Amistad Funesta -Novela by José Martí - HTML preview

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Y

yo

doy

los

redondos

brazos

fragantes,

por

dos

brazos

menudos

que

halarme

saben,

y

a

mi

pálido

cuello

recios

colgarse,

y

de

místicos

lirios

collar

labrarme.

¡Lejos

de

por

siempre

brazos fragantes!

Y este otro:

Por

las

mañanas

mi

pequeñuelo

me

despertaba

con un gran beso.

Puesto

a

horcajadas

sobre

mi

pecho,

bridas

forjaba

con mis cabellos.

Ebrio

él

de

gozo,

de

gozo

yo

ebrio,

me

espoleaba

mi

caballero:

¡qué

suave

espuela

sus

dos

pies

frescos!

¡Cómo

reía

mi jinetuelo!

¡Y

yo

besaba

sus

pies

pequeños,

dos

pies

que

caben

en solo un beso!

Y este, que es como un suspiro hondo:

Qué

me

das

¿Chipre?

Yo

no

lo

quiero:

ni

rey

de

bolsa

ni

posaderos

tienen

del

vino

que

yo

deseo;

ni

es

de

cristales

de

cristaleros

la

dulce

copa

en que lo bebo.

Mas

está

ausente

ni

despensero,

y

de

otro

vino

yo nunca bebo.

Y estas estrofas sueltas cogidas al azar de los Versos sencillos: Yo

bien

que

cuando

el

mundo

cede,

lívido,

al

descanso,

sobre

el

silencio

profundo

murmura el arroyo manso.

Con

los

pobres

de

la

tierra

quiero

yo

mi

suerte

echar:

el

arroyo

de

la

sierra

me complace más que el mar.

Busca

el

Obispo

de

España

pilares

para

su

altar:

¡en

mi

templo,

en

la

montaña,

el álamo es el altar!

Si

ves

un

monte

de

espumas

es

mi

verso

lo

que

ves:

mi

verso

es

un

monte,

y

es

un abanico de plumas.

Amo

la

tierra

florida,

musulmana

o

española

donde

rompió

su

corola

la poca flor de mi vida.

¡Arpa

soy,

salterio

soy

donde

vibra

el

Universo;

vengo

del

sol,

y

al

soy

voy;

soy el amor: soy el verso!

No

me

pongan

en

lo

oscuro

a

morir

como

un

traidor:

¡yo

soy

bueno,

y

como

bueno

moriré de cara al sol!

Hay

montes,

y

hay

que

subir

los

montes

altos:

¡después

veremos

alma,

quién

es

quién te me ha puesto a morir!

Cultivo

una

rosa

blanca,

en

julio

como

en

enero

para

el

amigo

sincero

que me da su mano franca.

Y

para

el

cruel

que

me

arranca

el

corazón

con

que

vivo,

cardo

ni

oruga

cultivo:

cultivo la rosa blanca.

Yo

quiero

cuando

me

muera,

sin

patria,

pero

sin

amo,

tener

en

mi

tumba

un

ramo

de flores y una bandera.

Y cuando el destino le ofrecía el goce de una existencia bella,sosegada, cómoda; cuando su talento reconocido y su grandeza deespíritu, le daban asiento firme entre los que ya podían echarse adescansar, formó con su vida una flor, y la puso a los pies de lapatria. Era el año 1891, y era el mes de octubre. Anunciado que en unavelada, patrocinada por el club «Los Independientes» de New York, quehabía de celebrarse en recordación de los héroes del 10 de octubre de1868, tomaría parte principal Martí, quien desempeñaba el cargo deCónsul General de la Argentina, Uruguay y Paraguay en dicha ciudad, elMinistro de España protestó ante los respectivos Gobiernos, y él, con undesprendimiento asombroso, renunció a sus cargos diciendo:

«¡Antes quetodo cubano!». Hay hombres que suben, como suben las zarzas y laspiedras que tienen en su cúspide las montañas: otros son montañas y lascoronan flores y las visitan víboras.

Martí fue de esos. Hombre montañadesde la cual se puede ver pasar hoy y se verá mejor, a medida que losaños vayan limándola, toda el alma compleja y revuelta de esa época decreación y amargura. El hecho de renunciar a todo bienestar por Cuba,hizo resonar su nombre como un trueno, en donde quiera que habíacubanos. Martí, si perdió con ese acto, el gusto y el regalo de su vida,ganó en prestigio entre sus compatriotas, para los cuales fue desdeentonces, antorcha encendida de patriotismo, brazo infatigable, el pensamiento a caballo como lo llamó un ilustre hombre americano, elaltar más hermoso y más puro de las libertades cubanas.

Martí supo conquistar gloria: y cuando la conquistó, no la puso a precioen mercadería, ni se puso a vivir de ella en ocio cobarde, sino que seconsagró a sembrar con sus manos, la buena semilla republicana entre suscompatriotas emigrados.... Así, cuando días después de este hermosohecho, fue invitado por el Presidente del Club «Ignacio Agramonte» deTampa—la ciudad levantada a puro esfuerzo por los cubanosproscriptos—para que tomara participación en una fiestapolítico-literaria que dicho Club había de celebrar, él respondióaceptando; y vencidas algunas dificultades, el 25 de noviembre de 1891,a la una de la madrugada, bajo una lluvia tenaz, arribó jubiloso a laestación, henchida de cabezas, de aquel pueblo de hombres libres que loamaba ya sin conocerlo y que fue, por el sino misterioso de las cosas,cuna de la gloriosa revolución del 95 que sacó a la vida libre nuestranacionalidad. A la siguiente noche, día 26, Martí dejó oír su palabrasedosa y centelleante en aquel Liceo histórico, que yo añoro ahoraentristecido, y me veo niño, llena el alma de ilusiones, escuchandoexaltado al pie de la tribuna, los tiernísimos acentos de su vozincomparable. Lo que allí dijo Martí no hay frases que lo abarquen. «PorCuba y para Cuba» tituló él su discurso, y por ella y para ella fuecuanto su palabra, a veces impetuosa, a veces desgarradora, expresó. Sudiscurso fue todo amor, todo esperanza, todo verdad. Señaló todos losmales que podrían la tierra de sus amores, los escollos con que se habíade tropezar y la manera de vencerlos. Habló de los egoístas y losmiedosos y los críticos que siempre le salen al encuentro a toda obracuando esta se halla en los sudores de la creación, y dijo: «¿Pero quéle hemos de hacer? ¡Sin los gusanos que fabrican la tierra no podríanhacerse palacios suntuosos! En la verdad hay que entrar con la camisa alcodo como entra en la res el carnicero. Todo lo verdadero es santo,aunque no huela a clavellina. Todo tiene la entraña fea y sangrienta; esfango en las artesas, el oro puro en que el artista talla luego susjoyas maravillosas; de lo fétido de la vida, saca almíbar la fruta ycolores la flor: nace el hombre del dolor y la tiniebla del senomaternal, y del alarido y el desgarramiento sublime; ¡y las fuerzasmagníficas y corrientes de fuego que en el horno del sol se precipitan yconfunden, no parecen de lejos, a los ojos humanos sino manchas!».Hablando de los peligros que podían hacer desfallecer y cejar al cubanoen su afán de libertad, decía entre otras cosas: «¿O nos ha de echaratrás el miedo a las tribulaciones de la guerra, azuzado por genteimpura que está a paga del Gobierno español, el miedo a andar descalzo,que es un modo de andar ya, muy común en Cuba, porque entre los ladronesy los que los ayudan, ya no tiene en Cuba zapatos más que los cómplicesy los ladrones?». Los pechos todos vibraron de entusiasmo y de cariño alescucharlo, y el alma de todos, como una marejada, lo envolvió y llenóde una titánica alegría. ¡Él vio sin duda en aquella noche radiosa, enaquella noche memorable, al terminar su oración, a su pobre patriallorosa, entre convites y villanías, de barragana y flor marchita por elmundo, y vio también, alucinado por el estruendo de los aplausos y losvítores, a caballo el ejército de la Libertad, echándose sobre lospalacios podridos donde se cobijaban las almas de coleta y sotana,símbolos de la secular dominación de España....

A la siguiente noche, 27 de noviembre, habló sobre el asesinato de losestudiantes del 71, y su discurso fue una joya, una flor que no sesecará nunca sobre la tumba de los ocho adolescentes. Y

el 28 del mismomes, salió de nuevo para New York, en donde a los pocos días recibió unejemplar del periódico El Yara, de Cayo Hueso, que dirigía elirreductible cubano José Dolores Poyo, y en el que se expresabavivamente el deseo de que les hiciera una visita. Con este motivo, Martíle escribió el 25 de diciembre del mismo año, una carta a Poyo, en laque le daba las gracias por haberle adivinado sus deseos de visitar alos cubanos del peñón rebelde. En esa carta le decía entre otras cosas:«¿Pero cómo ir al Cayo de mi propia voluntad como pedigüeño de fama queva a buscarse amigos, o como solicitante, cuando quien ha de ir en mí,es un hombre de sencillez y de ternura, que tiembla de pensar que sushermanos pudieran caer en la política engañosa y autoritaria de lasmalas Repúblicas? Es tan dulce obedecer el mandato de los compatriotas,como es indecoroso solicitarlo. Es mi sueño que cada cubano sea hombrepolítico enteramente libre, como entiendo que el cubano del Cayo es, yobre en todos sus actos, por su simpatía juiciosa y su elecciónindependiente, sin que le venga de fuera de sí, el influjo dañino dealgún interés disimulado. Pues aunque se muera uno del deseo de entraren la casa querida, ¿qué derecho tiene a presentarse de huésped intimo,a donde no lo llaman? Mejor pasar por seco—aunque se esté saliendo decariño tierno el corazón—, que pasar por lisonjeador, o buscador, oentrometido, que faltar con una visita meramente personal al respeto quedebo a la independencia y libre creación de los cubanos. Pero mándenme,y ya verán cuán viejo era mi deseo de apretar esas manos fundadoras». EnCayo Hueso hubo indecisión sobre si debía o no llamársele. Pero por fin,y por acuerdo del Club «Patria y Libertad», se le llamó. Martí salióenseguida para Cayo Hueso, siendo acompañado en su viaje, desde Tampa,por representantes de los Clubs «Ignacio Agramonte», y

«La LigaPatriótica». El 25 de diciembre llegó, mal de salud, al Cayo. Noobstante, habló varias ocasiones, arrebatando al auditorio, hasta queya, verdaderamente enfermo, le prohibieron los médicos que saliera de suhabitación. En cama estuvo doce días, al cabo de los cuales, un tantorestablecido, se levantó y visitó, uno por uno, todos los talleres,predicando la fe patriótica.

Más tarde, en una reunión a que citó y a laque asistieron varios jefes de la guerra del 68, se expuso la idea deorganizar bajo una sola, bandera a los cubanos emigrados. Martí recogióesa idea y redactó entonces, ese monumento de amor y de concordia que sellama: «Bases del Partido Revolucionario Cubano». De regreso de CayoHueso pasó por Tampa, siendo aprobadas en esta ciudad las referidasbases, siguiendo a New York, en donde lo esperaba un gran pesar: lacarta denostadora que el General Enrique Collazo, por error o ceguedaddel momento, le escribiera desde La Habana, y que firmaron con él, otrasdistinguidas personalidades de la revolución. A esa carta contestó Martícon otra que es como un blando arroyo de aguas puras que llevara en sucorriente la hoja de una espada. Refiriéndose a los ataques personalesque se le hicieron escribió: «Y ahora señor Collazo, ¿qué le diré de mipersona? Si mi vida me defiende nada puedo alegar que me ampare más queella. Y si mi vida me acusa, nada podré decir que la abone.

Defiéndamemi vida. Queme usted la lengua señor Collazo, a quien le haya dicho queserví yo a la madre patria. Queme usted la lengua a quien le haya dichoque serví de algún modo, o pedí puesto alguno, al partido liberal. Creoseñor Collazo, que ha dado a mi tierra, desde que conocí la dulzura desu amor, cuanto hombre puede dar. Creo que he puesto a sus pies muchasveces fortuna y honores. Creo que no me falta el valor necesario paramorir en su defensa». Este incidente quedó satisfactoriamente arregladopara ambos servidores de la patria, polvo hoy uno y luz en el recuerdo,y reliquia viva el otro, escapada al peligro del naufragio y de lamuerte....

A la sazón, por todas las emigraciones iban siendo conocidas y aceptadaslas «Bases del Partido Revolucionario Cubano»: y el diario de abril de1892—aniversario de aquel otro 10 de abril de Guáimaro—, quedóproclamado este y nombrado Martí, por el cómputo de votos de todos losemigrados, Delegado, cargo que llevaba en sí la suprema dirección de lostrabajos de esa gigantesca corporación, que fue casa, tribuna ytrinchera de las libertades cubanas en el exterior....

Desde el momento en que asumió Martí ese cargo, comenzó la labor másextraordinaria que pueda imaginarse la mente humana. De New York, pasó aCosta Rica, a entrevistarse con los generales Antonio y José Maceo, yFlor Crombet, de los cuales tuvo la aprobación más calurosa por lostrabajos emprendidos. En Costa Rica habló y fundó Clubs, pasando luegopor segunda vez a México en donde despertó el entusiasmo patriótico delos cubanos. El 15 de septiembre de 1892, le dirigió una carta algeneral Máximo Gómez, invitándolo a que aceptara la investidura deencargado supremo del ramo de la guerra, a que «ayudara a organizardentro y fuera de la isla, el Ejército Libertador que había de poner aCuba, y a Puerto Rico con ella, en condiciones de realizar con métodosejecutivos y espíritu republicano su deseo manifiesto y legítimo deindependencia». En dicha carta invitaba al generalísimo, a ese nuevosacrificio, en momentos en que no tenía más remuneración queofrecerle—según sus palabras—«que el placer del sacrificio y laingratitud probable de los hombres»; invitación a la que el generalGómez contestó aceptando, en noble y generosa carta, y a la que Martícorrespondió, yendo a visitarlo en Santo Domingo, la República hermanapor la gloria y el martirio. De Santo Domingo emprendió Martí unaexcursión por todos los pueblos de la Unión Americana y algunos deAmérica Latina, volviendo a New York. Allí su vida era un vértigo. Seescribía Patria, el periódico que fundó, junto con el «PartidoRevolucionario», contestaba una numerosa correspondencia, fundaba clubs,escribía artículos de propaganda, en inglés, para periódicos deFiladelfia y New York, y pronunciaba discursos. Relámpagos parecía teneraquel hombre por músculos, tal era la prisa en que vivía. Increíbleparece que aquel cuerpo flaco y endeble, encerrara dentro de sí espíritutan gigantesco y tan fuerte, hecho a golpes de zarpas y a caricias deala, capaz de abrir surcos y levantar cimientos y capaz, de poemizar eldolor e idealizar el martirio; apto para abrigar una tempestad y paraecharse todo entero en el cáliz de un jazmín....

En 1893, la intentona de Purnio y su fracaso le quebrantaron la salud.Pero no por eso se echó como débil mujerzuela a llorar tristezas, sinoque después de publicar un manifiesto de levantado espíritu patriótico,continuó, con más bríos si cabe, la tarea enorme de hacer patria, tareaque fue sobre sus hombros una cruz, semejante a la que llevara, a travésde su calle de Amargura, el Cristo dulce y bueno de los cristianos.Igualmente que los sucesos de Purnio, muestra evidente de la inquietudque ya reinaba en la isla mártir, los pronunciamientos de Lajas yRanchuelo, en 1894, lo magullaron hondamente. Pero, incansable, a cadagolpe se levantaba más potente. A fines de ese mismo año fue que,teniéndolo ya todo dispuesto para la lucha, escribió a Eduardo H. Gato,el cubano rico del Cayo, una carta, que es un poema de dolor, pidiéndole$5000 y otra a José María Izaguirre, cubano rico de New Orleans,pidiéndole cantidad parecida. De la carta a Gato son estas frases: «Todominuto me es preciso para ajustar la obra de afuera con la del país. ¿Yme habré de echar por esas calles, despedazado y con náuseas de muerte,vendiendo con mis súplicas desesperadas nuestra hora de secreto, cuandousted con este gran favor, puede darme el medio de bastar a todo conholgura, y de cubrir con mi serenidad los movimientos?». «Si le escribomás me parece que le ofendo. Usted es hombre capaz de grandeza: esta essu ocasión. ¿Le prestaría a un negociante $5000 y no a su Cuba? Deme unarazón más de tener orgullo de ser cubano». Y de la carta a Izaguirreeste es el final: «¿Me lastimará usted mi fe? ¿Y en vano habré salido sufiador?

Porque lo garanticé desde el principio como si hubiéramoshablado de esto y tuviera autoridad de usted para su oferta. ¿No me lada su vida y nuestra amistad? Le saluda la casa y quiero que me quierapor haber tenido esta certeza de usted, no en la hora de la gloria, sinoen la del sacrificio.

Yo voy a morir, si es que en mí queda ya mucho devivo. Me matarán de bala, o de maldades.

Pero me queda el placer de quehombres como usted me hayan amado. No sé decirle adiós.

Sírvame como sinunca más debiera volverme a ver». Y esos cubanos respondieronmandándole lo que él les pedía. ¡Y cómo no! ¿Se podía negar, se podíadecir que no, a quien pedía de ese modo, resplandeciente de limpieza yde angustia? Dispuesto todo para emprender la empresa definitiva,recorrió por última vez las emigraciones, y cuando se detuvo en unpuerto de la Florida, en enero de 1895, ya todo lo tenía preparado paracaer sobre su tierra a bandera desplegada. Tres barcos, «Amadís»,«Lagonda» y «Baracoa», cargados de armas y pertrechos ya estaban parasalir de Fernandina, cuando las Autoridades de aquella ciudad, losdetuvieron. La traición de un miserable, que estará mientras viva, librede todo, menos del remordimiento, vendió su poderoso plan. Entonces síque sufrió Martí lo indecible. Imagínenselo triste, rabioso,colérico—¡colérico él, Dios mío!—viendo acaso en el espanto y horror desus ojos desmesuradamente abiertos, descender sobre su patria como unsudario de muerte, y sobre su corazón como una mano de hierro....

Perseguido por los Agentes españoles salió de Fernandina y llegó a NewYork. Allí le volvió la vida: ¡podía salvar parte de las armasapresadas! Y el 29 de enero escribió la orden de levantamiento para losjefes de la revolución en Cuba, y el 31 salió en compañía de losgenerales María Rodríguez y Collazo para Santo Domingo, con el fin deunirse allí con Máximo Gómez. Se detuvo en Cabo Haitiano, en donde pasóvarias semanas de verdadera zozobra, rodeado de malvados e impotentes.Allí fue a moverle con furia, el espíritu, la noticia del levantamientodel 24 de febrero, la noticia de que ya en su tierra se peleaba,cumpliendo órdenes suyas, por el decoro y la libertad. Esto lo animó ydesesperó más. Después de ese momento ni el sueño ni el descanso lehicieron falta: vivía en una constante actividad. Así vio pasar todo elmes de marzo y llegar abril, y sin poder embarcarse para las playasamadas, donde ya se moría como él sabría morir. El 25 de marzo, ya envísperas de viaje, en el pórtico del gran deber, le escribió a suamigo, el dominicano y poeta y escritor, Federico Henríquez Carvajal,una carta que alguien ha llamado su testamento político, y de la cualvienen a mi mente estos conceptos que debía grabar todo cubano en lo máspuro y bueno de sus entrañas: «Yo evoqué la guerra: mi responsabilidadcomienza con ella, en vez de acabar. Para mí la patria no será nuncatriunfo, sino agonía y deber. Ya arde la sangre. Ahora hay que darrespeto y sentido humano y amable al sacrificio; hay que hacer viable einexpugnable la guerra; si ella me manda, conforme a mi deseo únicoquedarme, me quedo en ella; si me manda, clavándome el alma, irme lejosde los que mueren como yo sabría morir, también tendré ese valor. Quienpiensa en sí no ama a la patria; y está el mal de los pueblos, por másque a veces se lo disimulen sutilmente, en los estorbos o prisas que elinterés de sus representantes ponen en el curso natural de los sucesos.De mí espere la deposición absoluta y continua. Yo alzaré el mundo. Peromi único deseo sería pegarme allí, al último tronco, al último peleador:morir callado. Para mí ya es hora. Pero aun puedo servir a este únicocorazón de nuestras Repúblicas. Las Antillas libres salvarán laindependencia de nuestra América y el honor ya dudoso y lastimado de laAmérica inglesa, y acaso acelerarán y fijarán el equilibrio del mundo.Vea lo que hacemos, usted con sus canas juveniles y yo a rastras con micorazón roto. Yo obedezco, y aun diré que acato como superiordisposición y como Ley americana, la necesidad feliz de partir, alamparo de Santo Domingo, para la guerra de libertad de Cuba. Hagamos porsobre la mar, a sangre y a cariño, lo que por el fondo de la mar hace lacordillera de fuego andino». En esta carta dejó Martí mucho de su almallena del himno glorioso de la naturaleza y de la íntima majestad de lodivino. Pero donde puso todo el corazón rebosante de ternura y amor, fueen la carta última, que le escribió a su anciana madre, entonces aquí,al lado de los que se sentaban a la mesa del jerez y de la manzanilla acomer el plato del robo y de la villanía. Oíd esa carta: «Madre mía: Hoy25 de marzo, en vísperas de un largo viaje, estoy pensando en usted. Yosin cesar pienso en usted. Usted se duele en la cólera de su amor delsacrificio de mi vida: y ¿por qué nací de usted con una vida que ama elsacrificio? Palabras, no puedo. El deber de un hombre está allí donde esmás útil. Pero conmigo va siempre, en mi creciente y necesaria agonía,el recuerdo de mi madre. Abrace a mis hermanas y a sus compañeros. Ojalápueda algún día verlos a todos a mi alrededor, contentos de mí. Yentonces sí que cuidaré yo de usted con mimo y con orgullo. Ahorabendígame, y crea que jamás saldrá de mi corazón obra sin piedad y sinlimpieza. La bendición». ¡Yo no sé que se pueda decir más y de maneramás genial en tan pocas palabras! Si Martí no hubiera escrito más queesta carta, por ella solo tendría asiento perdurable entre los hombresque saben lo que es un adiós, lo que es desafiar la muerte, ¡y lo queuna madre significa!...

Y llegó por fin el momento feliz, término de todas sus angustias,satisfacción de todos sus anhelos. Después de publicar el grandiosomanifiesto de «Montecristi» de despachar el barco expedicionario paraMaceo, de vencer cuantas dificultades le salieron al camino, se embarcó,en unión de cinco compañeros, Máximo Gómez, Paquito Borrero, ÁngelGuerra, César Salas y Marcos del Rosario, en un vapor alemán que habíallegado de paso a Cabo Haitiano, y que según la promesa de su Capitán aMartí, los conduciría cerca de las costas de Cuba y les cedería un botepara llegar a tierra. Oíd el relato, hecho a tajos, de esa odiseamilagrosa. Era el 10 de abril, día glorioso dos veces en los anales dela historia cubana, cuando se echaron al mar esos hombres magníficos; yel 11, a pocas millas de la costa, detiene el vapor que los conducía sumarcha, bajan la escala, echan al agua uno de sus botes y en él seinstalan los seis expedicionarios «con gran carga de parque y un sacocon queso y galletas». Y a las seis horas de remar, bajo un cielo negroy tenebroso, arrullado por olas alborotadas, caen sigilosos sobre lacosta de Cuba, llenos de una dicha superior al peligro que habíancorrido y que habían de correr. Ya en tierra, cargados como bestias,subieron los espinares y pasaron las ciénegas y cruzaron ríos crecidos ysubieron cumbres, hasta que dieron con la guerrilla baracoana de FélixRuenes «hombre de consejo y moderación»

como lo llamó Martí, y a quienla gloria le crece ya sobre la sepultura. Oigamos las impresionesprimeras de Martí, en los campos de Cuba libre: «Hasta hoy no me hesentido hombre. He vivido avergonzado y arrastrando la cadena de mipatria, toda mi vida. La divina claridad del alma aligera mi cuerpo.Este reposo y bienestar explican la constancia y el júbilo con que loshombres se ofrecen al sacrificio». «Es muy grande mi felicidad: sinilusión alguna de mis sentidos ni pensamiento excesivo en mí propio, nialegría egoísta y pueril, puedo decir que llegué al fin, a mi plenanaturaleza; y que el honor que en mis paisanos vea, en la naturaleza quenuestro valor nos da derecho, me embriaga la dicha con dulce embriaguez.Solo la luz es comparable a mi felicidad». Cerca, de la costapermanecieron Martí y sus compañeros hasta el día 16 que salieron condirección a la jurisdicción de Guantánamo. Los españoles, sabedores dela llegada de los expedicionarios y de que rondaban por esos lugares, lesalieron al encuentro en número de cuatrocientos hombres. Y el día 27,por suerte, estando ya Martí y los suyos con las fuerzas de Garzón yMariano Sánchez y José Maceo que asumió el mando de todas, fueronatacados por el enemigo. De este encuentro contaba Martí: «Me sientopuro y leve, y siento en mí algo como la paz de un niño. ¿Por qué mevuelvo a acordar ahora de la larga marcha, para mí la primera marcha debatalla que siguió al combate victorioso con que nos recibió el valientey sencillo José Maceo? Porque fue muy bella y quisiera que ustedes lahubieran visto conmigo. ¿O tenía el cielo balcones y los seres que meson queridos estaban asomados a uno de ellos? A la mañana veníamos, aunlos pocos de la expedición de Baracoa, los seis y los que se nos fueronuniendo, revueltos por el monte de espinas y con la mano al arma,esperando por cada vereda al enemigo.

Retumba de repente el tiroteo comoa pocos pasos de nosotros, y el fuego es de dos horas. Los nuestros hanvencido. Cien cubanos bisoños han apagado treinta hombres de la columnaentera de Guantánamo: trescientos teníamos, pero solo pelearon cien;ellos se van pueblo adentro, deshechos, ensangrentados, con los muertosen brazos, regando las armas. En el camino mismo del combate nosesperaban cubanos triunfadores: se echan de los caballos abajo; nosabrazan y nos vitorean; nos suben a caballo y nos calzan las espuelas;¿cómo no me inspira horror la mancha de sangre que hay en el camino? ¿nila sangre a medio secar de una cabeza que ya está enterrada, en lacartera que le puso de almohada un jinete nuestro?». «Ya duerme elcampamento: al pie de un árbol grande iré luego a dormir, junto almachete y el revólver, y de almohada mi capa de hule: ahora, abro eljolongo y saco de él la medicina para los heridos. ¡Qué cariñosas lasestrellas... a las tres de la madrugada! A las cinco abiertos losojos...». «A cada momento alzo la pluma, o dejo el taburete y el cortede palma en que escribo, para adivinarle a un doliente la maluquera,porque de piedad o casualidad se me han juntado en el bagaje másremedios que ropa, y no para mí que no estuve más sano nunca. Y ello esque tengo acierto, y ya me he ganado mi poco de reputación, sin más quesaber como está hecho el cuerpo humano, y haber traído conmigo elmilagro del iodo. Y el del cariño, que es otro milagro; en el que andocon tacto, y con rienda severa, no vaya la humanidad a parecervergonzosa adulación, aunque es rara la claridad del alma, y como finuraen el sentir que embellece, por entre palabras pícaras, y disputas yfritos y guisos, esta vida de campamento». Hasta aquí de sus cartas.Triunfal fue la marcha de Martí por los campos de Cuba libre: por dondequiera que pasaba iba dejando—como dicen que proclamaba José Maceo—, vergüenza y alegría. Más de diez veces les habló Martí a fuerzascubanas en guerra y siempre les dejó la mente en alto y el almacontenta. ¡Todavía viven algunos de los que oyeron a caballo y con lamano a la cintura su elocuencia arrebatadora: todavía viven algunos delos que le vieron sin cansancio y sin fatiga andando con el rifle alhombro por las montañas agrias, por los pedregales ásperos, por los ríoscreídos, por las ciénegas espantables.

Y llega el 19 de mayo, el día aciago, el día tremendo. El sol lucía enel zenit. Martí y Masó estaban acampados en Vuelta Grande cuando llegóel General Gómez y fue como un jubileo el campamento. Masó y Martí yMáximo Gómez le hablaron a las fuerzas y fueron vitoreados y aclamados.A poco avisan las avanzadas que estaban cerca de Dos Ríos la proximidaddel enemigo. De Vuelta Grande a Dos Ríos había poco más de una legua.Los soldados cubanos, entusiasmados por las arengas que acababan de oír,a vuelo de caballo se ponen frente a los contrarios. En breves momentosel combate se generaliza; la atmósfera se preña de humo y olor apólvora; el aire es épico. Entonces es que Martí, desmadejado elcabello, los ojos fúlgidos y relampagueantes, el pecho henchido deorgullo, enardecido, arrebatado, impaciente por el sacrificio e inquietopor la emulación, invita a la carga a su ayudante Ángel la Guardia—

aquelfiero aguilucho caído en Victoria de las Tunas—, aviva con las espuelassu noble bruto, y gozoso como un niño que ha crecido un palmo, y como sihubiera alcanzado a ver, reducido a la pequeñez de un montón de carnehumana, todo el Gobierno de rencores, de insultos, de envidias, demezquindades, de ambiciones, de la oligarquía esquilmadora que le vejabasu tierra, se echa sobre los rifles enemigos y cae acribillado abalazos, con la limpieza y majestad de un Dios, del brazo de la muerteque es inmortal, y coronado por la fulgente claridad del martirio y dela gloria.... Así terminó, así se obscureció para siempre, la lámparapura y serena de aquel gran cerebro, «dictador de genio»; así dejó delatir aquel gran corazón, profesor de virtudes; así, entre chocar deaceros y estampidos de fusilería, pasó el gran Apóstol a ser huéspedeterno de la suprema luz. Allí, en los campos de Dos Ríos, campos yapara siempre memorables, se apagó aquel astro inmenso que parecíainmortal; allí cayó peleando por la independencia de su patria,arremetiendo contra los defensores de la tiranía, la cabeza imperialdescubierta y nutrida de leyendas y de asombros, con el alma en el aire,el batallador infatigable que fue para los cubanos, con sus racimos depalabras y sus manantiales de ternuras, como otra isla sonora yespiritual....

Allí, a aquellos campos, en silencio, que recogieron suúltima mirada y su último suspiro y que supieron también del primergrito de desolación y de angustia que arrancó a los suyos su caída; allídebieran ir en legiones los cubanos vivos, a purificarse y a lavarse desus culpas y pecados.

Allí, a aquellos campos donde entregó su vida elhéroe más puro y grande del poema de hierro de nuestras guerras deindependencia, debieran ir los que ahora, olvidados de todo lo que nosea su personal interés, ponen la patria de cabalgadura y de látigo lagloria que conquistaron en su defensa; los prácticos eternos que nopiensan ni por un momento en la gloria de morir peleando por la libertady sí en lo cómodo de vivir, aunque sea de rodillas, a los pies de losamos del momento; los que no saben que hay algo más triste que seresclavo, y es mostrar que no se es digno de ser libre... ¿Y se perderáentre los cubanos el recuerdo de existencia tan pura, tan meritísima yejemplar? ¿Será tanta nuestra pequeñez, que ocupados en buscar lacomodidad y el gusto y el regalo personal, no miremos que se nos puedecaer la casa de todos, la obra santa que él coronó a costa de su sangre?¿Será todo chiste, ira, medro? Inspirémonos en él, y depongamos nuestrosagravios y nuestras inquinas: amémonos los unos a los otros, y clavemosen lo más firme y alto de nuestra tierra la bandera de nuestranacionalidad. Y vigilemos para que de su triángulo rojo no se salgajamás la estrella solitaria, ni para hundirse en la nada, ni para dar subrillo, entonces más sola que nunca, entre el montón de estrellas delpabellón americano....

Hasta aquí de su vida; de su obra hablaré en otra ocasión.

Y ahora, Maestro y Padre, escucha: el niño aquel que en la emigración tesiguió febril, enamorado de tu bondad y tu talento, el niño aquel quepor serlo, no te acompañó en la hora de tu muerte, se ha hecho hombre yte es fiel, y de las semillas de amor que tú le dejaste caer en elpecho, esto es el fruto. Tu memoria lo fortalece como una esperanza,como un faro lo guía, como un ala lo levanta. Y si es verdad que la vidahumana no es toda la vida, si es verdad que después de ella hay otraexistencia superior, ordena, que él no quiere para sí mayor gloria quela de obedecer a tu mandato. Él no se cansa de predicar tus doctrinas nide continuar, a la medida de sus fuerzas, tu obra de ensanchamiento y dereparación universal. Tus libros, que ahora mismo Gonzalo de Quesada, tubuen Gonzalo, publica para reverenciarte, constituyen su Biblia. Y

todaslas noches, al poner la cabeza sobre la almohada libre, piensa en ti, ymurmura agitado como por un temblor de héroe: Maestro ¡gloria a ti!Padre, bendito seas....

Amistad funesta

Novela

Capítulo I

Una frondosa magnolia, podada por el jardinero de la casa con manosdemasiado académicas, cubría aquel domingo por la mañana con su sombra alos familiares de la casa de Lucía Jerez. Las grandes flores blancas dela magnolia, plenamente abiertas en sus ramas de hojas delgadas ypuntiagudas, no parecían, bajo aquel cielo claro y en el patio deaquella casa amable, las flores del árbol, sino las del día, ¡esasflores inmensas e inmaculadas, que se imaginan cuando se ama mucho! Elalma humana tiene una gran necesidad de blancura. Desde que lo blanco seoscurece, la desdicha empieza. La práctica y conciencia de todas lasvirtudes, la posesión de las mejores cualidades, la arrogancia de losmás nobles sacrificios, no bastan a consolar el alma de un soloextravío.

Eran hermosas de ver, en aquel domingo, en el cielo fulgente, la luzazul, y por entre los corredores de columnas de mármol, la magnoliaelegante, entre las ramas verdes, las grandes flores blancas y en susmecedoras de mimbre, adornadas con lazos de cinta, aquellas tres amigas,en sus vestidos de mayo: Adela, delgada y locuaz, con un ramo de rosasJacqueminot al lado izquierdo de su traje de seda crema; Ana, ya próximaa morir, prendida sobre el corazón enfermo, en su vestido de muselinablanca, una flor azul sujeta con unas hebras de trigo; y Lucía, robustay profunda, que no llevaba flores en su vestido de seda carmesí, «porqueno se conocía aun en los jardines la flor que a ella le gustaba: ¡laflor negra!».

Las amigas cambiaban vivazmente sus impresiones de domingo. Venían demisa; de sonreír en el atrio de la catedral a sus parientes y conocidos;de pasear por las calles limpias, esmaltadas de sol, como floresdesatadas sobre una bandeja de plata con dibujos de oro. Sus amigas,desde las ventanas de sus casas grandes y antiguas, las habían saludadoal pasar. No había mancebo elegante en la ciudad que no estuviese aquelmediodía por las esquinas de la calle de la Victoria.

La ciudad, en esasmañanas de domingo, parece una desposada. En las puertas, abiertas depar en par, como si en ese día no se temiesen enemigos, esperan a losdueños los criados, vestidos de limpio. Las familias, que apenas se hanvisto en la semana, se reúnen a la salida de la iglesia para ir asaludar a la madre ciega, a la hermana enferma, al padre achacoso. Losviejos ese día se remozan. Los veteranos andan con la cabeza máserguida, muy luciente el chaleco blanco, muy bruñido el puño del bastón.Los empleados parecen magistrados. A los artesanos, con su mejorchaqueta de terciopelo, sus pantalones de dril muy planchado y susombrerín de castor fino, da gozo verlos. Los indios, en verdad,descalzos y mugrientos, en medio de tanta limpieza y luz, parecenllagas. Pero la procesión lujosa de madres fragantes y niñas galanascontinúa, sembrando sonrisas por las aceras de la calle animada; y lospobres indios, que la cruzan a veces, parecen gusanos prendidos atrechos en una guirnalda. En vez de las carretas de comercio o de lasarrias de mercaderías, llenan las calles, tirados por caballos altivos,carruajes lucientes. Los carruajes mismos, parece que van contentos, ycomo de victoria. Los pobres mismos, parecen ricos. Hay una quietudmagna y una alegría casta. En las casas todo es algazara. Los nietos¡qué ir a la puerta, y aturdir al portero, impacientes por lo que laabuela tarda! Los maridos ¡qué celos de la misa, que se les lleva, consus mujeres queridas, la luz de la mañana! La abuela, ¡cómo vienecargada de chucherías para los nietos, de los juguetes que fue reuniendoen la semana para traerlos a la gente menor hoy domingo, de losmazapanes recién hechos que acaba de comprar en la dulcería francesa, delos caprichos de comer que su hija prefería cuando soltera, qué carruajeel de la abuela, que nunca se vacía! Y en la casa de Lucía Jerez no sesabía si había más flores en la magnolia, o en las almas.

Sobre un costurero abierto, donde Ana al ver entrar a sus amigas pusosus enseres de coser y los ajuares de niño que regalaba a la Casa deExpósitos, habían dejado caer Adela y Lucía sus sombreros de paja, concintas semejantes a sus trajes, revueltas como cervatillos que retozan.¡Dice mucho, y cosas muy traviesas, un sombrero que ha estado una horaen la cabeza de una señorita! Se le puede interrogar, seguro de queresponde: ¡de algún elegante caballero, y de más de uno, se sabe que harobado a hurtadillas una flor de un sombrero, o ha besado sus cintaslargamente, con un beso entrañable y religioso! El sombrero de Adela eraligero y un tanto extravagante, como de niña que es capaz de enamorarsede un tenor de ópera: el de Lucía era un sombrero arrogante yamenazador; se salían por el borde del costurero las cintas carmesíes,enroscadas sobre el sombrero de Adela como una boa sobre una tórtola:del fondo de seda negro, por los reflejos de un rayo de sol que filtrabaoscilando por una rama de la magnolia, parecían salir llamas.

Estaban las tres amigas en aquella pura edad en que los caracterestodavía no se definen: ¡ay, en esos mercados es donde suelen los jóvenesgenerosos, que van en busca de pájaros azules, atar su vida a lindosvasos de carne que a poco tiempo, a los primeros calores fuertes de lavida, enseñan la zorra astuta, la culebra venenosa, el gato frío eimpasible que les mora en el alma!

La mecedora de Ana no se movía, tal como apenas en sus labios pálidos laafable sonrisa: se buscaban con los ojos las violetas en su falda, comosi siempre debiera estar llena de ellas. Adela no sin esfuerzo semantenía en su mecedora, que unas veces estaba cerca de Ana, otras deLucía, y vacía las más. La mecedora de Lucía, más echada hacia adelanteque hacia atrás, cambiaba de súbito de posición, como obediente a ungesto enérgico y contenido de su dueña.

—Juan no viene: ¡te digo que Juan no viene!

—¿Por qué, Lucía, si sabes que si no viene te da pena?

—¿Y no te pareció Pedro Real muy arrogante? Mira, mi Ana, dame elsecreto que tú tienes para que te quiera todo el mundo: porque esecaballero, es necesario que me quiera.

En un reloj de bronce labrado, embutido en un ancho plato de porcelanade ramos azules, dieron las dos.

—Lo ves, Ana, lo ves; ya Juan no viene—y se levantó Lucía; fue a uno delos jarrones de mármol colocados entre cada dos columnas, de las que deun lado y otro adornaban el sombreado patio; arrancó sin piedad de sutallo lustroso una camelia blanca, y volvió silenciosa a su mecedora,royéndole las hojas con los dientes.

—Juan viene siempre, Lucía.

Asomó en este momento por la verja dorada que dividía el zaguán de laantesala que se abría al patio, un hombre joven, vestido de negro, dequien se despedían con respeto y ternura uno de mayor edad, de ojosbenignos y poblada barba, y un caballero entrado en largos años, triste,como quien ha vivido mucho, que retenía con visible placer la mano deljoven entre las suyas:

—Juan, ¿por qué nació usted en esta tierra?

—Para honrarla si puedo, don Miguel, tanto como usted la ha honrado.

Fue la emoción visible en el rostro del viejo; y aun no habíadesaparecido del zaguán, de brazo del de la buena barba, cuando Lucía,demudado el rostro y temblándole en las pestañas las lágrimas, estaba enpie, erguida con singular firmeza, junto a la verja dorada, y decía,clavando en Juan sus dos ojos imperiosos y negros:

—Juan, ¿por qué no habías venido?

Adela estaba prendiendo en aquel momento en sus cabellos rubios unjazmín del Cabo.

Ana cosía un lazo azul a una gorrita de recién nacido, para la Casa deExpósitos.

—Fui a rogar—respondió Juan sonriendo dulcemente—, que no apremiasen porla renta de este mes a la señora del Valle.

—¿A la madre de Sol? ¿de Sol del Valle?

Y pensando en la niña de la pobre viuda, que no había salido aun delcolegio, donde la tenía por merced la Directora, se entró Lucía, sinvolver ni bajar la cabeza, por las habitaciones interiores, en tanto queJuan, que amaba a quien lo amaba, la seguía con los ojos tristemente.

Juan Jerez era noble criatura. Rico por sus padres, vivía sin elencogimiento egoísta que desluce tanto a un hombre joven, mas sinaquella angustiosa abundancia, siempre menor que los gastos y apetitosde sus dueños, con que los ricuelos de poco sentido malgastan en empleosestúpidos, a que llaman placeres, la hacienda de sus mayores. De sípropio, y con asiduo trabajo, se había ido creando una numerosaclientela de abogado, en cuya engañosa profesión, entre nosotrosperniciosamente esparcida, le hicieron entrar, más que su voluntad, dadaa más activas y generosas labores, los deseos de su padre, que en ladefensa de casos limpios de comercio había acrecentado el haber queaportó al matrimonio su esposa. Y así Juan Jerez, a quien la Naturalezahabía puesto aquella coraza de luz con que reviste a los amigos de loshombres, vino, por esas preocupaciones legendarias que desfloran ytuercen la vida de las generaciones nuevas en nuestros países, a pasar,entre lances de curia que a veces le hacían sentir ansias y vuelcos, losaños más hermosos de una juventud sazonada e impaciente, que veía en lasdesigualdades de la fortuna, en la miseria de los infelices, en losesfuerzos estériles de una minoría viciada por crear pueblos sanos yfecundos, de soledades tan ricas como desiertas, de poblacionescuantiosas de indios míseros, objeto más digno que las controversiasforenses del esfuerzo y calor de un corazón noble y viril.

Llevaba Juan Jerez en el rostro pálido, la nostalgia de la acción, laluminosa enfermedad de las almas grandes, reducida por los deberescorrientes o las imposiciones del azar a oficios pequeños; y en los ojosllevaba como una desolación, que solo cuando hacía un gran bien, otrabajaba en pro de un gran objeto, se le trocaba, como un rayo de solque entra en una tumba, en centelleante júbilo. No se le dijera entoncesun abogado de estos tiempos, sino uno de aquellos trovadores que sabíantallarse, hartos ya de sus propias canciones, en el mango de su guzla laempuñadura de una espada. El fervor de los cruzados encendía en aquellosbreves instantes de heroica dicha su alma buena; y su deleite, que leinundaba de una luz parecida a la de los astros, era solo comparable ala vasta amargura con que reconocía, a poco que en el mundo noencuentran auxilio, sino cuando convienen a algún interés que las vicia,las obras de pureza. Era de la raza selecta de los que no trabajan parael éxito, sino contra él. Nunca, en esos pequeños pueblos nuestros dondelos hombres se encorvan tanto, ni a cambio de provechos ni devanaglorias cedió Juan un ápice de lo que creía sagrado en él, que erasu juicio de hombre y su deber de no ponerlo con ligereza o por paga alservicio de ideas o personas injustas; sino que veía Juan suinteligencia como una investidura sacerdotal, que se ha de tener siemprede manera que no noten en ella la más pequeña mácula los feligreses; yse sentía Juan, allá en sus determinaciones de noble mozo, como unsacerdote de todos los hombres, que uno a uno tenía que ir dándolesperpetua cuenta, como si fuesen sus dueños, del buen uso de suinvestidura.

Y cuando veía que, como entre nosotros sucede con frecuencia, un hombrejoven, de palabra llameante y talento privilegiado, alquilaba por lapaga o por el puesto aquella insignia divina que Juan creía ver en todasuperior inteligencia, volvía los ojos sobre sí como llamas que lequemaban, tal como si viera que el ministro de un culto, por pagarse labebida o el juego, vendiese las imágenes de sus dioses. Estos soldadosmercenarios de la inteligencia lo tachaban por eso de hipócrita, lo queaumentaba la palidez de Juan Jerez, sin arrancar de sus labios unaqueja. Y otros decían, con más razón aparente—aunque no en el caso deél—, que aquella entereza de carácter no era grandemente meritoria enquien, rico desde la cuna, no había tenido que bregar por abrirsecamino, como tantos de nuestros jóvenes pobres, en pueblos donde porviejas tradiciones coloniales se da a los hombres una educaciónliteraria, y aun esta descosida e incompleta, que no halla luego naturalempleo en nuestros países despoblados y rudimentarios, exuberantes, sinembargo, en fuerzas vivas, hoy desaprovechadas o trabajadas apenas,cuando para hacer prósperas a nuestras tierras y dignos a nuestroshombres no habría más que educarlos de manera que pudiesen sacarprovecho del suelo providísimo en que nacen. A manejar la lengua habladay escrita les enseñan, como único modo de vivir, en pueblos en que lasartes delicadas que nacen del cultivo del idioma no tienen el númerosuficiente, no ya de consumidores, de apreciadores siquiera, querecompensen, con el precio justo de estos trabajos exquisitos, la laborintelectual de nuestros espíritus privilegiados. De modo que, como conel cultivo de la inteligencia vienen los gustos costosos, tan naturalesen los hispanoamericanos como el color sonrosado en las mejillas de unaniña quinceña; como en las tierras calientes y floridas, se despiertatemprano el amor, que quiere casa, y lo mejor que haya en la ebanisteríapara amueblarla, y la seda más joyante y la pedrería más rica para que atodos maraville y encele su dueña; como la ciudad, infecunda en nuestrospaíses nuevos, retiene en sus redes suntuosas a los que fuera de ella nosaben ganar el pan, ni en ella tienen cómo ganarlo, a pesar de sustalentos, bien así como un pasmoso cincelador de espadas de taza, quesabría poblar éstas de castellanas de larga amazona desmayadas en brazosde guerreros fuertes, y otras sutiles lindezas en plata y en oro, nohalla empleo en un villorrio de gente labriega, que vive en paz, o alpuñal o a los puños remite el término de sus contiendas; como connuestras cabezas hispanoamericanas, cargadas de ideas de Europa yNorteamérica, somos en nuestros propios países a manera de frutos sinmercado, cual las excrecencias de la tierra, que le pesan y estorban, yno como su natural florecimiento, sucede que los poseedores de lainteligencia, estéril entre nosotros por su mala dirección, ynecesitados para subsistir de hacerla fecunda, la dedican con excesoexclusivo a los combates políticos, cuando más nobles, produciendo asíun desequilibrio entre el país escaso y su política sobrada, o,apremiados por las urgencias de la vida, sirven al gobernante fuerte queles paga y corrompe, o trabajan por volcarle cuando, molestado aquel pornuevos menesterosos, les retira la paga abundante de sus funestosservicios. De estas pesadumbres públicas venían hablando el de la barbalarga, el anciano de rostro triste, y Juan Jerez, cuando este, ligadodesde niño por amores a su prima Lucía, se entró por el zaguán debaldosas de mármol pulido espaciosas y blancas como sus pensamientos.

La bondad es la flor de la fuerza. Aquel Juan brioso, que andaba siempreescondido en las ocasiones de fama y alarde, pero visible apenas sesabía de una prerrogativa de la patria desconocida o del decoro yalbedrío de algún hombre hollados; aquel batallador temible y áspero, aquien jamás se atrevieron a llegar, avergonzadas de antemano, lasofertas y seducciones corruptoras a que otros vociferantes de templevenal habían prestado oídos; aquel que llevaba siempre en el rostropálido y enjuto como el resplandor de una luz alta y desconocida, y enlos ojos el centelleo de la hoja de una espada; aquel que no veíadesdicha sin que creyese deber suyo remediarla, y se miraba como undelincuente cada vez que no podía poner remedio a una desdicha; aquelamantísimo corazón, que sobre todo desamparo vaciaba su piedadinagotable, y sobre toda humildad, energía o hermosura prodigabaapasionadamente su amor, había cedido, en su vida de libros yabstracciones, a la dulce necesidad, tantas veces funesta, de apretarsobre su corazón una manecita blanca. La de esta o la de aquella leimportaban poco; y él, en la mujer, veía más el símbolo de lashermosuras ideadas que un ser real.

Lo que en el mundo corre con nombre de buenas fortunas, y no son, por locomún, de una parte o de otra, más que odiosas vilezas, habían salido,una que otra vez, al camino de aquel joven rico a cuyo rostro venía, delos adentros del alma, la irresistible belleza de un noble espíritu.Pero esas buenas fortunas, que en el primer instante llenan el corazónde los efluvios trastornadores de la primavera, y dan al hombre laautoridad confiada de quien posee y conquista; esos amoríos de ocasión,miel en el borde, hiel en el fondo, que se pagan con la moneda másvaliosa y más cara, la de la propia limpieza; esos amores irregulares ysobresaltados, elegante disfraz de bajos apetitos, que se aceptan pordesocupación o vanidad, y roen luego la vida, como úlceras, sololograron en el ánimo de Juan Jerez despertar el asombro de que, sopretexto o nombre de cariño, vivan hombres y mujeres, sin caer muertosde odio a sí mismos, en medio de tan torpes liviandades. Y no cedía aellas, porque la repulsión que le inspiraba, cualesquiera que fuesen susgracias, una mujer que cerca de la mesa de trabajo de su esposo o juntoa la cuna de su hijo no temblaba de ofrecerlas, era mayor que laspenosas satisfacciones que la complicidad con una amante liviana producea un hombre honrado.

Era la de Juan Jerez una de aquellas almas infelices que solo puedenhacer lo grande y amar lo puro. Poeta genuino, que sacaba de losespectáculos que veía en sí mismo, y de los dolores y sorpresas de suespíritu, unos versos extraños, adoloridos y profundos, que parecíandagas arrancadas de su propio pecho, padecía de esa necesidad de labelleza que como un marchamo ardiente, señala a los escogidos del canto.Aquella razón serena, que los problemas sociales o las pasiones comunesno oscurecían nunca, se le ofuscaba hasta hacerle llegar a laprodigalidad de sí mismo, en virtud de un inmoderado agradecimiento.Había en aquel carácter una extraña y violenta necesidad del martirio, ysi por la superioridad de su alma le era difícil hallar compañeros quese la estimaran y animasen, él, necesitado de darse, que en su bienpropio para nada se quería, y se veía a sí mismo como una propiedad delos demás que guardaba él en depósito, se daba como un esclavo a cuantosparecían amarle y entender su delicadeza o desear su bien.

Lucía, como una flor que el sol encorva sobre su tallo débil cuandoesplende en todo su fuego el mediodía; que como toda naturalezasubyugadora necesitaba ser subyugada; que de un modo confuso eimpaciente, y sin aquel orden y humildad que revelan la fuerzaverdadera, amaba lo extraordinario y poderoso, y gustaba de los caballosdesalados, de los ascensos por la montaña, de las noches de tempestad yde los troncos abatidos; Lucía, que, niña aun, cuando parecía que lasobremesa de personas mayores en los gratos almuerzos de domingo debíafatigarle, olvidaba los juegos de su edad, y el coger las flores deljardín, y el ver andar en parejas por el agua clara de la fuente lospececillos de plata y de oro, y el peinar las plumas blandas de suúltimo sombrero, por escuchar, hundida en su silla, con los ojosbrillantes y abiertos, aquellas aladas palabras, grandes como águilas,que Juan reprimía siempre delante de gente extraña o común, pero dejabasalir a caudales de sus labios, como lanzas adornadas de cintas y deflores, apenas se sentía, cual pájaro perseguido en su nido caliente,entre almas buenas que le escuchaban con amor; Lucía, en quien un deseose clavaba como en los peces se clavan los anzuelos, y de tener querenunciar a algún deseo, quedaba rota y sangrando, como cuando elanzuelo se le retira queda la carne del pez; Lucía que, con suencarnizado pensamiento, había poblado el cielo que miraba, y losflorales cuyas hojas gustaba de quebrar, y las paredes de la casa en quelo escribía con lápices de colores, y el pavimento a que con los brazoscaídos sobre los de su mecedora solía quedarse mirando largamente; deaquel nombre adorado de Juan Jerez, que en todas partes por donde mirabale resplandecía, porque ella lo fijaba en todas partes con su voluntad ysu mirada como los obreros de la fábrica de Eibar, en España, embutenlos hilos de plata y de oro sobre la lámina negra del hierro esmerilado;Lucía, que cuando veía entrar a Juan, sentía resonar en su pecho unascomo arpas que tuviesen alas, y abrirse en el aire, grandes como soles,unas rosas azules, ribeteadas de negro, y cada vez que lo veía salir, letendía con desdén la mano fría, colérica de que se fuese, y no podíahablarle, porque se le llenaban de lágrimas los ojos; Lucía, en quienlas flores de la edad escondían la lava candente que como las vetas demetales preciosos en las minas le culebreaban en el pecho; Lucía, quepadecía de amarle, y le amaba irrevocablemente, y era bella a los ojosde Juan Jerez, puesto que era pura, sintió una noche, una noche de susanto, en que antes de salir para el teatro se abandonaba a suspensamientos con una mano puesta sobre el mármol del espejo, que JuanJerez, lisonjeado por aquella magnífica tristeza, daba un beso, largo yblando, en su otra mano. Toda la habitación le pareció a Lucía llena deflores; del cristal del espejo creyó ver salir llamas; cerró los ojos,como se cierran siempre en todo instante de dicha suprema, tal como sila felicidad tuviese también su pudor, y para que no cayese en tierra,los mismos brazos de Juan tuvieron delicadamente que servir de apoyo aaquel cuerpo envuelto en tules blancos, de que en aquella hora denacimiento parecía brotar luz. Pero Juan aquella noche se acostó triste,y Lucía misma, que amaneció junto a la ventana en su vestido de tules,abrigados los hombros en una aérea nube azul, se sentía, aromada como unvaso de perfumes, pero seria y recelosa....

—Ana mía, Ana mía, aquí está Pedro Real. ¡Míralo qué arrogante!

—Arrodíllate, Adela: arrodíllate ahora mismo—le respondió dulcementeAna, volviendo a ella su hermosa cabeza de ondulantes cabelloscastaños—; mientras que Juan, que venía de hacer paces con Lucíarefugiada en la antesala, salía a la verja del zaguán a recibir al amigode la casa.

Adela se arrodilló, cruzados los brazos sobre las rodillas de Ana; y Anahizo como que le vendaba los labios con una cinta azul, y le dijo aloído, como quien ciñe un escudo o ampara de un golpe, estas palabras:

—Una niña honesta no deja conocer que le gusta un calavera, hasta que nohaya recibido de él tantas muestras de respeto, que nadie pueda dudarque no la solicita para su juguete.

Adela se levantó riendo, y puestos los ojos, entre curiosos y burlones,en el galán caballero, que del brazo de Juan venía hacia ellas, losesperó de pie al lado de Ana, que con su serio continente, nunca duro,parecía querer atenuar en favor de Adela misma, su excesiva viveza.Pedro, aturdido y más amigo de las mariposas que de las tórtolas, saludóa Adela primero.

Ana retuvo un instante en su mano delgada la de Pedro, y con aquellosderechos de señora casada que da a las jóvenes la cercanía de la muerte.

—Aquí—le dijo—, Pedro: aquí toda esta tarde a mi lado—¡Quién sabe si,enfrente de aquella hermosa figura de hombre joven, no le pesaba a lapobre Ana, a pesar de su alma de sacerdotisa, dejar la vida! ¡Quién sabesi quería solo evitar que la movible Adela, revoloteando en torno deaquella luz de belleza, se lastimase las alas!

Porque aquella Ana era tal que, por donde ella iba, resplandecía. Yaunque brillase el sol, como por encima de la gran magnolia estababrillando aquella tarde, alrededor de Ana se veía una claridad deestrella. Corrían arroyos dulces por los corazones cuando estaba enpresencia de ella. Si cantaba, con una voz que se esparcía por losadentros del alma, como la luz de la mañana por los campos verdes,dejaba en el espíritu una grata intranquilidad, como de quien haentrevisto, puesto por un momento fuera del mundo, aquellas musicalesclaridades que solo en las horas de hacer bien, o de tratar a quien lohace, distingue entre sus propias nieblas el alma. Y cuando hablabaaquella dulce Ana, purificaba.

Pedro era bueno, y comenzó a alabarle, no el rostro, iluminado ya poraquella luz de muerte que atrae a las almas superiores y aterra a lasalmas vulgares, sino el ajuar de niño a que estaba poniendo Ana lasúltimas cintas. Pero ya no era ella sola la que cosía, y armaba lazos, ylos probaba en diferentes lados del gorro de recién nacido: Adelasúbitamente se había convertido en una gran trabajadora. Ya no saltabade un lugar a otro, como cuando juntas conversaban hacía un rato ella,Ana y Lucía, sino que había puesto su silla muy junto a la de Ana. Yella también, iba a estar sentada al lado de Ana toda la tarde. En susmejillas pálidas, había dos puntos encendidos que ganaban en viveza alas cintas del gorro, y realzaban la mirada impaciente de sus ojosbrillantes y atrevidos. Se le desprendía el cabello inquieto, como siquisiese, libre de redes, soltarse en ondas libres por la espalda. Enlos movimientos nerviosos de su cabeza, dos o tres hojas de la rosaencarnada que llevaba prendida en el peinado, cayeron al suelo. Pedrolas veía caer. Adela, locuaz y voluble, ya andaba en la canastilla, yarevolvía en la falda de Ana los adornos del gorro, ya cogía como útil elque acababa de desechar con un mohín de impaciencia, ya sacudía y erguíaun momento la ligera cabeza, fina y rebelde, como la de un potroindómito.

Sobre las losas de mármol blanco se destacaban, como gotas desangre, las hojas de rosa.

Se hablaba de aquellas cosas banales de que conversan en estas tertuliasde domingo, la gente joven de nuestros países. El tenor, ¡oh el tenor!había estado admirable. Ella se moría por las voces del tenor. Es unpapel encantador el de Francisco I. Pero la señora de Ramírez, ¡cómohabía tenido el valor de ir vestida con los colores del partido quefusiló a su esposo!, es verdad que se casa con un coronel del partidocontrario, que firmó como auditor en el proceso del señor Ramírez. Esmuy buen mozo el coronel, es muy buen mozo. Pero la señora Ramírez hagastado mucho, ya no es tan rica como antes; tuvo a siete bordadorasempleadas un mes en bordarle de oro el vestido de terciopelo negro quellevó a Rigoletto, era muy pesado el vestido. ¡Oh! ¿Y

Teresa Luz?lindísima, Teresa Luz: bueno, la boca, sí, la boca no es perfecta, loslabios son demasiado finos; ¡ah, los ojos! bueno, los ojos son un pocofríos, no calientan, no penetran: pero qué vaguedad tan dulce; hacenpensar en las espumas de la mar. Y, ¡cómo persigue a María Vargas esecaballerete que ha venido de París, con sus versos copiados de FrançoisCoppee, y su política de alquiler, que vino, sirviendo a la oposición yya está poco menos que con el Gobierno!

El padre de María Vargas va aser Ministro y él quiere ser diputado. Elegante sí es. El peinado esridículo, con la raya en mitad de la cabeza y la frente escondida bajolas ondas. Ni a las mujeres está bien eso de cubrirse la frente, dondeestá la luz del rostro. Que el cabello la sombree un poco con sus ondasnaturales; pero ¿a qué cubrir la frente, espejo donde los amantes seasoman a ver su propia alma, tabla de mármol blanco donde se firman laspromesas puras, nido de las manos lastimadas en los afanes de la vida?Cuando se padece mucho, no se desea un beso en los labios sino en lafrente. Y ese mismo poetín lo dijo muy bien el otro día en sus versos «Auna niña muerta», era algo así como esto: las rosas del alma suben a lasmejillas; las estrellas del alma, a la frente. Hay algo de tenebroso yde inquietante en esas frentes cubiertas. No, Adela, no, a usted le estáencantadora esa selva de ricitos: así pintaban en los cuadros de antes alos cupidos revoloteando sobre la frente de las diosas. No, Adela, no lehagas caso: esas frentes cubiertas, me dan miedo. Es que ya se piensanunas cosas, que las mujeres se cubren la frente de miedo de que se lasvean. Oh, no, Ana: ¿qué han de pensar ustedes más que jazmines yclaveles? Pues que no, Pedro: rompa usted las frentes, y verá dentro, enunos tiestitos que parecen bocas abiertas, unas plantas secas, que danunas florecitas redondas y amarillas. Y Ana iba así ennobleciendo laconversación, porque Dios le había dado el privilegio de las flores: elde perfumar. Adela, silenciosa hacía un momento, alzó la cabeza ymantuvo algún tiempo los ojos fijos delante de sí, viendo como el perfilcéltico de Pedro, con su hermosa barba negra, se destacaba, a la luzsana de la tarde, sobre el zócalo de mármol que revestía una de lasanchas columnas del corredor de la casa. Bajó la cabeza, y a estemovimiento, se desprendió de ella la rosa encarnada, que cayódeshaciéndose a los pies de Pedro.

Juan y Lucía aparecieron por el corredor, ella como arrepentida ysumisa, él como siempre, sereno y bondadoso. Hermosa era la pareja, talcomo se venían lentamente acercando al grupo de sus amigas en el patio.Altos los dos, Lucía, más de lo que sentaba a sus años y sexo, Juan, deaquella elevada estatura, realzada por las proporciones de las formas,que en sí misma lleva algo de espíritu, y parece dispuesta por lanaturaleza al heroísmo y al triunfo. Y allá, en la penumbra delcorredor, como un rayo de luz diese sobre el rostro de Juan, y de subrazo, aunque un poco a su zaga, venía Lucía, en la frente de él, vastay blanca, parecía que se abría una rosa de plata: y de la de Lucía seveían solo, en la sombra oscura del rostro, sus dos ojos llameantes,como dos amenazas.

—Está Ana imprudente—dijo Juan con su voz de caricia—: ¿cómo no tienemiedo a este aire del crepúsculo?

—¡Pero si es ya el mío natural, Juan querido! Vamos, Pedro: deme elbrazo.

—Pero pronto, Pedro, que esta es la hora en que los aromas suben de lasflores, y si no la haces presa, se nos escapa.

—¡Este Juan bueno! ¿No es verdad, Juan, que Lucía es una loca? Ya Adelay Pedro me están al lado cuchicheando, de apetito. Vamos, pues, que aesta hora la gente dichosa tiene deseo de tomar el chocolate.

El chocolate fragante les esperaba, servido en una mesa de ónix, en lalinda antesala. Era aquel un capricho de domingo. Gustan siempre losjóvenes de lo desordenado e imprevisto. En el comedor, con doscaballeros de edad, discutía las cosas públicas el buen tío de Lucía yAna, caballero de gorro de seda y pantuflas bordadas. La abuelita de lacasa, la madre del señor tío, no salía ya de su alcoba, donde recordabay rezaba.

La antesala era linda y pequeña, como que se tiene que ser pequeño paraser lindo. De unos tulipanes de cristal trenzado, suspendidos en un ramodel techo por un tubo oculto entre hojas de tulipán simuladas en bronce,caía sobre la mesa de ónix la claridad anaranjada y suave de la lámparade luz eléctrica incandescente. No había más asientos que pequeñasmecedoras de Viena, de rejilla menuda y madera negra. El pavimento demosaico de colores tenues que, como el de los atrios de Pompeya, teníala inscripción «Salve» en el umbral, estaba lleno de banquetasrevueltas, como de habitación en que se vive: porque las habitaciones sehan de tener lindas, no para enseñarlas, por vanidad, a las visitas,sino para vivir en ellas. Mejora y alivia el contacto constante de lobello. Todo en la tierra, en estos tiempos negros, tiende a rebajar elalma, todo, libros y cuadros, negocios y afectos, ¡aun en nuestrospaíses azules! Conviene tener siempre delante de los ojos, alrededor,ornando las paredes, animando los rincones donde se refugia la sombra,objetos bellos, que la coloreen y la disipen.

Linda era la antesala, pintado el techo con los bordes de guirnaldas deflores silvestres, las paredes cubiertas, en sus marcos de roble lisodorado, de cuadros de Madrazo y de Nittis, de Fortuny y de Pasini,grabados en Goupil; de dos en dos estaban colgados los cuadros, y entrecada dos grupos de ellos, un estantillo de ébano, lleno de libros, nomás ancho que los cuadros, ni más alto ni bajo que el grupo. En la mitaddel testero que daba frente a la puerta del corredor, una esbeltacolumna de mármol negro sustentaba un aéreo busto de la Mignon deGoethe, en mármol blanco, a cuyos pies, en un gran vaso de porcelana deTokio, de ramazones azules, Ana ponía siempre mazos de jazmines y delirios. Una vez la traviesa Adela había colgado al cuello de Mignon unaguirnalda de claveles encarnados. En este testero no había libros, nicuadros que no fuesen grabados de episodios de la vida de la tristeniña, y distribuidos como un halo en la pared en derredor del busto. Yen las esquinas de la habitación, en caballetes negros, sin ornamentosdorados, ostentaban su rica encuadernación cuatro grandes volúmenes: ElCuervo de Edgar Poe, el Cuervo desgarrador y fatídico, con láminas deGustavo Doré, que se llevan la mente por los espacios vagos en alas decaballos sin freno: el Rubaiyat el poema persa, el poema del vinomoderado y las rosas frescas, con los dibujos apodícticos delnorteamericano Elihu Vedder; un rico ejemplar manuscrito, empastado enseda lila, de Las Noches, de Alfredo de Musset; y un Wilhelm Meister el libro de Mignon, cuya pasta original, recargada de arabescosinsignificantes, había hecho reemplazar Juan, en París, por una detafilete negro mate embutido con piedras preciosas: topacios tan claroscomo el alma de la niña, turquesas, azules como sus ojos; no esmeraldas,porque no hubo en aquella vaporosa vida; ópalos, como sus sueños; y unrubí grande y saliente, como su corazón hinchado y roto. En aquelsingular regalo a Lucía, gastó Juan sus ganancias de un año. Por losbajos de la pared, y a manera de sillas, había, en trípodes de ébano,pequeños vasos chinos, de colores suaves, con mucho amarillo y escasorojo. Las paredes, pintadas al óleo, con guirnaldas de flores, eranblancas. Causaba aquella antesala, en cuyo arreglo influyó Juan, unaimpresión de fe y de luz.

Y allí se sentaron los cinco jóvenes, a gustar en sus tazas de coco elrico chocolate de la casa, que en hacerlo fragante era famosa. No teníamucho azúcar, ni era espeso. ¡Para gente mayor, el chocolate espeso!Adela, caprichosa, pedía para sí la taza que tuviese más espuma.

—Esta, Adela—le dijo Juan, poniendo ante ella, antes de sentarse, una delas tazas de coco negro, en la que la espuma hervía tornasolada.

—¡Malvado!—le dijo Adela, mientras que todos reían—; ¡me has dado la dela ardilla!

Eran unas tazas, extrañas también, en que Juan, amigo de cosas, patrias,había sabido hacer que el artífice combinara la novedad y el arte. Lastazas eran de esos coquillos negros de óvalo perfecto, que los indígenasrealzan con caprichosas labores y leyendas, sumisas éstas como sucondición, y aquellas pomposas, atrevidas y extrañas, muy llenas de alasy de serpientes, recuerdos tenaces de un arte original y desconocido quela conquista hundió en la tierra, a botes de lanza. Y estos coquillosnegros estaban muy pulidos por dentro, y en todo su exterior trabajadosen relieve sutil como encaje. Cada taza descansaba en una trípode deplata, formada por un atributo de algún ave o fiera de América, y lasdos asas eran dos preciosas miniaturas, en plata también, del animalsimbolizado en la trípode. En tres colas de ardilla se asentaba la tazade Adela, y a su chocolate se asomaban las dos ardillas, como a un marde nueces. Dos quetzales altivos, dos quetzales de cola de tres plumas,larga la del centro como una flecha verde, se asían a los bordes de lataza de Ana: ¡el quetzal noble, que cuando cae cautivo o ve rota lapluma larga de su cola, muere! Las asas de la taza de Lucía eran dospumas elásticos y fieros, en la opuesta colocación dedos enemigos que seacechan: descansaba sobre tres garras de puma, el león americano. Doságuilas eran las asas de la de Juan; y la de Pedro, la del buen mozoPedro, dos monos capuchinos.

Juan quería a Pedro, como los espíritus fuertes quieren a los débiles, ycomo, a modo de nota de color o de grano de locura, quiere, cual formasuavísima del pecado, la gente que no es ligera a la que lo es.

Los hombres austeros tienen en la compañía momentánea de esos pisaverdesalocados el mismo género de placer que las damas de familia que asistende tapadillo a un baile de máscaras.

Hay cierto espíritu deindependencia en el pecado, que lo hace simpático cuando no es excesivo.Pocas son por el mundo las criaturas que, hallándose con las encíasprovistas de dientes, se deciden a no morder, o reconocen que hay unplacer más profundo que el de hincar los dientes, y es no usarlos. Pues,¿para qué es la dentadura, se dicen los más; sobre todo cuando la tienenbuena, sino para lucirla, y triturar los manjares que se lleguen a laboca? Y Pedro era de los que lucían la dentadura.

Incapaz, tal vez, de causar mal en conciencia, el daño estaba en que élno sabía cuando causaba mal, o en que, siendo la satisfacción de undeseo, él no veía en ella mal alguno, sino que toda hermosura, porserlo, le parecía de él, y en su propia belleza, la belleza funesta deun hombre perezoso y adocenado, veía como un título natural, título deleón, sobre los bienes de la tierra, y el mayor de ellos, que son susbellas criaturas. Pedro tenía en los ojos aquel inquieto centelleo quesubyuga y convida: en actos y palabras, la insolente firmeza que da lacostumbre de la victoria, y en su misma arrogancia tal olvido de que latenía, que era la mayor perfección y el más temible encanto de ella.