Amar es Vencer by Madame P. Caro - HTML preview

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AMAR ES VENCER

BUENOS AIRES

1909

Imp. y estereotipia de LA NACIÓN.—Buenos Aires.

Máximo de Cosmes a Javier de Cosmes.

París, 26 de junio de 190...

Celebro en el alma, mi querido Javier, que San Petersburgo te guste yque guste también a Marta, así como que hayáis encontrado en la embajadaagradables colegas. Se pondera mucho el encanto y la bondad de laembajadora y esto facilitará vuestra aclimatación.

Dame detalles de vuestra instalación, de vuestras relaciones y hasta deltrabajo que se te ha confiado, sin revelar, por supuesto, los secretosde Estado, pues para esto bastan los periódicos.

Salgo dentro de poco para un viaje bastante inesperado, pero quieroparticiparte sin demora una buena noticia, y es que estoy encargado desuplir al buen viejo Marignol en su cátedra del Colegio de Francia. Elbuen señor no quiere todavía soltar su presa enteramente y me haescogido para hacer sus veces mediante un poco de dinero y lejanasesperanzas. Pero estoy encantado, porque, si lo hago bien, y loprocuraré con todas mis fuerzas, estaré designado para sucederle un día.

Y vuelvo a mi viaje, que te va a hacer mucha gracia. Figúrate que estamañana una esquela de Lacante me llama a su lado.

Corro a verlo y loencuentro luchando con un violento ataque de gota. Con su bata de gruesomuletón obscuro y anchas mangas, en las que ocultaba sus doloridas ytemblorosas manos, y con aquel cráneo calvo, que relucía sobre unaestrecha corona de cabello, parecía un fraile viejo.

A la primera ojeada vi una profunda turbación en aquella cara redonda yafeitada, tan maliciosa y jovial de ordinario.

—Querido mío—me dijo sin preámbulos,—me ocurre una contrariedadconsiderable: he perdido a mi tía.

—¿Qué tía?

—No tenía más que una, la señorita de Boivic, y aun ésta no lo era másque por benevolencia y especial elección. Era, en efecto, hermana delsegundo marido de mi madre, de modo que no me unía con ella ningún lazoreal de parentesco... Sin embargo...

—Siempre es triste—dije al ver que vacilaba para continuar—

perder alos, que...

—No diga usted vulgaridades, mi buen amigo—me interrumpió con un gestode impaciencia.—Apenas conocía a esa señora, a la que puede que no hayavisto seis veces en mi vida.

La muerte de esa respetable persona no mecausaría, pues, ningún pesar particular... Preciso es que todo acabe,¿verdad?

Era muy vieja, casi octogenaria, y su muerte está en el orden,evidentemente... Por desgracia, no le conozco ningún pariente próximo, ytengo que ejercer derechos como heredero a una parte, al menos, de susbienes. Su fortuna es la que el señor de Boivic legó a mi madre...¿comprende usted? Esta situación me impone también deberes, el primerode los cuales sería hacer los honores fúnebres a la difunta yacompañarla decentemente al cementerio... Ahora bien, mire usted, hijomío, estas piernas llenas de cataplasmas... ¡Bonita facha de herederopara escoltar hasta la última morada a aquella noble señorita! No puedo,sin embargo, dejarla ir sola, bajo la presidencia de una criada...

Estoes lo que espero de usted, amigo mío; va usted a hacer la maleta y atomar esta noche el tren para Quimper.

—¡Diablo!—dije un poco contrariado.

—Sí, amigo mío, Quimper, Quimper, Corentin, nada menos...

Es usted mipupilo, mi amigo, y esto equivale a un parentesco...

Y hará usted mejorfigura que yo al frente del cortejo...

—Estoy a las órdenes de usted.

—Otra cosa. La de Boivic era muy devota, y no me extrañaría que hubieradispuesto de su fortuna, bastante modesta por otra parte, en favor dela gente de iglesia... Tendrá usted que cuidar de que no haya usurpadola parte que me corresponde.

—Pero, querido maestro, ¿con qué derecho habré de intervenir?

—Le enviaré a usted un poder en regla. Usted ha estudiado Derecho y es,justamente, el hombre que necesito... Observe usted que no me opondré enmodo alguno a ciertos legados, ya a un hospital, ya a alguna obrapiadosa... hasta a la Iglesia. Quiero respetar la voluntad de la difuntaen todo lo que sea razonable, pero no consiento expoliación real odisfrazada, ni astutas intrigas... ¿Comprende usted?

—Perfectamente.

—No conozco el valor de la herencia ni me importa en lo que a mí serefiere. Gano bastante dinero con mi pluma, sin contar mi pequeñísimopatrimonio...

—Naturalmente; es por un espíritu de justicia, de estricta equidad, porlo que...

Lacante me miraba y sus ojillos vivos y movibles tenían una singularexpresión, que cortó mi frase en suspenso.

—Querido amigo—continuó después de un instante,—es para cumplir undeber... un deber de conciencia en interés de la niña...

—¿Qué niña? ¡Cómo! ¿Acaso aquella noble dama tenía?...

Lacante no me dejó acabar.

—¿Qué diablos va usted a pensar, amigo querido? La niña, y esto es loque me preocupa, la niña es hija mía.

Como comprenderás, no pude contener un grito de sorpresa, y tú, con todatu diplomacia, vas a hacer lo mismo al leerlo.

Lacante siguió diciendo con sonrisa, mitad confusa, mitad placentera:

—¡Bah! querido, yo he sido joven, y lo he sido demasiado tiempo... Hayallí una flor tardía, que me pertenece, brotada en un tronco viejo yarruinado.

—¿Es joven?

—Una chicuela.

Reflexionó un instante y dijo:

—Apenas quince años. Su madre ha muerto. Es una triste historia, miquerido amigo... La pobre mujer estaba ya muy enferma cuando me casé conella en Quimper...

—¡Ha sido usted casado!—exclamé en el colmo del asombro.

—¡Muy poco tiempo!... Y como no tenía por qué jactarme de una alianzaque, lo confieso, no había premeditado y que contraje por un sentimientode lástima, el incidente pasó inadvertido para el mayor número y fuepronto olvidado por los pocos que lo supieron. Ya lo he dicho... lapobre criatura estaba sentenciada y la muerte la arrebató al nacerElena, es el nombre de la niña, a la que mi madre se encargó deeducar... Después se la legó a mi tía Boivic, su cuñada, que acaba demorir... ¿Qué voy a hacer con esa muchacha, amigo mío? Es para perderla cabeza.

Y se cogió la frente entre las manos con expresión desesperada.

Yo no sabía qué decir.

—Tenerla con usted es difícil—me aventuré a decir tímidamente.

—¡Imposible!... Completamente imposible. Polidora tiene preciosascualidades y es un ama de gobierno agradable para un solterón... peroeso de dirigir y acompañar a una señorita, no creo que sea su negocio...

—No, por cierto—dije con convicción.

Lacante continuó:

—Mi casa no está hecha para criar palomas... Mis costumbres... misamigos... las conversaciones... yo mismo... No me hago ilusiones; notengo nada de lo que haría falta.

—¿Qué va usted a decidir?

—No tengo dónde elegir, amigo mío; voy a meterla en un convento.

—¡En un convento!... ¡Él! No podía creer lo que estaba oyendo.

—¿La va usted a hacer una mojigata? ¿Usted?...

—Sí, hijo mío, hasta que pueda casarla. No veo qué otro partido puedatomar.

—Hay colegios laicos, institutos de niñas, en los que la instrucciónestá ciertamente más desarrollada y fundada en un espíritu más ancho,más científico...

—Es posible... no digo que no... Pero no conozco esas casas ni sé quépasa en ellas, mientras que es de tradición que en los conventos lasniñas son bien tratadas y se encuentran a gusto...

No soy un padre muytierno... tengo de eso lo menos posible, lo confieso... Los niños me hanparecido siempre un estorbo lamentable y tiránico... Sin embargo, noquisiera que esa muchacha fuera desgraciada... En cuanto a lainstrucción, ya la desarrollará ella más adelante, si quiere... Sumarido la ayudará.

¿He soñado que, al decir esto, me miraba de reojo? ¡Ah! no, eso no.Consiento en prestarle todos los servicios que pueda, porque le quieromucho. Es el ser de este mundo a quien tú y yo debemos más, pues hasido, más que un tutor, un padre para nosotros. Le soy enteramenteadicto, pero no hasta el punto de casarme con su mojigata. Además, yaprovecho la ocasión para decírtelo, mi corazón ha elegido ya... Tecontaré esto otro día.

Lacante me explicó entretanto que la niña estaría menos fuera de sucentro en un convento que en otra parte, pues allí encontraría suatmósfera acostumbrada, los olores de incienso y de sacristía, lasdevociones meticulosas... Después de todo, todo eso me es igual... Encuanto a casarme, esos son otros cantares...

No cuente usted con talcosa, mi buen Lacante...

Adiós, me marcho... Por fortuna, tengo tiempo de aquí a diciembre parapreparar mi curso del Colegio de Francia.

Máximo de Cosmes a su hermano.

30 de junio.

Continuación de mi aventura. Estoy hace tres días en Quimper y no sétodavía cuándo podré marcharme.

He atravesado la Bretaña de un tirón y me gusta su aspecto áspero yrecogido. Algún día volveré para conocerla más íntimamente.

Llegué a Quimper anteayer, a la caída de la tarde, y después de habermehecho llevar al mejor hotel de la ciudad, lo que no quiere decir que seabueno, me he dirigido a la casa de la señorita de Boivic, un edificiosituado en las cercanías de la Catedral y de aspecto austero y triste,que hace menos sorprendente el encontrar en ella muertos que vivos, unacriada en traje rústico y cofia bretona me introdujo en un vasto salónherméticamente cerrado y débilmente alumbrado. Allí me esperaba la dueñade la casa en su ataúd clavado y entre cuatro cirios. Cerca de ellahabía una religiosa pasando las cuentas de un rosario. La religiosa meentregó una rama de boj mojada en agua bendita, y yo sacudí gravementeunas cuantas gotas, en señal de bienvenida, sobre el ataúd forrado delana blanca.

Un desagradable olor de moho, mezclado con el de la cera quemada, se meagarró a la garganta, mientras la luz de los cuatro cirios temblaba enla vasta obscuridad como al soplo de invisibles fantasmas.

No sé qué fúnebre impresión se apoderó de mí... Y como, por otra parte,no tenía nada que decir a la muerta, me apresuré a marcharme.

Era muy tarde para ir a casa del notario y me fui a dar un paseosolitario por la ciudad, que no es muy grande. Atraviésala un riachueloencajonado entre dos muelles de granito, por los que me paseé un buenrato, y, para terminar con las curiosidades de la localidad, entré en laCatedral, cuyo ábside, por un capricho del arquitecto, según dicen, estáun poco inclinado a la derecha.

La piedad de la gente del país quierever en esto la imagen de la cabeza inclinada de Cristo agonizante.Estamos aquí en el país de las leyendas y de las candideces místicas.

Era ya tarde y la iglesia estaba obscura. La lámpara del santuario hacíamás sensibles las tinieblas en que se perdía su vacilante claridad. A lapuerta de la sacristía, un farolillo encendido proyectaba vagosresplandores en una de las naves. El resto del edificio estaba sumido enla obscuridad, y apenas caía de las altas vidrieras la claridadsuficiente para impedirme tropezar en los anchos pilares. Encontraba youna especie de voluptuosidad severa en errar por aquel gran santuariovacío, repleto de los llantos, de los gemidos y de las plegarias de lasgeneraciones muertas, y allí me estaba apoyado en un pilar, con los ojosvagos y la mente más vaga todavía, saboreando impresiones de una poéticamelancolía, cuando un rayo de luna, surgiendo de uno de los rosetonesdel crucero, atravesó el espesor de las tinieblas y trazó en ellas unsurco de luz pálida y temblorosa que hizo aparecer la sublime altura dela bóveda y destacarse

las

esbeltas

columnas

de

pesados

capitelesesculpidos... Fue un efecto de incomparable belleza.

Pero creí ser juguete de una aparición fantástica cuando, al bajar losojos, vi destacarse sobre la obscuridad, iluminado por el rayo de luna,un perfil puro y divino; así me lo pareció al menos en aquellafosforescente claridad, una cara inmóvil hasta el punto de hacerme dudarsi era la estatua de alguna tumba: tan obstinadamente fijos en lo altoestaban sus ojos, como absortos en ardiente contemplación.

No me atrevía a moverme por miedo de que se desvaneciese la aparición,pero un ruido de llaves, del lado de la sacristía, deshizo el encanto.En un instante, la figura desapareció, tan de prisa, que no pudepercibir ninguno de sus movimientos. Pareció que las tinieblas se habíanabierto y vuéltose a cerrar detrás de ella.

Me apresuré a salir al pórtico para verla; pero se me había adelantado ypor la calle, mal alumbrada, vi una figura negra e indistinta queparecía correr, hasta tal punto era rápida su marcha. La seguí, y, singran sorpresa, pues un presentimiento me lo había advertido, la vientrar en casa de la señorita de Boivic.

Era la hija de Lacante, a la que acababa de sorprender en sus devocionesde la tarde.

Como estaba muy cansado, me fui al hotel y tuve exquisitos sueños de unapureza de arcángel, hasta el punto de hacerme sentir el tener quelevantarme de mi mala cama de posada cuando por la mañana tuve quehacerlo para asistir al entierro.

Sabía que el notario había llenadotodas las formalidades y que mi papel en la ceremonia consistía en ir ala cabeza del cortejo y en dar las gracias a los asistentes en nombre dela familia.

Me vestí, pues, de negro, como lo requerían las circunstancias y me fuia la casa mortuoria en unas disposiciones muy poco fúnebres, mal quepesara a la pobre solterona. Convendrás en que no estaba yo obligado aun duelo muy profundo. Todo mi cuidado consistía en desempeñardignamente un papel nuevo para mí y en no escandalizar a aquella buenagente de Quimper con alguna involuntaria irreverencia.

También tenía, como comprenderás, una viva curiosidad por ver de cerca ya buena luz a mi fugitiva aparición de la Catedral.

La mañana estaba hermosa y serena. Los pájaros revoloteaban con alegresgorjeos y, detrás de una tapia orlada de yedra, oíanse voces de niñosque reían y disputaban entre confusos pataleos y llamadas guerreras. Lasmujeres pasaban con su cesto de provisiones al brazo. Un carpintero,delante de su banco, cepillaba unas tablas, cuyas olorosas virutas serizaban alrededor.

En la esquina de la calle unos albañiles estabanaserrando piedras con estridente ruido. Todo vivía y se agitaba en susnecesidades o sus placeres acostumbrados como si la señorita de Boivicno estuviese, allí cerca, clavada entre cuatro tablas bajo el inmaculadosudario de las vírgenes.

Las campanas de la Catedral doblaban pesadamente con ecos plañideros yentrecortados de silencios, como suspiros de agonía.

Pero sólo lascampanas lloraban en aquella mañana llena de sol y vida. Escuchábalas yosin emoción alguna y me daban ganas de decirles: «Sí, sí; ha muerto...Todo muere, y ha hecho como los demás, lo más tarde que ha podido, lavenerable dama. Pero no es esta una razón para lamentarnos y perder eltiempo de ser felices. Cada cual a su vez; la nuestra es de vivir.»

Sin embargo, cuando pasé el umbral de aquel gran salón herméticamentecerrado, en el que ardían los cirios hacía dos días, y respiré el olorfrío de las altas vigas saturadas de vejez, sentí un malestar detristeza y como repugnancia por una vida que conduce a la infaliblemuerte.

Empezaron a llegar amigos y parientes que yo no conocía y a quienesexpliqué la ausencia de Lacante. Pero, a todo esto, no veía a la hija, ysalí a informarme de lo que había sido de ella.

—¿Pregunta usted por la señorita Elena?... No sé si podrá bajar. ¡Hallorado tanto, la pobre!... Casi tiene fiebre.

—¡Pobre joven! ¿Quería mucho a su tía?

—Ya ve usted... No tenía a nadie más que a ella para querer...

puestoque a su padre no lo conoce y su madre y su abuela han muerto.

—Estoy encargado de llevar a la señorita Elena al lado de supadre—dije prontamente para destruir en el ánimo de aquella mujer lamala idea que tenía de Lacante.

—Sí, eso la consolará acaso, si su padre es un poco bueno para ella.¡No ha sido muy mimada, la infeliz!

La llegada de nuevos invitados me obligó a volver al salón.

En seguida llegaron los sepultureros.

Cuando el convoy iba a ponerse en marcha, vi aparecer por una puertalateral, entre un rumor de sollozos, a la hija de Lacante, con uninmenso sombrero de crespón y un denso velo que la aplastaba y le hacíaparecer tan pequeña como si tuviese apenas doce años.

Escapándose de entre las manos de una criada que se esforzaba porretenerla, se echó de rodillas al lado del ataúd y lo estrechó en susbrazos en un movimiento apasionado, como si la muerta pudiera sentirtodavía su presión, y ocultó la llorosa cara entre los pliegues del pañomortuorio.

Su rasgo fue tan espontáneo, su dolor tan verdadero, tan profundo suolvido de todo lo que la rodeaba, que mi corazón se oprimió de dolor ylos ojos de algunos se llenaron de lágrimas.

La criada y los amigos se esforzaban por levantarla y llevársela; peroella se agarraba al ataúd con sus manitas crispadas, y el tiempo urgía.

Me aproximé, y en el tono más dulce y compasivo que me fue posible, perocon firmeza, le rogué que no interrumpiera la ceremonia, por respetohacia aquella a quien lloraba.

Al sonido extraño de mi voz levantó la cabeza, y, a través del espesovelo negro húmedo y arrugado, vi una cara hinchada y enrojecida por laslágrimas, indescriptible de puro descompuesta, y dos grandes ojos negrosque parecían preguntarme: «¿Quién es usted?... ¿Cómo se atreve?...»

—En nombre de su padre, ruego a usted que domine su dolor.

La joven bajó la cabeza, se levantó lentamente y, apoyada en el brazo deuna señora que parecía de su intimidad, siguió el cortejo y asistió convalor a toda la ceremonia, hasta la inhumación en el panteón de familia.

No la volví a ver. Me dijeron que estaba enferma y que había tenido queacostarse.

He recibido cita, para la apertura del testamento, del notario y de laspersonas designadas por la muerta como ejecutores testamentarios. Lareunión se verificará mañana.

Máximo de Cosmes a su hermano.

Excepto unas mandas a los pobres, a ciertas obras de beneficencia y alos criados, la señorita de Boivic deja toda su fortuna, unos cuarentamil pesos, a su sobrina Elena Lacante.

Así, pues, todo está bien. Nada de discusiones ni pleitos. Por esta vezno utilizaré los retazos de conocimientos variados que he sacado de losmanuales de Derecho.

El testamento ha sido leído por el notario en presencia de Elena, comoayer velada y encapuchada con su gran sombrero y tan menuda y pequeñitacon sus ropas de viuda, que inspiraba profunda piedad.

Pero no queda nada de la ideal aparición de la primera tarde en laCatedral bajo el fantástico rayo de luna. Su figura no es ya la de unasanta o una madona poética y extasiada. No hay delante de mí más que unapobre niña temerosa, desolada y casi agreste.

Me evita cuanto puede,huye en cuanto me ve y retarda todo lo posible la conversación que le hepedido. Preciso es que convenga con ella lo concerniente a su partida.No puedo estarme eternamente en Quimper, y he hecho rogar a Elena que mereciba en seguida; a las cuatro.

El mismo día a las siete de la tarde.

Por fin la he visto de cerca.

Me estaba esperando en el gran salón en que ayer reposaba su tía. Sehabían quitado las colgaduras fúnebres y abierto de par en par lasventanas, pero aquel salón conservaba, sin embargo, un aspectosingularmente glacial y solemne, con sus ensambladuras sucias ydesnudas, sus sillas y butacas metódicamente alineadas junto a lasparedes y su mesa redonda con tabla de mármol, que, en el vacío de lavasta pieza, parecía un velador de niño, olvidado allí por descuido.

En el extremo del salón y acurrucada en un gran sillón de terciopelo deUtrecht de un amarillo ajado, estaba Elena Lacante.

Esperó para levantarse a que estuviese yo muy cerca de ella, y se estuvotiesa delante de mí, sin ofrecerme la mano y mirándome furtivamente através de las largas pestañas negras de sus párpados medio cerrados.

La saludé con mi expresión más amable y le pregunté si estaba muycansada por las emociones que había sufrido.

—¿Cansada?... No, no lo estoy... Soy muy desgraciada.

Acentuó estas palabras con voz baja y apasionada y labios temblorosos.Sus manos, finas y un poco flacas, que la joven frotaba una con otra enun ademán de cortedad infantil, temblaban también. Y a las pocaspalabras de simpatía que le dirigí, respondió con la misma voz sorda yahogada.

—Todo lo he perdido... No tengo ya a nadie.

—¿No le queda a usted su padre?

Levantó los párpados y, olvidando su timidez, me miró de frente.

—Mi padre... ¿Está enfermo, no es verdad?

¡Qué ojos! Unos ojos gris claro, inmensos, cándidos y dulces, conreflejos cambiantes a la espesa sombra de unas pestañas muy negras... Esencantadora, amigo mío, esta hija de Lacante.

¿Cómo diablos se las habrácompuesto para dotar al mundo de esa flor de poesía? Preciso es que lamadre haya puesto mucho de su parte, porque la verdad es que noencuentro en esta muchacha nada que le recuerde con su cabezota redonda,sus ojillos chispeantes, sus delgados labios contraídos por maliciosasonrisa y su ancha y corta barbilla. Elena no es alta, muy menudita, conademanes tímidos de pájaro dispuesto a volar. Su cara es ovalada, conespesos rizos separados como los de la Virgen sobre una frente muyblanca. Estaba pálida, acaso de emoción y de fatiga.

—No esté usted de pie—le dije,—y permítame sentarme a su lado.Tenemos que hablar.

La muchacha se dejó deslizar entre los almohadones del sillón, que casila ocultaban, y me senté a su lado. Le expliqué que el estado de supadre no tenía nada de alarmante, puesto que sus crisis dolorosas leprivaban de movimiento sin poner en peligro su vida. Añadí que tenía elencargo de llevarla a su lado y que debía preparar su viaje lo máspronto que le fuese posible.

La joven me escuchaba inmóvil, sin responder ni manifestar aprobación odisgusto.

—¿Le causa a usted pena lo que le digo?—pregunté por fin.

La muchacha hizo un gesto de incertidumbre y murmuró en voz baja yquebrantada que era mucho su dolor para que nada le produjera placer nipena.

—Pero... su padre de usted... ¿No está usted contenta porque va a sulado?

Elena tardó en responder:

—No lo conozco... y él no me quiere.

—¿Quién le ha dicho a usted eso?—exclamé vivamente.

—Lo sé... no me ha querido nunca; ¿no es verdad?

A mi vez tardé en responder.

¿Qué podía decirle de aquel padre que no había tratado de verla en doceaños? Protesté, sin embargo, lo mejor que pude.

—Juro a usted que, al saber la muerte de la señorita de Boivic, lamayor preocupación de su padre de usted ha sido el no poder hacerlafeliz.

La joven me miraba ardientemente y sus labios se estremecieron; pero nodijo nada.

—¿No me cree usted?—añadí con insistencia.

Elena hizo con la cabeza un gesto indeciso y triste.

—¿Será posible—exclamé,—que alguien haya cometido la imprudentecrueldad de hablar a usted mal de su padre? ¿Qué se han atrevido a decira usted?

—Nada... pero me han enseñado a temerlo. Cuando no era buena, meamenazaban con enviarme a su lado.

—¿Quién? ¿La señorita de Boivic?

—Sí... y también Marivette.

Convertido Lacante en el coco, ¿con qué alegría debe considerar estaniña la perspectiva de ir a vivir con él?

—Le han dado a usted de él una idea muy falsa...

Traté de hacerle comprender la vida de estudio y de trabajo que haceLacante, sus relaciones con escritores y sabios, su casa sin mujer y lodifícil que le hubiera sido tener a su lado y educar a una niña. Lepinté además sus ataques de gota que le entregan a los cuidadosmercenarios de una criada.

La muchacha se conmovió.

—Yo sería de buena gana su sirviente—exclamó con pasión.—Lo cuidarési quiere... y le querré si me lo permite...

Creo que posee un alma ardiente y tierna.

Al preguntarle qué sentía más dejar en Quimper, me respondió:

—¡Todo! ¡Todo!

Y rompió a llorar con la cara entre las manos.

—No hay una piedra de este país, ni una flor, ni una mata, ni una caraa que no esté unido mi corazón.

Y siguió sollozando mucho tiempo.

Su niñez, sin embargo, no ha sido muy dichosa. Su antigua criada,Marivette, me ha contado que la Boivic era muy seca y hasta dura para susobrina, que nunca ha conocido caricias ni indulgencia. La muchacha, sinembargo, tiene tan buen corazón, que siente a su tía como si nuncahubiera tenido que sufrir su mal humor.

Nos vamos dentro de dos días.

Había yo pensado llevarme a Marivette como doncella de Elena, peroparece que no puede ser. Esta mujer está casada y tiene hijos. Su maridoy ella quedan encargados, hasta nueva orden, de guardar la casa.

Y yo me llevo a Elena bajo mi única responsabilidad. ¿No encuentras queesto parece un rapto?

Tengo hecha la maleta, pagada mi cuenta en la fonda y espero, no sinimpaciencia, el momento de reunirme con mi compañera de viaje. Estoyharto de Quimper, cuyas bellezas he saboreado hasta la saciedad, y tengoprisa por recobrar mi cuarto, mi trabajo, mis libros y a la que quieromás que todo, a la elegida de mi corazón.

Esta mañana, después de una entrevista con el notario a quien heencargado que arregle todos estos asuntos, paseaba yo mis ocios por lascalles próximas a la Catedral, cuando vi a Elena, a la que conocífácilmente por su ridículo traje, compuesto de trapos viejos de su tía,exhumados de un armario, y que la muchacha lleva con estoicaindiferencia. La seguí, riéndome a pesar mío del extraño aspecto que ladaban aquel chal tan largo que arrastraba por el suelo y el enormesombrero de calesín, en el que desaparecía su delicada carita. La pobremuchacha resultaba irresistiblemente cómica.

Entré detrás de ella en la iglesia, con cuidado para que no me viera.Empezaba una misa en el altar de la Virgen, y Elena la oyó con unrecogimiento inaudito, sin levantar los ojos hasta el momento en que seaproximó a comulgar. No puedes figurarte, amigo mío, el celestial candorde aquella cara extasiada y transfigurada. Veíala de perfil; el horriblesombrero y todas las grotescas fealdades habían desaparecido. No veíamás que la aparición del primer día y su puro y radiante perfil. Lejosde ser un místico, soy un descreído... Pues bien, amigo mío; por unmomento, deploré no tener la sencillez y la fe de aquella niña paraconocer la sagrada embriaguez cuyo reflejo veía en aquella frente pura.Como en un relámpago, sentí el roce de lo divino, como en uno de esosgolpes de sorpresa que ponen en conmoción nuestro sistema nervioso y lelevantan un instante, para caer después, más que nunca, en la secarealidad.

Acabada la misa, vuelto el sacerdote a la sacristía, apagados los ciriosy dispersos los asistentes, Elena se levantó y dio la vuelta a laiglesia deteniéndose en cada altar pare una oración o una reverencia.Hasta la vi enviar piadosos besos a sus santos favoritos. Llegada a lapuerta, mojó los dedos en la pila de agua bendita, y como si no pudieraresolverse a un adiós definitivo, volvió a arrodillarse en la nave pararezar de nuevo. Por fin, dejó aquel sombrío santuario, patria de sualma, y cuando la vi marcharse sola con aquella gran pena en su juvenilcorazón, tan pequeña, tan débil, no tenía ya gana de reírme de su traje.¡Pobre niña! Sea la que quiera la buena voluntad de Lacante, temo que notenga para ella entrañas de padre. Es un estorbo en su existencia, unacarga de la que se ha librado todo el tiempo que ha podido y que le va aresultar incómoda hasta lo ridículo.

Imagina el efecto de esa hija quele cae de improviso como una revelación que va a divertir, y casi aescandalizar, a sus respetables colegas de la Academia... ¿Cómo va asalir de la aventura? Es verdad que existe el convento... hasta que secase, dice él... ¿Quién sabe? Quizá hasta la muerte... Si la mete allí,allí se quedará.

Máximo a su hermano.

2 de julio de 190...

...¿Quieres saber lo que ha sido de mi amiguita Elena Lacante?...Celebro haber logrado interesarte por esta niña singular; una florecillasilvestre trasplantada de aquella landa bretona, que cubre con su gransombra el alto campanario calado, a este hormiguero parisiense, agitado,turbulento, escéptico, burlón y malsano, en el que los intereses, losplaceres, los teatros, los museos, todas las invenciones de la ciencia yde la civilización, dejan tan poco espacio al recogimiento de las almaspensativas. La florecilla silvestre por poco se muere aquí de asfixiafísica y moral.

Nuestro viaje fue bueno y velé por ella con cuidados de nodriza. Reíamepara mis adentros y, sin embargo, me sentía asaltado por mil temoresquiméricos. Me parecía que aquella joven cabeza, confiada a mi guarda,estaba amenazada de inauditas catástrofes y que el tren, que corría consu velocidad monótona

y

prevista,

iba

a

conducirnos

a

los

abismos.Comprendí entonces y excusé las más locas alarmas de ciertas madres, queme habían exasperado en otro tiempo. El proteger a un ser débil,desarmado, ignorante del peligro y que se fía de nosotros, es misión deuna terrorífica dulzura. En aquella noche de viaje comprendí lostransportes y las angustias del amor, todo ternura y todo temor; locomprendí viendo dormir a aquella niña casi desconocida de la que unaironía de la suerte me hacía en aquel momento único protector. Estabatriste, después de los primeros asombros del viaje, y, al oírla suspirardebajo de su gran velo echado y murmurar palabras ahogadas que parecíanquejas o plegarias, la compadecía con todo mi corazón. Hubiera queridomecerla en mis rodillas y consolarla con palabras acariciadoras como aun niño a quien se duerme para que no sufra. Es tanta la ignorancia dela vida y tan cándida su timidez, que daría gana de permitirse con ellauna familiaridad de hermano mayor, sin sus ojos, aquellos ojazos deprofunda gravedad, superior a sus años, que desconciertan e infundenrespeto. En el fondo de aquellos ojos de larga mirada se ve vivir unalma, una razón ya firme y ejercitada en velar sobre sí misma; unainteligencia que reflexiona y observa, un corazón ya dispuesto para laternura y el sufrimiento inocente, silencioso y solitario. Puedes, pues,suponer que no la senté en mis rodillas y que la dejé suspirar a susanchas hasta que el cansancio le hizo dormirse. Sólo entonces, y con milprecauciones para no despertarla, extendí sobre ella mi manta de viaje,pues la noche estaba fresca.

Un señor de edad y su mujer, que viajaban con nosotros, se interesabanmucho por la juventud de Elena, por su tristeza y por su luto riguroso.Una vez les oí murmurar en voz baja:

—Debe ser la viuda de algún marino.

—Es demasiado joven. Más bien será una huérfana con su hermano.

—No, porque él no está de luto.

—Entonces será su novio.

Aquellas suposiciones me hacían gracia. Aquellos señores bajaron enVersalles y Elena y yo nos quedamos solos hasta París. Iba despierta, ycomo observé que me miraba de reojo a través de su velo, le dirigíalgunas palabras animadas con una sonrisa.

—Sí, he dormido—me respondió,—y usted ha debido de pasar frío. Esusted demasiado bueno para mí.

—¿Por qué demasiado? ¿No quiere usted que seamos amigos?

—¡Soy tan poca cosa!

—No es esa la opinión de todo el mundo. ¿Sabe usted lo que pensabanesos señores que han viajado con nosotros esta noche?

Que era usted unaviuda o mi novia.

Elena se echó a reír y, por primera vez, oí su risa franca y joven, queme la reveló como capaz de alegría y de divertirse un poco.

—¡Viuda! ¡Novia!... ¿Tengo un aspecto tan majestuoso?

—¿No le gustaría a usted estar ya prometida?

—¡Oh! no—exclamó;—sería ridículo.

Y añadió con un candor deplorable:

—Mejor podría usted ser mi padre, ¿verdad?

—No lo veo así enteramente, Elena. ¿Qué edad cree usted que tengo?

—No sé...

Y añadió vacilando:

—¿Es muy viejo mi padre?

—Tiene sesenta y dos años...

--- ¡Oh! ¡Tanto como eso!

—Y yo tengo veintinueve.

—¡Ah!

—Confiese usted que me encuentra muy viejo.

—No, muy joven.

Creo que esta muchacha no encuentra gran diferencia entre misveintinueve años y los sesenta y dos de Lacante... ¡Es tan grande ladistancia entre ella y yo! Esta muchacha me ha puesto en la categoría delos característicos de teatro. Creer que apenas se ha empezado a vivir yechar de ver que para los demás se ha pasado ya de la juventud, es undescubrimiento que le pone a uno melancólico.

Elena miraba pasar por la ventanilla las estaciones y los pueblos conuna emoción que parecía sufrimiento.

—¿Llegamos pronto a París?—preguntaba ansiosa.

—Todavía no; yo la advertiré a usted.

—¡Ahí está París!—exclamó al ver la inmensa extensión de casas ymonumentos que surgía en el horizonte.

Y se puso muy pálida.

En la estación tomé un coche con mi compañera, que temblaba hasta elpunto de tener que sostenerla. Y, con voz ahogada, me preguntaba cadados pasos:

—¿Es aquí?

Ni siquiera observaba el ruido de las calles, el cruzamiento de coches,ni la agitación de la multitud, absorbida por la idea de su padre, alque no conocía.

En la calle de Tournon la ayudé a apearse y a subir el único tramo queconduce a casa de Lacante.

Nuestro amigo es un madrugador, como sabes, y estaba ya levantado einstalado en su mesa de escribir.

La señora Polidora, digna y tiesa, nos introdujo, y al ver elextravagante traje de Elena, colgada de mi brazo, murmuró entre dientescon impertinencia:

—¡Dios mío! ¿Qué es esto?

No fue mejor la impresión que hizo a Lacante la vista de Elena, queestaba de pie delante de mí, cortada y confusa, esperando una palabrade bienvenida mientras la examinaban los penetrantes ojillos de aquelbuen señor gordo y calvo, cuyos labios sinuosos se torcían en una risitanerviosa.

—Es Elena—le dije presentándosela.

Lacante le ofreció la mano.

—Acércate, hija mía, acércate... Yo no puedo salir a recibirte.

Tenía la pierna extendida y el pie rodeado de franela.

—...Pero mi corazón va a tu encuentro; sí, mi corazón va a tuencuentro.

Lacante dijo esto dos veces, como para convencerse bien a sí mismo.

La muchacha se arrodilló al lado de su butaca y le besó la mano, en laque cayeron unas lágrimas.

—¿Qué tiene? ¿Qué es lo que tiene?—me preguntó Lacante agitado.

—Un poco de cansancio y mucha emoción.

—Sí, sí... ciertamente... cansancio, emoción... Es muy natural...¡Pobre niña! Eso pasará cuando nos hayamos conocido mejor.

Le dio unos golpecitos en el hombro y mandó a la señora Polidora que lallevase al cuarto que le había hecho preparar y que es la pieza contiguaal despacho, atestada de libros, entre los cuales se ha logradointroducir una camita de campaña y un lavabo.

A todo esto, me estaba yo ocupando de hacer entrar los equipajes, queacababan de llegar. Cuando volví al cuarto de Lacante me le encontréhundido en su sillón, con las cejas fruncidas y aspecto de preocupación.

—Es un paquete, mi querido amigo, un verdadero paquete—

me dijomoviendo la cabeza con aire consternado.

Protesté diciéndole que Elena era encantadora y que la había visto mal.

—¿Cómo había de verla debajo de aquellos trapos grotescos y a través desus lágrimas? Detesto a las mujeres que lloran.

—Elena no está siempre llorando, y hasta tiene una risa fresca como unmanantial de agua pura. Si yo tuviera una hija desearía que fuera comoella.

—Y devota, ¿no es verdad?

—Eso sí, lo es bastante...

—¡Vamos allá! Todo eso está muy bien, muy bien. Era lo que hacía faltaen mi casa.

Hablaba con seca ironía, dando golpecitos impacientes con las manos enlos brazos del sillón.

Yo le respondí con algo de aspereza:

—No hay que hacerle reproches; ha sido educada así.

—Sí, sin duda... sin duda... La Boivic la ha educado a su imagen; perolo malo es que ha muerto a la mitad de su obra...

En fin, a lo hecho,pecho. Después de todo esas mojigaterías no duran. No hay como Paríspara limar lo que hay de sobra de ese género en un cerebro joven.

—Pero si tiene usted la intención de meterla en un convento...

—Hasta en el convento, amigo mío... El aire ambiente penetra por lasrejas y por los claustros. Dentro de un año se quedará usted asombradodel camino que habrá hecho... y acaso llegue usted hasta a asustarse...

Lacante se dirigía a mí como para prevenir mis objeciones.

Palabra dehonor; cree que me voy a casar con su hija... ¿Y

Luciana, entonces, miLuciana adorada, que no es devota, sino que tiene una alma alta ygenerosa y una inteligencia hermana de la mía?

Mi amigo me ha hecho quedarme a almorzar, y mientras tanto hemos habladode Elena. Me ha rogado que me informe de diversas casas religiosas, ydespués me ha dictado unas cuantas esquelas advirtiendo a nuestrosamigos que no fuesen aquella noche, que era, como jueves, la de surecepción, con el pretexto de que le atormentaba la gota. La verdad eraque le embarazaba la presencia de Elena en aquella casa tan pequeña,cuyas cuatro piezas están siempre abiertas. Veo que quisiera retardar ladivulgación de aquella parte secreta de su vida, de aquel matrimonio noconfesado, y acaso inconfesable, contraído según creo con una mujer decondición inferior, y del nacimiento de aquella hija, a la que habíapensado establecer en Bretaña. Ahora va a tratar de confinarla en unconvento hasta que se case, si es que no toma allí el velo. Por muyescéptico que sea, estoy seguro de que aceptaría con gusto esa solución,la más cómoda y la más secreta de todas.

Sirviéronnos el almuerzo en una mesita volante, al lado del sillón delenfermo, y aquello pareció una comidita de niños.

Elena entró, libre ya de su horrible casco y muy linda, a pesar de sutimidez, con aquel puro perfil virginal entre los pesados rizos decabello castaño obscuro.

Su padre se puso contento al verla así, y varias veces me hizo guiños desatisfacción.

Pero hete aquí que, al sentarse a la mesa, la muchacha se santigua congravedad y recogimiento. La señora Polidora se echa a reír encogiéndosede hombros. Lacante sonríe, mira a Elena con curiosidad y, poniendo losdedos sobre la mano de su hija, le dice:

—Veo, hija mía, que eres piadosa y te felicito por ello; la piedad esuna fuente de goces íntimos para los que la poseen...

Aquí, en París, nose usa el hacer a cada paso manifestaciones de religión. Hay iglesias, alas que se va a rezar públicamente, y cada cual tiene su conciencia, quees una especie de capilla privada en la que se puede adorar a Dios «enespíritu y en verdad,» como dice la Sagrada Escritura, sin poner a nadieen la confidencia. No hagas más señales exteriores de fe y conténtatecon llamar en secreto la bendición de Dios sobre tus actos del día.¿Comprendes?

La muchacha se puso encarnada y escuchó inmóvil, con los ojos bajos,pero respondió sin vacilar y con voz firme:

—Sí, papá.

Al siguiente día otro incidente.

Era viernes, y Elena no comía. Interrogada por su padre, respondió quetenía costumbre de ayunar.