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AMAURY

POR

Alejandro Dumas

Traducción por Florencio S. de Yarza

La Nación

Buenos Aires

1911

Capítulos:I, II, III, IV, V, VI, VII, VIII, IX, X, XI, XII, XIII,

XIV, XV, XVI, XVII, XVIII, XIX, XX, XXI, XXII, XXIII,

XXIV, XXV, XXVI, XXVII, XXVIII, XXIX, XXX, XXXI,

XXXII, XXXIII, XXXIV, XXXV, XXXVI, XXXVII,

XXXVIII, XXXIX, XL, XLI, XLII, XLIII, XLIV, XLV,

XLVI, XLVII, XLVIII, XLIX, L, LI, LII, LIII,

CONCLUSIÓN

Existe en Francia una cosa tan peculiar, tan genuina del carácternacional, que con dificultad se encuentra en otro país cualquiera: laconversación, en cuya especialidad no hay nadie que pueda competir conlos franceses.

En el resto del globo se discute, se argumenta, se perora; sólo enFrancia se conversa por costumbre.

No pocas veces, estando yo en Italia, en Alemania o en Inglaterra, me haocurrido anunciar de pronto que al día siguiente me volvía a París. Sialguno, admirado de tan súbita resolución, me preguntaba:

—¿A qué vas a París?

Yo le respondía sencillamente:

—A conversar.

Y no era flojo su asombro al saber que yo, ahito de conversación,pensaba en hacer un viaje de centenares de leguas sólo por darme elgusto de conversar.

Nadie podía explicarse un capricho semejante; sólo me comprendían losfranceses. Estos solían exclamar:

—¡Qué dicha! ¡qué placer!

Y sucedía a veces que alguno de ellos se venía conmigo.

A decir verdad no hay nada más grato que esas minúsculas tertulias queen un salón elegante improvisan unas cuantas personas charlando a susabor, dando vueltas a una idea mientras dura el hechizo que produjo,para abandonarla después de sacar de ella todo el partido posible,cediendo al atractivo de otra nueva que a su vez surge en medio de lasbromas de unos, de los discreteos de otros y de las agudezas de todos,lo cual no obsta para que súbitamente, al llegar al punto culminante desu desenvolvimiento, se desvanezca como pompa de jabón tocada por ladueña de la casa, que mientras sirve el te lleva de grupo en grupo elhilo de la charla general, recopilando opiniones, pidiendo pareceres,planteando problemas y obligando casi siempre a cada corrillo a vertersu correspondiente frase en ese tonel de las Danaides que se llama «laconversación».

Por el estilo del salón que describo hay en París cinco o seis en loscuales no se baila, ni se carta, ni se juega, y sin embargo no se salede ellos nunca antes del amanecer.

Cuéntase entre estos salones el de un buen amigo mío, el conde M... Digoamigo mío y en realidad no haría mal en decir amigo de mi padre, pues esel caso que el conde de M... quien por nada de este mundo es capaz deconfesar motu proprio su edad (ni, por otra parte, tampoco hay quienle pregunte sobre ella), no dejará de tener sus sesenta y tantos añosbien cabales, aunque no represente más allá de los cincuenta, gracias alextremado esmero con que cuida su persona. Es uno de los últimos y másgenuinos representantes del tan calumniado siglo XVIII, lo cual debe sinduda explicar la escasez de sus creencias, circunstancias que (dicho seaen su honor), no le ha hecho caer, como a la mayoría de los incrédulos,en el afán de empeñarse en que los demás dejen de creer también.

Puede decirse que hay en él dos principios, uno hijo del corazón y otrodel entendimiento, que mutuamente se repelen. Es egoísta por sistema ygeneroso por naturaleza. Nacido en tiempo de nobles y filósofos, elinstinto aristocrático viene a equilibrar en su espíritu laindependencia del pensador. Conoció a los hombres más conspicuos delpasado siglo. Fue bautizado por Rousseau con el título de ciudadano;Voltaire le auguró que sería poeta; Franklin le recomendó simplementeque fuese un hombre honrado y bueno.

Juzga el año terrible, el cruento 93, como juzgaba San Germán lasproscripciones de Sila y las matanzas de Nerón. Con escéptica mirada hapresenciado el desfile de los asesinos, de los septembristas, y de losguillotinadores, primero en carro y luego en carreta. Ha conocido aFlorián y a Andrés Chénier, a Demoustier y a Madama de Stael, a Bertin ya Chateaubriand; ha rendido homenaje a madama Tallién, a madamaRécamier, a la princesa Borghése, a Josefina, y a la duquesa de Berry.Ha asistido al encumbramiento de Bonaparte y a la caída de Napoleón. Elpadre Maury y Talleyrand le llaman discípulo: es un diccionario defechas, un catálogo de acontecimientos, un archivo de anécdotas, unamina de agudezas.

Nunca ha querido escribir por temor de perder su preeminencia, pero encambio presume de narrador.

He ahí por qué su salón, como he dicho más arriba, es uno de los cinco oseis salones de París en los que, sin haber juego, música, ni baile, sepasan de un modo grato las horas hasta bien entrada ya la madrugada.Cierto es que en las esquelas de invitación escribe de su puño y letra: Se conversará, como otros estampan: Se bailará. Fórmula es ésta quesuele alejar a banqueros y agiotistas; pero que atrae a los hombres deingenio, siempre gustosos de hablar; a los artistas, dispuestos aescuchar, y a los misántropos de todo género, que nunca complacieron ala dueña de la casa bailando un solo, con el fútil pretexto de que lacontradanza recibe ese nombre por ser lo contrario de lo que se llamadanza.

Es innegable, además, que posee un admirable talento para cortar con unasola palabra, ya el desarrollo de cualquiera teoría que esté en pugnacon el modo de pensar del auditorio, ya toda discusión que tienda ahacerse pesada.

Cierto día, un joven melenudo y de barbuda faz hacía en su presenciadesmedidos elogios de Robespierre, declarándose acendrado partidario desu sistema, lamentando su prematuro fin y augurando su rehabilitacióncomo un acto de justicia.

—Ese grande hombre no ha sido bien comprendido—dijo al terminar superorata.

—Pero sí guillotinado, afortunadamente—replicó el conde de M...

Esta frase dio fin a la conversación por aquel día.

Hace un mes próximamente asistí yo a una de estas reuniones.

A últimahora se había hablado ya de tantas cosas que, agotados los temas, vínosea tratar de amor. A la sazón, la conversación se había hecho general yentre los grupos cruzábanse algunas palabras sueltas.

—¿Quién habla por ahí de amor?—preguntó el conde de M...

—El doctor P...—contestó una voz.

—¡Ah! ¡Es curioso! ¿Y qué dice el doctor?

—Que el amor es una congestión cerebral de carácter benigno que sepuede curar poniendo al enfermo a dieta, aplicándole sanguijuelas yusando de sangrías moderadas.

—¿Así opina usted, doctor?

—Claro que sí; por más que conceptúo preferible la posesión.

Ese sí quees el remedio más eficaz.

—Está bien; pero supongamos que ésta no se consigue y que en tal tranceno acudimos a usted, que ha hallado la panacea universal, sino a algunode sus colegas, menos prácticos que usted en la terapéutica, y que leespetamos esta pregunta concreta: «¿Podemos morirnos de amor?»

—Eso no se pregunta a los médicos, sino a los enfermos—

repuso eldoctor.—Respondan ustedes, señoras, y ustedes también, caballeros.

Arduo por demás era el problema y, como no podía menos de esperarse,dividiéronse las opiniones. Los jóvenes, que creían tener sobrado tiempopara morir de desesperación, respondieron que sí; los viejos, cuya vidapendía ya de un ataque de gota o de un simple catarro, contestaron queno; las mujeres se limitaron a hacer un gesto de duda. Eran demasiadoaltivas para negar y sobrado sinceras para afirmar.

A todo esto empeñábanse todos en explicar sus votos respectivos; así,que no había manera de entenderse.

—¡Ea!—dijo el conde de M...—Yo voy a dilucidar la cuestión.

—¿Usted?

—Sí, señores, yo mismo.

—¿Cómo?

—Explicándoles a ustedes el amor que mata y el amor que no trunca laexistencia.

—¿Así, pues, hay varios amores?—preguntó una mujer que era tal vez, detodas las presentes, la que menos debiera haber hecho tal pregunta.

—Sí, señora—respondió el conde.—Crea usted que costaría trabajoenumerarlos. Pero vamos al asunto. Aún no son las doce; de modo quedisponemos de unas horas. Está cayendo una copiosa nevada; aquí noscalentamos ante un fuego magnífico, y ustedes forman un auditorio muy demi gusto; conque, prepárense a oírme. ¡Augusto! Ordene usted que cierrenbien las puertas y tráigame aquel manuscrito que usted sabe.

Obedeció el interpelado, que era el secretario del conde, joven amable ydistinguido, del cual se susurraba que podía ser acreedor a un títulomás íntimo; y, a la verdad, el paternal cariño que el conde le mostrabaparecía justificar esta creencia.

La palabra manuscrito originó un movimiento de impaciente curiosidad ytodo el mundo se dispuso a escuchar con religiosa atención.

—Perdonen ustedes—dijo el conde.—No hay novela sin prólogo, y yo deboconcluir el mío. Adelantándome a toda sospecha he de advertir en primertérmino que nunca inventé yo nada. Explicaré cómo ha venido a mis manosese manuscrito.

Hace año y medio fui nombrado albacea de un amigo mío, yal registrar y clasificar sus papeles me topé con unas Memorias.

El,como médico que era, escribió en ellas una especie de autopsia... (Nohay que asustarse, señoras; me refiero a una autopsia moral, a una deesas autopsias del corazón que a ustedes les gustan tanto.) Con esasMemorias encontré otro diario de distinta letra, unido a sus recuerdosdel mismo modo que la biografía de Kressler anda confundida con lasmeditaciones del gato Muur. Yo conocía aquella letra: era la de un jovena quien había visto muchas veces en casa de mi amigo, por ser éste tutordel tal mancebo. Los dos manuscritos, que sueltos resultabanincomprensibles,

completábanse

mutuamente

constituyendo una historia queme pareció muy... ¿cómo diré?...

muy humana. Interesome mucho, a causatal vez del escepticismo que me atribuyen... ¡Felices aquéllos a quienesse crea una reputación, sea cual fuere!... Decía, pues, que a causa delescepticismo que se me atribuye, casi nunca encuentro cosas que meinteresen, y viendo que ese relato me había subyugado el corazón enabsoluto... (perdone usted, doctor; yo bien sé que propiamente hablando,esa víscera nada tiene que ver en tales asuntos; pero por fuerza hay quevalerse del lenguaje corriente para hacerse entender). Juzgué pues, queuna historia que de tal modo me había cautivado tenía que embelesartambién a mis contemporáneos. Y además, ¿a qué ocultarlo? no era lavanidad del todo ajena a mi propósito: ambicionaba el título de escritoraunque para alcanzarlo hubiese de perder mi fama de hombre de ingenio,como le sucedió a M... aquel consejero de Estado a quien todos ustedesconocen. Me puse a la tarea de ordenar ambos diarios y enumerar sushojas colocándolas de modo que la narración fuese inteligible; borrédespués los nombres propios, que sustituí por otros muy diferentes, ypuse todo el relato en tercera persona, acabando por encontrarme con dostomos bastante voluminosos...

—Que usted no hizo imprimir porque aún viven los personajes de esahistoria. ¿No es así?

—Ni por pienso. De los dos personajes principales, el uno murió ya haceaño y medio, y el otro salió de París hace dos semanas; y yo les creo austedes sobrado atareados y olvidadizos para conocer a un muerto y a unausente, por mucha semejanza que exista en los retratos. Dista mucho deser ése el motivo que me ha impulsado a ocultar los nombres de ellos.

—¿Pues cuál es?

—¡Chitón! No se lo digan ustedes a Lamennais, ni a Béranger, ni aAlfredo de Vigny, ni a Soulié, ni a Balzac, ni a Deschamps, ni aSainte-Beuve, ni a Dumas. Me han dicho que cuente con uno de losprimeros sillones que queden vacantes en la Academia a condición de quesiga sin escribir absolutamente nada. Así que esté nombrado, recobrarémi libertad de acción y haré de mi capa un sayo. Augusto—prosiguió elconde, dirigiéndose al joven, que acababa de entrar con elmanuscrito,—siéntese usted y lea: le escuchamos.

Obedeció Augusto, tomando asiento en el acto, y cuando todos nos hubimosacomodado bien para ser, como suele decirse, todo oídos y no perderdetalle del relato, el joven comenzó así su lectura:

I

Al dar las diez de la mañana de uno de los primeros días de mayo del año1838, se abrió la puerta cochera de un pequeño palacio de la calle delos Maturinos para dar paso a un joven montado en magnífico corcel depura raza inglesa. Tras él y a la debida distancia salió un criadovestido de negro y montado también en un caballo de pura sangre, perovisiblemente inferior al primero.

No había más que ver a aquel jinete para clasificarlo entre los que,sirviéndonos de una palabra de la época, llamaremos lechuguinos. Era unjoven que aparentaba tener unos veinticuatro años, y vestía conestudiada sencillez, que revelaba en él esos hábitos aristocráticos quese adquieren desde la cuna y que no puede crear la educación en aquellosque no los posean ya de un modo natural.

Forzoso es reconocer que su fisonomía estaba en perfecta consonancia consu apostura y su traje, y que no era fácil el imaginar facciones máselegantes que las de su rostro orlado de negros cabellos y negraspatillas que le servían de marco y al que prestaba un carácter altamentedistinguido la mate y juvenil palidez que lo cubría. Cierto es que dichojoven, último representante de una de las más linajudas familias de lamonarquía, llevaba uno de esos antiguos apellidos que van de día en díaextinguiéndose, hasta el punto de que muy pronto no figurarán ya sino enla historia. Se llamaba Amaury de Leoville.

Si del examen externo, esto es, del aspecto físico, pasáramos al delente moral, veríamos en su sereno semblante reflejado fielmente suespíritu. La sonrisa que de vez en cuando erraba por sus labios como sia ellos quisieran asomarse las impresiones de su alma, era la sonrisadel hombre feliz.

Vayamos en pos de ese hombre privilegiado que recibió de la suerte, conel don de una ilustre prosapia, los de la fortuna, la distinción, labelleza y la dicha, porque es el protagonista de nuestra historia.

Salió de su casa al trote corto, y a este paso llegó al bulevar: dejóatrás la Magdalena, y tomando por el arrabal de San Honorato entró en lacalle de Angulema.

Allí acortó el paso mientras fijaba con persistencia su mirada, quehasta entonces había vagado al azar, en un punto de la calle.

Lo que tanto atraía su atención era un lindo palacio situado entre unflorido patio y uno de los extensos jardines, ya muy raros en París, quelos ve desaparecer poco a poco para ceder el puesto a esos gigantes depiedra sin aire, sin espacio y sin verdor, llamados casas, con notoriaimpropiedad. Frente al edificio se detuvo el caballo, como obedeciendo ala costumbre; pero el joven, tras de lanzar una intensa mirada a lasventanas, que aparecían

cerradas

o

imposibilitaban

toda

investigaciónindiscreta, siguió su camino, volviendo de vez en cuando la cabeza yconsultando con frecuencia el reloj como queriendo asegurarse de que noera aún la hora en que debían serle abiertas las puertas de aquellahermosa mansión.

No le quedaba otro recurso que el de matar el tiempo de algún modo.Desmontó, pues, en casa de Lepage y se entretuvo en romper algunosmuñecos, cuya suerte corrieron después varios huevos, sirviéndole porúltimo, de blanco, hasta las moscas.

Como los ejercicios de destreza aguijonean el amor propio, el joven, aunsin otros espectadores que los criados, estuvo cerca de una horaconsagrado a este deporte. Después volvió a montar a caballo, dirigioseal trote hacia el Bosque de Bolonia, y habiéndose tropezado con un amigoen la alameda de Madrid le habló de las últimas carreras y de laspróximas a celebrarse en Chantilly, y así conversando transcurrió otramedia hora.

Encontráronse en la puerta de San Jaime con un tercer paseante, el cual,recién llegado del Oriente, les relató de un modo tan interesante lavida que había llevado en el Cairo y en Constantinopla, que en tan amenaconversación pasó una hora o quizá más. Entonces nuestro héroe yamanifestó impaciencia, y despidiéndose de sus amigos, se dirigió algalope a la esquina de la calle de Angulema que da a los Campos Elíseos.

Detúvose en aquel sitio, consultó el reloj, y viendo que señalaba launa, se apeó, dejó el caballo a cargo del criado, adelantose hacia lacasa ante cuya fachada se había detenido tres horas, y llamó a lapuerta.

Si Amaury hubiese abrigado algún temor, no habría dejado de parecerlebien extraño a quien hubiere observado la sonrisa con que le recibíantodos los criados, desde el conserje que acudió a abrirle la verja hastael ayuda de cámara que al pasar encontró en el vestíbulo, sonrisareveladora de que lo consideraban como miembro de la familia quehabitaba en el palacio.

Por eso al preguntar el joven si el señor de Avrigny estaba visible, lecontestó el criado, como quien habla a una persona con la cual no rezanciertas trabas impuestas por conveniencias sociales:

—No lo está, señor conde, pero en el saloncito encontrará usted a lasseñoras.

Y como se dispusiese a adelantarse para anunciarle, el joven le indicóque era cosa innecesaria. Amaury, a fuer de buen conocedor del terreno,llegó en seguida a la puerta del saloncito en cuestión, que precisamenteestaba entreabierta, y antes de entrar permaneció un instante en elumbral como fascinado por el cuadro que se ofrecía ante su vista.

Dos lindas jóvenes, que contarían de unos diez y ocho a veinte años,bordaban en un mismo bastidor, casi enfrente la una de la otra mientrasque una inglesa, situada junto a la ventana, las contemplaba concuriosidad cariñosa, olvidándose de reanudar la lectura del libro quetenía en la mano a la sazón.

Justo es reconocer que nunca el arte pictórico reprodujo un grupo másseductor que el que formaban, casi juntas, las cabezas de aquellas doscriaturas, tan diametralmente opuestas en sus rasgos físicos y en sucarácter, que no parecía sino que el propio Rafael las había unido parahacer un estudio de dos tipos graciosos en igual medida, aunqueofreciendo con su unión el contraste más vivo.

Era la una, en efecto, rubia y pálida con largos bucles a la inglesa,ojos de cielo y cuello de cisne; un tipo, en fin, que traía a la memoriaa aquellas delicadas y vaporosas vírgenes osiánicas prestas a deslizarsesobre las nieblas que coronan las cimas de las áridas montañas escocesaso a esfumarse entre las brumas que invaden las llanuras británicas; unade esas visiones que tienen a un tiempo naturaleza de mujer y de hada,sólo vislumbradas por el genio de Shakspeare, que logró transportarlasdel mundo de la fantasía al de la realidad; portentosas creaciones quenadie había alcanzado adivinar antes que él, que nadie ha repetidodespués, y a las que él puso los dulces nombres de Cordelia, Ofelia oMiranda.

Tenía la otra, en cambio, negros cabellos cuya doble trenza servía deorla al ovalado rostro; con sus ojos brillantes, sus labios purpurinos ysus vivos y resueltos ademanes, semejaba una de aquellas doncellasdoradas por el sol del Mediodía, a las cuales reunía Bocaccio en lavilla Palmieri para leerles los alegres cuentos de su Decamerón.Rebosaba su cuerpo vida y salud; chispeábale en la mirada el donairecuando éste no brotaba de sus labios; su tristeza, si alguna vez lasentía, nunca llegaba a velarle por completo la expresión risueña queanimaba habitualmente

su

rostro,

y

aun

al

través

de

su

melancolíadejábase adivinar su sonrisa como se presiente el sol tras una nube deestío.

Así eran las dos jóvenes que, inclinadas sobre el mismo bastidor, hacíansurgir sobre el lienzo un ramo de flores en el cual, fieles a sutemperamento, ponía la una lirios y jacintos de suave blancura, mientrasla otra lo adornaba con claveles y tulipanes que le prestaban animacióncon sus encendidos tonos.

Pasados unos instantes de muda contemplación, empujó Amaury la puerta, ypenetró en la sala.

Al oír el ruido las dos jóvenes volvieron la cabeza, lanzando un gritocomo gacelas sorprendidas por el cazador, al tiempo que animó unfugitivo rubor las mejillas de la rubia y una suave palidez blanqueóligeramente el rostro de la morena.

—Ya veo que he hecho mal en no dejar que me anunciasen—

dijo el joven,adelantándose hacia la rubia, sin cuidarse de su amiga—pues te heasustado, Magdalena. Perdona mi ligereza: siempre me conceptúo hijoadoptivo del señor de Avrigny y procedo en esta casa como si todavíafuese uno de sus comensales.

—Haces muy bien, Amaury—respondió Magdalena.—

Además, creo que aunquequisieras obrar de otro modo no sabrías, pues no se pierden así en pocassemanas las costumbres adquiridas en el transcurso de diez y ocho años.Pero, ¿no le dices nada a Antoñita?...

Amaury se apresuró a estrechar la mano a la morena, diciéndolesonriente:

—Perdóneme usted, querida Antoñita; ante todo tenía que presentar misdisculpas a la que había asustado mi torpeza: he oído el grito deMagdalena e instintivamente he corrido hacia ella.

Y volviéndose hacia el aya, añadió:

—Señora Braun, tengo el honor de saludarla.

Con cierta expresión de tristeza sonrió Antoñita al estrechar la manodel joven, pensando que también ella había gritado, sin que su vozllegase a los oídos de Amaury.

La institutriz no había visto nada, o mejor dicho, lo había visto todo,pero habíase detenido su mirada en la superficie de las cosas sin quererprofundizar.

—No se excuse, conde—dijo;—antes bien, convendría que con frecuenciase hiciese lo que usted hizo, para curar a esa criatura de suimpresionabilidad nerviosa. Debe eso consistir en su cavilosaimaginación. Creo yo que se ha construido para sí un mundo aparte en elcual busca refugio tan pronto como dejan de sujetarla al mundo material.No sé qué es lo que pasa en ese mundo; pero si esto continúa acabará deseguro por abandonar los dos, y entonces su existencia será el sueño yen sueño se convertirá su vida.

Magdalena clavó en el rostro del joven una amorosa mirada que parecíadecirle:

—De sobras sabes tú en quién pienso cuando estoy tan abstraída:¿verdad, Amaury?

Antonia, que sorprendió esta mirada se levantó, pareció quedar perplejaun instante y después, abandonando definitivamente su interrumpidalabor, sentose al piano y se puso a ejecutar de memoria una fantasía deThalberg.

Magdalena continuó bordando y Amaury ocupó un asiento a su lado.

II

El joven dijo a su amada en voz baja:

—¡Es un horrible tormento, Magdalena, el no poder vernos con libertad ya solas muy de tarde en tarde! ¿Crees que es casualidad o que tu padrelo ha dispuesto de este modo?

—No sé qué pensar, Amaury—respondió Magdalena.—Sólo puedo decirte quelo siento como tú. Cuando podíamos vernos a todas horas no sabíamosapreciar en su justo valor nuestra dicha.

No en vano dicen que la sombraes lo que hace que el sol sea deseable.

—¿Hay inconveniente en que hagas comprender a Antoñita que nosprestaría un señalado servicio alejando de aquí por un rato a la señoraBraun? Me parece que se queda aquí más por costumbre que por prudencia,y no creo que tu padre le haya dado el encargo de vigilarnos.

—Ya se me ha ocurrido muchas veces, y es el caso que no sé a quéatribuir el sentimiento que me veda el hacer eso. Siempre que abro laboca para hablar de ti a mi prima siento que se ahoga la voz en migarganta. Y sin embargo, no ignora ella que te quiero.

—También yo lo sé, Magdalena; pero necesito que me lo digas tú misma enalta voz. Para mí no hay dicha comparable a la que disfruto al verte, yasí y todo preferiría privarme de ella a tener que contemplarte antepersonas extrañas, frías e indiferentes que obligan al disimulo. Noacierto a expresarte lo que en este momento me mortifica semejantetiranía.

Magdalena se levantó y dijo sonriente:

—Amaury, ¿quieres ayudarme a buscar en el jardín algunas flores? Estoypintando un ramo y el que hice ayer se ha marchitado ya.

Antonia dejó el piano al oír esto y cruzando con ella una mirada deinteligencia repuso:

—Magdalena, no debes salir al aire libre y exponer tu salud con eltiempo frío y nebuloso que está haciendo. Ya iré yo.

¡Verás qué ramo tanprecioso voy a traerte! Señora Braun, hágame el favor de traerme aljardín el ramo que verá usted en un jarro del Japón sobre una mesita delcuarto de Magdalena, porque hay que hacerlo enteramente igual a ése.

Diciendo esto bajó al jardín por la escalinata, mientras que el aya, queno tenía que cumplir orden alguna respecto a Amaury y a Magdalena y queconocía los vínculos de afecto que les unían desde la niñez, iba enbusca del ramo.

Siguióla Amaury con los ojos, y así que la perdió de vista tomó condulzura la mano de Magdalena, exclamando con acento apasionado:

—¡Ya nos han dejado solos, siquiera sea por un instante!Aprovechémoslo, Magdalena: mírame, dime que me amas, pues a ser sincero,desde que he visto a tu padre tan transformado, voy dudando ya de todo.De mí, bien sabes que te amo, que te amo con todo mi ser.

—¡Sí, Amaury, lo sé!—dijo la joven, exhalando un gozoso suspiro deesos que parecen aliviar un corazón oprimido.—Al verme así tan endeble,me parece que únicamente tu amor me da la vida. ¡Qué singular es lo queme pasa, Amaury! Viéndote a mi lado, respiro mejor y me siento másfuerte. Antes de tu llegada y después de tu partida noto que me falta elaire, y tus ausencias son demasiado prolongadas desde que no vives ennuestra compañía. ¿Cuándo voy a tener el derecho de no separarme de ti,que eres mi alma y mi existencia?

—Oyeme, Magdalena: ocurra lo que quiera, esta misma noche piensoescribir a tu padre.

—¿Y qué ha de ocurrir, sino que al fin se realizarán los sueños de todanuestra vida? Desde que cumplimos tú veinte años y yo diez y ocho, ¿novenimos considerándonos destinados el uno al otro? Escribe a mi padresin temor, que no habrá de resistir a nuestros ruegos.

—Bien quisiera yo participar de tu confianza, Magdalena...

Pero pordesdicha veo de algún tiempo a esta parte a tu padre muy cambiado paramí. Al cabo de haberme tratado durante quince años como si fuera supropio hijo, viene a mirarme ahora como si fuera un extraño. Después dehaber vivido a tu lado como un hermano, hoy mi entrada te asusta ylanzas un grito al verme...

—Me arrancó el gozo ese grito, Amaury; jamás me sorprende tu presencia,puesto que siempre la aguardo; pero estoy tan débil y soy tan nerviosa,que todas las impresiones me causan un efecto

extraordinario.

Pero

no

tepreocupes

por

eso;

acostúmbrate a tratarme como a aquella pobresensitiva que días pasados atormentábamos por puro entretenimiento,olvidándonos de que tiene vida como nosotros y de que tal vez lehacíamos mucho daño. Ten en cuenta que yo soy lo mismo que ella.

Tupresencia me da el bienestar que sentía en mi niñez al sentarme en elregazo de mi madre. Cuando Dios me la quitó te puso junto a mí para quela reemplazaras. A ella debo mi primera existencia; a ti te soy deudorade la segunda. Ella hizo que brillase para mí la luz del mundo; tú, encambio, me hiciste ver la del alma. Amaury, para que renazca eternamentetuya, mírame siempre: no apartes de mí tus ojos.

—¡Oh! ¡siempre, siempre!—exclamó Amaury cubriendo sus manos de besosardientes y apasionados.—Magdalena: ¡te amo!

¡te amo con frenesí!

Mas al sentir estos besos la pobre niña levantose temblorosa y febril, ycon la mano puesta sobre el corazón, exclamó:

—¡Oh! así, no. Tu voz apasionada me trastorna; tus labios me abrasan.Trátame con miramiento. Acuérdate de la pobre sensitiva; ayer quisecontemplarla y la encontré marchita, muerta.

—Haré lo que tú quieras, Magdalena. Siéntate y deja que me siente eneste almohadón, a tus pies. Si mi amor te conmueve demasiado te hablarécomo un hermano. ¡Gracias, Dios mío! Tus mejillas vuelven a tener sucolor natural; ya ha desaparecido de ellas el brillo extraño que mesorprendió cuando entré y la triste palidez que las cubría entonces. Yate encuentras mejor, Magdalena; ya estás bien, hermana mía.

Magdalena se dejó caer en la butaca, inclinando el rostro, medio ocultopor sus blondos cabellos, cuyos bucles acariciaban con leve roce lafrente del mancebo.

Confundíanse sus alientos.

—Sí, Amaury, sí—dijo la joven.—Tú me haces ruborizar y palidecer a tuantojo. Eres para mí lo que el sol para las flores.

—¡Oh! ¡Qué placer! ¡Qué feliz soy al poder vivificarte así, con lamirada, al poder reanimarte con una palabra! ¡Te amo, Magdalena, te amo!

Reinó el silencio un momento, durante el cual parecía haberseconcentrado toda el alma de Amaury en su mirada.

Oyose de pronto un leve ruido. Magdalena alzó la cabeza.

Amaury sevolvió y vieron al señor de Avrigny que les miraba de hito en hito conmanifiesta severidad.

—¡Mi padre!—exclamó Magdalena echándose hacia atrás.

—¡Mi querido tutor!—dijo Amaury levantándose para saludarle y sinpoder disimular su turbación.

El padre de Magdalena, antes de responder, se quitó con calma losguantes, dejó el sombrero sobre una butaca, y sólo entonces rompió elglacial silencio que tuvo un rato en tortura a nuestros dos jóvenes,para decir con acritud:

—¡Ya estás aquí otra vez, Amaury! ¡A fe mía que vas a hacer un grandiplomático si sigues estudiando la política en los tocadores y lasnecesidades y los intereses de tu país viendo bordar a las niñas! A esepaso no serás por mucho tiempo simple agregado; pronto te nombraránprimer secretario en Londres o en San Petersburgo, si así te engolfas enla ciencia de los Talleyrand y los Metternich haciendo compañía a unacolegiala.

—Señor de Avrigny—contestó Amaury con acento en el cual vibraban a lavez el amor filial y el orgullo herido.—Quizás a sus ojos descuide yoalgún tanto los estudios a que usted me ha destinado; pero puedo decirleque el ministro nunca ha observado en mí esa falta y que ayer mismoleyendo un trabajo que me había encomendado...

—¡Hola! ¿Conque el ministro te ha encomendado un trabajo?... ¿Y sobrequé, vamos a ver? ¿sobre la formación de un nuevo Jockey-club, sobre losprincipios del boxeo o de la esgrima, sobre las reglas del sport engeneral o del steeple-chase en particular? ¡En tal caso, ya me explicola satisfacción que muestras!

—Pero, querido tutor—repuso Amaury, sin poder reprimir una ligera,sonrisa,—habré de hacerle observar que todos esos conocimientossuperfluos que usted me critica los debo a su cuidado casi paternal.Usted me ha dicho siempre que la esgrima y la equitación, unidas alconocimiento de algunos idiomas extranjeros, vienen a completar laeducación de un noble en nuestra época.

—Así es, no lo niego, cuando esas cosas se tornan como una distraccióna trabajos serios; pero no cuando se juzgan éstos como un pretexto paradivertirse. Veo que eres el prototipo de los hombres de nuestro siglo,que creen poseer la ciencia infusa; que con pasarse una hora por lamañana en la Cámara, otra en la Sorbona por la tarde y otra en el teatropor la noche, se consideran capaces de eclipsar la gloria de Mirabeau,de Cuvier y de Geoffroy, juzgando todas las cosas desde la altura de suingenio y dejando caer con desdén sus fallos de salón en la balanzadonde se pesan los destinos de la humanidad... ¿Conque ayer te felicitóel ministro? ¡Enhorabuena! Vive de esas gloriosas esperanzas, descuentaesos pomposos elogios, y el día en que llegue la ocasión te traicionarála suerte. Porque a los veintitrés años, dirigido por un tutor bonachón,te ves doctor en derecho, bachiller en letras y agregado de embajada;porque asistes de uniforme a las fiestas palatinas; porque te hanprometido la cruz de la Legión de honor, lo mismo que a otros muchos queaún no la tienen, crees ya haberlo hecho todo y que lo demás te loofrecerá la suerte. Tú razonas así:—Soy rico, y por lo tanto, tengoderecho a ser inútil; y con arreglo a tan luminoso raciocinio tu títulode nobleza ha venido a parar en privilegio de holgazanería.

—¡Padre mío!—exclamó Magdalena, atemorizada por la irritacióncreciente del señor de Avrigny.—¿Qué es lo que dice usted? ¡Nunca le hevisto tratar a Amaury de ese modo!

—¡Señor de Avrigny!—decía el joven, aturdido por las palabras de suantiguo tutor.

—¡Qué es eso!—repuso el padre de Magdalena con acento más tranquilo,pero más mordaz todavía.—Te ofenden mis reproches porque son justos,¿no es cierto? Pues no tendrás más remedio que habituarte a ellos sisigues llevando esa vida ociosa, o renunciar a tratarte con un tutorregañón y descontentadizo. Tu emancipación es de fecha muy reciente.Las atribuciones que tu padre me legó sobre ti han dejado ya de existirpara la ley, pero subsisten todavía moralmente, y debo advertirte que enesta época turbulenta en que las riquezas y las distinciones dependen deun capricho de la muchedumbre o de una revuelta popular, nadie puedecontar sino consigo mismo y que a despecho de tu opulencia y de tutítulo de conde, un padre de familia de elevada alcurnia y de cuantiosocaudal, obraría con acierto si te negara la mano de su hija,conceptuando como insuficientes garantías tus triunfos en las carreras ytus grados obtenidos en el Jockey-club como hombre diestro en deportes.

El señor de Avrigny se excitaba, más y más con sus propias palabras ypaseábase por la estancia visiblemente agitado, sin mirar a su hija, quetemblaba como la hoja en el árbol, ni a Amaury que le escuchaba de pie yfrunciendo el entrecejo.

La mirada del joven, que a duras penas lograba reprimir su enojo, vagabadel señor de Avrigny, cuya irritación no atinaba a explicarse, aMagdalena, estupefacta, como él.

—¿Aún no has comprendido—prosiguió el doctor interrumpiendo sus paseosy parándose delante de ellos,—por qué te he rogado que no permaneciesespor más tiempo con nosotros? Pues fue porque no le está bien a un jovenrico y de ilustre prosapia consumir así el tiempo entre muchachas;porque lo que es natural a los doce años resulta ridículo a losveintitrés; porque, al fin y a la postre, mi hija puede salirperjudicada de esas visitas tan repetidas.

—¡Caballero! ¡caballero!—exclamó Amaury.—¡Tenga usted compasión deMagdalena! ¿No ve que la está matando?

Era verdad. Magdalena se había desplomado en su butaca, quedando inmóvile intensamente pálida.

—¡Oh! ¡hija mía!—gritó Avrigny, demudándose como ella.—

¡Ah! ¡Tú ledas la muerte, Amaury!

Y alzándola en sus brazos la llevó al aposento contiguo.

Amaury siguió al doctor.

—¡No entres!—dijo éste deteniéndole en el umbral de la puerta.

—Magdalena necesita asistencia.

—¿Acaso no soy médico?

—Perdone usted, caballero; yo pensaba... no quería irme sin saber...

—Gracias por tu cuidado. Pero tranquilízate: yo estoy aquí paraasistirla. Puedes irte cuando quieras.

—¡Adiós! ¡Hasta la vista!

—¡Adiós!—repitió el doctor lanzándole una mirada glacial.

Después empujó la puerta, que volvió a cerrarse en seguida.

Amaury quedó como clavado en el sitio en que estaba, inmóvil y comoaturdido.

De pronto se oyó la campanilla que llamaba a la doncella, y al propiotiempo entró Antoñita seguida de la señora Braun.

—¡Dios eterno!—exclamó Antoñita.—¿Qué le pasa, Amaury, que está ustedtan pálido? ¿Y Magdalena? ¿en dónde está?

—¡En su cama! ¡muy enferma!—exclamó el joven.—Entre usted a verla,señora Braun, que la necesita.

La inglesa corrió a la estancia que Amaury le indicaba con la manomientras que Antoñita le preguntaba:

—¿Y usted por qué no entra?

—Porque me han cerrado la puerta y me han echado de esta casa.

—¿Quién?

—¡El! ¡el padre de Magdalena!

Y tomando el sombrero y los guantes, Amaury huyó como un loco delpalacio de Avrigny.

III

Cuando Amaury entró en su casa encontró a un amigo que le estabaaguardando. Era un joven abogado condiscípulo suyo en el colegio deSanta Bárbara primero, y en la facultad de derecho más tarde. Tenía, conpoca diferencia, la misma edad que Amaury. Vivía con desahogo, puesdisfrutaba de una renta que podría estimarse en unos diez mil pesos;pero no era, como su compañero, de esclarecido linaje.

Se llamaba Felipe Auvray.

Por el ayuda de cámara tuvo Amaury noticia de aquella visita inoportunay su primera intención fue subir directamente a su cuarto, dejando aFelipe que esperara hasta que ya, aburrido, se marchase, cansado deaguardar.

Pero Auvray era tan buen amigo que le dio lástima y entró en sudespacho, donde sabía por el criado que estaba esperándole Felipe.

—¡Gracias a Dios!—dijo éste al ver a Amaury.—Una hora hace que teaguardo. Ya lo habría dejado para mejor ocasión si no fuese porque tengoque pedirte un gran favor, contando con tu amistad.

—Ya sabes, Felipe—respondió Amaury,—que te considero como mi mejoramigo. Así, no habrás de enojarte por lo que ahora te diré. ¿Tienes quepagar una deuda de juego o batirte en duelo? Esas son las dos únicascosas que no admiten demora.

¿Has de pagar hoy? ¿Has de batirte mañana?En cualquiera de esos casos dispón en el acto de mi bolsa y de mipersona.

—Nada hay de lo que imaginas—respondió Felipe.—Venía a hablarte de unasunto bastante más importante, pero no de tanta urgencia.

—Entonces debo decirte francamente que estoy en una situación de ánimonada a propósito para prestar atención a tus palabras, no obstante elgran interés que me inspira todo cuanto te concierne.

—Siendo así, permíteme que te pregunte a mi vez si por mi parte puedoprestarte ayuda de algún modo.

—No es fácil, por desgracia. Lo más que puedes hacer es diferir por doso tres días la confidencia que querías hacerme ahora. Necesito estarsolo.

—¡Es posible que no seas feliz tú, Amaury, con un apellido ilustre yuna fortuna que nada tiene que envidiar a las primeras de Francia! ¡Sepuede ser desgraciado siendo conde de Leoville y poseyendo cien milfrancos de renta! A fe mía que no lo creyera si no lo oyese de tu propiaboca.

—¡Y sin embargo, así es, amigo mío! soy desgraciado, ¡muy desgraciado!y tengo para mí, que cuando a nuestros amigos les aqueja un infortunioestamos en el caso de dejarlos a solas con su aflicción. Si nocomprendes esto, Felipe, será porque jamás te ha herido la desgracia.

—Puesto que me lo pides, lo haré, contra mis deseos.—

¿Quieres estarsolo? pues solo te dejo. ¡Adiós, Amaury! ¡adiós, amigo mío!

—¡Adiós!—respondió Amaury, dejándose caer en un sillón.

Y añadió:

—Di a mi ayuda de cámara que no quiero ver a nadie y que no permita quese me moleste sin que yo llame. No estoy para soportar la menor molestiani deseo contemplar un rostro humano.

Auvray cumplió el encargo, y salió devanándose los sesos por atinar conla causa de aquella misantropía que de un modo tan brusco había hechopresa en el alma de su amigo.

Este, perplejo y malhumorado, evocaba entretanto sus recuerdos, pugnandopor explicarse la razón del extremado rigor que el señor de Avrignyhabía usado con él.

Según ya hemos dicho, Amaury era un hombre que podía considerarse, entodos conceptos, nacido con buena estrella.

Dotado por la Naturaleza de elegancia, apostura y distinción, habíarecibido de su padre un apellido glorioso, cuyos méritos contraídoscerca de la monarquía habíanse acrecentado en las guerras del Imperio, yuna fortuna que pasaba de millón y medio, confiada a la intachableadministración del doctor Avrigny, uno de los médicos más renombrados dela época y amigo íntimo y muy antiguo de la familia de Leoville.

A mayor abundamiento, su fortuna, manejada con gran tacto por tutor tancuidadoso, aumentó durante su menor edad en más de un tercio.

Pero el doctor no se había limitado a velar por el patrimonio de supupilo, sino que había dirigido personalmente su educación como pudierahaberlo hecho tratándose de un hijo.

Resultó de ello que Amaury, criado junto a Magdalena, que era casi de suedad, se había acostumbrado a querer entrañablemente y con amor más quefraternal, a la que le miraba como un hermano.

Así, ambos concibieron desde niños, en la sencillez de su alma inocentey en la pureza de su corazón, el proyecto halagador de no separarsenunca.

El amor intensísimo que Avrigny había profesado a su esposa, arrebatadaa este mundo por la tisis, en la flor de su juventud, y que habíacifrado más tarde en su única hija, unido al cariño casi paternal queAmaury le inspiraba, hacía que éste y Magdalena ni por pienso hubiesennunca dudado de obtener su aquiescencia.

Todo se aunaba para infundir en sus almas la esperanza de ver unidos susdestinos, y éste era siempre el tema de sus coloquios desde que uno yotro habían leído claro en el fondo de su pecho.

Las frecuentes ausencias del doctor, cuya persona reclamaba a cadainstante la clientela, el hospital que dirigía y el Instituto del cualera miembro, dejábanles tiempo de sobra para forjarse hermosos sueñosque por la memoria del tiempo pasado y fiando en la esperanza delvenidero juzgaban realizables.

Así las cosas, acababan de cumplir, Magdalena veinte años y Amauryveintidós cuando cambió súbitamente el humor del doctor Avrigny quecomenzó a mostrarse grave y severo desde entonces.

Al pronto se atribuyó este cambio de carácter a la circunstancia dehaberse muerto una hermana a la cual quería acendradamente, y que lelegaba, para que velase por ella, una hija de la edad de Magdalena, sumejor amiga, y su inseparable compañera de estudios y de recreos. Pero,con el transcurso del tiempo, el semblante del doctor fue acusando cadavez más severidad y llegose a notar que su mal humor solía desahogarse,deshaciéndose en reproches sobre Amaury. No pocas veces alcanzaba elchubasco a Magdalena, a aquella hija adorada, a la cual había prodigadoa raudales un amor del que sólo parecía susceptible un corazón materno.Desde entonces se observó que la jovial y aturdida Antoñita era lapredilecta del doctor y que ella y no Magdalena poseía el privilegio dedecirle cuanto le venía en gana.

Delante de Amaury, no cesaba el doctor de encomiar las cualidades deAntoñita, dejando traslucir en más de una ocasión el agrado con quevería que Amaury renunciase a los planes que él mismo había trazadorespecto a su pupilo y a Magdalena, para dedicarse a aquella sobrina quehabía prohijado, y en la cual parecía haber concentrado ya todo elafecto.

Para Amaury y Magdalena, a quienes la fuerza de la costumbre no lesdejaba ver la verdadera causa de las rarezas del doctor, no obedecíanéstas a otra causa, que a pasajeras contrariedades, y estaban muy lejosde advertir la pesadumbre real que motivaba aquella metamorfosis.

Así, conservaban casi toda su confianza, cuando un día y mientrasjugaban como dos niños, corriendo alrededor de la mesa de billar porhaberse empeñado Amaury en quitarle una flor a Magdalena, se abrió depronto la puerta y entró el doctor, el cual se encaró con ellos y entono áspero exclamó:

—¿Qué niñerías son éstas? ¿Piensas tener aún doce años, Magdalena?¿Crees no haber pasado de los quince, Amaury? ¿Te imaginas que correstodavía por el parque del castillo de Leoville? ¿A qué viene ese empeñoen arrebatarle a Magdalena una flor que te niega con sobrada razón?Hasta hoy, había creído que esos pasos coreográficos, sólo estabanreservados a los pastorcillos de la Opera; pero por lo visto andaba yoequivocado.

—¡Pero, papá!—osó decir Magdalena, que acababa de advertir que eldoctor hablaba en serio.—Ayer aún...

—Una cosa era ayer, y otra es hoy—replicó con sequedadAvrigny.—Sujetarse de ese modo a lo pasado es renunciar a dirigir lofuturo. Para sentir tal afición a las costumbres de la infancia no valíala pena de haber abandonado las muñecas y juguetes. A aquel de los dosque no alcance a comprender

que

el

tiempo

transforma

los

deberes

yconveniencias sociales, yo cuidaré de hacérselo bien presente.

—Permítame usted, querido tutor—repuso Amaury,—que le tache de serdemasiado severo con nosotros. Hoy se queja de nuestras niñerías, y yorecuerdo haberle oído decir muchas veces, que entre las plagas denuestro siglo se contaba el afán de los niños por echarla ya de hombres.

—¿Lo dije así? Sería indudablemente por esos mozalbetes recién salidosdel colegio, que la echan de políticos altruistas; por esos Richelieu deveinte años que alardean de misántropos; por esos poetas en capullo paraquienes la desilusión es una décima musa. Pero tú, querido Amaury, yaque no por tu edad, por tu posición, debes pretender algo más serio. Ysi en realidad no es así, aparéntalo siquiera. Pero he venido parahablarte de cosas graves. Retírate, Magdalena.

La joven salió, dirigiendo a su padre una mirada preñada de súplicas queen otro tiempo hubiera desarmado su enojo por completo. Indudablementerecordó el doctor por quién intercedían aquellos hermosos ojos, puespermaneció irritado e inmutable. Dio algunos paseos por el aposento sinpronunciar palabra, mientras que Amaury le seguía anhelosamente con lavista. Por último se paró ante su pupilo y, sin atenuar la expresión deseveridad, manifiesta en su rostro, le dijo:

—Escúchame, Amaury. Quizás he tardado más de lo conveniente en decirtelo que vas a oír, y es que un joven de veintidós años, como tú, no puedevivir bajo un mismo techo que dos señoritas con las que no le une ningúnvínculo de parentesco.

Esta separación es para mí muy penosa.Difiriéndola por más tiempo, incurriría yo en una falta imperdonable.Ahórrate reflexiones que serían de todo punto inútiles y no se te ocurrahacer

objeción

alguna,

pues

mi

resolución

es

inquebrantable.

—Pero, querido tutor—dijo Amaury con acento conmovido,—

creía yo quela costumbre de verme a su lado y de llamarme hijo le había hecho yaconsiderarme como individuo de su familia, o por lo menos como digno deingresar en ella. ¿Me habrá cabido la desgracia de ofenderleinvoluntariamente? ¿Me condena a alejarme de aquí por haberme retiradosu estimación?

—Querido Amaury—repuso el doctor,—siempre he creído, que una vez yaarregladas contigo las cuentas de la tutela, quedábamos en paz.

—Pues se equivoca usted, señor de Avrigny—replicó Amaury,—porque almenos yo no creeré nunca haberle pagado.

Ha sido usted para mí más queun tutor fiel un padre cariñoso y previsor; me ha educado, ha hecho demí lo que soy, me ha inculcado los sentimientos más nobles y generosos;ha sido a la vez, tutor, padre, mentor, guía y amigo. Así, debo antetodo obedecerle con respeto, y en virtud de ello me retiro. Adiós, padremío; confío en que algún día se acordará usted de su hijo.

Diciendo estas palabras, se acercó Amaury al doctor, tomole la mano casia la fuerza, y después de besársela salió.

Al otro día hízose anunciar en casa de su tutor, como si hubiera sido unextraño, y esforzándose por aparecer sereno, participole con firmezadesmentida a las claras por sus húmedos ojos, que había alquilado unpequeño palacio en la calle de los Maturinos y que su visita era ya dedespedida.

Magdalena, que presenciaba esta entrevista, dobló la cabeza, abatida porel paternal capricho, como lirio que troncha el cierzo helado, y cuandoalzó la vista para mirar a Amaury, su padre la vio tan demudada que seestremeció de espanto.

Quizás comprendió el señor de Avrigny que su inexplicable rigor había deparecer odioso a su hija, pues deponiendo su actitud severa tendió lamano al joven, diciéndole:

—Amaury, no has interpretado bien mi pensamiento. Tu partida no revisteel carácter de un destierro. Aquí estarás siempre en tu casa y cuandovengas a vernos te recibiremos con los brazos abiertos.

Un destello de alegría brilló en los hermosos ojos de Magdalena y porsus descoloridos labios vagó una débil sonrisa al oír las palabras de supadre.

Pero Amaury, adivinando que el doctor hacía esta concesiónexclusivamente a su hija, saludó con humildad a su tutor y besó la manode Magdalena, revelando su semblante tan profunda tristeza que en estaacción el amor parecía ceder su puesto al pesar.

Sólo a partir de aquel día, sólo cuando se vieron separados,comprendieron ambos jóvenes cuánto se amaban y hasta qué punto laintensidad de su afecto hacía que el uno fuese indispensable a laexistencia del otro.

Los vehementes deseos de volverse a ver después de separarse, lasensación de grata sorpresa al encontrarse de nuevo, las puerilestristezas y las misteriosas alegrías, síntomas de esa enfermedad delalma que llaman amor, todo lo fueron sucesivamente experimentando losdos jóvenes, sin que ni una sola circunstancia escapara a la escrutadoramirada, del doctor, quien en más de una ocasión había parecido como quese arrepentía de haber sido condescendiente con Amaury, cuando ocurrióla escena que queda relatada.

El joven recordaba, uno por uno todos estos acontecimientos, y hacía milconjeturas sin lograr hallar, por más que consultase su conciencia ysondeara su memoria, una explicación razonable de aquel cambiorepentino.

Ocurriósele entonces la única idea que podía explicar de una maneraplausible la conducta de su tutor, esto es, supuso que, como porconsiderar que su enlace con Magdalena, era ya asunto resuelto, no habíahablado nunca de ello al doctor, éste podía haber creído que su pupilo,viniendo en su casa primero y frecuentándola después, abrigabapropósitos muy diferentes de los que al principio se había imaginado.

Creyó que esta informalidad había ofendido al señor de Avrigny, y sedecidió a escribirle oficialmente pidiéndole la mano de Magdalena.

Tan pronto como se resolvió a hacerlo, puso manos a la obra, escribiendoesta epístola:

IV

«Señor de Avrigny:

»He cumplido veintitrés años, me llamo Amaury de Leoville y llevo, porlo tanto, uno de los apellidos más antiguos de Francia, venerado en losconsejos e ilustre en los ejércitos.

»A fuer de hijo único, heredé de mis padres una fortuna de tres millonesde francos en bienes raíces, que me producen más de cien mil de renta.

»Enumero estas circunstancias, que son hijas del acaso y no debidas a mipropio mérito, considerando que con este patrimonio, con la nobleza demi estirpe, y con la protección de los que me aman puedo escalar lacumbre de la carrera de la diplomacia, a la que me he consagrado.

»Caballero: tengo el honor de pedir a usted la mano de su hija, laseñorita Magdalena de Avrigny.»

«Querido tutor:

»Terminada mi carta oficial al señor de Avrigny, carta descarnada y secacomo todo formalismo, ¿permite usted a su hijo que le hable con ellenguaje de la gratitud y de los sentimientos que llenan su corazón?

»Amo a Magdalena y ella corresponde a mi afecto. Si hemos tardado tantoen hacerle a usted esta confesión, es porque nosotros no habíamossondeado aún nuestras almas.

»Este amor ha ido tomando cuerpo tan lentamente y se ha revelado de unmodo tan súbito, que nos sorprendió a los dos como un trueno queestallara en un día despejado. Me he educado junto a ella y bajo lavigilancia de usted, y cuando el novio sustituyó al hermano, no supodarse cuenta de este cambio.

»Se lo demostraré a usted.

»Me acuerdo aún de los juegos y las caricias de nuestra niñez, pasada enla hermosa quinta que usted posee en Ville d'Avray, ante los benévolosojos de la señora Braun.

»Magdalena y yo aprendimos allí a tutearnos. Corríamos por las extensasalamedas en cuyo fondo se ocultaba el sol; saltábamos bajo loscorpulentos castaños del parque en las hermosas noches de verano;dábamos deliciosos paseos por el agua y emprendíamos largas excursionespor el bosque.

»¡Oh! ¡Qué feliz tiempo aquél!

»¿Por qué nuestras existencias, confundidas en su aurora, han desepararse sin haber llegado siquiera a la mitad de su carrera?

»¿Por qué no he de ser para usted en realidad un hijo, como lo soy ya denombre?

»¿Por qué no hemos de seguir Magdalena y yo haciendo la misma vida?

»Me parece todo ello tan natural, tan sencillo, que mi imaginacióninventa mil obstáculos; pero ¿existen realmente, querido tutor?

»Quizás me juzga usted joven y frívolo en demasía; pero le llevo a ellados años y la frivolidad no es elemento esencial de mi carácter.

»Hasta me atrevo a decirle que si soy frívolo no lo soy por naturaleza,sino porque usted me ha aconsejado que lo sea.

»Dispuesto estoy a renunciar a todos los placeres cuando usted loquiera; bastará para ello una palabra suya o una indicación deMagdalena, pues la amo tanto cuanto a usted le respeto, y la harédichosa, se lo aseguro.

»¡Sí! ¡muy dichosa! ¿Me considera usted muy joven? ¡Mejor!

Así podrédedicar más tiempo a amarla. Mi vida entera le pertenece.

»Usted, que adora a su hija, sabe de sobra que cuando se ama a Magdalenaes para siempre.

»¿Acaso sería posible dejar de amarla? Fuera insensato quien talimaginara. Verla, contemplar su hermosura, y los inmensos tesoros debondad y de fe, de amor y castidad, que encierra su alma equivale aquedar subyugado, confesando que no hay en el mundo mujer que se leiguale. Creo que ni en el Cielo hay un ángel que pueda serle comparado.¡Oh, tutor, padre mio! La quiero con toda mi alma. Escribo con estaincoherencia porque expreso las ideas tal y como se me agolpan a lamente. De sobra comprenderá usted que este amor me enloquece.

«Confíemela, querido tutor. No nos separaremos de su lado para que puedausted ser nuestro guía. Usted no nos abandonará; velará por nuestradicha, y si algún día ve asomar a los ojos de Magdalena una lágrima, unasola lágrima de pena o de tristeza cuya causa sea yo, eche mano a unapistola y levántame la tapa de los sesos: lo tendré muy merecido.

»Pero no, no haya cuidado: Magdalena no tendrá por qué llorar.

»¿Quién sería capaz de hacer verter a ese ángel, a un ser tan bueno ydelicado, a quien una palabra algo severa lastima, a quien unpensamiento celoso causaría la muerte? Sería una infamia, y ya meconoce usted, querido tutor, y sabe que no soy ningún infame.

»Su hija será feliz, padre mío. Ya ve que le llamo padre: ésa es otracostumbre que usted no querrá extirpar. Pero de algún tiempo a estaparte me mira y me habla con una severidad a la cual no me teníaacostumbrado, sin duda por mi tardanza en decirle lo que hoy le escribo,¿no es verdad?

»Sí es así, me lisonjeo de haber hallado para justificarme un medio muysencillo que me ha proporcionado usted mismo.

»Está enfadado conmigo porque cree que no le he sido franco, porque lehe ocultado como un agravio este amor que no debía ni podía ofenderle.Lea usted en mi corazón y verá si hay que culparme.

»No ignora usted que por la noche escribo mis actos y pensamientos detodo el día, siguiendo una costumbre que me hizo usted adoptar desde lainfancia y que usted mismo, atareado por tan graves ocupaciones, no hadescuidado jamás.

«Siempre que uno está así solo y frente a frente consigo mismo, se juzgacon imparcialidad, y al día siguiente se conoce mejor. Esta meditaciónrenovada cada día, este examen de la propia conducta, bastan para darunidad a la vida y rectitud de proceder.

«Constantemente he seguido hasta hoy esta práctica que usted mismo meenseñó, y nunca he comprendido su utilidad mejor que ahora, ya quegracias a ella podrá usted leer en mi alma como en un libro exento defalsía, si no de toda reprensión.

»Vea usted en este espejo mi amor siempre presente aunque para míinvisible, pues a decir verdad no supe hasta qué punto amaba yo aMagdalena sino el día en que usted me separó de ella, en el momento enque comprendí que podía perderla, y cuando usted me conozca, como yo meconozco, entonces juzgará si soy digno aún de su aprecio.

»Ahora, padre mío, aunque confiando en esta prueba y en su afecto esperocon angustia el fallo que va a dictar sobre mi suerte.

»En sus manos está mi destino. No lo rompa, se lo ruego como se lo ruegoal Altísimo.

»¡Ah! ¿Cuándo podré saber si la sentencia pronunciada por usted es demuerte o es de vida? Una noche es a veces infinita y ocasiones hay enque una hora puede convertirse en un siglo.

»Adiós, querido tutor. ¡Haga el Cielo que el padre enternezca al juez!¡Adiós!

»Perdone a la fiebre que me devora el desorden y la incoherencia de estacarta, que comienza con la frialdad de un documento comercial y quequiero terminar con un grito salido de lo más hondo de mi pecho y quedebe hallar eco en el suyo.

»Amo a Magdalena, padre mío, y no podría vivir si usted o Dios meseparase de ella.

»Su adicto y agradecido pupilo

» Amaury de Leoville. »

Después, Amaury tomó el diario en el cual apuntaba día por día lospensamientos, las sensaciones y los hechos más notables de su vida,encerró en un sobre el manuscrito y la carta, y llamando al criado lehizo llevar el paquete a su destino, mientras él quedaba con el corazónagitado por la ansiedad y la incertidumbre.

V

Cuando Amaury cerraba la carta que queda transcrita, el señor de Avrignysalía de la estancia de su hija para encerrarse en su despacho.

El doctor estaba pálido y tembloroso y en su semblante notábanse lashuellas de un profundo pesar. Se acercó en silencio a una mesa atestadade papeles y libros, inclinó la cabeza, que ocultó entre las manos,lanzó un hondo suspiro y permaneció largo rato sumido en profundasreflexiones.

Abandonó su asiento, dio unos paseos por la habitación presa de vivainquietud, se detuvo ante una papelera, sacó del bolsillo una llavecita,y tras una corta vacilación abrió con ella un mueble y extrajo de él uncuaderno.

Aquel cuaderno era el diario del doctor. En él escribía el señor deAvrigny todo cuanto le pasaba cotidianamente, lo mismo que hacía Amauryen el suyo.

El doctor permaneció un momento en pie, leyendo las últimas líneas quehabía escrito el día anterior. Luego, como quien acaba de tomar unaresolución penosa, sentose, tomó la pluma y escribió lo que sigue:

« Viernes, 12 de mayo, a las cinco de la tarde.

»Gracias al Cielo, está mejor Magdalena. Ahora reposa.

»He hecho cerrar todos los postigos de su aposento, y a la débil luz dela lamparilla he visto cómo su tez recobraba poco a poco el color de lavida y su respiración, ya tranquila, levantaba su pecho a intervalosiguales. Entonces he besado su frente, húmeda y enardecida, y he salidode puntillas, procurando no hacer ruido.

»A su lado quedan Antonia y la señora Braun. Estoy, pues, aquí a solascon mi conciencia para juzgarme y condenarme yo mismo.

»Reconozco que he sido injusto y cruel; he herido sin compasión doscorazones puros, generosos y que me aman. He causado un desmayo de penaa mi hija, criatura tan delicada que basta un soplo para hacerla caer alsuelo.

»He vuelto a despedir de mi casa a mi pupilo, al hijo de mi mejor amigo,a Amaury, excelente muchacho que de seguro se empeña todavía endisculpar mi crueldad. Y todo, ¿por qué razón?

»¿Qué es lo que motiva esta injusticia y esta perversidad?

¿Qué causareconoce tan inútil barbarie con unos seres a quienes yo quiero tanto?

»Todo es porque estoy celoso.

»Habrá quien no me comprenda; pero no sucederá así con los padres. Tengocelos de mi hija, de su amor a otro, de lo porvenir, del destino de suvida.

»Hay que confesarlo, por triste que sea. Aun los que se juzgan másbuenos (y todos creemos contarnos entre ellos) tienen en su almaexecrables misterios y vergonzosas reservas. Los conozco como Pascal.

»En el ejercicio de mi profesión he sondeado muchos corazones y hepenetrado muchas conciencias en el lecho del dolor; pero explicarse conla conciencia propia es tarea algo más ardua.

»Al reflexionar como ahora lo hago en mi estudio, lejos de mi hija ydueño de toda, mi serenidad, me prometo vencerme y curarme de este mal.Pero luego sorprendo una mirada amorosa que Magdalena dirige a Amaury,comprendo que ocupo sólo un lugar secundario en el corazón de mi hija,que posee el mío por entero, y el egoísta sentimiento paternal triunfa,me ciego, y en mi irritación llego a perder la cabeza.

»Y, bien mirado, el caso es muy natural. El tiene veintitrés años y ellapoco más de veinte: son jóvenes y hermosos, y el amor inflama suscorazones.

»Antes, cuando Magdalena era niña, pensé mil veces con gusto en estaunión, y hoy tengo que preguntarme si mis actos son razonables y dignosde un hombre que en el mundo de la ciencia ocupa un lugar tanenvidiable.

»Sí, me reputan de lumbrera científica, porque he penetrado un poco másque otros de mis compañeros en los misterios del organismo humano;porque cuando tomo el pulso del enfermo suelo adivinar el mal quepadece; porque he tenido en ocasiones la suerte de curar ciertasdolencias que otros más ignorantes que yo tenían por incurables.

»Pero encomiéndeseme la curación de la más leve enfermedad moral y seestrellará mi orgullo en el escollo de la impotencia.

»¡Ah! ¡Es que hay otros males que no alcanza a curar la ciencia humana!Así perdí a la única mujer que ha sido dueña de mi cariño, a la madre deMagdalena.

»¡Oh, Avrigny! Tu esposa, joven, bella, a la cual amabas con locura ypor la cual eras correspondido, abandona este mundo y vuela al Cielo,dejándote como único consuelo, como esperanza suprema un ángel, imagensuya que semeja su alma rejuvenecida y un resurgimiento de su hermosuray entonces te aferras a ese gozo postrero como un náufrago a los restosdel navío, y besas esas manecitas que te ligan a la vida y te hacen másamable la existencia.

»Juzgabas tú que tu dicha se había ya disipado; pero viene otra asustituirla; aún puedes recobrarla gozando de la felicidad que vas adar. Al ocurrirte tan consoladora idea te consagras con alma y vida alas de tu tierna hija. Cuando la ves respirar te parece que respiras túmismo.

»Tu triste vida se anima con su presencia y se cubre de flores a su pasoeste mundo que sin ella habría sido para ti un desolado desierto.

»Desde que la recibiste de los brazos de su madre moribunda no la hasperdido de vista ni un momento; tu mirada la ha seguido siempre; de díamientras jugaba, de noche mientras dormía, a cada instante hasinterrogado su aliento y su pulso, alarmándote cada vez que cubría surostro una súbita palidez o un repentino rubor. Su fiebre ha inflamadotus arterias, su tos te ha desgarrado el pecho; has gritado cien veces ala muerte, a ese espectro que siempre anda en torno nuestro, invisiblepara todos, menos para nosotros los míseros privilegiados de la ciencia;has gritado cien veces a ese espectro, que tocando tu flor puedetroncharla y con su soplo puede matar tu resurrección y tu dicha:

»¡Arrástrame contigo, pero déjala vivir!

»Y ha huido la muerte, no por acceder a tus ruegos, sino por no habersonado aún la hora, y a medida que iba alejándose te has sentidorenacer, lo mismo que al acercarse te sentiste morir.

»Mas no es suficiente que tu hija haya recobrado la vida; hay quecriarla y educarla para la sociedad.

»Posee una hermosura, ideal; pero hay que realzar con la gracia subelleza.

»Tiene un corazón hermoso; pero hay que enseñarle cómo se ha de hacerpara practicar el bien.

»Su imaginación es viva; pero hay que enseñarle de qué modo se debe usarel ingenio.

»Constantemente te dedicas a construir ese pensamiento, a formar esecorazón, a esculpir esa alma. ¡Cómo te asombras luego de tu propiacreación y qué natural te parece que sea el pasmo de la sociedad entera!

»Quizá los demás la juzgan vacilante; pero para ti anda con paso seguro.

»No balbucea, que ya habla.

»No deletrea, que lee.

»Te empequeñeces para ser de su estatura y te admiras de encontrar enlos cuentos de Perrault más interés que en la Iliada.

»Un hombre ilustre, sabio, poeta o estadista, te hablará quizá en tujardín de los abstrusos problemas de la ciencia, de las concepcionespoéticas más sublimes, de los cálculos políticos más ingeniosos. Leparece que estás pendiente de sus palabras porque inclinas la cabeza conademán pensativo...

»¡Pobre estadista! ¡pobre poeta! ¡pobre sabio!

»Estás a cien leguas de lo que te está diciendo, sin atender a otra cosaque a la hija adorada que juega junto a ese maldito estanque en el cualpodría caer corriendo y sin pensar más que en el fresco de la noche quepueda helarla, porque recuerdas que su madre, a los veintidós años,sucumbió víctima de una de esas enfermedades que siegan en flor lavida.

»No obstante, tu Magdalena ha crecido, su espíritu se ilustra, suimaginación se ensancha y te entiende cuando le hablas de los poetas, delos campos, de Dios Todopoderoso. Empieza a quererle de otro modo quepor el solo instinto, y empieza a oírse a su paso un lisonjero rumor dealabanzas que su hermosura y gentileza arrancan a quien le ve.

»Opinan todos que es la más encantadora; mas, para que nada le falte, espreciso que también disponga de riquezas. Para ti nada necesitas; peropara ella todo es mezquino según lo que merece.

»¡Conque, manos a la obra! Conviértete por ella en ambicioso y avaro,créale una aureola con tu gloria y un tesoro con tus sudores; las rentasdel Estado están sujetas a fluctuaciones que pueden ser causa dedepreciación de su valor; cómprale esa hermosa

granja;

con

dos

años

detrabajo

puedes

proporcionársela.

»Y no ya la riqueza, sino hasta el lujo, es preciso procurarle.

»Esos lindos piececitos que apenas pueden llevarla, están pidiéndote uncoche. Es cuestión de un mes de economía; no es, pues, cosa de oponerningún reparo.

»Cuando sientas fatigado tu cuerpo, dile que te mire; cuando sientascansado tu espíritu, haz que te sonría.

»Ya tiene granja y coche; ahora le faltan joyas.

»¿Qué padre hay que repare en la fatiga del cuerpo y del alma paralograr que su hija se atavíe con riqueza? Cada arruga de tu frente tieneel valor de una perla, cada una de tus canas puede comprarle un rubí; siagregas algunas gotas de tu sangre completarás su aderezo. Merced alsacrificio de unos años de tu vida tu hija estará deslumbradora como unareina, y será un modelo de belleza y distinción.

»A la postre todos estos esfuerzos, todos estos cuidados, todos estostrabajos son otros tantos goces, y en plazo no lejano obtendrá larecompensa. Pronto la niña será mujer. ¡Cuál no será tu alegría cuandoveas que su entendimiento comprende todas tus ideas y su corazón todo tuamor!

»Entonces tendrás ya una amiga, una confidente, una compañera: más quetodo eso, porque ningún sentimiento terrenal podrá mezclarse con eseamor mutuo que habrán de profesarse padre e hija. Su presencia será lade un ángel que por permisión divina habita en la tierra.

»Ten aún un poco de paciencia y cosecharás lo que sembraste, y tusprivaciones te valdrán cuantiosas riquezas, y tus pesares se convertiránen inefables alegrías.

»Mas he aquí que en un momento dado pasa un extraño, ve a tu hija, ledesliza unas cuantas palabras al oído, y no bien las ha escuchado cuandole consagra un amor más intenso que el que te profesa a ti y te deja porél y entrega para siempre a ese extraño su vida, que es la tuya.Cúmplese así la ley de la Naturaleza; ésta mira siempre a lo futuro.

»¡Y, ay de ti, si profieres una queja! Estrecha con la sonrisa en loslabios la mano de tu yerno, es decir, de ese ladrón de felicidad queviene a robarte tu dicha, si no quieres resignarte a que se diga de ti:

»He ahí a Sganarelle, que no permite que su hija Lucinda se case conClitandro.

»Pues Molière ha escrito a propósito de esto una terrible comedia,intitulada EL AMOR MÉDICO, en la cual como en todas sus producciones, lajovialidad sólo sirve de máscara para cubrir un rostro bañado en amargollanto.

»Ya pueden ponderar hasta el colmo los amantes el martirio que lescausan sus celos. ¿Qué supone la ira de un Otelo si se la compara con ladesesperación de Brabantio y de la Sachette?

»¡Oh! ¡Los amantes! ¿Acaso vivieron veinte años de la vida del ser queellos idolatran?

»¿Por ventura, después de crearlo una vez, lo perdieron para salvarlootras veinte?

»¿Acaso es para ellos su sangre y su alma, como para nosotros los padreslo es nuestra hija? ¡Nuestra hija! Esas dos palabras lo expresan todo.

»Cuando les traiciona por otro, exclaman a voz en grito que aquello esun crimen; pero cuando antes nos hizo traición por ellos les pareció lacosa más natural.

»Y aún me dejo por decir lo más terrible, lo más doloroso; y es quenuestro abandono y nuestra pena no tienen ya lenitivo, mientras que losamantes si pierden su amor conservan la posesión de lo presente yesperan en lo futuro.

»Nosotros los padres damos nuestro adiós de una vez a lo venidero, a loactual y a lo pasado.

»A los amantes les acompaña la juventud, en tanto que a los padres nosacecha la vejez.

»Lo que para ellos es su primera pasión para nosotros es nuestro últimosentimiento.