hablaba del orador de Túsculo sin aplicarle rimbombanteepíteto, y legibles todavía, notas, significados de inusitadas voces,sólo usadas de tal o cual poeta; listas de condiscípulos condenados aser detenidos dos o tres horas, por no haber acertado con no sé quédificultades horacianas.

¡Felices tiempos aquellos! ¡Cómo varían las cosas! ¿Dónde están lasalegrías de aquella época? ¿Dónde los infantiles regocijos? ¿A dónde sefueron las ilusiones rosadas, las mariposillas de la infancia? Ahoratodo ha cambiado; no hay sueños para el alma; la frente, antes soñadora,tiene ya la palidez del primer dolor; ya probé las amarguras de la vida,y sé que sus dejos se quedan en los labios para siempre.

En uno de los libros, al abrirle al acaso, tropezaron mis ojos con unnombre de mujer:

¡MATILDE! Así, entre dos admiraciones, como un grito dealegría, como la expresión de la más dulce esperanza, como la confesiónde un afecto sofocado en el pecho, que un día se nos escapa irresistibley delata ante la malicia estudiantil, ante la cruel y dura indiscreciónde los condiscípulos, que una mujer de ese nombre tiene en nuestrocorazón un altar, donde recibe culto y homenajes; donde sólo ella reina,señora de todo afecto puro, dueño de todos los pensamientos, soberana denuestro albedrío. Y me pareció mirar una niña pálida y rubia, esbelta ygraciosa, de grandes ojos de color de violeta; una niña en cuyosemblante puso el cielo angelicales bellezas, que ataviada gallardamentecon rica veste azul, corta la falda, dejando ver unos pies brevísimos,pasaba y huía, e iba a perderse entre la sombra que proyectaba en elmuro el blanco lecho: la dulce niña objeto de mi primer amor, de eseamor primero que embalsama con su aroma de azucenas la más larga vida,toda una existencia.

No pude contenerme, y llevé a mis labios aquel libro, aquella página,aquel nombre que no gusto de repetir, aunque resuena en mis oídos comoceleste melodía; que está grabado en mi corazón; que no se aparta de mimente; que para mí expresa todo cuanto hay de tierno y puro y santo aquíen la tierra.

No le olvido ni le olvidaré; quizás porque de niño le escribí tantasveces, a todas horas, en todas partes, en los libros, en los cuadernos,en cualquier papel que tenía yo cerca, cuando en mis manos había unlápiz o una pluma. Nombre escrito en las arenas de la ribera; en lascortezas de los árboles; en la bóveda azul las noches consteladas,trazándole con el pensamiento, como sobre una pauta, de estrella enestrella, para verle extendido por los espacios ilimitados, irradiandoen divina canopea.

¡Cómo me río ahora, al copiar estas páginas, de mis romanticismos deentonces! ¡Cómo me burlo de aquellos raptos amorosos, de aquelloséxtasis quijotescos! Pero ¡ay! no lo hago impunemente; que me hiero enel pecho, me desgarro el corazón como si me arrastrara yo sobre él unhaz de espinas. Y sin embargo, aquello era una locura, un delirio deloco. Aquella vida siempre dada al ensueño, siempre mecida en loscolumpios de la fantasía, alimentada y nutrida con platilloslamartinianos, era desviada, acaso perniciosa; pero ¡ay! tan bella, quecada hora, suya se me antojaba como el canto de un poema sublime cuyasdelicadezas y excelsitudes nos arrancan de esta pobre vida terrena y nosllevan a vivir en un mundo ideal; me parecen como una sinfoníaadormecedora, algo como la música de los grandes maestros, así como deMozart, Beethoven o Wagner, que nos saca de la penosa y prosaica vidamaterial y por breves horas nos hace felices, aniquilando en nosotrostodo dolor, todo fastidio.

El cansancio me tenía rendido; el estropeo del viaje en la malhadadadiligencia me había magullado de pies a cabeza, y principié a sentir eldesmayo precursor del sueño. A los diez y siete años siempre se duermebien. Ni tristezas domésticas ni el recuerdo de venturas desvanecidasnos quitan el sueño. La cama albeaba en un rincón; el cariño velabacerca de mí, y el aguacero con su ruido monótono me arrullaríadulcemente. ¡A la cama! Un soplo.... ¡Pfff! Ahora, como dijo Bécquer:

A dormir y roncar como un sochantre.

IV

No sé a qué hora desperté. Desconocí el sitio en que me hallaba, mevolví del otro lado y seguí durmiendo hasta las ocho de la mañana. Noquisieron, sin duda, despertarme, para que me desquitara de lasdesmañanadas del Colegio.

—¡Que duerma hasta que quiera!—dirían las buenas señoras.—Harto habrámadrugado en diez años de encierro.

La luz que se filtraba por las junturas del techo y por las hendidurasde la ventana, alegre y regocijada me hizo dejar el lecho. Fueraresonaba la escoba cantante de una barredora inteligente, cantabanpajarillos y cacareaban las gallinas. Un gallo ronco lanzaba, de tiempoen tiempo, su canto de ensoberbecido sultán.

Presentía yo hermoso día, uno de esos inolvidables días que dan a lasalmas de los niños festivo buen humor; uno de esos días que convidan, asacudir el yugo escolar para irse por los campos a tenderse bajo losálamos del río, cabe las ondas murmurantes, cerca de las piedrascubiertas de musgo, lejos del dómino cetrino e irrascible, lejos de lascoplas del Iriarte, de las discusiones del Foro y de las catilinariasterríficas; día de los más bellos para salar. Me olvidé de mi edad, meimaginé que tenía siete años, me persuadí de ello, y me dije:

—Lo que es hoy, me desayuno, y dejo al pomposísimo don Román con susodas y sus églogas.

¡Allá se las avenga! Ahora.... ¡Al cerro del Cristo,a las dehesas del Escobillar, a cortar guayabas en las sabanillas quebordan las orillas del Pedregoso!

Y, dicho y hecho, en pie. Pronto estuve listo. No procuré cambiar detraje, y me puse el muy empolvado de la víspera, que me olía a lo quehuelen los caminos de la Mesa Central, a sequedad y tierra estéril.Cuando entré en el comedor,—¡qué comedor!—una pieza de seis varascuadradas, mi tía Pepa, muy risueña y parlera, me esperaba sentada a lamesa.

—¡Por Dios, Rorró! ¡Quieres que me dé un ataque! Son las nueve, y aquíme tienes, sin probar bocado, en espera del caballero, mientras ésteduerme como un marqués. Carmen no ha dormido en toda la noche, pensandoen tí, muy contenta de haberte visto. ¡Tiene tu tía unas cosas! Dice quepronto liará el petate; que ya viniste y que, tal vez, eso nada másespera Dios para llevársela.

Así sucede todos los días; siempreamargándonos la vida con tristezas, siempre haciéndonos llorar. Pero¡vaya! a todo esto ni quien piense en el desayuno.... Señora Juana: ¡aquíestamos ya!

¡El chocolatito! Tú tomarás café con leche, ¿no es eso?Ustedes los muchachos no gustan ya del chocolate; dicen que esantigualla. Yo, hijo, como tu abuelo, chocolate y nada más; chocolatebueno eso sí. Mira, Rorró: a eso sí no puedo acostumbrarme, alchocolate malo.

¿Comes algo? Dílo, muchacho, que para eso estás en tucasa. Señora Juana: a ver qué le hace usted a Rodolfo.... ¡Hay quechiquear al niño!...

La buena de mi tía, no me dejaba hablar. Suelta de lengua, viva,ingeniosa, era difícil cortarle el hilo una vez que principiaba ahablar. No bien pidió el almuerzo, siguió diciendo:

—¿Ya sabes que está con nosotros una joven? ¿No la viste anoche?

—Creo que sí....

—¡Muy buena! ¡Muy buena! ¡Cómo un pan de gloria! Y te quiere mucho....Parece que te conoció desde que eras así. ¿Te acuerdas qué travieso? ¿Teacuerdas de cuando rompiste el juego de café de tu tía Carmen? Me pareceque te veo: te fuiste a esconder en la bodega. De allí te sacamos paraque vinieras a comer, y viniste pálido y lloroso. ¡Tú dirás! Por unoscacharros cualesquiera.... Eran de China, y muy bonitos; pero quéimportaba. ¡Todavía se acuerda de ellos tu tía! ¿Por que te sonrojas?¡Vaya, hijo! ¿Todavía tienes miedo de que te castigue tu madrina?

Efectivamente, el recuerdo de aquella diablura me sacaba al rostro loscolores. Se trataba de un precioso servicio de café, de legítimaprocedencia chinesca, que mi abuelo compró en un puerto del Pacífico, abordo de un navío inglés que volvía del Celeste Imperio. Era el encantode la casa.

Un día, jugando a la pelota, ¡chas! quedó hecho pedazos.

—Pues bien, como te iba yo diciendo:—prosiguió mi tía,—es muy buenamuchacha... y te quiere mucho. Las últimas camisas que te mandamos lashizo ella, y ¡con qué cuidado!

—Dígame usted, tía, ¿quién es esa joven?

—¡Ahora te diré!—e interrumpiéndome, gritó:

—¡Angelina! ¡Angelina! ¡Ven acá!

Y continuó, dirigiéndose a mí:

—Está, con Carmen. Si tú vieras: es muy hábil para todo, muy hacendosa,o, como dice, señora Juana, muy mujer! Es la alegría de la casa.Parece un pajarito que a todas horas está cantando. Nos tiene un cariño,un amor... que.... ¡Si te diga que pareces de la familia! ¡Qué cuidadoscon Carmen! Es muy viva, muy sabia; escribe que es un, encanto! Yaconoces su letra; ella escribe cuando yo estoy con la jaqueca. Lapobrecita ha sido muy desgraciada. ¡Dios le dé un buen marido!...

—Pues... pedírselo a San Antonio¡

—Lo merece, hijo, lo merece.

—Ya tendrá novio, ¿verdad, tía Pepa? O, por lo menos, susamartelados....

—¿Qué? ¿qué dices?

—Que ya tendrá novio....

—¿Novio Angelina? ¡Por Dios, Rorró! ¡Qué otro vienes¡

Y en tono dulce y suplicante agregó:

—¡Ay!, ¡Rorró! ¡No hagas malos juicios de las personas!...

En aquellos momentos llegó la joven. Tímida y cortada se detuvo en elumbral; bajaba los ojos, y al parecer distraída jugaba con la punta deldelantal.

—¿Me llamaba usted, doña Pepita?—dijo.

—Sí,—respondió mi tía,—para que conozcas al sobrino. ¿No deseabasconocerlo? Pues aquí lo tienes. Ya lo ves.

La doncella murmuró una excusa. Mi tía continuó, dirigiéndose a mí:

—Aquí tienes a la que, con esas manecitas, te hizo las camisas que tegustaron tanto; la que bordó aquellos pañuelos que te mandamos de cuelgael día que cumpliste diez y siete años,

¡Mentira parece! Y quien teconoció, así, chirriquitín, que cabías en un azafate...

Elogié las habilidades de Angelina. Esta, confusa y contrariada, noalzaba los ojos para verme.

Mientras señora Juana ponía delante de mí el café, el pan, lamantequilla, y no recuerdo qué más, y en tanto que la tía Pepa meservía, admiré a la joven. Era alta, esbeltísima y arrogante; había enella esa externa y encantadora debilidad de las personas sensibles ydelicadas que reside en todo el cuerpo y que se revela en todos losmovimientos. Su rostro era de lo más distinguido.

Pálida, con palidecesde azucena, aquella carita fina y dulce se hacía casi marmórea por elcontraste que producían en ella lo negro de los cabellos y lo espeso delas cejas. Permanecía con la vista baja, con cierto aire gazmoño, sí,gazmoño, que no me causó buena impresión.

¿Cómo hacer para que me dejaraver sus ojos?

—Vea usted, vea usted. Angelina...,—dije precipitadamente,—esepajarito que está bañándose.

Volvió el rostro, levantó la cabeza, y miró hacia la jaula.

—¿Ese es el que ha estado cantando?

—¡Ese!—contestó, volviéndose a mí.

¡Qué hermosa! Ojos negros, luminosos, húmedos; nariz delgada, fina,correctísima; boca agraciada; mejillas en las cuales se dibujaban apenaslindos hoyuelos, que más acentuados, al reir la joven, seríanencantadores.

—¡Buen cantante!—díjele, mirando al pajarillo.

—Le molestaría un poco. Desde muy temprano se suelta cantando. Aveces,—agregó, haciendo un mohín risueño,—está insufrible.

Pude gozar entonces de la belleza singular de aquella boca, de aquelloslabios rosados que dejaron ver, al plegarse dulcemente, una dentadurairreprochable.

Mi tía Pepa se entretenía con el chocolate, y yo me servía en unarebanada de pan la fresca e incitante mantequilla.

La anciana, como si quisiera establecer entre nosotros una corriente derecíproca simpatía, exclamó después de engullirse una sopa.

—Oye, Angelina: Rodolfo está muy contento de las camisas que lemandamos, y dice que nadie las hará mejores. Elogia mucho las marcas delos pañuelos, y....

—¡Ay, señor!—murmuró la joven, trémula, y levemente sonrojada.

—Y dice también...—prosiguió la santa señora, en un arranque deindiscreta sencillez,—dice...

que....

Comprendí la inconveniencia de mi tía, y la interrumpí.

—Tía, ¿qué tal, está bueno el soconusco?

Pero ella no me oyó, o no quiso oírme.

—Dice que si ya....

—¡Tía!—exclamé sin poderme contener.—¡Eso no debe decirse!

—¡Adiós! ¿Y por qué no?

—Porque no.

Angelina, turbada, nos veía con penosa curiosidad.

—¡Qué tiene eso! Dice que si ya tienes novio.

La doncella se estremeció de pies a cabeza, se encendió como unaamapola, y bajó los ojos avergonzada.

—¡No!... ¡no!...—repitió entre dientes.

—Ya lo ve usted, tía. ¡Qué malos ratos le hacemos pasar a esta buenaniña!...

Oyóse el repicar de una campanilla. Tía Carmen llamaba. En esto encontróla doncella su salvación.

—Usted perdone...—dijo—la señora necesita de mí.

V

Arrodillado delante de la enferma conversé largo rato. La pobre anciana,aunque dulce y cariñosa, en realidad fué siempre áspera y severa, acasoagria. Contábase en la familia, que en su primera juventud se distinguíade mi madre y de mi tía Pepa en lo festivo de su conversación, en lodulce de su trato. Alegro y bulliciosa, muy dada a fiestas y saraos,encanto de toda buena sociedad, a los veinte años se tornó silenciosa,reservada, melancólica. ¿A qué se debió tal cambio? Ello es que laCarmelita, (así la nombraba el abuelito), renunció a los espectáculos,moderó su lujo en el vestir, se apartó del trato de sus compañeras, yengrosó las filas de las solteronas, innumerables en Villaverde. Pero noera, como ellas, murmuradora y amiga de censurar a toda bicho viviente,vicio de cortijos y poblachones, donde no se vive más que para espiar alos vecinos y relatar diariamente cuanto éstos hacen o dejan de hacer.En mi tía Carmen no arraigó la murmuración ni halló tierra propacia lamaledicencia, acaso porque a la nobleza de su alma repugnaba todo lobajo y miserable. Por lo contrario, en todas ocasiones salía en defensadel ausente, desgarrado en su buen nombre por las tijeras del gremiosolteríl. De aquí que todos la quisieran y la respetaran; de aquí, sinduda, que nadie, o muy pocos, gustaran de penetrar en los misterios deaquel cambio de carácter, para ninguno inadvertido, que más que tal eraresultado de una resolución hija de una voluntad inquebrantable y firme.

Se dijo,—así me lo contó una vez don Basilio,—que todo provenía de undesengaño amoroso.

Tía Carmen no tuvo, como todas las muchachas deVillaverde, muchos novios. Para la festiva y bulliciosa señorita el amorera cosa muy grave y muy seria, con la cual no debía jugarse, sino algo,único en la vida, que se alcanza vivo, noble, duradero y dichoso; queasegura la felicidad o resulta malogrado, pasajero e infeliz, y al cualtodo corazón bien puesto, toda alma elevada debe permanecer fiel entodos los instantes de la vida, hasta la hora de la muerte. Fué elcaso,—

responda de la historia el señor alcalde,—que mi tía residió enPluviosilla varios años, a la sazón que mi abuelo desempeñaba allí unimportante papel político. Como era natural, no le faltaron a la tíaCarmita muy finos galanes, donceles amartelados que no la dejaban ni asol ni a sombra; que desde la esquina le hacían unos osos fenomenales;que la seguían a todas partes, lo mismo a las distribuciones piadosas enla iglesia de San Francisco, que, todos los domingos, a la misa de diezen el templo de San Juan de la Cruz, que era, en aquel antaño, lapreferida de todas las muchachas lindas y en privanza, como ahora, enestos felices días, la misa de ocho en Santa Marta.

En un paréntesis agregaba el señor alcalde, que mi tía era uno de lospalmitos más codiciados de la piadosa y próspera Pluviosilla. Y no lodudo: en la familia se conservó durante muchos años, una miniatura hechaen Jalapa por Castillo, una miniatura, que, al decir de mi abuelo, erade mérito singular; en la cual aparecía la Carmita con una hermosura yuna cierta, majeza, dignas del pincel de Goya. Majeza y hermosura quenada tenían de ordinario, vulgar y provocativo, cierta gracia andaluza,sevillana, que robaba las miradas y cautivaba el corazón.

Había que verla en aquel retrato: amplio el escote; corto el talle;desnudo el torneado brazo; ricillos en las sienes; rica, donairosamantilla, y ladeada peineta de boca de olla; ni más ni menos que lareina, doña María Luisa. ¡Con razón los pisaverdes y lechuginos dePluviosilla se bebían los vientos por mi hechicera tía!

Sucedió lo que tenia que suceder, (aquí entra lo más importante de lahistoria del señor alcalde), que un gallardo capitán, guapo, discreto,elegante como el que más, logró clavar una saeta en aquel corazoncito deroca, y consiguió que la rubia Carmita pusiera alma y vida en tanbrillante y codiciado oficial. Hallósela éste en un sarao; bailó conella una contradanza y una ceremoniosa cuadrilla, declaróle su atrevidopensamiento, y la señorita dijo, terminantemente, que estaba dispuesta adar la blanca mano a su admirador, siempre que el afortunado galán (quela escuchaba atusándose el audaz bigote), se dirigiera, como hacerlodebe todo caballero de altas prendas, al jefe de la familia, al señor miabuelo. El galán, a quien abonaban no sólo particulares prendas sinotambién nobilísimo abolengo, habló a su jefe, y con toda solemnidadpidió la mano de la señorita. Todo se arregló a maravilla; disponíase yala boda cuando estalló en el Interior un pronunciamiento. El regimientotuvo que salir de Pluviosilla, y el matrimonio quedó aplazado.

De todoesto nada se sabía en la ciudad. La familia hizo de ello un misterio, ylos murmuradores se contentaron con repetir que el capitán Fuenlealestaba loco por mi tía, pero que ésta envanecida y orgullosa de suhermosura, jugaba con el corazón de su amartelado, sin dejarse coger enlas amorosas redes, sin dar prenda que la comprometiese más tarde.Pasaron los días, los meses y los años, y nada supo Pluviosilla delcapitán Fuenleal. Unos contaban que había muerto en campaña, después debatirse como un héroe; otros que pereciera en un duelo a que le llevóuna aventura escandalosa; quienes que se había casado en Guadalajara conuna rica heredera; quienes qué estaba procesado por un delito que laOrdenanza castiga con peña de muerte. Hasta que un día la rubia Carmitadió en vestir lutos, y lutos fueron por toda su vida. Parece cierto—asílo asegura don Basilio,—que Fuenleal pereció en un duelo; pero nogarantiza que fuera por causas de escandalosos amoríos ni por altosmotivos de pundonor militar. Mi tía permaneció fiel a la memoria de suúnico amor, fiel a su brillante y apuesto capitán.

Esta es la historia de la pobre anciana; a esto se atribuía su cambio decarácter, la melancolía de su rostro sus vestidos de luto, su acritud ysu aspereza aparentes. «Es una rosa,—decía don Basilio,—una rosa quede un día para otro se convirtió en cardo.»

Siempre agria e intolerante conmigo hasta que dejé la casa paterna, hoy,acaso fuera por los sufrimientos de la enfermedad, se mostraba dulce,afable, tierna. Se afanaba en mimarme, se complacía en satisfacer elmenor de mis caprichos, y no sabía qué inventar para tenerme contento.

—No, hijito;—decía,—nosotras hemos sido contigo lo que debíamos ser:hemos hecho las veces de madre. Has que quieras; estás en tu casa; erescomo el jefe de la familia. Aquí estamos para servirte y obedecerte.Pero qué, ¿vas a salir con ese traje?—agregó viendo el mío empolvado ysin aliño.—No, vístete otro mejor. Andrés trajo ya el baúl... Vístete;sal a pasear, a que te vean....

Y al oírme decir que deseaba yo ir a vagar por los ejidos de Villaverdey por las márgenes del Pedregoso:

—Pero, dime: ¿estás loco? No: eso será otro día. Ahora, ponte elegante,y sal a visitar a los viejos amigos. Ni un día ha pasado sin quepregunten por tí. Visita a don Román, tu maestro; al doctor Sarmiento,que es tan bueno con nosotras; a don Basilio, que te quiere tanto; alseñor Fernández.... No; a ese no, porque no te conoce. Es el dueño de lahacienda de Santa Clara. ¡Muy buena persona! Ya irás con Pepa. Ya verás:tiene una hija como una plata. Aquí no le faltan pretendientes.... Ya laconocerás.... ¿Almorzaste bien? Pues anda, vístete, y sal a pasear.

Hubo que obedecerla. No venía muy provisto el baúl; no había en él muchocon que engalanarme; pero en dos por tres, con ayuda de tía Pepa y deAngelina, saqué la ropa, y pronto me presenté delante de la enfermahecho un veinticuatro.

—¡Eso es, así, como persona decente!—dijo: Tía Pepa Y Angelina meseguían. Una me veía de arriba abajo con aires de satisfacción maternal.La doncella, desde la puerta del corredor, donde los pajarillos cantabanalegremente, me miraba con interés. Cuando yo volvía el rostro, ellafingía componer una planta que lucía en el pretil hermosos ramilletesde encendida, flores.

Ya en la puerta me gritó tía Pepa:

—¿A qué hora vuelves? Te esperamos a comer.

Al fin de la calle me ocurrió regresar para ir a la casa del dómine.Angelina estaba en la ventana. Sin duda había salido a verme.

Al pasar la saludé. Díjele algo que la hizo sonreír.

¿Qué había en el rostro de la doncella que me trajo a la memoria laangelical figura de Matilde, la dulce niña de mi primer amor?

VI

Villaverde es una ciudad de ocho mil habitantes. Situada entre losrepliegues de una cordillera, en valle pintoresco y dilatado, circundadade risueñas colinas y de montes altísimos, Villaverde, como la isla deCalipso, goza de una constante primavera. No agotan calores estivales lamullida grama de sus dehesas, ni los vientos glaciales del Citlaltépetlmarchitan la exuberante lozanía de sus florestas. Para ella no hay másque dos estaciones: la que engalana los campos con los dones de Abril, yla pluviosa que renueva los no empalidecidos verdores de las selvas y delas llanuras.

Allá por las últimas semanas de septiembre acaban las lluvias diarias ycopiosas, los cielos se despejan, y principia lo que suelen llamar losvillaverdinos el veranito de octubre, frescos y hermosos días, cuyasalegres y límpidas mañanas y cuyos crepúsculos áureos y nacarados vienena ser como la nota regocijada de la elegiaca sinfonía otoñal.

Después las brumas entristecen los paisajes, y con ellas, puntualesmensajeras del plañidero noviembre, llegan a las dehesas y se esparcenpor laderas y rastrojos las flores amarillas.

Repentinamente, una mañanita, los campos aparecen como espolvoreados deoro de Tíbar, y los picachos y las cumbres se envuelven en gasascenicientas.

Así durante los meses invernales. A fines de febrero las nieblas seremontan, y se van, para que las montañas luzcan sus nuevos trajes, elvistoso atavío con que se engalanan, los árboles al advenimiento de laprimavera, la cual se acerca precedida de arrasantes huracanadosvientos, que se llevan las frondas caducas, siegan las ramas muertas,hinchan con su hálito vivífico yemas y brotes, y aceleran el desarrollode los capullos.

Estos vientos huracanados recorren los valles, bajan al fondo de lashondonadas, barren las llanuras e inundan de mil aromas la ciudad:olores de líquenes y musgos, esencia de azahar, suave fragancia deliquidámbar y de mil flores campesinas.

Id entonces al Escobillar, subid a la cercana colina, y gozaréis del máshermoso panorama; trepad a lo más alto, y tendréis ocasión de admirar lafecunda vega del Pedregoso, celebrada mil y mil veces por los poetas deVillaverde, y cantada en exámetros latinos y en liras arcaicas por el pomposísimo Cicerón.

Imaginaos una llanura siempre verde, limitada en todas direcciones porobscuras montañas y risueños collados. El tono subido de los bosqueshace resaltar el tinte alegre de los prados y de los campos de cañasacarina.

El Pedregoso, gárrulo y cantante en las quebradas, sesgo y cerúleo enlos planíos, corta en dos partes la ciudad. Sinuoso aquí, recto allá,corre como una serpiente hacia la barranca de Mata-Espesa, libre dearboledas en algunos sitios, oculto en otros por las alamedas y losnaranjales.

Desde lo más alto de la colina del Escobillar veréis la ciudad como unjuego de dominó esparcido en un tapete verde, cortada por la cintaplateada del río a cuyas márgenes se agolpan caserones y templos.

¡Singular alegría la de aquel valle! ¡Espléndido panorama el de aquelpaisaje en que se mezclan y confunden la serenidades de la tierra fríacon la vegetación abrumadora de las regiones cálidas! Pero ¡ay! nobusquéis en los habitantes de Villaverde una alegría placentera, comopudierais esperarla, en harmonía con la naturaleza; no busquéis allícaracteres regocijados, espíritus afables y risueños. Villaverde es laciudad de los espíritus desalentados y melancólicos; es la ciudad de las almas tristes.

¿Cosa del clima? No; porque ciudades de la misma región y de naturalezaidéntica son animadas, alegres, festivas, jucundas, como decía el pomposísimo Cicerón. Los villaverdinos son de semblante triste, y ensus labios tiene la risa dolorosa expresión, como en gentes contrariadasy pesimistas. Se me antojan prematuramente envejecidos; seresdesventurados para los cuales murió en crisálida la mariposa azul de lasjuveniles esperanzas.

Esta tristeza de las almas, en contraste con el risueño aspecto de loscampos, trasciende a todo: a los edificios, a las calles, a los trajes,a las personas, a su trato, a sus maneras y a su lenguaje.

Los villaverdinos no se entusiasman por nada; hay en su vida algo—omucho—de la inmovilidad budística, sólo comparable con esas lagunasadormecidas, en cuyas aguas, eternamente límpidas y serenas, se retratancomo en espejo clarísimo las copas de los árboles, los pompones de laenea y la obscuridad de las cercanas espesuras; lagunas perdidas en lomás recóndito de los bosques, muertas, heladas, sin peces ni ovas, quecualquiera creería de cristal, que no se estremecen al beso de la luzmeridiana, cuyo reposo no turban cefirillos juguetones ni huracanesbravíos.

Son los villaverdinos un tesoro de virtudes. En su mirada setransparentan la mansedumbre y la benevolencia; es en ellos ingente lapiedad, y al par de ésta sobresale la resignación. Pero el sentimientoreligioso no es en las almas villaverdinas plácido y activo, sino, porlo contrario, lúgubre, apocado, meticuloso. La abnegación y la caridad,las grandes virtudes del cristiano, fuente de alegría en todas partes,en Villaverde, aunque espontáneas, tienen algo que en ocasiones causadisgusto y repugnancia.

De todo recelan los villaverdinos; a nadie conceden su confianza; todose lo temen de los extraños, tanto lo malo como lo bueno; nada lesplace; todo lo censuran; a nada se atreven por miedo a los demás; vivencon el día y nunca piensan en lo venidero.

De aquí que no prosperen ni adelanten; de aquí su mezquindad y supobreza vergonzantes. Son una especie de cristianos fatalistas. Lo queha de suceder, sucederá, y no sucederá de otra manera. Por eso no medranni progresan; por eso lo malo se perpetúa y reina soberano enVillaverde; por eso los alcaldes son allí eternos, y las bodas muyraras, y por eso allí nada cambia ni varía. Villaverde es una ciudad enpetrificación. Pueblo por excelencia agrícola, mira cultivados suscampos como hace cien años, rinde los mismos productos, cosecha losmismos frutos. Y gasta y consume hoy lo mismo que gastaba y consumíahace veinte lustros.

Las casas como cortadas por el mismo patrón; los trajes iguales; lascaras parecidas; unísonas las voces. Los varones, agrios, displicentes,huraños, sombríos; las mujeres, tímidas, asustadizas, amables, pero conamabilidad monjil. La vida como las cosas y las personas.

Pero en medio de esta rara inmovilidad, secreta y silenciosa como lasorda y lenta labor de la polilla, una guerra sin treguas ni victorias,una guerra de pasiones bajas, rastreras y mezquinas, ruines y dolosas,en que todo bicho viviente toma participación; los unos capitaneados porla envidia, los otros acaudillados por la codicia, todos azuzados por lamurmuración y aguijoneados por la maledicencia de los que se dicenajenos a toda rencilla y enemigos de chismes y rencores.

En Villaverde se murmura de todos y de todo; se averigua qué hacen, y enqué se ocupan los demás; se lleva cuenta y razón de los actos de cadavecino; nadie ignora hasta lo más secreto de la vida de los otros, yquien vive más alejado de los mentideros—que los hay a docenas, enboticas y tiendas de ultramarinos—pudiera inventariar de memoria lasropas de quienes no pisan los umbrales de su casa más que por Corpus ySan Juan.

Puede afirmarse que todo villaverdino, al meterse en la cama por lanoche, sabe de cualquiera de sus paisanos cuántas cucharadas de sopa seengulló ese día, así se trate del vecino más conspicuo como del braceromás humilde.

Villaverde no pasará nunca de perico perro. ¡Qué ha de pasar! Si a sushijos todo los alarma; todo paso adelante o atrás los inquieta, y ni porla gloria celestial,—que es cuanto hay que ofrecer,—fijarían un clavofuera del sitio en que le fijaron sus abuelos.

Me diréis:—¿Y los extranjeros? ¿Y los que de fuera vienen, no dan aesa ciudad en petrificación ideas nuevas, nuevas costumbres, savia devigor que transfundida en ese organismo le rejuvenezca y reviva? ¡Ay!No; el extranjero se aviene pronto al medio. Enriquece en pocos años,explotando a los villaverdinos, y se va a gozar a otra parte de losduros atesorados. Algunos, pocos, lo hacen así; los más, a los dos otres años de haber llegado, son ya unos villaverdinos completos, ni másni menos que si allí hubieran nacido; como si de rapaces hubiesenguerreado en homéricas pedreas al pie del cerro del Cristo, en pro o encontra de la Escuela del Cura; como si hubieran salado en las dehesasdel Escobillar, y aprendido latines en los bancos del pomposísimoCicerón. A poco en nada difieren de mis paisanos; reúnen los cuatroreales, se prendan de alguna villaverdina modesta, hacendosa ypacata,—que las hay lindas como una rosa y buenas como el pan degloria,—y... lasciate ogni speranza voi che entrate!

La belleza del paisaje, la dulzura del clima y la tranquilidad de lapoblación, seducen a quien pone los pies en Villaverde; la budísticaciudad extiende sus redes misteriosas, y ¡presa segura!

De cierto que los villaverdinos no son localistas, a lo menos de un modocomún y corriente, de modo que choca, como los hijos de una ciudadvecina. En su localismo se advierte una originalidad digna de serapuntada. Alardean de recibir bien al extraño; pocas veces alaban yponderan las cosas de la tierra, antes por el contrario las apocan ymenosprecian; miran con indiferencia cuanto hay en la ciudad: la bellezade los campos y la hermosura de las mujeres; critican acerbamente cuantotienen; fingen que nada de otras partes les sorprende; y podéis, contoda libertad, hacer trizas cualquiera cosa de la tierra en presencia deun villaverdino, seguros de que no dirá nada en contrario, antes bien,acentuará la nota burlesca. Pero si observáis con detenimiento a mispaisanos no tardaréis en descubrir que viven pagados y enorgullecidos desus cosas; que para ellos no hay otras como las suyas, y que no lasquieren distintas porque creen, de buena fe, que no las hay mejores.

De lo que sí no hacen misterio, de lo que se muestran francamentesatisfechos, es de la ingénita lealtad que atribuye a los villaverdinosla leyenda de su viejo blasón. Muéstranse merecedores de cuantaslindezas les dice el mote; prodigan en todas partes la heráldica presea,en edificios, sellos, telones, marcas de tabacos y botellas de cerveza;repiten la empresa en inscripciones castellanas y latinas, en discursos,en documentos oficiales, en periódicos,—que también tiene periódicosVillaverde—y hasta en los sermones sale a relucir el famoso lema,concedido a mi querida ciudad natal por la Muy Católica Majestad del ReyDon Felipe IV.

Fuera el consabido lema poderoso estímulo para mispaisanos, si éstos entendieran las cosas a derechas, pero Villaverde esla tierra de las ideas falsas, y el mote lisonjero de su blasón sólosirve para que los villaverdinos vivan estacionarios y no suelten losandadores para entrar, libres y decididos, por los amplios caminos de lavida moderna.

« En Villaverde—dicen sus hijos— no se hace política». Y sí se hace,pero por debajo cuerda, a la calladita, de modo vergonzante, sin riesgosni peligros, sin temor de verse derrotados y blanco de odios, rencores yvenganzas. Y como por buenos que sean los diestros que están en eltendido, si los lidiadores son malos, mala resultará la corrida; paralos buenos villaverdinos no hay chupa que les venga, ni capote que lessalga a gusto. Así no consiguen nunca lo que desean y viven condenadosal perpetuo alcaldazgo de don Basilio, conspicuo villaverdino, reflexivoy listo, que intriga más de lo que parece y que sabe más de lo quesuponen sus paisanos.

Estos son muy celosos de sus glorias y admiradores fidelísimos de sushombres ilustres. No son los tales muchos, ni muy conocidos, pero losvillaverdinos traen a cuento sus nombres, en toda ocasión, vengan o novengan al caso.

Dos son los principales. El uno, general victorioso en no sé québatallas, que la Historia olvidadiza habrá registrado en sus páginasinmortales, antiguo cosechero de tabaco, hombre nulo, cuyo habilidadconsistió en rodearse de media docena de ambiciosos villaverdinos, loscuales le encumbraron, a fuerza de charlatanismo y demasías, hasta dondepropios méritos y altas dotes de inteligencia nunca le hubieranelevado. El general cayó pronto del encumbrado puesto, y acabó sus días,triste y descorazonado Cincinato, en miserable ranchejo, cuidando deunas cuantas vacas tísicas y estériles. En aquel retiro fué hasta oíúltimo día dechado de patriotas, modelo de firmeza política, y allímurió, como Napoleón, de una enfermedad hepática, despreciando a losvillaverdinos, y burlándose de sus antiguos partidarios,—a quienesatribuía el fracaso que le echó por tierra,—y siendo objeto de laincondicional admiración de todos sus paisanos.

Para que tan ilustre nombre pasase a los pósteros,—así lo dijo encabildo pleno el pomposísimo Cicerón,—el apellido ilustre delgeneral fué aplicado a todo establecimiento público, escuela, teatro,hospital, paseo, etcétera, etcétera.

Una lápida conmemorativa,—los villaverdinos se parecen por laepigrafía,—señala al viajero la casa en que nació el grande hombre. La Escuela Nacional se llamó: Escuela Pancracio de la Vega; elhospital: Hospital Pancracio de la Vega; el teatro,—un teatrillo enproyecto, nunca concluido y frecuentemente visitado por volatines ycomicotes,— Gran Teatro Vega, y así lo demás.

La otra gloria villaverdina fué un buen clérigo que nunca se acordó desu pueblo natal; un sacerdote austero, sencillo y trabajador, granteólogo,—al decir de don Román López—que llegó a canónigoangelopolitano, y después a obispo, honor a que nunca aspiraron losvillaverdinos; que nunca pensaron alcanzar, y que los llenó de alegría¡Obispo un hijo de Villaverde! ¡Cielos! ¡Qué dicha! Desde entoncessueñan mis paisanos con que Villaverde llegue a ciudad episcopal. Y

loserá; sí, señores, lo será. Eso, y más, se merecen sus piadosos hijos.

No digáis en Villaverde que no tiene grandes hombres; no lo digáis, porvida vuestra, porque luego os replicarán mis paisanos, así seanjornaleros, o abogados, o médicos, o propietarios vuestrosinterlocutores:—«¿Y el Señor General Don Pancracio de la Vega? ¿Y elIlmo y Reverendísimo Señor Don Pablo Ortiz y Santa Cruz, Obispo inpártibus de Malvaria?».... Si está presente el pomposísimo osdirá:—«¿El General de la Vega? ¡Gran político! ¡El Mecenas de todoslos poetas veracruzanos! ¿Mi maestro el Ilmo Señor Obispo de Malvaria?¡Gran teólogo!

Amigo, amigo... ¡no hay que darle vueltas! ¡El MelchorCano de Villaverde!»

Mi querida ciudad natal es pobre, paupérrima, como decía don Román.Una agricultura descuidada es para ella la única fuente de riqueza,gracias a las lluvias, que allí, como en Pluviosilla, no escasean. Elsuelo es fértil, pero le falta riego. El Pedregoso con su caucehondísimo no basta para las necesidades de la tierra.

A la pobreza debemos atribuir la indiferencia de los caracteres y latristeza de las almas. En Villaverde nada se desea, y a nada se aspira;todos están contentos con su suerte. El porvenir es obscuro, y anhelarlerisueño sería una locura. El alcalde perpetuo, don Basilio, dice, cuandode esto se trata: que en esa falta de aspiraciones está la dicha deVillaverde y la felicidad de sus gobernados. El vive muy satisfecho. Conel producto de seis u ocho solares y de un rancho cafetero le basta ysobra para vestir a la señora alcaldesa, y a su hijo, un muchacho idiotahinchado de vanidad.

En Villaverde se trabaja poco, lo suficiente para comer, no andardesnudo, pasar el día, y

¡santas pascuas! Quien se excediese en eltrabajo sería un tonto de capirote. No por eso ganaría más. Así dejarael alma en la tarea no se guardaría en el bolsillo, ni achocaría para elarcón media docena de duros. En Villaverde se gana poco, y la vida escara. Los méritos de un servidor, de un empleado, son mayores y másestimados cuando gana poco. Aquello parece una escuela de franciscanapobreza, una hermandad de miseria voluntaria. En Villaverde nadie paga,ni aunque le ahorquen, más de lo que pagaron sus abuelos, allá en lostiempos felices del estanco del tabaco, época venturosa para mi queridaciudad, lo mismo que para Pluviosilla, su vecina afortunada y próspera.

Pero me diréis:—«¿Y esas haciendas, esas fincas, que, como Santa Claray Mata-Espesa, levantan prodigiosas cosechas? ¿Santa Clara, Mata-Espesa,dijisteis? Pues queda dicho todo. En ella cifran los de Villaverdeprosperidad y bienestar.

El pomposísimo Cicerón, en sus días de murria, cuando no tenía unreal, y se olvidaba de los grandes autores del siglo de Augusto, yrenegaba de Villaverde, y no se le daba un ardite la susodicha empresadel glorioso blasón, me decía de sus paisanos:

—¡Unos verónicos! ¡Unos verónicos! ¡Ni buenos ni malos! ¡Para ellos...¡ni pena ni gloria!

Y añadía, mesándose el copete ralo y encanecido:

—¡Está en la sangre! ¡En la sangre!