Amistad Funesta -Novela by José Martí - HTML preview

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Viajero afortunado; con el caudal ya corto de su madre, por tierras deafuera, perdió en ellas, donde son pecadillos las que a nosotros nosparecen con justicia infamias, aquel delicado concepto de la mujer sinel que, por grandes esfuerzos que haga luego la mente, no le es lícitogozar, puesto que no le es lícito creer en el amor de la más limpiacriatura. Todos aquellos placeres que no vienen derechamente y en razónde los afectos legítimos, aunque sean champaña de la vanidad, son acíbarde la memoria. Eso en los más honrados, que en los que no lo son, detanto andar entre frutas estrujadas, llegan a enviciarse los ojos demanera que no tienen más arte ni placer que los de estrujar frutas. SoloAna, de cuantas jóvenes había conocido a su vuelta de las malas tierrasde afuera, le había inspirado, aun antes de su enfermedad, un respetoque en sus horas de reposo solía trocarse en un pensamiento persistentey blando. Pero Ana se iba al cielo: Ana, que jamás hubiera puesto aaquel turbulento mancebo de señor de su alma apacible, como un palaciode nácar; pero que, por esa fatal perversión que atrae a los espíritusdesemejantes, no había visto sin un doloroso interés y una turbaciónprimaveral, aquella rica hermosura de hombre, airosa y firme, puesta porla naturaleza como vestidura a un alma escasa, tal como suelen algunoscantantes transportar a inefables deliquios y etéreas esferas a susoyentes, con la expresión en notas querellosas y cristalinas, blancascomo las palomas o agudas como puñales, de pasiones que sus espíritusburdos son incapaces de entender ni de sentir.

¿Quién no ha visto romperen actos y palabras brutales contra su delicada mujer a un tenor queacababa de cantar, con sobrehumano poder, el «Spirto Gentil» de la Favorita? Tal la hermosura sobre las almas escasas.

Y Juan, por aquella seguridad de los caracteres incorruptibles, poraquella benignidad de los espíritus superiores, por aquella afición a lopintoresco de las imaginaciones poéticas, y por lazos de niño, que no serompen sin gran dolor del corazón, Juan quería a Pedro.

Hablaban de las últimas modas, de que en París se rehabilita el colorverde, de que en París, decía Pedro, nada más se vive.

—Pues yo no—decía Ana—. Cuando Lucía sea ya señora formal, adonde vamoslos tres es a Italia y a España: ¿verdad, Juan?

—Verdad, Ana. Adonde la Naturaleza es bella y el arte ha sido perfecto.A Granada, donde el hombre logró lo que no ha logrado en pueblo algunode la tierra: cincelar en las piedras sus sueños; a Nápoles, donde elalma se siente contenta, como si hubiera llegado a su término. ¿Tú noquerrás, Lucía?

—Yo no quiero que tú veas nada, Juan. Yo te haré en ese cuarto laAlhambra, y en este patio Nápoles; y tapiaré las puertas, ¡y asíviajaremos!

Rieron todos; pero Adela ya había echado camino de París, quién sabe conqué compañero, los deseos alegres. Ella quería saberlo todo, no deaquella tranquila vida interior y regalada, al calor de la estufa,leyendo libros buenos, después de curiosear discretamente por entre lasnovedades francesas, y estudiar con empeño tanta riqueza artística comoParís encierra; sino la vida teatral y nerviosa, la vida de museo que enParís generalmente se vive, siempre en pie, siempre cansado, siempreadolorido; la vida de las heroínas de teatro, de las gentes que seenseñan, damas que enloquecen, de los nababs que deslumbran con elpródigo empleo de su fortuna.

Y mientras que Juan, generoso, dando suelta al espíritu impaciente,sacaba ante los ojos de Lucía, para que se le fuese aquietando elcarácter, y se preparaba a acompañarle por el viaje de la existencia,las interioridades luminosas de su alma peculiar y excelsa, y decíacosas que, por la nobleza que enseñaban o la felicidad que prometían,hacían asomar lágrimas de ternura y de piedad a los ojos de Ana-Adela yPedro, en plena Francia, iban y venían, como del brazo, por bosques ybulevares. «La Judic ya no se viste con Worth. La mano de la Judic es lamás bonita de París. En las carreras es donde se lucen los mejoresvestidos. ¡Qué linda estaría Adela, en el pescante de un coche decarreras, con un vestido de tila muy suave, adornado con pasamanería deplata! ¡Ah, y con un guía como Pedro, que conocía tan bien la ciudad,qué pronto no se estaría al corriente de todo! ¡Allí no se vive conestas trabas de aquí, donde todo es malo! La mujer es aquí una esclavadisfrazada: allí es donde es la reina. Eso es París ahora: el reinado dela mujer.

Acá, todo es pecado: si se sale, si se entra, si se da elbrazo a un amigo, si se lee un libro ameno.

¡Pero esa es una falta derespeto, eso es ir contra las obras de la naturaleza! ¿Porque una flornace en un vaso de Sevres, se la ha de privar del aire y de la luz?¿Porque la mujer nace más hermosa que el hombre, se le ha de oprimir elpensamiento, y so pretexto de un recato gazmoño, obligarla a que viva,escondiendo sus impresiones, como un ladrón esconde su tesoro en unacueva? Es preciso, Adelita, es preciso. Las mujeres más lindas de Parísson las sudamericanas. ¡Oh, no habría en París otra tan chispeante comoella!».

—Vea, Pedro—interrumpió a este punto Ana, con aquella sonrisa suya quehacía más eficaces sus reproches—, déjeme quieta a Adela. Usted sabe queyo pinto, ¿verdad?

—Pinta unos cuadritos que parecen música; todos llenos de una luz quesube; con muchos ángeles y serafines. ¿Por qué no nos enseñas el último,Ana mía? Es lindísimo, Pedro, y sumamente extraño.

—¡Adela, Adela!

—De veras que es muy extraño. Es como en una esquina de jardín y elciclo es claro, muy claro y muy lindo. Un joven... muy buen mozo...vestido con un traje gris muy elegante, se mira las manos asombrado.Acaba de romper un lirio, que ha caído a sus pies, y le han quedado lasmanos manchadas de sangre.

—¿Qué le parece, Pedro, de mi cuadro?

—Un éxito seguro. Yo conocí en París a un pintor de México, un ManuelOcaranza, que hacía cosas como esas.

—Entre los caballeros que rompen o manchan lirios quisiera yo quetuviese éxito mi cuadro.

¡Quién pintara de veras, y no hiciera esosborrones míos! Pedro: borrón y todo, en cuanto me ponga mejor, voy ahacer una copia para usted.

—¡Para mí! Juan, ¿por qué no es este el tiempo en que no era mal vistoque los caballeros besasen la mano a las damas?

—Para usted, pero a condición de que lo ponga en un lugar tan visibleque por todas partes le salte a los ojos. Y ¿por qué estamos hablandoahora de mis obras maestras? ¡Ah! porque usted me le hablaba a Adelamucho de París. ¡Otro cuadro voy a empezar en cuanto me ponga buena!Sobre una colina voy a pintar un monstruo sentado. Pondré la luna encenit, para que caiga de lleno sobre el lomo del monstruo, y me permitasimular con líneas de luz en las partes salientes los edificios de Parísmás famosos. Y mientras la luna le acaricia el lomo, y se ve por elcontraste del perfil luminoso toda la negrura de su cuerpo, el monstruo,con cabeza de mujer, estará devorando rosas. Allá por un rincón se veránjóvenes flacas y desmelenadas que huyen, con las túnicas rotas,levantando las manos al cielo.

—Lucía—dijo Juan reprimiendo mal las lágrimas, al oído de su prima,siempre absorta—: ¡y que esta pobre Ana se nos muera!

Pedro no hallaba palabras oportunas, sino aquella confusión y malestarque la gente dada a la frivolidad y el gozo experimenta en la compañíaíntima de una de esas criaturas que pasan por la tierra, a manera devisión, extinguiéndose plácidamente, con la feliz capacidad de adivinarlas cosas puras, sobrehumanas, y la hermosa indignación por la batallade apetitos feroces en que se consume, la tierra.

—De fieras, yo conozco dos clases—decía una vez Ana—: una se viste depieles, devora animales, y anda sobre garras; otra se viste de trajeselegantes, come animales y almas y anda sobre una sombrilla o un bastón.No somos más que fieras reformadas.

Aquella Ana, cuando estaba en la intimidad, solía decir de estas cosassingulares. ¿Dónde había sufrido tanto la pobre niña salida apenas delcírculo de su casa venturosa, que así había aprendido a conocer yperdonar? ¿Se vive antes de vivir? ¿O las estrellas, ganosas de hacer unviaje de recreo por la tierra, suelen por algún tiempo alojarse en uncuerpo humano? ¡Ay! por eso duran tan poco los cuerpos en que se alojanlas estrellas.

—¿Conque Ana pinta, y La Revista de Artes está buscando cuadros deautores del país que dar a conocer, y este Juan pecador no ha hecho yapublicar esas maravillas en La Revista?

—Esta Ana nuestra, Pedro, se nos enoja de que la queramos sacar a luz.Ella no quiere que se vean sus cuadros hasta que no los juzgue bastanteacabados para resistir la crítica. Pero la verdad es, Ana, que PedroReal tiene razón.

—¿Razón, Pedro Real?—dijo Ana con una risa cristalina, de madregenerosa—. No, Juan. Es verdad que las cosas de arte que no sonabsolutamente necesarias, no deben hacerse sino cuando se pueden hacerenteramente bien, y estas cosas que yo hago, que veo vivas y claras enlo hondo de mi mente, y con tal realidad que me parece que las palpo, mequedan luego en la tela tan contrahechas y duras que creo que misvisiones me van a castigar, y me regañan, y toman mis pinceles de lacaja, y a mí de una oreja, y me llevan delante del cuadro para que veacómo borran coléricas la mala pintura que hice de ellas. Y luego, ¿quéhe de saber yo, sin más dibujo que el que me enseñó el señor Mazuchellí,ni más colores que estos tan pálidos que saco de mí misma?

Seguía Lucía con ojos inquietos la fisonomía de Juan, profundamenteinteresado en lo que, en uno de esos momentos de explicación de símismos que gustan de tener los que llevan algo en sí y se sienten morir,iba diciendo Ana. ¡Qué Juan aquel, que la tenía al lado, y pensaba enotra cosa!

Ana, sí, Ana era muy buena; pero ¿qué derecho tenía Juan aolvidarse tanto de Lucía, y estando a su lado, poner tanta atención enlas rarezas de Ana? Cuando ella estaba a su lado, ella debía ser suúnico pensamiento. Y apretaba sus labios; se le encendían de pronto,como de un vuelco de la sangre las mejillas; enrollaba nerviosamente enel dedo índice de la mano izquierda un finísimo pañuelo de batista yencaje. Y lo enrolló tanto y tanto, y lo desenrollaba con tal violencia,que yendo rápidamente de una mano a la otra, el lindo pañuelo parecíauna víbora, una de esas víboras blancas que se ven en la costa yucateca.

—Pero no es por eso por lo que no enseño yo a nadie mis cuadritos—siguióAna—; sino porque cuando los estoy pintando, me alegro o me entristezcocomo una loca, sin saber por qué: salto de contento, yo que no puedosaltar ya mucho, cuando creo que con un rasgo de pincel le he dado aunos ojos, o a la tórtola viuda que pinté el mes pasado, la expresiónque yo quería; y si pinto una desdicha, me parece que es de veras, y mepaso horas enteras mirándola, o me enojo conmigo misma si es de aquellasque yo no puedo remediar, como en esas dos telitas mías que tú conoces,Juan, La madre sin hijo y el hombre que se muere en un sillón, mirandoen la chimenea el fuego apagado: El hombre sin amor. No se ría, Pedro,de esta colección de extravagancias. Ni diga que estos asuntos son parapersonas mayores; las enfermas son como unas viejitas, y tienen derechoa esos atrevimientos.

—Pero, ¿cómo—le dijo Pedro subyugado—, no han de tener sus cuadros todoel encanto y el color de ópalo de su alma?

—¡Oh! ¡oh! a lisonja llaman: vea que ya no es de buen gusto serlisonjero. La lisonja en la conversación, Pedro, es ya como la Arcadiaen la pintura: ¡cosa de principiantes!

—Pero, ¿por qué decías, puso aquí Juan, que no querías exhibir tuscuadros?

—Porque como desde que los imagino hasta que los acabo voy poniendo enellos tanto de mi alma, al fin ya no llegan a ser telas, sino mi almamisma, y me da vergüenza de que me la vean, y me parece que he pecadocon atreverme a asuntos que están mejor para nube que para colores, ycomo solo yo sé cuánta paloma arrulla, y cuánta violeta se abre, ycuánta estrella lucen lo que pinto; como yo sola siento cómo me duele elcorazón, o se me llena todo el pecho de lágrimas o me laten las sienes,como si me las azotasen alas, cuando estoy pintando; como nadie más queyo sabe que esos pedazos de lienzo, por desdichados que me salgan, sonpedazos de entrañas mías en que he puesto con mi mejor voluntad lo mejorque hay en mí, ¡me da como una soberbia de pensar que si los enseño enpúblico, uno de esos críticos sabios o cabalierines presuntuosos mediga, por lucir un nombre recién aprendido de pintor extranjero, o unalinda frase, que esto que yo hago es de Chaplin o de Lefevre, o a micuadrito Flores vivas, que he descargado sobre él una escopeta llenade colores! ¿Te acuerdas? ¡como si no supiera yo que cada flor deaquellas es una persona que yo conozco, y no hubiera yo estudiado tres ocuatro personas de un mismo carácter, antes de simbolizar el carácter enuna flor; como si no supiese yo quién es aquella rosa roja, altiva, consombras negras, que se levanta por sobre todas las demás en su tallo sinhojas, y aquella otra flor azul que mira al cielo como si fuese ahacerse pájaro y a tender a él las alas, y aquel aguinaldo lindo quetrepa humildemente, como un niño castigado, por el tallo de la rosaroja. ¡Malos! ¡escopeta cargada de colores!

—Ana: yo sí que te recogería a ti, con tu raíz, como una flor, y enaquel gran vaso indio que hay en mi mesa de escribir, te tendríaperpetuamente, para que nunca se me desconsolase el alma.

—Juan—dijo Lucía, como a la vez conteniéndose y levantándose—: ¿quieresvenir a oír el

«M'odi tu» que me trajiste el sábado? ¡No lo has oídotodavía!

—¡Ah! y a propósito, no saben ustedes—dijo Pedro como poniéndose ya enpie para despedirse—, que la cabeza ideal que ha publicado en su últimonúmero La Revista de Artes....

—¿Qué cabeza?—preguntó Lucía—¿una que parece de una virgen de Rafael,pero con ojos americanos, con un talle que parece el cáliz de un lirio?

—Esa misma, Lucía: pues no es una cabeza ideal, sino la de una niña queva a salir la semana que viene del colegio, y dicen que es un pasmo dehermosura: es la cabeza de Leonor del Valle.

Se puso en pie Lucía con un movimiento que pareció un salto; y Juan alzódel suelo, para devolvérselo, el pañuelo, roto.

Capítulo II

Como veinte años antes de la historia que vamos narrando, llegaron a laciudad donde sucedió, un caballero de mediana edad y su esposa, nacidosambos en España, de donde, en fuerza de cierta indómita condición delhonrado don Manuel del Valle, que le hizo mal mirado de las gentes delpoder como cabecilla y vocero de las ideas liberales, decidió al finsalir el señor don Manuel; no tanto porque no le bastase al Sustento suhumilde mesa de abogado de provincia, cuanto porque siempre tenía, pormoverse o por estarse quedo, al guindilla, como llaman allá al policía,encima; y porque, a consecuencia de querer la libertad limpia y parabuenos fines, se quedó con tan pocos amigos entre los mismos queparecían defenderla, y lo miraban como a un celador enojoso, que estomás le ayudó a determinar, de un golpe de cabeza, venir a

«lasRepúblicas de América», imaginando, que donde no había reina liviana, nohabría gente oprimida, ni aquella trabilla de cortesanos perezosos yaduladores, que a don Manuel le parecían vergüenza rematada de suespecie, y, por ser hombre él, como un pecado propio.

Era de no acabar de oírle, y tenerle que rogar que se calmase, cuandocon aquel lenguaje pintoresco y desembarazado recordaba, no sin su buenacerrazón de truenos y relámpagos y unas amenazas grandes como torres,los bellacos oficios de tal o de cual marquesa, que auxiliando ligerezasajenas querían hacer, por lo comunes, menos culpables las propias; o talhistoria de un capitán de guardias, que pareció bien en la corte con suruda belleza de montañés y su cabello abundante y alborotado, y apenasentrevió su buena fortuna tomó prestados unos dineros, con queenrizarse, en lo del peluquero la cabellera, y en lo del sastre vestirde paño bueno, y en lo del calzador comprarse unos botitos, con queestar galán en la hora en que debía ir a palacio, donde al volver elcapitán con estas donosuras, pareció tan feo y presumido que en pocoestuvo que perdiese algo más que la capitanía. Y de unas jiras, ofiestas de campo, hablaba de tal manera don Manuel, así como de ciertascenas en la fonda de un francés, que cuando contaba de ellas no podíaestar sentado; y daba con el puño sobre la mesa que le andaba cerca,como para acentuar las palabras, y arreciaban los truenos, y abríacuantas ventanas o puertas hallaba a mano. Se desfiguraba el buencaballero español, de santa ira, la cual, como apenado luego de haberledado riendas en tierra que al fin no era la suya, venía siempre a pararen que don Manuel tocase en la guitarra que se había traído cuando elviaje, con una ternura que solía humedecer los ojos suyos y los ajenos,unas serenatas de su propia música, que más que de la rondalla aragonesaque le servía como de arranque y ritornello, tenía de desesperadacanción de amores de un trovador muerto de ellos por la dama de un durocastellano, en un castillo, allá tras de los mares, que el trovador nohabía de ver jamás.

En esos días la linda doña Andrea, cuyas largas trenzas de color castañoeran la envidia de cuantas se las conocían, extremaba unas pocashabilidades de cocina, que se trajo de España, adivinando quecomplacería con ellas más tarde a su marido. Y cuando en el cuarto delos libros, que en verdad era la sala de la casa, centelleaba donManuel, sacudiéndose más que echándose sobre uno y otro hombroalternativamente los cabos de la capa que so pretexto de frío se quitabararas veces, era fijo que andaba entrando y saliendo por la cocina, consu cuerpo elegante y modesto, la buena señora doña Andrea, poniendo manoen un pisto manchego, o aderezando unas farinetas de Salamanca que aescondidas había pedido a sus parientes en España, o preparando, con másvoluntad que arte, un arroz con chorizo, de cuyos primores, que acababande calmar las iras del republicano, jamás dijo mal don Manuel del Valle,aun cuando en sus adentros reconociese que algo se había quemado allí, osufrido accidente mayor: o los chorizos, o el arroz, o entrambos. ¡Fuerade la patria, si piedras negras se reciben de ella, de las piedrasnegras parece que sale luz de astro!

Era de acero fino don Manuel, y tan honrado, que nunca, por muchos quefueran sus apuros, puso su inteligencia y saber, ni excesivos niescasos, al servicio de tantos poderosos e intrigantes como andan por elmundo, quienes suelen estar prontos a sacar de agonía a las gentes detalento menesterosas, con tal que éstas se presten a ayudar con sushabilidades el éxito de las tramas con que aquellos promueven ysustentan su fortuna: de tal modo que, si se va a ver, está hoy viviendola gente con tantas mañas, que es ya hasta de mal gusto ser honrado.

En este diario y en aquel, no bien puso el pie en el país, escribió elseñor Valle con mano ejercitada, aunque un tanto febril y descompuesta,sus azotainas contra las monarquías y vilezas que engendra, y sushimnos, encendidos como cantos de batalla, en loor de la libertad, deque «los campos nuevos y los altos montes y los anchos ríos de estalinda América, parecen natural sustento».

Mas a poco de esto, hacía veinticinco años a la fecha de nuestrahistoria tales cosas iba viendo nuestro señor don Manuel que volvió atomar la capa, que por inútil había colgado en el rincón más hondo delarmario, y cada día se fue callando más, y escribiendo menos, yarrebujándose mejor en ella, hasta que guardó las plumas, y muy apegadoya a la clemente temperatura del país y al dulce trato de sus hijos parapensar en abandonarlo, determinó abrir escuela; si bien no introdujo enel arte de enseñar, por no ser aun este muy sabido tampoco en España,novedad alguna que acomodase mejor a la educación de loshispanoamericanos fáciles y ardientes, que los torpes métodos en uso,ello es que con su Iturzaeta y su Aritmética de Krüger y su DibujoLineal, y unas encendidas lecciones de Historia, de que salía bufando yescapando Felipe Segundo como comido de llamas, el señor Valle sacó unageneración de discípulos, un tanto románticos y dados a lo maravilloso,pero que fueron a su tiempo mancebos de honor y enemigos tenaces de losgobiernos tiránicos. Tanto que hubo vez en que, por cosas como las deponer en su lugar a Felipe Segundo, estuvo a punto el señor don Manuelde ir, con su capa y su cuaderno de Iturzaeta, a dar en manos de losguindillas americanos «en estas mismísimas Repúblicas de América». A lafecha de nuestra historia, hacía ya unos veinticinco años de esto.

Tan casero era don Manuel, que apenas pasaba año sin que los discípulostuviesen ocasión de celebrar, cuál con una gallina, cuál con un par depichones, cuál con un pavo, la presencia de un nuevo ornamento vivo dela casa.

—Y ¿qué ha sido, don Manuel? ¿Algún Aristogitón que haya de librar a lapatria del tirano?

—¡Calle usted, paisano, calle usted; un malakoff más!—Malakoff, llamabanentonces, por la torre famosa en la guerra de Crimea, a lo que en llanose ha llamado siempre miriñaque o crinolina.

Y don Manuel quería mucho a sus hijos, y se prometía vivir cuantopudiese para ellos; pero le andaba desde hacía algún tiempo por el ladoizquierdo del pecho un carcominillo que le molestaba de verdad, como unacestita de llamas que estuviera allí encendida, de día y de noche, y nose apagase nunca. Y como cuando la cestita le quemaba con más fuerzasentía él un poco paralizado el brazo del corazón, y todo el cuerpovibrante como las cuerdas de un violín, y después de eso le venían depronto unos apetitos de llorar y una necesidad de tenderse por tierra,que le ponían muy triste, aquel buen don Manuel no veía sin susto cómole iban naciendo tantos hijos, que en el caso de su muerte habían de sermás un estorbo que una ayuda para «esa pobre Andrea, que es mujer muyseñora y bonaza, pero ¡para poco, para poco!».

Cinco hijas llegó a tener don Manuel del Valle, mas antes de ellas lehabía nacido un hijo, que desde niño empezó a dar señales de ser alma depro. Tenía gustos raros y bravura desmedida, no tanto para lidiar consus compañeros, aunque no rehuía la lidia en casos necesarios, como paraafrontar situaciones difíciles, que requerían algo más que la fiereza dela sangre o la presteza de los puños. Una vez, con unos cuantoscompañeros suyos, publicó en el colegio un periodiquín manuscrito, y porsupuesto revolucionario, contra cierto pedante profesor que prohibía asus alumnos argumentarles sobre los puntos que les enseñaba; y como uncolegial aficionado al lápiz pintase de pavo real a este maestrazo, enuna lámina repartida con el periodiquín, y don Manuel, en vista de laqueja del pavo real, amenazara en sala plena con expulsar del colegio enconsejo de disciplina al autor de la descortesía, aunque fuese su propiohijo, el gentil Manuelillo, digno primogénito del egregio varón, quisoquitar de sus compañeros toda culpa, y echarla entera sobre sí; ylevantándose de su asiento, dijo, con gran perplejidad del pobre donManuel, y murmullos de admiración de la asamblea:

—Pues, señor Director: yo solo he sido.

Y pasaba las noches en claro, luego que se le extinguía la vela escasaque le daban, leyendo a la luz de la luna. O echaba a caminar, con las Empresas de Saavedra Fajardo bajo el brazo, por las calles umbrosas dela Alameda, y creyéndose a veces nueva encarnación de las grandesfiguras de la historia, cuyos gérmenes le parecía sentir en sí, y otrasdesesperando de hacer cosa que pudiera igualarlo a ellas, rompía allorar, de desesperación y de ternura. O se iba de noche a la orilla dela mar, a que le salpicasen el rostro las gotas frescas que saltaban delagua salada al reventar contra las rocas.

Leía cuanto libro le caía a la mano. Montaba en cuanto caballo veía a sualcance: y mejor si lo hallaba en pelo; y si había que saltar una cercamejor. En una noche se aprendía los libros que en todo el año escolar nopodían a veces dominar sus compañeros; y aunque la Historia Natural y laUniversal y cuanto añadiese algo útil a su saber y le estimulase eljuicio y la verba, eran sus materias preferidas, a pocas ojeadaspenetraba el sentido de la más negra lección de Álgebra, tanto que sumaestro, un ingeniero muy mentado y brusco, le ofreció enseñarle, enpremio de su aplicación, la manera de calcular lo infinitésimo.

Escribía Manuelillo, en semejanza de lo que estaba en boga entonces,unas letrillas y artículos de costumbres que ya mostraban a un enamoradode la buena lengua; pero a poco se soltó por natural empuje, con vuelossuyos propios, y empezó a enderezar a los gobernantes que no dirigenhonradamente a sus pueblos, unas odas tan a lo pindárico, y recibidascon tal favor entre la gente estudiantesca, que en una revuelta quetramaron contra el Gobierno unos patricios que andaban muy solos, puesllevaban consigo la buena doctrina, fue hecho preso don Manuelillo,quien en verdad tenía en la sangre el microbio sedicioso; y bien quetuvieron que empeñarse los amigos pudientes de don Manuel para que engracia de su edad saliese libre el Pindarito, a quien su padre,riñéndole con los labios, en que le temblaban los bigotes, como losárboles cuando va a caer la lluvia, y aprobándole con el corazón, envióa seguir, en lo que cometió grandísimo error, estudios de Derecho en laUniversidad de Salamanca, más desfavorecida que otras de España, y nomuy gloriosa ahora, pero donde tenía la angustiada doña Andrea losbuenos parientes que le enviaban las farinetas.

Se fue el de las odas en un bergantín que había venido cargado de vinosde Cádiz; y sentadito en la popa del barco, fijaba en la costa de supatria los ojos anegados de tan triste manera, que a pesar del águilanueva que llevaba en el alma, le parecía que iba todo muerto y sincapacidad de resurrección y que era él como un árbol prendido a aquellacosta por las raíces, al que el buque llevaba atado por las ramaspujando mar afuera, de modo que sin raíces se quedaba el árbol, silograba arrancarlo de la costa la fuerza del buque, y moría: o como eltronco no podía resistir aquella tirantez, se quebraría al fin, y moríatambién; pero lo que don Manuelillo veía claro, era que moría de todosmodos. Lo cual, ¡ay! fue verdad, cuatro años más tarde, cuando deSalamanca había hallado aquel niño manera de pasar, como ayo en la casade un conde carlista, a estudiar a Madrid. Se murió de unas fiebresenemigas, que le empezaron con grandes aturdimientos de cabeza, y unasvisiones dolorosas y tenaces que él mismo describía en su cama revuelta,de delirante, con palabras fogosas y desencajadas, que parecían una cajade joyas rotas; y sobre todo, una visión que tenía siempre delante delos ojos, y creía que se le venía encima, y le echaba un aire encendidoen la frente, y se iba de mal humor, y se volvía a él de lejos,llamándole con muchos brazos: la visión de una palma en llamas. En sutierra, las llanuras que rodeaban la ciudad estaban cubiertas de palmas.

No murió don Manuel del pesar de que hubiese muerto su hijo, aunque bienpudo ser; sino que dos años antes, y sin que Manuelillo lo supiese, sesentó un día en su sillón, muy envuelto en su capa, y con la guitarra allado, como si sintiese en el alma unas muy dulces músicas, a la vez queun frescor húmedo y sabroso, que no era el de todos los días, sino muchomás grato. Doña Andrea estaba sentada en una banqueta a sus pies, y, lomiraba con los ojos secos, y crecidos, y le tenía las manos. Dos hijaslloraban abrazadas en un rincón: la mayor, más valiente, le acariciabacon la mano los cabellos, o lo entretenía con frases zalameras, mientrasle preparaba una bebida; de pronto, desasiéndose bruscamente de lasmanos de doña Andrea, abrió don Manuel los brazos y los labios comobuscando aire; los cerró violentamente alrededor de la cabeza de doñaAndrea, a quien besó en la frente con un beso frenético; se irguió comosi quisiera levantarse, con los brazos al cielo; cayó sobre el respaldodel asiento, estremeciéndosele el cuerpo horrendamente, como cuando entormenta furiosa un barco arrebatado sacude la cadena que lo sujeta almuelle; se le llenó de sangre todo el rostro, como si en lo interior delcuerpo se le hubiese roto el vaso que la guarda y distribuye; y blanco,y sonriendo, con la mano casualmente caída sobre el mango de suguitarra, quedó muerto. Pero nunca se lo quiso decir doña Andrea aManuelillo, a quien contaban que el padre no escribía porque sufría dereumatismo en las manos, para que no le entrase el miedo por lasangustias de la casa, y quisiese venir a socorrerlas, interrumpiendoantes de tiempo sus estudios. Y era también que doña Andrea conocía quesu pobre hijo había nacido comido de aquellas ansias de redención yevangélica quijotería que le habían enfermado el corazón al padre, yacelerado su muerte, y como en la tierra en que vivían había tanto queredimir, y tanta cosa cautiva que libertar, y tanto entuerto que ponerderecho, veía la buena Madre, con espanto, la hora de que su hijovolviese a su patria, cuya hora, en su pensar, sería la del sacrificiode Manuelillo.

—¡Ay!—decía doña Andrea—, una vez que un amigo, de la casa le hablabacon esperanzas del porvenir del hijo. Él será infeliz, y nos hará aunmás infelices sin quererlo. Él quiere mucho a los demás, y muy poco a símismo. Él no sabe hacer víctimas, sino serlo. Afortunadamente, aunque detodos modos, por desdicha de doña Andrea, Manuelillo había partido de latierra antes de volver a ver la suya propia, ¡detrás de la palmaencendida!

¿Quién que ve un vaso roto, o un edificio en ruina, o una palma caída,no piensa en las viudas?

A don Manuel no le habían bastado las fuerzas,y en tierra extraña esto había sido mucho, más que para ir cubriendodecorosamente con los productos de su trabajo las necesidadesdomésticas.

Ya el ayudar a Manuelillo a mantenerse en España le habíapuesto en muy grandes apuros.

Estos tiempos nuestros están desquiciados, y con el derrumbe de lasantiguas vallas sociales y las finezas de la educación, ha venido acrearse una nueva y vastísima clase de aristócratas de la inteligencia,con todas las necesidades de parecer y gustos ricos que de ella vienen,sin que haya habido tiempo aun, en lo rápido del vuelco, para que elcambio en la organización y repartimiento de las fortunas corresponda ala brusca alteración en las relaciones sociales, producidas por laslibertades políticas y la vulgarización de los conocimientos. Unahacienda ordenada es el fondo de la felicidad universal. Y búsquese enlos pueblos, en las casas, en el amor mismo más acendrado y seguro, lacausa de tantos trastornos y rupturas, que los oscurecen y afean, cuandono son causa del apartamiento, o de la muerte, que es otra forma de él:la hacienda es el estómago de la felicidad. Maridos, amantes, personasque aun tenéis que vivir y anheláis prosperar: ¡organizad bien vuestrahacienda!

De este desequilibrio, casi universal hoy, padecía la casa de donManuel, obligado con sus medios de hombre pobre a mantenerse, aunque sinostentación ni despilfarro, como caballero rico. ¿Ni quién se niega, silos quiere bien, a que sus hijos brillantes e inteligentes, aprendanesas cosas de arte, el dibujar, el pintar, el tocar piano, que alegrantanto la casa, y elevan, si son bien comprendidas y caen en buenatierra, el carácter de quien las posee, esas cosas de arte que apenashace un siglo eran todavía propiedad casi exclusiva de reinas yprincesas? ¿Quién que ve a sus pequeñines finos y delicados, en virtudde esa aristocracia del espíritu que en estos tiempos nuevos hansustituido a la aristocracia degenerada de la sangre, no gusta devestirlos de linda manera, en acuerdo con el propio buen gustocultivado, que no se contenta con falsificaciones y bellaquerías, y demodo que el vestir complete y revele la distinción del alma de losqueridos niños? Uno, padrazo ya, con el corazón estremecido y la frentearrugada, se contenta con un traje negro bien cepillado y sin manchas,con el cual, y una cara honrada, se está bien y se es bien recibido entodas partes; pero, ¡para la mujer, a quien hemos hecho sufrir tanto!¡para los hijos, que nos vuelven locos y ambiciosos, y nos ponen en elcorazón la embriaguez del vino, y en las manos el arma de losconquistadores! ¡para ellos, oh, para ellos, todo nos parece poco!

De manera que, cuando don Manuel murió, solo había en la casa losobjetos de su uso y adorno, en que no dejaba de adivinarse más el buengusto que la holgura, los libros de don Manuel, que miraba la madre comopensamientos vivos de su esposo, que debían guardarse íntegros a su hijoausente, y los enseres de la escuela, que un ayudante de don Manuel, queapenas le vio muerto se alzó con la mayor parte de sus discípulos, hallómanera de comprar a la viuda, abandonada así por el que en concienciadebió continuar ayudándola, en una suma corta, la mayor, sin embargo,que después de la muerte de don Manuel se vio nunca en aquella pobrecasa.

Hacen pensar en las viudas las palmas caídas.

Este o aquel amigo, es verdad, querían saber de vez en cuando qué tal leiba yendo a la pobre señora. ¡Oh! se interesaban mucho por su suerte. Yaella sabía: en cuanto le ocurriese algo no tenía más que mandar. Paracualquier cosa, para cualquier cosa estaban a su disposición. Y

veníanen visita solemne, en día de fiesta, cuando suponían que había gente enla casa; y se iban haciendo muchas cortesías, como si con la ceremoniade ellas quisiesen hacer olvidar la mayor intimidad que podríaobligarlos a prestar un servicio más activo. Da espanto ver cuán sola sequeda una casa en que ha entrado la desgracia: da deseos de morir.

¿Qué se haría doña Andrea, con tantas hijas, dos de ellas ya crecidas;con el hijo en España, aunque ya el noble mozo había prohibido, aunsuponiendo a su padre vivo, que le enviasen dinero? ¿qué se haría consus hijas pequeñas, que eran, las tres, por lo modestas y unidas, lagala del colegio; con Leonor, la última flor de sus entrañas, la que lasgentes detenían en la calle para mirarla a su placer, asombradas de suhermosura? ¿qué se haría doña Andrea? Así, cortado el tronco, se secanlas ramas del árbol, un tiempo verdes, abandonadas sobre la tierra.¡Pero los libros de don Manuel no! esos no se tocaban: nada más que asacudirlos, en la piececita que les destinó en la casa pobrísima quetomó luego, permitía la señora que entrasen una vez al mes. O

cuando,ciertos domingos, las demás niñas iban a casa de alguna conocida a pasarla tarde, doña Andrea se entraba sola en la habitación, con Leonor de lamano, y allí a la sombra de aquellos tomos, sentada en el sillón en quemurió su marido, se abandonaba a conversaciones mentales, que parecíanhacerle gran bien, porque salía de ellas en un estado de silenciosamajestad, y como más clara de rostro y levantada de estatura; de talmodo que las hijas cuando volvían de su visita, conocían siempre, por lamayor blandura en los ademanes, y expresión de dolorosa felicidad de surostro, si doña Andrea había estado en el cuarto de los libros. NuncaLeonor parecía fatigada de acompañar a su madre en aquellas entrevistas:sino que, aunque ya para entonces tenía sus diez años, se sentaba en lafalda de su madre, apretada en su regazo o abrazada a su cuello, o seechaba a sus pies, reclinando en sus rodillas la cabeza, con cuyoscabellos finos jugaba la viuda, distraída. De vez en cuando, pocasvedes, la cogía doña Andrea en un brusco movimiento en sus brazos, ybesando con locura la cabeza de la niña rompía en amarguísimos sollozos.Leonor, silenciosamente, humedecía en todo este tiempo la mano de sumadre con sus besos.

De España se trajo pocas cosas don Manuel, y doña Andrea menos, que erade familia hidalga y pobre. Y todo, poco a poco, para atender a lasnecesidades de la casa, fue saliendo de ella: hasta unas perlasmargaritas que había llevado de América a Salamanca un tío, abuelo dedoña Andrea, y un aguacate de esmeralda de la misma procedencia, querecibió de sus padres como regalo de matrimonio; hasta unas cucharas yvasos de plata que se estrenaron cuando se casó la madre de don Manuel,y este solía enseñar con orgullo a sus amigos americanos, para probar ensus horas de desconfianza de la libertad, cuánto más sólidos eran lostiempos, cosas y artífices de antaño.

Y todas las maravillas de la casa fueron cayendo en manos de inclementescompradores; una escena autógrafa de El Delincuente Honrado deJovellanos; una colección de monedas romanas y árabes de Zaragoza, delas cuales las árabes estimulaban la fantasía y avivaban las miradas deManuelillo cada vez que el padre le permitía curiosear en ellas; unacarta de doña Juana la Loca, que nunca fue loca, a menos que amar bienno sea locura, y en cuya carta, escrita de manos del secretarioPassamonte, se dicen cosas tan dignas y tan tiernas que dejabanenamorados de la reina a los que las leían, y dulcemente conmovidas lasentrañas.

Así se fueron otras dos joyas que don Manuel había estimado mucho, ymostraba con la fruición de un goloso que se complace traviesamente enhacer gustar a sus amigos un plato cuya receta está decidido a nodejarles conocer jamás: un estudio en madera de la cabeza de SanFrancisco, de Alonso Cano, y un dibujo de Goya, con lápiz rojo, dulcecomo una cabeza del mismo Rafael.

Con las cucharas de plata se pagó un mes la casa; la esmeralda dio paratres meses; con las monedas fueron ayudándose medio año. Undesvergonzado compró la cabeza, en un día de angustia, en cinco pesos.Un tanto se auxiliaban con unos cuantos pesos que, muy mal cobrados ymuy regañados, ganaban doña Andrea y las hijas mayores enseñando aalgunas niñas pequeñas del barrio pobre donde habían ido a refugiarse ensu penuria. Pero el dibujo de Goya, ese si se vendió bien. Ese, él solo,produjo tanto como las margaritas y las cucharas de plata, y elaguacate.

El dibujo de Goya, única prenda que no se arrepintió doñaAndrea de haber vendido, porque le trajo un amigo, lo compró Juan Jerez;Juan Jerez que cuando murió en Madrid Manuelillo, y la madre extremadapor los gastos en que la puso una enfermedad grave de su niña Leonor, sehalló un día pensando con espanto en que era necesario venderlos, comprólos libros a doña Andrea, mas no se los llevó consigo, sino que se losdejó a ella «porque él no tenía donde ponerlos, y cuando los necesitase,ya se los pediría». Muy ruin tiene que ser el mundo, y doña Andrea sabíade sobra que suele ser ruin, para que ese día no hubiese satisfecho suimpulso de besar a Juan la mano.

Pero Juan, joven rico y de padres y amistades que no hacían suponer quebuscase esposa en aquella casa desamparada y humilde, comprendió que nodebía ser visita de ella, donde ya eran alegría de los ojos y delcorazón, más por lo honestas que por lo lindas, las dos niñas mayores, ymuy distraído el pensamiento en cosas de la mayor alteza, y muy fino ygeneroso, y muy sujeto ya por el agradecimiento del amor que le mostrabaa su prima Lucía, ni visitaba frecuentemente la casa de doña Andrea, nihacía alarde de no visitarla, como que le llevó su propio médico cuandola enfermedad de Leonor, y volvió cuando la venta de los libros, ycuando sabía alguna aflicción de la señora, que con su influjo, el nocon su dinero que solía escasearle, podía tener remedio.

Lo que, como un lirio de noche en una habitación oscura, tuvo en mediode todas estas agonías iluminada el alma de doña Andrea, y le aseguró ensu creencia bondadosa en la nobleza de la especie humana, fue que, yaporque en realidad le apenase la suerte de la viuda, ya porque creyeraque había de parecer mal, siendo como el don Manuel bien querido, ymaestro como ella, que permitieran la salida de sus hijas del colegiopor falta de paga, la directora del Instituto de la Merced, el másfamoso y rico del país, hizo un día, en un hermoso coche, una visita,que fue muy sonada, a casa de doña Andrea, y allí le dijomagnánimamente, cosa que enseguida vociferó y celebró mucho la prensa,que las tres niñas recibirían en su colegio, si ella no lo mandaba deotro modo, toda su educación, como externas, sin gasto alguno. Aquellavez sí que doña Andrea, sin los miramientos que en el caso de Juanhabían más tarde de impedírselo, cubrió de besos la mano de ladirectora, quien la trató con una hermosa bondad pontificia, y como unamujer inmaculada trata a una culpable, tras de lo cual se volvió muyoronda a su colegio, en su arrogante coche.

Es verdad que las niñas no decían a doña Andrea que, aunque no las habíaen el colegio más aplicadas que ellas, ni que llevaran los vestiditosmás blancos y bien cuidados, ni que, en la clase y recreo mostrasenmayor compostura, los vales a fin de semana, y los primeros puestos enlas competencias, y los premios en los exámenes, no eran nunca paraellas; los regaños, sí. Cuando la niña del ministro había derramado untintero, de seguro que no había sido la niña del ministro,

¿cómo habíade ser la hija del ministro? había sido una de las tres niñas del Valle.La hija de Mr.

Floripond, el poderoso banquero, la fea, la huesuda, ladescuidada, la envidiosa Iselda, había escondido, donde no pudiese serhallado, su caja de lápices de dibujar: por supuesto, la caja noaparecía: «¡Allí todas las niñas tenían dinero para comprar sus cajas!¡las únicas que no tenían dinero allí eran las tres del Valle!» y lasregistraban, a las pobrecitas, que se dejaban registrar con la carallena de lágrimas, y los brazos en cruz, cuando por fortuna la niña deotro banquero, menos rico que Mr. Floripond, dijo que había visto aIselda poner la caja de lápices en la bolsa de Leonor. Pero tan buenas,y serviciales fueron, tan apretaditas se sentaban siempre las tres, sinjugar, o jugando entre sí, en la hora de recreo; con tal mansedumbreobedecían los mandatos más destemplados e injustos; con tal sumisión,por el amor de su madre, soportaban aquellos rigores, que las ayudantesdel colegio, solas y desamparadas ellas mismas, comenzaron a tratarlascon alguna ternura, a encomendarles la copia de las listas de la clase,a darles a afilar sus lápices, a distinguirlas con esos pequeños favoresde los maestros que ponen tan orondos a los niños, y que las tres hijasde del Valle recompensaban con una premura en el servirlos y unamodestia y gracia tal, que les ganaba las almas más duras. Estabondadosa disposición de las ayudantes subió de punto cuando ladirectora, que no tenía hijos, y era aun una muy bella mujer, diomuestras de aficionarse tan especialmente a Leonor, que algunas tardesla dejaba a comer a su mesa, enviándola luego a doña Andrea con unafectuoso recado; y un domingo la sacó a pasear en su carruaje,complaciéndose visiblemente aquel día en responder con su mejor sonrisaa todos los saludos.

Porque los que poseen una buena condición, si bien la persiguenimplacablemente en los demás cuando por causa de la posición o edad deestos, teman que lleguen a ser rivales, se complacen, por el contrario,por una especie de prolongación de egoísmo y por una fuerza de atracciónque parece incontrastable y de naturaleza divina, en reconocer yproclamar en otros la condición que ellos mismos poseen, cuando no puedellegar a estorbarles.

Se aman y admiran a sí propios en los que, fuera ya de este peligro derivalidad, tienen las mismas condiciones de ellos. Los miran como unarenovación de sí mismos, como un consuelo de sus facultades que decaen,como si se viesen aun a sí propios tales como son aquellas criaturasnuevas, y no como ya van siendo ellos. Y las atraen a sí, y las retienena su lado, como si quisiesen fijar, para que no se les escapase, lacondición que ya sienten que los abandona. Hay, además, gran motivo deorgullo en oír celebrar la especie de mérito por que uno se distingue.

Verdad es que no había tampoco mejor manera de llamar la atención sobresí que llevar cerca a Leonor. ¡Qué mirada, que parecía una plegaria!¡Qué óvalo el del rostro, más perfecto y puro!

¡Qué cutis, que parecíaque daba luz! ¡Qué encanto en toda ella, y qué armonía! De noche doñaAndrea, que como a la menor de sus hijas la tuvo siempre en su lecho, nobien la veía dormida, la descubría para verla mejor; le apartaba loscabellos de la frente y se los alzaba por detrás para mirarle el cuello,le tomaba las manos, como podía tomar dos tórtolas, y se las besabacuidadosamente; le acariciaba los pies, y se los cubría a lentos besos.

Alfombra hubiera querido ser doña Andrea, para que su hija no selastimase nunca los pies, y para que anduviese sobre ella. Alfombra,cinta para su cuello, agua, aire, todo lo que ella tocase y necesitasepara vivir, como si no tuviese otras hijas, quería ser para ella doñaAndrea. Solía Leonor despertarse cuando su madre estaba contemplándolade esta manera; y entreabriendo dichosamente los ojos amantes yatrayéndola a sí con sus brazos, se dormía otra vez, con la cabeza de sumadre entre ellos; de su madre que apenas dormía.

¡Cómo no padecería la pobre señora cuando la directora del colegio,estando ya Leonor en sus trece años, la vino a ver, como quien hace ungran servicio, y en verdad para el porvenir de Leonor lo era, para quelo permitiese retener a Leonor en el colegio como alumna interna! En elprimer instante, doña Andrea se sintió caer al suelo, y, sin palabras,se quedó mirando a la directora fijamente, como a una enemiga. Depensarlo no más, ya le pareció que le habían sacado el corazón delpecho.

Balbuceó las gracias. La directora entendió que aceptaba.

—Leonor, doña Andrea, está destinada por su hermosura a llamar laatención de una manera extraordinaria. Es niña todavía, y ya ve ustedcómo anda por la ciudad la fama de su belleza.

Usted comprende que a míme es más costoso tenerla en el colegio como a interna; pero creo de mideber, por cariño a usted y al señor don Manuel, acabar mi obra.

Y la madre parecía que quería adelantar una objeción; y la mujerhermosa, que en realidad, en fuerza de la plácida beldad de Leonor,había concebido por ella un tierno afecto, decía precipitadamente estasbuenas razones, que la madre veía lucir delante de sí, como puñalesencendidos.

—Porque usted ve, doña Andrea, que la posición de Leonor en el mundo, vaa ser sumamente delicada. La situación a que están ustedes reducidas lasobliga a vivir apartadas de la sociedad, y en una esfera en que, por sumisma distinción natural y por la educación que está recibiendo, nopuede encontrar marido proporcionado para ella. Acabando de educarse enmi colegio como interna, se rozará mucho más, en estos tres años, conlas niñas más elegantes y ricas de la ciudad, que se harán sus amigasíntimas; yo misma iré cuidando especialmente de favorecer aquellasamistades que le puedan convenir más cuando salga al mundo, y le ayudena mantenerse en una esfera a que de otro modo, sin más que su belleza,en la posición en que ustedes están, no podría llegar nunca. Hermosa einteligente como es, y moviéndose en buenos círculos, será mucho másfácil que inspire el respeto de jóvenes que de otro modo la perseguiríansin respetarla, y encuentre acaso entre ellos el marido que la hagaventurosa. ¡Me espanta, doña Andrea—dijo la directora que observaba elefecto de sus palabras en la pobre madre—, me espanta pensar en lasuerte que correría Leonor, tan hermosa como va a ser, en el desamparoen que tienen ustedes que vivir, sobre todo si llegase usted a faltarle!Piense usted en que necesitamos protegerla de su misma hermosura.

Y la directora, ya apiadada del gran dolor reflejado en las facciones dedoña Andrea, que no tenía fuerzas para abrir los labios, ya deseosa dealcanzar con halagos su anhelo, había tomado las manos de doña Andrea, yse las acariciaba bondadosamente.

Entró Leonor en este instante, y en el punto de verla, fue como si lostorrentes de llanto apretados por la agonía se saliesen al fin de susojos; no dijo palabras, sino inolvidables sollozos; y se lanzó alencuentro de su hija, y se abrazó con ella estrechísimamente.

—Yo no iré, mamá, yo no iré—le decía Leonor al oído—, sin que lo oyesela directora; aunque ya Leonor le había dicho a esta que, si quería doñaAndrea, ella quería ir.

A los pocos momentos doña Andrea, pálida, sentada ya junto a Leonor, aquien tenía de la mano, pudo por fin hablar. ¡Porque era ceder a cuantole quedaba de don Manuel, a aquellas noches queridas suyas de silencio,en que su alma, a solas con su amargura y con su niña, recordaba yvivía; porque conforme se había ido apartando de todo, en sus hijas, yen Leonor, como un símbolo de todas ellas, se había refugiado, con latenacidad de las almas sencillas que no tienen fuerza más que para amor;porque dar a Leonor era como dar todas las luces y todas las rosas de lavida!

Por fin pudo hablar, y con una voz opaca y baja, como de quien habla demuy lejos, dijo:

—Bueno, señora, bueno. Y Dios le pagará su buena intención. Leonor sequedará en el colegio.

Y ya hemos visto en los comienzos de esta historia que estaba Leonor apunto de salir de él.

Capítulo III

¿De qué ha de estar hablando toda la ciudad, sino de Sol del Valle? Eracomo la mañana que sigue al día en que se ha revelado un oradorpoderoso. Era como el amanecer de un drama nuevo.

Era esa conmocióninevitable que, a pesar de su vulgaridad ingénita, experimentan loshombres cuando aparece súbitamente ante ellos alguna cualidad suprema.Después se coligan todos, en silencio primero, abiertamente luego, y dansobre lo que admiraron. Se irritan de haber sido sorprendidos. Seencolerizan sordamente, por ver en otro la condición que no poseen. Ymientras más inteligencia tengan para comprender su importancia, más laabominan, y al infeliz que la alberga. Al principio, por no parecerenvidiosos, hacen como que la acatan: y, como que es de fuertes notemer, ponen un empeño desmedido en alabar al mismo a quien envidian,pero poco a poco, y sin decirse nada, reunidos por el encono común, vanagrupándose, cuchicheando, haciéndose revelaciones. Se ha exagerado.Bien mirado, no es lo que se decía. Ya se ha visto eso mismo. Esos ojosno deben ser suyos. De seguro que se recorta la boca con carmín. Lalínea de la espalda no es bastante pura. No, no es bastante pura. Parececomo que hay una verruga en la espalda. No es verruga, es lobanillo. Noes lobanillo, es joroba. Y acaba la gente por tener la joroba en losojos, de tal modo que llega de veras a verla en la espalda, ¡porque lalleva en sí! Ea; eso es fijo: los hombres no perdonan jamás a aquellos aquienes se han visto obligados a admirar.

Pero allá, en un rincón del pecho, duerme como un portero soñoliento lanecesidad de la grandeza. Es fama que, para dar al champaña sufragancia, destilan en cada botella, por un procedimiento desconocido,tres gotas de un licor misterioso. Así la necesidad de la grandeza, comoesas tres gotas exquisitas, está en el fondo del alma. Duerme como sinunca hubiese de despertar, ¡oh, suele dormir mucho! ¡oh, hay almas enque el portero no despierta nunca! Tiene el sueño pesado, en cosas degrandeza, y sobre todo en estos tiempos, el alma humana.

Milduendecillos, de figuras repugnantes, manos de araña, vientre hinchado,boca encendida, de doble hilera de dientes, ojos redondos y libidinosos,giran constantemente alrededor de portero dormido, y le echan en losoídos jugo de adormideras, y se lo dan a respirar, y se lo untan en lassienes, y con pinceles muy delicados le humedecen las palmas de lasmanos, y se les encuclillan sobre las piernas, y se sientan sobre elrespaldo del sillón, mirando hostilmente a todos lados, para que nadiese acerque a despertar al portero: ¡mucho suele dormir la grandeza en elalma humana! Pero cuando despierta, y abre los brazos, al primermovimiento pone en fuga a la banda de duendecillos de vientre hinchado.Y el alma entonces se esfuerza en ser noble, avergonzada de tanto tiempode no haberlo sido. Solo que los duendecillos están escondidos detrás delas puertas, y cuando les vuelve a picar el hambre, porque se han juradocomerse al portero poco a poco, empiezan a dejar escapar otra vez elaroma de las adormideras, que a manera de cendales espesos va turbandolos ojos y velando la frente del portero vencido; y no ha pasado muchotiempo desde que puso a los duendes en fuga, cuando ya vuelven estos enconfusión, se descuelgan de las ventanas, se dejan caer por las hojas delas puertas, salen de bajo las losas descompuestas del piso, y abriendolas grandes bocas en una risa que no suena, se le suben agilísimamentepor las piernas y brazos, y uno se le para en un hombro, y otro se lesienta en un brazo, y todos agitan en alto, con un ruido de rata queroe, las adormideras. Tal es el sueño del alma humana.

¿De qué ha de estar hablando toda la ciudad, sino de Sol del Valle?

De ella, porque hablan de la fiesta de anoche: de ella, porque la fiestaalcanzó inesperadamente, a influjo de aquella niña ayer desconocida, unaelevación y entusiasmo que ni los mismos que contribuyeron a ellovolverían a alcanzar jamás. Tal como suelen los astros juntarse en elcielo, ¡ay! para chocar y deshacerse casi siempre, así, con no mejordestino, suelen encontrarse en la tierra, como se encontraron anoche, elgenio, y ese otro genio, la hermosura.

De fama singular había venido precedido a la ciudad el pianista húngaroKeleffy. Rico de nacimiento, y enriquecido aun más por su arte, noviajaba, como otros, en busca de fortuna.

Viajaba porque estaba lleno deáguilas, que le comían el cuerpo, y querían espacio ancho, y se ahogabanen la prisión de la ciudad. Viajaba porque casó con una mujer a quiencreyó amar, y la halló luego como una copa sorda, en que las armonías desu alma no encontraban eco, de lo que le vino postración tan grande queni fuerzas tenía aquel músico-atleta, para mover las manos sobre elpiano: hasta que lo tomó un amigo leal del brazo, y le dijo «Cúrate», ylo llevó a un bosque, y lo trajo luego al mar, cuyas músicas se leentraron por el alma medio muerta, se quedaron en ella, sentadas y conla cabeza alta, como leones que husmean el desierto, y salieron al finde nuevo al mundo en unas fantasías arrebatadas que en el barco que lollevaba por los mares improvisaba Keleffy, las que eran tales, que si secerraban los ojos cuando se las oía, parecía que se levantaban por elaire, agrandándose conforme subían, unas estrellas muy radiosas, sobreun cielo de un negro hondo y temible, y otras veces, como que en lasnubes de colores ligeros iban dibujándose unas como guirnaldas de floressilvestres, de un azul muy puro, de que colgaban unos cestos de luz:¿qué es la música sino la compañera y guía del espíritu en su viaje porlos espacios? Los que tienen ojos en el alma, han visto eso que hacíanver las fantasías que en el mar improvisaba Keleffy: otros hay, que noven, por lo que niegan muy orondos que lo que ellos no han visto, otroslo vean. Es seguro que un topo no ha podido jamás concebir un águila.

Keleffy viajaba por América, porque le habían dicho que en nuestro cielodel Sur lucen los astros como no lucen en ninguna otra parte del cielo,y porque le hablaban de unas flores nuestras, grandes como cabeza demujer y blancas como la leche, que crecen en los países del Atlántico, yde unas anchas hojas que se crían en nuestra costa exuberante, yarrancan de la madre tierra y se tienden voluptuosamente sobre ella,como los brazos de una divinidad vestida de esmeraldas, que llamasen,perennemente abiertas, a los que no tienen miedo de amar los misterios ylas diosas.

Y aquel dolor de vivir sin cariño, y sin derecho para inspirarlo niaceptarlo, puesto que estaba ligado a una mujer a quien no amaba; aqueldolor que no dormía, ni tenía paces, ni le quería salir del pecho, y letenía la fantasía como apretada por serpientes, lo que daba a todo sumúsica un aire de combate y tortura que solía privarla del equilibrio yproporción armoniosa que las obras durables de arte necesitan; aqueldolor, en un espíritu hermoso que, en la especie de peste amatoria queestá enllagando el mundo en los pueblos antiguos, había salvado, comouna paloma herida, un apego ardentísimo a lo casto; aquel dolor, que aveces con las manos crispadas se buscaba el triste músico por sobre elcorazón, como para arrancárselo de raíz, aunque se tuviera que arrancarel corazón con él; aquel dolor no le dejaba punto de reposo, le hacíaparecer a las veces extravagante y huraño, y aunque por la suavidad desu mirada y el ardor de su discurso se atrajese desde el primerinstante, como un domador de oficio, la voluntad de los que le veían,poco a poco sentía él que en aquellos afectos iba entrando la sordahostilidad con que los espíritus comunes persiguen a los hombres de almasuperior, y aquella especie de miedo, si no de terror, con que loshombres, famélicos de goces, huyen, como de un apestado, de quien, bajola pesadumbre de un infortunio, ni sabe dar alegrías, ni tiene el ánimodispuesto a compartirlas.

Ya en la ciudad de nuestro cuento, cuya gente acomodada había ido toda,y en más de una ocasión, de viaje por Europa, donde apenas había casasin piano, y, lo que es mejor, sin quien tocase en él con natural buengusto, tenía Keleffy numerosos y ardientes amigos; tanto entre losmúsicos sesudos, por el arte exquisito de sus composiciones, como entrela gente joven y sensible, por la melodiosa tristeza de sus romanzas. Demodo que cuando se supo que Keleffy venía, y no como un artista que seexhibe sino como un hombre que padece, determinó la sociedad eleganterecibirle con una hermosísima fiesta, que quisieron fuese como la másbella que se hubiera visto en la ciudad, ya porque del talento deKeleffy se decían maravillas, ya porque esta buena ciudad de nuestrocuento no quería ser menos que otras de América, donde el pianista habíasido ruidosamente agasajado.

En la «casa de mármol» dispusieron que se celebrase la gran fiesta: conun tapiz rojo cubrieron las anchas escaleras; los rincones, ya en lassalas, ya en los patios, los llenaron de palmas; en cada descanso de laescalera central había un enorme vaso chino lleno de plantas de cameliaen flor; todo un saloncito, el de recibir, fue colgado de seda amarilla;de higares ocultos por cortinas venía un ruido de fuentes. Cuando seentraba en el salón, en aquella noche fresca de la primavera, con todoslos balcones abiertos a la noche, con tanta hermosa mujer vestida detelas ligeras de colores suaves, con tanto abanico de plumas, muy demoda entonces, moviéndose pausadamente, y con aquel vago rumor de fiestaque comienza, parecía que se entraba en un enorme cesto de alas. La tapadel piano, levantado para dar mayor sonoridad a las notas, parecía, comodominándolas a todas, una gran ala negra.

Keleffy, que discernía la suma de verdadero afecto mezclada en aquellafiesta de la curiosidad y sentía desde su llegada a América como siconstantemente estuviesen encendidos en su alma dos grandes ojos negros;Keleffy a quien fue dulce no hallar casa, donde sus últimos dolores,vaciados en sus romanzas y nocturnos, no hubiesen encontrado manostiernas y amigas, que se las devolvían a sus propios oídos comoatenuados y en camino de consuelo, porque «en Europa se toca—decíaKeleffy—, pero aquí se acaricia el piano»; Keleffy, que no notabadesacuerdo entre el casto modo con que quería él su magnífico arte, yaquella fiesta discreta y generosa, en que se sentía el concurso comopenetrado de respeto, en la esfera inquieta y deleitosa de loextraordinario; Keleffy, aunque de una manera apesarada y melancólica, ymás de quien se aleja que de quien llega, tocó en el piano de maderanegra, que bajo sus manos parecía a veces salterio, flauta a veces, y aveces órgano, algunas de sus delicadas composiciones, no aquellas en quese hubiera dicho que el mar subía en montes y caía roto en cristales, oque braceaba un hombre con un toro, y le hendía el testuz, y le doblabalas piernas, y lo echaba por tierra, sino aquellas otras flexiblesfantasías que, a tener color, hubieran sido pálidas, y a ser cosasvisibles, hubiesen parecido un paisaje de crepúsculo.

En esto, se oyó en todo el salón un rumor súbito, semejante al que endías de fiestas nacionales se oye en la muchedumbre de las plazas cuandorompe en un ramo de estrellas en el aire un fuego de artificio. ¡Ya sesabía que en el Instituto de la Merced había una niña muy bella! que eraSol del Valle; ¡pero no se sabía que era tan bella! Y fue al piano;porque ella era la discípula querida del Instituto y ninguna como ellaentendía aquella plegaria de Keleffy, «¡Oh, madre mía», y la tocó,trémula al principio, olvidada después en su música y por esto másbella; y cuando se levantó del piano, el rumor fue de asombro ante lahermosura de la niña, no ante el talento de la pianista, no común porotra parte; y Keleffy la miraba, como si con ella se fuese ya una partede él; y, al verla andar, la concurrencia aplaudía, como si la música nohubiera cesado, o como si se sintiese favorecida por la visita de un serde esferas superiores, u orgullosa de ser gente humana, cuando habíaentre los seres humanos tan grande hermosura.

¿Cómo era? ¡Quién lo supo mejor que Keleffy! La miró, la miró con ojosdesesperados y avarientos. Era como una copa de nácar, en quien nadiehubiese aun puesto los labios. Tenía esa hermosura de la aurora, quearroba y ennoblece. Una palma de luz era. Keleffy no la hablaba, sino laveía. La niña, cuando se sentó al lado de la directora, casi rompió enlágrimas. La revelación, la primera sensación del propio poder, lisonjeay asusta. Se tuvo miedo la niña, y aunque muy contenta de sí, halagadapor aquel rumor como si le rozasen la frente con muy blandas plumas, sesintió sola y en riesgo, y buscó con los ojos, en una mirada de angustiaa doña Andrea, ¡ay! a doña Andrea que, conforme iban pasando los años,se hundía en sí misma, para ver mejor a don Manuel, de tal manera queya, si sonreía siempre, apenas hablaba. Se conversaba apresuradamente.Todos los ojos estaban sobre ella. ¿Quién es? ¿Quién es? Las mujeres nola celebraban, se erguían en sus asientos para verla; movían rápidamenteel abanico, cuchicheaban a su sombra con su compañera; se volvían amirarla otra vez. Los hombres, sentían en sí como una rienda rota; yalgunos, como un ala. Hablaban con desusada animación. Se juntaban encorrillos.

La median con los ojos. Ya la veían de su brazo ostentándolaen el salón, y le estrechaban el talle en el baile ardiente y atrevido;ya meditaban la frase encomiástica con que habían de deslumbrar al serpresentados a ella. «¿Conque esa es Sol del Valle?». «¿En qué casasvisita?». «¿Va a casa de Lucía Jerez?». «Juan Jerez es amigo de laseñora». «Allí está Juan Jerez; que nos presente».

«Yo soy amigo de ladirectora: vamos». «¿Quién nos presentará a ella?». ¡Pobre niña! Sualcoba no la vio nunca como la dejaron aquellos curiosos. No es para lamayor parte de los hombres una obra santa, y una copa de espíritu lahermosura; sino una manzana apetitosa. Si hubiera un lente quepermitiese a las mujeres ver, tales como les pasean por el cráneo lospensamientos de los hombres, y lo que les anda en el corazón, losquerrían mucho menos.

Pero no era un hombre, no, el que con más insistencia, y un ciertoencono mezclado ya de amor, miraba a Sol del Valle, y con dificultadcontenía el llanto que se le venía a mares a los ojos, abiertos, en losque se movían los párpados apenas. La conocía en aquel momento, y ya laamaba y la odiaba. La quería como a una hermana; ¡qué misterios de estasnaturalezas bravías e iracundas! y la odiaba con un aborrecimientoirresistible y trágico. Y cuando un caballero apuesto y cortés, quesaludaba mucha gente a su paso, se acercó, por lo mismo que vivía enesfera social más alta, más que a saludar, a proteger a Sol del Valle,cuando Juan Jerez llegó al fin al lado de la niña, y Lucía Jerez, queera quien de aquella manera la miraba, los vio juntos, cerró los ojos,inclinó la cabeza sobre el hombro como quien se muere; se le puso todoel rostro amarillo; y solo al cabo de algún tiempo, al influjo del aireque agitaban sus compañeras con los abanicos, volvió a abrir los ojos,que parecían turbios, como si hubiera cruzado por su pensamiento un avenegra.

Y Keleffy en aquellos instantes tenía subyugada y muda a laconcurrencia. Allí sus esperanzas puras de otros tiempos; sus agonías deesposo triste; el desorden de una mente que se escapa; el mar serenoluego; la flora toda americana, ardiente y rica; el encogimiento sombríodel alma infeliz ante la naturaleza hermosa; una como invasión de luzque encendiese la atmósfera, y penetrase por los rincones más negros dela tierra, y a través de las ondas de la mar, a sus cuevas de azul ycorales; una como águila herida, con una llaga en el pecho que parecíauna rosa, huyendo, a grandes golpes de ala, cielo arriba, con gritosdesesperados y estridentes. Así, como un espíritu que se despide, tocóKeleffy el piano. Jamás pudo tanto, ni nadie le oyó así segunda vez.Para Sol era aquella fantasía; para Sol, a quien ni volvería a vernunca, ni dejaría de ver jamás. Solo los que persiguen en vano lapureza, saben lo que regocija y exalta el hallarla. Solo los que muerende amor a la hermosura entienden cómo, sin vil pensamiento, ya a puntode decir adiós para siempre a la ciudad amiga, tocó aquella noche en elpiano Keleffy. Pero tocó de tal manera que, aun para la gente inculta,es todavía aquel un momento inolvidable. «Nos llevaba como untriunfador», decía un cronista al día siguiente, «sujetos a su carro.¿Adónde íbamos?

nadie lo sabía. Ya era un rayo que daba sobre un monte,como el acero de un gigante sobre el castillo donde supone a su damaencantada; ya un león con alas, que iba de nube en nube; ya un solvirgen que de un bosque temido, como de un nido de serpientes, selevanta; ya un recodo de selva nunca vista, donde los árboles no teníanhojas, sino flores; ya un pino colosal que, con estruendo de gemidos, sequebraba; era una grande alma que se abría. Mucho se había hecho admirarel apasionado húngaro en el comienzo de la fiesta; mas, aquellaarrebatadora fantasía, aquel desborde de notas; ora plañideras, oraterribles, que parecían la historia de una vida, aquella, que fue suúltima pieza de la noche, porque nadie después de ella osó pedirle más,vino tan inmediatamente después de la aparición de la señorita Sol delValle, orgullo desde hoy de la ciudad que todos reconocimos en laimprovisación maravillosa del pianista el influjo que en él, como encuantos anoche la vieron, con su vestido blanco y su aureola deinocencia, ejerció la pasmosa hermosura de la niña. Nace bien estabeldad extraordinaria, con el genio a sus plantas».

Dos amigas están sentadas a la sombra de la magnolia, nuestra antiguaconocida. En un sillón está sentada Lucía. Otras sillas de mimbreesperan a sus dueñas, que andan preparando dulces por los adentros de lacasa, o con Ana, que no está bien hoy. Está muy pálida. No se esperagente de afuera aquella tarde; Juan Jerez no está en la ciudad: fue elviernes a defender en el tribunal de un pueblo vecino los derechos deunos indios a sus tierras, y aun no ha vuelto. Lucía hubiera estado mástriste, si no hubiera tenido a su amiga a su lado. Juan no puede venir.Ferrocarril no hay hoy.

A caballo, es muy lejos. A los pies de Lucía, enuna banqueta, con los brazos cruzados sobre las rodillas de la niña,¿quién es la que está sentada, y la mira con largas miradas, que seentran por el alma como reinas hermosas que van a buscar en ella suaposento, y a quedarse en ella; y la deja jugar con su cabeza, cuyacabellera castaña destrenza y revuelve, y alisa luego hacia arriba conmucho cuidado, de modo que se le vea el noble cuello? A los pies deLucía está Sol del Valle.

Desde la noche de la fiesta de Keleffy, Lucía y Sol se han visto muchasveces. ¿De conocerla, cómo había de librarse, en estas ciudades nuestrasen que todo el mundo se conoce? Aquella misma noche, y no fue Juan porcierto, Lucía, muy adulada por la directora del Instituto de la Merced,de donde había salido tres años antes, se vio en brazos de Sol, que lamiraba llena de esperanza y ternura. Se levantó la directora y llevó aSol de la mano a donde Lucía estaba, taciturna. Las vio venir, y se echóatrás.

—¡Vienen a mí, a mí!—se dijo.

—Lucía, aquí te traigo una amiga, para que te la pongas en el corazón, yme la cuides como cosa de tu casa. En tus manos la puedo dejar: tú noeres envidiosa.

Y a Sol se le encendía el rostro, sin saber qué decir, y a Lucía se ledesvanecía el color, buscando en balde fuerzas con que mover la mano yabrir los labios en una sonrisa.

—Pero esto no ha de ser así, no.

Y la directora puso el brazo de Sol en el de Lucía, y acompañadas demiradas celosas, se refugió por algunos momentos con ellas en un balcón,cuya baranda de granito estaba oculta bajo una enredadera florecida derosas salomónicas. El balcón era grande y solemne; la noche, ya muyentrada, y el cielo, cariñoso y locuaz, como se pone en nuestros paísescuando el aire está claro, y parece como que platican y se hacen visitaslas estrellas.

—Y ante todo, Lucía y Sol, dense un beso.

—Mira, Lucía—dijo la directora juntando en sus manos las de las losniñas y hablando como si no estuviese Sol con ellas, quien se sentía lasmejillas ardientes, y el pecho apretado con lo que la maestra ibadiciendo, tanto, que por un instante vio el cielo todo negro, y como quedesde su casita la estaba llamando doña Andrea—. Mira, Lucía, tú sabescómo entra en la vida Sol del Valle, como lo sabe todo el mundo. Supadre se ha muerto. Su madre está en la mayor pobreza.

Yo, que la quierocomo a una hija, he procurado educarla para que se salve del peligro deser hermosa siendo tan pobre.

Sintió Lucía en aquel instante como si la mano de Sol le temblase en lasuya, y hubiese hecho un movimiento por retirarla y ponerse en pie.

—Señora....

—No, no, Lucía. La que va a ser mujer de Juan Jerez....

La sombra de una de las cortinas de la enredadera, que flotaba alinflujo del aire, escondió en este instante el rostro de Sol.

—... merece que yo ponga en sus manos, para que me la enseñe al mundo asu lado y me la proteja, la joya de la casa con que ha sido Juan Jereztan bueno.

Aquí la cortina flotante de la enredadera cubrió con su sombra el rostrode Lucía.

—Juan....

—Juan ha sido muy bueno—dijo como con cierta prisa voluntaria ladirectora—. Él apenas conoce a Sol, porque ha ido muy poco a casa dedoña Andrea; pero como es tan generoso, se alegrará de que tú ampares aesta niña, con el respeto de tu casa, de los que, porque la verándesvalida....

Más blanco que su vestido pudo verse en este momento, el rostro de Sol.

—... querrán faltarle al respeto. Ya Sol ha acabado su colegio; peropara que mi obra no quede incompleta, voy a dejarla en él comoprofesora, y así ayudará a su madre a llevar los gastos de la casa, y lehemos tomado ya a doña Andrea una casita mejor, cerca del Instituto. Yoespero—

añadió la señora gravemente, y como si las estrellas noestuviesen brillando en el cielo—, que Sol será una buena maestra. Yo,Lucía, no podré llevarla a todas partes, porque ya he dejado de serjoven, y los cuidados del colegio me lo impiden; pero quiero que túhagas mis veces, y ya lo sabes—dijo con una ligera emoción en la vozdando un beso en la mejilla de Lucía—, cuídamela.

Que sientan que el queno pueda llegar hasta ti, no puede llegar hasta ella. Cuando haya unafiesta, llévala. Ella se vestirá siempre linda, porque yo la he enseñadoa hacérselo todo y es maestra en coser. Convídala a tu casa, para quenadie tenga reparo en convidarla a la suya: que el que entra en tu casapuede entrar en todas partes. Sol es tan bonita como agradecida.

—Sí, sí, señora—interrumpió Lucía que en sus mejillas propias estabasintiendo la palidez de las de Sol—. Yo la llevaré conmigo. Yo sí, yosí, ahora mismo la presentaré a todas mis amigas.

Iremos juntas laSemana Santa. No me digas que no, Sol. Iremos al teatro siempre juntas.

Y el cariño le iba creciendo con las palabras, que decíaamontonadamente, como si tuviese prisa por olvidarse de algo, o quisiesevengarse de sí misma.

—Bueno, vamos entonces, que yo veo que la gente curiosea porque estamoscuchicheando tanto tiempo. Vamos.

Sol no hablaba. Lucía, como que quería defenderla de la directora, queentraba ya en el salón con su paso pomposo.

—Enseguida, señora, enseguida. Entre usted y detrás vamos nosotras. Voya coger dos rosas de esta enredadera: esta para Sol—y se la prendió conmucha ternura, mirándola amorosamente en los ojos—; esta, que es lamenos bonita, para mí.

—¡Oh, usted es tan buena!

—¿Usted? No, Sol, yo soy tu hermana. No hagas caso de lo que dice ladirectora. Yo te querré siempre como una hermana—y abrió los brazos, yapretó en ellos a Sol, a la que llevaba sin miedo, prestísimamente.

—¡Oh!—dijo Sol de pronto ahogando un grito. Y se llevó la mano al seno,y la sacó con la punta de los dedos roja. Era que al abrazarla Lucía, sele clavó en el seno una espina de la rosa.

Con su propio pañuelo secó Lucía la sangre, y de brazo las dos entraronen la sala. Lucía también estaba hermosa.

—¿Cómo entenderte, Lucía?—decía Juan a su prima unos quince días despuésde la noche de la fiesta, con una intención severa en las palabras queél con Lucía nunca había usado—. Desde hace unos quince días, espera,creo que me acuerdo, desde la noche de Keleffy, te encuentro taninjusta, que a veces, creo que no me quieres.

—¡Juan! ¡Juan!

—Bueno, Lucía: tú sí me quieres. Pero ¿qué te hago yo que explique esasdurezas tuyas de carácter, para mí que vengo a ti como viene el sedientoa un vaso de ternuras? Más cariño no puedes desear. Pensar, yo sí piensoen todo lo más difícil y atrevido; pero querer, Lucía, yo no quiero másque a ti. Yo he vivido poco; pero tengo miedo de vivir y sé lo que es,porque veo a los vivos. Me parece que todos están manchados, y en cuantoalcanzan a ver un hombre puro empiezan a correrle detrás para llenarlela túnica de manchas. La verdad es que yo, que quiero mucho a loshombres, vivo huyendo de ellos. Siento a veces una melancolía dolorosa.¿Qué me falta? La fortuna me ha tratado bien. Mis padres me viven. Me espermitido ser bueno. Y además, te tengo—le dijo tomándola, cariñosamentede la mano que Lucía le abandonó como apenada y absorta.

—Te tengo, y de ti me vienen, y en ti busco, las fuerzas frescas quenecesito para que el corazón no se me espante y debilite. Cada vez queme asomo a los hombres, me echo atrás como si viera un abismo; pero decada vez que vengo a verte, saco un brío para batallar y un poder deperdón que hacen que nada me parezca difícil para que yo lo acometa. Note rías, Lucía; pero es la verdad. ¿Tú has leído unos versos deLongfellow que se llaman «Excelsior»? Un joven, en una tempestad denieve, sube por un puerto pobre, montaña arriba, con una bandera en lamano que dice: «Excelsior». No te sonrías: yo sé que sabes tú latín:«¡Más alto!». Un anciano le dice que no vaya adelante, que el torrenteruge abajo y la tempestad ¡se viene encima: «¡Más alto!».

Una jovenlinda, ¡no tan linda como tú!, le dice: «Descansa la cabeza fatigada enmi seno». Y al joven se le humedecen los ojos azules, pero aparta de sía la enamorada y le dice: «¡Más alto!».

—¡Ah no! pero tú no me apartarás a mí de ti. Yo te quito la bandera delas manos. Tú te quedas conmigo. ¡Yo soy lo más alto!

—No, Lucía: los dos juntos llevaremos la bandera. Yo te tomo para todoel viaje. Mira que, como soy bueno, no voy a ser feliz. ¡No te mecanses!—y le besó la mano.

Lucía le acariciaba con los ojos la cabeza.

—Y el joven al fin siguió adelante: y los monjes lo hallaron muerto aldía siguiente, medio sepultado en la nieve; pero con la mano asida a labandera, que decía: «¡Más alto!». Pues bien, Lucía: cuando no te mepones majadera, cuando no me haces lo que ayer, que me miraste de frentecomo con odio y te burlaste de mí y de mi bondad, y sin saberlo llegastehasta dudar de mi honradez, cuando no te me vuelves loca como ayer, meparece cuando salgo de aquí, que me brilla en las manos la bandera. Yveo a todo el mundo pequeño, y a mí como un gigante dichoso.

Y sientomayor necesidad, una vehemente necesidad de amar y perdonar a todo elmundo. En la mujer, Lucía, como que es la hermosura mayor que se conoce,creemos los poetas hallar como un perfume natural todas las excelenciasdel espíritu; por eso los poetas se apegan con tal ardor a las mujeres aquienes aman, sobre todo a la primera a quien quieren de veras, que noes casi nunca la primera a quien han creído querer, por eso cuando creenque algún acto pueril o inconsiderado las desfigura, o imaginan ellosalguna frivolidad o impureza, se ponen fuera de sí, y sienten unosdolores mortales, y tratan a su amante con la indignación con que setrata a los ladrones y a los traidores, porque como en su mente lashicieran depositarias de todas las grandezas y claridades que apetecen,cuando creen ver que no las tienen, les parece que han estadousurpándoles y engañándoles con maldad refinada, y creen que sederrumban como un monte roto, por la tierra, y mueren aunque siganviviendo, abrazados a las hojas caídas de su rosa blanca. Los poetas deraza mueren. Los poetas segundones, los tenientes y alféreces; de lapoesía, los poetas falsificados, siguen su camino por el mundo besandoen venganza cuantos labios se les ofrecen, con los suyos, rojos yhúmedos en lo que se ve, ¡pero en lo que no se ve tintos de veneno!Vamos, Lucía, me estás poniendo hoy muy hablador. Tú ves, no lo puedoevitar. Si me oyeran otras gentes, dirían que era un pedante. Tú no lodices, ¿verdad? Es que en cuanto estoy algún tiempo cerca de ti, de tique nadie ha manchado, de ti en quien nadie ha puesto los labiosimpuros, de ti en quien mido yo como la carne de todas mis ideas y comouna almohada de estrellas donde reclino, cuando nadie me ve, la cabezacansada, estas cosas extrañas, Lucía, me vienen a los labios tannaturalmente que lo falso sería no recordarlas. Por fuera me suelenacusar de que soy rebuscado y exagerado, y tú habrás notado que ya yohablo muy poco. ¿Qué culpa tengo yo de que sea así mi naturaleza, y deque al influjo de tu cariño enseñe todas sus flores?

Y le besó las dos manos, como pudiera un niño haber besado dos tórtolas.

Así, aunque no parezca cierto, suelen hablar y sentir algunos seres«vivos y efectivos», como dicen las lápidas de los nichos en que estánenterrados los oficiales militares muertos en el servicio de la coronaespañola. Así exactamente, y sin quitar ni poner ápice, era como sentíay hablaba Juan Jerez.

—Tú me perdonas, Juan—dijo Lucía antes de que hubieran pasado algunosmomentos, bajos los ojos y la voz, como pecador contrito que pidehumildemente la absolución de su pecado—.

Juan yo no sé que es, ni sépara qué te quiero, aunque si sé que te quiero por lo mismo que vivo, yque si no te quisiera no viviría. Y mira, Juan, te miento; ahora mismote estoy mintiendo, yo creo que no sé por qué te quiero, pero debosaberlo muy bien, sin notarlo yo, porque sé por qué pueden quererte losdemás. Y como si te conocen, han de quererte como yo te quiero, ¡no meregañes Juan! ¡yo no quisiera que tú conocieses a nadie! ¡Yo te querríamudo, yo te querría ciego: así no me verías más que a mí, que lecerraría el paso a todo el mundo, y estaría siempre ahí, y como dentrode ti, a tus pies donde quisiera estar ahora! ¿Tú me perdonas, Juan?Luego, yo no soy soberbia, y no creo que yo solo soy hermosa: ¡tú dicesque yo soy hermosa! yo sé que fuera de mí hay muchas cosas y muchaspersonas bellas y grandes; yo sé que no están en mí todas las hermosurasde la tierra, y como a ti te caben en el alma todas, y eres tan buenoque te he visto recoger las flores pisadas en las calles y ponerlas conmucho cuidado donde nadie las pise, creo, Juan, que yo no te basto, quecualquier cosa o persona hermosa, te gustaría tanto como yo, y odio unlibro si lo lees, y un amigo si lo vas a ver, y una mujer si dicen quees bella y puedes verla tú. Quisiera reunir yo en mí misma todas lasbellezas del mundo, y que nadie más que yo tuviera hermosura algunasobre la tierra. Porque te quiero, Juan, lo odio todo. Y yo no soy mala,Juan; yo me avergüenzo de eso, y luego me entran remordimientos, ybesaría los pies de los que un momento antes quería no ver vivos, y demi sangre les daría para que viviesen si se muriesen;

¡pero hayinstantes, Juan, en que odio a todas las cosas, a todos los hombres y atodas las mujeres!

¡Oh, a todas las mujeres! Cuando no estás a mi lado,y pienso en alguien que pueda agradar tus ojos u ocupar tu pensamiento,creémelo, Juan; ¡ni sé lo que veo, ni sé qué es lo que me posee, pero medas horror, Juan y te aborrezco entonces, y odio tus mismas cualidades,y te las echo en cara, como ayer, para ver si llegas tú a odiarlas, y ano ser tan bueno, y si así no te quieren! Eso es, Juan, no es más queeso. A veces, y te lo diré a ti solo, sufro tanto que me tiendo en elsuelo en mi cuarto, cuando no me ven, como una muerta. Necesito sentiren las sienes mucho tiempo el frío del mármol. Me levanto, como siestuviera por dentro toda despedazada. Me muero de una envidia enormepor todo lo que tú puedas querer y lo que pueda quererte. Yo no sé sieso es malo, Juan: ¿tú me perdonas?

La magnolia, nuestra antigua conocida oyó, a las últimas luces de latarde, el final de esta conversación congojosa.

Lindo es el montecito que domina por el Este a la ciudad, donde a brazopartido lucharon antaño, macana contra lanza y carne contra hierro, eljefe de los indios y el jefe de los castellanos, y de barranco enbarranco abrazados, matándose y admirándose iban cayendo, hasta que alfin, ya exhausto, e hiriéndose con su propia macana la cabeza, cayó elindio a los pies del español, que se levantó la visera, dejando ver elrostro bañado en sangre, y besó al indio muerto en la mano.

Luego, comoque era recio de subir, le escogieron para sus penitencias los devotos,y es fama que por su falda pedregosa subían de rodillas en lo más fuertedel sol, los penitentes, contando el rosario.

Vinieron gentes nuevas, y como que el monte es corto y de forma bella, ydesde él se ve a la ciudad, con sus casas bajas, de patios de arbolado,como una gran cesta de esmeraldas y ópalos, limpiaron de piedras yyerbajos la tierra que, bien abonada, no resultó ingrata; y de la mejorparte del monte hicieron un jardín que entre los pueblos de América notiene rival, puesto que no es uno de esos jardinuelos de floresenclenques, y arbustos podados, con trocitos de césped entre enverjadosde alambre, que más que cosa alguna dan idea de esclavitud y artificio,y de los que con desagrado se aparta la gente buena y discreta; sino unocomo bosque de nuestras tierras, con nuestras propias y grandes flores ynuestros árboles frutales, dispuestos con tal arte que están allí congracia y abandono, y en grupos irregulares y como poco cuidados, de talmanera que no parece que aquellos bambúes, plátanos y naranjos han sidollevados allí por las manos de jardinero, ni aquellos lirios de agua,puestos como en montón que bordan el estrecho arroyo cargado de aguassecas, fueron allí trasplantados como en realidad fueron: antes bien,parece que todo aquello floreció allí de suyo y con libre albedrío, demodo que allí el alma se goza y comunica sin temor, y no bien hay en laciudad una persona feliz, ya necesita ir a decírselo al montecito quenunca se ve solo, ni de día ni de noche.

Por allí, en la tarde en que vamos caminando, halló Pedro Real razónpara encontrarse a caballo, el cual dejó en la cumbre, mientras que,golpeándose con el latiguillo los botines, se perdía, sin recordar elcuadro de Ana, por la calle de los lirios. Por allí, y sin saber porcierto que Pedro andaba cerca, acababa Adela, con tres amigas suyas, queestrenaban unos sombreros de paja crema adornados con lilas, de bajardel carruaje, que en la cumbre, con los caballos, esperaba. Por allí,sin que lo supiese Adela tampoco, aunque sí lo sabía Pedro, andabanlentamente, con las dos niñas menores, Sol y doña Andrea: doña Andrea,que desde que el colegio le devolvió a su Sol y podía a su sabor recrearlos ojos, con cierto pesar de verle el alma un poco blanda y perezosa,en aquella niña suya de «cutis tan trasparente—decía ella—

como una nubeque vi una vez, en París, en un medio punto de Murillo», andaba siemprehablando consigo en voz baja, como si rezase; y otras regañaba por todo,ella que no regañaba antes jamás, pues lo que quería en realidad, sinatreverse, era regañar a Sol, de quien se encendía en celos y en miedos,cada vez que oía preparativos de fiesta o de paseo, que por cierto noeran muchos, pero sobrados ya para que temiese con justicia doña Andreapor su tesoro. Ni con el mayor bienestar que con el sueldo de Sol en elcolegio había entrado en la casa, se contentaba doña Andrea; y a vecesse dio la gran injusticia de que aquella hermosura que ella tantomimaba, y que desde la infancia de la niña cuidaba ella y favorecía, sela echase en cara como un pecado, que le llevó un día a prorrumpir eneste curiosísimo despropósito, que a algunas personas pareció tangracioso como cuerdo: «Si Manuel viviera, tú no serías tan hermosa».Enojábase, doña Andrea, cuando oía, allá por la hora en que Sol volvíacon una criada anciana del colegio, la pisada atrevida del caballo decierto caballero que ella muy especialmente aborrecía; y si Sol hubiesemostrado, que nunca lo mostró, deseos de ver la arrogante cabalgadura,fuera de una vez que se asomó sonriendo y no descontenta, a verla pasardetrás de sus persianas, es seguro que por allí hubieran encontradosalida las amarguras de doña Andrea, que miraba a aquel gallardísimogalán, a Pedro Real, como a abominable enemigo. Ni a galán algunohubiera soportado doña Andrea, cuyos pesares aumentaba la certidumbre deque aquel que ella hubiera querido por tenerlo muy en el alma, queposeyese a su Sol, no sería de Sol nunca, por lo alto que estaba, yporque era ya de otra. Mas aquella mansísima señora se estremecía cuandopensaba que, por parecer proporcionados en la gran hermosura externa,pudiesen algún día acercarse en amores aquel catador de labiosencendidos y aquella copa de vino nuevo. Sentía fuerzas viriles doñaAndrea, y determinación de emplearlas, cada vez que el caballo de PedroReal piafaba sobre los adoquines de la calle. ¡Como si los cuerposenseñasen el alma que llevan dentro! Una vez, en una habitación recamadade nácar, se encontró refugiado a un bandido. Da horror asomarse amuchos hombres inteligentes y bellos. Se sale huyendo, como de unamadriguera. Y ya se sabía por toda la ciudad, con envidia de muchaslocuelas, que tras de Sol del Valle había echado Pedro Real todos susdeseos, sus ojos melodiosos, su varonil figura, sus caballoscaracoleadores, sus ímpetus de enamorado de leyenda. Y lo despótico dela afición se le conocía en que, bruscamente, y como si no hubieraestado perturbando con vislumbres de amor sus almas nuevas, cesó dedecir gallardías, a afectar desdenes a aquellas que más de cerca letuvieron desde su llegada de París, ya porque de público se las señalasecomo las conquistas más apetecidas, ya porque lo picante de su trato lediese fácil ocasión para aquellas conversaciones salpimentadas que sonmuy de uso entre aquellos de nuestros caballeros jóvenes que han vistotierras, y suplen con lo atrevido del discurso la escasez de la gracia yel intelecto. La conversación con las damas ha de ser de plata fina, ytrabajada en filigrana leve, como la trabajan en Génova y México.

En ser visto donde Sol del Valle había de verlo, ponía Pedro Real elmayor cuidado; en que no se la viera sin que se le viese a él; si alteatro, bajo el palco a que fue Sol, que fue el de la directora, y nomás que dos veces, estaba la luneta de Pedro; si en Semana Santa, pordonde Sol iba con Lucía y Adela, Pedro, sin piedad por Adela, aparecía.Decirle, nada le había dicho. Ni escribirle. Ni nadie afectaba, alsaludarla en público, encogimiento y moderación mayores. Y