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»A pesar de todo no puedo pensar, sin estremecerme, en las
emociones,por agradables que sean, que esperan a mi pobre hija.
Es tan delicada, ytan débil de cuerpo y de espíritu que una
alegría la trastorna tantocomo a otros una pena.
»¿Obrará el novio con la prudencia del padre? ¿La tasará
ciertas cosascomo yo, que le taso el viento que puede
perjudicarla? ¿Encerrará a ladelicada flor en una atmósfera tibia
y embalsamada sin sobra de sol ysin vientos tempestuosos?
»Ese joven fogoso y apasionado puede destruir en un mes con
sus locostransportes mi compleja tarea de diez y siete años de
cuidado constante.
»Navega pues, supuesto que es preciso, frágil barquilla mía; ve
adesafiar la tempestad. Afortunadamente yo seré tu piloto; yo
sabrégobernarte y no te abandonaré a merced de las olas.
»¿Qué sería de mi vida, pobre hija mía, si te abandonara yo?
»Pensando en lo delicada y endeble que es tu constitución,
siemprecreería verte enferma, o amenazada de estarlo. ¿Quién
podría decirte atodas horas:—Mira, Magdalena, que ese sol del
mediodía quemademasiado.—Mira, que esa brisa nocturna es
fría con exceso.—Magdalena,cúbrete la cabeza con un velo.—
Magdalena, échate un chal sobre loshombros?
»No; nadie te hablará así. El te amará, pero no pensará en otra
cosa queen quererte, mientras que yo pensaré en hacer que
vivas.»
XIII
17 de mayo
«¡Desdichado de mí!