Amaury by Alexandre Dumas - HTML preview

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»Cuando a un marido le engañan, cuando a un amante le venden, encuentraa su placer mil queridas, y sucesivos amores llegan a hacerle olvidarel primero.

»Mas ¡ay! un padre ¿podrá encontrar otra hija?

»¡Que se atrevan ahora todos esos jóvenes paliduchos a comparar con elnuestro su infortunio!

»El amante asesina, cuando el padre se sacrifica; el amor del primero noes más que orgullo, mientras que el del segundo es todo abnegación;ellos aman a sus esposas y a sus queridas en beneficio propio, con uncariño egoísta; nosotros queremos a nuestras hijas pensando únicamenteen labrar su felicidad.

»Hagamos, pues, el último sacrificio, el más cruento de todos, aunquenos cueste la vida. Ni la menor sombra de egoísmo debe manchar lo másdesinteresado, misericordioso y divino que posee el alma humana: el amorde padre.

»Consagrémonos ahora más que nunca a esa hija que se aleja de nosotros;mostrémosle tanto o más cariño cuanto más indiferencia y frialdad veamosen ella; queramos al que ella quiere, entreguémosla al que viene arobárnosla.

»¿Qué vale nuestra pena, si a costa de ella podemos darle la dicha?

»¿No lo hace así el propio Dios de cuyo amor inmenso participan tambiénlos que no le aman, Dios que no es otra cosa que un gran corazónpaternal?

»Queda así, pues, decidido: dentro de tres meses Magdalena será laesposa de Amaury, a no ser que...

»¡Oh! ¡Dios mío! no me atrevo a proseguir...»

Así era en efecto. La pluma se le cayó de la mano, lanzó un profundosuspiro o inclinó la cabeza, presa de profundo abatimiento.

VI

Se abrió en esto la puerta del despacho para dar paso a una joven que seaproximó de puntillas al doctor y después de contemplarle un instantecon melancólica expresión a la que no parecía habituado su semblanterisueño, le dio en la espalda una palmada cariñosa.

El doctor se estremeció y levantó la cabeza.

—¡Cómo! ¡Antoñita! ¿eres tú?—exclamó.—¡Bien venida seas, hija mía!

—No sé si dirá usted eso mismo dentro de muy poco rato, tío.

—¿No? ¿por qué no he de decirlo?

—Porque vengo a reñirle.

—¿Reñirme, tú?

—Sí, yo misma.

—¡A ver! Explícate; dime por qué.

—Querido tío, lo que tengo que decirle es cosa muy seria.

—¿De veras?

—Mire usted si lo será, que casi no me atrevo...

—En verdad, tiene que ser algo muy serio para que te dé tanto reparo ati, querida sobrina. Pero veamos, ¿de qué se trata?

—De cosas que no son propias ni de mi edad, ni de mi posición.

—Vamos, habla de una vez, tontuela. Ya sé yo que tu jovialidad encubreuna inteligencia sesuda y grave y que tras de tu frivolidad aparenteescóndese un carácter más prudente y razonable que el nuestro. Habla,pues, sin recelo, máxime si, como supongo, vienes a hablarme de mihija...

—Sí, tío, precisamente vengo a hablarle a usted de Magdalena.

—¿Y qué tienes que decirme?

—Tengo que decirle, tío, mejor dicho, debo decirle a usted...

perdónemesi soy tan atrevida, pero debo decirle que quiere demasiado a mi prima yacabará por matarla...

—¡Yo! ¡Matarla, yo! ¿Qué es lo que estás diciendo?

—Digo, tío, que su lirio, como usted la llama, es cosa muy frágil, muydelicada, y que combatido por dos amores a la vez no resistirá, sino quehabrá de quebrarse.

—No te entiendo, Antoñita, si no te explicas mejor.

—Sí que me entiende usted, tío—dijo la joven rodeando con sus brazosel cuello de Avrigny.—¡Ya lo creo que me entiende!... Tan bien como yole he comprendido.

—¿Pero estás loca, chiquilla?—exclamó el doctor, aterrado.—

¿Que tú mehas comprendido, dices?

—Sí, señor.

—¡No puede ser!

—Tío—dijo la joven sonriendo tan melancólicamente que no se comprendíacómo podían sonreír así aquellos labios tan sonrosados—tío, no haycorazón impenetrable para los ojos de los que aman; yo que le quiero austed he alcanzado a leer en el suyo.

—¿Y qué has visto en él?

Antonia miró a su tío e hizo un gesto de vacilación.

—¡Vamos! ¡habla!—ordenó el doctor.—¡No me martirices más con tusreticencias!

Antonia, acercando sus labios al oído de Avrigny le dijo en voz muybaja:

—Está usted celoso, tío.

—¿Yo?—exclamó el doctor.

—Sí—afirmó la joven—y esos celos llegan a hacerle obrar mal.

—¡Dios de bondad!—exclamó el doctor inclinando la cabeza con profundoabatimiento.—Yo creía que sólo Tú, con tu omnisciencia infinita,conocías mi secreto.

—¿Acaso hay en ello algo que pueda causar horror? Los celos constituyenuna pasión execrable, pero que no es tan difícil de vencer, después detodo. Yo también he tenido celos de Amaury.

—¿Tú? ¿Celos de Amaury, dices?

—Sí—repuso Antoñita bajando a su vez la frente;—los tenía porque élvenía a robarme a mi hermana y porque cuando vivía con nosotros mi primasólo tenía ojos para él y ni siquiera se acordaba de que yo estaba conellos.

—¿Así, pues, has sentido tú lo mismo que siento yo?

—Poco más o menos, sí; pero gracias a Dios yo he logrado dominarme,puesto que vengo a decirle: «Tío, los dos se aman con locura y esconveniente casarlos, porque separarlos sería la muerte de ambos.»

El doctor movió la cabeza tristemente y sin despegar sus labios mostró aAntoñita las últimas líneas que acababa de trazar.

Su sobrina las leyóen voz alta, y dijo:

—Tranquilícese usted, tío; Magdalena no ha sufrido ni un solo acceso detos.

—¡Dios mío!—exclamó Avrigny mirando a su sobrina con asombromanifiesto.—¡Todo lo adivina esta criatura! ¡Lo ha comprendido todo!

—Sí, tío, sí, he llegado a comprender toda la ternura que encierra sucorazón. Mas reflexione que si Magdalena se ha de casar alguna vez, ¿nohemos de preferir todos que se case con Amaury? ¿Es que habremos decreer que su dicha constituirá nuestra desgracia? ¿Acaso hemos deecharle en cara su alegría?

Dejemos que sean felices y no tratemos deoponernos insensatamente a su destino. No por eso irá usted a quedarsesolo, porque tendrá en su compañía a su sobrina, a su Antoñita, quetanto le quiere, que a nadie ama más que a usted y que jamás se separaráde su lado. No sabrá reemplazar a Magdalena, demasiado lo comprendo,pero sí será otra hija, aunque no tan rica ni tan hermosa, que no seenamorará como ella, pues aunque la pretendiesen y poseyera las dotes deMagdalena no habrá de querer a nadie, porque le consagrará toda su viday le consolará... Así como usted será a su vez su consuelo.

—Pues Felipe Auvray, ese amigo de Amaury ¿no está enamorado de ti? Y tú¿no le correspondes?

—¡Tío!... ¡Tío!...—exclamó Antoñita, como queriendo reconvenirle.

—Está bien, no hablemos de ello. Todo se hará como quieras, que enresumen es lo mismo que yo tenía en proyecto. Pero es necesario hacerque se explique Amaury, porque hemos podido equivocarnos... Si asífuera... Si no amase a Magdalena...

—No es posible equivocarse, tío, y usted está bien seguro de su amor...como también lo estoy yo.

Avrigny no replicó porque su convicción era la misma de su sobrina.

Se abrió de pronto la puerta del aposento y José, el ayuda de cámara deldoctor, entró para anunciarle que el criado del conde Amaury de Leovilletraía para él una carta de parte de su amo.

Avrigny y su sobrina cambiaron una mirada de inteligencia, pues los dossupusieron en el acto cuál sería el contenido de la misiva de Amaury.

El doctor dijo al criado:

—Venga la carta y di a Germán que espere un momento y podrá llevarse larespuesta.

Pocos instantes después tenía Avrigny la carta entre sus manos sinatreverse a abrirla.

—¡Valor, tío!—díjole Antoñita para darle ánimo.

Obedeció maquinalmente el doctor, abrió la carta y después de leerla deun tirón alargóla a su sobrina que con un gracioso ademán la rechazó yle dijo:

—¿Para qué, tío? ¡Si ya me imagino lo que dice!

—Tienes razón—asintió el padre de Magdalena, contestando a Antonia conlas palabras de Hamlet a Polonio ( Words, Words, Words):—¡Palabras,palabras, palabras!

—¿Sólo palabras ha visto usted en esa carta?—preguntó con vivezaAntonia arrebatándosela y devorándola de una ojeada.

—Palabras solamente—replicó el doctor;—palabras con que esos artistasde la frase saben suplantarnos en el corazón de nuestras hijas que notienen empacho en sacrificar a esa retórica huera el cariño que lesprofesamos.

—Tío—dijo con gravedad Antonia devolviéndole la carta;—

créame usted:Amaury quiere a Magdalena con amor puro y sincero. Y yo, que he leídoesta carta como usted, he visto algo más en ella y le respondo que la haescrito con el corazón, no con el entendimiento.

—Entonces...

Antonia ofreció a su tío una pluma que él aceptó para escribir actocontinuo:

«Querido Amaury: Ven a verme mañana. Te aguardaré a las once.

»Tu padre,

» Leopoldo de Avrigny. »

—¿Y por qué no le cita usted para esta misma noche?—

preguntó Antoñita,que por encima del hombro de su tío leía lo que éste iba escribiendo.

—Porque serían muchas emociones juntas, para mi pobre hija.

Ahora irása decirle que le he escrito ya y que crees que vendrá mañana por lamañana.

Y haciendo entrar al ayuda de cámara de Leoville le entregó larespuesta.

VII

Cuando al día siguiente despertó Magdalena, a quien la intensa emociónsufrida había rendido hasta el extremo de dejarla sumida en un soporprofundo, era ya bien entrada la mañana.

Llamó a su doncella y le mandó que abriese las ventanas.

Por el muro exterior trepaba un frondoso jazmín a la sazón en plenaflorescencia y cuyas ramas penetrando algunas veces en la estanciaembalsamaban el ambiente con el fragante aroma de sus flores.

Magdalena, como todo temperamento nervioso, adoraba las flores y susperfumes, que por cierto le eran muy perjudiciales, y pidió que lediesen su jazmín acostumbrado.

Antonia paseábase ya por el jardín sin otro abrigo que un sencillopeinador de batista. Su salud robusta permitiale hacer muchas cosas quea Magdalena le estaban vedadas en absoluto.

La hija de Avrigny, bien arropada en su lecho, tenía que pedir que leacercasen las flores; en cambio Antonia corría a buscarlas con laligereza de un pájaro, sin miedo a la brisa matutina y al relente de lanoche. Esto era lo único que podía envidiarle Magdalena, ya que era máshermosa y más rica que su prima.

Pero en aquella ocasión Antoñita, contra su costumbre, en lugar decorrer en busca de sus flores paseábase lentamente en actitudmeditabunda y casi triste.

Magdalena, incorporada en su lecho, la siguió con la mirada, en la quese revelaba cierta inquietud, y luego cuando Antoñita, que habíadesaparecido acercándose a la casa, volvió a aparecer lejos deledificio, se dejó caer de nuevo en la cama lanzando un hondo suspiro.

—¿Qué tienes, hija mía?—preguntó el doctor, que entraba a verla, yhabiendo levantado con sigilo el cortinaje presenció aquel pequeñocombate de la envidia contra los buenos sentimientos que abrigaba elcorazón de Magdalena.

—Tengo, papá, que me parece Antoñita muy feliz—contestó lajoven.—Ella es libre en absoluto en tanto que yo estoy condenada aeterna esclavitud. Que el sol del mediodía es demasiado ardiente... Queel aire matinal es demasiado frío...

¡Siempre la misma canción! ¿Paraqué quiero unos pies tan gustosos de correr, sino se les deja salirsecon la suya? Me tratan como a una pobre flor de invernadero, condenada avivir en un medio artificial. ¿Será que estoy enferma, papá?

—No, hija mía, no, ¡qué niñería! No padeces ninguna enfermedad, pero tuconstitución es muy delicada. Tú misma acabas de decirlo: Eres una florde invernadero, una de esas flores que así se guardan porque se lastiene en gran estima. Ya habrás visto que son las más cuidadas. ¿Qué eslo que puede faltarles? ¿Carecen por ventura de algo que puedan poseersus compañeras? ¿No disfrutan como ellas de la vista del cielo? ¿No lasacaricia el sol del mismo modo? Me dirás que eso es al través de loscristales, pero cuenta también que éstos las resguardan del viento y dela lluvia, que tronchan las demás flores.

—No diré lo contrario, papá; pero más me gustaría ser violeta omargarita al aire libre como Antonia, que verme convertida en la plantapreciosa y delicada que tanto pondera usted. Mírela; vea cómo ondean alaire sus sueltos cabellos; así se orea su frente mientras la mía... ¡Oh!Observe usted cómo abrasa.

Al decir esto Magdalena tomó la mano de su padre, acercándola a sufrente.

—Pues por eso mismo temo tanto los efectos de ese aire glacial. Cuandohagas que los sueños de un corazón ilusionado dejen de abrasar tu frentete permitiré correr como tu prima. Si tienes empeño en salir de tuinvernáculo y vivir al aire libre, te llevaré a Hyéres, a Niza o aNápoles, y en un edén de esos tres que te he nombrado yo te dejaré hacerlo que quieras.

—Pero... ¿vendrá él con nosotros?—preguntó Magdalena mirando a supadre con cierta timidez.

—Sí; vendrá, ya que te es necesaria su presencia.

—¿Y no le reñirá usted? No será un papá tan malo como lo fue ayer¿verdad?

—No abrigues ningún temor. Ya sabes que me he arrepentido, puesto queanoche mismo le escribí para que venga.

—Y ha hecho usted muy bien, papá, pues si le prohibiesen querermeamaría a mi prima y entonces yo sucumbiría de pena.

—¿Quién habla de morir, hija, mía?—dijo el doctor acariciando susmanos.—No pienses en esas cosas que me causan tristeza, pues aunque séque no las dices de veras, me parece, cuando te oigo hablar así, queestoy viendo a un niño jugando con un arma envenenada.

—¡Pero si yo no digo que deseo morir ni mucho menos, papá, yo te lojuro! Me siento ahora demasiado feliz para pensar en tal cosa. Además,¿no es usted el primer médico de París? Pues no dejaría así como así quese muriese su hija.

Avrigny lanzó un suspiro.

—¡Ay!—murmuró.—Si mi ciencia y mi saber tuviesen la eficacia queimaginas, aún viviría tu madre, hija mía... Pero

¿quieres decirme en quépiensas, Magdalena, para perder así el tiempo? Mira que son ya las diezy Amaury debe venir a las once, pues a esta hora le he citado.

—Ya lo sé, papá; llamaré a Antoñita que me ayudará a vestirme y dentrode un momento me tendrá usted, a su disposición. ¡A ver si ahora mellamará, como siempre, perezosa!

—Porque lo eres, te llamo así, Magdalena.

—Considere usted, papá, que no me encuentro bien sino en la cama.Mientras estoy levantada siento dolor o cansancio.

—¿Acaso te has sentido enferma estos días alguna vez, sinparticipármelo?

—No, papá; siempre me he encontrado bien. Luego, ya sabe usted que loque me atormenta no puede calificarse propiamente de dolor, pues es unmalestar sordo y febril, y aun no es continuo, porque me deja en pazalgunos ratos. Ahora mismo estoy bien, no siento nada... Te tengo a milado y pronto veré a Amaury... Soy feliz y me encuentro muy a gusto.

—Mira: ahí tienes a Amaury.

—¿En dónde está?

—En el jardín, hablando con Antoñita. Por lo visto ha equivocado lahora—dijo sonriéndose el doctor;—yo le decía en mi carta que viniera alas once y él habrá leído con los ojos del deseo que la cita era a lasdiez.

—¡Que está con Antoñita en el jardín!—exclamó Magdalena incorporándosepara mirar en aquella dirección.—Es cierto...

¡Papá, llama a Antoñitaen seguida, por favor! Quiero vestirme y necesito su ayuda.

Avrigny se aproximó a la ventana y llamó a su sobrina.

Amaury, sorprendido, no queriendo que se notase en la casa su prematurallegada, se escondió rápidamente tras un grupo de árboles, creyendo queasí no sería visto.

Poco después entró Antoñita en el dormitorio de Magdalena y el doctorse retiró mientras su hija se disponía a vestirse; y una hora más tardeAntoñita quedaba en el aposento en tanto que su prima y el doctoraguardaban a Amaury en el mismo saloncito donde ocurrió la escena de lavíspera.

Un criado anunció al conde de Leoville y al entrar éste el doctor seadelantó a recibirle sonriente; Amaury le estrechó la mano con timidez yAvrigny, le condujo ante Magdalena, que le miraba asombrada.

—Hija mía—le dijo;—te presento a Amaury de Leoville, tu prometido.Amaury—añadió volviéndose hacia el joven,—he aquí a Magdalena deAvrigny, tu futura esposa.

Magdalena lanzó un grito de alegría y Amaury cayó de hinojos. Mas depronto levantose porque acababa de ver que Magdalena vacilaba y estaba apunto de desplomarse.

El señor de Avrigny se apresuró a acercar una butaca en la que Magdalenase dejó caer más bien que se sentó, porque, en efecto, sentíasedesfallecer

por

momentos.

Tantas

emociones

trastornaban su espírituaniquilando sus fuerzas, y para ella el gozo era casi tan peligroso comola pena.

Al volver a abrir los ojos vio a Amaury arrodillado junto a ella y a supadre estrechándola contra su pecho. Besaba el uno sus manos y el otroprodigábale cuidados, llamándola con los nombres más cariñosos. Suprimer beso fue para su padre; su primera mirada fue para su prometido.

Los dos sintieron a un tiempo el torcedor de los celos.

—Querido Amaury—dijo el señor de Avrigny,—hoy eres mi prisionero ytenemos que pasar juntos el día haciendo proyectos, y forjandonovelas... Digo, dando por supuesto que quieras admitir en tuintimidad, a un padre tan déspota como yo.

—Así, pues, padre mío (ya que ahora bien puedo llamarle así), sufrialdad no reconoció otra causa que la que yo había supuesto: mi faltade franqueza con usted.

—Sí, Amaury; pero no hablemos ya de eso—repuso sonriéndose eldoctor.—Te perdono tu disimulo si tú me perdonas a mí mi mal humor.Quedamos así en paz, ¿no te parece? Pensemos desde hoy solo en amarnos,¡ingratos! Así lo exige mi condición de tirano implacable ydesnaturalizado.

A tal punto habían llegado las cosas que únicamente faltaba fijar laépoca, en que había de celebrarse la boda.

Como es natural, Amaury quería apresurarla y se oponía enérgicamente atodo aplazamiento; pero al fin la certeza de su dicha le hizo sometersea las razones que le expuso el padre de Magdalena.

Verdad es que éste se mostró de todo punto inflexible pues decía conrazón:

—La sociedad en que vivimos no gusta de que se la den sorpresasespecialmente en esta clase de asuntos y suele vengarse de elloesgrimiendo el arma de la calumnia.

En resumen, no había más remedio que dejar pasar el tiempo preciso parapoder hacer la presentación de Amaury como yerno de Avrigny.

Entonces pidió el joven que se llevase a cabo cuanto antes aquellaformalidad.

En su virtud, fijose la presentación para la semana siguiente, y parados meses más tarde quedó acordada la fecha del casamiento.

De todo ello se trató en presencia de Magdalena, sin que ésta despegaselos labios, pero sin que perdiese ni una palabra de cuanto allí sehabló. Sus mejillas ruborosas y su mirada, un tanto inquieta prestaban asu semblante una expresión de candor inefable. La felicidad revelada ensu rostro, realzaba su belleza: sus miradas vagaban de su novio a supadre, y de éste a su novio, haciéndoles por igual con coqueteríaencantadora los honores de su gracia.

Cuando ya no hubo nada que decidir entre todos levantose el doctor y conun ademán indicó a Amaury que le siguiese:

—Desde hoy, niña mimada, atrévete a estar enferma, y verás cómo te lasentiendes conmigo—dijo a su hija al disponerse a salir.

—Gracias a usted, hoy entro en convalecencia, y ya considero que herecobrado la salud de un modo definitivo. ¡Qué bueno es usted, papá!Pero, dígame, ¿adonde se lleva a Amaury? ¿Por qué no se queda aquí?

—Porque ahora lo necesito. Lo siento mucho, pero es una ausencianecesaria. A la poesía del amor sigue la prosa del matrimonio. Mas no teapenes, por eso, hija mía, porque, si te dejamos un momento, lo hacemospara tratar de tu dicha.

Amaury se acercó a ella, y besando sus cabellos le dijo en voz muy baja:

—Te prometo volver en seguida.

El doctor había pensado que tenían que fijar las condiciones delcontrato. Conocía él muy bien la fortuna de Amaury, casi doblada por suintegérrima administración; pero el joven no tenía la menor idea de lacuantía de la de su suegro, que, dicho sea de paso, casi igualaba a lasuya.

Avrigny, señaló la cantidad de un millón de francos como dote de suhija. Al saberlo Amaury, creyó atinar con la causa de aquellasistemática oposición que a su amor había hecho el padre de Magdalena;pensó que quizás esperaba proporcionarle a ésta un esposo, si no másrico que él, por lo menos en situación más brillante que la suya; queocupase un puesto conquistado por sus méritos en lugar de una posiciónheredada de sus padres. Y como esta explicación era la más razonable, aella se atuvo Leoville.

Verdad es que pronto desterró de su mente estas ideas retrospectivas.Generalmente buscan refugio en los recuerdos del pasado, los que tienencerrado el porvenir; los que lo ven abierto ante sí precipítanse en élsin reflexionar jamás.

Media hora escasa duró la conferencia entre Amaury y el doctor, puesviendo éste la impaciencia del joven, se compadeció de él, y fingiendoque no la advertía, dio por terminado el asunto, y dejó en libertad a suantiguo pupilo, que se apresuró a volver al salón, en busca deMagdalena.

VIII

Pero la joven estaba a la sazón en el jardín, adonde había bajado,dejando sola a Antoñita, y ante ésta, se encontró Amaury cuando entró enla vasta pieza.

Antonia hizo ademán de retirarse en el acto, pero comprendiendo que, sise marchaba de aquel modo, parecía rehuir la presencia de Leoville comosi se sintiese pesarosa de su dicha, se detuvo y volviendo la cabeza ledijo, sonriendo de un modo encantador:

—¿Es usted feliz ya, Amaury?

—¡Mucho, Antoñita! Aunque me había dejado usted adivinar algo estamañana, no podía yo sospechar en modo alguno la realidad. ¿Yusted?—agregó, acompañándola hasta su asiento.

Dígame: ¿Cuándo podréfelicitarla yo a usted?

—¿Felicitarme a mí? ¿De dónde saca usted que pueda ocurrir tal cosa?¿Es posible que llegue nunca ese caso?

—Sí, Antoñita; casándose usted. Ni su linaje, ni su edad, ni su figuradan motivo para suponer ni por asomo que pueda usted quedarse paravestir imágenes.

—Pues oiga usted lo que voy a decirle ahora, en este momento cuyasolemnidad dará suficiente valor a mis palabras para que queden porsiempre grabadas en su memoria: No me casaré jamás.

Y al pronunciar Antoñita estas palabras era su acento tan grave yrevelaba tal resolución, que Amaury quedó asombrado al oírla.

—¡Vaya! ¡vaya!—exclamó procurando tomar en broma la afirmación deAntoñita.—¡A otro perro con ese hueso! ¿Va usted a decirme eso a mí queconozco tanto al feliz mortal que habrá de hacerle mudar de intención?

—¡Oh! ¡Ya sé, ya, adónde quiere usted ir a parar!—repuso Antonia conmelancólica sonrisa,—pero se equivoca usted Amaury; esa persona a quese refiere no ha puesto nunca en mí sus ojos ni ha pensado en mí paranada. No hay nadie que pretenda a una huérfana que carece de bienes defortuna, y yo, si he de serle franca, tampoco amo a ningún hombre...

—Ahora es usted quien se engaña—replicó Amaury,—pues no puede ustedser pobre, siendo la sobrina, del doctor Avrigny, y la hermana deMagdalena. Cuenta usted, Antonia, con doscientos mil francos de dote, yen estos tiempos, ese capital, representa, muchas veces, el triple de lafortuna de las hijas de algunos pares de Francia.

—No ignoro yo que mi tío tiene un corazón muy noble, y no necesitabaesta prueba para convencerme de ello; pero por eso mismo no hay razónalguna para que yo pague con ingratitud sus beneficios. Mi tío quedarásolo, y cuando esto ocurra no me separaré de su lado mientras él me lopermita. Después, mi destino futuro está en Dios.

Con tal convicción se expresaba Antoñita, que Amaury comprendió que porel momento, al menos, era inútil hacer ninguna objeción; así, que selimitó a estrecharle la mano en silencio, con ternura, porque amaba aAntoñita con cariño de hermano. Pero la joven retiró la mano conrapidez, y Amaury volvió la cabeza, sospechando que algún motivo debíatener para ello.

Entonces vio a Magdalena que estaba contemplándoles, tan pálida como larosa blanca que acababa de cortar en el jardín, y que con infantilcoquetería lucía en los cabellos.

Leoville corrió hacia ella y le preguntó en voz baja:

—¿Qué te pasa, Magdalena? ¿Estás indispuesta? ¿Qué tienes?

—No me pasa nada, Amaury—respondió la pobre niña.—Me encuentro bien:quien debe estar indispuesta es Antoñita; mira qué triste parece.

—Sí, está triste, precisamente yo le preguntaba ahora la causa de esatristeza... ¿Sabes cuál es?... Dice que nunca se casará.

¿Será que estáenamorada?

—Sí—respondió Magdalena de un modo singular;—creo que has acertado.Pero dejemos esto y acerquémonos a ella, pues nuestras conversaciones envoz baja, le causan gran pesadumbre.

Efectivamente, Antoñita parecía estar inquieta, como si fuese presa deuna viva desazón. Aproximáronse a ella, mas no lograron que se sentasede nuevo. Dijo que tenía que escribir una carta, y se retiró a sucuarto.

Así que hubo salido del salón, respiró Magdalena con más libertad, yvolvieron ella y Amaury a forjarse nuevos planes.

Proyectaron largosviajes por Italia, y en medio de sus protestas de amor no menos nuevaspor ser siempre repetidas, prometiéronse prolongar aquellos dulcescoloquios durante toda su vida.

De este modo sorprendioles la noche cuando ellos imaginaban no haberpasado juntos sino muy pocos instantes.

De su arrobamiento vinieron a sacarles Antonia y el doctor queaparecieron cada uno por su lado y se acercaron a ellos sonriendo.Amaury estaba, de nuevo a los pies de su amada, pero esta vez Avrigny,lejos de irritarse como la víspera, le indicó que no se moviese y trasde contemplar un momento aquel hermoso grupo, les tendió sus manos,exclamando:

—¡Hijos míos!

Antoñita, por su parte, ya fuese debido a su fuerza de voluntad o aversatilidad de humor, estuvo como nunca, encantadora, haciendo gala desu jovialidad y de su gracia. Quizás un frío observador habríaconsiderado algo febril aquella animación y algo aparente aquella francaalegría.

Los dos novios, absorbidos en sus propios sentimientos, no tenían tiempopara analizar los ajenos. Sólo de vez en cuando Magdalena hacíarecordar a Amaury, tocándole en el codo, que estaban en presencia de supadre. Entonces la conversación se hacía general, no siendo ella la quemenos ponía de, su parte en tal empeño; pero pronto triunfaba elsentimiento predominante, dando motivo al doctor para evaluar conamargura el sacrificio que había hecho al otorgarle la limosna de unacaricia, de una mirada, o de una simple palabra.

No tuvo valor para ver cómo le escatimaba su amor filial y apenas dieronlas nueve pretextó la fatiga de la víspera para retirarse a descansardejando en su lugar a la señora Braun.

Pero antes de marcharse, al dar a su hija el beso de despedida,apoderose de una de sus manos y le tomó disimuladamente el pulso. Unaráfaga de indecible alegría, iluminó en el acto el contraído semblantedel doctor. El pulso era normal; circulaba la sangre con regularidadperfecta; la arteria no denunciaba la más leve agitación y los hermososojos de Magdalena no brillaban ya con el fulgor de la fiebre, sino conel resplandor de la felicidad.

Volviose Avrigny hacia Amaury, y estrechándole en sus brazos le deslizóal oído estas palabras:

—¡Si tú pudieras salvarla!...

Y gozoso casi en igual medida que los novios se dirigió a su despachopara trasladar a su diario las impresiones de aquel día, uno de los másmemorables de su vida.

No tardó en retirarse Antoñita, cuya desaparición no advirtieron niAmaury ni Magdalena, y aun podría asegurarse que ambos la creíanpresente cuando al dar las once se les acercó la señora Braun, pararecordar a Magdalena que su padre no permitía que se acostase mástarde.

Hubieron, pues, de separarse por fuerza, no sin hacerse las más tiernaspromesas para el día siguiente.

Al volver Amaury a casa, se conceptuaba el más dichoso de los mortales.Había pasado un día de felicidad completa, de esos que hacen época en laexistencia de un hombre; uno de esos días que no son oscurecidos por lamás ligera nube, y en que todos los accidentes de la vida ordinariaconfúndense de un modo armónico lo mismo que los detalles de unmagnífico paisaje se confunden con el cielo.

Ni una leve ondulación había turbado la tranquila superficie del lago deaquel día, ni una sombra había venido a oscuraecer los perdurablesrecuerdos que debía dejar en su memoria.

Leoville entró en su casa, casi asustado de tanta dicha, tratandovanamente de adivinar de dónde podría venir la primera nube capaz deempañar el cielo radiante de su felicidad.

IX

Para Amaury la velada que acabamos de describir, tuvo su continuación enlos deliciosos sueños que ocuparon su imaginación aquella noche.

Así, por la mañana despertó en la mejor disposición de ánimo pararecibir a su amigo Felipe, que no tardó en presentarse.

Cuando Germán entró anunciando su visita, recordó Amaury que dos díasantes había estado Auvray a verle para pedirle un favor y que noencontrándose dispuesto a pensar en otra cosa que en los asuntos que aél le preocupaban, había diferido para otro día aquella conferencia.

Felipe volvía con la perseverancia que formaba parte de su carácter, apreguntar a Amaury si podía al fin oírle.

Leoville, que aquel día habría contribuido de buen grado a hacer dichosoa todo el mundo, ordenó que le hiciesen entrar en seguida y le recibiósonriente. Felipe, en cambio, entró muy serio y con aire grave yacompasado. Aún cuando era muy temprano, pues no habían dado las nueve,vestía de rigurosa etiqueta.

Permaneció de pie, hasta que el criado hubo salido, y luego con solemneademán preguntó a su amigo:

—¿Vengo en mejor ocasión que anteayer? ¿Estás hoy dispuesto aconcederme una audiencia?

—Amigo Felipe—contestó Amaury,—no me guardes rencor por esta pequeñadilación; harías muy mal en ello, pues ya pudiste advertir el otro díaque no estaba yo para escuchar confidencias. Hoy sí que vienes enocasión muy oportuna. Por lo tanto, siéntate y dime qué asunto es eseque hace que vengas tan serio, tan estirado y tan correcto.

Auvray sonrió con satisfacción, y luego haciendo un gesto teatral, comoactor que se prepara para declamar un largo parlamento, dijo:

—Suplícote no olvides que soy abogado, lo cual quiere decir que debesescucharme con paciencia, sin interrumpirme ni replicar hasta el fin demi discurso. Desde luego te prometo que éste no pasará de un cuarto dehora.

—Convenido—dijo riendo Amaury,—pero ten mucho cuidado, porque teescucharé reloj en mano. Mira: señala en este momento las nueve y diezminutos.

Felipe sacó también el suyo, comparó los dos cronómetros con cómicagravedad, que era habitual en él, y repuso:

—Tu reloj adelanta cinco minutos.

—O los atrasa el tuyo. Ya te he dicho muchas veces que me pareces túaquel hombre de quien se dice que vino al mundo con un día de retraso, yen toda su vida no pudo ya recobrarlo.

—Ya lo sé. Sí; ésa es mi costumbre, hija de la maldita irresoluciónpropia de mi carácter, que me hace titubear sin resolverme a hacer unacosa hasta que los demás ya la han hecho; de dónde resulta que en todosmis asuntos cualquiera me gana siempre por la mano. Pero en esta ocasiónconfío, Deo volente, en llegar con oportunidad al fin que me propongo.

—Pues si pierdes el tiempo perorando inútilmente no será nada extrañoque haya quién lo aproveche y tú te quedes rezagado como siempre.

—Si así sucede la culpa será tuya, porque yo te he suplicado que no meinterrumpas y no parece sino que te ha faltado tiempo para hacerlo.

—Está bien. Habla, pues; ya te escucho. Veamos qué es lo que tienes quecontarme.

—Se trata de una historia que tú conoces tan bien como yo; pero deboforzosamente empezar por recordártela para llegar a mi objeto.

—¡A ver si vamos a representar ahora la escena de Augusto y Cinna!¡Tendría gracia! ¿Te imaginas que conspiro?

—¡Vaya! Ya me has interrumpido dos veces, a pesar de haberme empeñadotu palabra. Después te quejarás de que mi discurso ha durado más de loconvenido, y te creerás con derecho para hacerme objeto de tusreproches.

—No temas, Felipe; me acordaré de que eres abogado.

—Ea, dejémonos de bromas y hablemos en serio porque el asunto es grave.

—¡Muy bien! Mírame—repuso Amaury, afirmando los codos sobre el lechocon seriedad afectada.—¿Qué te parece? ¿Estoy bien de este modo? Puesyo te juro que no haré ni un movimiento mientras tu hables... Conque,empieza cuando quieras.

—Escúchame, Amaury—dijo Felipe.—¿Te acuerdas del primer curso deleyes que estudiamos juntos? Salíamos de clase abarrotados de filosofía,sabios como Sócrates y sensatos como Aristóteles. El corazón de Hipólitohabría envidiado al nuestro pues si nosotros amábamos a alguna Aricia,no era más que en sueños, y así en los exámenes hubo tres bolas blancas,símbolos de nuestra inocencia, que recompensaron nuestra aplicación yque colmaron de alegría a nuestra familia. De mí, yo sé decir que,emocionado por las alabanzas de mis profesores y las muestras de cariñode mis padres, había hecho ya nada menos que un propósito firme de morirenvuelto en virginal vestidura, lo mismo que San Anselmo; pero nocontaba con el diablo, con el mes de abril, y con mis diez y ocho años,que habían de dar al traste con mi buena intención. En suma, que muypronto cayó por tierra mi plan al choque de una violenta contrariedad.Yo hasta entonces había visto siempre ante mis ventanas otras dos en lasque de vez en cuando aparecía el rostro avinagrado de una vieja fea ygruñona, verdadero tipo de clásica dueña española que parecía vivir sinotra compañía que un perro tan asqueroso como ella; por lo menos nuncavi asomarse a las ventanas, exceptuando a la vieja, otro ser vivienteque aquel animalito, el cual, cuando por casualidad su dueña abría laventana, corría a poner las patas sobre el alféizar y me miraba con ojoscuriosos al través de su pelaje ensortijado por el fango. El perro y lavieja me inspiraban horror, e indudablemente, el tener yo siemprecerrada herméticamente mi ventana para no verlos, fue la causa principalde que yo obtuviese al terminar el curso un resultado tan brillante enla carrera de los Cuyacios y los Delvincourt.

Pero ¡ay! un día, allá a principios de marzo, vi con júbilo una planchaen la cual había escritas estas consoladoras palabras: CUARTO Y GABINETE POR ALQUILAR PARA EL MES DE ABRIL

Era indudable que iba a verme libre de la vecindad de aquella horriblevieja, y que por fin vendría un ser humano a sustituir a la espantosabruja que durante dos años había afeado mi perspectiva con el espectrode Medusa.

Ya aguardaba yo impaciente la fecha del 1.º de abril cuando la vísperame escribió mi excelente tío, el mismo que me ha dejado veinte milfrancos de renta, invitándome a pasar el día siguiente, que era festivo,en su quinta de Enghien.

Como yo no andaba muy al corriente de mis estudios, pasé en vela buenaparte de la noche a fin de encontrarme el lunes al nivel de los demáscompañeros, y ¡claro está! a la mañana siguiente en lugar de levantarmea las siete, lo hice a las ocho y en vez de partir a las ocho lo hice alas nueve, por lo que no me fue posible llegar a las diez, como debía,sino a las once bien dadas, cuando estaban ya acabando de almorzar. Yasupondrás que el retardo no me quitó el apetito. Me senté, pues, a lamesa, prometiendo a los demás comensales que pronto los alcanzaría; peropor más que hice y por bien que jugué mis mandíbulas, no logré impedirque todos concluyeran antes que yo, y como hacía un día espléndido yfiguraba en el programa un paseo por el lago, me manifestaron que salíana dar una vuelta mientras yo terminaba de almorzar y concediéronme diezminutos, asegurándoles yo que aún me sobraría tiempo.

Pero quiso el diablo que me sirviesen el café hirviendo, y entre soplar,hacer gestos y tomarlo poco a poco, perdí muy cerca de una hora. Por sialgo faltaba, para colmo de desdichas, había en la comitiva unmatemático, uno de esos hombres que por lo ordenados guardan grananalogía con un cuadrante solar, que supeditan, todos sus actos a sureloj, tan fijo como el sol. Así que hubieron pasado los diez minutosque me fueron concedidos, consultó mi hombre su cronómetro y haciendonotar que yo no había cumplido mi palabra se dirigió a la orilla y diocomienzo el embarco.

A la sazón salía, yo de la casa, y al ver la jugarreta que iban ahacerme, eché a correr, llegando al embarcadero en el preciso momento enque la barca se apartaba de la orilla. Saludáronme las carcajadas detodos, esto picó mi amor propio, medí con la vista la distancia a que sehallaba la barca, y viendo que no me separaban de ella más de unoscuatro pies, salté y... ¡zas!... ¡dí con mi cuerpo en el lago!

—¡Pobre Felipe! Gracias a que sabes nadar como un pez, pues de otromodo...

—Esa circunstancia me valió—interrumpió Auvray.—Mas, como el aguaestaba helada, volví a la orilla aterido y tiritando de frío, mientrasque el matemático calculaba de seguro, cuántos milímetros me habíanfaltado para caer en el bote y evitarme el chapuzón. A consecuencia deaquel baño intempestivo, tomado en tan malas condiciones, pasé tres díasen la quinta, con una fiebre muy alta. El mismo día en que el médico medeclaró radicalmente curado, obligome mi tío a volver a París sin perdertiempo, pues mi ausencia podía perjudicarme para los exámenes, y entréen mi casa a las diez de aquella noche, no sin ir antes a llamar a tupuerta; pero o tú estabas fuera o te habías acostado. Por cierto quedespués he recordado esta circunstancia muchas veces.

—Pero, ¿querrás decirme adonde diablos vas a parar?

—Pronto lo verás. Prosigo. Me metí en la cama respetando tu ausencia,tu sueño o lo que fuere; dormí como un lirón, y por la mañana medespertó el piar de los gorriones, cosa que me produjo la ilusión de queestaba aún en el campo; así, que abrí los ojos creyendo ver el verdor,las flores y los pájaros y me quedé sorprendido cuando me encontré, conque desde mi cuarto vi todo eso. Aun vi más, porque al través de losvidrios y entre rosas y claveles contemplé a la modistilla más linda ymás retrechera que puedas tú imaginarte, distribuyendo comida a variospájaros de especie diferentes, que merced sin duda al dulce gobierno desu dueña, convivían en paz dentro de una misma jaula. Parecía un cuadrode Mieris. No ignoras tú que los cuadros

me

gustan

con

delirio:

teexplicarás,

pues,

perfectamente, que yo me estuviera allí más de unahora contemplando aquel que me parecía tanto más encantador cuanto quevenía a destruir el efecto que durante dos años me había causado laodiosa visión de la vieja y el perro. Mientras yo estuve fuera, miFisifona se había largado, cediendo su puesto a la gentil griseta. Sinpasar de aquel día, decidí enamorarme con locura de mi encantadoravecina, y no desperdiciar la primera ocasión que se me ofreciera paradeclararle mi pasión.

—¡Ah! Ya te veo venir, amigo Felipe—dijo Amaury riendo;—

pero ya creíayo que habías olvidado aquella aventura en la que tuve la desgracia deser tu rival, llevándote dos días de delantera.

—Ni mucho menos, Amaury; antes bien, la recuerdo con todos sus detallesy como tú no conoces éstos, me permitirás que te los cuente para quesepas hasta dónde llegan tus culpas para con tu amigo Felipe.

—Pero, hombre, ¿habrás sido capaz de venir a provocarme a un dueloretrospectivo?

—¡Qué disparate! No vengo más que a pedirte un favor, y si te cuentoesa historia es con el fin de que a la amistad inquebrantable que existeentre nosotros y que debe moverte a prestarme ayuda se sume el deseo dereparar ciertos agravios.

—Muy bien; pero volvamos a Florencia.

—¿Florencia se llamaba?—preguntó Felipe.—No lo sabía yo.

Me gustamucho ese nombre, casi tanto como me gustaba ella.

Volvamos, pues, aFlorencia. Te decía que tomé dos decisiones a un tiempo, cosa muyextraña en mí, que apenas sé tomar una.

Verdad es que, si alguna vez lohago, no hay nadie que persevere más en su propósito ni que siga sucamino tan impertérritamente como yo... ¡Por vida de!... Se me figuraque acabo de soltar un adverbio.

—Tienes perfecto derecho a hacerlo—repuso Amaury con gravedad.

—El primer propósito era el de enamorarme, como un loco, de mi hermosavecina—continuó Felipe,—y como era el más factible, lo puse enpráctica aquel mismo día. Consistía el segundo en declararle mi pasión ala primera oportunidad, y eso ya no era tan fácil; como que eranecesario primeramente encontrar la ocasión y después atreverse aaprovecharla.

Tres días tuve que estar en constante espionaje; el primero, ocultodetrás de mis cortinas, porque temía asustarla dejándome versúbitamente; al otro día ya la contemplé pegado a los cristales, peroaun no me atreví a abrir mi ventana; al tercero ya la abrí, y observégozoso que no la espantaba mi osadía.

Aquella misma tarde la vi echarse sobre los hombros un chal, yabrocharse las botas. Mi vecina iba a salir, y como eso precisamente eralo que esperaba ansioso, me preparé a seguirla adondequiera que fuese.

X

Auvray prosiguió:

—Mi plan ya estaba trazado. Tenía que armarme de valor para detenerla yofrecerme a compañarla, declarándole por el camino mi pasión, yexplicándole con fuego los estragos que en mi pobre corazón habían hechoen tres días su nariz arremangada y su graciosa sonrisa. Tomé, pues, elbastón, el sombrero y el gabán y en cuatro brincos me planté en lacalle, sin que me fuera dable evitar, a pesar de mi presteza, que ellaya me llevase unos treinta pasos de delantera. Me lancé como una flechaen seguimiento suyo, y poco a poco logré acortar la distancia. En laesquina de la calle de San Jaime, llevaba yo ganados diez pasos; en lacalle de Racine eran ya veinte, y después de atravesar un patio,emprendió la ascensión por una escalera, cuyos últimos escalonesalcanzaban a verse desde la calle. Pasome por la mente la idea deaguardarla en el patio, pero la deseché pronto, considerando que elportero, que a la sazón estaba barriendo me preguntaría adónde iba y yono sabría responderle ni siquiera explicarle a quién seguía, puesto queignoraba el nombre de la joven. Hube, pues, de contentarme con esperarpaseando por la acera de enfrente como pudiera hacerlo un centinela, yhe de confesar que si alguna afición hubiera tenido yo a la guardianacional la habría perdido entonces.

Así pasó una hora, y otra, y otra más, y mi griseta no se dejaba ver porparte alguna.

—¿Será que la habré espantado?—me pregunté.

A todo esto se acercaba ya la noche y yo, mísero de mí, no disponía delpoder de Josué para detener el sol a mi placer. De repente, a la escasaluz del farol que alumbraba la escalera, alcancé a ver el vestido de mifugitiva, pero ésta no iba sola, pues también vi la capa de un hombreque bajaba en su compañía.

—¿Será su amante? ¿Será su hermano?—pensé.

Muy bien podía ser lo primero, pero tampoco era descabellado suponer quefuera lo segundo, y recordando a la sazón la famosa máxima del sabio:«En la duda abstente», yo me abstuve. Los dos pasaron junto a mí sinverme, pues la oscuridad no podía ser más densa.

Aquel acontecimiento me hizo cambiar de plan. Así como así, en mi fuerointento, renegaba de mi pusilanimidad, temiendo que en el instante enque hubiera de dirigirle la palabra me abandonara el valor de que veníahaciendo tan gran acopio, y, por lo tanto, juzgué que era mejordeclararme por escrito.

Y así como lo pensé lo hice en seguida; apenas llegué a casa, sentomeante mi mesa, pluma en ristre. Pero trazar una epístola amorosa de laque dependía el juicio que yo iba a merecer a mi vecina y, por lo tanto,la mayor o menor rapidez con que yo debía captarme su voluntad, no eraempresa muy fácil que digamos. Además, era la primera vez que yo memetía en tales aventuras. Así, me pasé hasta la madrugada trazando unaserie de borradores que al releerlos luego me parecieron detestables. Ala mañana siguiente hice unos cuantos más, y por fin adopté este últimoensayo.

Y al decir esto Auvray, sacó su cartera y de ella un papel que desdoblóy leyó en voz alta. He aquí lo que decía aquella carta:

«Señorita:

»Verla a usted es adorarla; yo la he visto y la adoro. Por las mañanasla veo distribuyendo el alimento a sus pájaros, demasiado dichosos,porque les da de comer una mano tan linda; la veo regar sus rosas, menosrosadas que sus mejillas, y sus claveles, que no tienen la fragancia desu aliento, y aquellos breves instantes bastan para llenar mis días deilusiones y mis noches de ensueños.

»Señorita, usted no me conoce y yo ignoro también quién es usted, perome basta vislumbrarla un segundo para juzgar que bajo tan seductoraapariencia se oculta un alma llena de pasión y de ternura. Su espírituno puede menos de ser tan poético como su hermosura y sus sueños son defijo tan dulces como sus miradas. ¡Feliz aquél que pueda dar realidad aesas encantadoras ilusiones! ¡Triste de quien se atreva a destruir tandulces quimeras!»

—¿Qué te parece? ¿Verdad que logré imitar perfectamente en ese borradorel estilo de la época?—preguntó Felipe con visible satisfacción de símismo.

—Lo mismo iba yo a decirte: pero he recordado a tiempo que no te debía,interrumpir—contestó Amaury.

Auvray continuó:

«Ya ve usted señorita, que la conozco. ¿Y a usted, jamás le hadicho su instinto de mujer que muy cerca de usted, en la casa deenfrente, había un joven que poseyendo algunos bienes, vive solo yaislado y necesita un corazón amante y cariñoso que sepacomprenderle? ¿No ha adivinado usted que aquí había un hombre capazde dar su sangre, su vida, y su alma al ángel que bajase del Cielopara llenar el vacío de su triste existencia, y cuyo amor no seríaun capricho profano y ridículo, sino una adoración eterna?Señorita, si usted no me ha visto, ¿por qué no me habrá siquierapresentido?»

Volvió a detenerse Felipe para mirar a Amaury, como pidiéndole suopinión sobre este segundo período de la carta.

Leoville hizo un gesto de aquiescencia, y Auvray prosiguió:

«Perdone usted, señorita, si no he sabido resistir al ardiente deseo dedeclararle la volcánica pasión que su sola presencia me ha inspirado:perdone mi atrevimiento, pero no podía menos de revelarle este amor quede hoy más habrá de llenar mi vida. No le ofenda la ingenua sencillez dequien le profesa tanto amor como respeto y si quiere creer en lasinceridad de este pobre corazón que ya es suyo por entero, permítameque le manifieste de palabra toda la ternura y veneración que siento porusted.

»Por favor, señorita, déjeme ver de cerca a mi ídolo. No pido que meconteste, no me atrevo a exigir tanto; pero será suficiente una palabra,una seña, un ademán, la más leve indicación para que yo vuele a suspies, y pase a su lado la existencia.

» Felipe Auvray.

»Calle de San Nicolás, 5.º piso. Hay una pata de liebre en el cordón dela campanilla.»

—¿Has comprendido, Amaury? No le pedía respuesta, porque no me juzgasemuy osado; pero le daba las señas de mi habitación por si se compadecíade mí y me contestaba sin pedirle yo que lo hiciese.

—No era mala precaución—repuso Amaury.

—No, no era mala, pero en cambio era excusada, amigo Amaury. Concluidala apasionada epístola, no faltaba otra cosa que llevarla a su destino:pero, ¿cómo iba a hacerla llegar a manos de mi vecina?... ¿Valiéndomedel correo? No conocía el nombre de mi deidad. ¿Comisionando al porteropara que se la entregase mediante una propina de tres francos? Yo nofiaba mucho en ese medio porque había oído hablar muchas veces que hayporteros incorruptibles. ¿La enviaría por un demandadero?

Este medio meresultaba prosaico y hasta un tanto peligroso, pues podía sucederperfectamente que encontrase allí al hermano, es decir, al individuoaquel que la acompañaba la noche en que la seguí, y que en medio de miilusión, creía yo que no podía ser más que su hermano. Costábame trabajoel resignarme a creer que fuese un amante.

Pensé contarte entonces mi aventura, pero me arrepentí en el acto porquese me ocurrió que tú, como más experto que yo en lides de amor, teburlarías de mis perplejidades. En suma, paralizado por ellas, tuve tresdías la carta cerrada sobre mi mesa sin saber qué hacer con ella. Porfin, cuando ya anochecía el tercero y mientras yo entristecido por suausencia, pues había salido aquella tarde, contemplaba su habitacióndesierta, vi desprenderse de sus rosales una hoja que empujada por elviento cayó revoloteando hasta la calle.

La manzana que a Newton le cayó en la nariz, fue para el sabio unarevelación de la gravitación universal. Del mismo modo una hoja flotandoa merced del viento, me reveló a mí el medio de correspondencia quedebía emplear. Envolví con la carta el primer objeto pesado que hallé amano, y lo tiré con habilidad a la habitación de mi vecina, hecho locual y asombrado de mí mismo por este rasgo de audacia, cerréprestamente la ventana y aguardé temblando por las consecuencias quepodía tener el acto de osadía perpetrado, porque si mi vecina regresabacon su hermano, y éste leía la carta, quedaría muy comprometida lainfeliz muchacha.

Oculto tras de las cortinas, y con el corazón lleno de angustia, esperésu vuelta. De pronto vi que entraba, y al advertir que no le acompañabanadie, respiré con libertad. Ligera y juguetona como siempre, recorrióen todos sentidos su aposento sin tropezar con mi carta, hasta que porúltimo quiso la casualidad que pusiera el pie encima. Entonces seinclinó para recogerla.

Yo estaba en ascuas. Latía mi corazón con violencia inusitada ycomparábame con la Lauzun, Richelieu y Lovelace.

Como ya te he dicho antes, comenzaba a anochecer. Mi vecina se acercó ala ventana como queriendo averiguar de dónde podían haber arrojado lamisiva, y luego se dispuso a leerla.

Entonces creí llegada la ocasión dedarme a ver, y a mi vez me asomé yo a mi ventana. Al oír el ruido quehice al abrirla, volviose mi vecina y paseó su mirada con cierto asombrono exento de curiosidad, de la carta a mi persona y de ésta a la carta.

Con elocuente mímica supe indicarle que era yo su autor, y cruzando lasmanos, le rogué que la leyera.

Quedó perpleja un instante, mas se decidió muy pronto.

—¿A qué?

—A leerla, hombre, a leerla.

Comenzó por abrir la carta con la punta de los dedos; me miró sonriendo,leyó unas cuantas líneas, volvió a sonreír, y por último, aumentando sujovialidad, prorrumpió en una franca carcajada que a mí me dejódesconcertada. Con todo, como acabó de leer la carta de cabo a rabo, yaiba yo recobrando una ligera esperanza, cuando súbitamente vi que larasgaba. Estuve a punto de gritar, pero en seguida pensó que quizástomaba tal precaución por miedo a que la carta cayese en manos de suhermano. Entonces juzgué que obraba bien y hasta aplaudí su idea por másque se me antojaba que era demasiado cruel el encarnizamiento con que secebaba en mi desventurada epístola.

Que la hubiese roto en cuatropedazos, pase; en ocho, aún podía tolerarse; pero que la rasgase en ydiez y seis, en treinta y dos, en sesenta y cuatro, que la redujese aimperceptibles trozos, era ya refinamiento, y convertirla en un puñadode átomos, era dar muestra de insigne perversidad.

Y es el casó que así lo hizo, y sólo cuando por ser ya los fragmentosmuy pequeños le fue imposible hacer una nueva división, abrió la mano, yenvolvió a los transeúntes en aquella nevada intempestiva; hecho estovolvió a reírse en mis barbas y cerró la ventana, mientras una importunaráfaga de viento me traía un fragmento de mi carta y una muestra con élde mi elocuencia. ¿A qué no imaginas cuál era? ¡Pues nada menos queaquel que contenía la palabra ridículo!

Sentí que la furia me cegaba; pero, como al fin y a la postre ningunaculpa tenía ella de este último incidente, únicamente achacable alviento inoportuno, cerré también mi ventana con dignidad, y me puse adiscurrir, buscando el medio de vencer aquella, resistencia desusada enla honorable corporación de las grisetas.

XI

Los primeros planes que ideé se resintieron, como es natural, del estadode exaltación en que me encontraba yo; así, no se me ocurrieron más queferoces combinaciones y proyectos tan locos como salvajes, mientraspasaba revista en mi memoria a todas las catástrofes amorosas ocurridasen el mundo desde Otelo hasta Ansony.

Pero antes de adoptar ningún plan definitivo decidí acostarme con el finde que el sueño amansase mi furor, teniendo por bueno aquel proverbioque dice que «la noche es buena consejera». Y

así debe ser en efecto,porque al otro día me levanté completamente tranquilo; aquellos planessanguinarios de la víspera,

se

habían

trocado

en

resoluciones

mucho

másparlamentarias, y yo me resolví a aguardar la noche para llamar a supuerta, y una vez que me abriese arrojarme a sus pies, y repetirleverbalmente lo que ya le había dicho en mi carta. Si rechazaba mi amor,estando con ella a solas, siempre tenía el recurso de apelar a losmedios más violentos. No podía ser este plan más atrevido; pero encambio su autor lo era bien poco.

Dispuesto a ponerlo en práctica aquella noche, llegué valientementehasta el pie de la escalera, pero de allí no pasé. A la noche siguiente,subí hasta el segundo piso; pero allí me detuvo mi falta de decisión. Ala tercera llegué hasta el rellano de su propio piso, pero me quedédelante de su puerta, sin atreverme a llamar. Me pasaba a mí lo mismoque a Querubín: No me atrevía a atreverme.

Pero a la cuarta noche, juré acabar de una vez y no ser por más tiempotan necio y tan cobarde. Entré en un café, tomé hasta seis tazas de estebrebaje, y reanimado mi valor por aquellos tres francos de energía, subísin retenerme los tres pisos, y con mano temblorosa y febril ademán, sinquerer pensar en nada por miedo de arrepentirme, tiré del cordón de lacampanilla, cuyo sonido me heló la sangre en las venas.

Diéronme entonces tentaciones de echar a correr, pero me quedé comoclavado en el suelo, retenido allí por mi propio juramento. No tardé enoír pasos... Alguien abrió... Lancéme al interior de una habitaciónoscura como boca de lobo, abrí una puerta por cuyos intersticios sefiltraba la luz y exclamé con acento de resolución suprema:

—¡Señorita!

Pero en el acto, me sentí asido por una mano varonil que me puso delantede mi hermosa vecina, y mientras ésta se levantaba de su asientohaciendo un mohín lleno de gracia, mi amigo Aumary, le dijo:

—Vida mía, tengo el gusto de presentarte a mi amigo, Felipe Auvray. Esvecino tuyo y hace tiempo que desea conocerte.

Ya conoces el resto de la aventura. Pasé allí diez minutos, sin lograrreponerme de mi aturdimiento, y abrumado al fin por el peso del ridículobalbuceé algunas excusas y me retiré acompañado por las carcajadas deFlorencia que no pudo contener la hilaridad al ofrecerme su casa.

—¿Y a qué viene el recordar ahora tales cosas? A raíz de aquel suceso,me pusiste mala cara, y tardó bastante en pasársete el enfado; pero creíque ya me habías perdonado, en gracia a que tú mismo tuviste la culpa delo que te pasó entonces.

—De sobra lo sé y nunca te guardé rencor por ello. Pero debes reconocerque esas cosas no sirven de gusto a nadie, y como tú, queriendoresarcirme en cierto modo de la amarga impresión que dejó en mi ánimo ladesdichada aventura te opusiste a presentarme a tu tutor y contrajistesolemne compromiso de hacerme en adelante cuantos favores pudieses, hecreído conveniente recordarte tu crimen para recordarte tu promesa, yaque hoy necesito que me ayudes.

—Habla, Felipe—dijo Amaury, pugnando por contener la risa.—Estoyarrepentido de mi culpa, tengo en cuenta el compromiso y aguardo laocasión de expiar aquel pecado...

involuntario.

—Bueno. Sabe, pues, que ha llegado el momento—dijo Felipe congravedad.—Amaury: estoy enamorado.

—¡Diablo! ¿Lo dices en serio?

—Sí; y esta vez no es un amor pasajero, sino una afección honda yduradera que llenará mi vida.

Amaury se sonrió, pensando en Antoñita.

—¿Y de seguro quieres pedirme que te sirva de intérprete cerca de tuídolo? ¡Desdichado! Me haces temblar... Pero prosigue. ¿Cómo te hasenamorado? ¿y de quién?...

—Ya no se trata de una modistilla cuyo amor se busca por capricho, sinode una señorita de noble alcurnia a la que sólo puedo unirme enmatrimonio. Mucho he titubeado en decírtelo a ti, que eres mi mejoramigo, pero al fin tenía que hacerlo y he creído llegado el momentooportuno. No poseo títulos de nobleza, pero tampoco soy de origenoscuro, pues pertenezco a una familia distinguida; hace poco heredé demi buen tío veinte mil francos de renta y su quinta de Enghien, y estascircunstancias me animan a decirte a ti, que más que amigo eres para míun hermano y además estás propicio a darme reparación de las pasadasofensas: «Amaury, ¿quieres pedir en mi nombre a tu tutor la mano de suhija Magdalena?

—¡Cómo! ¿qué es lo que dices?—exclamó Amaury, con la estupefacciónpintada en el semblante.

—Digo—respondió Felipe sin abandonar su aire solemne,—

que suplico ami amigo y hermano Amaury, recordándole sus compromisos, que pida paramí la mano de...

—¿De Magdalena?

—Si.

—¿De Magdalena de Avrigny?

—Sí; de la hija de tu tutor.

—Pero ¿no estabas enamorado de Antoñita?

—¿Yo? ¡Ca, hombre!

—Así, pues, ¿amas a Magdalena?

—¡Claro está! Por eso vengo a pedirte...

—¡Calla, desgraciado! ¡Está de Dios que siempre llegues tarde! Yotambién la amo.

—¿Qué dices? ¿Que tú la amas?

—Sí, y es el caso...

—¿Qué?...

—Que ayer mismo pedí y obtuve su mano.

—¿La mano de Magdalena?

—Sí: la mano de Magdalena.

Felipe se llevó las manos a las sienes como temiendo que su cabezaestallara; luego, aturdido, sin darse cuenta de sus actos, se levantóvacilante, tomó maquinalmente el sombrero y con paso de autómata saliósin despegar ya los labios, como si aquel golpe le hubiese dejado mudo.

Amaury, compadecido de su amigo, estuvo tentado a correr tras él paradetenerle y prodígarle consuelos; pero en aquel instante oyó las diez yse acordó de que a las once le esperaba Magdalena.

XII

DIARIO DEL DOCTOR AVRIGNY

15 de mayo

«Por lo menos no me separaré de mi hija; se quedarán a mi lado; yo iré adonde ellos vayan y viviré con ellos.

»Proyectan pasar el invierno en Italia, o para hablar con más propiedad,mi prudente previsión les ha sugerido ese propósito.

Así, pues,presentaré mi dimisión de médico de cámara y me iré con mis hijos.

»Magdalena es rica y yo también lo soy. ¡Qué puedo necesitar yo, si loque guardé fue para ella!

»Seguro estoy de que mi partida causará a muchos gran sorpresa y quetratarán de retenerme en nombre de la ciencia, diciéndome que no debodejar abandonada mi clientela, pero,

¿qué importa?

»Para mí la única persona en quien tengo que pensar es Magdalena; eso nosólo constituye una dicha sino que es además un deber. Mis hijosnecesitan de mí y a ellos me debo. Les serviré de cajero; es necesarioque Magdalena sea la más deslumbradora entre todas, ya que es la máshermosa, sin que su fortuna disminuya por tal causa.

»Nos procuraremos en Nápoles, en Villa Reale, un palacio cuya fachada déal Mediodía. Allí mi hija florecerá como una planta lozana restituidaal suelo natal.

»Yo dirigiré su casa, organizaré sus saraos, haré el papel de intendentey les descargaré del peso de todos los cuidados materiales que la vidasocial lleva consigo.

»Sólo habrán de pensar en ser felices y en quererse... Ya es bastanteocupación, después de todo.

»Quiero además que este viaje, que para ambos es de puro recreo, seaprovechoso para Amaury y le sirva para adelantar en su carrera; así, sinenterarles de nada, ayer mismo pedí al ministro que le encomendase unaimportante comisión secreta y mi pretensión fue atendida.

»Todo lo que treinta años de trato con los hombres más eminentes y deobservación constante en el orden físico y en el moral me han producidoen influencia y en conocimientos, lo pondré a su disposición para que sesirva de ello.

»Y no sólo me propongo ayudarle en el cumplimiento de la misión que leencargan, sino que su trabajo lo llevaré a cabo yo mismo. Sembraré paraél a fin de que sólo tenga que tomarse el trabajo de recoger la cosecha.

»Todo lo que yo le doy pertenece a mi hija, como le pertenecen mifortuna, mi vida y mi pensamiento, que ya le había dado antes.

»Todo será para ellos; yo no quiero reservarme para mí otra, cosa que elderecho de mirar de vez en cuando a Magdalena, escucharla cuando mehable y verla hermosa y satisfecha.

»No me separaré de ella y me olvidaré, como me olvido ya, del instituto,de los clientes y hasta del rey, que hoy ha enviado a preguntar por misalud. Todo lo olvidaré menos mis hospitales; los demás enfermos sonricos v pueden acudir a otro médico, pero mis pobres no; si éstos no metuvieran a mí ¿quién los asistiría?

»Y el caso es que no tendré más remedio que dejarles, cuando me vaya conmi hija. Algunas veces me pregunto si tengo derecho a abandonarles; perono paso a creer que haya nadie en el mundo que tenga sobre mí másderecho que mi hija.

»Parece increíble la facilidad con que dudamos a veces de las cosas mássimples. Ya rogaré a Cruveilhier o a Jaubert que ocupen mi lugar.»

16 de mayo.

«Tan felices son que en mí se refleja su júbilo. No dejo de comprenderque el aumento de amor hacia mí que en ella advierto no es otra cosa queun desbordamiento del que le profesa a él; pero a veces lo echo enolvido, como quien viendo una representación dramática, llega aimaginarse que presencia escenas de la realidad.

»Hoy le he visto venir tan regocijado que me privé de entrar en lahabitación de mi hija para no obligarles a que se hiciesen violenciadelante de mí.

»¡Ah! Son tan escasos en la vida estos momentos que, como dicen muy bienlos italianos, es un crimen ponerles tasa cuando se tiene la dicha dedisfrutarlos.

»Unos minutos después paseaban los dos por el jardín. Este es su edén.En él están más aislados, sin que por eso estén solos; pero abundan losárboles tras de los cuales pueden estrecharse la mano, y recodos en quepueden acercarse el uno al otro.

»Contemplábales yo oculto tras de mi ventana y veía por entre las lilasbuscarse sus manos y confundirse sus miradas. También ellos parecíannacer y florecer, como las plantas que los rodeaban. ¡Oh, primavera,juventud del año! ¡Oh juventud, primavera de la vida!

»A pesar de todo no puedo pensar, sin estremecerme, en las emociones,por agradables que sean, que esperan a mi pobre hija.

Es tan delicada, ytan débil de cuerpo y de espíritu que una alegría la trastorna tantocomo a otros una pena.

»¿Obrará el novio con la prudencia del padre? ¿La tasará ciertas cosascomo yo, que le taso el viento que puede perjudicarla? ¿Encerrará a ladelicada flor en una atmósfera tibia y embalsamada sin sobra de sol ysin vientos tempestuosos?

»Ese joven fogoso y apasionado puede destruir en un mes con sus locostransportes mi compleja tarea de diez y siete años de cuidado constante.

»Navega pues, supuesto que es preciso, frágil barquilla mía; ve adesafiar la tempestad. Afortunadamente yo seré tu piloto; yo sabrégobernarte y no te abandonaré a merced de las olas.

»¿Qué sería de mi vida, pobre hija mía, si te abandonara yo?

»Pensando en lo delicada y endeble que es tu constitución, siemprecreería verte enferma, o amenazada de estarlo. ¿Quién podría decirte atodas horas:—Mira, Magdalena, que ese sol del mediodía quemademasiado.—Mira, que esa brisa nocturna es fría con exceso.—Magdalena,cúbrete la cabeza con un velo.—

Magdalena, échate un chal sobre loshombros?

»No; nadie te hablará así. El te amará, pero no pensará en otra cosa queen quererte, mientras que yo pensaré en hacer que vivas.»

XIII

17 de mayo

«¡Desdichado de mí!

»Se desvanecieron otra vez mis sueños; volaron todas mis ilusiones.

»Cuando me levanté confiaba en pasar un día feliz, y Dios habíadispuesto que fuese de aflicción y de dolor.

»Amaury ha venido como siempre esta mañana. Los he dejado muy contentosbajo la vigilante mirada de la señora Braun y he salido a mis quehaceresacostumbrados.

»Me he pasado todo el día pensando en el gozo con que anunciaría aAmaury la comisión que logré para él y los planes que he forjado. Cuandollegué a casa eran más de las cinco y se disponían a sentarse ya a lamesa.

»Amaury había salido para volver más pronto indudablemente, y se conocíaque no hacía mucho rato porque el semblante de Magdalena, estaba,radiante aún de felicidad.

»¡Pobre hija mía! A creerla, nunca se encontró mejor.

»¿Me habré equivocado yo? Este amor que a mí me asustaba, tanto, ¿habrávenido a dar vigor a esa complexión enfermiza y enclenque, cuyadestrucción temía? La Naturaleza está llena de abismos que la mirada másescrutadora jamás alcanzará a sondear.

»Todo el día había estado pensando en la dicha que les tenía preparada,lo mismo que el niño que guarda una sorpresa para una persona a quienama y que siempre está a punto de revelar el secreto. Temiendo descubrirel mío a Magdalena, dejé a ésta en el salón y descendí al jardín.Mientras me paseaba oía vagamente la sonata que estaba tocando al piano;era una melodía que ejecutada por mi hija me llenaba de gozo el corazón.

»Aquel arrobamiento duró como un cuarto de hora.

»Complacíame yo en aproximarme a aquella fuente de armonía, y después dedeleitarme un instante me alejaba de ella para dar la vuelta al jardín.