Amistad Funesta -Novela by José Martí - HTML preview

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Amistad funesta

Novela

José Martí

Introducción por Gonzalo de Quesada

José Martí por Miguel Tedín

José Martí por Román Vélez

Martí: Discurso pronunciado por el Doctor José Antonio González Lanuza

Martí por Federico Uhrbach

«Martí: su vida y su obra»

Capítulo I

Capítulo II

Capítulo III

Introducción

por Gonzalo de Quesada

Sea su novela Amistad funesta el décimo volumen de las obras delMaestro.

Es milagro que ella, como casi todo lo que escribió, no se haya perdido.Se publicó en 1885, en varias entregas, en El Latino Americano,periódico bimensual, de vida efímera—órgano de la Compañía Hecktograph,de New York—que no se encuentra hoy en biblioteca pública alguna.Además, no apareció con el nombre de su autor sino con el seudónimo de«Adelaida Ral», y esto hubiera hecho aun más difícil su hallazgo.

Afortunadamente, un día en que arreglábamos papeles en su modestaoficina de trabajo, en 120

Front Street—convertida, en aquel entonces,en centro del Partido Revolucionario Cubano y redacción y administraciónde Patria—di con unas páginas sueltas de El Latino Americano,aquí y allá corregidas por Martí, y exclamé al revisarlas: «¿Qué es estoMaestro?» «Nada—

contestome cariñosamente—recuerdos de épocas de luchas ytristezas; pero guárdelas para otra ocasión. En este momento debemossolo pensar en la obra magna, la única digna; la de hacer laindependencia».

En efecto; esta novela vio la luz a raíz de fracasados intentos paralevantar en armas, de nuevo, a nuestra tierra, intentos que no apoyóMartí estimando que el plan no era suficiente ni el momento oportuno;brotó de su pluma cuando—en desacuerdo con los caudillosprestigiosos, únicos capaces, con sus espadas heroicas y legendarias, dedespertar el alma guerrera cubana—

parecía oscurecido, para siempre, enla política; fue engendrada en horas de la mayor penuria, en las que, noobstante, rechazando las tentaciones de la riqueza y sin otra guía quesu conciencia ni otro consuelo que su inquebrantable fe en la Libertad,sus principios no capitularon.

A una miseria por palabra se pagó este trabajo, elevado de pensamiento,galano de estilo, con enseñanzas—como todo lo suyo—para suscompatriotas; con algo de su propia existencia.

No sé que el Maestro, en otras ocasiones, cultivase este ramo literario;pero su traducción de Called back, de Hugh Conway—por la cual una casaeditora le concedió, como gran generosidad, cien pesos—, luego conbrillante vestidura y el nombre de Misterio vendida por millares, y laversión suya, que talmente parece un original, amorosa y admirable, de Ramona de Hellen Hunt Jackson—buscada en vano en las librerías—, sonprueba evidente de que a haber dispuesto de oportunidad y sosiego paraello, hubiera, también, triunfado en la Novela. No le faltaban elementospor su conocimiento de la realidad del mundo y sus pasiones, anhelos ytorturas; le sobraba fantasía para hacerla resaltar; espléndido lenguajecon que exponerla.

Ni sus versos, ni parte de su correspondencia, ni sus artículos dedoctrina y de propaganda, ni sus pensamientos ni su biografía heolvidado; pero cumpliendo con lo principal que él nos enseñó—el serviciode Cuba—poco se ha podido terminar y solamente ha habido tiempo paraeste volumen—y reunir los homenajes a su memoria que van en el mismoprenda de que aquí, en los lejanos montes de Turingia, donde aun vibranentre pinos seculares las liras de Goethe, Schiller y Wieland, ¡piensoen él y en la patria!

Oberhof, 4 de julio de 1911.

Gonzalo de Quesada

José Martí

por Miguel Tedín

La Nación, Buenos Aires, diciembre 1.º de 1909

A principios del año 1888 llegué a Nueva York en cumplimiento de unamisión profesional, y una de mis primeras diligencias fue [ir] a buscara Martí cuyas correspondencias a La Nación me habían

impresionadovivamente,

revelándome

un

talento

superior

y

un

alma

eminentementeamericana. Encontrele en su despacho del consulado oriental en FrontStreet, una de las antiguas calles de la gran metrópoli y apenas llamé ala puerta se adelantó a recibirme diciéndome: ¿Es usted el señor Tedín?(un amigo común le había anticipado la visita), a la vez que me extendíaambas manos con tal efusión de franqueza y sinceridad, que ese apretónselló entre ambos una amistad que solo la muerte del gran ciudadano hapodido cortar.

Era Martí de mediana estatura, cabellera negra y abundante que rodeabauna frente amplia y bombeada, ojos negros de mirada dulce y penetrante,tez blanca pálida, como son generalmente los cubanos, bigote negro ycrespo y un óvalo perfecto redondeaba su fisonomía armoniosa y vivaz. Ensu cuerpo delgado predominaba el temperamento nervioso, que hacíarápidos todos sus movimientos y sus manos finas y alargadas revelaban alhombre culto consagrado a las tareas intelectuales. Llevaba como únicoadorno en uno de sus dedos un anillo de plata en el cual estaba grabadala palabra «Cuba».

Cubrían los muros de su despacho estanterías de pino blanco, algunas delas cuales él mismo construyó, y en los pocos espacios libres que ellasdejaban colgaban retratos de los héroes de la revolución cubana queterminó con la paz del Zanjón, y entre los de varios literatos ocupabalugar preferente el de Víctor Hugo.

Constituían su biblioteca, en primer término, las publicaciones que sehacían en la América latina, cuyo progreso intelectual seguía conavidez, habiendo escrito juicios sobre muchas de ellas;

pero

tampocofaltaban

los

de

la

literatura

norteamericana,

cuya

lengua

conocíaprofundamente, aunque no fuera inclinado a hablarla. Su mesa de trabajo,sumamente sencilla, estaba siempre repleta de papeles que formaban susnumerosos trabajos de correspondencia para los periódicos de Cuba,Méjico, Guatemala, Argentina, y las revistas que bajo su dirección sepublicaban en Nueva York, aparte de los documentos oficiales de suconsulado. El único ornamento de ella era un tosco anillo de hierro quetuvo de grillete durante su prisión en la isla de Cuba, cuando aun eraun niño, por causa de sus ideas liberales y que le fue regalado por suseñora madre después de su deportación a España, para que le sirviera deamuleto en su peregrinación por la libertad de su patria.

En aquel modesto despacho mantuvo por muchos años el fuego sagrado de laindependencia cubana, sin que por un momento les hicieran desfallecer nilas disidencias entre sus propios amigos, muchos de los cuales creíanutópica la revolución, ni el espectáculo de las fortunas que seacumulaban a su alrededor por todos los que consagraban su inteligenciay su autoridad a los negocios comerciales.

Allí llegaban y eran cordialmente recibidos no solo los sudamericanosque deseaban un consejero honrado para orientarse en los caminos de lavida americana, sino todos los cubanos interesados en la política de supaís. Allí conoció a Estrada Palma, que a la sazón ganaba su vidamanteniendo un pensionado de enseñanza en el estado de Nueva Jersey, y amuchos otros después actuaron en la revolución. A todos recibía con losbrazos y el corazón abiertos y para todos tenía no solo las hermosaspalabras, sino la ayuda de su experiencia y aun de sus modestosrecursos.

Su fisonomía moral se caracterizaba por la más absoluta honestidad entodos los actos de su vida y por el mayor desprendimiento de sus propiosintereses en favor del ideal a que había consagrado su existencia, lalibertad de Cuba. Su espíritu eminentemente altruista, se asociaba atodos los dolores ajenos y a ellos llevaba el consuelo de su palabrainspirada; lo mismo compartía las alegrías de sus amigos. Su almasensible y delicada sufría con las asperezas del alma yanqui, y nuncapudo fundirse en los moldes de ambición en que esta está vaciada.Recibió ofertas halagadoras para que pusiera su talento de escritor alservicio de intereses comerciales; pero jamás quiso desnaturalizar supluma que solo debía servir para unir a la familia latinoamericana ypara luchar por la libertad. Prefirió ser pobre con decoro (palabra quese encuentra en casi todos sus escritos) antes que sacrificar susconvicciones ni su tiempo a tareas menos nobles que aquella en que sehabía empeñado.

Poseía un raro talento de asimilación y de generalización que lepermitía abordar con brillo y con criterio sólido todos los problemasque en el orden político o sociológico entrañan el desenvolvimiento delas naciones y su memoria privilegiada le permitía recordar todo cuantohabía pasado por el crisol de su inteligencia. Era raro hablarle de unlibro recientemente publicado que él no lo conociera y sobre el cualpudiera expresar su propio juicio; así como conocía a todos los hombresque habían desempeñado un papel prominente en la vida de las nacioneslatinoamericanas.

Su palabra era suave, fluida, límpida como su pensamiento, sinafectación ni rebuscamiento, y producía el encanto de una fuentecristalina que desciende en su curso halagando los sentidos.

Cuántasveces en los días festivos, solíamos atravesar el río Hudson einternarnos en las hermosas arboledas de las Palisades o recorríamos lasavenidas del Parque Central, y allí transcurrían insensiblemente lashoras, bajo la influencia de su palabra sana y amena que hacía olvidarel bullicio de la metrópoli. Su oratoria sólida y rica en imágenesbrillantes se derramaba como raudales de perlas y de flores, y suauditorio quedaba siempre cautivado por el encanto de ella.

Recuerdo queen una conferencia que dio sobre Guatemala, con el propósito de reunir yvincular a los latinos residentes en Nueva York, tomó como tema lasflores y los pájaros que adornaban el sombrero de una señorita allípresente, y sobre él hizo la pintura más hermosa que jamás haya leído dela naturaleza y de la sociedad centroamericana.

La impresión que a todos nos produjo fue la de hacer olvidar que noshallábamos bajo un cielo gris y helado, creyéndonos transportados a lostrópicos, y solo volví a la realidad de nuestra existencia cuando sentíun « hurry up», pronunciado con áspero acento sajón por dos jóvenes quepasaban a mi lado.

Era un trabajador infatigable y desde el alba que empezaba su labor conla lectura de los diarios hasta altas horas de la noche y a veces hastala nueva aurora que solía sorprenderlo cuando, como él decía, se hallabaengolosinado por algún estudio en que ponía toda su alma paratransmitirla a los lectores que el obligado por las visitas de susamigos a quienes recibía con solícito cariño.

Y no eran solo los trabajos literarios que ocupaban sus horas. Lasdividía entre estos y las conferencias que daba a los cubanos pobres, enlas que se esforzaba para vincular al elemento de color, con los de lasclases superiores, porque unos y otros debían servir para preparar larevolución cubana que era el objeto de su permanencia en Estados Unidos.

A pesar de los largos años que allí vivió, nunca pudo identificarse conla vida americana, porque su espíritu generoso y desinteresado erarefractario a los procedimientos egoístas que constituyen el fondo delcarácter de ese pueblo. Desconfiaba con las tendencias imperialistas deesa nación y creía que abrigaba propósitos absorbentes, contra loscuales las repúblicas latinas debieran estar prevenidas. Méjico, decía,solo ha podido evitar nuevas desmembraciones merced a una políticahábil, en que sin resistir directamente, ha evitado la invasión deintereses americanos. Consideraba la conferencia monetariainternacional, iniciada por Blaine y a la que él fue delegado por elUruguay, y yo lo fui por la Argentina, más como el medio de favorecerlos intereses de los Estados Unidos platistas, que el de estrechar losvínculos de todas las naciones de América. Carece, pues, completamentede fundamento la versión de un escritor franco-argentino, de que Martífuera partidario de la anexión de Cuba a los Estados Unidos, cuando, porel contrario, veía en ellos un peligro para la independencia. Creo, sinembargo, que sus temores eran infundados a este respecto, como lo hademostrado la conducta de aquella nación, para terminar la guerra yestablecer el gobierno propio de la isla y estoy convencido de que notienen ambiciones de predominio sobre la América latina. Mr. Elihu Rootme dijo durante su visita a esta capital, que los Estados Unidos nuncaanexionarían a Cuba y tengo la más absoluta confianza en la sinceridadde este gran estadista americano.

Los últimos años de la vida de Martí en Nueva York me son pococonocidos. Su última carta me revelaba un estado moral deprimido por elexceso del trabajo, que había creado en su organismo una excitaciónnerviosa. «Tengo horror a la tinta, me decía, y desearía huir a losbosques, aunque me crecieran las barbas verdes, para no ver papeles nisentir las fealdades de las gentes». Pasaron algunos años, durante loscuales solo tuve noticias de él por intermedio de un amigo, cuando undía recibí un telegrama en que me decía: «deberes ineludibles me llamana mi patria y necesito su ayuda, mándeme por cable quinientos dólares».Mi situación en aquel momento era difícil y me fue imposible ayudarlo.Tengo, pues, el remordimiento de no haber contribuido con esa suma a laindependencia de Cuba, puesto que en esos días salía Martí de Nueva Yorkpara reunirse con el general Máximo Gómez e invadir la isla, iniciandola nueva insurrección que dio por resultado la terminación del dominioespañol.

La noticia de su muerte en los primeros combates librados entre cubanosy españoles me produjo hondo pesar. Consideraba a Martí uno de loshombres de más talento que me había sido dado tratar y su muerterepresentaba no solo una pérdida irreparable para Cuba, de la que habríasido uno de sus preclaros presidentes, sino para la América latina toda,pues desaparecía el escritor genial en quien el fuego de la solidaridadamericana brillaba con resplandores que iluminaban ambos continentes.

José Martí

por Román Vélez

Notas de Arte (Colombia), agosto 15 de 1910

Le conocí y traté en New York el año de 1891.

Me consagró su amistad. La amistad es la única rosa que no tieneespinas. La única fuente arrulladora que no tiene lodo.

Fui su amigo—en el trajín social—de pocos meses.

Soy su amigo perdurable por el recuerdo y la memoria.

Su recuerdo es para mí un ariete, relámpago que cruza las soledades demi cerebro, viento agitado en mi calma abrumadora, águila quedespierta—en horas de abatimiento—a picotazos mi alma.

Fui, con varios condiscípulos, expresamente a conocerle. Habitaba casahumilde y vivía modestamente.

Enamorado yo de sus escritos, deslumbrada mi juventud por aquel vuelo decóndores de su prosa soberana, entré a aquel Areópago con el pensamientoen las nubes y el corazón en los labios.

Eran días tétricos para los colombianos residentes en New York, días enque un desdichado compatriota, al frente de un puesto distinguido, habíallevado a sus gavetas joyas que no eran suyas.

Fue ese el tópico obligado, y Martí me decía: «los suramericanosenviamos trozos humanos putrefactos para que estos países los escarben yexaminen, mandamos el rostro ensangrentado de la Patria para que estospaíses lo abofeteen».

Sobre Cuba exclamaba:

«Estoy desorientado y triste, pero con la mirada siempre fija en lacumbre inaccesible.

»En mi tierra no hay más que dos hombres: Gómez y Maceo, y una bandera:yo.

»A ellos los tienen como visionarios y a mí me consideran loco. Nos handejado solos.

»Aquí, en los momentos de angustia, en esos días lóbregos en que en vanolucho y brego con los hombres y las cosas, al trasladar al papel mispobres pensamientos, no me explico, no comprendo cómo no se transformaen Vesubio mi cabeza ni se convierte mi pluma en bayoneta.

»Ustedes, los colombianos, tienen aun esperanzas de redención: allí hayvida, hay savia, hay esplendor.

Nosotros no tenemos nada.

»Cuba es una tumba muy grande que guarda un cadáver más grande que ella:la raza india muerta.

»Esa raza me alienta, y la máxima de Bolívar me conforta:'¡Venceremos!'».

Calló, inclinó la cabeza meditabundo, me pareció escuchar el ruidoestruendoso de las armas en la manigua, y comprendí que aquel hombre eraalgo más que tribuno, algo más que genio: ¡era la Libertad!

La América latina ha sido escasa en mentes colosales. El genio, como elcélebre arbusto parlante de Sumatra, no se ha dado en América sino muyde tarde en tarde.

Ha habido ilustraciones altas y macizas, pensadores vastos y profundos,prosistas, oradores y poetas de palabra de oro y alas luminosas; pero elgenio auténtico, la cabeza batida por aquilones y coronada de rayos, lalengua de fuego que realza y purifica cuanto toca, la pluma gigante quevierte a raudales la ternura, la ciencia y la filosofía... esos, hansido muy raros en América.

Genio Montalvo; genio José Martí.

El primero con una sombra: el arcaísmo; el segundo, sin sombras y sinmanchas.

La estulticia de las muchedumbres, el espíritu fácil al aplauso denuestra raza, la lisonja desmesurada de los gacetilleros, el coro vacuoy frívolo de las mediocridades, han hecho aparecer en ocasiones comolumbreras a seres que apenas han tocado los primeros peldaños de lagloria.

Entes grandes y pomposos—como la encina de Lebes—, pero huecos.

Árboles corpulentos de espléndido ramaje, pero torcidos e inclinados ala tierra.

Hoy la serie de pensadores es como una serie de montañas, pero sincumbres que sobresalgan, sin picos que se despidan de las otras.

La constante difusión de las luces, el espíritu incansable einvestigador del siglo, la rapidez y la facilidad en las comunicaciones,la escuela, el libro, la prensa y la tribuna, han eliminado esaseminencias, cúspides de la humanidad.

Con la abundancia de las colinas han desaparecido los Himalayas.

Con la dilatación ha resultado el aplanamiento, con el ensanche se haperdido la altitud.

El peñón abrupto es arena rutilante.

El nido es colmena.

La altura es extensión.

La cima ha sido cubierta por la arboleda en marcha: no se ven más queárboles.

La roca altísima ha sido invadida por el mar: no se ven más que olas.

Hoy es plaza lo que ayer fue torre, lago lo que fue atalaya, cieloinconmensurable lo que fue astro esplendoroso.

«Las cumbres se han deshecho en llanuras, las llanuras son cumbres.

»Son muchos los poetas secundarios, escasos los poetas eminentessolitarios.

»El genio va pasando de individual a colectivo.

»El hombre pierde en beneficio de los hombres.

»Se diluyen, se expanden las cualidades de los privilegiados a la masa».

Las golondrinas se han elevado y los cometas han descendido.

Las legiones han subido y Júpiter ha bajado.

El mérito de Martí consistió precisamente en eso: haber dado sombra atantas grandezas.

En época, en que la ciencia es ambiente y el talento multitud, él fueArgos impoluto, gigante, solo, y ¡único!

Todo tiene en la naturaleza su punto culminante, su nota dominadora, sufaz grave y severa: la selva, el roble centenario; el océano, la olainmensa de cresta arrebolada; el desierto, el león hirsuto y arrogante;y la sociedad, el genio.

¡Y genio fue José Martí!

Murió a los 42 años y es asombrosa su labor política y literaria.

A la edad en que otros comienzan a ascender, ya él traía guirnaldas delOlimpo.

En un mismo día, y en ocasiones en una misma hora, escribía un discurso,redactaba una carta, pergeñaba una revista, otorgaba una clase, leía unlibro, hojeaba un folleto, traducía una fábula, hablaba de cosas fútilescon su familia y de cosas lisonjeras con sus amigos.

Tenía el don de contorcerse y dividirse, la cualidad de lacentuplicación.

Un caso de polizoísmo.

Trabajaba en una casa de comercio, colaboraba en varias sociedades y magazines, sostenía incansable correspondencia con sus adictos,enseñaba a los desgraciados, meditaba, discutía, exaltaba a lospusilánimes, asaeteaba a los cobardes, confortaba a los sufridos, seerguía ante los poderosos, lloraba con los indigentes; tenía un báculopara cada caída, una esperanza para cada lacería, un bálsamo para cadadolor, una rosa para cada beldad, un pensamiento dulce para cadapárvulo, y aun le quedaba tiempo para ser rendido y galante con laesposa y cariñoso y afable con los hijos.

Séneca, Aristóteles, Corneille, Bacon, Montaigne, Joubert, Massillón,San Agustín, Rousseau, Voltaire, Shakespeare, Juvenal, toda una legión,se agitaba, bullía, vibraba en aquel cerebro poderoso, hecho para lostorneos y las epopeyas, para las recias batallas y las hondaslucubraciones.

En sus manos eran a diario: el Tratado de la Naturaleza deMalebranche, Los Pensamientos de Marco Aurelio, la Historia deEspaña de Mariana, los Epigramas de Marcial, las endechas deMassinger, el Capital de Marx, las elegías de Propercio, los Ensayos de Macaulay, las Observaciones de Llorente, el Catecismo de Lutero,todo le era familiar, conocido, íntimo, y consideraba los periódicoscomo soldados y los libros como hermanos.

Para él todas las mujeres eran santas, todos los hombres buenos, todoslos guerreros dignos, todos los oficios nobles, todas las cosas bellas.

El reptil, a sus ojos, se convertía en ave; el barro en oro; el erizo enflor; el espectro en ángel.

Su voluntad era granito; su espíritu, llama.

Unía, a la calma de Massena, el arrojo de Murat.

Aunaba, al candor de Carlos Dickens, la precisión de Víctor Hugo.

Odiaba el estilo misoneico y la poesía macróstica.

Admiraba más a Martos que a Castelar.

Para sus compañeros y admiradores era inofensivo como la malva; para susenemigos, venenoso como el quedec.

Polígloto, enciclopédico, polílogo.

En aquellos, atardeceres mincosos de la gran Metrópoli, en que Martísolía pasearse por las alamedas de Green Wood, ¡quién iba a imaginarseque de aquella mano tan sencilla pendía un mundo, que tras aquellacabeza silenciosa iba una bandada de águilas libertadoras!

Su erudición, pasma. Si todos van contra él, él va contra todos. Tienedel ala y del hacha. De la roca y del torrente. De la hoja y del rayo.Ensalza, y va hasta lo infinito; derriba, y llega hasta el abismo.Cuando alaba encumbra; cuando analiza, despedaza. Su palabra, ora corremansa, ora retumba; sus verbos, ora se deslizan, ora estallan. Algo comoun trueno avanza por entre sus frases calológicas. Se siente calor denube y rodar de cañones. Esculpe de una plumada; retrata de un brochazo.Tiene arranques sublimes en que parece que la tierra se levanta o elcielo se desploma. Tiene voces que gimen, términos que gritan, giros querimbomban. Se escucha vuelo de pájaros y fuego de fusilería. Su dibujoes línea recta; su corte, el del diamante. Es paleta y es cincel. Esterso y es hondo. Palpita y regolfa. Su ritmo es una nave que se aleja;su dialéctica, escuadra que combate. Por entre la malla de su prosa haypueblos que se hunden, ejércitos que se destrozan, mares que serevuelcan, bosques que caminan. Es raso y es acero. Es guzla y esclarín.

Es halago y es centella. Escribe versos que enamoran, filípicasque entusiasman, libros que glorifican. Es diminuto y es excelso.Sencillo y complicado. Es león y paloma. Oruga y colibrí. A veces sedetiene, como ante un precipicio; a veces corre veloz, como unalocomotora. Mezcla lo alto y lo bajo, lo noble y lo ruin, la mariposa yel estiércol, la mirla y el escarabajo, el dicterio y la canción.

Todo sale embellecido y purificado de aquella péñola incomparable,péñola que hoy bendice todo un pueblo, y es lumbre de la humanidad.

Su vida fue un himno permanente a todos los derechos, eterna protesta atodas las iniquidades.

Fue mentor augusto, patriota insigne.

Fue principio y resumen. Alfa y Omega. Sacerdote y apóstol. Mecenas yCatón. Sufrió, amó, creó. Conoció lo pasado, vislumbró lo porvenir. Fueartista, gladiador, vidente. Se echó un mundo a la espalda y con él sele vio, radioso y fatigado, camino de la inmortalidad. Ante losobstáculos se duplicaba; ante los imposibles, no cedía. Enérgico,rápido, tenaz. Si nublado, se alzaba; si torrente, se sumergía. Para élera pira la existencia, átomo el universo, minutos las edades. Limpiaba,talaba, esclarecía. Hacía surgir proclamas de los muertos, lanzas de lastumbas, auroras de los antros, escuadrones de las piedras. Brotabachispas su espada; relámpagos, su pensamiento.

Dominó, coronó, ascendió.

Y al caer, rota la frente, en un charco de sangre, hubo irrupción dellamas en el cielo, aglomeración de palmas en la tierra, condensación derecuerdos y sentimientos en el corazón de los americanos.

Para llorar a Martí no son suficientes las lágrimas de todos los hombresni el grito clamoroso de todos los siglos.

¡Santa memoria de Martí, bendita seas!

Martí

Discurso pronunciado por el Doctor José Antonio González Lanuza

En la Cámara de representantes de Cuba el 19 de mayo de 1910

Señor Presidente y señores Representantes:

Cuantos aquí nos congregamos, hacemos memoria, sin duda, de una sesiónanáloga a esta—

igual a esta diría mejor—en el año precedente. Elentonces designado para hablar de Martí, fue el señor Miguel Viondi, ylos que aquí estamos y estábamos aquella tarde, recordamos cuángratamente nos entretuvo; dando a su disertación el interés de larelativa novedad, única a que puede aspirarse cuando del Padre denuestra Patria se trata hoy entre nosotros. Colocado se encontraba elseñor Viondi en ventajosas condiciones para ello: amigo íntimo de Martí,lo había tratado durante largo tiempo y de la manera más estrecha ypodía referirnos rasgos, de esos que parecen insignificantes, pero quemejor que ninguna otra cosa indican el temperamento y la condiciónpeculiar de un personaje. Refiriéndonos historias de esa clase, podíaentretenernos con algo nuevo que no supiéramos los demás, que pudieraservir para rectificar algún juicio de detalle y para confirmar, como nopodía, menos de resultar confirmado, el juicio que en conjuntoformáramos todos de antemano del hombre insigne cuyo nombre invocamos enestos instantes.

En cambio, el que se ha designado para que lleve la palabra en el día dehoy, y de él os hable, se encuentra en condiciones más desventajosas,porque no tuvo la dicha de conocerlo, ni de vista; y porque de él sabelo que sabemos todos; y de él no puede decir otra cosa que lo que estáen la mente y en el corazón de todos. No era posible que en Cuba seignorara quién fue Martí, cuál fue su obra y cuál su representaciónentre nosotros. Desde los más humildes—desde el punto de vista de lainteligencia—hasta los que pueden decirse próceres de esa inteligencia,muchos han hablado entre nosotros de aquel que por antonomasia se hallamado el Maestro. Historia de su vida, antecedentes de su carrerapolítica, antecedentes de la agitación que organizara y todos losdetalles relativos a su participación en el movimiento revolucionarioque definitivamente independizó a Cuba, son, para cuantos aquí estamos,cosas sabidas; e igualmente son sabidas por todos los cubanos. En talconcepto, al que no pueda referir algún aspecto de la vida personal deaquel gran cubano, a un auditorio distinguido como este, se le coloca enuna situación verdaderamente difícil cuando se le hace hablar de Martí.El tema es atractivo, es simpático, y porque siempre ha sido temaatractivo y simpático, muchos lo han tratado, muchos lo handesarrollado. El terreno, de tal modo, está espigado por completo; y yohe de recomendarme a la benevolencia de ustedes para que con esabenevolencia se me perdone todo lo que en mi discurso no puede menos deser una repetición.

Pudiéramos dividir en tres partes, no iguales, cierta mente, un discursocomo el que debo pronunciar en el día de hoy: en una se puede hablar dela vida de Martí; en otra, de su carácter y de los rasgos prominentesdel mismo; en la tercera, de su obra. Digo que no pueden ser iguales,porque acaso algo pueda decirse más extensamente, con un relativo airede novedad de la segunda y de la tercera; de la primera, imposible.Hacer aquí un resumen de su existencia, de todos conocida, sería hacerperder tiempo a los señores que me escuchan. Su infancia; su juventud,pobre y agitada, mucho más que su infancia; su amor al estudio; lasdeficiencias de sus medios económicos; la consagración de toda su vidaal logro de un ideal; su paso por España, sus pasos en Cuba, suresidencia en las repúblicas de la América latina, su residencia en losEstados Unidos; son cosas de todos conocidas. Su participación en elmovimiento revolucionario, su agitación en las emigraciones cubanas, surecorrido por todos los países en los cuales creyó que podía encontrarun eco simpático al pensamiento revolucionario y su dedicación absolutay definitiva a dar cuerpo a ese pensamiento y a su ensueño, ¿qué sonsino una cosa que está en la memoria y en el corazón de todos nosotros yque no necesita ser repetida, que no debe ser repetida, porque larepetición no sería ciertamente excusable, sería incuestionablementevana y presuntuosa?

No hablemos, por consiguiente, de su vida. De ella, lo que parecedestacarse de una manera marcada, es esto sobre lo cual necesariamentehabré de volver, porque fue rasgo típico de su temperamento. Fue unavida dirigida, como la aguja magnética, hacia una sola dirección; ytodas las vicisitudes y agitaciones de aquella existencia, realmentetormentosa, vinieron al cabo a culminar en un mismo punto y en elsentido de una sola vía, por la que se encaminaron en definitiva suspasos. Donde quiera que encontró cualquier oficio por el cual trató delibrar su subsistencia, la adopción de ese oficio no tuvo más objetosino el de lograr que fuera posible ir viviendo, para que al par que suvida se prolongara, se realizase la obra que se había impuesto. La tareaque desde sus tiempos de muy joven concibió en su espíritu, despertó enel mismo el propósito de consagrarse a ella, y de hecho, posteriormente,su vida fue, en cuanto a esa tarea, una definitiva consagración.Naturalmente, en un hombre obsedido por esa misión, que debió creer queprovidencialmente le estaba impuesta, y luego veremos por qué lo digo,no era posible que se produjera un rumbo normal, tranquilo y constanteen la existencia. Dado el hecho de imponerse a sí mismo semejantemisión, todo lo que no fuera el cumplimiento de ella, tenía que seraccesorio para él y accidental. Era preciso vivir; no tenía fortuna yera preciso buscar el pan de todos los días. Un hombre de inteligenciasuficiente para haber abrazado cualquiera de esas profesiones, que si nofrancamente lucrativas, permiten por lo menos vivir con comodidad, no sepodía ocupar de ninguna de ellas. Teniendo título de Abogado, no le fuedable ejercer la profesión. Para ello hubiera tenido que radicar en unmismo punto, que vivir en Cuba, y en Cuba española, que someterse a lamirada recelosa de la policía española, que prescindir de todo lo que élentendía que constituía su destino. Era preciso que librara lasubsistencia con oficios que le permitieran al propio tiempo viajar,moverse de acá para allá, preparar el movimiento revolucionario endefinitiva. Y tan es así, que una especie de visión, de destinoprovidencial le animaba, que contra el parecer de la inmensa mayoría desus conciudadanos, contra el parecer casi unánime de ellos, entendió queestaban maduros los tiempos, cuando todo el mundo pensaba que sutentativa habría de abortar como extraña aventura de dementes.

A veces sucede esto, y ha sucedido en muchas ocasiones en la historia dela humanidad: no son precisamente los hombres de mayor reposo en elcarácter y más serena cultura mental los que han decidido a lasmultitudes a obrar, los que han lanzado a los pueblos por el camino desu destino verdadero. Para eso se ha necesitado casi siempre unaobsesión pasional y la impulsión que naturalmente se produce en virtudde ella; comunicar a las multitudes el fuego que a nosotros abrasa yhacerles realizar lo que ellas no pensaron que debieran realizar; aunmuchas veces contra la voluntad general, adivinando cuál es el estado dela subconciencia, el deseo íntimo y verdadero de una agrupación dehombres, para llevarlos a que ejecuten lo que quisieran ejecutar, perolo que no se atreven siquiera a pensar en ejecutar. De aquí el que fiela su destino, Martí viviera como corresponsal de periódicos, moviéndosede acá para allá, remitiendo correspondencias a un diario denominado ElPartido Liberal y después a La Nación de Buenos Aires, ganándose susubsistencia modestísimamente de este modo, a fin de girar por el mundo,aunando voluntades aquí como allí, reuniendo fondos, procurando contarcon la colaboración de los que podían ponerse al frente del movimiento,y no desmayando nunca ante ningún desastre, ni ante ningún desengaño.¿Para qué dar detalles? Esta fue invariablemente su vida. Los accidentesde la misma no harían sino presentar diversas facetas de esto que heindicado como su conjunto general.

Discurrir ahora acerca de su temperamento y de su carácter, de su papely de su misión en la obra revolucionaria cubana, tiene para mí tambiénun relativo inconveniente. Hace poco más de un año, cuando, en lapróxima ciudad de Matanzas se inauguraba, por iniciativa de un hombre aquien vi entonces por última vez, el doctor Ramón Miranda, un artísticomonumento en honor de Martí, el doctor, que a ello me había comprometidode antemano, me llevó a dicha ciudad a hacer uso de la palabra en laceremonia de inauguración. Entonces, refiriéndome en un breve discursodicho en la plaza pública, y que por ello no podía ser ni largo, nireposado, ni serenamente meditado, a aquello que para mí constituíacarácter típico y saliente de Martí, señalaba estas dos circunstanciasque no diré que sean absolutamente exclusivas de él, pero que enrealidad son en él más prominentes que en ningún hombre que haya podidovivir una vida análoga a la suya y que se haya impuesto una misión comola que él se impuso.

En primer lugar, un hombre que movía a los demás a pelear, que encendíaen su patria la hoguera de la lucha tremenda, que condenaba a sushermanos a pasar por la crisis de un terrible martirio, estaba al propiotiempo animado de un amor sin límites a la humanidad y de unabenevolencia para todos los humanos, por malignos que fuesen o porerrados que estuvieran; entre otros, y tal vez principalmente, para losque consideraba sus enemigos. Y además hubo en él rasgo peculiar de sutarea y de su esfuerzo: de todos los hombres que han podido determinar auna colectividad, grande o pequeña, a realizar una obra común, unpropósito general, quizás él sea el que representa en esa obra común unaparte más grande por razón de su esfuerzo individual. Martí, en efecto,fue el determinante principalísimo de la revolución cubana. El pueblocubano, en aquel tiempo, y cuantos vivimos en aquella época lo sabemos,no quería en su mayoría al menos, la revolución. El Gobierno de Españanos había dejado entrever una mejor condición política, sin sacudidas niagitaciones violentas. Tan cierto es que aquello hubiera podido contenerla obra revolucionaria que, como se ha dicho después y repetido muchasveces, la actitud que tomó el Gobierno español por la iniciativa delMinistro Maura contuvo un poco a Martí. Le pareció que su ideal y sutarea corrían peligro si aquellas reformas políticas se implantaban enCuba de buena fe y eran generalmente aceptadas por el pueblo cubano, envirtud de lo cual él ya no tendría ambiente adecuado para poner por obrasus propósitos. Fue la obcecación de los políticos españoles, de acá yde allá, la que se levantó como una barrera ante el Ministro que acabode indicar y dejó el terreno aun más preparado que antes lo estaba paraque pudiera fructificar la semilla. No obstante, el Gobierno español,volvió, como todos sabemos, a la idea de reformas políticas. El plan delseñor Maura se desechó; pero se planteó otro nuevo, que llevó el nombrede Abarzuza; y aun cuando la generalidad entre nosotros creyó que se ibaa obtener menos de lo prometido, la mayoría se resignaba a obteneraquello, a cambio de no tener delante de sí el fantasma de ningunaagitación, de ninguna revolución, de ninguna lucha. Yo recuerdo que noya entre los elementos españoles, sino aun entre los elementos cubanos,y muy cubanos, y muy probados, pero que no se encontraban en laconspiración que estallaba en aquellos instantes, fue un efecto terribleel que produjeron los primeros movimientos. He tratado a algunos,emigrados de la guerra de los diez años, de aquellos que desde suprincipio marcharon a los Estados Unidos o a algunas de las RepúblicasHispanoamericanas, que consideraron un acto de locura el que se iniciabaen aquellos días. Creyeron que todo lo que se había adelantado, en 17años de predicación pacífica, por el Partido Autonomista, iba a serirremediablemente perdido; y un amigo particular mío, que se hallaba enMadrid cuando los primeros sucesos estallaron, que salió de España muypoco después y regresó a Cuba, hubo de declararme que en una entrevistaque tuvo pocos días antes de embarcarse con el famoso tribuno españoldon Emilio Castelar, este le significó que en Cuba, se había cometido unacto de demencia irreparable, y que los que lo cometían y los que no locometían, en virtud de irremediable consecuencia de la solidaridad,verían perturbado el sistema político de Cuba, ya que aquellos sucesoslo harían volver mucho más atrás de donde se encontraba en el momento enque se iniciaron los primeros esbozos de un plan de reformas. Y esa ideade don Emilio Castelar era la idea que aquí tengan todos los que noestaban, diré mejor, los que no estábamos comprendidos en laconspiración; porque a pesar del papel que yo posteriormente pudedesempeñar, modesto y obscuro, en el movimiento revolucionario, he dedeclararlo sinceramente, y nunca he pretendido lo contrario, en laconspiración inicial no estuve comprendido ni iniciado; hasta el puntode que, no sospechando que yo podía ser capaz de semejante cosa, elseñor Juan Gualberto Gómez, a pesar de haber llevado su defensa ante laAudiencia de la Habana cuando se le procesó por la publicación de unartículo titulado «Por qué somos separatistas», jamás contó conmigo yaun hubo de decirme, ya en Ceuta, donde nos encontramos, que él sehubiera dirigido a mí si hubiese sabido que yo era susceptible de serinyectado con semejante virus; a lo que le contesté que quizás, enaquellos momentos, no hubiera sido yo susceptible de recibir, con fruto,la inyección.

En tales condiciones se encontraba la población de Cuba cuando Martíempezó la obra revolucionaria. Es verdad que, como él decía, en el suelono se advertían los brotes primeros de la planta, pero él sintió lo quepasaba en el subsuelo, y en el subsuelo estaba ya preparada la semilla;prueba cómo ella fructifera. Aun los más ajenos al movimiento inicial,se sintieron (y aquí también puedo decir, nos sentimos) inmediatamentearrastrados por él; de tal manera que aun antes de que la invasión delas provincias occidentales diera grave y decisiva importancia al guantearrojado al Gobierno de España, ya habíamos sentido muchos, que veíamosvenir la ola arrolladora, que lo peor que podía suceder a los nacidos enCuba sería que ese Gobierno de España aplastara militarmente a larevolución; y aun algunos, sin creer que aquella revolución podía tenerun éxito, mucho menos cercano; sin pensar que en el períodorelativamente corto de tres años se triunfara; pensaron que eranecesario un movimiento general para prestar auxilios a dicharevolución, procurando al menos colocar el pleito en condiciones detransacción que a España resultara irremediable; primera victoria, quehabía de ser victoria definitiva, un poco más tarde, de Martí ya muerto,sobre nuestros corazones.

Era, indudablemente, un hombre extraordinario el que llegó a producir enun pueblo, pequeño o grande, eso poco importa, fenómeno como el queacabo de indicar. Decíales a ustedes hace poco que había en realidad ensu vida toda algo que indica que él se consideraba providencialmentedestinado a semejante misión. Esa impresión, mucho tiempo después demuerto él, la recibí directamente por unos renglones suyos, y en la obrade menos importancia de todas aquellas que ha publicado el señor Gonzalode Quesada, piadoso recolector de sus escritos; en una que se titula LaEdad de Oro y que es un volumen que contiene los trabajos que insertaraMartí en cuatro o cinco números, muy pocos, de una revista que publicó,dedicada a los niños, y de la que él era el director y el redactor casiúnico. En uno de esos artículos, que se encuentra al principio, el quese denomina «Tres Héroes», Martí habla a los niños, en sencillolenguaje, de Bolívar, de Hidalgo y de San Martín; y refiriéndose alprimero, escribe estas palabras que voy a permitirme leeros y en las queentiendo que hay incuestionable, inconscientemente, y en síntesis, unpoco de autorretrato:

«Bolívar era pequeño de cuerpo. Los ojos le

relampagueaban, y laspalabras se le salían de los labios.

Parecía como si estuviera esperandosiempre la hora de montar a caballo. Era su país, su país oprimido, quele pesaba en el corazón, y no le dejaba vivir en paz. La América enteraestaba como despertando. Un hombre solo

no vale nunca más que un puebloentero; pero hay hombres

que no se cansan, cuando su pueblo se cansa, yque se deciden a la guerra antes que los pueblos, porque no tienen queconsultar a nadie más que a sí mismos, y los pueblos tienen muchoshombres, y no pueden consultarse tan

pronto. Ese fue el mérito deBolívar, que no se cansó de pelear por la libertad de Venezuela, cuandoparecía que Venezuela se cansaba. Lo habían derrotado los españoles:

lohabían echado del país. Él se fue a una isla, a ver a su tierra decerca, a pensar en su tierra».

Cuando esto leí hace poco más de un año, poco antes de que el señorViondi pronunciara aquí el discurso del año anterior, me pareció que enestas palabras Martí se retrataba a sí mismo. No era él de aventajadaestatura, era más bien pequeño de cuerpo (acaso fuera de la propiaestatura de Bolívar); era nervioso también, como a Bolívar pintara; susojos, todos los que lo conocieron lo dicen, relampagueaban; las palabrasasimismo se salían de sus labios; y cuando su pueblo se había cansado depelear, él no se había cansado del propósito de iniciar una nueva lucha;él había decidido la guerra solo, porque solo a sí mismo se consultaba;no necesitaba consultar a su pueblo y le parecía también muy difícilconsultar la opinión de muchos. Y tan había decidido la guerra él solo,que a los jefes principales de aquella lucha, a los generales MáximoGómez y Antonio Maceo, los fue a buscar; y lo que no habían decididoellos, él hubo de decidirlo y fue él solo, él quien sacó de su inaccióna tales hombres y en la aventura los embarcó. Cuando escribía talespalabras de Bolívar, es probable que pensara en sí mismo; es probableque no quisiera establecer una franca comparación, cosa que su propiamodestia había de vedarle; pero yo dudo de que nadie que lo hayaconocido, de que nadie que, aun sin conocerlo, haya oído hablar de éltanto como lo hemos oído nosotros todos, deje de encontrar su propioespíritu, su propio temperamento, la condensación de su carácter y de suhistoria, en esas líneas en que él trataba de pintar a los niños al quefue el Libertador de la América, Central y Meridional.

Aquel otro rasgo del que hablara hace poco ya se señalaba en losmomentos mismos en que la lucha tenía comienzo. Parecía a Martí quedebía dirigirse, no para conquistarlos en conquista imposible y absurda(no hay un solo renglón en el documento a que voy a referirme en que talpropósito aparezca), hasta a los propios soldados españoles que estabanen Cuba; y en una especie de alocución y manifiesto que de antemanopublicara, les decía que era su adversario y enemigo, pero que no sentíapor ellos odio de ninguna especie. No los llamaba para convidarlos a ladeserción, no; les advertía el noble propósito de la lucha; y antes decomenzarla, él, el más débil, el que solo contaba con su esfuerzo, elque bien se daba cuenta de lo áspera y difícil que iba a resultar, en elmomento en que el encono es más natural en el espíritu del hombre,proclamaba un ideal de fraternidad para con el adversario y de antemanoquería asegurar para un mañana más o menos incierto, pero en el cual éltenía mucha fe, un programa de perdón, de ausencia total de rencores, deolvido de la lucha misma.

Y en efecto, ese espíritu que dominaba a toda su tentativarevolucionaria, se vio reproducido en el momento de la victoria al finalde la guerra de Cuba. Y aun cuando en ello me repita, quiero consignaruna cosa que consignara también allá en Matanzas, en la oportunidad aque antes me refería. Colaboradores entrambos enemigos en que tal fuerael resultado de la revolución y de su triunfo, no solo los cubanos notuvimos, salvo alguna que otra manifestación aislada, que nunca pudotraducirse en hechos, el propósito vindicativo de las ofensas pasadas,sino que tampoco dieron los españoles muestras de despecho o deinconformidad con los hechos consumados, y dándose cuenta oportuna de lasituación la aceptaron acaso con reservas mentales, pero con reservasque tuvieron la discreción de no exteriorizar jamás; y así nunca,manifestaron expresa y públicamente, ni aun durante el tiempo intermediode la Intervención primera, que, contentos con tal fracaso de laRevolución vencedora, ellos deseaban que no triunfaran sus idealesdefinitivos.

De este modo, y con la discreción de un lado y del otro, seha podido lograr que la República, ni antes ni después de constituida,se mirara por esos hombres como una condición de cosas en la cual lavida era para ellos imposible, y tanto los unos como los otros, los quehabían triunfado con el auxilio americano, y los que habían sidovencidos por las fuerzas unidas de cubanos y americanos; aceptaron comocosa definitiva el nuevo orden político, cooperando todos a mantenerlo,cada cual como ha querido, como ha podido o como ha debido.

Ese amor de Martí para todo lo humano, hasta el punto de que pudo tomarcomo lema de su existencia aquel verso famoso de Terencio, pues que nadaque fuera humano, en efecto, le era extraño, se manifiesta muyprincipalmente hacia los pobres, hacia los humildes, hacia los débiles.Martí se abría muy fácilmente camino en el corazón de ellos. Cuando encompañía del que fue primer Presidente de nuestra República, yaconstituida en definitiva y reconocida por todas las naciones, don TomásEstrada Palma, en los últimos tiempos de la revolución, en la época enque en el puerto de la Habana voló el acorazado americano «Maine», hiceyo un viaje a Tampa y Cayo Hueso, esto llamó profundamente mi atención.En las casas más pobres había uno o más retratos de Martí. No secontentaban generalmente con tener uno solo. Si lo tenían pequeñobuscaban uno más grande y conservaban el pequeño para trasladarlo a otrahabitación. Si lo tenían de busto, querían tenerlo también de cuerpoentero. Si lo tenían a él solo, querían otro en que Martí estuviesefotografiado en compañía de algún amigo. Y en todas las casas, porhumildes que fueran, se encontraba su imagen repetida, no una sola vez.Así la veía uno por todos lados; la veía en el exterior de los edificioscomo en el interior de los mismos; en la sala en donde se recibía alhuésped como en las habitaciones privadas; en los talleres detabaquería, en número bastante considerable, hasta el punto de haberpodido yo contar seis retratos en un mismo taller. Y en todas partes lehablaban a uno de Martí. Y había gentes que se sabían de memoria elprimer discurso que dijo en Cayo Hueso; y no había reunión política enque alguien no se encargara de recitarlos, como la obertura obligada dela función de que se trataba; y las palabras de él, lo que había dicho,lo que había indicado en las conversaciones particulares, el consueloque había prodigado a los infelices, a los desvalidos, a los tristes serepetían diariamente; y no vivía uno en aquel lugar y en aquella épocasin ver su imagen por donde quiera, sin oír repetir sus palabras y susideas por todas partes; hasta el punto de que era difícil sustraerse ala ilusión de que estaba vivo; ¡ciertamente mucho más vivo entonces quecuando real y efectivamente vivía!

Otro de sus caracteres (cuantos lo conocieron han podido dar de esto untestimonio constante) fue la elevación de su mente, su perenne alturamental. Tengo entendido que, cualquiera que fuese la bondad de sucarácter, cualquiera la facilidad con que se le podían acercar, altos obajos, quienes desearan abordarlo, no fue, sin embargo, un hombrealegre. No podía serlo, puesto que tenía la obsesión de una triste idea,la idea de una misión dura y difícil, no solo para él, sino también parasus compatriotas. Aquel amante de la humanidad iba, en efecto, a sercausa de que se derramara sangre. Su misión no se podía realizar si no acosta de sangre y de lágrimas; y un hombre que tenía en el corazón tanabundante piedad para todos los hombres, condenado a realizar obrasemejante, no podía ser jovial, no podía abundar en él la alegría. Porconsiguiente no era dado a tomar en broma familiar las cosas que aveces, a los demás, a los que vivimos reducidos a un nivel normalhumano, nos proporcionan esa frívola, pero grata impresión que hacereír. No tenía, no podía tener lo que un amigo mío suele llamar «elsentido cómico de los acontecimientos». Y así a veces, ante cosasverdaderamente cómicas, su espíritu encontraba siempre un aspecto sobreel cual se podía discutir seriamente, abandonando la broma, como algoincompatible con su temperamento, y contemplando tan solo el lado serioy elevado a que la cosa misma pudiera prestarse.

Mi compañero de trabajo y mi íntimo amigo Pablo Desvernine, me hareferido lo siguiente, que presenciara él una tarde, en el bufete delseñor Viondi, en donde se encontraba Martí. En aquella época el Liceo dela Habana se hallaba establecido en la Calzada de la Reina. Era antes dela revolución, durante un breve paso de Martí por Cuba; no solo antes deque el movimiento revolucionario estallara, sino también antes deaquella, para muchos aun no claramente conocida, aparición de AntonioMaceo en La Habana. Y resultó ser que llegó al bufete del señor Viondiun empleado suyo, un hombre sencillo y bueno, pero sin gran cultura, ydeclaró, en medio de la mayor jovialidad, que el doctor José AntonioCortina disertaría aquella noche en el susodicho Liceo acerca de «uninglés» que pretendía que el hombre descendía del mono. Martí se indignóen medio de la risa general. Comenzó por advertir a aquel pobre hombreestupefacto que no volviera nunca a expresarse en ese tono de semejanteinglés. «Ese hombre de quien usted habla, le dijo, se llama CarlosDarwin, y su frente es la ladera de una montaña»; y continuó disertandoen este tono por diez minutos, hasta que sus amigos le interrumpieronpara hacerle comprender lo perdido e inútil de aquella disertación.

En ese estado de excitación mental y con su espíritu en ese planointelectual y moral, se encontraba constantemente. Como hombre que sehalla obsedido por una idea, como acabo de decir, realmente triste, lade lanzar a sus hermanos a la guerra, le era imposible la risa ruidosa yla franca alegría. En efecto, si es cierto que su papel en la iniciativay en el desarrollo de la revolución fue individualmente tan decisivocomo he podido indicar (y creo que de ello no cabe duda); si se estimaque todo lo que se hizo posteriormente no fue más que consecuencia de suenergía, de su acción individual; cuantos murieron, murieron, entreotras cosas, y principalmente porque él los lanzó a la muerte, porque aella los mandó; y aun así, cuantas viudas, cuantos huérfanos lloraron,derramaron lágrimas por él; cuantos aquí se arruinaron, y cuantaspropiedades se destruyeron, y cuantos escombros se amontonaron sobrenuestros campos, y cuanto humo tiñó la pureza de nuestro cielo, fueronruina, y destrucción, y escombros, y humo que a él pueden referirse comoa su causa. Todo eso fue realmente obra suya. Y hubiera podido pasarseun balance de pro y de contra, de cargo y de data, de debe y de haber,para saber cuál era su saldo, si no hubiera él comprendido la tristetarea que se impusiera y decretado que ella reclamaba su propiosacrificio. Y en efecto, tanto como el que más, mucho más que otrosrevolucionarios de su índole, no tan solo entendió que debía lanzar a supueblo a una lucha desesperada, sino que comenzó por lanzarse con él; yaun creo que pensó que, inmolándose en holocausto voluntario, debíamorir a las puertas mismas de la revolución.

¿Quién podrá, por consiguiente, tomarle cuenta de la sangre que sederramó, de las lágrimas que se vertieron, de todo lo que pudo suponeraquella lucha postrera de la actual generación cubana, cuando él fue laprimera víctima, prestándose a su propia inmolación? De ese modo,redimió todo lo que pudiera pensarse que hubo de sombrío en su obra,aceptando para él, espontáneamente, la parte más sombría. Ya antes habíahecho un sacrificio prolongado, que no había sido cruento, pero quehabía sido tan duro, por lo menos, como aquel que hiciera en el momentode morir. Como dije antes, todos los halagos de la existencia fueroncosas por él renunciadas. La estabilidad de la residencia en un puntodeterminado; los lazos establecidos, cada día más firmes, y que hubieransido sin duda lazos de fervoroso afecto respecto de un hombre que tanfácilmente cautivaba el corazón de los otros; la posibilidad de unaposición económica relativamente holgada, que para ello tenía aptitudes,condiciones, simpatía, relaciones e inteligencia bastantes, aunque talvez no el carácter que se necesita para estas apacibles empresas, untanto vulgares; todo esto lo renunció, momento tras momento, un día trasotro de su vida. No tuvo ni siquiera, por mucho tiempo, los placeres delpropio hogar. Errante siempre, de acá para allá; en la propia España, enCuba solo de paso, en los Estados Unidos, en las tierras todas de laAmérica latina; lo principal de su existencia fue preparar y hacerestallar la revolución cubana.

Todo lo demás que hizo fue perfectamentesecundario en su vida. Esta fue, pues, una vida de constantessacrificios. Por eso, con toda razón, en una conferencia que pronunciaraen 1894, sobre él, en New York, en la Sociedad LiterariaHispanoamericana, de la cual Martí fue Presidente y fundador, terminabael señor Enrique José Varona declarando que su carrera podíasintetizarse

«en la palabra gloriosa que pone un nimbo resplandecienteen torno de unos cuantos grandes nombres, en la que inmortaliza a losPrometeos, clavados en su roca, y a los Cristos, clavados en su cruz, lapalabra Sacrificio».

En ello, señores, no hizo Martí más que seguir aquella vieja tradiciónde sus mayores; de nuestros mayores, sería mejor decir; ya que la firmedecisión del sacrificio había de ser la única arma de bastante templepara proporcionar a los cubanos la victoria, remota y casi inasequible.Cuando se recuerdan los días preliminares del conflicto, se comprendeque todo el que pensara, ya exaltado por la pasión patriótica o sin esaexaltación y contemplando el espectáculo desde fuera, en que Cuba iba aluchar contra España, en que una revolución no bien organizada iba alanzar el guante a un Estado organizado y con recursos, no podría nuncaconcebir que los revolucionarios aspiraran a un éxito militar decisivo yrápido. Aquella guerra, para resultar, tenía que prolongarse. Se teníael ejemplo de los diez años de martirio anterior, y aquellos diez añosde combate habían producido el efecto de que la riqueza se escapara alpueblo cubano y pasara a otras manos, de que no quedara más que unresiduo de su anterior preponderancia económica. Empeñar una nueva luchaera consumar la ruina completa, porque aquella debilidad frente aaquella fuerza (fuerza y debilidad son siempre relativas) no podíaaspirar a ninguna probabilidad de triunfo, sino mediante unaperseverancia constante en el sacrificio.

Algunas veces, en medio del combate, la posición respectiva de losadversarios se exageraba por unos y por otros; y de aquí que larevolución tropezara con algunos inconvenientes propios de laexageración natural de sus cronistas. Recuerdo, por ejemplo, que elgeneral Máximo Gómez penetró un día en la ciudad de Santa Clara, yestuvo durante algunas horas en la ciudad, y se surtió y surtió a sustropas de calzado y víveres, y ocupó ropas y municiones, y armamentos, ycaballos, y medicinas; y al fin tuvo que marcharse, porque no podíasostenerse a pie firme, en tal lugar, contra las tropas españolas. Dadolo que era la guerra de los cubanos contra España, aquella era, para talguerra, una brillante operación militar; pero si realmente se leanunciaba al mundo, como se le anunció, que el Ejército cubano se habíaapoderado de Santa Clara, de la capital de la provincia central de laisla y que allí se había hecho fuerte contra las tropas españolas, lanoticia tenía el inconveniente de su exagerada importancia; y cuando sesupo después lo que había pasado realmente, la cosa pareció pequeña,precisamente en virtud de su exageración; y el resultado fue que losperiódicos franceses, más tarde, cuando recibían algunas noticias pornuestro conducto ponían delante de ellas, con letra bastardilla,« Source Cubaine», para dar a entender que todo aquello era sospechosode exageración, si no de mentira.

Por eso, y antes de hoy lo he dicho, nuestra grandeza verdadera haestado en el tesón del sacrificio. De todos aquellos que han abrigadoese empeño del sacrificio para conseguir la realización de un ideal,ninguno lo ha hecho con más firmeza y más altura y más decisión queMartí; muchos han sido inferiores, ciertamente, a él en este terreno.Por eso creo que el señor Varona tenía razón cuando afirmaba que aquellapalabra era la síntesis más cabal de toda su existencia: en el tiempo desu vida, haciéndola penosa, mirándolo todo como secundario, salvo aquelpropósito fundamental y esencial de todos sus días, uno tras otros; ydespués, al iniciarse la lucha, lanzándose frente al enemigo, buscandola muerte y encontrándola al fin; ¡él no fue más que un sacrificadoconsciente y espontáneo, desde el primer momento hasta el último!

Nosotros somos los herederos de esa obra suya, como de otras obras quese han unido a la de él en una tarea común; y una herencia como esta, noes lícito aceptarla a beneficio de inventario: sus herederos debenaceptarla sin ninguna especie de restricción, con las ventajas y con losinconvenientes, con los bienes y con las cargas. Por eso yo, que hepasado muchas veces como un pesimista, solo porque he visto acaso de unmodo más claro, y he tenido un tanto más de atrevimiento para decirlo enalta voz, lo que había entre nosotros de inconveniente y de malo, me hedado a mí mismo una, si se quiere, inmodesta satisfacción, declarándome,cuando otros me llamaban pesimista, un optimista fundamental. Hasta talpunto, que un amigo que me conoce me reprochaba una vez diciéndome quela lectura de los sucesos pasados iba a producir en mi espíritu unapeculiar atonía, porque cualesquiera que fueran nuestros males, hojeandoun libro de Historia, de cualquier pueblo, de cualquier época,encontraba en sus páginas el relato de una situación infinitamente peor.Y es verdad, señores Representantes. Recuerdo que leyendo una vez en lacolección de monografías históricas publicada bajo la dirección delprofesor Oncken, de Berlín, una Historia del Islamismo en Oriente yOccidente, encontré un pasaje en que el autor habla de los Emiratosindependientes que surgieron de la primera invasión mogola, en el AsiaMenor y en Armenia. Hubo una serie sucesiva de años en que toda aquellahistoria tuvo una trágica monotonía desesperante: degüellos depoblaciones enteras, incendios y saqueos de ciudades, exterminio de sushabitantes sin perdón ni aun para niños ni ancianos, lucha incesante delos pueblos entre sí y contra los invasores comunes; tales son lassimétricas y feroces alternativas de aquella historia. Esta no tiene mássucesos que referir que esos que he indicado; y el autor del librodeclaraba que para no repetir hasta la náusea hechos exactamente igualesy horrorosos, iba a limitarse a decir que aquello duró hasta el añotantos y a dar la lista de los soberanos que reinaron en todo esetiempo. Y yo, al leerlo, pensaba: «¡Todavía los turcos encuentranarmenios que degollar!»; y recordaba con cuánta razón, aunque elconsuelo aparezca, viniendo del diablo, Mefistófeles adoctrinaba aFausto diciéndole: «En vano un día tras otro amontono torbellinos,huracanes, incendios, volcanes y lluvias; extirpo al hombre, creoextirparlo, de la superficie de la Tierra; ¡pero no lo logro endefinitiva, porque aquella maldecida simiente de Adán, jamás perece ysiempre germinal, siempre brota, en ancho río, una sangre vigorosa ynueva!».

Ese debe ser, ciertamente, nuestro consuelo. Ahora, para experimentar entoda su intensidad este consuelo, es preciso hacer un esfuerzo porllegar a una determinada altura moral y mental; porque es preciso darnoscuenta de que ese renacimiento y ese bienestar que mañana nos esperan,tal vez no los gozaremos nosotros; los gozarán tan solo los que vengandetrás de nuestra generación. ¿Qué importa? Nosotros somos en Cuba lageneración que consiguió realizar la libertad. ¿No es esto bastantepremio para nuestro esfuerzo? ¡Si no nos ha sido posible, si no nos hade ser posible llegar también a conseguir la felicidad, pensemos queesta será sin duda el premio de una generación posterior: el nuestro lotenemos ya, lo hemos conseguido!

¿No somos felices en el presente? Hagamos todo lo que hacerse quepa paraserlo en el futuro; y si llegamos a perder la esperanza de serlonosotros mismos, hagamos todo lo posible porque lo sean nuestros hijos.¿Qué mejor recompensa para el esfuerzo de nuestros mayores, para elesfuerzo definitivo que nosotros hicimos? Vivamos, por consiguiente,persuadidos de esa idea, vivamos perfectamente compenetrados de que lageneración que nos precediera fue mucho más desgraciada, mucho mássacrificada que la nuestra. Luchó más tiempo que nosotros. Los que lacomponían se arruinaron por completo, siendo ricos; sufrieron loindecible, habiendo nacido felices; y en medio del vigor de la humanafortaleza, a la mitad del camino de la vida, tristemente se desangrarony murieron; ¡y no tuvieron la compensación que nosotros hemos tenido, lade ver tremolando sobre el suelo de su patria la bandera de susilusiones y de sus ensueños!

Si nosotros lo conseguimos, si al fin pudimos lograrlo y convertirlo enuna realidad, ¿por qué pedir más? Siempre me he dicho esto a mí mismo, yrealmente no he pedido mucho más. Creo, sí, que cuanto haga el hombrepor señalar a sus compatriotas las deficiencias del presente en quevive, es bueno y es saludable; pero debe hacerlo serenamente y sin ira,cumpliendo con su deber de heredero de herencia semejante con tesón yenergía, pero sin desesperarse nunca; comprendiendo que el mal es humanoy que de él no se podrá jamás desligar la humanidad.

Porque hay quetener en cuenta que el hombre, considerado como colectividad, progresasolo muy lentamente y adelanta de una manera análoga a aquella empleadapara cumplir su voto por un conde francés que, en la Edad Media, hizo eljuramento de marchar a Tierra Santa caminando cuatro pasos haciaadelante y tres hacia atrás; de manera que andando siete pasos tan soloadelantaba uno. No marcha más rápidamente la humanidad. Al contrario,aun me parece que marcha con mayor lentitud; pero adelanta al fin, y esoes lo único que podemos pedir al Destino.

Así el mañana será ciertamentemejor que el presente; y nosotros habremos sido dignos herederos denuestros causantes si vivimos considerando el estado actual de cosas nocomo algo definitivo, que debe satisfacernos, sino como algo transitorioque tenemos necesidad de mejorar. Si estimamos que las condicionespolíticas del presente no son buenas, comprendamos que todo lo que enellas nos parezca malo ha de ser cosa modificable y mejorable; y cadacual desde su punto de vista, harmonizando cuanto quepa su interéspersonal con el interés colectivo, haga todo lo que pueda para conseguirese mejoramiento.

En suma, si pasajeros del momento presente, tenemos por lo menos laaspiración ideal de considerarnos ciudadanos definitivos de una ciudadmás perfecta, que está aun por fundar, y trabajamos para fundarla, ¿quénos impedirá ser más felices, como premio de tal esfuerzo en el futuro?Y así pudiera terminar estas reflexiones con que he entretenido laatención vuestra, repitiendo, aunque para alterarle un tanto su sentido,una frase que se contiene en la epístola de San Pablo a los hebreos: «Notenemos aquí por cierto una residencia duradera, permanente; es unaresidencia futura, una ciudad futura, la que debemos buscar». « Nonhabemus hic manentem civitatem 2, sed futuram inquirimus!».

Martí

por Federico Uhrbach

El Fígaro, noviembre 30 de 1910

Martí

Ante su mármol

Para Manuel Sanguily, grande de corazón y pensamiento.

Alma, escuda con la malla milagrosa de la rima

el dolor y el desaliento que florecen en tu sima

cuando evoca la tristeza la visión de la contienda, y

fecundo

rompa

el

brote

vigoroso

del

ensueño

con la gloria fulgurante del audaz y heroico empeño 5

y el fugaz deslumbramiento de la trágica leyenda.

Sí en la niebla del recuerdo melancólica perdura

desolada la memoria que en un vuelo de amargura

reconstruye

la

sangrienta

florescencia

de

tu

duelo,

no perturbe de tu llanto la corriente inagotable 10

la

salmodia

del

tributo

que

se

eleva

inmensurable

de la patria, en la piadosa gracia cándida de un vuelo.

Si

inextinto

el

sedimento

doloroso

de

la

brega

engañosos

espejismos

simulando

dulce

entrega

fingen, alma, a tu miseria formular consolaciones, 15

rinde el plácido reclamo de sagrada tregua, el triste cavilar

en

la

tragedia

de

tus

lágrimas,

y

asiste

con tu lauro al homenaje de exaltar consagraciones.

¡Cuán radiante en la lejana perspectiva del pasado,

como lampo que emergiera de las ondas de un nublado 20

se

destaca

luminosa

de

la

pálida

penumbra,

la

apostólica

figura

del

vidente

mensajero

del

amor

y

la

justicia,

con

su

rostro

de

lucero

y el hechizo de su genio que encadena y que deslumbra!

De la gloria a los destellos la romántica silueta 25

del

creyente

que

adunaba

sus

lirismos

de

poeta

con

la

viva

llamarada

de

sus

trágicos

lirismos,

resplandece

como

un

astro

que

las

almas

ilumina

con

el

fuego

milagroso

de

su

bíblica

doctrina,

como un rayo de la aurora diafaniza los abismos. 30

Soñador

de

rara

estirpe

de

sublimes

soñadores

que persiguen la anhelada redención de los dolores,

heredad

fosca

y

estéril

de

los

seres

infelices,

fue

su

vida

inmaculada

de

fecundas

enseñanzas,

en los tristes vencimientos alentar las esperanzas 35

y en las bregas afanosas restañar las cicatrices.

Prisionero que en la sombra perdió el alba de la vida, desterrado

que

en

la

playa

de

región

desconocida

inició

su

apostolado

domeñando

adversidades,

al templar el alma al soplo de rebeldes embriagueces 40

prendió el sol que disipara las profundas lobregueces que opusieran a su empeño las humanas tempestades.

Las estancias cadenciosas de sus trémulos poemas

guardan bálsamos y mieles, no los fieros anatemas

forjan lanzas aceradas en la urdimbre de su estrofa, 45

y en la gama de su verso melancólico y flexible

hay, si hiere, un dulce ruego de perdón indefinible, y un espíritu doliente y amoroso si apostrofa.

Incansable peregrino de un errante y largo viaje,

fue llevando por las rutas de su audaz peregrinaje 50

en la alforja de sus sueños su dolor de clima en clima, su dolor que fue acicate, voz nostálgica de aliento, al

lanzar,

transfigurado,

su

profético

lamento

en la breña de la pampa y en la nieve de la cima.

Con su influjo persuasivo de amoroso misionero, 55

anunció

la

buena

nueva

prodigando

en

el

sendero

de

su

gracia

luminosa

floraciones

tempraneras,

y simula en la grandeza de su inmenso simbolismo

un

radiante

Nazareno

de

exaltado

iluminismo

de un Jordán próvido y nuevo predicando en las riberas. 60

De su voz al suave encanto de sutiles inflexiones

la

piedad

acariciaba

los

heridos

corazones

como un trémolo de liras, como un trémolo de auroras, y el fulgor ultraterrestre que irradió en clarividencias, fulguró como la estrella que orientaba las conciencias 65

a las márgenes lustrales de las iras redentoras.

Paladín