Amaury by Alexandre Dumas - HTML preview

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Tenía Raúl la costumbre de ir todas las mañanas a ver a un amigo quevivía frente a la casa del doctor Avrigny, y fumar en su compañía uncigarrillo mientras tenían un rato de conversación. Así, si bien le eraimposible saber lo que pasaba en la casa de la otra acera, porque suscortinas estaban tan corridas para él como para el resto de losmortales, no dejó de enterarse minuciosamente de cuanto pasaba en lacalle.

Por más que el conde no concedió o pareció no conceder en el primermomento importancia a las revelaciones de su sobrino, tal preocupaciónle causaron que en seguida escribió a Amaury, solicitando una entrevistacon él. Esto sucedía un jueves, 30 de mayo.

Recibió Amaury la carta en el momento de disponerse a salir de su casa,y lo hizo inmediatamente para satisfacer los deseos de un anciano porquien sentía un respeto rayano en veneración, a cambio de un afecto casipaternal.

—Mucho le agradezco—dijo el conde al verle—la diligencia que hapuesto en el cumplimiento de mis deseos. Pocas palabras tengo quedecirle, pues bien creo que me comprenderá sin necesidad de prolijasexplicaciones. Usted ha prometido al doctor Avrigny velar por su sobrinay ser para ella consejero fiel, guía y hermano, ¿no es así?

—Sí, señor, y espero cumplir mis promesas.

—Entonces, su reputación será para usted, no sólo respetable, sino muypreciosa.

—Más que la mía propia, señor conde.

—En tal caso quiero que sepa usted que hay un joven que compromete aAntoñita pasando y repasando por delante de la casa que habita, y hastallega en su audacia a pararse y mirar con toda fijeza y descaro hacialos balcones.

—Tengo que contestarle, señor conde, que eso que usted me comunica escosa vieja para mí—dijo Amaury, frunciendo las cejas.

—Pero quizá—continuó el conde—con el propósito de hacer comprender auno de los dos culpables lo grave del asunto, cree usted, o finge creerque nadie, excepto usted (y el conde subrayó esta palabra) estáenterado de estas cosas.

—Es la verdad, señor conde—repuso Amaury, con grave acento—que yocreía ser el único conocedor de todas esas inconveniencias; pero, segúnveo, estaba equivocado.

—Siendo así, ya comprenderá usted, querido Leoville, que por más que lahonra, de Antoñita está a cubierto de toda sospecha y no habrá de sufrirmenoscabo por lo que el vulgo pueda suponer, acaso sería conveniente...

—Que cesen esas demostraciones—interrumpió Amaury,—en lo cual somosambos de la misma opinión.

—Este era mi propósito al hacerle molestarse en venir a mi presencia yespero me perdonará la franqueza de que abuso.

—Antes bien se la agradezco, caballero; y yo doy a usted mi palabra dehonor de que, muy pronto, todo eso habrá terminado.

—Basta, amigo mío; a tal promesa cerraré de hoy más mis ojos y misoídos.

—Por mi parte no puedo menos de agradecerle que me haya llamado contoda confianza y elegido para encargarme la misión de acabar con lasaudacias de un impertinente.

—¡Cómo! ¿Qué quiere usted decir?

—Tengo el honor de saludarle, señor conde—dijo Amaury, haciéndologravemente.

—Perdone usted, Leoville. Temo que me haya comprendido mal, o mejordicho, que no me haya comprendido.

—Sí, señor conde; le he comprendido perfectamente—dijo Amaury.

Y salió, saludando por segunda vez y haciendo con la mano un ademán paraindicar que no había que agregar una palabra a lo que habían hablado.

Cuando subía al cupé pensaba casi en voz alta:

—¡Ah, miserable Felipe! (Amaury no sospechaba que la reprimenda habíasido para él).—¿Conque era su señoría el que rondaba la calle deAngulema? ¿Conque eres tú el que pones en lenguas la reputación deAntoñita? A fe mía que tengo hace mucho tiempo fuertes ganas de darte unbuen tirón de orejas, y pues me lo aconseja un hombre tan respetablecomo el conde de Mengis, voy a saborear ese placer.

Embebido en estas divagaciones no daba ninguna orden a su lacayo, quelas esperaba sombrero en mano, hasta que cansado de aguardar, preguntó:

—¿A dónde, señorito?

—A casa del señor Felipe Auvray—contestó Amaury en tono que no teníanada de pacífico.

XLVIII

Como Felipe, que no quería renunciar a sus antiguas costumbres, seguíaviviendo en el barrio Latino, era larga la distancia que habla querecorrer, y Amaury tenía tiempo para que se transformase en cólera todoel mal humor que había sacado de casa del conde. Así, cuando Orestesllegó a la casa de su antiguo Pílades, llevaba su alma en tal estado quesin abusar de la metáfora puede decirse que rugía en ella una tempestadfuriosa.

Sacudió violentamente el cordón de la campanilla, sin fijarse en elhecho de que la pata de liebre de la calle de San Nicolás se habíatrocado en pata de ganso.

Abrió la puerta una gorda maritornes, pues Felipe, siempre infantil ycandoroso, había conservado la costumbre de hacerse servir por unamujer.

En aquellos momentos estaba en su despacho, con los codos apoyados en lamesa, la cabeza entre las manos, y los dedos ferozmente hundidos en elcabello, embebido en la formidable cuestión de la pared medianera.

La obesa servidora que no se tomó ni aun la molestia de enterarse delnombre del visitante echó a andar delante de él pasillo adentro y abrióla puerta del despacho anunciando la visita con esta sencilla fórmula:

—Señorito, aquí hay un caballero que pregunta por usted.

Levantó Felipe la cabeza al tiempo que lanzaba un profundo suspirorevelador de la existencia de su melancolía hasta en las cuestiones depropiedad, y dejó escapar una exclamación de sorpresa al ver a suantiguo amigo.

—¡Cómo! ¿eres tú, querido Amaury? ¡Cuánto me alegro de tu venida!

Amaury, al parecer insensible a tan calurosas demostraciones, le dijofríamente:

—¿Sabes a qué vengo aquí?

—Hombre, no; lo único que sé es que desde hace unos días tengo elpropósito de hacerte una visita, y por una u otra causa no te la hago.

—Comprendo tu vacilación—dijo Amaury, sonriendo desdeñosamente.

—¿Sí?—preguntó Felipe palideciendo.—Entonces sabrás...

—Lo que sé es que el doctor Avrigny me ha encargado de reemplazarle enla guarda de su sobrina y que tengo el encargo de velar por sureputación. También sé que le he visto a usted tres o cuatro veces en lacalle de Angulema bajo las ventanas de Antoñita, y en vista de todo,esto, que le hace aparecer culpable cuando menos de ligereza, vengo apedirle cuenta de su conducta.

—Querido amigo: ya tenía yo ganas de verte para que hablásemosprecisamente de esas menudencias.

—¡Cómo! ¿menudencias llama usted a cosas que atañen a la honra, a lareputación, al porvenir de una persona?

—No te enfades por mi manera de expresarme; ya comprendo que no hedebido llamar menudencias a cosas graves, porque grave es en verdad unasunto de amor, de verdadero amor.

—¡Acabáramos! ¿Conque ama usted a Antoñita?

Muy compungidamente Felipe contestó que sí.

Amaury se cruzó de brazos, alzando la vista con verdadera indignación.

—Con honradas intenciones, por supuesto...

—¿Ama usted a Antoñita?

—Sí, mi buen amigo; puede que no sepas que se me ha muerto otro tío, demodo que hoy poseo una renta de cincuenta mil libras...

—No hablo de eso.

—Perdona; yo creo que esta circunstancia no me perjudica.

—Está bien; pero lo que da mal cariz a esta cuestión es el hecho dehaber usted amado a Magdalena ocho meses hace con tanta vehemencia comoen la actualidad ama a Antoñita.

—¡Oh,

Amaury!—dijo

lastimeramente

Felipe.—Estás

abriendo la herida demi corazón, desgarrando mi atormentada conciencia; concédeme siquieradiez minutos de audiencia y al cabo de ellos me compadecerás lejos deculparme.

Indicole Amaury con un ademán que estaba dispuesto a prestarle atención,no sin hacer cierta mueca, que revelaba su prematura incredulidad paracuanto le iba a decir. Y Felipe habló así:

—Si es verdadera la máxima evangélica que recomienda la indulgencia yel perdón para los que mucho han amado, yo debo merecer absolución portodas mis culpas, pues siendo de complexión amorosa, como decía nuestrograve Molière, he amado con frecuencia suma y ardiente apasionamiento,sin ser correspondido, lo que constituye una causa, eximente, más queatenuante. Pasando por alto las que tú ignoras, bien sabes que amé aFlorencia y a Magdalena, pero ellas no se han enterado a no ser que túte hayas encargado de comunicárselo.

¡Ah! Mi amor hacia Magdalena eratan profundo como respetuoso. Acaso no lo creas al ver que esta pasiónno me ha impedido sentir otra; pero no puedes figurarte a costa decuántas angustias y dolores ha tomado cuerpo en mi pecho este nuevoamor.

De igual modo que al enamorarme de Magdalena, en el primer momento yomismo no me dí cuenta (y sírvate de enseñanza por si algún día te ves enmi caso), lo hubiera negado con toda sinceridad, y hasta me hubieseestremecido de horror ante la prueba de ello; pero yendo diariamente avisitar a Antonia y al hablarle de Magdalena, de su gracia, de subelleza, notaba que Antoñita era tan bella como la prima; y, es claro,¿te parece posible Amaury, pasar mucho tiempo al lado de tanta gracia yhermosura sin enamorarse uno perdidamente?

Amaury, cada vez más abismado en sus pensamientos, no respondió a lapregunta sino con una especie, de suspiro que más bien parecía ungemido, cuya explicación esperó Felipe en vano durante unos momentos,prosiguiendo después:

—Te voy a explicar los indicios que sirvieron a tu pobre y débil amigopara conocer que estaba enamorado nuevamente.

Y exhalando un suspiro más hondo aún que el de Amaury, prosiguió:

—Al principio, como a pesar mío y casi inconscientemente, las piernasme llevaban hacia la calle de Angulema, y cada vez que salía de casa porla mañana para ir al Palacio de Justicia y por la tarde para dirigirme ala Opera Cómica (ya sabes que siempre me ha gustado este génerogenuinamente nacional) me encontraba sin saber cómo, tras una caminatade una hora, frente a la casa del doctor Avrigny, no con la esperanza dever a la dama de mis pensamientos ni con otro motivo ni ideapreconcebida, sino porque me había impulsado la fuerza irresistible delamor. ¿Por qué no confesarlo?

Se interrumpió Felipe un momento en medio de su perorata, esperandoconocer en el semblante de Amaury la impresión que le producían suspalabras, de cuya elocuencia por su parte no estaba descontento; perosólo pudo notar que su oyente añadió un pliegue a los muchos que yasurcaban su frente, y exhaló un suspiro aún más profundo que elanterior. Esto le hizo creer que su auditorio estaba conmovido por lafuerza emocional de su discurso y cobrando más ánimo, continuó así:

—El segundo de los síntomas que me hicieron conocer el estado de mialma fue una viva pasión de celos; pues cuando en los primeros días delmes corriente Antoñita se mostraba contigo tan insinuante, no pudeimpedir que germinase en mi corazón un odio feroz contra mi amigo de lainfancia; odio, pronto apagado por la reflexión de que no te sería fácilcorresponder a ese amor hallándote tan influido por el recuerdo de otroamor que absorbía tu alma.

Estas palabras hicieron a Amaury estremecerse.

—¡Sí, amigo mío! Aquello no fue más que una sospecha fugaz como elrelámpago, que apenas nace muere: lo que me produjo más que odio, másque despecho, más que cólera, fue el conocimiento de las ventajas quepor momentos ganaba el fatuo Mengis en el corazón de aquella que tanabsoluta y súbitamente se había hecho dueña de mi voluntad y de missentimientos. No dejaba de observar un momento a mi rival, y veía cómose apoyaba con familiaridad en el respaldo de su butaca, y le hablaba envoz baja, y se reían y, en fin, otras muchas cosas que apenas hubiesepodido tolerarte a ti, al amigo de la infancia. La irritación, los celosterribles que todo esto despertaba en mí, fueron la prueba de miapasionamiento... ¡Pero tú no me escuchas, Amaury!

Es de creer que, al contrario, Amaury escuchábale demasiado bien, puesel rostro se le encendía como si le caldeasen ondas de fuego, lo cualhacía presumir que cada palabra de las que había oído repercutíadolorosamente en su corazón. Taciturno y sombrío, ensimismose de modoque sentía latir su corazón y le zumbaban los oídos al circular lasangre en impetuosa carrera por las arterias cerebrales.

Muy acobardado por tan inquietante silencio, Felipe continuó:

—No aseguro que todo eso no indique un completo olvido de pasadosjuramentos y una flagrante traición al recuerdo de Magdalena; pero no escreíble que todos puedan ser como tú, modelos de constancia. Además ellate amaba, estaba dispuesta a ser tu esposa, y a tu vez te disponías aser su compañero de por vida, idea grata a la cual ya te habíasacostumbrado, mientras que yo no había pensado ni esperado nadasemejante, sino de una manera fugaz, pues tú me arrebataste laesperanza, no bien que fue nacida. No pienses que trato de atenuar miculpa; por mucho que la execres no he de quejarme de ello; peroescúchame un momento más y dime luego si no existen circunstancias queatenúan el delito que he cometido, dejando de amar a Magdalena para amara Antoñita.

—Hable usted; ya le escucho—dijo con viveza Amaury, aproximando susilla para oír mejor a Felipe.

XLIX

Y el émulo de Cicerón y de M. Dupín, envanecido por la impresión que sudialéctica y su retórica parecían producir en el ánimo de suinterlocutor, prosiguió diciendo:

—En primer lugar, mi traición a Magdalena no era tan grave comoparecía, puesto que el objeto de mi nuevo amor era una persona que habíavivido siempre a su lado, una amiga, prima, hermana pudiéramos decir, enquien me parece continuar mis pristinos amores, pues me retrataconstantemente a Magdalena en sus gestos, en sus palabras. Amar a lasegunda es como seguir amando a la primera.

—Has dicho bien—respondió el pensativo Amaury, con el rostro algo mássereno.

—Ya ves, pues, que tenía razón—contestó Felipe con regocijo.—Ahora, yen segundo lugar, no podrás menos de convenir conmigo en que el amor esel más espontáneo y libre de nuestros sentimientos, y el que nace másajeno a la influencia de nuestra voluntad.

—¡Es muy cierto!—asintió Amaury.

—Todavía no he terminado—dijo Felipe con creciente entusiasmo.—Entercer lugar, ya que mi juventud y mi vehemente facultad amorosa hanhecho resurgir en mí el amor intenso y vivaz, ¿estoy obligado a matar uninstinto noble, natural,

legítimo,

casi

divino,

por

dejarme

llevar

depreocupaciones y convencionalismos opuestos al orden de la Naturaleza, ypor tanto no posibles en lo humano y dignos de que Basón les llamara errores fort?

—¡Claro está que no!—masculló Amaury.

—En tal caso—concluyó Felipe, con acento triunfal,—debes confesar queno es tan grave mi delito, y hasta disculpar mi amor hacia Antoñita.

—¿Y a mí qué me importa que la ames o no?—dijo Amaury.

A tal grosería contestó Felipe sonriendo con la mayor impertinencia:

—Querido Amaury, eso es cuenta mía.

—¡Cómo! ¿Después de comprometer con tus audacias e impertinencias aAntoñita, te atreverás a decir que ella te corresponde?

—No digo nada, querido Amaury, sino que buscando del mal el menos, sibien la comprometo con mis paseos por la calle de Angulema (ya comprendoque a ellos te refieres), por lo menos no la comprometo con mispalabras.

—Señor Auvray, ¿tendría usted bastante audacia para decir en mipresencia que le ama?

—Antes a ti que a otro: al fin eres su tutor.

—Está muy bien, pero se lo callaría usted.

—No veo el motivo si ello fuera verdad—dijo Felipe que empezaba asalir de sus casillas.

—Le repito a usted que no se atrevería a decirlo.

—Y yo le repito a usted que como ello fuese verdad me juzgaría tanorgulloso que se lo haría saber a todo el mundo, y lo publicaría agritos...

—¡Cómo! ¿Te atreves a decir?...

—La verdad.

—¿Se atreve usted a afirmar que Antoñita le ama?

—Me atrevo a decir que ha hecho buena acogida a mis pretensiones y queayer mismo...

—¡Acaba!

—Me autorizó para pedir su mano al doctor Avrigny.

—¡No es verdad!—exclamó Amaury.

—¿Cómo que no es verdad? ¿Usted se fija en que es un categórico mentísel que acaba de darme?

—Ya lo creo.

—¡Y me lo da deliberadamente!

—Por supuesto.

—¿Y no retira usted ese insulto inmotivado que acaba de dirigirme?

—¡De ningún modo!

—¡Basta, Amaury!—dijo entonces Felipe animándose por grados.—Teconcedo que a pesar de mis atenuantes soy algo culpable en el fondo;pero entre amigos y personas de cultura social se trata al prójimo conmás tolerancia. Eso, dicho en el Palacio de Justicia, como allí escostumbre, puede pasar; pero aquí, de ningún modo; no puedo tolerarlo niaun viniendo de ti, y si te ratificas...

—Mira si lo hago, que repito que mientes.

—¡Amaury!—gritó Felipe exasperado.—Te advierto que, aunque abogado,tengo algún valor además del cívico, y me siento capaz de batirme.

—¡Acabáramos! Ya ve usted que hasta le concedo la ventaja de laelección de armas, porque soy yo el ofensor.

—Me son indiferentes, pues no he tenido hasta hoy en mi mano unapistola ni una espada.

—Yo llevaré unas y otras al terreno, y sus testigos elegirán.

Indiqueusted la hora.

—A las siete de la mañana, si te conviene.

—¿Sitio?

—El bosque de Bolonia.

—¿Avenida?

—De la Muette.

—Está muy bien. Creo que tendremos bastante con un solo testigo paralos dos, pues cuanto menos publicidad demos al lance, tanto menospadecerá la reputación de Antonia. Se trata de calumnias y...

—¿Cómo calumnias? ¿Te atreves a sostener que yo he calumniado aAntoñita?

—No sostengo sino que mañana a las siete estaré en el bosque deBolonia, avenida de la Muette, con un testigo, y armas. ¡Hasta mañana!

—Mejor hasta la noche; pues hoy es jueves, día de recepción en casa deAntoñita, y por nada me privaría de verla.

—Está bien; a la noche la veremos, y mañana nos veremos.

Dicho esto, Amaury se alejó furioso y regocijado al mismo tiempo.

L

Nunca Felipe había pasado una velada tan feliz y a la vez tan dolorosacomo lo fue aquélla para él. Feliz, porque Antoñita no tuvo sino dulzuray amabilidad para su adorador, y dolorosa por la perspectiva de aquellance a que le arrastraba Amaury. Gracias a que algo se lo hacía olvidarla incesante y gratísima conversación de Antoñita.

Amaury, por su parte, no dejaba de mirarlos a hurtadillas confrecuencia, y al verlos tan entretenidos conversando y sonriéndose, nodejaba de prometerse con cierta satisfacción cruel que se las pagaríantodas juntas, principalmente su amigo Felipe, quien por su parteembobecido por las preferencias de Antoñita y atormentado por elremordimiento, casi había echado en olvido su próximo duelo.

Aunque se sintiese en cierto modo pesaroso de su triunfo, era éste tannotorio, que no había más remedio que saborear la amarga dicha y tomarcon calma las cosas. No dejaba de pensar a cada coquetona sonrisa deAntoñita que acaso a la mañana siguiente le costaría demasiado cara;pero aun así le parecía deliciosa, tanto como terrible la primera que eladversario le lanzaría sobre el terreno y que él veía con toda realidaden su imaginación.

Estaba escrito que el calavera sería infiel a la memoria de la pobremuerta, pues el recuerdo de Magdalena en lo pasado y la visión delfúnebre porvenir que le preparaba la venganza de Amaury se fueronesfumando tras del gozo que le producía su triunfo del presente, y no sevolvió a dar cuenta exacta de su nada envidiable situación hasta quellegado el momento de retirarse, Antoñita le tendió la mano dándole lasbuenas noches de una manera encantadoramente afectuosa.

Sobrecogido entonces por un triste presentimiento aquella mano que acasono volvería a estrechar la besó repetidas veces mientras con visibleagitación y de un modo incoherente decía:

—Señorita, ¡cuánta dicha! Su amor... su bondad... Prométame que simañana sucumbo pronunciando su nombre me dedicará un recuerdo, unalágrima, una palabra de compasión...

—¿A qué se refiere usted?... ¿Qué quiere usted decir?—

preguntóAntoñita, sorprendida y asustada.

Felipe no contestó, contentándose con dirigirle una patética mirada, ysalió en trágica actitud, con sentimiento de haber hablado demasiado.

Antoñita, que no podía permanecer indiferente después de lo que habíaoído, pues comprendía que algo muy grave indicaban las incoherentespalabras de Felipe, dirigiose a Amaury presurosa y cuando éste tomaba elsombrero para retirarse, y sin aparentar inquietud; pero con el firmepropósito de conjurar cualquier peligro que por parte de Amaury pudieseamenazar a su preferido, le dijo:

—No olvide usted que mañana es el primero de junio, y debemos ir avisitar a mi tío.

—No lo he olvidado—contestó Amaury.

—Entonces nos encontraremos allí como de costumbre. A las diez, ¿no esasí?

—Sí, a las diez—repitió distraídamente Amaury;—pero si no pudiese irhasta las doce, yo le rogaría que dijese usted a su tío que tal vez meretenga en París algún asunto urgente.

Estas palabras fueron dichas con tan fría entonación que Antoñita nopudo menos de estremecerse; pero no dijo palabra, y acercándose al condede Mengis le rogó que permaneciese aún en la casa unos cuantos minutos.

Así lo hizo el conde, y cuando Antoñita, pudo hablarle a solas, leenteró de las palabras de Felipe, de las reticencias de Amaury, y de sustristes presunciones.

No dejó de alarmarse el conde al relacionar lo que acababa de oír conalgo que había oído de boca de Amaury aquella misma mañana; peroprudentemente ocultó su zozobra para no aumentar los temores deAntoñita, y afectando una tranquilidad que estaba muy lejos de sentir,prometió que al día siguiente se ocuparía de tan importante asunto,avistándose con aquel par de insensatos.

En efecto, muy de mañana, mandó enganchar y se hizo conducir a escape acasa de Amaury, a quién no encontró; le dijeron que acababa de montar acaballo y que, haciéndose seguir tan sólo de su groom inglés, habíapartido con tal precaución y silencio que ni siquiera dejó dicho adóndeiba.

Al conde le faltó entonces tiempo para lanzarse en busca de Felipe.

Pero tampoco le halló en casa. Sólo vio al portero, de pie en el umbralde la puerta, refiriéndole a un su amigo, que, una hora antes, habíavisto salir al señor de Auvray junto con su procurador, y que éste, envez del consabido rollo de papel sellado, que era la característica desu grave personalidad y profesión llevaba bajo el brazo aquel día un parde espadas y una caja de pistolas. Este relato hubo de repetirlo elbueno del portero en obsequio al conde, añadiendo finalmente que elseñor de Auvray y su acompañante habían tomado un simón, y que él lesoyó dar esta orden al auriga:

—¡Volando al Bosque de Bolonia... avenida de la Muette!

El conde no quiso saber más; repitió estas señas a su cochero ypartieron al galope.

Pero eran ya las seis y media y la cita se había pactado para las siete.¡Era un contratiempo muy sensible!

LI

Y efectivamente, daban las siete en punto cuando Felipe y su apoderado,que le acompañaba en calidad de testigo, llegaban a la Muette,descendiendo de su alado vehículo. Casi en el mismo instante, fieles ala consigna, Amaury y su amigo Alberto se presentaban también en ellugar de la acción, aquél apeándose de a caballo, y saltando de suelegante cabriolé el otro.

No tardaron en ponerse a discusión las condiciones del duelo.

El amigode Felipe, que estaba algo avezado a esos trotes, acortó mucho lospreparativos.

En su concepto su apadrinado era el ofendido, y como tal tenía derecho ala elección de armas: debían, a mayor abundamiento, servirse de lasespadas o pistolas que, a prevención, habían llevado Felipe y él.

Alberto, advertido de antemano por Amaury para que accediese a todas laspeticiones de la parte contraria, aunque rayaron en exigencias, se avinodesde luego a todo, sin oponer más objeciones que las que son de rigoren tales casos.

Convinose, pues, en que el encuentro se verificaría a espada y con laspropias armas de Felipe, dos espadas militares magníficas.

Una vez puestos de acuerdo Alberto y el procurador, aquél ofreció a ésteun cigarro de su preciosísima petaca, pero viendo que rehusaba lafineza, púsose a encender tranquilamente su habano y luego, acercándosea Amaury, díjole sin recatar la voz y como para vengarse del desairecurialesco:

—Ea, ya está todo listo y a punto; el duelo va a ser a espada.

Conquebuena mano ¡y no te dé lástima ese pobre diablo!

Amaury sonrió e hizo un saludo; quitose el sombrero, que depositó entierra; despojose del frac, el chaleco y los tirantes, y al serleentregada el arma volvió a saludar con verdadera elegancia, sin pizca deafectación. Felipe le imitó en todo con simiesca exactitud, pero altomar la espada lo hizo en tan ridícula y deplorable forma que parecióque recibía un bastón.

Los dos se aproximaron simultáneamente, cruzáronse los aceros a seispulgadas de la punta y luego de separarse un tanto los padrinos aderecha e izquierda respectivamente, comenzó la brega en seguida que seoyó la frase sacramental:

—¡Pueden empezar, caballeros!

Ni corto ni perezoso, Felipe fue el primero en tirarse a fondo conintrépida torpeza, que Amaury aprovechó para darle un bote y desarmarle,arrancándole de la mano el arma, que fue a parar buen trecho lejos de sudueño.

—Le hacía a usted algo más diestro, Felipe—dijo Amaury con tonoirónico, no exento de amargura, porque en el fondo le repugnaba aquellasuperioridad que no deseaba.

—Perdone usted—repuso su adversario,—me parece haberle dicho antesalgo de eso. Desconozco el manejo de la espada.

—Siendo así, que nos traigan las pistolas—replicó Amaury—

hay quenivelar las fuerzas.

—Amaury—intervino

Alberto

por

oficiosidad—¿estás

realmente decidido aseguir adelante?

—Pregúntaselo más bien a Felipe.

Alberto comprendió la indicación y dirigiéndose solamente a suadversario repitió la pregunta.

—¡Pues no he de querer continuar!—prorrumpió Felipe.—

Amaury me haultrajado y, a menos que no me dé amplias explicaciones, no cejaré en miempeño.

—Pues bien, yo me lavo las manos—contestó Alberto;—he pretendidoevitar el derramamiento de sangre; mas ante tal obstinación hay quebajar la cabeza. Pueden, pues, acribillarse, ya que ese es su gusto.

A una seña suya se le acercó el groom de Amaury, le entregó el cigarroy púsose a cargar flemáticamente las pistolas.

A todo esto Amaury se paseaba entretenido en hacer saltar con la puntade la espada los botones de oro de las margaritas silvestres.

—Alberto—exclamó de pronto volviéndose hacia su amigo—

puesto que estecaballero es el insultado supongo que disparará primero.

—¡Claro!—repuso Alberto, impávido, sin cesar en su operación.

Amaury, con la misma calma, tornó a su pueril tarea de arrancarles elcorazón de oro a las inocentes florecillas.

Colocado que hubo las armas, Alberto entró en negociaciones con elprocurador de Felipe, conviniendo ambos en que los dos adversarios secolocarían a cuarenta pasos de distancia pudiendo avanzar cada uno hastadiez, lo que reducía el trayecto a veinte pasos. Después de fijar en elsuelo dos bastones a fin de señalar el punto de parada a cada uno de loscombatientes, separáronse los padrinos, que al llegar a su respectivopuesto dieron las tres palmadas de rúbrica, para indicar a aquéllos quepodían avanzar.

No bien adelantaron cuatro pasos, Felipe disparó. Amaury no hizo elmenor movimiento; sólo Alberto dejó caer el cigarro y corrió a buscar susombrero.

Extrañado Amaury e inquieto por la dirección que, según suponía, habíatomado la bala, preguntó a su amigo:

—¿Qué ocurre?

—Nada—contestó Alberto dando vueltas a su sombrero entre los dedos eintroduciendo el pulgar en un agujero que acababa de descubrir en elfieltro.—Una de dos; o este caballero se figura que juega a lacarambola, o de otro modo desconoce por completo lo que tiene entremanos.

—¿Qué significa esto?—interpeló Amaury,—vacilando entre el temor y laduda de si su amigo se permitía alguna chanza.

Alberto le sacó de esta situación diciéndole:

—Sucede que no eres tú, sino yo el que se bate con este caballero, y ajuzgar por la destreza que ha demostrado al dispararme, se ve que es unenemigo peligroso. Venga la pistola y concluyamos; quiero ver si gozo detan buena puntería como él.

Felipe no sabía qué hacer ni qué excusa presentar; era tan grotesca suactitud y tan francas y ridículas sus palabras, que los demás rompierona reír estrepitosamente.

Vino a sacarle al pobre Felipe de aquel apuro un coche que, apareciendopor una avenida transversal al trote largo, se detuvo en la de laMuette, al mismo tiempo que asomando medio cuerpo por la portezuela,gritaba un caballero con toda la fuerza de sus pulmones:

—¡Alto, señores, alto; deténganse ustedes!

Era el anciano conde de Mengis, a quien reconocieron al punto Felipe yAmaury.

Este arrojó el arma y se acercó a Alberto, quien a su vez acercose aFelipe, el cual aún conservaba la pistola descargada en la mano.

—¡Diantre, señor de Auvray, deme usted pronto esa arma!—

exclamó elprocurador.—Existe una ley contra los desafíos.

Felipe se la entregó maquinalmente, mientras se deshacía en protestasexageradas para convencer a Alberto de que si le había agujereado elsombrero había sido sin intención deliberada...

—¡Soberbia carrera acabo de emprender por vuestra culpa,caballeritos!—dijo el conde bajando del coche.

A Dios gracias llego a tiempo de evitar un desastre. Porque supongo quela detonación que acabo de oír no ha tenido consecuencias.

—Salvo el orificio que mi torpeza ha abierto en el sombrero de esteseñor—dijo humildemente Felipe,—no ha sido nada; y aun ello se debe ami falta de maestría en el manejo de las armas.

—Pero, ¿se ha batido usted con este caballero?—preguntó asombrado elconde.

—No, señor, con Amaury; pero sin duda se me ha desviado el cañón y sinsaber cómo el proyectil, dirigido a Amaury, ha estado a punto de matar aeste caballero.

El conde juzgó que era hora de tratar en serio un negocio que le parecíamuy grave; así, dijo cambiando de tono:

—Tengan la bondad, señores, de dejarme hablar sólo unos minutos con losseñores de Auvray y de Leoville.

Alberto y el procurador se inclinaron, alejándose a una discretadistancia para que se quedaran solos los tres.

—¿Cómo así, señores?—dijo el de Mengis a los jóvenes.—

¿Por qué hanllevado acabo ese duelo? Usted no me prometió esto, Amaury. Le ruego queme diga el motivo que le indujo a tener ese encuentro con Felipe,faltando a su palabra.

—Felipe comprometió a Antoñita, y por eso me bato con él.

—Y usted, Felipe, ¿por qué causa se batió con su amigo?

—Porque Amaury me ha ofendido gravemente.

—Repito que usted estaba comprometiendo a Antoñita, y por eso le heinsultado. El propio señor conde me advirtió que...

—Dispénseme, señor Auvray, le suplico me deje decirle dos palabras aAmaury.

—¿Y bien, señor conde?...

—No se aleje usted mucho; tengo que hablarle también.

Felipe saludó y se apartó unos pasos.

—Usted no me comprendió, por lo visto, Amaury—dijo el conde al quedarsolo con éste.—Felipe no era el único que comprometía a Antoñita.

—¡Cómo!—exclamó Amaury—hay otra persona que se haya atrevido...

—Desgraciadamente, sí, y esa otra persona es usted, Amaury.

Felipecomprometía a Antoñita con sus paseos a pie y usted con los suyos acaballo.

—¡Qué dice usted!—exclamó Amaury.—¿Es posible que alguien sospecharasiquiera que yo quería a Antoñita?

—No ha faltado quien haya hecho esta conjetura; sepa usted que misobrino, único pretendiente formal a la mano de la señorita deValgueceuse, se ha retirado, no por ceder el terreno al señor deAuvray, sino por usted, amigo mío.

—¿Por mí?—murmuró Amaury, aterrado.—¡Por mí!...

—¿Qué le extraña a usted?

—¿Dice usted que su sobrino se retira ante mí?

—En efecto, como no declare usted de un modo categórico que no abrigapretensión alguna a la mano de Antoñita.

—Haré

más,

si

es

preciso—repuso

Amaury

violentándoseinteriormente.—Soy pronto en mis decisiones: antes de anochecer sabráusted si fui digno de la confianza que depositó en mí y si merezco elconsejo que ahora mismo me está dando.

E hizo un ademán de retirarse, después de dirigir un saludo al conde.

—¿Se va usted sin decir nada a Felipe?—insinuó el anciano, deseandoque terminase allí el lance.

—Cierto; le debo una satisfacción y voy a dársela—dijo Amaury.

—Felipe, acérquese usted—dijo el conde.

—Querido amigo—continuó Amaury dirigiéndose a Felipe,—

después dehaber disparado contra mí o con esta intención al menos, debo decirleque siento infinito la ofensa que haya podido inferirle y que hamotivado el lance.

—Amigo Amaury—repuso Felipe estrechándole francamente la mano,—no hepretendido matarte, ni siquiera agujerear el sombrero de tu amigo,percance que yo lamento en el alma.

—Muy bien, muy bien—exclamó satisfecho el conde;—así se hace. Desdehoy, a seguir siendo siempre buenos amigos. Se acabaron las rencillas.

Los aludidos se estrecharon efusivamente las manos.

—Señor conde—dijo luego Amaury,—me parece haberle oído decir quetenía que hablar con Felipe. Yo me marcho para poner en práctica la ideaque he concebido.

Dicho esto saludó y se retiró con lentitud, como si en su ánimoinfluyese la gravedad del paso que iba a dar. Habló un instante conAlberto, a quien tuvo presente su agradecimiento, montó a caballo y sealejó al galope.

—Ahora que podemos hablar con entera franqueza, puesto que estamossolos—dijo el conde a Felipe,—le diré a usted que Amaury tenía razónal juzgar su conducta como comprometedora para Antoñita. Tan cierto esesto, que con otra, aventura como ésta, difícilmente lograría casarse,aun contando con una belleza y una fortuna como las que ella posee.

—Señor conde—contestó Felipe.—Hace poco he confesado mi culpa y ahoralo hago de nuevo. Suelo titubear mucho antes de tomar una resolución,pero así que me decido no hay nada capaz de detenerme en mi propósito.Ya sé cómo debo reparar mis yerros. Caballero, tengo el honor depresentarle mis respetos.

—¿Qué se propone usted hacer?—preguntó el conde de Mengis, temeroso deque Felipe se dispusiese a cometer alguna nueva simpleza.

—No le dé a usted cuidado, señor conde. Yo le aseguro que quedarácontento de mí.

Y después de saludarle con gravedad se separó del anciano, para ir areunirse con su padrino.

—Amigo mío—dijo a éste,—es necesario que se vaya usted a pie hasta labarrera de la Estrella o que apechugue con el ómnibus, pues yo necesitoel coche para una carrera más larga que todo eso.

—¡Eh! ¡Caballero! ¡Alto ahí!—exclamó Alberto, que aún conservaba en lamano la pistola de Amaury.—¿Será usted capaz de irse sin que disparecontra usted?

—¡Ah! Es verdad, se me olvidaba. Perdone usted, caballero...

¿Quiereusted medir la distancia?...

—No hay necesidad—repuso Alberto.—Ya está usted bien ahí mismo; no semueva.

Felipe se quedó parado y tieso como un poste al ver que Alberto leapuntaba.

—¿Qué va usted a hacer?—exclamaron corriendo hacia él, el procurador yel conde de Mengis.

Pero no tuvieron tiempo de impedir que disparara. Sonó el tiro y elsombrero de Felipe rodó sobre la hierba, con un agujero en el mismositio en que lo tenía, el de Alberto, horadado, como sabemos, por labala de Felipe.

—Ahora estamos en paz—dijo riendo Alberto.—Puede usted irse, cuandoguste, a sus quehaceres.

Auvray saludó, recogió su sombrero, saltó al simón, dijo algunaspalabras al cochero, y el pesado vehículo partió por el camino deBoulogne.

Alberto ofreció al procurador un cigarro y un asiento en su tílburi, einútil es decir que el curial aceptó ambas cosas.

El conde por su parte, dirigiose al otro extremo de la avenida en dondele aguardaba su carruaje, y al tiempo de montar en él murmuró:

—A fe mía, bien puede afirmarse que la generación llamada a suceder ala nuestra, es una generación de necios o de dementes.

LII

Serían las diez y media de aquella misma mañana, es decir, una horadespués de los sucesos que acabamos de narrar cuando Amaury se apeaba desu caballo a la puerta del doctor Avrigny, en el mismo instante en quetambién se detenía ante ella ti coche de Antoñita.

La joven, al ver a Amaury que le ofrecía la mano para ayudarla a echarpie a tierra, no fue dueña de contener un grito de alegría, al mismotiempo que sus pálidas mejillas, se teñían de un vivo rubor.

—¡Amaury! ¡Usted aquí! ¡Dios mío! ¡Qué pálido viene! ¿Está ustedherido?

—No, Antoñita; tranquilícese usted—contestó Amaury.—

Nadie haresultado herido: ni Felipe ni yo...

—¿Cuál es, pues, la causa—interrumpió Antoñita—de ese aire tansombrío y tan meditabundo?

—Tengo que hablarle a su tío de asuntos muy importantes.

—¡Ay! También yo...—dijo Antonia suspirando.

Subieron en silencio y precedidos por José entraron en la estancia dondeel doctor los aguardaba.

Al verle no fueron dueños de reprimir un ademán de sorpresa y cambiaronuna mirada llena de secretos temores. ¡Le encontraban tan ajado, tandecrépito!...

Pero él estaba tan tranquilo como ellos alarmados.. El que iba aabandonar este mundo se disponía a hacerlo con júbilo, y en cambioestaban tristes los que aquí quedaban.

—¡Por fin veo a mis hijos!—exclamó besando en la frente a Antonia yestrechando la mano a Amaury.—¡Cuán impaciente estaba y qué grande esahora mi satisfacción por la dicha que el Cielo me depara! Quiero queunos a otros nos consagremos este día y no nos separemos hasta lanoche... Pero, ¿qué pasa?; ¿a qué viene ese aire tan contristado?...¿Será por verme próximo ya a terminar mi viaje?

—¡Oh! Pensamos conservarle aún mucho tiempo—respondió Amaury, sinacordarse de que hablaba a un hombre distinto de los demás.—Pero yotengo que hablarle de cosas muy importantes y creo que también Antoñitaquiere hablar con usted de algún asunto grave.

—¡Muy bien! Pues aquí estoy—repuso el señor de Avrigny, revistiendo deseriedad su semblante y mirándoles con cariñoso interés.—Tú, Amaury,siéntate en esa silla, a mi derecha, y tú, Antoñita, ocupa esa butaca aeste otro lado. ¡Ajajá! Ahora, vengan las manos. ¿No es verdad queestamos muy bien así, con un tiempo tan hermoso, bajo un cielo tan puro,y a dos pasos de la tumba de nuestra inolvidable Magdalena?

Los dos jóvenes miraron instintivamente hacia el cementerio comoqueriendo pedir a aquella tumba el valor que les faltaba; pero ambosguardaron un religioso silencio.

—¡Ea!—dijo el doctor.—Ya escucho. Comienza tú, Antoñita.

—¡Pero, tío!...—suplicó la joven con embarazo.

—Ya comprendo, Antoñita—repuso Amaury, abandonando suasiento.—Perdone usted; me retiro.

Y salió del aposento, acompañado por una afectuosa mirada del doctor,sin que Antonia, muy ruborosa y turbada, intentase detenerle.

—Ya estamos solos, hija mía; puedes, pues, hablar. ¿Qué quieres?—dijoel señor de Avrigny tan pronto como hubo salido Amaury.

—Tío mío—respondió Antoñita con voz temblorosa y sin alzar la vistapara mirar al doctor.—Siempre le he oído decir que deseaba verme unidaa un hombre cuyo amor me hiciese dichosa.

Mucho tiempo he vacilado antesde hacer mi elección, pero al fin me he decidido. No se trata de unaproporción brillante, pero estoy segura de ser amada y de que sabrécumplir sin esfuerzo con mis deberes de esposa. Usted conoce muy bien alhombre que he elegido por marido: es...—prosiguió Antoñita con vozahogada lanzando una furtiva mirada al sepulcro de Magdalena como siquisiera pedirle aliento para hacer tal confesión,—es... Felipe Auvray.

Mientras hablaba Antonia, contemplábala el doctor sin quererinterrumpirla; pero entreabría sus labios una benévola sonrisa y parecíatentado a hacerle alguna advertencia.

—¡Conque, Felipe Auvray!—repitió después de un momento desilencio.—¿A ése eliges entre todos los jóvenes que te rodean?

—Sí, tío; él será mi esposo—continuó Antoñita, bajando aún más la voz.

—Pero, si la memoria no me es infiel, tú has dicho muchas veces que nopodían tomarse en serio sus pretensiones, y hasta se me figura que tetenían sin cuidado las torturas que le hacías sufrir con tus desdenes.

—Así es, tío mío; pero de entonces acá he cambiado de opinión, y esaconstancia y esa abnegación de un amor sin esperanza me ha enternecidohasta tal punto que...

Antoñita se interrumpió como si tuviese que hacer un gran esfuerzo paraacabar la frase, y por fin, dijo:

—...estoy decidida a ser su esposa.

—Está bien, Antoñita—dijo el señor de Avrigny, y puesto que ésta es turesolución...

—Sí, padre mío, ésa es mi resolución inquebrantable—

contestó la jovenpugnando en vano por contener los sollozos que la ahogaban.

—Hágase tu voluntad, hija mía... Ahora, déjame un momento a solas paraque entre Amaury, que también parece que tiene que decirme algoimportante. Ya te llamaré después.

Y el doctor despidió a su sobrina estampando un prolongado beso en sufrente virginal.

LIII

Así que salió Antoñita, el señor de Avrigny llamó a Amaury en voz alta.

—Ven, hijo mío—díjole al verle entrar,—y dime tú también lo quetengas que decirme.

—En dos palabras voy a decirle a usted, no lo que me ha traído a verle,pues lo que me trae aquí es el deseo de aprovechar este único día quenos concede en un mes, sino el asunto de que tengo que hablarle...

—Habla, hijo mío, habla—dijo el doctor reconociendo en la voz deAmaury los mismos síntomas de turbación que ya había reconocido en la deAntonia.—Habla: te escucho con toda mi alma.

—Señor—continuó Amaury,—a pesar de mi juventud ha querido usted quele reemplace cerca de Antoñita; me ha nombrado, en fin, su segundotutor.

—Sí, porque veía en ti una amistad de hermano para con ella.

—También me invitó a que buscase entre mis amigos algún joven noble yrico que fuese digno de ella.

—Es verdad.

—Pues bien—siguió diciendo Amaury;—después de haber pensadomaduramente en el hombre que convenía a Antoñita por su nombre y suriqueza, acabo de pedir la mano de su sobrina para...

Amaury se detuvo sin aliento.

—¿Para quién?—preguntó el doctor mientras Amaury se afirmaba en suresolución, dirigiendo una larga mirada hacia el cementerio.

—Para el vizconde Raúl de Mengis—dijo Amaury.

—Está bien—dijo el doctor.—La proposición es grave y merece tomarseen consideración.

Volviéndose en seguida exclamó:

—¡Antoñita!

Esta abrió tímidamente la puerta.

—Ven acá, hija mía—dijo alargándole una mano, mientras que con la otraobligaba a Amaury a permanecer en su asiento;—

ven y siéntate aquí.Ahora dame tu mano; Amaury ya me ha dado la suya.

Antoñita obedeció.

El doctor miró con gran ternura a ambos, que mudos y trémulosaguardaban, y después besoles en la frente, diciendo:

—He podido contemplar dos corazones generosos, y me alegro de lo quepasa.

—Pero, ¿qué sucede?—preguntó temblando Antoñita.

—Sucede que Amaury te ama y que tú amas a Amaury.

Los dos lanzaron un grito de sorpresa, y quisieron levantarse.

—¡Tío mío!—dijo Antoñita.

—¡Señor!—exclamó el joven.

—Hay que dejar hablar al padre, al anciano, al moribundo—

contestó eldoctor con extraña solemnidad,—sin interrumpirle; y ya que estamos lostres reunidos como hace nueve meses en el momento en que Magdalenaacababa de expirar, voy a trazar la historia de ese amor en este tiempo.He leído lo que tú has escrito, Amaury; he oído lo que tú has dicho,Antoñita. Todo lo he observado y estudiado bien en mi soledad y despuésde la vida agitada que Dios me ha dado, conozco no solamente lasenfermedades, sino también las pasiones, que son dolores del alma: asíes que repito (y ésta es una felicidad por lo cual me felicito), que esreal y verdadero ese amor. Y para que no haya dudas voy a probarlo ahoramismo.

Los dos jóvenes permanecieron como petrificados. El doctor continuó:

—Amaury, tienes un corazón muy noble y un alma leal y sincera. A raízde la muerte de mi hija, estabas firmemente resuelto a suicidarte y almarchar concebiste la esperanza de morir. En tus primeras cartas se veíaun profundo hastío de la vida. Nada mirabas sino dentro de ti mismo, nofijabas la atención en lo que te rodeaba... Pero, después, poco a pocolos objetos exteriores han acabado por interesarte, el don de admirar,el entusiasmo, que tiene raíces tan vivas en las almas de veinte años,han principiado a renacer y reverdecer en tu pecho.

Entonces te cansaste de la soledad y pensaste en lo venidero, tunaturaleza tierna ha llamado vagamente y sin darte tú cuenta de ello,al amor, y como eres de esos hombres en quienes los recuerdos ejercen unpoder sin límites, la primera figura que ha aparecido en tus sueños, hasido la de una amiga de tu infancia.

Precisamente la voz de esta amigaera la única que llegó hasta ti durante el destierro, y como laspalabras que decía eran dulces y seductoras, te dejaste arrastrar portus secretas esperanzas; volviste a París, a ese mundo con el cualcreías hace nueve meses haber roto para siempre.

Te embriagaste allí con la presencia de la que era para ti el universo,y excitado por los celos, animado por la resistencia que tú mismo teoponías, iluminado por algún acontecimiento fortuito que tal vez en elmomento en que ni siquiera lo sospechabas, ha alumbrado tus propiossentimientos, has leído con espanto en tu propio corazón, y convencidode que si continuabas luchando sucumbirías en la lucha, has tomado unpartido extremo, una resolución desesperada; has venido, en fin, apedirme la mano de Antoñita para Raúl.

—¿Mi mano para Raúl?—exclamó Antonia.

—Sí, para Raúl de Mengis, que sabías que ella no amaba, con la vagaesperanza tal vez, de que en el momento de que propusiera estecasamiento, había de confesar que te amaba.

Amaury cubriose el rostro con las manos, y lanzó un gemido.

—Me parece que he hecho perfectamente la autopsia de tu corazón, y elanálisis de tus sentimientos. Enorgullécete, Amaury, porque esossentimientos son los de un joven honrado y tu corazón es hidalgo.

—¡Oh, padre mío, padre mío!—exclamó Amaury—en vano trataríamos deocultarle algo: nada se escapa a su mirada que, como la de Dios, sondealos más secretos pliegues del alma.

—Por lo que atañe a ti, Antoñita—continuó el doctor,—ya es otra cosa.Tú amas a Amaury desde que le conociste.

—No hay por qué negarlo, hija mía—agregó, al ver que Antonia seestremecía e inclinaba la frente como tratando de ocultar su rubor.—Eseamor oculto ha sido siempre demasiado sublime y generoso para que teavergüences de él. Tú has sufrido mucho. Celosa e indignada contra timisma por tus celos, hallaste una tortura y un remordimiento en lo quehay de más santo en el mundo, en un amor virginal.

Mucho has sufrido y sin un testigo de tu pena, sin un confidente de tuslágrimas, sin un sostén de tu debilidad que te gritase: «¡Animo! ¡esoque has hecho es grande y hermoso!»

Una persona, sin embargo, contemplaba, y admiraba tu heroico, silencio.Esa persona era tu anciano tío, que muchas veces ha sentido asomarse laslágrimas a sus ojos y ha abierto los brazos dejándoles caer luego con unsuspiro; y hasta cuando Dios llamó a su rival... a tu hermana, quisedecir (Antonia, hizo un movimiento), hasta entonces te reprendiste todaesperanza, como un delito.

No obstante, Amaury sufría, y como su pesar te atormentaba a ti, nopudiste menos de consolarle con todo tu poder, transformándote, aunquede lejos, en hermana de la caridad de su enfermo espíritu. Despuésvolviste a verle, y entonces fue más dolorosa y terrible que nunca lalucha que hubo de sostener tu alma. Por último, un día comprendiste queél también te amaba, y para resistir esta última prueba, para permanecerfiel hasta el fin a tus grandes quimeras de abnegación y de respeto alos muertos, pierdes tu vida, la das al primero que llega, buscas aFelipe para huir de Amaury; y sin hacer feliz al uno hieres mortalmenteel corazón del otro, sin hablar de tu propio corazón, que tambiénsacrificas y ofreces en holocausto.

Pero,

por

fortuna—continuó

el

doctor

mirándoles

alternativamente,—porfortuna me hallo todavía entre los dos para evitar los efectos de esterecíproco engaño, para salvar a dos almas de su doble error gritándolesque se aman.

El padre de Magdalena hizo una pausa mirando primero a Amaury, sentado asu derecha, después a Antonia, sentada a su izquierda, ambosconfundidos, con los ojos bajos y sin atreverse a dirigir sus miradas nihacia él ni hacia ellos mismos. Sonriose y prosiguió diciendo con subondad paternal.

—Hijos míos, no hay motivo para permanecer así delante de mí, mudos ycabizbajos, como quien se juzga culpable y demanda perdón. No; no hayque arrepentirse de amar; no, no se debe ofender a la muerta venerada,cuya tumba vemos desde aquí. En el Cielo, desde donde ahora noscontempla, desaparecen las miserables pasiones y los mezquinos celos, ysu perdón es mucho más absoluto y menos personal que el mío; porque, sies preciso decir la verdad, Amaury, si es preciso abrirte el alma delhombre que aquí hace ahora de juez no te absuelvo tan fácilmente, sinocon una especie de alegría vanidosa y de ávaro egoísmo.

Ciertamente, yo soy tan culpable y menos puro que tú, al decirmeorgullosamente, como lo hago, que voy a ser el único en reunirme con mihija. Virgen en la tierra, virgen en el Cielo, será de este modoexclusivamente mía y sabrá que yo la amaba mejor. Está mal hecho y no esjusto—prosiguió como hablando para sí;—el padre es ya un anciano y elnovio es joven. Yo he recorrido ya el camino de mi vida y puedoconsiderarme llegado al término de un viaje tan largo y tan dolorosomientras que los demás comienzan ahora su peregrinación al través de laexistencia, vislumbrando en lo venidero lo que yo ya he tenido en lopasado. A esa edad no se muere, sino que se vive de amor, por elcontrario.

Así, pues, hijos míos, no hay que tener injustificados reparos, ni hayque luchar contra los propios intereses, ni empeñarse en ir contra lasleyes de la Naturaleza, ni rebelarse contra Dios, que rige nuestrodestino y nuestros actos. ¡Bastante hemos luchado, sufrido y expiado!Para ambos guarda amor y felicidad lo venidero, y yo bendigo ese amor ennombre de Magdalena. ¡He aquí mis brazos!

Al oír estas palabras los dos jóvenes deslizáronse de sus asientos ycayeron de hinojos a los pies del doctor, que poniendo las manos sobresus cabezas, alzó los ojos al cielo brillándole de gozo la miradamientras sus labios parecían murmurar una oración de gracias alAltísimo. Ellos, en tanto, con timidez y en voz baja se decían:

—¿Es cierto que me amaba usted hace ya tiempo, Antoñita?

—Así, pues, su amor ¿no era una ilusión, Amaury?

—¿No está usted viendo mi alegría?—exclamaba éste.

—Y usted ¿no ve mis lágrimas?—replicaba ella.

Y en palabras entrecortadas, apretones de manos y miradas de intensaternura, desbordábase su amor por tanto tiempo contenido, mientras elbondadoso anciano, presto a dejar ya esta vida, desde el borde de sutumba impetraba de Dios bendiciones sobre la cabeza de los que aundebían disfrutar los goces de la existencia.

—Ea, hijos míos, yo no estoy para sufrir emociones—dijo el señor deAvrigny.—Ahora soy completamente feliz con esta unión, y me iré muytranquilo al otro mundo. Pero no tenemos tiempo que perder; por lo menosyo, no puedo tener más prisa.

La boda se habrá de efectuar dentro deeste mismo mes. Como yo no puedo ni quiero salir de Ville d'Avrayenviaré poderes e instrucciones al conde de Mengis para que merepresente. Dentro de un mes, Amaury, el 1.º de agosto, me traerás a tuesposa y aquí pasaremos, como hoy, el día los tres juntos.

En aquel instante, mientras Amaury y Antonia, muy emocionadoscontestaban al doctor cubriendo de besos y de lágrimas sus manos, se oyóun gran rumor en el vestíbulo y abriéndose la puerta de la estanciaentró el criado José.

—¿Quién viene ahora a molestarnos?—preguntó Avrigny.

—Señor—respondió el sirviente—es un caballero que ha venido en unsimón y dice que necesita verle a usted a toda costa para hablarle de unasunto del cual depende la felicidad de la señorita Antonia. Pedro yJaime se han visto muy apurados para contenerle. En fin, ahí le tieneusted.

Efectivamente, cuando el fiel José pronunciaba estas palabras, entróFelipe, encendido y jadeante: saludó al doctor y a su sobrina y estrechóla mano a Amaury. José se retiró discretamente.

—¡Ah! ¿Estás aquí, amigo Amaury?—dijo Felipe.—Me alegro mucho; asípodrás decirle luego al conde de Mengis cómo sabe Felipe Auvray repararlos desaciertos que le hace cometer su torpeza.

Amaury y Antoñita cambiaron una mirada y Felipe, avanzando con gravedadhacia el doctor le dijo solemnemente:

—Pídole mil perdones, señor de Avrigny, por presentarme aquí con taldesaliño en el traje, que hasta traigo agujereado el sombrero; pero lascircunstancias que me obligan a venir son tan especiales que no admitendilación. Caballero, tengo el honor de pedirle la mano de su sobrina laseñorita Antonia de Valgenceuse.

—Y yo a mi vez, caballero—contestó el doctor—tengo el honor deinvitarle a usted a la boda de mi sobrina, la señorita Antonia deValgenceuse, con el conde Amaury de Leoville, la cual habrá decelebrarse a fines de este mes.

Felipe de Auvray lanzó un grito agudo, desgarrador, indefinible, y sinsaludar, sin despedirse de nadie, huyó de aquella casa como un loco, yun momento después el simón llevaba al desesperado mozo camino de París.

El desdichado Felipe había llegado, como siempre, con media hora deretraso.

CONCLUSIÓN

Era el día 1.º de agosto. Los dos esposos, instalados en su lindopalacio de la calle de los Maturinos, no observaban en medio de suarrulladora conversación de recién casados, que el día avanzaba a pasosagigantados.

—Oye, Amaury—dijo de pronto Antoñita.—Tenemos que marcharnos; ya soncerca de las doce y mi tío nos aguarda.

—Ya no les aguarda, señorita—dijo a su espalda la voz de José.—Elseñor de Avrigny, que sintiendo agravarse su enfermedad estos días meprohibió en absoluto comunicárselo a ustedes para no entristecerlos,dejó de existir ayer a las cuatro de la tarde.

A aquella misma hora, Antoñita y Amaury habían recibido la bendiciónnupcial en la iglesia de Santa Cruz de Autin.

———

Al concluir el secretario del conde de M... la lectura del manuscrito,reinó un sepulcral silencio que al fin hubo de romper el conde paradecir:

—Ya ven ustedes ahora cuál es el amor del cual se muere y cuál es aquélque no consigue matarnos.

—Sí—repuso un joven,—pero, ¿y si yo dijese que cuando ustedes quieranpuedo contarles una historia en la cual el novio muere sin remedio y elpadre es allí el superviviente?

—Eso nos demostraría—dijo el conde riendo—que, si las historiaspueden probar mucho en literatura, no prueban en moral absolutamentenada.

FIN