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AMOR DE MACHOS

Lo que nuestra madre nunca nos contó sobre las cárceles

Jacobo Schifter, Ph.D.

EDITORIAL ILPES

SAN JOSE, COSTA RICA

1997

Indice

Prólogo

I.

Aspectos generales

Fuentes de información

El ingreso

El primer impacto

Magnitud del fenómeno homosexual

Dos modelos para mirar la homosexualidad

Los funcionarios

Los privados de libertad

II.

El “cachero” y el travesti

La iniciación

Las prácticas sexuales

Amor de “cachero”

III.

El “cachero y el “güila”

La iniciación

La versión del “güila”

Cambios en las prácticas

IV.

Las “zorras”

El trasero revolucionario

De poder y de joder

V.

Relaciones de poder y de dinero

Prostitución de “zorras”

Violaciones

VI.

Factores de riesgo en las relaciones

Alcoholismo y drogas

Uso y actitud hacia el condón

Intimidad

VII.

Sugerencias para la prevención

Lo que queda por hacer

Educación sexual

Aceptación de lo menos malo

Reconocimiento de parejas homosexuales

Ayuda en la desintoxicación

Prevención de la violencia

Jugar con el tiempo libre

Microempresas

Epílogo

Glosario

2

Dedicatoria

Para Ellyn Kaschak, mi amiga y hermana. Las relaciones de sangre no son necesariamente las más cercanas, ni las más solidarias. Ambos hemos aprendido que las familias no han sido la mejor creación en la historia y que para que funcionen, es necesario construirlas tanto como la sexualidad. Para establecer una relación de más de 30 años, se necesita algo más que compartir genes o apellidos. Como escritora y profesora de la Universidad de California, Ellyn es bien conocida. Pero para mí ha sido una gran influencia por haberme enseñado lo maravilloso del humor cínico judío y la vena de izquierda, cuestionadora, revolucionaria de mi pueblo. Aunque ella no aprecie mi obsesión por judíos como Levinas y Derrida (por ser machos con posiciones nada claras sobre el feminismo), compartimos la idea que el judaísmo es algo más que seguir preceptos religiosos: una preocupación de cómo podemos hacer este mundo más justo y respetar la diferencia, el “Otro” de Levinas.

Jacobo Schifter Sikora

3

Agradecimiento

Deseo agradecer la colaboración de mis compañeros del ILPES, Antonio Bustamante, Lidia Montero, Julián Gonzalez, Johnny Madrigal y Dino Starcevic, quienes me ayudaron con la revisión del trabajo. Hector Elizondo, como siempre, es mi crítico principal.

También a los compañeros de Adaptación Social y del Ministerio de Justicia y Gracia de Costa Rica, quienes han colaborado tanto con el ILPES y con mi persona. Creo que este Ministerio ha sido pionero en reconocer la problemática de las cárceles, sin tratar de esconderlas como otros. Los problemas que en este libro se mencionan son comunes a todos los centros penitenciarios del mundo, sin embargo, son muy pocas las autoridades dispuestas a reconocerlos.

Lo descrito en esta obra, sin embargo, es responsabilidad exclusiva del autor y no representa la posición ni del ILPES ni del Ministerio de Justicia y Gracia.

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Prólogo

Este estudio representa más de diez años de investigación en las cárceles costarricenses y centroamericanas. Mi interés en escribir sobre el tema de la homosexualidad en estos centros proviene de mi compromiso de luchar contra la infección del VIH. A partir de 1988 inicié talleres de prevención contra el sida como parte de mi trabajo en la antigua Asociación de Lucha contra el Sida, hoy convertida en el Instituto Latinoamericano de Prevención y Educación en Salud (ILPES). A raíz de este trabajo, fui contratado por la Organización Mundial de la Salud para realizar un estudio sobre los conocimientos y prácticas sexuales de hombres que tienen sexo con hombres en Costa Rica, que incluiría un apartado sobre la situación penitenciaria. De este trabajo realizado en 1989 utilizo alguna información en este libro. Posteriormente, inicié una serie de talleres con los privados de libertad para mejorar sus conocimientos sobre el sida y aumentar la prevención. Las distintas historias de cientos de prisioneros quedaron grabadas para siempre en mi mente.

El libro tiene como objetivo dar a conocer parte de la cultura sexual de la cárcel con el fin de mejorar los programas de prevención del sida. El interés es estudiar el tipo de relaciones que se dan y los factores que las ponen en riesgo de contraer el VIH. Este conocimiento se ha facilitado gracias a una serie de investigaciones que se han realizado con la estrecha cooperación del ILPES y el Ministerio de Justicia y Gracia. Finalmente, deseo hacer unas recomendaciones generales para que el modelo holístico dé nuevos pasos en la lucha contra el virus del sida.

Creo que todos los intentos de “colonizar” la cultura sexual de los privados de libertad, ya sea por charlas médicas o por terapias psicoanalíticas, exámenes obligatorios de sida,

“folletitos” científicos de condones, “obritas” de teatro para atemorizar sobre el sida, visitas de trabajadores del Departamento de Control del Sida, fallarán a menos que aprendan a respetar esta cultura. Este tacto ha sido demostrado en Costa Rica por el Ministerio de Justicia y la Dirección General de Adaptación Social. Espero que a muchos otros Ministerios de Justicia en el continente les interese estudiar esta política, tanto en sus muchos aciertos como en sus errores.

Otro deseo, no menos importante para mi, es narrar cómo una cultura sexual, alejada del discurso de la clase media costarricense, es construida por los sectores más desposeídos de nuestra sociedad. Esta cultura carcelaria surge de manera paralela a la predominante y, a la vez, nos permite mirar, de manera distinta, la nuestra. Aún dentro de una contracultura sexual se establecen relaciones de poder que hacen surgir resistencias.

Ningún discurso y práctica que traten de establecer reglas generales para toda la población está desprovisto de saboteadores, revolucionarios y mártires.

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I. Aspectos generales

Fuentes de información

Este estudio tiene varias fases de investigación. La primera se realizó en 1989 como parte de un programa financiado por la Organización Mundial de la Salud, en el que participaban nueve países más.1 El objetivo fue estudiar el riesgo de contagio del VIH

entre hombres que tienen sexo con hombres. Se utilizó un cuestionario conocido como

“Homosexual Response Survey”, elaborado en común para los nueve países. Para estudiar la posibilidad de pasar el cuestionario, se realizaron entrevistas a profundidad a ocho reclusos travestis u homosexuales abiertos de una cárcel. Esto permitiría que de una lista de 24 “homosexuales” que tenían en el archivo del penal, 22 decidieran llenar el cuestionario. Solo dos no quisieron responder. La muestra obtenida representa, por tanto, el grupo de los travestis y de los homosexuales obvios, como ellos se denominan.

Adicionalmente, y con el afán de fortalecer la investigación en este centro penal, se pasó un cuestionario dirigido al personal administrativo. En enero de 1990, se les pidió que llenaran el cuestionario corto, autoadministrado, que evaluó algunos temas referentes a los síntomas, orígenes, formas de prevención del VIH y actitudes ante personas homosexuales. Se recolectó información de 37 funcionarios.

La segunda fase de esta investigación se inició en 1991 cuando el ILPES comenzó cursos de prevención de sida para los privados de libertad en los centros penitenciarios de Costa Rica. Los cursos se ofrecieron para todos los reclusos y, para 1997, más de mil privados se han matriculado en ellos. En estos cursos pudimos discutir temas relacionados con la cultura sexual de la cárcel. En vista que cada curso dura ocho sesiones de tres horas y se discuten temas relacionados con la sexualidad, la droga, el amor, la violencia, la prevención del sida y otros, estos cursos han provisto una riquísima información sobre la vida sexual de la cárcel. En 1993 se estudiaron las respuestas de los pretests y postests de un total de 188 reclusos de todas las orientaciones sexuales. Sin embargo, muchos participantes prefieren no hablar en público de temas muy íntimos. Con el fin de profundizar en temas específicos, se procedió, en enero y febrero de 1995, a realizar 12

entrevistas a profundidad con privados de libertad conocidos como “cacheros” (hombres activos en el sexo anal), “zorras” (homosexuales encubiertos) y “güilas” (jóvenes homosexuales), categorías no incluidas en la primera fase del estudio. Los participantes de los talleres holísticos fueron recomendando a compañeros que calzaran en estas categorías y la mayoría participó gustosamente en la entrevista. Unos habían llevado los talleres y otros no. Las entrevistas duraron de una hora a una hora y media cada una.

Todos fueron entrevistados en dos o tres sesiones. El promedio de cada entrevista fue de tres horas.

1

Schifter Jacobo y Madrigal Johnny, Hombres que aman hombres, Ediciones ILEP-SIDA, San José, Costa Rica, 1992.

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Los entrevistadores son hombres gays que han laborado por años en los programas de apoyo a los privados de libertad por parte del sector de las organizaciones no gubernamentales. Ellos se han ganado la confianza de los reclusos y mucha de la información brindada demuestra este hecho. Los privados de libertad admiten en sus entrevistas desde homicidios cometidos hasta tráfico de drogas y prostitución en el centro penal. De no existir la seguridad que la información se mantendría totalmente confidencial, ellos no la hubieran brindado. El conocimiento del léxico y la cultura sexual que demuestran los entrevistadores logra en muchas ocasiones la admisión de prácticas y sentimientos no reconocidos.

Han cambiado algunas cosas con la introducción de los talleres holísticos en la cárcel con respecto a la cultura sexual. Los resultados de las evaluaciones demuestran que la comunicación sexual mejoró, el uso del condón se incrementó, los conocimientos sobre la enfermedad mejoraron y la homofobia bajó.2 No obstante, estos cambios no han alterado las relaciones sexuales principales que predominan en los centros penitenciarios, por lo que la información recabada en estas tres fases de la investigación continúa vigente.

Con tal de mantener el anonimato de los privados de libertad y funcionarios que participaron en estos estudios, hemos cambiado los nombres o usado siglas. Omitimos, también, los nombres de los centros penitenciarios seleccionados para la muestra y todas las descripciones que pudieran identificar tanto a las cárceles como a los internos.

El ingreso

San Sebastián es la prisión de ingreso en San José; de ahí se pasa a las otras. Tiene un nombre largo, propio de la jerga administrativa: Centro de Atención Institucional de San José. La gente de la calle la conoce por otro, tomado de la zona capitalina donde se ubica, San Sebastián. Se encuentra en uno de los barrios marginales del sur de San José, a pocos minutos de todas partes, como muchos sitios en la capital costarricense.

Es un edificio austero. En su fachada principal, el recién llegado se topa con las sobrias paredes verde claro, y con un grupo de esculturas sentadas, campesinos, que parecen mirar fríamente, con la vida que no tienen. De noche suelen asustar a los traseúntes que no notan que son de piedra. “¿Para qué poner una estatua de campesinos en una cárcel en que los reclusos son en su mayoría urbanos?”, nos preguntó una vez un invitado de otro país. “Para que la gente entienda que la falta de tierra y la expulsión de los campesinos a las ciudades es lo que ha jodido este país”, respondimos sin creernos la explicación.

Después, las verjas exteriores, la ventanilla donde una funcionaria pregunta la razón de la visita. Luego, la mirada hostil o indiferente de los guardias que abren la puerta de vidrio por la que se accede a la zona administrativa del presidio.

Esa, sin embargo, es la realidad “oficial”, la de los visitantes ocasionales y la de los funcionarios.

2

Johnny Madrigal, Impacto de la prevención del sida en privados de libertad costarricenses, ILPES, San José, Costa Rica, 1993, p.1.

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Existe otra, que se anticipa desde la fachada misma, si se camina un poco hacia el sur del edificio. Allí, las cosas cambian radicalmente.

Las paredes, de pronto, pierden su color y se vuelven grises y manchadas por la humedad.

Allí hacen filas, que a veces parecen interminables, quienes van a visitar a los privados: hay hombres, claro, pero la mayoría son mujeres que uno adivina madres, esposas o novias. Se enfrentan al proceso de admisión, los días de visita: la espera mientras se pasa el papeleo, la mirada inquisitiva de los guardias, la revisión más o menos minuciosa.

Arriba, por encima de los muros, casetas de guardas, alambradas, armas.

Pero hay otra realidad, la más dura de todas: la de los privados de libertad, los

“inquilinos” permanentes de la prisión. Llegan allí escoltados, vigilados, en sus

“perreras” (nombre que, en la jerga popular, se da a los vehículos oficiales para el transporte de los privados de libertad), que atraviesan un enorme portón metálico gris.

El recién llegado arriba, la más de las veces, esposado, y pasa de repente de la oscuridad del auto a la enceguecedora luz del exterior.

Rápidamente es llevado a la sección de “recibo”, donde se hacen los trámites administrativos para su ingreso definitivo en la prisión. En una larga banca de madera, bajo la vigilancia de los guardias de uniformes azules, los de nuevo ingreso esperan su turno para ser admitidos. La mayoría son individuos pobremente vestidos, sucios, sentados en silencio y que miran recelosos todo a su alrededor.

Tras una vieja máquina de escribir, uno de los guardias elabora la ficha de ingreso, para luego tomarles las huellas digitales. Luego son llevados a una oficina donde, tras una entrevista, se define el plan de atención que recibirán en la prisión, y el ámbito (o sección) al cual serán remitidos. Oímos que se está entrevistando a un nuevo recluso:

“¿Profesión?”, indaga el funcionario. “Gerente de banco, responde el nuevo inquilino”.

Si llega a este penal por primera vez, sin tener aún sentencia, el privado de libertad es enviado a Indiciados A, mismo destino que espera a los primerizos que llegan después de haber sido sentenciados.

El ámbito B1 es el sitio donde se ubican los reincidentes sentenciados, que ya han estado antes en prisión. En caso que alguno tenga problemas con uno de los “inquilinos” del B1, es enviado al ámbito C1.

Los indiciados varias veces están destinados a los ámbitos B2 o C2. En otras prisiones del sistema penitenciario costarricense existe la sección de Máxima Seguridad, donde van los privados conflictivos, aquellos que han sido enviados por una sentencia muy alta, o que deben ser aislados por razones de seguridad personal.

Una vez que el proceso administrativo ha terminado, comienza para el privado de libertad el viaje hacia el corazón de la prisión. A través de pasillos estrechos, pintados de azul y 8

crema, debe cruzar puertas de barrotes metálicos y cerraduras eléctricas, que se abren sin que se sepa quién las opera. Conforme se avanza, las caras se vuelven cada vez más hostiles.

De repente, la realidad se hace presente. Cuando se pasa la última puerta de la sección administrativa, el privado se topa con su nuevo mundo: el interior de la prisión. El guardia que vigila el lugar le da la última revisión y se abre una segunda reja. Esa es la frontera real entre la libertad y su ausencia. Es entonces cuando la verdadera cárcel muestra su cara. Aquí me espera mi guía y mi contacto para introducirme en la sociedad carcelaria: Pico de Lora. Lo veo venir hacia mí. Es un hombre de unos treinta años bastante atractivo. Su pelo es negro con algunas canas. Viene sin camisa y tiene un pecho fenomenal como si fuera fisicoculturista; sus facciones son finas. “Buenas tardes”, me dice con voz gruesa. “¿Usted es el que viene a escribir sobre nosotros?”, pregunta él.

“Sí, quiero hacer un libro sobre la cultura sexual y me recomendaron que usted me puede ayudar a realizar los contactos”, le digo con seguridad. “¿Pues va a escribir sobre cultura o sobre sexo?”. “No Pico de Lora, usted no comprende. La cultura sexual es un solo tema”, le respondo complaciente. “El que no entiende ni mierda es usted”, me contesta.

“¿Viene usted a escribir un libro de veras o a samuelear para luego írsela a sobar a la casa?”, me dice con toda seriedad. “Vengo a escribir un libro y si me la sobo después, no es su problema”, le respondo para hacerme respetar. Pico de Lora sonríe y no pregunta más.

Tras la reja, un remedo de “pulpería” sirve para que los privados compren refrescos, golosinas y comida empacada. “Este es el Mall Internacional”, nos dice el pulpero, otro recluso. “Aquí se aceptan todas las tarjetas de crédito con la excepción de Atrac-o-Express. El problema es que no se devuelve ninguna”. “¿Y qué venden aquí?, le pregunto. “Pues desde una pinche pizza hasta pato a la naranja. Los fines de semana tenemos zorras adobadas”, contesta el pulpero. Pico de Lora guiñándome un ojo me dice:

“La zorra es la pulpera”.

Un poco más allá están los grandes estañones repletos de basura y moscas donde se recolectan los desechos de los ámbitos. “Esta es el ave nacional de San Seba, la mosca, señala mi acompañante. Hay quienes las tienen como mascotas”. Allí comienza el largo pasillo, cercado de malla metálica, que conduce al destino final de los privados de libertad. El olfato es la primera víctima: es imposible escapar del penetrante olor de la

“Carbolina”, un fuerte desinfectante que se usa para mantener lejos cucarachas y otras alimañas, y que, licuado en agua, se rocía por todas partes. “Si no gusta el olor, continúa Pico de Lora, ahorita te rocío Paco Rábano”, agrega él.

Tampoco es posible escapar de las miradas que, según advierten a los visitantes, no deben ser devueltas. Las miradas se clavan en el recién llegado desde todas partes: desde quienes circulan por el pasillo y desde las oscuras ventanas de los módulos, separadas de aquél por una zona “verde”. “¿Por qué es que los internos clavan la mirada?”, le preguntamos a Pico de Lora. “Pues es que la mirada es un televisor a colores, nos responde. Cuando vos entrás en el tabo (la cárcel), los compas miran cosas diferentes”. “¿Diferentes colores?”, 9

indago extrañado. Pico de Lora se pone molesto ante tanta duda y como que no quiere la cosa, responde:

Sí, es como si vos miraras una película en blanco y negro y se te da el color de un momento a otro. Por ejemplo, yo a vos te miro ahora en blanco y negro pero me doy cuenta que tenés una cadena de oro. Esta se ve a puro color porque yo la quiero. Cada maje mira el color en dónde está su deseo. Un cachero te mirará el trasero rosadito mientras que un atracador percibirá como rojita tu billetera, llena de tucanes de color.

Pico de Lora tiene cierta razón. Todos tenemos nuestras pantallas en blanco y negro y los colores se agregan de acuerdo con lo que nuestras cabezas decidan es de su interés: no hay una mirada específica ni un interés general. Los reclusos miran al nuevo compañero de acuerdo con sus deseos y éstos varían cada minuto. Sin embargo, he tomado conciencia de todo mi cuerpo. Me siento como un arco iris ambulante. “¿Qué significa cachero?”, le pregunto a Pico de Lora. “¡Ay, no te hagás el maje!”, me responde como quien no cree en mi ignorancia. Como no reponde le pregunto “¿Y por qué el trasero de color rosado?”.

Me quedo perplejo pensando en los televisores. Nuestras cabezas, todas ellas, poniéndole color a lo que nos gusta y dejando en blanco y negro lo que no. Suena gracioso pero esconde una gran tragedia. Cada uno en lo suyo; solo importa lo que se desea. Estamos en una misma prisión y cada uno escoge lo que mira. No puede haber mucha imparcialidad en la mía. Yo tengo mis colores. “Pico de Lora, ¿significa que no puede haber solo un libro sino que miles acerca de esta cárcel?”, pregunto sin esperar respuesta.

“¿Cuáles colores estás viendo ahora?”, me cuestiona.

Conforme se avanza por el pasillo la desesperación embarga a quien lo recorre: es allí, por primera vez, donde se siente cómo la libertad se aleja. Al final del pasillo, se levantan, lúgubres, las rejas que están a la entrada de los módulos, destino final de los privados de libertad. Un montón de hombres se apiñan en celdas que apenas se planearon para la mitad de ellos. “¿Quién lo diseñó?”, pregunto inocentemente. ¿´Diseñar?´, me pregunta Pico de Lora con sorna. Perdoname el atrevimiento pero es que diseñar me suena a cosa fina y ésto es un caquero. El que lo hizo o lo concibió, digamos, era un carnicero o un arquitecto público, que es la misma mierda”.

Entramos en una celda cualquiera. Huele a sudor pero no yede. Los reclusos están limpios y nos vuelven a mirar. “¿Es este un sapo (policía) o un funcionario público?, pensarán de mí”. “Compas, les digo, vengo a escribir un libro”. “Mirá, acaba de llegar Trumán Chayote a hacer una novela”, me responde un travesti venenoso. “Yo soy la Madre Teresa y una Gran Puta”, contínua el travesti que luego se identifica como Clítoris. “No, de verdad quiero escribir un libro sobre ustedes”, les respondo mientras me pregunto qué carajo me tiene haciendo este trabajo. Me quedo mirando fijamente a Clítoris. Pienso que es la loca más fea que he visto en mi vida: tiene senos caídos que se desinflaron por falta de silicón, una boca inflamada de tanto golpe y una nariz más torcida que un martes 13. “Bueno, chicas, como se murió la princesa Diana, los 10

paparazzis no tienen nada qué hacer y nos vienen a fotografiar. Voy a revisar si mi chofer no está pijiado para que me lleve inmediatamente”, dice Clítoris haciéndose la graciosa.

Los demás reclusos, acostumbrados a los quiebres de esta loca, se ríen como entre sorna y simpatía. “¡Bueno ya!, les dice mi acompañante. Dejen que el compa haga sus entrevistas para que cuente lo que vivimos aquí”. “¿Bueno y de qué se trata tu libro?”, pregunta Toro. “Vengo a escribir de la cárcel y el sexo”, respondo con temor. “¡Santa María, se despichó Tere!”, exclama Clítoris, haciendo que se desmaya.

El primer impacto

Las cárceles se caracterizan por el congestionamiento, producto del incremento de la población, la criminalidad y las penas contra ciertos delitos, como el tráfico de drogas. En las escogidas para realizar las entrevistas, la sobrepoblación, en 1997, es mayor del 100%. Cárceles que se construyeron para una población meta de 300 personas tienen hoy día más de mil. Pabellones destinados para 40 personas tienen un promedio de 100.

Celdas con capacidad para cuatro personas, tienen 15. Para 1997, las prisiones tenían 5.730 personas. Pico de Lora me cuenta que la congestión produce violencia. “Cuando usted pone a las ratas en espacios pequeños, se terminan comiendo unas a las otras”, me dice con tristeza. “Aquí las ratas son más libres que nosotros y están más desestresadas porque andan para abajo y para arriba”, comenta él.

La congestión hace que muchos privados de libertad ni siquiera tengan una cama o un colchón dónde dormir. Los baños están siempre llenos y hay que esperar horas para hacer las necesidades. En algunas cárceles, las goteras inundan los pabellones cuando llueve.

Las ratas y cucarachas se miran por doquier. “En una de ellas, existe un nido de ratas tan grandes que ni siquiera con “Racumín” (raticida) se mueren”, dice Enriqueta, un travesti.3 Los mosquitos atacan incesantemente. “El que no tiene incienso para quemar tiene que sufrir de las picaduras toda la noche”, dice Jara. “Solo los que comen ajo se salvan de tanta masacre”.

En muchas de ellas de estas cárceles no hay nada que hacer. Las oportunidades de trabajo o de estudio son muy limitadas. En algunas, hasta 1993 con la llegada de ILPES, no existían fuentes de trabajo ni de estudio. Los presos estaban encerrados todo el día, salvo la salida para recibir el sol o a las misas cristianas. La escuela de una de ellas solo tiene doce pupitres. El taller de computación solo puede recibir a diez personas. Sin embargo, la población penal oscila entre 700 y 1.000 internos. En la más grande, con una población penal de mas de 1.500 reclusos, las posibilidades de estudio son algo más amplias. No obstante, un porcentaje muy pequeño de los prisioneros se beneficia de ellas. Las fuentes de trabajo son también limitadas. Muy pocas compañías se han instalado para utilizar la mano de obra barata de la cárcel.

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Los nombres de pila de los travestis, como los de los otros reclusos, han sido cambiados. Sin embargo, dejamos los nombres de los primeros en femenino porque así quieren ellos ser llamados.

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Los pabellones o celdas están divididos en pequeños nichos o covachas que sirven de único espacio personal para el privado de libertad. Con una colcha, cobija, sábana o cartón, los reclusos encierran el pequeño espacio de su cama para sí mismos. Estos nichos sirven para muchas cosas: planear un asalto, hacer una confesión, masturbarse, tener relaciones sexuales y planear una fuga. A pesar de no poder mirar lo que pasa adentro, todo se oye y la verdadera privacidad no existe. “Yo me doy cuenta hasta del último pedo de cada covacha”, nos dice Lola, otro travesti. “Nada se puede esconder aquí. La única privacidad que se tiene es la ley del silencio, que evita que los reclusos informen a los funcionarios”. Sin embargo, ellos asumen que la privacidad se da cuando se finge no ver lo que pasa. “Aquí se violan a un tipo delante de todo el mundo. Se meten en la cobacha y uno oye los gritos y gemidos, dice Carlos. No obstante, ellos hacen como que, por la colcha, nadie vio nada”.

La cárcel es un mundo de hombres. No solo existe un contacto físico estrecho sino que también emocional. “Desde que uno llega aquí la única compañía es la de otros hombres.

Uno come, caga, duerme y coge con ellos”, nos dice Pablo. La prisión hace que se busque a otros varones para conversar, intimar, planear y soñar juntos. “Uno se ve forzado a compartir todo con ellos. Lo que uno hablaba con la madre, la novia, el hijo, ahora lo hace con un compañero de celda”, explica Luis.

Sin embargo, los privados de libertad entran sin ninguna preparación sobre la cultura que encontrarán. José no podía creer, por ejemplo, que esa muchacha femenina que vio pasar en el pabellón no era tal, sino un hombre. “Yo sé que debía haber pensado que ésta era una cárcel de hombres pero estaba tan impactado que ni me pasó por la mente que era un homosexual. Creí que era una funcionaria entrevistando a un preso. Cuando me di cuenta, casi me desmayo”. Enrique ingresó en un módulo en donde un travesti besaba apasionadamente a su “hombre” y ésta fue la primera vez que veía a dos varones besándose. “Creí que me iban a agarrar a mí luego. Nadie me explicó lo que estaba pasando”. Otros como Carlos ingresan en medio de un pleito entre amantes. “Yo estaba todo deprimido y, cuando entro en la celda, hay un bochinche entre un viejo y un jovencillo en que el primero acusaba al segundo de haberle puesto el rabo a otro. El jovencillo me preguntó: ¿Verdad que es mentira que yo anduve con Pico? Como me dio lástima, yo le dije: “Sí, jamás te he visto con Pico”. En otros casos, muchos jóvenes o travestis son violados la misma noche en que ingresan. “Yo no tuve tiempo, nos dice Claudia, un travesti, de adaptarme a nada. Esa misma noche me violaron tres sádicos”.

El sistema castiga el crimen con el encierro y el hacinamiento. Las personas se encuentran en cercanía física tal que los reclusos están más juntos que en ninguna otra situación. “Ni siquiera con mi esposa tuve yo el contacto físico que tengo con los compañeros de celda, dice Luis: sé cómo comen, cómo duermen, cómo y cuándo hacen sus necesidades, qué piensan, qué quieren y qué desean”. La intensidad de la comunicación es tal que Pedro cree que “no existe una relación así de cercana en otras esferas de la vida. Uno no está afuera con nadie las veinticuatro horas al día; no es común conocer tan intensamente a alguien”.

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Esta cercanía física y emocional conduce al incremento de las relaciones homosexuales.

“Es un brinco corto el que se da desde depender de un compañero para todo y terminar haciendo el amor con él”, revela José. “Quizás no todos lo hagan, tal vez no con el hombre más amigo pero la realidad es que tarde o temprano, y generalmente más temprano de lo que uno piensa, termina enamorándose de un varón”, concluye Fernando.

De acuerdo con los resultados de un cuestionario tomado por 188 reclusos que llevaron, en 1993, los talleres holísticos de prevención, solo un 23% cree que la homosexualidad es baja. El 72% admite que existe en algún grado.4

La reclusión produce un "estrés" que Hart menciona como conducente a cambios radicales en la conducta sexual. No solo se dan relaciones homosexuales sino que aumenta mucho la libido.5 Juan Carlos cree que la cárcel lo ha hecho más “jugado”. “Yo ahora necesito coger todos los días. Lo que antes duraba en hacer una semana, lo hago diariamente. Siento una necesidad enorme de echarme maes, día y noche”. El sexo es uno de los pocos placeres que se encuentran en la cárcel. Para algunos “esto es fiesta todos los días” ya que las orgías no faltan en ninguna celda.

La cultura carcelaria es más tolerante con la homosexualidad. Mario nos dice que “lo primero que uno nota en el pabellón es la facilidad con la que los hombres se besan y andan de la mano ante todo el mundo”. Nadie se disturba por mirar las parejas que se forman y en la noche, según el mismo entrevistado “se oyen los gemidos y los gritos de placer dentro de los distintos nichos”. Los demás, según él, “se masturban oyendo a los

“cacheros” volándose a los playos”. Por más varón que uno sea “la playada está por doquier”.

En algunos lugares, la tolerancia es tan amplia que hasta “desfiles de belleza” se organizan. Los travestis aprovechan los fines de semana para organizar los eventos. “Yo fui Miss Soda 1995”, nos dice orgullosa Lola, un travesti de 23 años de edad. Según él, la competencia fue muy dura porque habían muchas participantes. “Pero yo fui la más bella, para cólera de muchas de esas grandes putas”. Lola obtuvo casi cuarenta votos más que la primera contendiente. “El público fue justo, apunta ella, ya que yo no usé hormonas como La Chepa, que es más artificial que una teta de silicón”, nos dice orgulloso.

Los reclusos reconocen que existen parejas casadas. Cuando un “cachero” se desposa con un travesti, los demás saben que éste es su “mujer” y que “mejor no meter mano porque se la cortan”, dice La Castilla, un travesti viejo. “Aquí lo único que falta es que la Gran Traidora (un religioso del país que se rumora que es homosexual aunque persigue a los homosexuales) venga a hacer el matrimonio religioso”, continúa. Las parejas son tan 4

Johnny Madrigal, Impacto de la prevención del sida en privados de libertad costarricenses, ILPES, San José, Costa Rica, 1993, p. 18.

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G. Hart, Sexual maladjustment and Disease: an Introduction to Modern Venereology.

Nelson-Hail, Chicago, 1973.

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aceptadas que hasta “fiestas de aniversario se dan”, concluye. “Una loca, nos dice él, hasta llegó a decir que estaba embarazada. La verdad es que estaba estreñida”. “Hubo un caso en que fui madrina de bodas en una cárcel de la cual no quiero acordarme, dice Rosa, un travesti. Compramos un queque de novias y vestimos a la loca de blanco con las sábanas de tres nichos. Era un vestido impresionante de lindo porque ´La Chica Orégano´, otra loca de allá, le hizo una corona con cáscaras de coco y la llenó de ajos blancos. Uno no sabía si la que se casaba era la hija de Drácula o una novia de verdad.

Bueno, de verdad no era porque Rosa lo único que tenía para merecer casarse de blanco era su cuenta bancaria. Así se la dejó el novio quien le sacó hasta el último cinco a la pobre”.

En algunas cárceles los reclusos que sean encontrados en sodomía son castigados y enviados a etapas más cerradas y de menos libertad. Sin embargo, es muy difícil que los policías ingresen de noche a los pabellones o a las celdas. Y si lo hacen, son los mismos compañeros quienes les avisan. “Yo estaba en una situación algo embarazosa, si me entendés; estaba, en otras palabras, en lo mejor de lo mejor cuando oigo que me dicen: Chepa, sacáte lo que te estés comiendo porque hay redada”.

Los policías prefieren cada vez más hacerse de la vista gorda cuando encuentran a una pareja en sodomía. Los amores son tan intensos que cuando se llevan a un “güila” o a un travesti a otro pabellón, como castigo al ser sorprendido con “las manos en la masa” , nos dice un policía, hay hombres que se cortan las venas de la desesperación. “El dolor de la separación es un problema tan grande que es mejor dejarlos tranquilos haciendo el amor”, agrega él. “Bueno, nos dice un travesti, eso depende del policía. Algunos son tan playos como nosotras y nos hacen ojitos cuando nos agarran haciendo el amor. Uno me dijo: ´Machita, termine lo que se está comiendo y luego me da a mí un poco´. Otros son un reguero de hijueputas y por la mínima sospecha, nos mandan para el calabozo”.

Magnitud del fenómeno homosexual

La pregunta de cuán extendida es la práctica homosexual en la prisión es tan antigua como el sistema penitenciario mismo. Havelock Ellis6, en su famoso libro, Studies in the Psychology of Sex, dice que el porcentaje de hombres que es sexualmente perverso se aproxima al 80%, aunque él reconoce que en sus "momentos pesimistas cree que en realidad todos lo son". Joseph F. Fishman7 en el libro que se convirtió en un clásico, Sex Practices of Prisoners, publicado en 1934, opina que el porcentaje en las prisiones norteamericanas oscila entre el 30 y el 40%. Fishman recomienda como una de las maneras de evitar el homosexualismo en las prisiones permitir las visitas conyugales. Su obra se convirtió en una denuncia de la falta de libertad sexual, léase heterosexual, de los prisioneros. En Costa Rica, la visita conyugal es ahora un derecho de los prisioneros. Sin embargo, la descripción que Fishman hace de las relaciones homosexuales en su estudio de las cárceles norteamericanas es idéntica a la nuestra.

6

Havelock Ellis, Studies in the Psychology of Sex, New York, 1936.

7

Joseph F. Fishman., Sex Practices of Prisoners, Padell Book Co., USA , 1951, p. 81.

14

De acuerdo con la información recabada en los talleres holísticos de 1993, el 72% de los participantes admite que existe. Más del 50% reconoce que la homosexualidad tiene desde una incidencia regular hasta una alta.8

Tomando en cuenta que, además de las relaciones de pareja, existen los hombres mayores que seducen a reclusos jóvenes (“güilas” o “cabritos”), los homosexuales encubiertos, los bisexuales que se relacionan con un homosexual encubierto o uno abierto de manera ocasional, los funcionarios que sostienen relaciones sexuales con presos, visitas homosexuales masculinas, los presidiarios que, cuando cuentan con permiso para salir, establecen relaciones homosexuales fuera de la cárcel, es posible conjeturar con fundamento que más del 70% de los prisioneros practica la homosexualidad. Los mismos privados de libertad así lo confirman. Luis nos dice que de 700 reclusos que hay “unos quinientos se apuntan”. Juan cree que un “40% de los compañeros tienen relaciones homosexuales”. Como veremos más adelante, un solo prostituto ha tenido relaciones con un 25% de los reclusos. En el caso de ciertos pabellones “todos los compañeros son sodomos”, nos dice Toro. “Mirá, aquí antes llamaban a los de mi cuadrilla ´Los Leones´

por su fama de carniceros. Ahora les dicen ´Las Felinas´ porque, aunque matones, son un montón de playos”.

No es de extrañar que el índice de enfermedades venéreas en La Reforma sea alto. En un año, el 15% de los travestis y homosexuales que llenaron el cuestionario había contraído sífilis y el 8% gonorrea. El contagio es frecuente tanto para los travestis como para los otros reclusos. 9

Dos modelos para mirar la homosexualidad

Es importante añadir que la percepción sobre la homosexualidad varía mucho en distintas comunidades. En los sectores medios, ser homosexual es visto más como una condición psicológica, cuya génesis se debe a un supuesto desarrollo por etapas. Esta es una visión más acorde con la psicología moderna que ha propuesto teorías de normalidad y anormalidad. Para los sectores modernos, si una persona resulta homosexual es porque hubo un desvío en un supuesto desarrollo natural hacia la heterosexualidad. De ahí que ellos tiendan a culpar a los padres o a la sociedad por esta supuesta anormalidad.

Su aversión hacia esta preferencia sexual se asocia con un carácter homosexual, con supuestas anormalidades psicológicas.

Para los sectores populares, como los de la cárcel, la homosexualidad es vista como una inversión del género que no responde a un desarrollo psicológico. Los individuos de extracción de clase baja generalmente miran la sexualidad más por el cuerpo que por 8

Johnny Madrigal, Impacto de la prevención del sida en privados de libertad costarricense, ILPES, San José, Costa Rica, 1993, p.18.

9

Schifter y Madrigal, Hombres que…, p 184.

15

otros factores. Las personas homosexuales son las que trocan lo masculino por lo femenino. Un hombre puede ser heterosexual siempre que sea masculino y lo mismo para la mujer. De ahí que los cacheros no sean percibidos como homosexuales.

Los funcionarios

En las entrevistas a profundidad realizadas a los funcionarios se les solicitó que respondieran a dos preguntas generales acerca del homosexualismo: sus posibles orígenes y la actitud ante el homosexual.

Los resultados indican que conceptúan la homosexualidad como una enfermedad.

Ninguno la describió como una manifestación más de la sexualidad o como la característica de una minoría sexual o cultural.

Los funcionarios muestran una concepción de la homosexualidad que llamaremos

“moderna”. Esto significa que consideran, influidos por el pensamiento psiquiátrico, que la sexualidad se determina por el objeto del deseo: las personas son homosexuales, heterosexuales o bisexuales de acuerdo con quiénes tienen relaciones sexuales. Si un hombre tiene relaciones sexuales con otro hombre, se le considera homosexual o bisexual, pero jamás heterosexual. De ahí que tanto el activo o el pasivo en una relación sexual, sea visto como homosexual. En este punto difieren de los privados de libertad, como analizaremos más adelante.

Los privados de libertad

Los reclusos también miran la homosexualidad como anormal. El discurso homofóbico en el país es demasiado fuerte como para que lo puedan cuestionar. No obstante esta similitud, existen grandes diferencias con los funcionarios. A diferencia de ellos, los reclusos solo miran como homosexuales a los travestis. La gran mayoría considera que el homosexual es el “playo”, o el “gay”, que para ellos significa un travesti. Los hombres que incurren en sodomía, pero que son activos y masculinos, no entran en esta categoría, sino en la de “cachero”. Este no es un homosexual en la cultura sexual de la cárcel.

“¡No!, no, nos dice Daniel. El homosexual es un playo, jamás un macho. Yo soy supermacho. ¿No ves que tengo los huevos bien puestos? El que me vuele a un chiquillo no tiene nada que ver. Cualquier hombre lo haría en mis circunstancias”. José también comparte esta opinión: “Vea, un “cachero” que se coja a un playo jamás es visto como tal. A mí no me diga usted que yo que me he echado a tres comemierdas a pura cuchilla, soy homosexual porque me meta con La Chepa. O que un señorito de San José es más hombre que yo porque ande con una mierdosa. La hombría no se mira aquí así”, concluye él.

Existen varias razones para explicar la diferencia de percepciones. Los reclusos, en primer lugar, pertenecen a un sector social más bajo que el del personal. (Hay que tomar en cuenta que en el cuestionario que suministramos a 188 privados de libertad que asisten 16

a los cursos de sida, solo el 7% ha terminado la educación secundaria10). En las clases bajas, la concepción “moderna” que la orientación sexual se determina por el objeto de atracción sexual, no está tan difundida. Predomina más bien la idea que las personas se dividen de acuerdo con la actividad y la pasividad. En otras palabras, ellos creen que es la práctica sexual la que determina si se es hombre o mujer. Un hombre, para la cultura popular, es un penetrador, ya sea de hombres, mujeres, niños o animales. Todo aquél que es penetrado es femenino, ya sea hombre, mujer, niño o animal. Un hombre que penetre a otro hombre, como sucede en la cárcel, sigue siendo tal.

A diferencia del personal, los reclusos tienen, a la vez, una visión menos “ambientalista”

acerca de la etiología de la homosexualidad. Esto significa que su percepción es más

“esencialista”, o sea que creen que los homosexuales nacen como tales y poco se puede hacer para cambiarlos. Muy pocos consideran que la influencia de otros, el abuso sexual o la estructura familiar estén relacionados con la homosexualidad. Para Luis, el homosexual nace así “por las hormonas femeninas”. Carlos cree que es algo “genético”.

Pedro lo mira como producto de alteraciones “químicas”. Otros creen que es el “exceso de chineos y de cuidados”.

En cuanto al “cacherismo”, los privados de libertad sí lo asocian con factores ambientales: el hombre macho que practica la sodomía lo hace por “falta de mujeres”, como dice José, por “necesidad de tener sexo”, según Toro o por “cara de barrismo”, o sea por no tener otra cosa mejor que hacer, como asegura Carlos Alberto. En vista que es producto del ambiente y de situaciones extremas, los reclusos no lo miran ni como enfermedad ni como algo fuera de lo normal: “El hombre quiere meter la picha para sentirse hombre y si no tiene una vieja, pues se coge a un mae”, dice Enrique. “Uno se hace “cachero” por las circunstancias pero, si tuviera mujeres no buscaría a los playos”, dice Chino.

En vista del poder que ejercen los “cacheros”, su discurso sexual predomina en la cárcel.

Los mismos homosexuales aceptan que sus amantes no son homosexuales, ni que tienen mucho en común con ellos. Cuando se refieren a sus amantes, jamás los llaman homosexuales. Los travestis aceptan, por su parte, que ellos son, en la práctica, mujeres.

Parte de esta aceptación es la interiorización del poco valor que tiene la mujer en una sociedad machista. Los travestis deben lavar, cocinar, limpiar y barrer “la casa”, nicho o covacha, en donde viven con su “hombre”.

La visión esencialista de la homosexualidad y la percepción que solo los pasivos son homosexuales hacen que los “cacheros” sean más tolerantes. A diferencia de los funcionarios, los reclusos no culpan de la homosexualidad a la familia, a los padres, o a la situación económica. Creen que es una enfermedad con que se nace y es injusto acusar a nadie por ella. “Yo creo que el playo nace así y así se queda, nos dice Chino, y nada se puede hacer para cambiarlo. ¿Para qué va uno a pedirles que hagan otra cosa?” Lo mismo opina Daniel que considera que es algo “genético” y un crimen “hacerlo sentir mal por 10

Johnny Madrigal, Impacto…, p. 14

17

ser así”. Toro comparte la opinión de que el playo es “una mujer” y que así “nace”, por lo que se le debe tener consideración.

18

II. El cachero y el travesti

La cárcel es una institución llena de contradicciones: por un lado hay una gran tolerancia hacia la homosexualidad y, por el otro, una cultura masculina agresiva y hostil hacia lo débil y lo femenino. Para sobrevivir, el interno debe aprender a defenderse y a cuidar su espacio por lo que su fortaleza física y la habilidad en el uso de armas punzocortantes son indispensables.

Podemos caracterizar varios tipos de parejas homosexuales: a. El "cachero" y el travesti.

b. El hombre mayor y el "cabrito” o “güila”.

c. Dos homosexuales ocultos a los que se les llama “zorras”.

d. Combinaciones de todos los anteriores.

En esta cultura, que sobrevaloriza lo masculino, las relaciones homosexuales se toleran mientras se respeten ciertas reglas básicas de los roles sexuales. Una persona afeminada y débil puede establecer una relación con un "cachero", es decir, un hombre que es masculino y que "oficialmente" no se define como homosexual. El primero se presenta socialmente como una mujer y el segundo, como un hombre. Para mantener los roles separados, el "homosexual", o sea el travesti, utiliza siempre un nombre de mujer, se viste como tal y desarrolla labores "femeninas" para el "cachero": planchar, lavar, limpiar.

Este, cuando habla de su amante con otros, siempre se refiere al travesti con el pronombre "ella". La relación incluye la protección que el "cachero" le da a su amante.

El impide que el travesti sea abordado por otros hombres.

En teoría, el “cachero” es penetrador y el travesti, penetrado. El “cacherismo” se define por la relación de un hombre que penetra a un homosexual. “El “cachero” no debe servir a otro hombre como lo hace una mujer”, nos dice Luis. “Servir” significa dejarse penetrar. El hombre que posee a otro es considerado “hombre” u heterosexual, siempre y cuando su papel activo se haga evidente. Sin embargo, esta polarización, en la práctica, es más complicada, como analizaremos más adelante.

¿Quiénes son los “cacheros”?, preguntamos a Toro. “Para ser “cachero” hay que ser primero muy hombre, nada de plumas”, nos responde. “Además, continúa, hay que manejar plata en el tabo (cárcel). Un “cachero” pobre no es “cachero”. “¿Y cómo se hace plata en un presidio?”, preguntamos. “Pues, generalmente con la distribución de droga, de licor, de servicios o de comida” nos responde. Los “cacheros”, en general, son “coles”

(hombres de gran poder para liquidar), tipos que manejan a otros y que controlan la vida de todo el mundo en la cárcel”. “Entonces, ¿ser “cachero” y “col” es casi la misma cosa?”, preguntamos. “Pues casi lo mismo. Siempre habrá un “col” que no le guste la sodomía y no tenga un playo y también un “cachero” que no sea “col”, pero en general, son casi la misma cosa”, nos dice Toro.

19

El “cachero” está atraído hacia la feminidad del travesti. Para él, entre más amanerado y cercano a una mujer sea, más atractivo. De ahí que muchos le soliciten a los travestis que se afeiten los vellos de las piernas, se maquillen y dejen el pelo largo. Aunque les es prohibido vestir como mujer en la cárcel, los travestis hacen lo posible por lucir como ellas. Para ellos, la atracción del “cachero” es su masculinidad y agresividad. Los travestis suelen escogerlos por fuertes y guapos, además del tamaño de su órgano sexual.

Los mismos “cacheros” reconocen que los travestis los revisan cuando se están bañando para “evaluar el tamaño”. Otras razones para escoger a un “cachero” son la protección que les brinda y, algunas veces, dinero. En la realidad, la mayoría de los travestis termina más bien manteniendo los vicios de sus amantes. “Toro, preguntamos, ¿por qué el travesti busca un gran pene?” El me mira con cierta condescendencia y responde con seguridad:

“la próstata es la respuesta”. “¿Cómo la próstata?”, pregunto sin entender. “Pues es que los hombres la tenemos y las mujeres no. Este es uno de los órganos sexuales más fuertes que existe. Cuando se le estimula, usted siente el placer por los dos lados. Por eso el tamaño del pene es importante para los travestis y los playos y no tanto para las mujeres.

Entre más profundo se llegue, más placer y más estímulo en la próstata. Las mujeres, por el contrario, sienten más el goce en el clítoris que en la vagina”.

Pese a su aparente feminidad, los travestis, de la misma forma que los “cacheros”, son hombres con una gran propensión a la infidelidad. A diferencia de los “güilas”, los travestis disfrutan las relaciones sexuales, ya sean por amor o por dinero. De ahí que traten de realizar el mayor número de conquistas posibles y no pasar por alto a los prisioneros guapos y masculinos. Esto va en contra del tipo de relación al que están acostumbrados. En razón que los “cacheros” se relacionaban, hasta llegar a la cárcel, solo con mujeres, están más acostumbrados a una doble moral: la mujer debía serles fiel.

Con los travestis, ésto no es fácil de lograr y mucho menos con quienes están acostumbrados a ejercer la prostitución. “Los travestis son peores que las putas, nos dice nuestro entrevistado. Estas últimas tienen relaciones sin sentir deseo, mientras que los travestis gozan montones de cada polvo. Es más difícil complacer sexualmente a un travesti que a cualquier prostituta”.

La iniciación

¿Cómo es que un hombre que ha sido heterosexual toda su vida empieza a sentir atracción hacia otro hombre? En realidad, existen tantos caminos como situaciones. En las cárceles, los reclusos son removidos del contacto diario con las mujeres, con la excepción de las funcionarias o las visitas conyugales. Es prácticamente imposible establecer una relación emocional con ellas. A la vez, las relaciones homosexuales son más abiertas. Poco a poco, el deseo de tener relaciones sexuales y la actividad de los compañeros va influyendo en los suyos propios.

En uno de los cursos que se dan en el ILPES para voluntarios que desean trabajar en las cárceles, con el fin de hacerles entender cómo es que se puede desarrollar una atracción sexual en hombres heterosexuales, el tutor utiliza esta inducción:

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Vamos a cerrar lentamente los ojos y pensar por unos minutos solo en la respiración. Inhale y exhale. Inhale y exhale. No piense en otra cosa que en el ritmo lento y relajado de su propia respiración. Inhale y exhale.

Una vez totalmente relajado(a)s, vamos a pensar que tenemos tres años de estar en una cárcel. Con la imaginación, vamos a vernos sentado(a)s en un comedor de una cárcel, como cualquiera de las que conocemos.

Pensamos que tenemos tres años de estar encerrado(a)s en este lugar y que ya nos es familiar. Pensemos unos momentos en esta situación.

Ahora que nos imaginamos sentados y solos(a)s en el comedor grande, nos recordamos que hemos estado así por más de tres años. Nadie nos ha tocado, ni besado, ni hecho el amor por este tiempo. Nos sentimos algo tristes y desconsolado(a)s.

De un momento a otro, el salón se llena de trecientas o cuatrocientas mujeres (si somos una mujer) o de hombres (si somos un hombre). Existen todo tipo de mujeres o de hombres: alto(a)s, bajo(a)s, gordo(a)s, flaco(a)s, musculoso(a)s, flojo(a)s, bonito(a)s y feo(a)s. Nos detenemos a mirar la gran variedad de tipos que existen.

Si somos una mujer, nos detendremos a observar a una chica muy extraña pero atractiva que está sentada al frente. No tiene senos, su cuerpo es fornido y casi musculoso y su rostro es hermoso y masculino. Los dientes son blancos, sus labios gruesos, como los de un actor italiano y de un momento a otro, nos vuelve a ver y nos sonríe.

Si somos un varón, nos imaginaremos que en el grupo de hombres frente a nuestra mesa, hay uno muy lindo y femenino. Tiene senos, la boca pintada de rojo claro, su cabello es rubio y de colochos, la cintura estrecha, las piernas como las de una mujer. De un momento a otro, nos mira y sonríe.

Pensemos ahora que esta persona nos gusta. Olvidaremos, por un minuto, cuál es su sexo. Nuestros compañeros o compañeras, cuando se dan cuenta de nuestro flirteo, nos incitan a que nos conozcamos. “¡Qué dichoso(a) por ser correspondido por esa belleza!, nos dicen algunos amigo(a)s. La gente parece celebrar nuestra atracción.

Ahora quiero que nos preguntemos: ¿Cómo nos estamos sintiendo? ¿Qué es lo que nos mueve hacia esa persona? ¿Nos gusta? ¿Creés que es posible tener algo con él o con ella?

Una vez que meditamos sobre ésto, empezaremos a regresar al lugar en donde iniciamos la inducción. Tomaremos conciencia de nuestro cuerpo.

Moveremos las manos y los pies y cuando cuente hasta tres, abriremos los ojos.

Los voluntarios aceptan que la inducción les ayuda a entender cómo es que una persona puede desarrollar una atracción por el mismo sexo. María, una socióloga, nos dice que

“Sí, pude sentir atracción por una de las mujeres de la cárcel. Me la imaginé bien hecha, algo brusca pero bella y me sentía tan sola que necesitaba estar con ella y hasta besarla”.

Leonardo, un psicólogo, cuenta que “me imaginé una travesti muy hermosa, delgada, alta y sensual. Me olvidé que tenía pene, no me importaba”. Otros no pudieron hacer del todo 21

la meditación y algunos no sintieron ninguna atracción. Sin embargo, la inducción sirve para entender las posibilidades en una cárcel: algunos pueden substituir a una persona del mismo sexo por una que no lo es, si son heterosexuales, otros no lo pueden hacer del todo y los que son homosexuales, hacen fiesta: “Estar en el tabo (cárcel) es como que lo metan a uno en una discoteca todo el día, con comida y dormida gratis y hombres todos erotizados”, nos dice un homosexual. “Pues éstas son las mismas elecciones que se dan en la cárcel”, nos dice el conductor.

Un caso típico del “cachero” y del travesti es el de Toro y de Angelita. El primero es heterosexual y se inició con una prima mayor que él. Como resulta frecuente, la mujer, casi once años mayor, abusó sexualmente del joven de apenas diez años. Toro mantuvo por varios meses relaciones con esa prima, que fue la que le enseñó el sexo oral y vaginal. Luego, empezaría a seducir a otras mujeres. El hombre es sumamente atractivo y según él, tiene “un gran poder sobre ellas”. Sin embargo, una adicción a la droga lo llevó a traficar y a caer en la cárcel. Para ese entonces, Toro nunca había tenido relaciones homosexuales. A él no le gustan los hombres y mucho menos a que lo “usen a uno como a una mujer”, nos dice. “El día que alguien se atreva a tocarme atrás, lo mato”, nos dice con toda seguridad.

Sin embargo, conoció a Angelita, un travesti que se inyecta hormonas, tiene senos y es extremadamente femenino. Cuando él lo mira, experimenta algo muy extraño. Sabe que es un hombre pero empezó una relación nueva para él: ENTREVISTADOR: ¿ME PODRIAS EXPLICAR UN POCO QUIEN ES

ANGELITA Y COMO SE CONOCIERON?

TORO:

Bueno, estando yo preso aquí, una vez de las tantas que he estado, en un pabellón donde ingresan la mayor parte de los homosexuales, gritan ´bu-bu´

porque llegaba barco (prisionero nuevo) y desde el momento que yo lo vi entrar, me atrajo, me gustó cualquier cantidad y de ahí en adelante iniciamos una amistad y hablamos de todo y yo sabía de antemano, yo sentía que le agradaba a ese

homosexual, que mi persona le gustaba, porque él me gustaba y cuando llegaba de visita, llegaba y me decía: ´Tome, ¿quiere pijiarse (drogarse)?´, y así sucesivamente. Un día se fue en libertad y me llamaba todos los días. Esa vez no pasó nada pero volvió a caer una segunda vez y siguió el coqueteo.

ENTREVISTADOR: ¿VENIA VESTIDO DE MUJER?

TORO:

No, venía con ropa de hombre, porque aquí no les permiten entrar vestidos de mujer, vienen así, pero afuera les cambian la ropa. Sin embargo, tiene el 22

cabello largo, las piernas totalmente lampiñas, un trasero redondo y contorneado, una cintura estrecha y una boca totalmente carnosa. Cualquier hombre se siente atraído por tanta feminidad. Hubo una tercera vez en que cayó y me acuerdo muy bien: yo estaba repartiendo fresco ese día y lo vi cuando ingresó, pero él no me había visto a mí, entonces, cuando yo estaba repartiendo el fresco nada más vi que cuando cruzó los portones, preguntó a unos internos:

´¿Dónde es que duerme Toro?´, y le dijeron dónde estaba la cama. Ella, con las dos bolsas con las que había ingresado se fue directamente a mi cama y seguí repartiendo el fresco y todos los internos empezaron a vacilarme, ´¡Ay, Toro! Como que te llegó mercancía´ y otras tonteras. Yo llegué a mi cama y él me dijo: ´¿Puedo quedarme aquí?´ y yo le dije: ¡Claro!, ¡bienvenida!, es mi cama y es tuya también. Angelita me dijo que me había visto bañando y que mi órgano era muy grande y grueso.

Fue cuestión de media hora cuando ya habíamos mantenido la primera relación sexual y siguió la relación por tres meses y ella me decía que me quería, bueno, me expreso de ella porque sólo así me gusta, no me gusta tratarla como hombre que es, ella me dijo que me quería, etc., que había encontrado al hombre de sus sueños, de su vida, aunque yo no le creía, porque yo le decía que en el momento que ella se fuera, yo no iba a existir y que tal vez era algo pasajero y ella me dijo que no, que nunca, que por nada del mundo me dejaría botado, que ella haría la lucha conmigo y me lo juró y me dijo que solo la muerte nos separaría. Para mis adentros, yo dije:

´¡Está bien! Śalió en libertad, fue a juicio y siguió llamándome y todos los días venía a las visitas y todos los días me mandaba algo y me llamaba por teléfono a cada rato y me preguntaba qué necesitaba y que esto y lo otro y así sucesivamente.

Un caso de iniciación distinta es el de Martínez. El hombre tiene 33 años de edad y toda sus relaciones anteriores habían sido heterosexuales:

ENTREVISTADOR: HABLAME UN POCO DE TUS RELACIONES

SEXUALES ANTES DE VENIR A LA CARCEL, DE

TU NIÑEZ, DE TU ADOLESCENCIA ¿QUÉ TIPO

23

DE RELACIONES SEXUALES TENIAS?, ¿CÓMO

ERAN?, ¿CÓMO EMPEZASTE?

MARTINEZ:

Sexualmente, a mis catorce, no, a los trece años. Yo era cobrador de bus de San Juan de Dios, conocí a mi primer mujer y ella tenía como treinta y tres o treinta y cuatro años y con ella experimenté lo que es la sexualidad, lo que aprendí fue de ella, durante casi siete u ocho años que vivimos, ahí empezaron mis relaciones sexuales, y hasta la fecha, siempre he tenido buenos polvos, como dicen en la calle, y ha sido así continuamente y ahora tengo dos años que he estado solo, pero siempre anduve viviendo con unas 15 ó 16 mujeres.

El ha estado en la cárcel por 17 años y nunca había tenido relaciones homosexuales. Al ingresar en prisión, Martínez no tenía la menor idea que “dos hombres pudieran tener una unión” y le “repugnaba” la idea del sexo homosexual. Sin embargo, el paso de los años tuvo su mella. Él confiesa que “la estadía en prisión me ha hecho acostumbrarme a este mundo y me he mezclado con chamacos jóvenes que son verdaderamente gays”. Cuando se le pregunta qué son para él “gays”, nos responde que son los que no gustan de hacer el sexo con mujeres porque “traen hormonas femeninas”. Hace un mes y medio le tocó un travesti de compañero de nicho. El homosexual fue ubicado precisamente debajo del de Martínez.

Una noche el recluso oyó ruidos extraños de la cama de abajo: “Estaba yo ya dormido cuando oí que el playo se quejaba. Cuando me desperté me di cuenta que el negro Tulipán le estaba haciendo el amor. Yo ya había visto cosas semejantes en la cárcel y no era nada del todo nuevo. Sin embargo, el diálogo que oí esta vez me erotizó todo”. Cuando a nuestro personaje se le pregunta qué tenía de novedoso ese diálogo, nos dice que “era una relación muy cariñosa entre los dos. El Tulipán era famoso por su tamaño y había roto a más de uno.

Pero esta vez calmaba al tipo y lo convencía para que se dejara amar”. Martínez fue tan impresionado por este diálogo que dos noches después él mismo bajaba a la cama del compañero y le decía “Yo sé lo que te gusta. Yo te voy a amar como Tulipán”. Al recluso le costó acostumbrarse a la idea que estaba teniendo una relación homosexual: ENTREVISTADOR:

¿LO QUE ME DICES AHORITA ES QUE TENES

UNA PAREJA AQUI EN LA CARCEL?

MARTINEZ:

Sí, es correcto.

ENTREVISTADOR:

¿HABLAME UN POCO DE LO QUE TE HACE

SENTIR CULPABLE?

MARTINEZ:

Culpable en el sentido que comparto con una persona del mismo sexo.

ENTREVISTADOR:

¿ESO ES MALO PARA VOS?

24

MARTINEZ:

Pues, ante la Biblia, ante Dios, eso es malo.

ENTREVISTADOR:

¿HABLAME UN POCO DE TU PAREJA, ES UN

TRAVESTI, UNA “ZORRA”, UN “GÜILA”?

MARTINEZ:

No, es un gay, es un travesti, es como una mujer, tiene, como te dijera...

ENTREVISTADOR:

¿TIENE SENOS?

MARTINEZ:

Sí, tiene senos, es un gay.

ENTREVISTADOR:

¿HACE CUANTO VIVIS CON ELLA?

MARTINEZ:

Como mes y medio, más o menos.

ENTREVISTADOR:

¿Y TE SENTIS BIEN CON ESA RELACION?

MARTINEZ:

Pues sí, pues no, pues comparto con él, me gusta es decir, hablar, qué sé yo, tal vez porque sea la persona que tengo ahora a la par, que está unida en muchos sentidos a mí en prisión, que respeta mi opinión, respeta lo que soy, sin palabras.

ENTREVISTADOR:

¿HABLAME UN POCO DE COMO ES TU

RELACION CON ESA PERSONA, CON ESA

COMPAÑERA

TUYA.

CUANDO

TENES

RELACIONES SEXUALES CON ELLA, ¿ESTAS

CONSCIENTE QUE ES UN HOMBRE? ¿ME

PODRIAS HABLAR UN POCO, SI NO TE

MOLESTA, QUE ES LO QUE HACEN, SIN CAER

EN LA DESCRIPCION PORNOGRAFICA?, ¿COMO

TE SENTIS SABIENDO QUE TIENE UN PENE?

MARTINEZ:

Pues me siento mal, es lógico, pues como te digo, mi apertura sexual ha sido hacia las mujeres, tengo mes y medio, bueno cinco meses de tratarlo y tiene un modo muy especial, no me siento mal, pero me siento mal porque es un hombre igual que yo.

Chino, un hombre fornido de 42 años, ha estado dos veces en la cárcel. Tiene cuatro hijos y vive en unión libre con una mujer. De la misma manera que muchos otros hombres fue iniciado sexualmente por una mujer mayor:

ENTREVISTADOR: ¿COMO TE INICIASTE SEXUALMENTE?

25

CHINO:

Cuando disfrutaba de las vacaciones del kinder o de la escuela en ese entonces, me iba donde mi familia, yo tengo una tía que fue la que me inició en las actividades sexuales.

ENTREVISTADOR: ¿QUE EDAD TENIAS?

CHINO:

7 u 8 años.

ENTREVISTADOR: ¿Y ELLA?

CHINO:

Podía tener como 15 ó 16 años, era una mujer que estaba formada, tenía vellos, tenía tetotas y ella se masturbaba con mi pierna y yo me erectaba.

ENTREVISTADOR: ¿QUE PASO CON ELLA?

CHINO:

Yo empecé a tocar, me gustaba tocarle los pechos y siempre con ese temor de aquello, porque yo todavía era un chiquillo, no estaba ni plumado como lo llamamos popularmente, me daba miedo, ella me agarraba y se masturbaba…

Chino llegó por primera vez a la cárcel a los diecinueve años de edad, a la antigua Penitenciaría Central. Allí conoció a muchos homosexuales e inició sus relaciones con ellos.

Sin embargo, sus contactos, como él mismo lo describe, son por “tener cara de barro”, o sea solo para satisfacerse sexualmente. A diferencia de Toro o de Martínez, Chino no se complica la vida con enamoramientos. Su razón principal para relacionarse con homosexuales es simplemente la satisfacción. Cuando se le pregunta cómo fue que se inició la primera vez, él nos dice que “eran las tres de la mañana. Yo tenía tres meses de estar en la cárcel. Esa noche estaba muy caliente y había un playo con un buen “rabo” (trasero) que yo le gustaba. Yo me imaginé que estaba con una novia que tuve, cerré los ojos y me puse a volar”.

ENTREVISTADOR: ¿VOS HAS TENIDO HOMBRE EN LAS CARCELES

CUANDO HAS ESTADO PRESO?

CHINO:

Bueno, para no ser mentiroso, claro que sí, he tenido una pareja, la cual me ha servido como mujer.

ENTREVISTADOR: ¿HABLAME DE ESA PERSONA LO MAS QUE

PODAS?

CHINO:

Diay es una persona sumisa, en todo momento dispuesta a servirle a uno en el instante que uno lo 26

necesite, hace caso para todo, no ve a otros hombres que quieran culearlo, no traiciona, es bastante celoso, total una dama de casa, no una perra ni una puta, como se le pueda llamar a otra clase de homosexuales que se acuestan con vos y tal vez siendo vos el marido de ella, andan pegándote lo que llamamos el descuido, que es andar con otras personas sin que te des cuenta.

ENTREVISTADOR: ESA PERSONA, ¿VIVE CON VOS AHORA O FUE

HACE TIEMPO?

CHINO:

No, eso fue tiempo muy atrás, estando recluido, porque en la calle no he tenido esas prácticas.

ENTREVISTADOR: ¿EMPEZASTE A HACERTE “CACHERO” EN LA PENI POCO A POCO? ¿COMO FUE TU PROCESO

DE HACERTE “CACHERO” Y COMO EMPEZASTE

A PRACTICAR EL “CACHERISMO”?

CHINO:

Yo empecé a practicar el “cacherismo” con un compañero que era homosexual.

ENTREVISTADOR: ¿O SEA UN TRAVESTI?

CHINO:

Sí, un travesti, pero no hacíamos penetración, sino masturbación, me masturbaba y qué sé yo, ciertas caricias sexuales.

ENTREVISTADOR: ¿COMO CUANTAS RELACIONES SEXUALES HAS

PODIDO TENER VOS A LO LARGO DE TU CANA

(CONDENA)?

CHINO:

Eso no podría decirlo con exactitud, pero sí varias veces.

Juan Alberto es uno de los pocos que sí había tenido relaciones sexuales con travestis antes de ingresar en la cárcel. Su primera relación con un homosexual fue accidental. Juan Alberto sería engañado:

ENTREVISTADOR: DECIME

UNA

COSA,

¿HAS

TENIDO

RELACIONES CON TRAVESTIS, HOMBRES QUE

SE VISTEN DE MUJER?

27

JUAN ALBERTO:

Claro que sí, aquí en Alajuela con el playo del sector del norte, Aurora. Yo lo miré un día que llegué a un cierto bar y lo ví vestido de mujer con una amiga que luego

averiguaría

era

presidenta

de

una

organización de locas de Alajuela y decidí tomarme unos tragos, nos fuimos para el centro en un taxi y me llevó a una cabina ahí aparte, diay, pero yo pensaba que era una mujer, y cuando lo vi sin ropa,

¡si esto es un hombre! , me dije, era Aurora, el playo, y tuve esa aventurilla con él. Fue una experiencia bonita porque a pesar que uno haiga (sic) andado por todo lado, es bonito tener diferentes aventuras y experiencias, tanto con mujeres como con hombres, para mí eso es algo muy común.

ENREVISTADOR:

CUANDO VOS ENTRASTE AQUÍ A LA CARCEL

ME IMAGINO QUE SE TE ABRIÓ TODO UN

MUNDO NUEVO, RESPECTO A LA SEXUALIDAD,

QUIZAS LO CONOCÍAS, QUIZA NO, ¿ME PODES

HABLAR UN POCO SOBRE ESTE MUNDO

SEXUAL?

JUAN ALBERTO:

Sí, diay, cuando yo ingresé por primera vez a lo que es el sistema carcelario en la Unidad de Admisión, se me abrió un mundo diferente al que yo estaba acostumbrado. Ahí fue cuando yo llegué por primer vez a estar preso, en el pabellón A. Estaba algo dudoso

porque

decían

que

había

muchas

enfermedades, el sida y todas esas cuestiones, pero cuando ingresé vi un mundo que es el que estamos viviendo ahora, donde hay tantos homosexuales, de toda índole de personas. Después estuve en el pabellón H donde tuve una relación con el playo Laura y diay para mí fue una aventurilla común, claro que me cuidé porque decían que ese playo estaba infectado de sida, pero en ese momento lo que hice fue usar preservativo…

Existen muchas otras formas de iniciación. A Pedro empezaron a gustarle los travestis cuando participó en una violación en grupo. Según él “a mí no me pasaba la idea de tener relaciones con un playo. Pero hubo que castigar a uno de ellos por parte de mi cuadrilla.

Nos pusimos en fila para someterlo y cuando me tocó a mí, sentí riquísimo. La próxima vez lo hice con ese mismo playo pero por amor”. Otros, como Carlos, fueron sometidos por los mismos travestis. En su caso, cuando se bañaba, uno de ellos se le acercó: 28

Al estarme yo bañando y llegar ese playo Carrasqueri, no sospeché a qué venía. El empezó a contornearse como una hembra.Era un tipo medio cruzado con negro y se parecía a Michael Jackson. Se ponía el jabón entre los senos y me miraba de reojo.

Luego, se volvía y se aplicaba el jabón como una sádica. Me di cuenta que se había puesto un calzón de cuero negro y una argolla en la lengua. Al ver tanta pluma, me fui poniendo cachondo. La loca se dio cuenta que estaba excitado y me dijo: “Sos un hombre 10”. El tipo se arrodilló y yo le dejé que me la chupara. Después, ella misma se quitó el calzón y me la guió entre quejidos.

La iniciación de los “cacheros” demuestra que la sexualidad humana es más flexible de lo que nos podemos imaginar. Los reclusos están sometidos a una situación sumamente extrema por la ausencia de mujeres. Sin embargo, los “cacheros” no son forzados en sus relaciones con otros hombres. La atracción se desarrolla, en grados y en tiempos distintos.

En algunos, no se da del todo. Existen muchos reclusos que nunca se involucran sexualmente con otros hombres. A pesar de tener las mismas condiciones que los otros, nunca desarrollan el gusto por la homosexualidad. Este es el caso de Mario:

Yo no tengo nada en contra de los playos. Más bien te cuento que uno de los que me defendió era, como se dice, un gay. Como profesional era bien malito porque se había graduado ya bastante mayor y creo que más bien me zamparon más en la cárcel por su falta de experiencia. Le llamaban “La abuela blanca” porque era canoso y tenía hijos. Pero como persona era muy buena nota. En vez de cobrarme, me decía que le pagara en “especies” como él mismo se refería al sexo. Pero yo le dije que aunque no tengo nada en contra de los maricones, a mí no me gusta la sodomía. Nunca lo dejé tocarme. Cuando me metieron aquí, me han salido muchos

“novios” pero yo mismo les digo que conmigo no hay nada. Es que por más alborotado que esté no encuentro nada que me guste de un hombre. Mucho menos de los travestis que son horribles de día y bien feas de noche. Una loca de esas me vino un día a preguntarme si a mí me gustaba. Yo le dije: “Mire mamita, usted es tan femenina que más bien parece una lesbiana femenina”. Desde ese entonces, la loca ni se me arrima.

Las prácticas sexuales

Los “cacheros”, en teoría, son los machos y los penetradores en la relación sexual. Una serie de reglas determina lo que se puede y no se puede hacer. Una de ellas es que el macho no debe dejarse penetrar y tampoco jugar con el pene del travesti. Otra es que no deben hacer el sexo oral pasivo y tampoco besar en la boca al travesti. Toro es un ejemplo del “cachero”

tradicional:

ENTREVISTADOR: ¿ME PODRIAS HABLAR UN POCO DEL TIPO DE

RELACION

SEXUAL

QUE

TUVISTE

CON

ANGELITA?

29

TORO:

Bueno, al principio yo mismo no creía lo que estaba haciendo. Ella ha sido la única persona homosexual con la que he estado. Al principio, yo no sabía cómo hacerlo, porque de antemano yo tenía un

entendimiento que aquel ser que estaba en la cama conmigo tenía lo mismo que yo poseía.

ENTREVISTADOR: ¿QUE ERA ESO?

TORO:

Un par de testículos y un pene, y yo no me adaptaba a eso, porque de la cintura para arriba era un cuerpo de mujer, con pechos, pelo largo, cara fina, pero de la cintura para abajo, todavía no tenía un entendimiento sobre aquello, y yo con las caricias y el manoseo siempre he evitado ese lado, siempre que el pensamiento llega a mi mente me molesta, pero con el tiempo me fui adaptando.

ENTREVISTADOR: ¿CUANDO TE ENFRENTASTE A LA REALIDAD

QUE ANGELITA ES UN HOMBRE?

TORO:

Bueno sí, desde el principio sabía que era un hombre, pero mi cuerpo había sentido unas vibraciones como lo siente un hombre cuando se enamora de una mujer y ya la tercera vez que ella ingresó aquí, llegó para meterse en mi nicho, para vivir conmigo y empezó la relación y ahí siguió y yo con aquel temor que estaba con otro hombre: Él tiene lo mismo que yo tengo´, me decía y entonces yo en la masturbación, en la sodomía, en el fogueo, siempre esquivaba los testículos y el pene.

ENTREVISTADOR: ¿NO SE LOS TOCABAS?

TORO:

No, y seguía la relación cada día más fuerte, durante tres meses y ella se fue y siempre me siguió apoyando hasta la fecha.

ENTREVISTADOR: ¿QUE SENTISTE CUANDO TENIAS DE LA CINTURA PARA ARRIBA UNA MUJER Y DE LA

CINTURA PARA ABAJO A UN HOMBRE?¿COMO

CAMBIO TU VIDA?

TORO:

Aprendí algo que no sabía, es que cuando hicimos el amor no vi que aquella persona se masturbara, ni 30

nada; simplemente me acuerdo que en el momento que yo estaba ya viniéndome, aquella persona, sin haberse emocionado ni nada, en el momento que se da cuenta que yo estoy regándome, también lo hacía y no podía entender por qué y luego le pregunté y me dijo que esa era la satisfacción, porque con otros hombres había tenido que masturbarse, pero conmigo no; eso me hizo sentirme muy varón, porque aprendí que solo los penes grandes pueden dar un masaje de próstata tan profundo que la persona no necesita ni tocarse para llegar al orgasmo. Eso fue muy lindo aprenderlo y me da mucho orgullo.

Sin embargo, el mismo Toro admite que la confianza lo ha llevado a realizar cambios: ENTREVISTADOR: ¿VOS MANIPULAS AHORA EL PENE DE

ANGELITA?

TORO:

Sí, con el tiempo lo empecé a hacer.

ENTREVISTADOR: ¿ENTONCES CAMBIASTE?

TORO:

Sí, cambia uno totalmente: me di cuenta que ella me quería y yo la quería y duré como un año sin hacer nada distinto hasta que después me acostumbré. Pero hasta cierto punto porque nunca la dejaré

penetrarme, ni le voy a hacer a ella el sexo oral.

ENTREVISTADOR: ¿NO LO HACES?

TORO:

No, yo le mamo sus pechos y su trasero, sus nalgas, cualquier cosa, menos el miembro.

ENTREVISTADOR: ¿CREES QUE LO VAS A LLEGAR A HACER?

TORO:

No lo sé.

Muchos “cacheros” realizan más cambios que los de Toro. En el argot de la cárcel, se dice que “gallo viejo con el culo mata”, lo que significa que de tanto penetrar al travesti, el

“cachero” siente curiosidad por averigüar qué es lo que éste siente y “da las nalgas”, como dice Daniel. En otras palabras, el macho decide dejarse poseer por curiosidad. Muy pocos de los entrevistados aceptan que ellos lo hayan hecho. Sin embargo, están dispuestos a reconocerlo en otros. Daniel nos dice que los “cacheros” se aburren de tanto penetrar a los homosexuales: “Yo conozco una pareja y en la noche se alternan los gemidos de dolor.

31

Primero es el playo al que se la meten. Pero después, uno oye al otro decir que no tan duro”.

Lo mismo dice Joaquín con respecto a varios de sus amigos: “El “cachero” ese que es tan hombre se la come, como decimos aquí, o sea mata el buey´ (significa sentarse en el pene de otro). De éstos hay montones”. Tan común se ha hecho ésto que se ve fácilmente. Según Luis, él mismo descubrió a dos hombres masculinos penetrarse el uno al otro: “Cuando ingresé al baño, los vi y ni lo podía creer. Yo les dije: Śigan no más, yo no vi nada¨”.

Una prueba de la flexibilidad sexual son las respuestas al cuestionario de práctica sexual que nos dieron los 22 travestis entrevistados en 1989. No obstante la polarización de los roles respecto al género, en la práctica sexual existe una mayor simetría, pues los

"cacheros", o supuestos "heterosexuales", practican el sexo anal activo o pasivo con sus amantes travestis. Los travestis tienen, en promedio, un mayor indicador de penetración anal activa cuando están en una relación cerrada con un “cachero”.

CUADRO 1

PROMEDIO DE PENETRACION ANAL ACTIVA Y PASIVA

SIN USAR EL CONDON EN LOS ULTIMOS 30 DIAS

POR TIPO DE RELACION

Promedios de penetración anal

Tipo de relación

Con eyaculación

Sin condón

Con condón

A*

P*

A

P

A

P

Número entrevistados

(22)

(22)

(22)

(22)

(22)

(22)

Promedio

0.4

7.1

0.8

5.4

0.04

1.3

Tipo de relación

Cerrada

1.0

14.9

2.1

10.7

0.0

2.6

Abierta

0.2

4.7

0.3

4.3

0.09

0.9

Célibe

0.0

0.0

0.0

0.0

0.0

0

(Eta*100)

49

66

59

55

21

35

Se refiere a la penetración anal activa y pasiva

Fuente: Jacobo Schifter y Johnny Madrigal, Hombres que aman hombres, ILEP-SIDA, San José 1992, p.193.

Los mismos travestis admiten, en los talleres, que los “cacheros” se hacen “vuelta y rosca”, o sea, se dejan penetrar y hacen el sexo oral de manera pasiva y activa. Felicia cuenta que “el hombre de ver tantas veces el placer que siente la loca, se interesa en saber qué es y cómo se siente. Poco a poco, se atreve a que uno se lo coja”. Laura reconoce que ella es popular entre los “cacheros” “porque tengo un pene grande”. “Si ellos fueran solo activos, continúa, ¿vos creés que les importaría?” Otros aprenden a realizar el sexo oral.

Carmen tiene dos años de relación con su “cachero” y él ha cambiado su manera de hacer el amor: “Antes él era tan macho que no me tocaba el pene. Ahora parece un carnero”.

El acto sexual pasivo del “cachero” podría interpretarse como una mayor liberalidad y respeto a su compañero en la relación. Sin embargo, no lo es. Al contrario de la simetría en la relación de las “zorras” que analizaremos más adelante, los “cacheros” no hacen 32

nada “revolucionario” con su pasividad. Por el contrario, el que un “cachero” se deje penetrar más bien demuestra lo “cachero” que es: puede darse el lujo de practicar el sexo anal u oral pasivo. En realidad, el poder radica en su capacidad de hacer que los otros hagan lo que él quiere: en algunos momentos, los pone a servirle y en otros, a que le sirvan. Cuando se tiene el poder sobre la vida y la muerte, nadie chista: el “cachero”, lo mismo que algunos emperadores de la Roma antigua, puede darse el lujo de dejarse penetrar por esclavos, soldados y subalternos. ¿Pierde poder un “cachero” que pone las nalgas, le preguntamos a Daniel? “¡Jamás! un “cachero” tiene poder porque maneja a las cuadrillas o la plata, si pone el rabo es un asunto personal. Nadie hace una elección para quitarlo del puesto. ¿Quién se va a atrever a hacerle un aleteo a Pico Malo, que ha matado a cuatro, porque de vez en cuando se le vuelva la rosca?”

Amor de “cachero”

Una vez que el “cachero” y el travesti han iniciado una relación, existen caminos muy distintos para su desarrollo. En algunos casos, la pareja – en teoría- no difiere de una heterosexual. Se da un matrimonio de facto con todas las reglas del juego en cuanto a la fidelidad, la compañía y la especialización de oficios. Este es el caso de Toro y Angelita: ENTREVISTADOR:

PARA RESUMIR, ¿NUNCA HABIAS TENIDO

RELACIONES SEXUALES CON UN HOMBRE?

TORO:

Nunca.

ENTREVISTADOR:

¿HASTA QUE CONOCISTE A ANGELITA?

TORO:

Hasta que la conocí.

ENTREVISTADOR:

¿Y EL CONOCER A ANGELITA TE HA HECHO

CAMBIAR TU VIDA?

TORO:

Totalmente, tal vez por la manera de ser de ella. Yo fui bautizado por la Iglesia, tuve dos hijas de un matrimonio, fui divorciado y luego casado por lo civil y tengo un hijo adicional y otros por ahí, pero después que conocí a Angelita: todo aquello era otra etapa de mi vida, lo que estaba iniciando era nuevo, totalmente aparte.

ENTREVISTADOR:

¿LE HAS SIDO FIEL A ANGELITA?

TORO:

Cien por cien.

ENTREVISTADOR:

¿QUE

HAS

APRENDIDO

SOBRE

LA

HOMOSEXUALIDAD AQUI EN LA CARCEL?

33

TORO:

No sé, yo conocí al ser que convive conmigo aquí y desde la primera vez que lo vi lo amé. Yo era uno de los que decía: ´¿Gay yo?, ¿un playo, yo? ¡Nunca!´

Sin embargo, llegó uno con el cual ya casi tengo seis años de estar y seguimos luchando juntos, visita tras visita. Ella viene a verme y están todas las llamadas telefónicas, que son las que me alientan a seguir adelante, porque generalmente yo he conocido más la realidad del amor con este travesti que cuando estuve con mujeres, más que con la señora madre de dos hijas mías, a mi otra ex mujer, madre de un hijo mío, la miro como basura, mientras en este travesti he llegado a encontrar muchas cosas que no llegué a encontrar en una cantidad de mujeres que han estado conmigo en una cama.

En otros casos, la relación se mantiene distante. El “cachero” usa a su compañero pero no se enamora de él ni convive como pareja. Este es precisamente el caso de Chino: ENTREVISTADOR: ¿COMO

LE

MANIFESTABAS

A

EL

TUS

SENTIMIENTOS?

¿LO

AMABAS?

¿ERAS

CARIÑOSO? EXPLICAME TUS SENTIMIENTOS

HACIA EL

CHINO:

Diay, un sentimiento humanista, en todo momento tratarlo bien, no amándolo ni queriéndolo, ni que estoy perdidamente enamorado, sino más que nada como una salida a la efervescencia que necesita uno liberar pues con el tiempo, llegué a la conclusión que eso no es ser cara de barro, sino todo de barro, porque por necesidad física uno lo quiere, porque uno siente esas ganas de regarse.

34

III. El “cachero” y el “güila”

Otro tipo de relación tolerada en la cultura del recluso es la de un hombre mayor con uno más joven (“cabrito” o “güila”). Los prisioneros jóvenes son apetecidos por quienes tienen mucho tiempo de estar en la cárcel y buscan en ellos una relación de control y de servicios "femeninos", a cambio de la protección en el penal. Aunque en esta relación no existe una diferencia de género marcada, la edad permite que el hombre mayor se considere como "macho" y protector de uno menor y más débil, según una réplica de la relación heterosexual.

Las relaciones “cachero”-“güila” difieren de las de los travestis. En primer lugar, el

“cachero” que busca a muchachos jóvenes siente una atracción hacia la edad y no el amaneramiento del compañero. Los “güilas” son en general muchachos masculinos.

Además, los jóvenes no son homosexuales, ni se sienten atraídos por hombres. La

“homosexualización” del “güila” es un proceso que puede durar días, semanas o años.

Una de las ventajas que los “cacheros” miran en los “güilas” es que les son más fieles, en vista que no sienten atracción por otros hombres. El “cachero” cree que el “güila” es menos “promiscuo” que un travesti, como afirma Daniel. Luis nos dice que “no se encuentra un “güila” samueleando a un “cachero” en un baño para ver cómo la tiene, como hacen los travestis”. “Ellos se quedan tranquilos con su hombre”, advierte Ernesto.

Los “cacheros” que buscan “güilas” son generalmente paidófilos. Daniel y su hijo, que está preso junto con él, son un ejemplo:

ENTREVISTADOR:

¿A VOS TE GUSTAN LOS CHIQUITOS JOVENES?

DANIEL:

Sí.

ENTREVISTADOR:

¿NO MAYORES QUE VOS?

DANIEL:

Sí, me he echado mayores, pero me gustan jóvenes.

ENTREVISTADOR:

¿Y CHIQUILLAS DE ESA EDAD?

DANIEL:

Chiquillas jóvenes también.

ENTREVISTADOR:

¿TAMBIEN TE GUSTAN?

DANIEL:

Sí.

ENTREVISTADOR:

¿TE GUSTAN LOS DOS?

DANIEL:

Sí, me he echado carajillas jóvenes de 15 y 16 años.

35

ENTREVISTADOR:

¿PERO

TENES

PREFERENCIA

POR

LOS

CARAJILLOS?

DANIEL:

Sí, es mejor el amor macho.

ENTREVISTADOR:

¿ES MEJOR EL AMOR MACHO?

DANIEL:

Sí, es mejor.

ENTREVISTADOR:

¿SIEMPRE LES PAGAS?

DANIEL:

Sí, claro, siempre les regalo plata.

ENTREVISTADOR:

¿AQUI EN LA CARCEL COMO SE HACE?

DANIEL:

Se paga también, siempre, ¡claro!, pero aquí salen más baratos que en la calle, a 300 y a 500 colones.

ENTREVISTADOR:

¿HAS

TENIDO

RELACIONES

SEXUALES

DURADERAS CON MUJERES: MATRIMONIO O

NOVIAZGO?

DANIEL:

No, sólo noviazgo.

ENTREVISTADOR:

¿HAS ESTADO JUNTADO?

DANIEL:

No, sino que he salido con una muchacha y, diay, me la he echado.

ENTREVISTADOR:

¿O SEA, A VOS TE GUSTAN DE LAS DOS COSAS?

DANIEL:

Sí, pero ahora más que todo me he dedicado al

“cacherismo”, sale mejor, por la prisión, está muy tallada la cosa.

ENTREVISTADOR:

¿TENES HIJOS?

DANIEL:

Sí, tengo cinco hijos.

ENTREVISTADOR:

¿DE QUE EDADES?

DANIEL:

El mayor tiene 24 años y otra tiene 18 y la otra tiene 17. Los menores tienen 15 y 16.

ENTREVISTADOR:

¿NUNCA TUVISTE RELACIONES SEXUALES CON

TUS HIJOS?

36

DANIEL:

¡Ah no!, eso lo respeto mucho.

ENTREVISTADOR:

¿ALGUNO DE ELLOS ES HOMOSEXUAL?

DANIEL:

Sí, hay uno que salió igual a mí.

ENTREVISTADOR:

¿HOMBRE O MUJER?

DANIEL:

Hombre.

ENTREVISTADOR:

¿ES “CACHERO”?

DANIEL:

Sí.

ENTREVISTADOR:

¿QUÉ EDAD TIENE?

DANIEL:

24 años y es un “cacherazo”.

ENTREVISTADOR:

¿TE CONSTA?

DANIEL:

Sí, me consta porque yo lo he visto.

ENTREVISTADOR:

HABLAME SOBRE ESO.

DANIEL:

Es que está preso en la cárcel que estuve.

ENTREVISTADOR:

¿TE CONSTA QUE ES “CACHERO”?

DANIEL:

Sí.

ENTREVISTADOR:

¿LO HAS VISTO?

DANIEL:

Sí, él estuvo conmigo allá y las veces que estuvo a la par mía lo he visto en acción.

ENTREVISTADOR:

¿HABLABAN DE ESO USTEDES DOS?

DANIEL:

Sí.

ENTREVISTADOR:

¿COMPARABAN HOMBRES?

DANIEL:

Sí.

ENTREVISTADOR:

¿HAN COMPARTIDO “GÜILAS”?

37

DANIEL:

Sí, claro.

ENTREVISTADOR:

¿ESTANDO EN LA CARCEL?

DANIEL:

Sí.

ENTREVISTADOR:

ESO ES MUY INTERESANTE Y ME GUSTARIA

QUE HABLARAMOS UN POCO SOBRE ESO. ¿ME

DECIS QUE HAS COMPARTIDO COMPAÑEROS

SEXUALES EN LA CARCEL CON TU HIJO?

DANIEL:

Sí, claro.

ENTREVISTADOR:

¿HABLAME SOBRE ESO?

DANIEL:

Después que lo usaba yo, se lo pasaba a él y diay, él ha seguido ahí buenísimo y él dice: ´Mi tata, yo salí igual a usted´.

ENTREVISTADOR:

¿VOS TE SENTIS CULPABLE POR ESO?

DANIEL:

No, sí soy culpable: él es igual a mí porque un día me vio.

ENTREVISTADOR:

¿UN DIA TE VIO EN LA CARCEL?

DANIEL:

Sí y él me dijo que quería saber de eso. Yo le dije que si quería aprender yo le pasaba los “güilas” después que yo me los echara y bueno, los hemos compartido.

Después que uno ha terminado de hacer el sexo con el

“güila”, el otro lo coge y se lo echa. Mi hijo me dijo que se sentía orgulloso de haber aprendido conmigo.

ENTREVISTADOR:

¿USTEDES SE HAN SENTADO Y COMPARADO

LA RELACION, O SEA, VOS LE CONTAS A EL Y EL

TAMBIEN DE COMO SE SINTIERON, QUE

HICIERON?

DANIEL:

Sí, él me ha contado, me dice qué rico es eso, es mejor que con una mujer, es más apretado ya que la vieja es más floja y el hombre más apretado, que es más rico el amor de macho, bueno, diay, nos ha gustado a los dos.

ENTREVISTADOR:

¿Y TE SENTIS BIEN CON ESA RELACION CON TU

HIJO, SE LLEVAN BIEN?

38

DANIEL:

Sí, nos llevamos bien.

ENTREVISTADOR:

¿A VOS TE GUSTA QUE SEAN TRAVESTIS O SEA

QUE ESTEN VESTIDOS DE MUJER?¿ O NO?

DANIEL:

¡Ah no!, me gusta que sean serios.

ENTREVISTADOR:

¿QUÉ QUERES DECIR VOS CON SERIOS?

DANIEL:

Varoniles.

ENTREVISTADOR:

¿A VOS NO TE GUSTA TENER RELACIONES

SEXUALES CON UN “GÜILA” QUE SEA LOCA O

AFEMINADO?

DANIEL:

Ah no, afeminado no, porque andan con todo el mundo, en cambio así reservado es diferente, ellos no hacen el amor con todo mundo, más que todo por las enfermedades, porque andan con el otro y el otro, por eso si uno se hace de un “güila” que sea uno fiel.

ENTREVISTADOR:

¿VOS LE SOS FIEL A EL?

DANIEL:

Sí.

ENTREVISTADOR:

¿SOLO CON EL ANDAS?

DANIEL:

Sólo con él.

ENTREVISTADOR:

¿NO CREES QUE UN GÜILA FIEL TAMBIEN TE

PUEDE PASAR UNA ENFERMEDAD?

DANIEL:

Sí, claro, por eso cuando voy a hacer el amor primero los registro.

ENTREVISTADOR:

¿CÓMO ES QUE LOS REGISTRAS?

DANIEL:

De cuánto han hecho el amor y eso, ya uno conoce, porque yo tengo 18 años de hacer esto, y yo lo agarro y lo abro y le meto el dedo a ver como está y los que están contagiados tienen olorcillo raro y uno sabe que están pegados (infectados).

Otros “cacheros” han desarrollado un gusto por los jóvenes en la prisión. A Carlos, por ejemplo, le gustaban las muchachas de quince años para abajo. Su pasión era irse con las 39

niñas y “jugar de casita” con ellas. Cuando le preguntamos que nos describa el juego, nos dice que les pide a las niñas que hagan “el papel de mamá” y que él “hará de papá”.

Las niñas, sin sospechar sus intenciones, van teniéndole confianza y poco a poco ceden a sus peticiones. “Un día les pido que vamos a hacer como que nos dormimos juntos; otra vez que nos vamos a examinar el cuerpo. Cuando se dan cuenta, ya las he poseído”. Una vez en la cárcel, Carlos busca lo que más se le parezca a una niña: “Bueno, aquí uno no tiene posibilidades de muchachitas. Lo único que ve son las funcionarias que están más abiertas que el túnel del Zurquí (un túnel de paso en una de las carreteras costarricenses).

Mi satisfacción es irme acercando a los “güilas” que entran aquí y hacer fiesta con ellos”.

“Hacer fiesta” es un complicado juego que dura meses: Muchos de estos muchachos son maleantes pero inocentes con respecto a la sodomía. Cuando entra uno rubiecito y blanquito, todo talón (lampiño), sin pelos, yo me le voy haciendo amigo de él. Le ofrezco comida y cigarros. Lo invito a que se quede conmigo en el nicho. En la noche, como el que no quiere la cosa, le toco disimuladamente. Si veo que no me dice nada, la próxima se la agarro deliberadamente. Poco a poco, voy masturbándolo. En uno o dos meses le empiezo a travesear por atrás. Esto lo hago con mucho cuidado porque este muchachito no sabe cómo se hace ésto. Primero meto un dedito y ya… En unas semanas más lo hago mío.

Otros, como Teja, empiezan como “cacheros” de travestis para ir lentamente desarrollando un gusto por los jóvenes. El mismo nos cuenta que antes de Diana nunca había visto a otro hombre. Sin embargo, le ubicaron debajo de su cama a un “chamaco con unas grandes nalgas”. El joven no es homosexual sino un “güila” que es visitado por otro “cachero”. Teja no pudo dejar impresionarse por lo que presenció: Yo le tengo mucho respeto a Calderón porque es un tipo muy hombre y muy “col”, o sea matón. Sin embargo, una noche lo oigo llegándole a pedir cacao (rogarle) al “güila” de abajo. Al principio, le dio un puro de piedra (crack) para que se pegara un buen bombazo (intoxicación).

Luego, vi cómo se metió en el nicho y empezó a bajarle los pantalones.

Mirando de arriba yo me fijé en las nalguitas rosaditas y paraditas del mae ese. ¡Qué bruto! A mí me gusta el de Ana, pero éste era fenomenal.

Oí cuando Calderón hizo suyo a ese “güila”. El mismo carajillo le dijo que nunca había recibido una aporreada (relación anal pasiva) de esa calidad. Le dijo: ´Me sacastes todo el jugo de adentro, bruto. Largate que no aguanto el dolor´ Yo estaba todo fosforón (erotizado) con el asunto y desde esa noche he pensado varias veces bajarme a su cama. Pues la semana pasada el chavalo me hizo unos ojitos ya que a Teja lo pasaron de pabellón. Yo ni lento ni perezoso me bajé y le dije: ´Vea, si yo lo hago mío, usted cierra su negocito de atrás. No quiero más playadas. El me dijo: ´Pues yo no lo quiero ver a usted con Ana. O se queda con esa loca o conmigo… La verdad es que dejé a Ana por este mae…

40

También existen casos, como el de Luis quien fue violado por otro hombre a los diez años de edad y ha decidido vengarse haciéndole lo mismo a muchachos de su edad: ENTREVISTADOR: VAMOS PASO A PASO, ¿COMO FUE QUE TE

VIOLARON? ¿COMO FUE EL ASUNTO? DECIME

CON LUJO DE DETALLES.

LUIS:

Bueno, ese día estaba yo en la casa y me fui a darme una vuelta al pueblo; me metí en una cantina.

ENTREVISTADOR: ¿CUANTOS AÑOS TENIAS?

LUIS:

7 años.

ENTREVISTADOR: ¿Y AUN ASI TOMABAS GUARO?

LUIS:

No, no, no era que tomaba guaro, sino que en ese tiempo me gustaba jugar con chapas (tapas de botella), entonces me metía ahí. Luego, cuando entré en la cantina me encontré un señor mayor de más o menos 35 años de edad en ese tiempo, era delgado, alto y calvo y me preguntó dónde quedaba San Vito y yo le dije, yo lo conozco y él me dijo: ´¿me puede llevar hasta allá? ´ y yo le dije que con mucho gusto y cuando íbamos caminando sobre la línea del tren del ferrocarril, cuando íbamos pasando a la par de un puente, él me agarró del pescuezo y me tapó la boca y me metió en una casa abandonada, luego de ahí, poco a poco, me quitó la ropa, me bajó el pantalón y diay, hubo penetración, o sea, me hizo un trauma.

ENTREVISTADOR: UNA VEZ QUE TERMINO CONTIGO ¿QUÉ PASO?

¿QUÉ HICISTE?

LUIS:

Cuando terminó conmigo, me dijo que fuéramos a San Vito y le dije que no quería ir y él siempre me llevó, siempre pateándome por detrás, por donde me dolía; yo iba caminando como abierto y llegamos a San Vito y estaban las fiestas y me preguntó que si quería comer algo y yo le dije que no quería nada, que quería irme para la casa y me dijo que yo no me iba a ir para la casa, que me iba a quedar con él todo el día y quién sabe cuántos días más y yo le digo, no, es que yo me quiero ir para la casa, ya estaba hasta llorando, con las lágrimas en los ojos y con ese dolor 41

que sentía y me monté en un carro y llegué a la casa, donde mi mamá y ella me pregunta que dónde andaba yo y yo le dije que por ahí y no tuve el valor suficiente, como nunca hemos tenido confianza para conversar de madre a hijo, yo no le conté lo sucedido en ese tiempo.

Este trauma llevó a Luis a hacer lo mismo con otros niños: ENTREVISTADOR: EN ESA EPOCA TENIAS NUEVE AÑOS, VAMOS A ADELANTARNOS UN POCO MAS, ¿CUANDO FUE

TU PRIMERA EXPERIENCIA SEXUAL CON OTRO

HOMBRE O CON UN CHIQUITO?

LUIS:

Bueno, como a los nueve años, más o menos a los 10

años, una vara así.

ENTREVISTADOR: CONTAME QUE FUE LO QUE PASO.

LUIS:

Bueno, diay, yo con el resentimiento que llevaba por lo sucedido con mi persona, agarré un odio contra mí mismo y agarré un odio hacia mis compañeros y amigos y cuando iba pasando el tiempo, físicamente iba creciendo pero emocionalmente me quedaba ahí.

ENTREVISTADOR: CUANDO DECIS ESO, A VOS MISMO, ¿QUE

QUIERE DECIR ODIARTE A VOS, QUE LUIS

ODIABA A LUIS?

LUIS:

Exactamente.

ENTREVISTADOR: ¿Y ODIABAS A TUS COMPAÑEROS?

LUIS:

Exactamente.

ENTREVISTADOR: ¿POR EL RECUERDO DEL ABUSO SEXUAL?

LUIS:

Así es, y bueno, llegó al punto que descargué ese odio, con otros chavalillos más pequeños, que tenían como seis o siete años y yo los agarraba y me los llevaba por allá y les decía ´vámonos a dar una vuelta´, pero en mi mente iba esa cochinada.

ENTREVISTADOR: ¿QUÉ EDAD TENIAS?

LUIS:

Tenía como 10 años.

42

ENTREVISTADOR: ¿Y LOS PENETRABAS?

LUIS:

Sí.

ENTREVISTADOR: HABLAME DE ESO

LUIS:

Bueno, yo me los llevaba, les conversaba bonito y ellos en el momento decían que no, pero siempre se iban; cuando se quitaban la ropa, yo les agarraba el ano y empezaba a acariciarlos y luego de ahí le echaba un poco de saliva y los penetraba, entonces ellos pegaban gritos y, para que no gritaran mucho, yo los agarraba de una mano del pescuezo y de la otra les tapaba la boca para que no gritaran, para que no hicieran bulla.

Una vez en la cárcel, Luis continuaría con sus conductas en contra de los “güilas”: ENTREVISTADOR: ¿VOS TE CONSIDERAS, SI QUERES CONTESTAR, QUE SOS “GÜILA”, “CACHERO”, “ZORRA”,

TRAVESTI O NINGUNO DE ESTOS?

LUIS:

Bueno, a mí me gusta penetrar.

ENTREVISTADOR: ¿ENTONCES VOS SOS “CACHERO”?

LUIS:

Sí.

ENTREVISTADOR: HABLAME UN POCO DE VOS.

LUIS:

Bueno, a mí me gusta donde hay penetración, porque no sé, es una sensación que siento de penetrar el ano, no la vagina, bueno eso me gusta también, pero por detrás, por el ano, siento distinto, me recuerda los tiempos de antes, los tiempos pasados y por eso nace la vida mía como “cachero”, porque como me lo hicieron a mí, así aprendí a hacer lo mismo.

ENTREVISTADOR: ¿VOS TENES “GÜILA” AQUI?

LUIS:

No, no tengo.

ENTREVISTADOR: ¿TENES RELACIONES SEXUALES CON ALGUNOS

“GÜILAS”?

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LUIS:

He tenido relaciones sexuales con algunos “güilas”.

ENTREVISTADOR: HABLAME DE ESO.

LUIS:

Es que han llegado muchos compañerillos a decirme que por favor les regale 300, 200 o 100 pesos y yo les digo que no tengo y que lo que tengo lo necesito,

´¿que para qué los necesita?´, me preguntan y yo les digo que para comprar algo y ellos me salen diciendo que vayamos al baño, ya, para que yo les dé “la toma” (el semen) o para que yo los penetre.

La iniciación

Existen muchas formas de lograr convencer al “güila” para que consienta en tener relaciones sexuales. Algunos “cacheros” viejos que estuvieron presos en la Penitenciaría Central en los años setentas, dicen que las tácticas de sometimiento eran distintas. En vista que esa cárcel vieja carecía de programas de prevención y de educación, los prisioneros eran abandonados en sus celdas. Algunos pasaban semanas o meses sin recibir visitas, lo que aprovechaban los “cacheros” para forzar a los muchachos jóvenes a sometérseles. Así lo describe Polo:

Las cosas eran muy distintas antes. En la Peni (antigua cárcel de San José) cuando uno veía un “güila” rico que llegaba, se decía que había llegado barco, lo forzaban a irse a meter a una celda con varios

“cacheros”. Podía ser un delincuentillo machón que daba lo mismo. Al chavalo lo desvestían, le rasuraban todo el cuerpo, lo empolvaban y lo metían a una celda por tres o cuatro meses, sin dejarlo salir nunca. ¿Se imagina usted lo que significa que lo estén usando de mujer día y noche dos o tres tipos durante tres meses? Muchos de ellos terminaban totalmente psicoseados (esquizofrénicos). Uno oía los gritos de dolor de día y de noche de las penetraciones que les hacían. Los “cacheros”

sacaban los calzones rojos de sangre del mae para que todo el mundo se riera. ¡Era un gran vacilón! Pues los muchachillos o se volvían locos o se hacían playos. Unos terminaban quedándose con solo uno para evitar que los demás se lo cogieran. A mí nunca se me olvida Juancito que lo metieron con un negro que era famoso en la Peni. Yo lo había visto bañándose y le vi el tuco (pene) que tenía. ¡Era una exageración! Pues el tipo se cogía al pobre Juancito, que terminó en la enfermería más de una vez. El me pidió que yo lo protegiera del “cachero” pero yo no me quise meter en problemas…

Existe evidencia de que la iniciación forzada aún se mantiene. En el capítulo de violaciones analizaremos cómo muchos “güilas” son obligados a buscar un a “cachero”

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después de haberlo sometido entre varios compañeros. El muchacho aprende a escoger un mal menor que es hacerse el amante de un solo padrino. Sin embargo, con el ingreso del crack en la cárcel, desde mediados de los años ochentas, las cosas se les han facilitado a los “cacheros”. Juan nos dice que “no vale la pena forzar ahora a un chapulincillo (delincuente joven) si ellos están dispuestos a todo por una piedra”. Esto lo comparte Daniel que dice que “con plata uno compra hasta la madre en la cárcel”. La necesidad de dinero para consumir una droga de gran adicción “hace que cualquiera preste el culo”, dice Teja. Los “cacheros” únicamente tienen que iniciar a los “güilas” en la droga y

“pronto caen con todo”, dice Tucán. “No hay que complicarse la vida. Yo les doy unos puritos y los voy amansando con la droga. Pronto me ruegan que les preste plata para comprar más. Después, les digo que quiero verlos chinguitos para darles plata. Al final, los tengo bien clavados y sin decir ni una palabra. ¿Para qué me voy a complicar con una violación?”

A diferencia de la relación “cachero”-travesti, la de “cachero”-“güila” se caracteriza por la exclusividad. Los muchachos están generalmente amenazados de muerte si se van con otro “cachero”. Daniel les dice muy claramente que las relaciones son “hasta que la muerte nos separe”. Es muy difícil mirar a un “güila” prostituyéndose tan abiertamente como lo hacen los travestis. En general, los “cacheros” de “güilas” son los que suministran el dinero y no a la inversa, como es el caso de los de travestis. El hecho que los “güilas” no sean homosexuales hace que les sea más fácil ser fieles. Los “güilas”

pueden llegar a disfrutar las relaciones sexuales y también hasta invertirlas y poseer ellos a los “cacheros”. Sin embargo, no buscan a los hombres por su físico ni por su miembro viril, como los travestis, sino por su dinero y su poder.

La versión del “güila”

Un “güila” que accedió a hablarnos francamente es Juan Carlos. El nos narra el tipo de hombre con el que vive, el tipo de relación que tienen, las prácticas sexuales y los compromisos de ambos:

ENTREVISTADOR : ¿VOS PREFERIS JUNTARTE CON UNA PERSONA MAYOR QUE TE CUIDE?

JUAN CARLOS:

Claro que sí, porque aquí pasan muchas personas mayores que son muy respetadas, porque tal vez a un jovencillo lo agarran por charlatanadas y no va a poner la espalda por uno que lo vayan a apuñalear; en cambio, una persona mayor sí, porque la mayoría de los que hay aquí, son respetados.

ENTREVISTADOR : ¿SON “COLES”?

JUAN CARLOS:

Claro que sí, aquí yo tuve una aventura con un carajo así que le decían ´José El Mago´, él ha sido “col”, claro, tamaño tiempo, él ha venido desde la Peni 45

(antigua cárcel de San José), caneando (cumpliendo condena), desde San Lucas (cárcel que estaba en una isla del Pacífico) y lo han respetado aquí en estas etapas, mediana cerrada y cuando yo estaba teniendo aventura, y he estado viviendo con él, me ha dicho que no me preocupe, que cualquier cosa que me vaya a pasar a mí, primero lo matan a él y después a mí.

Él me cuidaba y me defendía, tuve una aventura con ese muchacho que era “col”.

ENTREVISTADOR : ¿Y VOS DISFRUTABAS CON EL?

JUAN CARLOS:

Sí, claro que sí.

ENTREVISTADOR : ¿QUE EDAD TENIA EL?

JUAN CARLOS:

Tenía 30 años.

ENTREVISTADOR : TREINTA ES JOVEN, ¿NO?

JUAN CARLOS:

Sí, él estaba joven, pero ha sido muy respetado, porque él está por seis homicidios, con 32 años de presidio y yo estuve con él un buen tiempo y él me cuidaba y me ayudaba y me iba dando consejos de todo lo que es el sistema carcelario aquí, cómo hay que convivir con los internos y cómo hay que relacionarse con diferentes personas, a no llegar a tener un roce para no tener un problema, qué sé yo, irlos evitando, irse apartando de diferentes personas, porque aquí casi la mayoría si lo ven con dinero a usted, o lo ven con droga o con alguna cosa, se presentan como amigos en ese momento y después, cualquier problema que le vaya a pasar a uno, le dan la espalda; ellos no van a poner la espalda por uno.

ENTREVISTADOR : YO HE NOTADO, Y ESTO ES ALGO QUE SE ME

OCURRE, QUE AQUI HAY UNA GRAN RELACION

ENTRE EL SEXO Y LA MUERTE, ES DECIR, QUE

LOS GRANDES “CACHEROS” HAN SIDO

ASESINOS, HAN SIDO HOMICIDAS, ¿QUÉ

PODES DECIRME VOS DE ESO?

JUAN CARLOS:

Diay, la mayoría de esos mismos “cacheros” se han convertido en homicidas porque han tenido una persona viviendo con ellos, prestándole dinero y 46

teniendo sexo y creen tenerla para siempre. Pero llega el tiempo que el “güila” se aparta y luego oye rumores que está con otra persona, haciendo el amor y que no sé qué, entonces al “cachero” le entran celos e inmediatamente hasta lo mata. Aquí abajo ha pasado eso, han matado aquí al playo Corina, a la Tapa, que mataron por eso, por celos del

“cachero”, que lo mató ahí en el B-1.

ENTREVISTADOR : HABLAME UN POCO, SIEMPRE EN EL TEMA DE

LOS CELOS Y EL “CACHERISMO”, UN POCO DE

LAS PERSONAS QUE SE CORTAN, ¿VOS CREES

QUE HAY ALGUNA RELACION ENTRE LA GENTE

QUE SE CORTA LAS VENAS, EL SEXO Y LOS

CELOS?

JUAN CARLOS:

Las personas aquí, casi la mayoría que se ponen en esas varas de cortarse, casi el 20%, es por la vara de la droga, porque no tiene plata para comprarla, entonces, buscan la manera cómo cortarse; otros lo hacen por celos de tener un “güila”, qué sé yo, y el

“güila” no le da pelota, el “güila” ya se está apartando de él y otros se lo están cultivando, entonces esa persona se autoagrede, eso es lo que pasa.

ENTREVISTADOR: UN DIA DE ESTOS ESTABAS AGREDIDO, VOS

MISMO TE HABIAS CORTADO EL BRAZO Y YO

TE VI, HACE COMO UNA SEMANA, VARIAS

HERIDAS, ¿HICISTE ESO PORQUE TE SENTIAS

HERIDO POR ALGUIEN O ALGUN “CACHERO”

TE HIRIO, O ALGUN “GÜILA” TE HIRIO?

JUAN CARLOS:

Fue porque el “cachero” con el que yo estaba al otro lado me tenía abandonado. Yo me sentía agüevado ese día, fue un viernes a las 7 de la noche y me había tomado unas pastillas y empecé a pensar que ese mae ya no me daba pelota (prestaba interés) y ni llegaba a hablarme, ni a platicar conmigo y me entró una depresión tan rara que por lo que opté fue por llevarme una navajilla y cortarme todo, sin embargo, ya el otro día cuando salí de la enfermería, me lo topé y me dijo: ´diay, ¿qué le pasó? ´ y le dije: ´diay me corté, y me hice este mal porque vos no me hablás, ni nada, te hacés el mae, ni llegás a darme el churuco, ni esas cosas y entonces yo opté por 47

cortarme y ahí ese día me mandaron al hospital. De ahí para acá el hombre me ha vuelto a hablar y hemos estado platicando y hemos tenido relaciones y esa persona es la que yo sinceramente quiero.

ENTREVISTADOR : ¿ESTAS ENAMORADO DE EL?

JUAN CARLOS:

Claro que sí.

ENTREVISTADOR: ¿DISFRUTAS LA RELACION SEXUAL CUANDO

TE PENETRAN, SENTIS RICO?

JUAN CARLOS:

Claro que sí.

ENTREVISTADOR : HABLAME UN POCO DE ESO

.

JUAN CARLOS:

Yo me siento satisfecho de la forma que penetra el pene en el ano y todas esas cuestiones y yo me sacio por un lado y él por otro lado, para mí es algo muy rico.

ENTREVISTADOR : A MI SE ME ACABA DE OCURRIR ALGO, QUE

ENTRE LAS COSAS QUE UN “CACHERO” TIENE

QUE TENER ES UN MIEMBRO GRANDE,

PORQUE SI TIENE UNO PEQUEÑO, ME

IMAGINO QUE NO PODRA SER “CACHERO”,

¿QUÉ DECIS DE ESO?

JUAN CARLOS:

Para el concepto mío, tiene que ser una persona normal, no muy exagerado, pero aquí hay diferentes gustos, hay playos que son felices con un “banano”

(pene) ojalá de unas dos cuartas y más de grande.

ENTREVISTADOR : ¿Y VOS COMO SOS CON ESO?

JUAN CARLOS:

Ah no, yo no, yo entre más medianilla sea, más tuanis, ¡Dios guarde una grande, güevón! , lo agarra a uno un hijueputa de esos y lo raja todo.

ENTREVISTADOR: ¿QUÉ MÁS TE GUSTA?, HABLAME DE LOS

BESOS, DEL AMOR.

JUAN CARLOS:

No diay, cuando uno va a tener una relación, que uno quiere, diay, uno lo abraza, se besa como si fuera una mujer y a la hora de hacer sexo, esa persona le 48

agrada, lo atrae a uno, es algo muy excitante, tener esa relación.

Cambios en las prácticas

En la misma forma que los “cacheros” con los travestis, la relación con los “güilas” sufre modificaciones. Los “cacheros” suelen cambiar de papeles una vez establecida la relación. Luis nos cuenta que ha visto “cacheros” en el baño felando a los “güilas”. Otros aceptan la penetración de los jóvenes. “En mi caso, el compañero me pide de vez en cuando que cambiemos los papeles para no aburrirnos. Es lo más natural”, afirma Gerardo un “güila”. Otros “cacheros” más viejos suelen hacer más masturbaciones porque, como dice Carlos, “no se les para de tanta edad y droga”.

Sin embargo, el cambio más radical está determinado por la pronta finalización de la

“juventud”. Los “güilas” que ingresan en la cárcel tienen de 18 a 20 años y una vez que pasan esta marca, dejan de ser tales. “El güilismo dura lo que un día de primavera”, dice Daniel. En lo que uno se da cuenta, “los muchachos crecen, echan pelos y se vuelven hombres”. Una vez que ésto pasa, el “cachero” debe reiniciar su búsqueda: “No, uno no puede, ni quiere, andar con un “güila” que se vea ya viejo porque lo hace verse a uno como playo”, continúa él.

De ahí que los mismos “cacheros” estimulan a sus “güilas” para que se hagan “cacheros”.

“Todo “cachero” debe saber cuándo echar al pollito del nido”, admite Ernesto. “No es fácil porque uno se encariña con ellos y no quiere perderlos. Sin embargo, es necesario hacerlo porque tarde o temprano, ellos se harán hombres”. El mentor debe, así, estimular a su pupilo para que le siga los pasos. “Yo no quiero ver a mi “güila” convertirse en una loca, en un playo. ¡Jamás! Yo lo entreno para que él mismo se haga hombre y busque a otro “güila” para tratarlo como una mujer. Es la ley de la selva”.

No todos los “cacheros” son así de comprensivos y cariñosos. Algunos de ellos terminan asesinados por los mismos “güilas”. “No es nada raro que se venguen de sus antiguos

“cacheros””, dice Juan Carlos. “Un día yo supe que mataron a un “cachero” precisamente por haberse violado a otro “cachero” cuando éste era un güila”, nos cuenta. Otro le rompió la cara en pedazos a su “cachero” y lo dejó medio muerto, nos dice él. “La verdad es que existe mucho resentimiento por las humillaciones vividas”. “Muchos de los crímenes de “cacheros” son cometidos por sus antiguos “güilas” que, cuando se hicieron hombres, no se olvidaron de quién los violó”, razona Daniel.

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IV. Las “zorras”

Las relaciones entre hombres homosexuales que no reflejan diferencias de género o de edad, símbolos de la dicotomía masculino-femenino, no son toleradas o respetadas en la cárcel. Sin embargo, éstas también se dan aunque en forma "ilícita". A estos hombres se les llama “zorras” o personas "ocultas" o "escondidas".

¿Quiénes son las “zorras”? Pues la respuesta no es fácil de contestar. Este grupo representa no solo un sector marginal, sino un discurso contestario al de los “cacheros”.

Existen muchos tipos de “zorras”: hombres gays abiertos y escondidos, bisexuales, heterosexuales y prostitutos. Podríamos decir que el zorrismo es tanto un grupo marginal dentro de la cultura penitenciaria como un discurso sexual alternativo. Las “zorras” son símbolos de un modelo distinto para las relaciones homosexuales. A la vez, son las contradicciones lógicas que surgen de la imposibilidad de imponerse un modelo sexual a toda la población. “Las “zorras” son las que decimos no, no vamos a seguir el jueguito del cacherismo”, afirma Marcos.

Para aclarar el fenómeno del zorrismo es mejor dejar que ellos nos hablen por sí mismos de lo que son y hacen. Marcos es una “zorra legítima”, como él mismo se califica. Le preguntamos entonces: “Marcos, ¿pero qué es una źorra´?” “Una “zorra” es un hombre al que le gustan los hombres o se acuesta con ellos, sin tanta pendejada de activo o de pasivo”. Para explicarse mejor, nos cuenta su historia:

Yo soy un hombre gay. Antes de caer en la cárcel por drogas, tenía una vida abierta en San José. Iba a bares de homosexuales y tenía mis aventuras. Por cuatro años sostuve una relación con dos dueños de bar gay que gustan de los tríos. Ese par de hijueputas vendían coca igual que yo, pero cuando caí no hicieron ni mierda para ayudarme. Me abandonaron como un perro. Ni siquiera se atreven a visitarme por no darse él color´, el par de cabrones. Pues imagínate lo que es para mí que nunca he estado en una prisión, caer entre este montón de chusma. Al principio, yo me quedé asustado de que los homosexuales en la cárcel son los travestis. ¡Esas locas espantosas vestidas de mujer que parecen más bien tortilleras que mujeres! Pues te imaginarás que yo no me iba a poner a cocinar, lavar y plancharle a ningún “cachero” de mierda. Cuando algún hijueputa me decía que por qué no me rasuraba las piernas y me hacía loca, yo les respondía que le fueran a rasurar el culo a sus hermanas. Para mí, todos esos “cacheros” son, en realidad, un montón de locas frustradas que no llegan a aceptar lo que son. Yo les respondo cuando me joden: Śerás “cachera” pero igual de poneca (pasiva) que cualquiera´.

Marcos es un homosexual “moderno”. Su percepción de la orientación sexual es psicoanalítica: la gente se determina por el objeto sexual con quien se relacione, no por lo 50

que practica. “Un hombre que se acueste con otro es playo, dice él, y que no me vengan con el cuento que solo lo es la pasiva”.

Otro tipo de “zorra” es el bisexual. José, por ejemplo, es un hombre masculino que tuvo relaciones sexuales tanto con hombres como con mujeres antes de llegar a prisión. “Yo tenía mi señora pero de vez en cuando me gustaba tirarme un jovencito”, nos dice. En la cárcel, José no desea ser visto como “cachero” ni como homosexual, las únicas categorías permitidas. “A mí me interesa una relación con un muchacho pero nada de hacer de papá o de marido como un cachero”, revela él. “Yo no creo que tenga que estar dándole plata a ningún tipo por coger con él, ni ser visto como un “cachero” de “güilas”. A mí, me gusta echarme un polvo disimulado y ya…” José no es ni “cachero”, ni homosexual, ni “güila”, ni travesti. Sus relaciones son discretas aunque él mismo reconoce que “me tienen coloreado de “zorra” y no puedo hacer nada al respecto”. Sin embargo, nos dice que “yo vivía así de disimulado antes de caer en la cárcel. Jamás me iba a meter en un bar de playos ni andar con locas. Yo tengo mi señora y cuatro hijos”.

A pesar de la gran diversidad de casos, existen algunos aspectos en común en las relaciones de las “zorras”. Uno de ellos es que sus relaciones no están establecidas dentro de la dicotomía actividad-pasividad. No existen reglas del juego claras sobre quién tiene que ser activo o pasivo en la relación sexual. Sus relaciones no se basan en diferencias de poder y de especialización en razón de quién penetra a quién. Esto incluye tanto la relación gay moderna como la de la prostitución. En ninguno de los casos, uno hace el papel de “hombre” y el otro de “mujer”.

Otra característica en común es que los privados de libertad que son “zorras” son masculinos. Se es “zorra” precisamente porque se puede esconder la homosexualidad.

Los homosexuales femeninos, ya sean travestis o no, no pueden darse el lujo de pasar como “zorras”: los “cacheros” los obligarán a convertirse en tales. De ahí que solo una minoría de los homosexuales o de los bisexuales masculinos pueda pasar como “zorra”.

Las relaciones entre “zorras” son, en general, de corta duración. En vista de que la cultura predominante es la cachera, los reclusos no respetan a las parejas de otro tipo. Las

“zorras” no pueden darse el lujo de tener sus relaciones en los nichos delante de todos sus compañeros y deben hacerlo furtivamente en los baños, o durante los descuidos de aquéllos. No es fácil sostener una relación en estas condiciones. En razón que muchos de ellos lo hacen solo por dinero, su interés en establecer una relación emocional es nulo.

Para complicar el panorama, las “zorras” tienen relaciones sexuales con “cacheros”,

“güilas” y otras “zorras”.

Julio, por ejemplo, es una “zorra”. Tiene 24 años de edad y es un joven masculino y atractivo. Ha pasado la edad de ser ubicado como “güila” y es lo suficientemente agresivo como para ser respetado. “Ya he mandado a más de un hijueputa al otro lado”, nos dice con orgullo. Sin embargo, a Julio le gusta, de vez en cuando, “la sodomía”, como él la califica. Julio se encuentra con Vernón, un “cachero” de la vieja guardia, en los baños. “Vernón tiene un playo de señora, nos dice Julio, y yo no lo quiero nada más 51

que para tener sexo de vez en cuando”. Julio y Vernón tienen una relación apasionada y totalmente “macha”, como él la llama. “Vernón se aburre de estar con ese playo tan femenino, nos dice”. “A mí me gusta el amor macho, rudo. Yo considero que los hombres que andan con mujeres o con playos les falta lo que es el verdadero amor de hombre”. “¿Cómo es el amor de hombre”, le preguntamos. “Pues es el amor que no lo hace femenino. Porque cuando solo se está con mujeres o playos uno se vuelve medio maricón con eso de los sentimientos y del amor y de las florcitas y otras payasadas. El amor entre hombres es a lo macho: dolor y placer y nada de sodomía”.

Alberto, por su lado, es una “zorra” que tiene relaciones con un “güila”. Estas son totalmente escondidas porque “¡Dios guarde el “cachero” se dé cuenta que yo me meto con ese chamaco!”, nos dice con temor. “¡No se les ocurra mencionar nombres porque entonces quedamos mal, ¿Okey?”. Le preguntamos por qué sostiene estas relaciones secretas y no se busca un “güila” para él solo. Alberto nos explica: “No, yo no creo en relaciones ni en mantener a ningún mocoso. Yo me meto con ese “güila” por pura cara de barrismo mía. El muchacho está riquísimo. ¿Se fijó usted en el trasero que tiene. Con esos “chanchos” (glúteos) comemos muchos en esta cárcel”, confiesa él.

Otro caso es el de dos “cacheros” que se relacionan entre sí. En esta situación, los

“cacheros” pasan a la categoría de “zorra”, en razón que se salen de las propias reglas del juego. Juan Carlos nos cuenta que él ha visto a dos “cacheros” teniendo relaciones en el baño:

Estaba yo por bañarme en la noche porque hacía tanto calor y me voy encontrando a Pepe y Tomás, los esposos de Leticia y Sonia, hechos una melcocha en las regaderas. Yo casi no lo podía creer porque si alguna de esas locas se da cuenta, ¡se arma la gorda en el pabellón! Principalmente la Sonia haría el tanate ya que le cuenta a todo el mundo que su marido es macho, macho. Pues, ¡pobre Sonia!, porque si lo hubiera visto como lo miré yo, se cae de culo.

¿Puede un “güila” meterse con un travesti?, le preguntamos a Daniel. “Pues claro que sí”, nos responde. “Cuando un “güila” se mete con un travesti, éste es visto como una zorrita que se escapó del redil”. Daniel sabe que algunos de los “güilas”, “hartos de ser comida de los cacheros” buscan sus propias satisfacciones con los travestis. “Es una manera de ejercer el poder. Un “güila” al que lo tengan todo el día de mujer se aburre y busca cómo hacerle lo mismo a un travesti”. Pedrito es un caso de éstos. El busca a Maripepa en la cocina donde trabaja y sin que el marido de ella se dé cuenta, “la posee en la pila, con la manteca que se usa para cocinar los frijoles”, nos relata él. “¿Quién sabe si en el gallo pinto (plato de arroz y frijoles) que nos comemos no nos estarán dando los hijos de Pedrito y Maripepa”, nos dice con una sonrisa. “¿Es posible que dos “güilas” tengan una relación”, le preguntamos a Daniel. “Eso es de lo más común. Vea a Mario y a Ernesto, ambos tienen sus “cacheros” pero todo el mundo sabe que ellos se zorrean el uno con el otro, a escondidas de sus maridos. Ernesto hace de macho con Mario aunque con su

“cachero” la cosa es distinta”, responde.

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¿Puede haber un travesti “cachero”?, preguntamos confundidos a Manuel, un “cachero”

de la vieja escuela de la Penitenciaría. “Claro que sí, la Negra Willy”, responde sin tener dudas. “Esa loca era temida por mala y por bruja. Había acuchillado a más de uno. Más de una vez la Negra Willy se cogía a los jovencillos”. “No todas las locas, continúa Manuel, son pasivas. La Willy era un hombre en la cama y se voló a más de un machón en la cárcel. Nadie jugaba con ella y quienes lo hicieron, terminaron heladiticos”. Pedro, por su parte, tiene también algo que compartir al respecto: “Existen travestis que se acuestan entre ellos mismos. La María Candelaria se acuesta con Penélope. Yo sé que parece extraño pero es cierto. Muchos compañeros dicen que ambas son tortilleras y no saben cómo es que dos locas así puedan hacer el amor. Sin embargo, ahí están las dos juntitas y felices”.

El trasero revolucionario

Como teorizó Foucault11, todas las relaciones humanas están inscritas de poder. Desde la pareja heterosexual hasta la homosexual están atravesadas por él. Ninguna relación humana, por simple que sea, está desprovista de poder. Sin embargo, ciertos discursos son promovidos para incrementar el dominio de unos grupos sobre otros. No todos tenemos el mismo acceso al poder y mucho menos si estamos en una cárcel, a merced de las diferencias en la escala de fuerza física y de agresividad. Algunos reos tendrán más que otros, lo que hace que sus discursos y reglas se impongan. El discurso del

“cacherismo”, como hemos visto, beneficia a los “cacheros”. Se impone porque ellos tienen la fuerza física y el control del dinero para avasallar a los demás. Los “cacheros”

no son solo los penetradores de los travestis, sino también los narcotraficantes internos y los principales asesinos, o sean los “coles”. Un “col” es un prisionero temido por su capacidad de matar, ya sea directamente o por medio de un sicario. En la práctica, el

“col” se “coge” a toda la cárcel: utiliza a unos como mujeres, a otros como seguidores, sicarios y empleados; a otros los compra con favores y dinero. Los “coles” controlan la prostitución en la cárcel, la distribución de la droga, los robos, los servicios, la información, los atentados y las decisiones de quién vive y quién muere.

El discurso sexual del “cacherismo” es suyo. Con éste, los “coles” pueden continuar siéndolo y a la vez, utilizar a otros hombres como servidores, ya sea sexuales o sociales.

Pero esta realidad no pasa inadvertida. Los reclusos que deben someterse al control

“cachero” buscarán cómo resistir este poder porque como lo pronosticó el mismo Foucault “desde que existe poder hay resistencia”. En otras palabras, las relaciones sexuales que se salen de las reglas del juego del discurso “cachero” son formas de resistir, de no someterse al poder de los “coles”. Desde el travesti que posee a un recluso masculino hasta el “güila” que se entrega a una “loca”, los prisioneros sabotean el discurso del “cacherismo”. Demuestran que las relaciones sexuales, y sociales, podrían establecerse de manera distinta, sin que exista un mandato para que unos siempre manden y otros obedezcan. Como dice Rosa, un travesti: “El acto de cogerme yo a una “zorra” es mi manera de decir que estoy harta de ser yo la única pasiva”. En este contexto, los penes y los traseros se tornan en armas tanto de sometimiento como de liberación. “Este culo es 11

Michel Foucault,. La Historia de la Sexualidad 1 / --18a. ed.-- México DF, SIGLO XXI, 1991.

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revolucionario”, nos dice Clemente, un hombre gay. “Es lo único que tengo para demostrar que, por que me la claven, no seré una loca de segunda clase”.

Actos similares, entonces, tienen significados distintos. Un “cachero” que se deja penetrar por su amante travesti demuestra que es tan macho y tan “col” que puede darse el lujo de “poner las nalgas”, como se dice en el argot de la cárcel. Sin embargo, un travesti que penetra a un “güila” da otro mensaje: nos dice que el poder puede alternarse y que nadie debe tener su monopolio. De ahí que, si los “cacheros” descubren el evento, alguno será castigado, mientras que cuando el “cachero” hace lo mismo, los reclusos se hacen de “la vista gorda”, como afirma María Alejandra. “Los “cacheros” hacen lo que les da la gana y nadie dice nada. “Algunos son más tragones que la loca más quebrada, pero vaya usted a decírselo”.

De poder y de joder

¿Es la “zorra” un revolucionario y el “cachero” un victimario? No hay una sola respuesta.

Si tomamos en cuenta que la “zorra” busca relaciones más simétricas y divorciadas del juego de poder de los “coles” y los “cacheros”, la respuesta sería un sí contundente. Sin embargo, las “zorras” también podrían verse como traidores: invaden la cultura “cachera”

con elementos foráneos, ajenos a la comunidad de hombres presos. ¿Cuáles serían estos elementos de un colonialismo carcelario? La respuesta es muy compleja. “Las “zorras”

traen una manera de hacer las cosas de los playitos fresitas (homosexuales pedantes) de la ciudad”, nos dice Carlos, un “cachero” tradicional. “¿Y qué tiene de malo hacer las cosas de esa manera?”, le preguntamos. “Pues que es la forma de pensar de los hijueputas policías y funcionarios, que nos quieren hacer mierda a los compas (compañeros)”, replica él.

Para entender lo que nos quiere decir Carlos, debemos hacer un alto en el camino. No hemos hablado gran cosa del papel que juegan los jueces, funcionarios, trabajadores sociales, psicólogos y otros trabajadores del sistema penal para influir en la cultura carcelaria. No es el objetivo de este trabajo y la tarea requeriría uno o más libros. Sin embargo, se hace necesario un vistazo rápido de las relaciones de poder entre funcionarios y prisioneros.

La pérdida de libertad puede ser vista como una manera de “feminizar” a un hombre.

Desde que se le captura, pasa a depender de otros. Si quiere hacer una llamada por teléfono, una cita con el médico, pasarse de pabellón o de cama, entrevistarse con un familiar, curarse un dolor de muela o jugar al fútbol, el privado de libertad depende de la bondad de otros. Digo “bondad”, porque los funcionarios juegan con los permisos para hacerlo más obediente y pasivo. El reo que no se someta a su poder, será puesto en lista negra, trasladado a los pabellones más peligrosos, denegado su permiso de libertad condicional, encerrado en un calabozo o hasta asesinado por medio del compañero que le pongan en su celda. Es un poder muy grande y los privados tienen que aceptarlo “porque si no, nos culean todos”, dice el mismo Carlos.

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La sumisión de los privados de libertad es una pequeña obra de teatro: aprenden a usar el

“señor” o “señorita” o “licenciado(a)” con mucho respeto al hablar con los funcionarios, a hacer una sonrisa “humilde” de agradecimiento cuando un favor es concedido, a bajar los ojos cuando llega una visita importante y a servir un cafecito y a lavar los platos cuando vienen grupos de “cristianos” a salvar su alma. “Uno tiene que hacerles la masa aguada a ese reguero de comemierdas porque si no lo hace, le va como un quebrado”, afirma Luis. La sumisión es fingida pero duele, porque “uno tiene que hacerse el bueno todo el tiempo, como si estuviera en campaña electoral”, dice María Fernanda, un travesti.

No solo existe una “feminización” de la conducta del privado de libertad sino que una

“colonización” de su historia de vida por parte de los psicólogos, abogados y trabajadores sociales. La terapia que es exigida y la participación en talleres de “rehabilitación” los lleva a enfrentar una interrogación por parte de los profesionales de la salud sobre sus crímenes. Estos “expertos” provienen de sectores de clase media, distintos a los de los privados de libertad, y con una formación psicoanalítica que los hace contar con las respuestas antes de hacer las preguntas. De ahí que en sus “terapias” busquen lo que en sus universidades les han enseñado son las “causas” de la conducta criminal: falta de amor, hogares rotos, agresión física y emocional, abandono, pobreza extrema e ignorancia.

Los privados de libertad saben muy bien qué es lo que tienen que decir para “enternecer”

a los que evaluarán su agresividad o les darán un permiso de libertad condicional. “María Emilia, la psicóloga, casi llora cuando le cuento que me hice travesti porque mi papá me violaba cuando yo era chiquita, nos dice Penélope. Yo moqueo un poco cuando le cuento que pedía al Cielo que mi papá no me hiciera daño porque me dejaba sangrando por días”. “¿Pero surtía efecto tu cuento?”, le preguntamos. “¡Claro que sí!, nos responde, María Emilia me decía que yo era así de playitica por esa agresión y que podía cambiar si quisiera. Que si me fijaba más en las mujeres y en hablar con ellas, me llegarían a gustar”. “¿Y para que te servía seguirle la corriente?”, preguntamos. “Ah, es que ella en el reporte ponía que yo estaba cooperando mucho y recapacitando sobre mi vida y se notaba que podía cambiar y ser un buen miembro de la sociedad. Sin embargo, apenas salía de la oficina yo misma me decía: “¡Oh vieja más puta esa!” “¿Y le hiciste caso a la psicóloga y te fijaste más en las mujeres?”, preguntamos. “¡Claro que sí! Yo salía de la oficina y volvía a ver a las secretarias y me decía: ¿En dónde esa bicha se habrá comprado esos tacones tan bonitos?”.

Pedro José ha matado a tres hombres. No sabemos por qué los mató ni le preguntamos.

Sin embargo, él también sabe qué decir para que lo evalúen mejor y lo saquen de Máxima Seguridad. Según nos cuenta, “a los funcionarios les encanta eso de la ofuscación.

Cuando me preguntan sobre los crímenes, yo sé qué tengo que decir: me dio una cólera enorme, vi negro, no sabía lo que hacía, que solo cuando abrí los ojos tomé conciencia del crimen, que fue culpa de ese carácter que yo tenía pero que ahora no tengo”. Lo mismo hace Jonás cuando estudian su caso para otorgarle la libertad condicional: “Solo hablo de mis chiquitos que no tienen papá y que yo me muero por ver. Les cuento que están en la escuela y que casi ni me conocen. Que la menorcita pregunta: “¿Dónde papi?

¿Dónde papi?” Es la única manera que la sádica esa de Nora, la trabajadora social, se 55

compadezca de mí, la gran cabrona”. “¿Y te resulta?”, le preguntamos. “¡Claro que sí, con ese cuento siempre me dan el permiso!” “Bueno, por lo menos, visitás a tus hijos, respondemos”. “¡No sea tonto! ¿No ve que la puta de mi esposa se juntó con el carnicero? ¡Yo ni me arrimo a ver a esos mierdosos!”.

La comunidad de hombres presos está colonizada, de ahí que establezca mecanismos de resistencia contra su opresión. Entre éstos están los discursos alternativos, las estructuras paralelas de poder, la movilidad social, el lenguaje particular, los ritos, los mitos y las ceremonias propias. El “cacherismo”, por ejemplo, es un discurso sexual particular e independiente del que predomina en los sectores de la clase media costarricense. Se opone contundentemente al discurso religioso que condena la homosexualidad. “Yo asisto a las misas cristianas por el cafecito y las empanadas que nos dan. Pero cuando empiezan a hablar contra la sodomía, me hago el maje ya que ninguna de esas viejas santulonas sabe de lo rico que se está perdiendo”, nos dice Julio, un “cachero”. “En mi caso, nos dice Emilio, otro “cachero”, la sodomía no es una enfermedad como dice el psicólogo ese de la Unidad, sino que es una forma natural de satisfacerse entre hombres.

A mí que no me venga con tanta carajada que solo por la vagina se puede hacer el amor”.

Frente al idioma español de la clase media, los privados de libertad han inventado su propio dialecto. En el campo sexual, las palabras “cachero”, “zorra”, “güila” sustituyen las de “homosexual”, “bisexual”, “heterosexual”. Esto va más allá de un simple cambio.

Los privados de libertad dividen el mundo entre los fuertes y los débiles, no entre los hombres y las mujeres. Esto refleja un modelo distinto de ordenar las cosas. Palabras que la clase media utiliza de una forma, son transformadas en otra. “Bisexual” en los sectores medios es una persona que tiene relaciones sexuales con hombres y con mujeres. En el argot de la cárcel, es alguien tanto activo como pasivo. Esto significa que la práctica es más importante que el objeto del deseo. “Gay” en los sectores modernos significa un homosexual consciente de su orientación sexual y de su pertenencia a esta comunidad. En la cárcel, es un travesti. Esto quiere decir que todos los que tienen relaciones con hombres de manera activa no son homosexuales. Los privados de libertad, por su parte, tienen sus propias ceremonias de iniciación, ritos de amor, violaciones en grupo, y un sinnúmero de reglas de conducta acerca de lo que se puede y no se puede hacer, tanto en el campo político, social, económico y sexual. Una forma de demostrar amor, por ejemplo, es cortarse las venas. Cuando un privado quiere demostrar su fidelidad a una persona que no le corresponde, dejarse sangrar es la manera. Otra es hacerse un tatuaje con el nombre del travesti o del “cachero” en las partes más íntimas. “Yo tengo tatuado el nombre de Mono en mi parte trasera, nos dice Endivia, un travesti. Me lo puse con la leyenda que dice “Propiedad de Mono” Cuando dos hombres se casan, se cortan la mano e intercambian sangre: “Ahora con lo del sida esta práctica es menos común, nos dice Pepe, pero antes era toda una ceremonia de matrimonio”.

Los “cacheros”, por su parte, establecen un poder paralelo en la cárcel que rivaliza con el de los funcionarios. Los últimos saben que deben respetarlos porque si no, las cosas se les hacen más difíciles. “El “cachero” tiene el poder de hacer una huelga o un motín, mandar a matar a un policía, comprar un favor, contratar un sicario, mantener el orden o el desorden”, nos dice Daniel. Este poder es manejado con ciertos principios racionales. Si 56

no fuera así, la cárcel sería un baño de sangre permanente. El hecho de que los crímenes sean relativamente pocos, y hayan descendido en los últimos años, significa que el sistema se preserva con moderación. Los “coles” imponen su autoridad y regulan el mercado interno carcelario, tanto en drogas, prostitución, amor, servicios como en otros rubros bajo su control. Si no hubiera un sistema de autoridad interno, el caos prevalecería. “Vea, esto es una jungla, dice Puro, si uno no pone orden, aquí nadie respetaría nada. Por eso es importante que la gente aprenda con quién no se debe meter y que hay cosas que no se puede hacer. Nosotros somos como la ley interna en los pabellones, los cuidadores de la moral carcelaria”.

El sistema impuesto por los “coles” y “cacheros” no solo brinda cierta seguridad, también cierto orgullo de pertenencia. Los privados de libertad aspiran a ser respetados y temidos como los “coles” y a disfrutar algunos de sus beneficios. “Claro que uno se siente orgulloso de ser “col”, dice Puro, es un honor que la gente lo respete a uno y le pida consejo. Yo veo que los demás lo miran a uno como si fuera una estrella de cine y que cuando abro la boca, se me respeta”. Existe, por lo tanto, un sistema de ascenso para llegar a la cúspide. Nadie se hace “col” apenas llega a una cárcel sino que tiene que demostrar su hombría, independencia de las autoridades, respeto a los otros “coles”, fortaleza, y lo más importante, destreza en los negocios y en someter a los adversarios.

Esto toma tiempo y por eso los “coles” son los privados de libertad con mayores penas y crímenes.

¿Qué tiene que ver esta estructura de poder con los “cacheros” y las “zorras”? Pues mucho. Todo sistema paralelo tiene que cuidar la pureza de sus instituciones y la independencia de otras estructuras de poder. El “cacherismo” establece reglas claras del juego que se diferencian de las de “afuera” del presidio. Por lo tanto, aquellas personas que no las respeten o que juren fidelidad a modelos contrarios, serán agredidas y perseguidas. Un homosexual “moderno” que comparte con los funcionarios su visión que la orientación sexual se determina por el objeto del deseo, y no por la práctica como aducen los “cacheros”, es un peligro para el sistema porque “trae ideas foráneas a la cárcel”, dice Luis. Un funcionario que sea “zorra” y que busque favores sexuales de un reo es una amenaza porque, como dice Pacheco: “Tarde o temprano el recluso abrirá la boca más de la cuenta”. Un “güila” que cuestione el monopolio de los “coles” sobre los travestis o un travesti que no respete sus decisiones, serán víctimas de sendos castigos

“porque se tiene que respetar las decisiones de los mayores”, explica Polo.

Es por esta razón que la comunidad penitenciaria persigue a los disconformes del modelo

“cachero”: intuye que los cambios cuestionan las estructuras más importantes en su vida diaria.

57

V. Relaciones de poder y de dinero

La prostitución es común en la cárcel. En el cuestionario de los participantes de los talleres holísticos de 1993, un 81% de los participantes reconoce que ésta existe en algún grado.

CUADRO N2

ASPECTOS RELACIONADOS CON LA CONDUCTA SEXUAL EN PRISIÓN

(en porcentajes)

Variables

Pretest

Postest

(N)

(188)

(188)

Total

100

100

Qué tan común es la prostitución dentro de la cárcel?

Muy común

18.1

14.9

Común

13.8

25.5

Regular

17.6

20.2

Poco común

22.3

21.3

No existe

25.5

17.0

No responde

2.7

1.1

Resumen

No existe

25.5

17.0

Existe en algún grado

71.8

81.9

No responde

2.7

1.1

Fuente: Johnny Madrigal, Impacto de la prevención del sida en privados de libertad costarricenses, ILPES, San José 1993.

La prostitución más abierta es la de los travestis. Aunque existe amor entre “cachero” y travesti y algunos de ellos se mantienen fieles por años, una mayoría de los segundos terminan trabajando para los primeros. A diferencia del gran amor de Toro o la indiferencia de Chino, los “cacheros” suelen poner a trabajar a sus amantes travestis. La prostitución es común en todas las cárceles. En las que existen travestis, éstos son los que más la practican ya que antes de ingresar en ellas la han ejercido. Cuando en 1989 les preguntamos a los travestis el número de compañeros sexuales, los entrevistados reportaron un promedio de 51, durante los últimos 12 meses: 58

CUADRO 3

COMPAÑEROS SEXUALES HOMBRES TENIDOS POR LOS ENTREVISTADOS

DURANTE LOS ULTIMOS 12 MESES

Número entrevistados

Promedio

compañeros sexuales

2

0

4

1.5

6

5.5

5

22.8

5

193.8

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