Amaury by Alexandre Dumas - HTML preview

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»Cuando llegaba al límite de éste, casi yo no oía el piano, y únicamentellegaban a mis oídos las notas más agudas bastante amortiguadas por ladistancia. Después, al regresar, entraba de nuevo en el círculoarmonioso, del cual volvían a alejarme mis paseos en dirección opuesta.

»A todo esto iba cerrando la noche.

»Súbitamente cesó de oírse el piano. Yo sonreí, adivinando la causa deello: Amaury acababa de llegar.

»Entonces volví al salón, pero por otro camino; por una senda oscura, alo largo del muro.

»En ella encontré a Antoñita, que estaba sentada en un banco, sola y muypensativa. Dos días hacía que tenía el propósito de hablarla, y juzgandoel momento favorable, me detuve ante ella.

»¡Pobre Antonia! Había creído yo que en cierto modo iba a ser un estorbopara la feliz existencia que pensábamos pasar; que los sentimientos másíntimos no debían ser manifestados entre testigos y por lo tanto,juzgaba muy conveniente que ella no viniese con nosotros.

»Pero tampoco podía yo dejar aquí sola a la pobre criatura.

Queríasepararme de ella; mas dejándola disfrutando también de una dichaanáloga a la nuestra. El cariño que yo siento hacia ella y el queprofesé a mi hermana, me obligaban a obrar así.

»Cuando me vio, alzó la vista y me dijo sonriendo:

»—Ya ve usted cómo no me engañaba cuando le dije que la felicidad deellos le haría dichoso.

»—Sí, hija mía, pero eso no es bastante; has de serlo tú también.

»—¿Yo? ¡Si ya lo soy! ¿Me falta algo, por ventura? Usted me quiere comoun padre; Magdalena y Amaury me quieren como una hermana: ¿qué más puedodesear?

»—Una persona que te quiera como esposa, Antoñita; y ya me parece quehe encontrado esa persona.

»—¡Tío!—exclamó Antoñita con acento que parecía suplicarle que noprosiguiese.

»—Escúchame, querida sobrina, y ya responderás luego.

»—Hable usted, tío.

»—¿Conoces a Julio Raymond?

»—¿Quién? ¿Ese joven que es procurador de usted?

»—Sí, el mismo. ¿Qué te parece?

»—Me parece muy simpático... aun cuando procurador.

»—¡Vaya! déjate de bromas. ¿Te repugnaría ese joven?

»—Para que a una mujer le cause repugnancia un hombre, tiene que amara otro, y como yo no me encuentro en ese caso, todos me son igualmenteindiferentes.

»—Pues bien, Antoñita: sabe que ayer vino Julio a verme; si tú no hasfijado en él tus ojos, él en cambio pronto ha puesto en ti los suyos...Te advierto, que es un hombre destinado a tener gran porvenir; ya se halabrado por sí mismo una fortuna, y quiere compartirla contigo. Por lopronto comienza por dotarte en doscientos mil francos...

»—Mire usted, tío—repuso Antonia interrumpiéndole,—todo eso que ustedme dice, no deja de ser, y así lo reconozco, muy noble, y muy hermoso yyo no puedo menos de darle por ello las gracias más cumplidas. No negaréque Julio es entre los hombres de su clase, una excepción muy digna deestima; pero ya le he dicho a usted en más de una ocasión, que no tengootro deseo que quedarme a su lado, viviendo en su compañía, mientrasusted lo permita. Ni concibo ni quiero otra felicidad, y si usted nodispone otra cosa, ésa es la que yo elijo.

»Traté de insistir, queriendo convencerla de las ventajas que leaportaba ese enlace. Yo le proponía un joven rico, y considerado; mivida no podía ser muy larga; ¿qué sería de ella, cuando le faltasen miapoyo y mi cariño?

»Me escuchó con calma, que revelaba su resolución, y cuando hubeterminado, me contestó:

»—Tío, yo le debo a usted obediencia como se la debía a mis padres, yaque al morir éstos me confiaron a usted. Ordene, pues, y me apresuraré aobedecerle; pero no intente convencerme, porque mi situación de ánimo estal, que mientras sea dueña de mi voluntad no aceptaré partido alguno,así se trate de un millonario o de un príncipe.

»Tan gran firmeza revelaban su voz, sus ademanes y hasta sus menoresgestos, que el insistir yo, habría significado tanto como quererconvertir la persuasión en mandato. Así, pues, díjele que podía disponerlibremente de su mano, le dí cuenta de los planes que iba a exponer amis hijos, y le anuncié que vendría con nosotros, al oír lo cual movióla cabeza y me respondió que quedaba muy agradecida a mi buenaintención, pero que no podía aceptar mi oferta. Protesté yo, y entoncesella repuso:

»—Oiga usted, tío. Dios, que manda en los destinos del mundo, hadispuesto para unos la felicidad, y para otros la desdicha. Mi suerte esla soledad. De muy joven he perdido ya mis padres. La animación y elruido de un largo viaje, y el variado espectáculo de pueblos y paisajesno me convienen a mí.

Me quedaré aquí en París, y acompañada de nuestraaya, esperaré el regreso de ustedes. Sólo dejaré mi aposento para ir amisa, o para salir a dar un paseo por la noche a este jardín, y cuandoustedes vuelvan me encontrarán donde me han dejado, y yo les recibirécon la misma calma en mi corazón, e igual sonrisa en mis labios; lo cualno podría ser si usted se empeñara en introducir en mi existencia elcambio de lo que me hablaba, que la convertiría en cosa muy distinta delo que debe ser.

»No quise insistir más; pero hube de preguntarme qué era lo que podríaimpulsar a Antoñita a convertirse en religiosa cambiando en celda lahabitación de una joven como ella, hermosa, gentil, llena de gracia yque poseía un dote de doscientos mil francos.

»Mas, ¿para qué había de entretenerme en buscar la razón de taninexplicables caprichos, y en apiadarme de Antonia, en vez de ir alsalón directamente?

»No sé cuánto tiempo habría estado yo allí contemplando a mi sobrina, esdecir a mi segunda hija, a no haber sido porque ella algo confusa quizápor mis miradas y queriendo esquivar mis futuras preguntas, me pidiópermiso para retirarse a su aposento.

»—No, hija mía, no—le dije;—yo soy quien se retira. Tú puedes tomarel fresco sin cuidado. ¡Ojalá pudiera Magdalena hacer lo mismo!

»—Tío—repuso Antoñita levantándose,—le juro por las estrellas quetachonan el cielo y por la luna que nos alumbra con su suave resplandor,que si me fuese factible el dar mi salud a Magdalena, se la daría contoda mi voluntad. ¿No sería mejor que el peligro en que se encuentra, locorriese una triste huérfana como yo, que no ella rodeada de riquezas yde afecto?

»Abracé a Antoñita, que había pronunciado estas palabras en un tono desinceridad que no dejaba lugar a la más leve sombra de duda; y mientrasella volvía a tomar asiento en su banco, yo me dirigí hacia laescalinata para subir al salón.

XIV

»Al poner el pie en la primera grada, oí la voz de Magdalena, suave comoel cántico de un ángel, y esto vino a disipar mi tristeza.Instintivamente me detuve para escuchar embelesado, sin parar mientesen lo que pudiera hablar: pero algunas palabras que llegarondistintamente a mis oídos lograron excitar mi curiosidad, y entonces yano me contenté con oír, sino que quise escuchar y enterarme de laconversación que arriba se sostenía.

»Detrás de la cortina, que para interceptar el aire de la noche, habíasido corrida ante la ventana que da al jardín, abierta a la sazón, veíayo la sombra de sus dos cabezas, inclinada y muy juntas.

»Como si temieran ser oídos, hablaban en voz baja. Yo les escuchéinmóvil, petrificado, reteniendo el aliento y con el pecho oprimido,pues sus palabras caían sobre mi corazón como gotas de agua helada.

»—Voy a ser feliz, Magdalena—decía Amaury.—Todos los días podré vertu adorable cabeza encerrada en el marco que mejor le sienta: el clarocielo de Nápoles y Sorrento.

»—Sí, Amaury—contestaba Magdalena.—Y yo podré decir como Mignon: ¡Qué hermoso es el país en que florece el naranjo! Pero tu amor, querefleja el paraíso, es para mí aún más hermoso.

»—¡Ay!—suspiró Amaury.

»—¿Qué te pasa?—le preguntó Magdalena.

»—¿Por qué la dicha va siempre acompañada de una sombra que por muyleve que sea, lleva, la inquietud consigo?

»—¿Qué quieren decir con eso? ¡Explícate!

»—Quiero decir que para nosotros sería Italia un edén en donde yorepetiría contigo las palabras de Mignon: Sí, aquí debemos amar; aquídebemos vivir, a no ser por una cosa que llenará de turbación nuestra,existencia e infundirá tristeza a nuestro cariño.

»—¿Qué cosa es esa?

»—No oso decírtela, Magdalena.

»—Pues, quiero que me la digas. Habla.

»—Es que creo que para ser completamente dichosos, deberíamos estarsolos los dos; creo que el amor es una flor delicada y pura, que con lapresencia de un tercero se agosta y se marchita, y que para vivirconfundidos en una sola alma y en un solo pensamiento no deberíamos sertres...

»—¿Qué quieres decir, Amaury?

»—¿No me comprendes, Magdalena?...

»—¿Lo dices porque nos acompaña mi padre? ¿No consideras que sería unaingratitud dejarle sospechar, siendo como es el autor de nuestra dicha,que ésta no es completa por impedirlo su presencia? Considera que mipadre no es una persona extraña; no es un tercero, no; nos ama tanto ati como a mí, y en la misma moneda debemos los dos pagarle.

»—Está bien, Magdalena—dijo Amaury fríamente.—Puesto que disentimosen ese punto, no hablemos más de ello; olvida mis palabras, y haztecuenta que no te he dicho nada.

»—¿Te

has

enojado,

Amaury?—repuso

con

viveza

Magdalena.—Perdóname site he puesto de mal humor. ¿No sabes acaso que el amor filial es muydiferente del que se tiene al marido?

»—Ya lo sé; pero el amor de un padre no es celoso ni absorbente como eldel esposo; lo que para él es una costumbre es para mi necesidad. LaBiblia, que es el gran libro de la humanidad, dijo ya hace veinticincosiglos: Dejarás a tus padres para»seguir a tu esposo.

»Tentaciones me dieron de interrumpirles, gritando:

»—También la Biblia dijo a propósito de Raquel: ¡No quiso que laconsolasen, porque sus hijos habían dejado de existir!

»Yo estaba como clavado en el suelo, saboreando la triste satisfacciónde oír la defensa que de mí hacía mi hija, por más que a mi juicioaquello no bastaba, pues habría preferido oírla declarar a Amaury, quetenía necesidad de mí, como yo de ella, y aún confiaba en que llegaría,a hacerlo; pero lejos de eso contestó:

»—Tal vez estés en lo cierto; pero no podemos evitar que nos acompañesin causarle una gran pena, y debemos considerar que, si alguna vezpuede ser un estorbo para la expansión de nuestro cariño, en cambiootras completará nuestros recuerdos y nuestras impresiones.

»—No lo creas, Magdalena. Tienes que desengañarte. Cuando estemos enpresencia de tu padre, ¿crees que podré expresarte como ahora mi pasión?Cuando nos paseemos los tres juntos bajo los floridos naranjos de quehablábamos hace un momento, o a orillas del mar límpido y sereno, ¿crees que podré rodear con mi brazo tu cintura, o imprimir en tus labiosun beso apasionado?

»¿No menguará él con su gravedad nuestro júbilo? ¿Acaso su edad ledejará comprender nuestras locuras? Ya verás cómo su severidad habitualenvolverá en su sombra toda nuestra alegría, mientras que si los dos nosencontrásemos solos, ¡cuántas cosas nos diríamos! y ¡ cuántocallaríamos!»Pero con tu padre nunca tendremos libertad; habremos decallar, cuando queramos hablar y habremos de hablar cuando más deseostengamos de callar.

Con él habrá que hablar siempre, y siempre de losmismos asuntos; no habrá que pensar en aventuras ni en excursionesarriesgadas, ni en nada que nos reserve ignotos atractivos; siempreiremos por el camino trillado, siempre sujetos a la regla y a lasconveniencias. No sé si sé expresarme, Magdalena; hacia tu padre sientoa un tiempo gratitud, respeto y cariño acendrado; pero has de convenirconmigo en que un compañero de viaje, debe inspirar otro sentimiento queel de la veneración.

No

hay

cosa

más

incómoda

en

semejantescircunstancias que las reverencias del respeto. A ti, con tu amor filialy tu virginal castidad, no se te había ocurrido pensar nunca en esto, yahora piensas en ello por primera vez, según me revela tu rostromeditabundo. Cuanto más medites acerca de esta cuestión, más claramenteverás que estoy en lo cierto, y que cuando viajan tres juntos siemprehay por lo menos dos que se aburren.

»Yo aguardaba con angustia la respuesta de mi hija que no se hizoesperar. Después de cortos instantes de silencio, dijo:

»—Y aun cuando yo pensase como tú, ¿qué íbamos a hacerle?

Todo está yapreparado para ese viaje; de modo que aunque tuvieras razón ya no habríatiempo. Por otra parte, ¿quién se atrevería a decirle a mi padre que espara nosotros un estorbo?

¿Lo harías tú? Yo, jamás.

»—Bien lo sé; precisamente por eso me desespero. Ya que tu padre poseeuna gran inteligencia y una sutil penetración que le permite leer afondo en lo más recóndito de nuestra naturaleza, bien podría tener igualprivilegio respecto a nuestra mente y no caer en esa cargante maníasenil, propia de todo anciano, de querer imponerse a los jóvenes a todacosta. No quisiera agraviarle al acusarle; pero no es posibledesconocer que se obedecen lamentablemente los padres que, no sabiendoadivinar los sentimientos de sus hijos ni contando con su edad, seempeñan en someterlos a los gustos y caprichos de la de ellos.

Ya ves;nosotros tenemos en perspectiva un viaje que habría podido ser deliciosoy que por una falta...

»—¡Calla!—exclamó Magdalena.—¡Calla! No soy dueña de enfadarme poresas exigencias que después de todo nacen de tu mismo amor; pero...

»—¿Qué? Las crees fuera de razón en absoluto, ¿verdad?—

repuso Amauryen tono ligeramente irónico.

»—No digo tanto... Mas hablemos bajo, porque tengo miedo hasta de oírmi propia voz. Lo que ahora te diré creo que es una impiedad manifiesta.

»Y Magdalena bajó la voz, en efecto, para decir:

»—Oye, Amaury; lejos de creer que tus exigencias son insensatas, piensotambién como tú, y si no te he dicho nada, es porque no tenía valor paraconfesarme a mí misma una cosa semejante. Pero tanto te suplicaré ytanto habré de repetirte que te quiero, que al fin tendrás que haceralgo por mí. No tendrás más remedio que resignarte como me resigno yotambién.

»Me fue imposible oír más. Las últimas palabras hirieron mi corazón,como pudiera hacerlo la punta aguda y fría de un puñal, y no puderesistir aquella situación.

»Comprendía entonces cuán ciego y egoísta había sido. Yo, que habíavisto que Antoñita me estorbaba, no me había dado cuenta de que yo aellos les estorbaba a mi vez.

»Afortunadamente la reacción fue tan rápida, como el golpe.

Consemblante tranquilo y disimulando mi tristeza, subí la escalinata ypenetré al salón.

»Al verme, se levantaron los dos. Besé a mi hija en la frente, yestreché la mano a Amaury.

»—¡Hijos míos! Soy portador de una nueva bastante desagradable—lesdije.

»Aun cuando mi acento debía revelarles que no se trataba de unadesgracia muy grande, sobre todo para ellos, vi que ambos temblaban.

»—Sí, hijos míos, sí, me veo obligado a renunciar a mi sueño dorado,que consistía en hacer el viaje los tres juntos. Yo me quedaré aquí,porque el rey se niega a concederme el permiso que yo le había pedido,dignándose decirme que le soy útil y hasta indispensable, y rogándome,por lo tanto, que me quede.

¿Qué podía responder yo? El ruego de un reyes una orden para el vasallo.

»—Es usted muy malo, papá—dijo Magdalena,—puesto que prefiere agradaral rey a darle gusto a su hija.

»—¡Qué vamos a hacerle, querido tutor! No hay más remedio que bajar lacabeza ante una imposición de esa índole—dijo a su vez Amaury, sinpoder ocultar su gozo bajo la apariencia de la pena.—Aun cuando ustedesté lejos de nosotros, siempre pensaremos en usted, y lo tendremospresente.

»Intentaron darle vueltas a este tema; pero yo imprimía a laconversación otro giro; me apenaba mucho su inocente hipocresía.

»Comuniqué a Amaury lo que tenía que decirle; mi misión diplomáticaobtenida para él, y la idea de hacer que este viaje de recreo fuese deprovechosa utilidad a su carrera.

»Me pareció que quedaba muy agradecido a mis gestiones; pero, a decirverdad, lo que entonces le absorbía por completo era su amor y no otracosa. Al retirarse le acompañó Magdalena hasta la puerta, y porcasualidad no se fijó en que a la sazón estaba yo detrás de ésta.

»—¿Verdad—le dijo,—que los acontecimientos parece que adivinannuestros deseos y se adelantan a ellos?... ¿Qué piensas de todo esto?

»—Pienso que no habíamos contado con la ambición y que los quecalumnian a esa debilidad humana hacen muy mal en ello...

¡Cuántosdefectos hay que a veces son más beneficiosos que las propias virtudes!

»Así, creerá mi hija que me quedo en París por ambición.

»¡Todo sea por Dios! Quizás esto sea lo mejor.»

XV

En los días sucesivos nada vino ya a turbar la alegría de los novios, ydurante una semana pudo verse asomar a todos los labios la sonrisa, sinque la menor sombra flotase en el ambiente ni pudiese vislumbrarse queentre los cuatro corazones reunidos allí había dos amargados por la penaque allá en la soledad hacía a sus semblantes recobrar la tristeexpresión oculta bajo la ficción del disimulo.

Cierto es que el padre de Magdalena tan alarmado como antes por elestado de su hija, no la perdía de vista en los contados momentos quepasaba en casa.

Desde que había quedado acordado su casamiento, Magdalena estaba ajuicio de todos más robusta que nunca; pero los ojos del médico y delpadre alcanzaban a ver en ella síntomas de dolencia física y moral quea todas horas se manifestaban claramente.

No podía negarse que las mejillas, generalmente pálidas de Magdalena,habían recobrado el color de la salud; pero este color, sobrado vivoquizá, se concentraba demasiado en los pómulos, dejando el resto delsemblante envuelto en una palidez que dejaba trasparentarse una red deazuladas venas casi imperceptibles en otra persona cualquiera y quemarcaba una huella sensible en el cutis de la joven.

El fuego de la juventud y del amor brillaba en sus ojos, pero en susfulgores, el doctor sabía advertir a veces algún que otro relámpago defiebre.

Pasábase el día saltando por el salón o corriendo locamente por eljardín, como la muchacha más animada y robusta; pero, por la mañanaantes de llegar Amaury y por la noche cuando éste se marchaba, parecíaextinguirse todo el ardor juvenil que sólo la presencia de su novioparecía reanimar, y su débil cuerpo, libre de toda traba femenina,doblábase como una caña y necesitaba apoyo, no ya para andar, sino hastapara permanecer en reposo.

Su propio carácter, suave y benévolo de ordinario, parecía haber sufridorecientemente, aunque respecto a una sola persona, ciertasmodificaciones. Si aparentemente Antonia, a quien Magdalena habíaconsiderado como hermana suya desde que su padre la había prohijado dosaños antes, seguía siendo la misma para la hija del doctor, ésta, a losojos escrutadores de su padre que era observador profundo, habíacambiado mucho para con su prima.

Siempre que la graciosa morenita, con su cabellera negra como el ébano,sus ojos rebosantes de vida, sus labios purpurinos y su aire de vigorosay alegre juventud entraba en el salón, dominaba a Magdalena unsentimiento instintivo de pesar que habría tenido semejanza con laenvidia, si su corazón angelical hubiera sido capaz de abrigar talsentimiento; y esa desnaturalizaba en su ánimo todos los actos de suprima.

Cuando Antonia se quedaba en su cuarto y Amaury preguntaba por ella,bastaba aquella simple muestra de interés debido a la amistad paraprovocar una respuesta agria y desabrida.

Cuando Antonia estaba presente y a Amaury se le ocurría mirarla, poníalemala cara Magdalena, y le hacía bajar con ella al jardín.

Cundo estaba en él Antonia y Amaury, ignorante de ello, proponía a sunovia bajar a dar un paseo, siempre encontraba Magdalena un pretextopara no abandonar el salón, ya brillase un sol abrasador, ya reinase unavivificadora brisa.

En suma, Magdalena tan encantadora, tan graciosa, tan amable para todos,cometía en menoscabo de su prima todas esas faltas que un niño mimadosuele cometer con cualquier otro niño que le estorba o molesta.

Cierto es que Antonia por propio instinto y conceptuando como cosa muynatural el proceder de su prima, aparentaba no dar ninguna importancia aaquellos actos que tiempo atrás habrían herido tanto su corazón como suorgullo; antes bien, parecía que las faltas de Magdalena le inspirabancompasión.

Siendo

ella

quien

debía

perdonar

parecía

que

era

quienimploraba perdón, por culpas imaginarias. Todos los días antes de llegarAmaury y después de partir éste, se acercaba a su prima, y entonces,como si Magdalena se hubiese dado cuenta de su injusticia le estrechabala mano con efusión, o se colgaba de su cuello deshecha en llanto.

¿Habría entre sus dos corazones alguna misteriosa comunicacióndesconocida para todos?

Siempre que el doctor trataba de excusar a Magdalena, Antoñita sonriendohacíale callar en el acto.

Acercábase ya a todo esto la noche del baile. El día anterior las dosjóvenes hablaron mucho de los trajes que habían de lucir, y con asombrode Amaury, Magdalena pareció preocuparse bastante menos del suyo que delde su prima. Quiso proponer Antonia que vistiesen iguales, según sucostumbre, es decir, un vestido de tul blanco con transparente de raso;pero empeñose Magdalena en que el color que mejor sentaba a Antonia erael de rosa, y la interesada aceptó en el acto el parecer de su prima, novolviendo a hablarse ya del asunto. Al otro día, fijado para la solemnefiesta en que el doctor debía hacer pública entre sus convidados ladicha de sus hijos, Amaury no se separó apenas de Magdalena mientrasésta preparaba su tocado con visible agitación y cuidado singular, sobretodo para Amaury, que conocía la natural sencillez de la hija deldoctor. ¿A qué obedecía aquella prolijidad y aquel deseo de agradar?¿Olvidaba acaso que para él siempre sería la más hermosa de todas?

El joven dejó a Magdalena a las cinco para volver a las siete.

Queríaque antes de llegar los convidados y de verse obligada Magdalena aatender a unos y a otros le dedicase a él por lo menos una hora; queríacontemplarla a su placer y hablarla, en voz muy queda sin que nadietuviera que escandalizarse de ello.

Al entrar Amaury no le quedaba a la joven por hacer otra cosa queceñirse una corona de camelias de nívea blancura que preparada teníasobre la mesa; pero, se quejaba de no estar bien vestida. Su palidezasustó a Amaury. Habiendo sufrido durante el día múltiples desazones queacabaron con sus fuerzas, sólo se sostenía gracias a una violentareacción moral y a la energía que le prestaban los nervios.

No recibió a Amaury con su sonrisa acostumbrada; lejos de ello, se leescapó, al verle entrar, un movimiento de despecho, y le dijo:

—De seguro esta noche te pareceré muy fea ¿verdad? Hay días horriblesen los que no hago cosa derecha, y hoy es uno de esos. Luzco un peinadorisible y un vestido muy mal hecho: en fin, parezco un espantajo.

La costurera que la ayudaba hacía vivas protestas, sin salir de suasombro.

—¿Tú, un espantajo?—exclamó Leoville.—¡Calla! ¡calla! Yo te aseguroque el peinado te sienta a las mil maravillas, que el traje eselegantísimo y que tú eres tan hermosa como un ángel.

—Pues entonces la culpa no es de la modista ni del peluquero, sinoexclusivamente mía. ¡Dios de bondad! ¿Cómo haces, Amaury, para tener ungusto tan detestable como el de quererme a mí?

Acercósele Amaury y quiso besar su mano; pero Magdalena fingió noadvertir su ademán a pesar de haber delante un espejo y señalándole a lacosturera una arruga casi invisible del corpino, dijo:

—Hay que quitarla en seguida, porque, si no, tiro en el acto este trajey me visto con el primero que encuentre a mano.

—No se enfade, señorita; esto es obra de un instante; pero, eso sí,tiene que quitárselo.

—Ya lo estás oyendo, Amaury; tienes que dejarnos solas. No quieropresentarme con este pliegue que me afea horriblemente.

—¿Y prefieres que te deje, Magdalena? En fin, hágase tu voluntad. Ya teobedezco: no quiero que se me acuse de un crimen de lesa belleza.

Y Amaury se retiró a la habitación contigua, sin que Magdalena, ocupadareal o aparentemente en el arreglo del vestido, tratase de detenerle.Como aquella compostura no debía durar mucho, Leoville echó mano a unarevista que encontró sobre la mesa y se puso a hojearla por puroentretenimiento.

Mientras su mirada recorría las líneas impresas, suespíritu estaba ausente, preso en la vecina estancia, de la cualsolamente le separaba una puerta; así, pues, escuchaba las frases conque Magdalena seguía expresando su indignación contra el peluquero y lasreprensiones que dirigía a la costurera, y hasta oía cómo su impacientepiececito golpeaba el pavimento del tocador.

De pronto se abrió la puerta situada frente a esta pieza y apareció laprima de Magdalena. Siguiendo el consejo de ésta se había puestoAntoñita un sencillo traje de crespón rosado sin adornos ni flores, y noostentaba ni aun la más insignificante joya: no podía estar vestida conmás sencillez ni ver realzada de un modo más adorable su bellezahechicera.

—¡Cómo!—exclamó la joven al ver a Leoville.—¿Estaba usted ahí? No losabía yo.

E hizo ademán de retirarse acto seguido.

—¡No se vaya usted!—dijo Amaury con viveza.—Déjeme siquiera que lafelicite; esta noche está usted encantadora.

—¡Chist!—repuso Antonia en voz muy baja.—No diga usted esas cosas.

—¿Con

quién

estás

hablando,

Amaury?—preguntó

Magdalena, apareciendoentonces en la puerta, arrebujada en un amplio chal de cachemira ylanzando una rápida mirada a su prima, que dio un paso pretendiendoretirarse.

—Ya lo estás viendo, Magdalena: hablo con Antoñita, y estabafelicitándola por su elegancia.

—Tan sinceramente como acababas de felicitarme a mi, de seguro. Más tevaldría, Antoñita, venir a ayudarme que no escuchar sus falaceslisonjas.

—¡Si acababa de entrar en este mismo instante! A haber sabido que menecesitabas habría venido mucho antes.

—¡Calle! ¿Quién te ha hecho ese traje?

—¿Quién, me lo ha de hacer? Yo misma. Ya sabes que lo tengo porcostumbre.

—Y haces perfectamente: nunca te hará una modista un vestido semejante.

—He querido hacer el tuyo y tú no lo has consentido.

—¿Quién te ha vestido?

—Yo.

—¿Y quién te ha peinado?

—Yo. ¿No ves que voy peinada como siempre?

—Es cierto—asintió Magdalena con amarga expresión.—Tu hermosura nonecesita de adornos que la realcen.

—Oye, Magdalena,—repuso Antonia acercándose a su prima y deslizando ensu oído estas palabras que Amaury no pudo oír:—Si por cualquier motivono quieres que se me vea en el baile, dímelo francamente y me volveré ami habitación.

—¿Y con qué derecho y por qué razón habría yo de privarte de esegusto?—preguntó Magdalena en voz alta.

—Yo te juro que eso no constituye ningún gusto para mi.

—Pues, hija, yo creía—repuso con sequedad Magdalena—que todo aquelloque para mí era una dicha lo era también para mi amiga y mi prima, parami buena Antoñita.

—¿Necesito acaso el son de los instrumentos, el resplandor de las lucesy el bullicio del baile para participar de tu dicha? No, Magdalena, no;yo te vuelvo a jurar que en la soledad de mi cuarto elevo mis preces alAltísimo y hago votos por tu felicidad como pudiera hacerlos en lafiesta más solemne. Esta noche, además, no me encuentro bien del todo;estoy algo indispuesta.

—¿Que estás indispuesta, tú, con tal brillo en esos ojos y talanimación en esa tez? ¿Pues cómo estaré yo entonces, con esta palidez enel rostro y este cansancio en los ojos?

—Señorita—dijo entonces la modista,—ya está arreglado el vestido.

—¿No querías que te ayudase?—preguntó Antonia con timidez.—¿Quéhacemos? Dime.

—Haz tú lo que te plazca—contestó la hija del doctor;—creo que no soyyo quien debo ordenarte nada. Puedes venir conmigo, si quieres; puedesquedarte con Amaury, si eso te agrada más.

Y así que hubo pronunciado estas palabras, abandonó la estancia paraentrar en su tocador, haciendo un ademán de displicencia que no pasóinadvertido para Amaury de Leoville.

XVI

—Aquí estoy—dijo Antonia, siguiendo a Magdalena y cerrando tras sí lapuerta del tocador.

—¿Qué le pasará hoy a Magdalena?—exclamó Amaury, exteriorizando supensamiento en voz alta.

—Es que sufre—respondió alguien detrás de él.—Tantas y tan repetidasemociones le producen fiebre y la fiebre la trastorna.

—¡Usted!—exclamó Amaury al ver al doctor, pues no era otro el quehabía pronunciado las anteriores palabras, después de haber asistido ala escena antes descrita, oculto tras de la puerta.—No trataba dereprochar su conducta a Magdalena; era sólo una pregunta que a mí mismome dirigía, temiendo haber sido causa de su enfado.

—Tranquilízate, Amaury; ni tú ni Antoñita tienen culpa de nada. En casode ser tú culpable lo serías solamente de ser amado por mi hija conentusiasmo excesivo.

—¡Cuán bueno es usted que así trata de tranquilizarme, padre mío!

—Ahora, Amaury, vas a prometerme no hacerla bailar demasiado y estar entodo momento a su lado procurando distraerla con tu conversación.

—Se lo prometo a usted.

Oyose entonces la voz de Magdalena, que decía, reprendiendo a lamodista:

—¡Por la Virgen Santísima! ¡Cuidado que está usted hoy torpe! ¡Vaya!¡Deje usted que me ayude únicamente Antoñita y acabemos de una vez!

Al cabo de un instante de silencio exclamó:

—¿Pero qué haces, Antoñita?

Y a esta exclamación siguió un ruido parecido al que se produce cuandose rasga una tela.

—No hay que apurarse, no ha sido nada—dijo Antoñita riendo:—unalfiler que ha resbalado sobre el raso. No pases pena: esta noche serásla reina del baile.

—¡La reina del baile, dices! ¡Qué broma más generosa! Puede ser reinadel baile, aquella a quien todo sienta bien y a quien todo la hermosea;pero no la que es tan difícil de adornar y embellecer como yo.

—¡Qué cosas dices, Magdalena!—repuso Antonia en son de reprensióncariñosa.

—La verdad. Quien pronto podrá burlarse de mí en el salón y aniquilarmecon sus sarcasmos y coqueterías no procede de un modo muy noblepersiguiéndome hasta mi cuarto para entonar en mi presencia un cantoanticipado de triunfo.

—¡Cómo! ¿Me despides, Magdalena?—preguntó Antonia, con los ojospreñados de lágrimas.

La hija del doctor no se dignó responder y su prima salió del aposentoprorrumpiendo en sollozos.

El señor de Avrigny detúvola al pasar. Amaury, estupefacto, estaba comoclavado en su asiento.

—Ven, hija mía; ven conmigo, Antoñita—dijo en voz baja el doctor.

—¡Ay, padre mío! ¡Soy muy desgraciada!—gimió la pobre joven.

—No digas eso, hija mía; di más bien que Magdalena es injusta; perodebes perdonarla, porque es la fiebre y no ella, quien habla por suboca; más que vituperio merece compasión.

Con la salud recobrará larazón; entonces reconocerá su yerro, y arrepentida pedirá perdón por suinjusta cólera.

Al oír Magdalena el rumor de este diálogo sostenido en voz baja, debiócreer que Antonia conversaba con Amaury, y abriendo la puertabruscamente, dijo con imperioso acento:

—¡Amaury!

Como movido por un resorte se levantó el joven. Magdalena vio entoncesque estaba solo, y paseando la mirada en torno suyo vio a su padre y aAntonia en el fondo de la estancia. Se sonrojó levemente al darse cuentade su error, mientras Amaury tomándola de la mano la hacía volver altocador y le decía con acento que revelaba, una penosa ansiedad.

—¡Magdalena! ¡Magdalena mía! ¿Qué tienes? ¡No te conozco esta noche!

Ella se dejó caer en un asiento y rompió a llorar.

—¡Sí! ¡Sí!—exclamó.—Soy muy mala, ¿verdad que soy muy mala?... Sé quetodos piensan eso y nadie se atreve a decírmelo...

¡Sí! ¡soy mala! heofendido a mi pobre prima; no hago otra cosa que causar pesadumbre aaquellos que más me quieren... Pero es que nadie comprende que todo sevuelve contra mí, que todo me molesta, y la menor cosa me hace sufrir,hasta las más indiferentes y las más gratas. Me causan enojo los mueblesen que tropiezo, el aire que respiro, las palabras que me dirigen, todoen fin, ¡todo! No sé a qué achacar este mal humor que me domina; no sépor qué mis nervios debilitados sufren una impresión desagradable alpercibir la luz, la sombra, el silencio y el ruido... Yo no sé... A unanegra melancolía sucede en mi ánimo una cólera injusta e inmotivada. Yotemo volverme loca...

A estar enferma o ser desgraciada no mesorprendería nada de esto; pero, siendo felices como lo somosnosotros... ¿verdad, Amaury?... ¡Oh, Dios mío!... Dime que somosfelices...

—Sí, Magdalena; sí, vida mía, sí, somos felices... ¿Pues no hemos deserlo? Nos queremos; dentro de un mes nos uniremos para siempre...¿Podrían pedir más dos elegidos a quienes por permisión divina les fuesefactible regular a su gusto la existencia?

—¡Oh! ¡Gracias! ¡gracias! Bien sé que cuento con tu perdón; peroAntoñita, mi pobre prima, a quien he tratado de un modo tan cruel...

—También ella te perdona, Magdalena; yo te lo aseguro. No teapesadumbres por ello; todos tenemos momentos de mal humor y tristeza. Aveces la lluvia, la tempestad, una nube que nos intercepta el sol, nosproduce un malestar cuya causa no sabemos explicarnos y que determinanuestras alternativas de temperatura moral, si así puede llamarse elfenómeno... Venga usted, querido tutor—añadió volviéndose hacia elseñor de Avrigny,—venga usted a decirle que todos conocemos la bondadde su alma y que ni nos ofende un antojo suyo ni nos alarma uno de susarranques impetuosos.

El doctor, antes de responder se acercó a su hija, la examinóatentamente y le tomó el pulso. Pareció reflexionar un instante y luegodijo con grave acento:

—Hija mía, voy a pedirte un sacrificio y es preciso que me prometas nonegármelo en modo alguno.

—¡Dios mío! ¡me asusta usted, papá!—exclamó Magdalena.

Amaury palideció porque vislumbró vivos temores en el acento de súplicadel doctor, cuyo rostro iba adquiriendo por momentos una expresión muysombría.

—Dígame, papá, ¿qué exige usted de mi? ¿qué quiere usted quehaga?—preguntó temblando Magdalena.—¿Es que estoy más enferma de loque pensábamos?

—¡Hija mía!—respondió el doctor, tratando de esquivar estapregunta.—No me atrevo a pedirte que dejes de asistir al baile aunqueeso sería lo más conveniente, porque dirías que te pido demasiado...Pero sí te ruego que no bailes, sobre todo el vals... No es que estésenferma; pero te veo tan nerviosa y agitada que no puedo permitir que teentregues a un ejercicio que habría de exacerbar tu excitación. ¿Conque,me lo prometes, Magdalena? Di, hija mía.

—¡Es muy triste y costoso de hacer lo que usted me pide, papá!—repusoMagdalena, haciendo un mohín de desagrado.

—Yo no bailaré—le dijo Amaury al oído.

Como Amaury decía muy bien, Magdalena era la bondad personificada, y sitenía aquellos arranques de mal humor era tan sólo obrando a impulsos dela fiebre. Conmoviose hondamente ante las muestras de abnegación de losque la rodeaban, y enternecida y pesarosa, dijo, mientras a sus labiosasomaba, para extinguirse en el acto, una fugitiva sonrisa:

—Está bien: me sacrifico. Debo a todos una reparación y quierodemostrar que no siempre soy caprichosa y egoísta. Papá, no bailaré. Y ati, Amaury, como tienes que cumplir con los deberes que impone lasociedad, te autorizo para bailar cuanto quieras, a condición de que nolo hagas a menudo y que de vez en cuando me acompañes, ya que lafacultad y la paternidad se han confabulado para condenarme arepresentar un papel pasivo en la fiesta de esta noche.

—¡Gracias, hija mía, gracias!—exclamó el doctor sin poder contener sujúbilo.

—¡Eres adorable! ¡Te adoro, Magdalena!—le dijo Amaury en voz baja.

Entró entonces un criado para anunciar que comenzaban a llegar losinvitados. Había que bajar, pues, al salón. Pero Magdalena no quisohacerlo sin que antes fuesen en busca de su prima. Apenas manifestó estedeseo cuando apareció en el umbral Antoñita con los ojos húmedos aún porel llanto, pero con su sonrisa más encantadora, dibujada en los labios.

—¡Hermana mía!—exclamó Magdalena adelantándose hacia ella paraabrazarla.

Al mismo tiempo su prima le echó los brazos al cuello y la colmó debesos. Así reconciliadas, entraron luego en el baile unidas de la mano:Magdalena tan pálida y demudada como Antoñita animada y jovial.

XVII

Todo fue a las mil maravillas al principio.

A despecho de la postración y la palidez de Magdalena, la hermosurasoberana y la perfecta distinción de la joven hacíanla ser sin disputareina de la fiesta. Únicamente Antoñita por su gracia atractiva y por laanimación de su carácter, podía alegar derechos a compartir con ella sutrono.

Para que nada faltara, los primeros acordes de la orquesta produjeron enMagdalena un efecto magnético, haciéndole recobrar el color y lasonrisa y reavivando a impulsos de su mágica influencia aquellas fuerzasque momentos antes parecían agotadas.

Y aún había otra circunstancia que henchía su corazón de indeciblealegría. Su padre presentaba a Amaury por yerno a cuantas personasnotables entraban en el salón y todo el mundo, al mirar alternativamentea Magdalena y a su novio, parecía decir de un modo unánime que era muyfeliz aquel que se iba a unir con una joven tan encantadora.

Amaury había cumplido su palabra con rigurosa exactitud.

Sólo habíabailado dos o tres veces con otras tantas damas a las que sin pecar degrosero no habría podido dejar de invitar al baile; pero en cuantoestaba libre volvía en seguida al lado de Magdalena, que estrechándolela mano con cariño le manifestaba así su gratitud mientras su mudamirada le decía elocuentemente cuán dichosa se juzgaba.

También Antoñita se acercaba alguna vez a su prima como vasalla querindiera homenaje a su reina, preguntándole por su salud y burlándosecon ella de esas fachas ridículas que suelen verse hasta en los salonesmás distinguidos ni más ni menos que si fuesen allí para ofrecer un temade conversación a los que no tienen asuntos de que hablar.

Al alejarse Antoñita después de una de esas visitas que hacía aMagdalena, Amaury, que acompañaba a ésta, le dijo:

—Ya que eres tan magnánima, ¿no te parece, Magdalena, que para que lareparación sea completa debo bailar con tu prima?

—¡Naturalmente!—respondió Magdalena.—No había pensado en eso y seresentiría ella...

—¡Cómo! ¿Que se resentiría?

—¡Claro está! Creería que yo me opongo a que bailes tú con ella.

—¡Qué niñería!—replicó Amaury.—¿Cómo supones que iría a ocurrírseleidea tan insensata?

—Tienes razón—repuso Magdalena esforzándose para reír.—

Sería unahipótesis absurda; pero, de todos modos, como que es cosa que entra enel terreno de la posibilidad ha sido una buena idea la que has tenido alpensar en invitarla. Ve, pues, sin perder tiempo; ya ves que la rodeauna corte de adoradores.

Amaury, sin advertir el mal humor que ligeramente se traslucía en elacento con que Magdalena pronunció las anteriores palabras, las tomó alpie de la letra y se dirigió hacia Antonia. Poco después, tras desostener con ella un largo coloquio, volvió adonde estaba Magdalena, queno lo había perdido de vista ni un instante y así que lo vio a su ladole preguntó con la mayor indiferencia que pudo aparentar:

—¿Qué baile te ha concedido?

—Por lo visto—contestó Leoville—si tú eres la reina del baile, ellaes la virreina y yo he llegado tarde; me ha enseñado su carnet tanatestado de nombres que ya no había manera de añadir allí ninguno.

—¿Es decir que no hay medio posible?—repuso Magdalena con viveza.

—Sí, pero por especial merced, pues en virtud de pedírselo yo en tunombre va a sacrificar a uno de sus adoradores, me parece que a mi amigoFelipe Auvray, y tengo el número cinco.

—¡El número cinco!—dijo Magdalena.—Y después de meditar un momento,añadió:

—¡Así, bailarás un vals!

—Puede ser—contestó Amaury en tono indiferente.

A partir de aquel instante estuvo Magdalena distraída y visiblementepreocupada, tanto que casi no respondía a las palabras de Amaury. Seguíacon la mirada a Antoñita, que habiendo recobrado con el bullicio, la luzy el movimiento, su habitual jovialidad, parecía infundir a su paso unacorriente de alegría en el ambiente de aquel salón que atravesaba ligeray gentil como una sílfide.

Felipe Auvray parecía estar enojado con Amaury. En un principio habíadecidido no asistir al baile por juzgarse lastimado en su dignidad;pero, más fuerza que esta consideración había hecho en su ánimo el deseode poder decir al día siguiente que había estado en el gran baile conque el doctor Avrigny celebraba el enlace de su hija, y no pudiendoresistir a los requerimientos de su amor propio, había ido como todos.

Ya en casa del doctor y después de lo que había pasado entre él yAmaury, dispúsose a mostrarse tan rendido y obsequioso con Antoñita comoindiferente y frío con Magdalena.

Pero, como Amaury había guardado bien el secreto, su reserva y sugalantería pasaron inadvertidas para todo el mundo.

En cierta ocasión, el señor de Avrigny, que desde lejos observaba aMagdalena, se aproximó a ella después de un baile, y le dijo:

—Harías bien en retirarte, hija mía, pues no te conviene permanecer mástiempo en el salón.

—¡Pero si me encuentro aquí muy bien!—respondió ella con viveza.—Medistraigo con el baile y en ningún sitio creo que estaré mejor.

—¡Pero Magdalena!

—No me mande usted que me retire, papá, se lo suplico; se engaña ustedsi cree que no estoy buena. ¡Ojalá estuviese siempre como hoy!

Efectivamente, Magdalena, en medio de su excitación nerviosa, estabaencantadora, y todos a su alrededor lo repetían.

A medida que el tiempo pasaba y se acercaba el vals que Antoñita habíaprometido a Amaury, la pobre niña miraba a Magdalena con inquietudmanifiesta. Más de una vez chocaron sus miradas con las de ella y cuandoesto sucedía Antonia inclinaba su cabeza al mismo tiempo que en los ojosde Magdalena brillaba el fulgor de un relámpago.

Al terminar el baile que hacía el número cuatro, es decir, el anterioral vals que tenía comprometido con Amaury, Antonia fue a sentarse allado de su prima para hacerle compañía hasta que la orquesta preludiaselos primeros compases de la próxima danza.

El padre de Magdalena, que con los ojos fijos en su hija observaba coninquietud reciente el extraño brillo de sus ojos y los nerviososestremecimientos que de vez en cuando agitaban su cuerpo, no pudocontenerse por más tiempo y acercándose a ella dijole con triste acento,mientras estrechaba cariñosamente una de sus manos:

—¿Quieres algo, Magdalena? Dime, hija mía, lo que deseas, porque todoes preferible al oculto pesar que aflige tu corazón.

—¿Habla usted de veras, papá?—exclamó Magdalena, en cuyos ojos brillóun destello de alegría.—¿Va usted a complacerme?

—Sí, aunque sea contra mi voluntad.

—Así, pues, ¿me permitirá bailar un vals, uno solo, con Amaury?

—Sí; si así lo quieres, sea—dijo el doctor.

—Ya lo oyes, Amaury: bailaremos el próximo vals.

—Pero recuerda, Magdalena—repuso Amaury, gozoso y turbado a untiempo,—que precisamente ése es el vals que debía bailar conAntoñita...

Magdalena volvió vivamente la cabeza y sin pronunciar palabra interrogóa su prima con una muda mirada. Antonia contestó en el acto:

—Me siento tan cansada que si Magdalena quisiera sustituirme, yo muy agusto descansaría un ratito.

Brilló un rayo de alegría en la febril mirada de Magdalena, y como a lasazón se oyesen las primeras notas del vals, alzose de su asiento yasiendo con su mano nerviosa la de Amaury lo arrastró al centro delsalón, en donde abundaban ya las parejas.

Cuando Amaury pasó junto aldoctor, éste le dijo en voz baja:

—¡Ten prudencia!

—Pierda usted cuidado—repuso Leoville;—daremos muy pocas vueltas.

Y se lanzaron en medio del torbellino, perdiéndose muy pronto entre lasotras parejas.

Bailaban un vals de Weber cuyo compás, que al principio era lento ymoderado, se animaba gradualmente hasta el final, en que terminaba de unmodo vertiginoso. Ardiente y grave a la vez, como trasunto del genio desu autor, era uno de esos valses que arrebatan y a la vez invitan ameditar.

Amaury hacía lo posible para sostener a Magdalena; pero a las pocasvueltas notó que flaqueaban sus fuerzas y le dijo con cariñoso interés:

—¿Quieres sentarte a descansar, Magdalena?

—¡No! ¡no!—contestó la hija del doctor.—No pases cuidado: me sientocon fuerzas suficientes para continuar. Si papá ve que nos detenemos nome dejará bailar más.

Y aferrándose al brazo de Amaury, a quien comunicó sus ardientesímpetus, siguió con increíble ligereza el ritmo del vals, cuyo aire eracada vez más vivo.

No es fácil imaginarse pareja más admirable que la formada por aquellosdos jóvenes, a quienes la Naturaleza había colmado de dones conprodigalidad, que enlazados se deslizaban a lo largo del salón con raudaligereza como si sus pies tocasen apenas el pavimento. Magdalena,dechado de elegancia y distinción, apoyábase en su novio y éste,radiante de felicidad, olvidándose de los espectadores, del bullicio delbaile, del ritmo de la música, y anegando sus miradas en los ojosentornados de Magdalena, confundiendo con ella su aliento y escuchandolos latidos de sus corazones, unidos por misteriosa corriente magnética,sintiose contagiado por la embriaguez que dominaba a su novia y letrastornó el vértigo. Olvidó la recomendación del doctor y su promesa;extinguiose su memoria para dejar paso al delirio más extraño y a partirde aquel instante ni vio ni oyó nada más de cuanto le rodeaba; toda sualma la tenía concentrada en Magdalena, cuyo flexible talle oprimía consu brazo. Ya no se deslizaban; parecían volar en alas de aquel compásfebril que parecía empujarlos como un huracán, y así y todo, Magdalenarepetía a cada, instante:—¡Más de prisa, Amaury!

¡vayamos, más deprisa!—Y Amaury obedecía, estrechando su talle con más fuerza.

Ya no era la pálida y desencajada Magdalena quien decía esas palabras,sino una joven vigorosa, radiante de belleza, cuyos ojos lanzaban rayosde fuego y en cuya frente brillaba el esplendor de la vida. Ya habíancesado de bailar los más resistentes y ellos seguían valsando, y aun nocontentos con esto, aceleraban el compás en medio de su vértigo sin verni oír ya nada, ciegos de amor y ebrios de dicha. Las luces, losconvidados, el salón, todo les parecía que rodaba en torno suyo. En unao dos ocasiones creyó Amaury oír la voz del doctor que le decíaangustiado:

—¡Bastante, Amaury, bastante! ¡Mira que vas a matarla!

Pero en el acto oía también la voz de Magdalena, que con nervioso acentorepetía:

—¡Más de prisa, Amaury! ¡vayamos más de prisa!

Los dos novios parecían no pertenecer ya a la tierra.

Sentíansearrebatados por la felicidad, envueltos en un torbellino de amor ysumidos en un sopor delicioso; sus miradas fundían en una sus dos almas;jadeantes decíanse: ¡te amo! y reavivado su vigor por estas mágicaspalabras valsaban y valsaban vertiginosamente, de un modo insensato, yesperaban morir en aquel éxtasis, juzgándose lejos de este mundo,creyéndose ya en el Cielo.

Mas, súbitamente, Amaury sintió que hacía presión sobre su brazo todo elpeso del cuerpo de su amada, entonces se detuvo asustado al verla con eltalle doblado hacia atrás, lívido el rostro, cerrados los ojos yentreabiertos los labios. Se había desmayado.

Amaury no pudo contener un grito. El corazón de Magdalena no latía;hubiérase dicho que la muerte lo había paralizado.

Sintió el joven que la sangre se helaba en sus venas y quedó un momentoinmóvil, como clavado en el suelo, mudo de estupor, inconsciente decuanto le rodeaba; luego se repuso un tanto y al volver a darse cuentade lo que había pasado alzó a Magdalena como una pluma y la llevó en susbrazos lejos de aquel salón en el que se saboreaba una felicidad quepodía costar tan cara.

El doctor corrió en pos de ellos y cuando alcanzó a Amaury no le dirigióla menor reconvención.

Le acompañó al tocador, tomó allí una luz y pasando delante le guió alcuarto de su hija. Amaury dejó a Magdalena sobre su lecho y el señor deAvrigny se consagró por entero a prestarla sus cuidados, tomándole elpulso con una mano mientras con la otra le hacía respirar algunas sales.

No tardó Magdalena en recobrar sus sentidos, y aunque su padre estabainclinado ante ella mientras que Amaury permanecía casi invisiblearrodillado junto a la cama, a éste fue a quien buscó con su miradaapenas abrió los ojos.

—¡Amaury! ¡Amaury!—exclamó.—¿Qué ha ocurrido?

¿Estamos muertos ovivos? ¿Nos encontramos en el Cielo con los ángeles o no hemosabandonado aún la tierra?

El joven no pudo reprimir un sollozo. Entonces Magdalena le miró consorpresa.

—Amaury—dijo el doctor—vuelve al salón y encárgate de despedir a losinvitados. Entre Antoñita y las doncellas desnudarán y acostarán aMagdalena: yo te tendré al corriente de su estado. Si no quieresalejarte de ella haré que te preparen una cama en tu antiguahabitación.

Amaury, después de besar la mano a Magdalena que sonrió y le siguió conla vista hasta la puerta, salió del aposento. Cuando llegó al salón yase habían marchado todos los convidados.

Entonces ordenó que learreglasen su cuarto y se acercó al de Magdalena, deteniéndose junto ala puerta y procurando escuchar desde allí lo que adentro se hablaba.

Poco rato después salió el doctor y estrechándole la mano le dijo:

—Ya está mejor. Yo me quedo a velarla toda la noche; vete tú adescansar y mañana veremos.

Amaury se dirigió al aposento que ocupaba cuando vivía en la casa; peroa fin de poder responder al primer llamamiento que se le hiciera, enlugar de acostarse en el lecho prefirió arrellanarse en un sillón juntoal fuego que ardía en la chimenea.

El doctor por su parte se fue a su biblioteca y allí pasó mucho ratohojeando los libros de los profesores más eminentes del mundo; pero acada momento movía la cabeza con cierto desaliento porque nada nuevopara él encontraba en todas aquellas obras. Sólo al llegar a un reducidovolumen que, encuadernado en piel de zapa y ostentando sobre la tapa unacruz de plata, ofrecía más bien todo el aspecto de un devocionario queel de una obra científica, se detuvo en sus investigaciones y tomándolofue a sentarse junto a la cabecera de Magdalena, que a la sazón dormía.

Aquel libro era la Imitación de Cristo.

Nada podía esperar ya de los hombres el doctor; no le restaba otra cosaque su confianza en Dios.

XVIII

DIARIO DEL DOCTOR AVRIGNY

22 de mayo, por la noche.

«Queda entablada la lucha entre el médico y la muerte. De nuevo tengoque infundir la vida en el cuerpo aniquilado de mi hija. Si Dios meayuda confío en conseguirlo; pero, si me abandona a mis propias fuerzas,no habrá remedio para Magdalena y mi pobre hija morirá.

»Ahora su sueño es febril y agitado, pero siquiera duerme, pronunciandosin cesar el nombre de Amaury.

»¡Oh! ¡Yo soy culpable de todo! ¿Por qué he permitido que bailara?... Ysin embargo, si otra vez me encontrase en iguales circunstanciasvolvería a proceder como esta noche lo he hecho.

»Es preciso tratar el alma de mi hija con más delicadeza y más cuidadoque su cuerpo, porque la pena que a veces le causan sus pensamientos esmucho más temible que la dolencia de su pecho.

Antes se habrá desmayadode celos, que de desfallecimiento físico.

»¡Sucumbió a los celos!... ¡Dios mío! ¡Era verdad lo que yo tantotemía!... Tiene celos de su prima... ¡Pobre Antonia! Ella lo haadvertido tan pronto como yo y en todos sus actos ha mostrado toda labondad y la abnegación de que su alma es capaz.

»Amaury es el único que ignora todo esto; él no ha sabido ver nada. Enverdad hay que convenir en que el hombre a veces es rematadamente ciego.

»Tentaciones me han dado de enterarle de lo que pasa; pero he tenidomiedo de que ahora se fijase más que antes en Antonia...

No, no, valemás que no sepa una palabra.

»¡Hija mía!

»Me pareció que despertaba. Acaba de murmurar palabras incoherentes, queno he podido entender, y ha vuelto a dejar caer la cabeza sobre elalmohadón, sumida en su sopor.

»Estoy muy inquieto y como sobresaltado. Desearía hacer que despertasecuanto antes... Quisiera averiguar si está mejor... Pero me detiene eltemor de encontrar que se ha agravado.

»Esperemos, pues, y velaré entretanto... ¡Dios mío! Cada vez que piensoen que se ha repetido el caso de que Amaury la hiera sólo con tocarla...¡Ese hombre acabará por matarla! Cuando pienso en que si no le conocieraella podría vivir... Pero, no, no; si no fuera él sería otro; así loexige de un modo implacable la ley de la Naturaleza. Tanto los corazonescomo las almas se buscan unos a otros. ¡Desgraciados de aquéllos cuyocorazón y cuya alma se encierran en un cuerpo débil y sin resistencia!Esos sucumben al choque que los despedaza.

»¡No y no! Ese casamiento es un sueño irrealizable; es un proyectoutópico. Mi hija sería víctima de su propia dicha. ¿No la tengo ahímoribunda por haber sido feliz un solo instante?»

30 de mayo.

«En los ocho días transcurridos nada he tenido que apuntar en mi diario.

»¡Ocho días, durante los cuales he vivido pendiente de los latidos de sucorazón y de las alteraciones de su pulso! ¡Ocho días, durante loscuales no he salido de casa, no me he movido de este aposento ni me heapartado siquiera de la cabecera de esa cama; y, no obstante, jamás hanpasado para mí en tan poco tiempo tantos sucesos, jamás he sufridotantas emociones ni me han asaltado tantas ideas! He dejado abandonadosa todos mis enfermos para pensar en uno solo.

»En esos días, el rey me ha enviado a buscar dos veces, participándomeque estaba indispuesto y que necesitaba de mis servicios. Yo herespondido a su mensajero:

»—Diga usted al rey que mi hija se está muriendo.

»Gracias a Dios, está ya un poco mejor. Hora era de que la Parcacomenzara ya a cansarse. Jacob no había combatido más que una noche,mientras que yo llevo ocho días con sus noches luchando contra lamuerte.

»¡Oh, Dios eterno! ¿Quién sería capaz de describir la angustia deaquellos instantes en que creía próximo mi triunfo; en que veía cómo laNaturaleza, (¡admirable auxiliar del arte, por la permisión divina!)vencía a la enfermedad; en que tras una crisis que podría muy biencalificarse de batalla, lograba yo descubrir una leve mejoría que veníaa henchir mi corazón de esperanza...

y un simple acceso de tos o unnuevo ataque de la fiebre se encargaba de desvanecer tan gratasilusiones?

»Todo volvía entonces a ser materia de duda, y yo descendía de nuevoabatido por el desaliento al abismo de la desesperación, al ver que elenemigo ahuyentado un instante reanudaba el combate con másencarnizamiento que nunca.

»El horrible buitre que con su pico y sus garras destroza el pecho de mihija volvía a hacer presa en ella y entonces yo, prosternado y con lafrente inclinada, invocaba a Dios diciendo:—¡Dios mío, escucha missúplicas! ¡no me abandones!

¡Si tu providencia infinita no ayuda a miciencia desmedrada y estéril, mi hija y yo estamos perdidos!

»Gozo fama de ser médico muy entendido; hay en París centenares depersonas que a mi saber y a mis desvelos deben su vida; yo, que hedevuelto tantas esposas a sus maridos, tantas madres a sus hijos, tantoshijos a sus padres, tengo en estos momentos a mi hija moribunda, y nosoy dueño de decir: ¡La salvaré!

«No pasa día sin que tropiece en la calle con personas, que ni siquierase cuidan de saludarme, porque creen haberme pagado bien con su dinero,y sin embargo, a haberlas yo abandonado, ahora reposarían para siempreen el fondo del sepulcro, en vez de pasear a la luz del sol... ¡Y yo,que he sabido combatir a la muerte y llegar a humillarla en pro de seresextraños y hasta desconocidos para mí, tendré que sucumbir forzosamenteahora que lucho por la vida de mi hija, que es mi propia existencia!

»¡Oh! ¡Qué amargo sarcasmo! ¡Qué lección tan terrible recibe del destinomi vanidad de sabio!

«¡Ah! Es que las enfermedades de todos esos a quienes yo he curado eranterribles, sí, pero no mortales necesariamente; eran enfermedades paratodas las cuales hay remedios conocidos. El tifus se cura con caldo yagua de Sedlitz; las meningitis más graves, con tratamientosantiflogísticos; las afecciones del corazón más rebeldes, con el métodode Valsava; pero ¡ay! la tisis... No hay más que una enfermedad, sólouna, que ni el mismo Dios puede curar, si no es haciendo un milagro, yprecisamente es ésa la que me arrebata a mi hija.

»Con todo, tengo yo noticia de dos o tres ejemplos de tisis de segundogrado, que ha sido radicalmente curada, y yo mismo he presenciado uncaso en el hospital. Tratábase de un pobre huérfano, sobre cuya tumba nohabría llorado nadie. Creo yo que Dios se apiadó de él porque lo vio tansolo, tan abandonado en este mundo.

»Muchas veces doy gracias al Altísimo por haber infundido en mi alma lavocación que me hizo abrazar esta carrera, que hoy me permite velar porla vida de mi hija.

»¿Puede haber alguien capaz de tener, como yo tengo, la paciencia depermanecer día y noche a la cabecera de mi enferma sin guiarle otroestímulo que el sentimiento altruista de la ciencia? ¿Habría alguiencapaz de hacer por el oro o por la gloria lo que por amor paternal estoyyo haciendo? No; no hay nadie capaz de eso. Si yo la abandonase unmomento y no estuviese a su lado para prever y combatir los riesgos quepuedan presentarse, ya habría sido amenazada su existencia varias veces.

»Cierto es también que constituye un suplicio muy superior a todos losdel infierno del Dante el ver con tal claridad en el pecho de una hijalos dos fieros adversarios, los dos principios de vida y de muerte,cuando la vida, vencida, aniquilada, retrocede paso a paso para irabandonando el campo poco a poco a su enemigo implacable y eterno.

»Afortunadamente el progreso del mal parece haberse detenido por ahora yme deja respirar con libertad un instante.

»Espero. ¿Podré también confiar? ¡Dios lo sabe!»

XIX

5 de julio

«Sigue muy mejorada y esta mejoría la debo a Amaury y a Antoñita. Amauryse ha portado como hombre capaz de todo sacrificio por la mujer a quienama. Verdad es que él fue el causante del mal; pero justo es reconocerque no podía hacer más por llevar a la cima la empresa de repararlo. Hadedicado a Magdalena todo el tiempo que le ha sido posible,consagrándose a cuidarla y reanimándola con su cariño y su tiernasolicitud; y estoy seguro de que ella sola ha ocupado su pensamiento entodo instante.

»Mas yo advertía una cosa; cuando Amaury y Antoñita me acompañaban cercade Magdalena, ésta parecía inquieta; miraba alternativamente al uno y alotro como si quisiera sorprender sus miradas y sus gestos, y como casisiempre tenía su mano en la mía, sin que ella se diese cuenta, yo sentíaen su pulso latir los celos.

»Si se le aproximaba uno solo de los dos, volvía el pulso a su estadonormal. Mas si los dos dejaban la habitación, ¡qué horrible debía serel sufrimiento de mi pobre hija! ¡Cómo se recrudecía su estado febrilhasta que alguno de ellos volvía a acompañarnos!

»Yo no podía hacer que Amaury se alejase, porque ella necesita como elaire su presencia. Ya veremos más adelante.

»Y tampoco era dueño de alejar de aquí a Antoñita. ¿Cómo podía decirle aesa pobre criatura, casta como la pura luz del cielo:—¡Vete!, Antoñita?

»Pero ella, que todo lo adivina, entró ayer en mi despacho y me dijo:

—Tío, creo que usted dijo un día que en cuanto volviera el buen tiempoy Magdalena estuviese algo mejor, la llevaría a su quinta deVille-d'Avray. Pues bien, Magdalena se encuentra ya mejor, y estamos yaen primavera, y si hemos de ir allá, hay que visitar primeramente laquinta, que está deshabitada desde el año pasado, y sobre todo, tenemosque preparar con especial cuidado la habitación de mi prima. Deje a micargo esas cosas, que yo lo arreglaré todo.

»Adivinando yo su intención, en cuanto comenzó a hablar, la miréfijamente clavando mis ojos en los suyos, que acabaron por bajar sumirada, mientras su rostro se teñía de vivo carmín.

Cuando volvió aalzar la vista, arrojose llorando en mis brazos y yo la estreché contrami pecho.

»—¡Tío! ¡tío!—exclamó con voz ahogada por los sollozos.—

No tengo yola culpa, se lo juro. Amaury no ha puesto en mí sus ojos, ni siquiera lehe llamado la atención, y desde que Magdalena está enferma se haolvidado hasta de sí mismo para pensar sólo en ella; y a despecho detodo eso está celosa, y esos celos la matan. ¡Pobre Magdalena! Usted,tío, sabe lo que ocurre tan bien como yo; es un sentimiento que serevela en sus miradas ardientes, en su voz temblorosa, en susmovimientos bruscos. Ya ve usted que debo partir; lo comprende usted muybien y si no fuera tan bueno, ya me lo habría indicado usted mismo.

»Por toda respuesta, imprimí un beso en su frente.

»Poco después entrábamos en el dormitorio de Magdalena, a la cualencontramos inquieta y visiblemente agitada.

»No nos costó mucho trabajo adivinar la causa; Amaury se había marchadohacía media hora y mi hija creía indudablemente que estaba con Antoñita.

»Me incliné hacia ella y le dije:

»—Hija mía, puesto que estás ya mucho mejor y de aquí a quince díaspodremos irnos al campo, tu prima se ha ofrecido a aposentarnos, yendoantes que nosotros para prepararlo todo en la quinta.

»—¿Qué dice usted, papá?—exclamó Magdalena.—¿Que Antoñita va a Villed'Avray?

»—Sí, Magdalena—contestó su prima.—Ahora tú ya estás mejor, comoacabas de oír de labios de tu padre, y tu doncella y la señora Braun yAmaury bastarán para cuidarte. Creo que no necesita más unconvaleciente. Mientras tanto yo iré allí, prepararé tu cuarto, cuidarétus flores, arreglaré tus invernaderos; en fin, pondré todo en orden yverás como cuando tú llegues lo encuentras a medida de tus deseos.

»—¿Y cuándo partes?—preguntó Magdalena con una emoción que no pudoocultar.

»—Dentro de breves momentos. Ya hemos dado orden de que enganchen.

»Magdalena, impulsada por el remordimiento, por la gratitud, o quizás ala vez por ambas cosas, abrió entonces sus brazos a Antoñita y las dosprimas se abrazaron con efusión. Hasta me pareció oír que mi hijadeslizaba al oído de Antoñita esta palabra:—¡Perdón!

»Después, Magdalena pareció reunir sus fuerzas para preguntar:

»—¿No vas a aguardar a Amaury? ¿Vas a marcharte sin despedirte de él?

»—¿Despedirme? ¿Qué necesidad hay de eso, si hemos de volver a vernosde aquí a dos o tres semanas? Hazlo tú en mi nombre, que eso le gustarámás.

»Y después de pronunciar estas palabras, salió de la habitación.

»Poco después, oímos rodar el coche que la llevaba, al mismo tiempo queJosé entraba a anunciarnos que acababa de partir.

»En aquel momento yo, que tomaba el pulso a Magdalena, noté un cambiomuy sensible cuando ella oyó la noticia.

»De noventa pulsaciones, bajó setenta y cinco; luego fortalecida deaquellas emociones que a cualquier observador superficial habríanparecido bastante menos intensas, se durmió, tal vez con el sueño mástranquilo que había podido conciliar desde la noche fatal en que Amauryla llevó desde el salón al lecho en que aun estaba acostada.

»Como yo ya suponía que Amaury volvería pronto, adopté la precaución deabrir la puerta con cuidado para que no la despertase el rumor de sullegada.

»Esta no se hizo esperar. Cuando él entró, le indiqué con una seña quese sentase en el lado hacia el cual tenía vuelta la cara mi hija, paraque pudiese verle así que abriera los ojos, ¡Ay de mí!

Bien sabe Diosque ya no estoy celoso. ¡Quiera El que no se cierren sus ojos, sinodespués de gozar de dilatada existencia, y no importa que todas susmiradas las dedique a su novio!

»Desde este momento se afirma la mejoría.

9 de junio.

»Acentúase cada vez más la mejoría...¡Gracias, gracias, Dios mío!

10 de junio.

»Su vida está ahora en manos de Amaury. Si consiente en lo que le pido,está salvada.»

XX

Para relatar los anteriores sucesos nos hemos valido del diario deldoctor, por ser éste el mejor medio de enterarnos de todo lo ocurrido ala cabecera del lecho de su hija y de compenetrarnos con el estado deánimo de los que en ella tenían cifradas sus más caras afecciones.