Algo de Todo by Juan Valera - HTML preview

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horribles

desengaños

ydesconsoladoras ruinas. No me incumbe explicar esto ni hacer aquí lasátira del modo de ser de las sociedades modernas. Remito al lector alos socialistas, hijos legítimos de los economistas y sus más crueles yacérrimos adversarios. Aun que la Economía Política no tuviese máspecado que el haber criado a sus pechos al socialismo, no podría serabsuelta del todo. Por lo demás, el socialismo, salvo que hasta hoy noes más que un conato, un desideratum, una aspiración, es, segúnalgunos, esto es, será con respecto a la empírica y pedestre EconomíaPolítica, lo que son las matemáticas sublimes con respecto a las cuatroreglas de la Aritmética. La ciencia social o dígase la Sociología(¡híbrido y ridículo vocablo!) está aún por inventar, aunque sostenganlo contrario los positivistas. Lo malo es que los problemas que estaciencia ha planteado y no ha resuelto, y la crítica audaz, inteligente ydestructora con que ha hecho vacilar la fe en el orden social existente,tienen a los hombres todos llenos de recelo, dentro de cada Estado,presumiendo siempre que pueda sobrevenir la violencia a resolver losintrincados problemas de la ciencia novísima; a desgajar de suscimientos todo el edificio de la sociedad con el fin de fundarle sobreotros mejores y más sólidos. De aquí el que no haya sólo guerra o pazarmada entre unos Estados y otros, sino también guerra o paz armada,esto es, peligro y sobresalto constante, dentro de cada Estado. En todolo cual no parece que ha puesto remedio la Economía Política, sino queha venido a empeorarlo.

No crea el discreto lector que no conozco lo que podrá decir de misdivagaciones en este escrito. Sírvame de excusa el haberle llamado meditación, y el ser la meditación sobre un asunto tan vasto y tan enrelación con todos los asuntos como es el dinero.

Para tratarle a fondo,y con la claridad, el orden y el método convenientes, me hubiera sidonecesario escribir un grueso volumen. ¿Pero por qué, se me dirá, haselegido tan vasto asunto, cuando no pensabas escribir ese gruesovolumen, sino un artículo de periódico? A lo cual respondo: que la faltade dinero, la penuria pública, los apuros del Tesoro, las lamentacionesque oigo por todas partes, la esperanza que muestran algunos de que loseconomistas nos van a salvar, la poca confianza que advierto en otros enla eficacia saludable de los economistas, los discreteos de todos, losmedios que tantos proponen, convertidos en arbitristas, para llevarnos apuerto de salvación, y las diversas explicaciones que dan sobre lascausas del grave mal que padecemos, todo me ha impulsado conirresistible vehemencia a meditar y discurrir sobre estos asuntos, enlos cuales confieso mi escaso o ningún saber. Pero, considerándome yocomo vulgo, como profano, todavía he creído que, si no útil, al menospodría ser entretenido y curioso el exponer lo que cavila el vulgo, loque alambica y divaga sobre el particular.

Así es que me he hecho ecofiel del vulgo en esta meditación, adornándola con algunas sentenciasmorales sacadas de la lectura de los filósofos. No se extrañe, pues, queyo no pruebe nada, que yo no concluya nada, que no presida unpensamiento dominante a todo este escrito mío.

Mucho temo dilatarle haciéndome pesado; pero se me ocurren variasobservaciones que no tengo valor para pasar en silencio.

Es la primera que, en el estado actual de la civilización, y aun estoypor afirmar que siempre, no acontece con las naciones lo que con losindividuos, los cuales, como ya dijimos, pueden ser sabios, santos opoetas y ser pobres. Una nación, si es inteligente y activa, por santa,por sabia y por heroica y poética que sea, tiene que hacerse ricatambién. Si se queda pobre, da marcadas y evidentes señales de que no esinteligente, o de que no es activa, o de que padece alguna enfermedadsecular de que no ha logrado curarse.

Decía, en 1629, el Padre Maestro Fray Benito de Peñalosa y Mondragón, enun curiosísimo libro que dio a la estampa, que el ser España muycatólica y muy monárquica, y el tener otras tres excelencias más,causaban su despoblación y su ruina.

Lo mismo asegura Buckle, enperfecta consonancia con el Padre Peñalosa, a quien ha adivinado y noleído. Nuestra religiosidad y nuestro amor y fidelidad a los reyes noshan traído tan perdidos y tan atrasados. En cambio, según el mismoBuckle, en Escocia ha habido y hay gran prosperidad y progreso. Allí,aunque también tienen la desgracia de ser sobrado religiosos, han tenidola fortuna y la excelente cualidad de ser muy desleales a sus soberanos.

Los escoceses, dice Buckle, han hecho la guerra a casi todos sus reyes,han decapitado a varios, han asesinado a otros; y hasta han vendido auno de ellos, por cierta suma de dinero que les hacía mucha falta. Estacordura de los escoceses les ha valido el prosperar y el progresar, ysobre todo la gloria de que el salvador Adam Smith nazca entre ellos.

La extraña doctrina que acabo de exponer, idéntica en Buckle y enPeñalosa, no puede refutarse o censurarse con ironía. Es menesterdesecharla con seriedad. No es asunto de burla. No. La riqueza y laprosperidad y la cultura no acuden a los pueblos, porque los pueblosabandonen a Dios y maten o vendan a sus príncipes.

En un individuo, tal vez la bondad y excelencia del carácter han sidoobstáculo a la fortuna: en un pueblo, no queremos ni podemos creerlo.Por consiguiente, si España está hoy pobre y atrasada, culpa es, no desus virtudes sino de sus vicios; no de buenas calidades, sino de malas.

Dan otros por causa de nuestro atraso y de nuestra pobreza la aridez yesterilidad del suelo, que ofrece pocos recursos; pero aunque dichaaridez y dicha esterilidad fuesen ciertas, como una nación no vive sólodel suelo, sino del ingenio y de la laboriosidad de sus hijos, no podríaesta falta ser origen del mal. En los siglos pasados y en los presenteshubo y hay naciones ilustres que han florecido en suelo estéril. Elsuelo del Atica es un ejemplo de esto, y a su esterilidad atribuyeTucídides el que allí viniese a formarse tan glorioso y próspero Estado,porque, en los principios de la civilización griega, los hombres huyeronde los terrenos fértiles, invadidos o infestados continuamente deladrones y piratas, y vinieron a refugiarse en Atica, para estar alabrigo de las depredaciones y devastaciones. Venecia, que fue tanpoderosa y rica, tuvo también un origen semejante, y fue fundada en unaslagunas por gente fugitiva de los bárbaros invasores de Italia. La mismaEscocia será todo lo pintoresca y linda que se quiera, pero no hay quienno convenga en que naturalmente es estéril; sin duda, más estéril queEspaña. Lo propio puede afirmarse de Holanda y de otros muchos países,si apartamos de ellos con la imaginación lo que por mejorarlos han hechoya el arte y el ingenio.

Pensadores hay que se van al extremo opuesto, y atribuyen lainferioridad soñada o verdadera de nuestra civilización a la abundanciade mantenimientos y a la facilidad de la vida para la gente pobre. Estodicen que afloja todo resorte de acción y que hace al pueblo débil ypropenso a la servidumbre: mientras que en los países donde el pueblo hatenido que luchar mucho y que vencer grandes obstáculos para ganarse lavida, luego que los vence y vive, es más digno y enérgico, y menossufrido de ninguna especie de yugo y de sujeción. Ponen por ejemplo detal aserto la India y el Egipto, y no se ha de negar que son ejemplosque tienen fuerza. Sostienen, además, que la causa del atraso de Irlanday de su humillación han sido la abundancia y la baratura de las patatas.Más razón llevan, a mi ver, los que piensan así, que los que atribuyenel atraso, o mejor dicho el estancamiento a la esterilidad del suelo;pero yo no me atrevo a dar la razón ni a unos ni a otros; y sobre todo,en el caso particular de España. No creo que ni el clima, ni el suelo,ni la fertilidad, ni la exuberancia de la naturaleza y de sus productos,sean ni hayan sido entre nosotros como en la India y en el antiguoEgipto, ni hayan podido nunca producir efectos semejantes.

Dicen otros pensadores, que piensan poco, que todo nuestro mal provienede los malos Gobiernos. Sentencia es esta indigna de refutación. Ningúnpaís, a no estar bajo el yugo de una tiranía invencible, tiene másgobierno que el que se da y merece.

Cuanto hay en España de másenérgico, de más ilustrado, de más discreto, la ha gobernado ya. Apenashabrá quedado hombre de alguna nota en todos los partidos que no hayasido Ministro. Si todos han sido inhábiles, fuerza es conjeturar queEspaña no da más de sí.

No falta tampoco quien atribuya nuestro atraso al ningún amor albienestar y al lujo; a que nos contentamos y conformamos con vivir mal,y, no sintiendo el aguijón del deseo de goces, no nos movemos altrabajo. Este raciocinio es absurdo por la falsedad de la premisa en quese funda. Todos los hombres, y peculiarmente los españoles, salvo algúnextravagante, prefieren comer foie-gras y pavo trufado a comerchanfaina y revoltillos; vestir ricos paños y terciopelos, a vestirbayeta; vivir en un palacio, a vivir en una choza; y andar en coche, aandar a pie. No es una ciencia oculta el saber que hay coches, buenacocina, excelentes manjares, telas de seda, joyas de oro y pedrería, yotros muchos deleitosos objetos, ni es menester tener un alma muylevantada para ambicionarlos. No hay nadie que no los ambicione. Si deldeseo, del afán de ser ricos, dependiese la riqueza, España sería una delas naciones más ricas del mundo.

Síguese, pues, que no sabemos por qué es pobre España, a no ser queafirmemos, y a esto me inclino yo, que somos pobres por una calidadopuesta a la que acabamos de mencionar: por el amor al lujo, por eldespilfarro, por el desorden, porque somos indiscretamente muy rumbososy generosos, y sobre todo, porque no sabemos gastar y gastamos sindiscernimiento y sin lucimiento. De este defecto adolecen y hanadolecido siempre en España los particulares y el Estado.

En tiempo de Felipe II, cuando estábamos en la cumbre de la prosperidad,cuando dominábamos y despojábamos tantas regiones, cuando

La

tierra

sus

mineros

nos

rendía,

Sus perlas y coral el Océano;

Campanella se pasma de que tanta riqueza se disipe sin saber cómo, y deque siempre estemos sin un real y pidiendo prestado. « Est, dice, admiratione dignum, quomodo consumatur tanta divitiarum vis, sine ulloemolumento; cum videamus Regem fere perpetua inopia laborare, atqueetiam ab aliis mutuo accipere. » Lo mismo ocurría entonces entre losparticulares que en el Estado. En ningún país se puede decir con másverdad que en España, que no se sabe dónde se va el dinero. Al caer ladinastía austriaca, que se había enseñoreado de lo mejor del mundo,Madrid era (permítaseme lo vulgar de la expresión) un corral de vacas.¿Dónde estaban los palacios, los templos, los monumentos, las estatuas?En parte alguna. ¿En qué gastamos las riquezas de América? ¿En quéempleamos el botin de los pueblos subyugados?

La inopia nos trabajaba entonces tanto o más que en el día, y la inopianos humilló y nos hizo bajar de la altura en que nos habíamos puesto.

En el día de hoy, el movimiento ascendente de la civilización europeanos lleva en pos sí, y no puede negarse que en medio de mil disgustos,de mil apuros y de doscientas mil mortificaciones de amor propionacional, España progresa y se mejora; pero buenos azotes le cuesta.La torpeza en el producir y la mayor torpeza en el gastar tienen laculpa de estos azotes.

Yo soy un libre-cambista teórico furibundo. Bastiat y Cobden me hanconvencido: pero en la práctica me asusto del libre-cambio. ¿Qué hay enEspaña que pueda competir libremente con los productos extranjeros? Elvino quizás; y con todo, salvo el vino de Jerez, los demás vinosespañoles suelen ir a Francia, les echan un poco de zumo de moras, dealumbre y de raíz de lirio, y nos le vuelven a vender, dándonos una solabotella en el precio que recibimos por una o dos o tres arrobas. Estoes, que damos cincuenta o sesenta botellas por una del mismo líquido,con la ligera modificación del alquimista o boticario.

¿Qué mar de vino, qué rió de aceite no tendrá que gastar cualquiera ricadama andaluza para comprar un vestido de casa de Worth? Pues ¿si la damaes de Almería y tiene que comprarse el vestido de Worth con el productodel esparto? Entonces tendrá que mondar y desnudar centenares de leguascuadradas para vestir su lindo y airoso cuerpo. De casi todos nuestroscambios, más o menos libres, puede decirse lo mismo.

Hasta el precio deltrasporte nos es perjudicial, estableciendo natural y fatalmente underecho

protector

en

contra

de

nuestras

voluminosas,

groseras

y

pesadasmercancías. Y todo esto, sin contar con el fraude, con la burla, con loque vulgarmente se llama primada. Por cuentecillas de vidrio de colores,por clavos y otras baratijas, tomaban los compañeros del capitán Cookcuanto había de bueno y exquisito en Otahiti. Algo de esto, aunque enmenor proporción, ocurre siempre en los cambios entre un puebloadelantado y otro más atrasado. A menudo se dan objetos que tienen unverdadero valor, por otros que no tienen ninguno, sino el de la moda oel capricho.

La sola palabra chic, abreviatura del nombre de unmenestral borracho que bailaba el can-can primorosamente, ha producido atodas las industrias parisienses, legítimas e ilegítimas, un númeroconsiderable de millones.

Se dirá que éstos no son argumentos serios; que si la palabra chic estan productiva, debemos inventar nosotros otra palabra que lo sea más;que en nuestras manos está echarle al vino, desde luego, todos lospolvos y drogas que le echan en Francia, o descubrir, fabricar oconfeccionar algunos primores por los cuales nos den tanto o más que loque damos por los vestidos de Worth. Pero a esto se contesta que, aunsiendo nosotros capaces de tales invenciones, no acertaríamos a darlesvalor, porque aún no tenemos el prestigio y la autoridad que serequieren. Además que, según aseguran muchos autores y pretenden haberdemostrado, los españoles estamos dotados de una incapacidad invenciblepara todas aquellas artes e industrias que conducen a hacer másagradable, más cómoda, más dulce la vida. Personas muy religiosas ypatrióticas, entre ellas un académico de la Historia, en su elegantediscurso de recepción, han sostenido que esta ineptitud, calificada desublime, es una prueba de nuestro gran ser, de nuestros pensamientoslevantados y celestiales, de nuestro severo espiritualismo.

Bucklecoincide también en este pensamiento, como coincide con el P. Peñalosa,pero explicándolo todo a su manera. Según él, la causa principal de estoson los terremotos, frecuentísimos y terribles en España, los cuales nostraen siempre asustados y contritos, y no acaban de quitarnos el temorde Dios, con lo cual no es posible el progreso. Se infiere, por lotanto, que por culpa de los terremotos no tenemos chic, ni tenemos unsastre como Worth, ni una fabricadora de sombreros como Mme. Virot, niun abaniquero como M. Alexandre: en suma, no sabemos hacer nada o casinada primoroso. Nuestro orgullo, además, nos impide buscar salida paranuestras mercancías, encomiándolas, presentándolas y ofreciéndolas coninsistencia. Casi todos los españoles tenemos por artículo de fe y pornorma de nuestra conducta mercantil aquello de que el buen paño en elarca se vende, y cuanto paño fabricamos nos parece bueno.

Deduzco yo de todo lo dicho que en España pudieran por ahora salirfallidas las leyes del libre cambio, porque al fin no hay ley ni reglasin excepción, y que, a no ser por otra ley más poderosa, la ley deafinidad europea, que nos hace seguir el movimiento ascendente de todaesta gran república o confederación de naciones, las agonías que pasamospudieran convertirse en muerte. Entre tanto, es indudable para mí, ypara todo el que no esté obcecado por vanas teorías, que España consumehoy mucho más de lo que produce. Y esto, no sólo el Estado, sino tambiénla sociedad. En balde nos afanamos por enjugar el déficit. Es menestertrabajar mucho más o gastar mucho menos. Es menester, sobre todo, nopedir prestado; no seguir trampeando.

Prescindiendo de la honra de España que ha sido puesta en la picota ysacada a la vergüenza en muchas casas de contratación, las condicionescon que nos dan dinero son espantosas, judaicas, usurarias por modoheroico. Cada millón nos cuesta más de cuatro, que si hoy son nominales,podrán ser efectivos, si por un milagro de la Providencia llegamos asalir de la miseria presente. Hacemos un contrato aleatorio; jugamos connuestro porvenir; de suerte que, si alguna vez tenemos el gusto demejorar de fortuna, este gusto se acibarará con el disgusto de deberrealmente cuatro a quien no nos prestó más que uno; de proporcionarleuna moderada ganancia de 400 por 100 en el capital. Entre tanto, losintereses que pagamos son por lo menos de un 12 por 100.

Tal vez nosarreglemos por tal arte que sean de un 16 o de un 18.

Cualquiera trato o negociación que se haga, o se haya hecho o se estéhaciendo, para obtener dinero, disimulará tal vez el sacrificio a losojos profanos; pero no le mitigará.

Es seguro que el dinero que tomemos,por enrevesado que sea el método de tomarle, nos ha de costar lo mismo omás que por el método sencillo y expeditivo de emitir Treses. Trasmitidala operación al idioma pintoresco del vulgo, será siempre tirar de lospies a un ahorcado.

Dicen los que entienden de Hacienda, que es menester proporcionarserecursos y que no nos los podemos proporcionar con menos sacrificios. Siesto es así, Dios me libre de criticar al Sr. Ministro de Hacienda. Loúnico que yo diré y digo es que el artificio de tomar prestado de unmodo tan ruinoso no es muy ingenioso, ni muy sutil, ni muy peregrino, yque, si la ciencia de la Hacienda consiste en eso sólo, se puede suponerque no hay tal ciencia de la Hacienda, y que el último patán puede hacerlo mismo que el profesor más hábil.

He vacilado y vacilo aún en publicar esta Meditación, harto rara;estos desordenados pensamientos míos, que la angustia en que vivimos yel terror que infunde en algunos corazones la ciencia económicaespañola, me han inspirado, sin poderlo yo remediar.

Repito asimismo que aquí no se aducen otras razones que las del merosentido común más rastrero; y que desde la bajeza de este sentido comúna la altura de la ciencia ha de haber una distancia infinita.

Todo esto lo reconozco y lo proclamo. Sin embargo, tal es el amor quetenemos a nuestros hijos, y la presente Meditación es hija mía, queaunque haya nacido enclenque y ruin; no he de atreverme a matarla. Másbien me atreveré a darle vida, aunque sea vida efímera y trabajosa,publicándola en un periódico, y exponiéndome por amor paternal a lasiras o al menosprecio de los sabios, que tal vez hacen en este momentola felicidad de la patria. Tal vez murmuramos, como murmuraba la chusmaa bordo de las carabelas la víspera de aquella feliz y memorable auroraen que por vez primera aparecieron a los ojos espantados de los europeoslas risueñas y fecundas costas del Nuevo Mundo. Tal vez murmuramos, comomurmuraban los israelitas en el desierto porque no llegaban a ver laTierra Prometida; y eso que el Maná y las codornices que les daba suMoisés no costaban nada, y los millones que nos da nuestro Moiséscuestan mucho.

En fin, sea como sea, yo me atrevo a publicar esta endiablada Meditación. Al cabo, no soy esparciata para dar muerte a mis hijosenfermizos, aunque tenga que ser esparciata y tengamos que seresparciatas todos los españoles para tragar la salsa negra, si siguenlas cosas así.

Considere el pío lector que esta Meditación es como un entretenimientoy nada más, y sea verdaderamente pío, que harto lo exige el caso. Lea mi Meditación sobre el dinero como quien lee un libro de cocina cuandotiene hambre, y hallará en mi Meditación algún consuelo y alivio.

Si por dicha, que no es de esperar, mi Meditación no pareciese muymala, tal vez me animaría yo a escribir otra sobre las contribuciones ylos empréstitos de España, diciendo siempre lo que dice el vulgo y nadamás que lo que dice el vulgo, sin meterme en honduras.

LAS ESCRITORAS EN ESPAÑA

Y ELOGIO DE SANTA TERESA. (b)

———

Nada podría lisonjearme y agradarme más que el encargo que me habéisdado de contestar al bello discurso que acabamos de oír. Su autor,recibido hoy en el seno de esta corporación, está unido a mí por lazosde parentesco, y, lo que es más estimable y grato, por amistad de muchotiempo, jamás interrumpida hasta ahora y que promete no serlo nunca.

(b)Discurso leído en la Real Academia Española, el 30 de Marzode 1879, en la recepción del Conde de Casa-Valencia

Si la disposición de ánimo, que de este afecto nace, no tuerce mijuicio, inclinándole a la benevolencia, me atrevo a afirmar que la obraliteraria, que el nuevo Académico nos ha leído, corrobora las razonesque para elegirle tuvisteis, siendo dichosa muestra de sobriedad,tersura y sencilla elegancia de estilo y cumplido dechado de críticajuiciosa.

Pero, por mucho que valga su discurso, el Conde de Casa-Valencia habíaexhibido antes otros títulos de más valer para aspirar a tomar asientoentre vosotros.

No pocas veces he discutido yo con él acerca de un punto importantísimoen la historia de toda literatura, y singularmente de la española, ennuestros días. Fundábase nuestra controversia en este aserto, quedábamos por sentado: en nuestra España apenas tiene el escritor elincentivo del lucro, o es tan ruin el incentivo que no debe suponerseque sea él y no el amor de la gloria quien a escribir estimule.

La controversia era, pues, sobre si tal carencia, ineficacia o escasezde incentivo, era un bien o un mal para las letras.

Como yo no vengo aquí a hacer pública confesión de mis culpas, no dirési por carácter vacilo; pero sí confesaré que, salvo en ciertascuestiones de primer orden, en que sostengo siempre la misma opinión,rayando en tenacidad mi consecuencia, suelo en muchas otras, queconsidero secundarias, vacilar con demasía y no acabar nunca dedecidirme, fluctuando entre los más encontrados pareceres. Percibo oimagino qué percibo cuantos argumentos hay en pro y en contra, y ya mesiento solicitado por unos, ya atraído por otros, en direccionesopuestas.

En este asunto de las letras mal remuneradas me ocurre, mil veces másque en otros, tan lastimosa fluctuación.

Prescindo del interés que como escritor me induce a desear que loslibros se vendan a fin de hallar en componerlos medio honrado de ganarla vida. Y libre mi criterio de esta seducción, diré en breves frases loque en pro de ambos pareceres se presenta a mi espíritu.

Cuando era yo mozo, me encantaba la lectura de un tratado del célebreAlfieri, cuyo título es Del Príncipe y de las letras. Nada me parecíamás razonable que lo que allí se afirma. Todavía, en tiempo del autor,los poetas, los filósofos, los que componían historias, todos losescritores, en suma, contaban poco con el vulgo, y esperaban o gozabanremuneración por sus trabajos de algún magnate, monarca, tirano o señorespléndido, que los protegía. Contra esto se enfurece Alfieri, declamacon severa elocuencia y se desata en invectivas y en raudales deindignación. Para complacer al príncipe, magnate o tirano, a quien sesirve y de quien todo se espera o teme, importa adular, encubrir amenudo las verdades más provechosas al género humano y emplear un estilosin nervio. El escritor, pues, que se respete y que estime su misión enlo que vale, es menester que se sustraiga y emancipe de la protección ytutela del tirano, que aprenda y ejerza oficio manual para vivirindependiente, y que, de esta manera, escribiendo sólo por amor a lagloria y por filantropía, esto es, por deseo santísimo y purísimo deadoctrinar a los hombres y de hacerlos más virtuosos, componga obrasmerecedoras de pasar a la posteridad, para bien de las generacionesfuturas, a quienes sirvan de guía y norte.

Todos estos razonamientos repito que me encantaban. Y yo daba graciasfervientes al cielo porque me había hecho nacer en una edad en que lascosas habían cambiado de tal suerte, que el escritor, contando con elpúblico, para nada necesitaba de tirano a quien adular, ni a fin de noincurrir en su enojo se veía obligado a callar las más útiles y hermosasteorías.

Después vinieron la contradicción y la duda. Esto que hoy se llamapúblico y que en lo antiguo con vocablo menos respetuoso se llamabavulgo, ¿no es tirano también?

¿No es menester adularle si queremos ganarsu voluntad? ¿No conviene decirle las cosas que le deleitan para tenerlepropicio? ¿No se necesita callar las verdades más sanas para que no seenfade?

Si el público fuera en realidad equivalente al vulgo, si el público y elpueblo fuesen la misma entidad, aún se podría sostener que posee, si noreflexivo acierto para apreciar la bondad, la verdad o la belleza,instinto semi-divino y casi infalible que le lleva a fallar sobre todoello con justicia. Pero, entre las muchedumbres que gozarán, a nodudarlo, de tan noble instinto, y el escritor que a ellas se dirige,siempre o casi siempre se interpone cierta capa social, aunque leve ysutil, muy tupida, donde la voz se embota y apaga o el escrito sedetiene, sin llegar ante los ojos o sin penetrar en los oídos de esevulgo o de ese pueblo, que exento de prejuicios y con certera candidezsabría decidir lo justo, si la voz o el escrito se pusiera a su alcance.Detenidos éstos en la mencionada capa social, sólo de ella pueden losescritores esperar hoy el galardón que apetecen. Lo malo es que lasgentes que forman esta capa social son, a mi ver, poco a propósito parael fallo. Egoístas en grado sumo, se dejan arrastrar de la pasión o delinterés del momento. Hasta lo más excelso y trascendental se subordina ala moda: ora por moda son creyentes; ora por moda son impíos. A laadulación se hallan tan propensos como el más engreído tirano. Y suelencarecer del buen gusto de que algunos tiranos, protectores de lasletras, han dado pruebas brillantísimas. Bien puede ponerse en duda quehaya habido jamás clase media bastante ilustrada para competir en tino,al proteger la poesía y las demás letras humanas, con Pericles, Augusto,Mecenas, Bembo, Leon Décimo, Lorenzo el Magnífico, Luis XIV de Francia yel Duque de Weimar. Ni sé yo, si se ahonda y escudriña bien estenegocio, qué cosas tan útiles al linaje humano se hubieron de callar losprotegidos por no incurrir en el desagrado de sus egregios protectores.¿Qué prohibiría decir, por ejemplo, el Duque de Weimar a Herder,Wieland, Lessing, Goethe y Schiller? Yo me doy a entender que ellosdijeron todo lo que quisieron, y que, sin miedo de perder el favor delamable soberano que los hospedaba y regalaba con generosa magnificencia,permítaseme lo familiar de la frase, se despacharon a su gusto.

No se opone esto a que Alfieri en general tuviese razón; pero esmenester hacer extensivo su argumento no sólo al escritor que se sometea un príncipe, sino también al escritor que al público se somete. Pordonde vendrá a inferirse que la verdadera independencia y nobleza dequien escribe está en el propio ser de su alma y no en la circunstanciaexterior de que viva asalariado por un príncipe o por un mercader delibros que le paga con lo que del público cobra.

Sea como sea, en el día este segundo modo de ganar algo con las letrases el único posible. Los príncipes no son señores de vidas y haciendas;apenas se halla tirano, amable o no amable, que pueda disponer de lafortuna pública para proteger a los poetas y literatos; y lo más naturales que éstos se hagan pagar por el público su trabajo; porque no se hade confundir por ningún estilo el antiguo patrocinio de los príncipescon lo que hoy se llama protección oficial. Esto, por muchas garantíasque se den y por más exquisitas precauciones que se tomen, tiene todoslos inconvenientes de los otros dos modos de protección. En lo tocante aservilismo baja hasta lo ínfimo, pues no se trata ya de adular a losMédicis o al distinguido y simpático Duque de Weimar, sino al Ministro,tal vez zafio y oscuro, al Director, tal vez lego, y acaso, acaso, altriste Oficial del Negociado. Las elegancias cortesanas, los primoresdel estilo, la atildada compostura, que para ganar la protección de laCorte se requerían, están aquí de sobra. Por todo lo cual entiendo quede esta protección oficial, concedida en virtud de prosaicosexpedientes, sólo nace una literatura enfermiza y enteca, como plantacriada en invernáculo: libros de pacotilla, sin elevación ni libertad deespíritu en quien los escribe, y desprovistos además de aquelladistinción y de aquella pulcritud aristocráticas, que siempre son unmérito, no existiendo otros de más sustancia.

Así, pues, yo propendo a creer que es inútil, si no por todo extremonociva, la protección oficial a la literatura, y en particular a laamena, y sólo comprendo que proteja y subvencione el Estado ciertasproducciones tan hondas, sutiles y tenebrosas, que se pueda presumirrazonablemente que no cuentan en una nación, medio culta siquiera, conun público que pase de cien personas, como por ejemplo, un libro dematemáticas sublimes, erizado de fórmulas, signos y figuras, yatiborrado de cifras, misteriosas para el profano. Lo demás, o dígasenovelas, versos, historia, política, y hasta filosofía, el público debepagarlo, y si no lo paga, mejor es que no se escriba o que se escriba debalde.

Casi se puede afirmar que tal es el caso en España.

Aquí renace la cuestión. ¿Esto es un mal o es un bien? Yo, a pesar demis vacilaciones, y a pesar del interés personal que me lleva a creer locontrario, creo que es un bien.

Todo el que tiene o imagina tener algo peregrino, bello y nuevo quedecir, de seguro que no se lo calla; lo dice, aunque no se lo paguen.Por decirlo es muy capaz de pagarlo, si tiene dineros. ¿Hay mayorhechizo que el de que nos escuchen o nos lean?

Fiado en este hechizo,trazó Leopardi el gracioso y lucrativo proyecto de una compañía osociedad de oyentes, que se haría pagar por oír a los autores. Elfilósofo que inventa un sistema, el vidente que percibe al numenagitando su alma, y el poeta a quien el estro hiere y aguija coninvencible brío, escribirán sus filosofías, sus poesías y sus visiones,aunque nada les valgan. El escribir entonces será de veras sacerdocio:algo de devotísimo y sagrado que no se tomará por oficio. Se escribiránpocos libros medianos. Sólo se escribirán algunos buenos.

Y se escribirán muchos pésimos, por los alucinados de la gloria; peroesto no obsta, porque el rió del olvido los arrastrará en su corriente,a poco de haber salido a luz y sin dejar huella ninguna.

De que los libros no valgan dinero resultará que todos aquellos hombresde entendimiento, que sirven para algo, harán mil cosas útiles y noescribirán. Sólo escribirán los verdaderamente inspirados, los amantesde la gloria, los punzados e impelidos por el estro, los que tienen algogrande y nuevo que decir, o el que absolutamente no sirve para nada, y,como ha seguido carrera literaria, se hace escritor, desesperado de nopoder ser otra cosa y para consolación en su desventura.

Infiero yo de aquí que no reflexionan derechamente los que, llenos deterror de que haya tanto letrado en España, dicen que deben dificultarselas carreras a fin de que muchos tomen oficio o se empleen en máshumildes menesteres; porque nuestras aficiones hidalgas o señoriles nolo consentirán nunca; y, si el que estudia algo, aunque sea poco, seconvierte hoy en autor, cuando no estudie nada, y no espere regalo yfavor de las musas, como ya hacen muchos que no han cursado en lasUniversidades, se convertirá en hacendista, y las cosas empeorarán. Unpoeta, por perverso que sea, es al cabo menos dañino que cualquieraaspirante a ministro de Hacienda, o a banquero o a director del Tesoro.

El argumento no vale, sin embargo, sino para probar que no son dañinoslos muchos autores, y no para excitar a que se paguen sus obras.

Donde éstas se pagan bien, por lo rico y más próspero del pueblo paraquien se escriben, hay que lamentar hoy cierta plétora. Así enInglaterra. Tauchnitz, editor de Leipzig, hace una edición de autoresingleses, contemporáneos los más. Es de presumir que sólo publica lomejor. Su biblioteca o colección, no obstante, consta ya de mucho más demil volúmenes. Convengamos en que esto pone grima. ¿Es posible que elespíritu humano, por fértil que sea, tenga suficientes primores,novedades y lindezas que decir, para llenar tantos volúmenes, o habráharto de repeticiones y de palabrería? Lo confieso: al ver esta viciosalozanía, esta intrincada selva o matorral de libros, que nacen donde sepagan, casi me avengo a que no se paguen aquí o se paguen mal, a fin deque sólo escriban los que por ilusión sandía se creen genios, o losque tienen algo de genios y no pueden menos de escribir. Los libros deaquéllos pasarán y los pocos de éstos quedarán, como conviene quequeden, sin confundirse en el fárrago insulso de tanto como por oficiose escribe.

Por otra parte, donde no valen dinero las obras literarias, los autoresno suelen ser tan prolijos en escribir, y esto es gran ventaja. Aunqueyo disto infinito de ser profundo, venero la profundidad, si bien meguardo de confundir lo profundo con lo difuso. Y cierto que hoy se pecagravemente en esto, donde los libros valen. Hay, verbigratia, unaHistoria de Inglaterra, que se toma por modelo. No empieza la narraciónsino doscientos años ha. El autor murió dejando escritos, en unos ochotomos de la citada edición de Tauchnitz, ocho años sobre poco más omenos de dicha historia. Para escribirla toda hasta hoy hubiera sidomenester en el autor la facilidad del Tostado y la vida de Matusalen, afin de escribir doscientos tomos. Y hasta para leer toda la historia unoque no leyese muy de priesa tendría que consumir lo mejor de su vida.

Si estas razones tengo para no sentir que el oficio de escritor sea bienretribuido, no faltan razones desinteresadas para desear que lo sea. Yes una de gran peso el considerar que no se logra escribir bien y sacara luz obras inmortales con larga meditación y estudio, sino que lasmejores obras suelen brotar de repente, y el autor las produce como pormilagro y caso divino, escribiendo veinte cosas malas o medianas antesde atinar con una buena.

En los terrenos feraces, si se siembra trigo y se cultiva bien, el trigonace en abundancia; pero no dejan de nacer cizaña y otras yerbasperniciosas; y, sin embargo, no es razón que, a fin de evitar que lacizaña nazca, se quede por cultivar el terreno y no se eche en él buenasimiente. Ya vendrá en su día y sazón quien escarde el haza o sembrado,y arranque lo que allí ha nacido de más, a fin de que el trigo crezca,medre y cunda sin ahogo.

Esto, en las letras, lo hace la crítica. Porque yo me figuro, pongo porcaso, que había de haber un sin número de cantos o narraciones popularessobre la guerra de Troya, y que sin duda algún sabio discreto desechó lomás y escogió lo menos y más hermoso, y, enlazándolo entre sí conartificio y orden, compuso los maravillosos poemas de la Ilíada y de laOdisea. Y del gran moralista antiquísimo de los chinos, no ya porpresunción se colige, sino que a ciencia cierta se sabe, que de fatigosacantidad de sentencias, eliminando muchas, ya por vanas y frívolas, yapor repetidas, reunió lo mejor y más sustancioso, y esto le dio la fama,el crédito y la autoridad semidivina de que él goza entre los de sunación y casta, con provecho y bienandanza de todos.

Por este lado, pues, yo me inclino a desear que se escriba mucho, aunquese nos antoje que no es de mérito, porque sin tanta rapsodia no hubierasalido la Ilíada, y sin tanta sentencia no hubiera podido extraer lassuyas el sabio Confucio.

En España, dejando en suspenso el decir si es bien o mal, ya que en mientender para todo hay razones, se escribe poco en proporción de lo queen otros países se escribe. Y aun de eso poco que se escribe en España,no suele ser lo peor lo que, por incuria o falta de estímulo, quedainédito o pasa ignorado.

Notable prueba de lo que digo pudieran dar bastantes varones ilustres,que ocuparon las sillas de esta Academia, cuyas obras, de granimportancia unas, y otras de sabrosísima lectura, andan perdidas en losperiódicos, o existen manuscritas y expuestas a perecer, sin que nadielas imprima y publique en colección: así, por ejemplo, los escritos deD. Agustín Durán, de D. Antonio Alcalá Galiano, de D. José Joaquín deMora y de otros.

Los españoles son más aficionados al tumulto del espectáculo público quea la soledad y al retiro, y más se avienen con emplear los oídos enescuchar, que los ojos en leer las creaciones del ingenio, por dondeéste suele mostrarse, mejor que en el libro, en el teatro y en latribuna. De aquí que nuestra Academia elija gran parte de sus individuosentre los autores dramáticos y los oradores.

De los últimos hay varios que apenas han dejado escritos, por faltarlestiempo y aliciente para escribir, si bien por lo poco que dejaron esfácil rastrear y columbrar cuánto hubieran acertado al hacerlo, si conafán hubiesen dedicado a tales tareas las altas prendas de escritoresque los adornaban. Valga como muestra la bellísima cita, hecha por elConde de Casa-Valencia en el discurso a que contesto, de un artículo delSr. Ríos Rosas, La mujer de Canarias, única producción en prosa, que amás del discurso de recepción aquí, confieso conocer, como trabajomeramente literario, de tan eminente republico y tribuno.

El nuevo Académico, a quien tengo la honra de contestar, se cuenta entreaquellos que vienen principalmente aquí a título de oradores, comoPacheco, Olózaga, Gonzalez Bravo y el citado Ríos Rosas.

Su elocuencia parlamentaria y didáctica es harto digna de este premio.Fácil y discreto en cuanto dice, une el Conde, a la elegancia de lafrase, la nitidez, la corrección y el método, que valen tanto parahacerse comprender; la amenidad y la gracia, que atraen al auditorio yganan las voluntades; la firmeza que infunde el convencimiento; y lacircunspección, la mesura y el sereno reposo, que cuadran y se ajustantan bien con la índole del hombre de Estado.

Pero el nuevo Académico no ha lucido sólo en las Asambleas políticas lasdotes que como orador le distinguen, sino que, durante tres años, antenumeroso y complacido concurso, ha dado en el Ateneo interesanteslecciones sobre La libertad política en Inglaterra, las cuales, conaplauso general y no escaso fruto de los que estudian seriamente lapolítica, corren impresas en tres volúmenes. En ellos, a más de campearlas excelencias que ya he encomiado, se atesoran no pocas noticiashistóricas, para la generalidad de nuestros compatriotas desconocidas, ymuchas advertencias y máximas, sacadas con tino y agudeza de los mismoshechos que se refieren.

Entre otros trabajos del Conde, es muy de alabar además uno bastanteextenso, publicado en la Revista de España, con el título de Laembajada de Don Jorge Juan en Marruecos, en el cual, no sólo sedescubren excelentes condiciones del estilo propio para la narraciónhistórica, sino la aptitud didáctica, sesuda y reflexiva de que el autorda tantas señales en las precitadas lecciones.

De su discurso de recepción sería petulancia en mí el hacer aquípanegírico. ¿Cuál mejor que vuestro aplauso? ¿Qué prueba más clara de sumérito que el deleite e interés incesante con que le habéis oído?

Grande es mi deseo de contestar dignamente a dicho discurso; pero ni lapremura del tiempo, ni las dolencias y graves disgustos, que en estosdías me han aquejado, ni mi falta de serenidad y de paz interior,habrían de consentirlo, aunque la pobreza de mi erudición y la cortedadde mi entendimiento no lo estorbasen.

El tema sobre que versa el discurso no puede serme más simpático; peroesto no basta.

Con ocasión de que las mujeres se complacen ahora en asistir a estasreuniones, encarece mi amigo y compañero la capacidad que hay en ellaspara el cultivo de las letras y cuán útil y conveniente es que lascultiven. En todo esto mi mente se halla en perfecta consonancia con lasuya. Nada diría yo, aunque supiera decirlo, para invalidar sus razones.Lo poco que yo añada será para esforzarlas.

El ser espiritual de la mujer no me parece, con todo, igual al delhombre, sino radicalmente distinto. Lo que el espíritu de ellas concibesería, a mi ver, monstruoso, si no diese señales de que es de mujer. Masesta desigualdad no implica diferencia de valer, ni presuponeinferioridad mucho menos. La diferencia está en las condiciones ycalidades: en algo que se siente de un modo confuso y que es difícil dedeterminar y de expresar.

Pero la diferencia existe, y, aunque no sea más que por esta diferencia,deben escribir las mujeres. Si sólo escriben los hombres, lamanifestación del espíritu humano se dará a medias: sólo se conocerábien la mitad del pensar y del sentir de nuestro linaje. En los pueblosdonde la mujer vive envilecida en la servidumbre, y no se la dejaeducarse y saber, la civilización no llega jamás a completoflorecimiento: antes de llegar, se corrompe o se marchita. Es como si alalma colectiva de la nación o casta donde esto ocurre se le cortase unade las alas. Es como ser vivo que tiene la mitad de su organismoatrofiado o inerte por la parálisis.

Si el alma de la mujer es diferente de la nuestra, hasta en la operaciónmás inmaterial debe notarse. Y yo creo justo y consolador sostener estadiferencia. Si yo cayese en la tentación de hacerme espiritista y de darfe a la palingenesia, metempsícosis, o como quiera llamarse,imaginando que renacemos en otros astros y mundos de los que pueblan eléter insondable, entendería que la mujer siempre quedaba mujer; puestendría yo una desazón grandísima si me volviese a hallar, en Urano o enJúpiter, con la linda señora, a quien hubiese amado en nuestro planeta,aunque fuese de un amor más platónico que el de Petrarca por Laura,convertida en caballero o en algo equivalente, según los usos de porallá.

No puede ser mero accidente orgánico el ser de un sexo o de otro, sinocalidad esencial del espíritu que informa el cuerpo.

Repito, no obstante, que no implica esto que se dé inferioridad en lasmujeres, ni en el alma ni en los órganos que la sirven. Los españolesnos hemos inclinado siempre a creerlas superiores en todo. El sublimeconcepto que de ellas tenemos se cifra en cierta sentencia que Calderon,no una, sino varias veces, pone en boca de sus galanes: Que

si

el

hombre

es

breve

mundo,

la mujer es breve cielo.

Recuerdo que Juan de Espinosa, en cierto diálogo que escribió enlaude de las mujeres, titulado Ginaecepaenos, se extrema en ponderarlo superiores que son en todo las mujeres, valiéndose para ello de lasdoctrinas escolásticas, de la historia, de la teología y de losargumentos más raros y sutiles. Dice, por ejemplo, con darwinismo profético y piadoso, que Dios sacó de lo menos acabado y perfecto lo másperfecto y acabado. Del hombre sacó a la mujer, no sin menoscabo ydetrimento, pues que le sacó una costilla; y de la mujer, sin detrimentoni menoscabo alguno, sacó un perfectísimo bacón, en quien quisohumanarse. Otra observación no menos curiosa del Ginaecepaenos es queel hombre fue creado por Dios en cualquiera parte, mientras que a lamujer la creó Dios en el Paraíso.

Dejando a un lado estas cuestiones, sobrado profundas, digo que lamujer, aun cuando no escriba, influye benéficamente inspirando lo mejorde cuanto se escribe.

¿Qué poesía, qué drama, qué leyenda, qué novela,no tiene por asunto principal el amor de la mujer? Inspirado por su amory deseoso de conquistar su amor, canta casi siempre el poeta. Mas nocontentas las mujeres con tanta gloria, no satisfechas de inspirar sólo,han querido y debido escribir también, a fin de que una de las faces denuestro espíritu, colectivamente considerado, no quede en la sombra, sindejar rastro y sin dar razón permanente de sí.

El nuevo académico, concretándose a nuestra patria, ha hablado conelogio merecido y ha hecho el recuento de las mejores escritoras queenriquecen el idioma castellano con sus producciones.

Es evidente que, en un discurso que por fuerza no ha de extendersedemasiado, no puede esto hacerse por completo. España ha sido tierrafecundísima en escritoras, y el Conde de Casa-Valencia ha tenido quehablar poco de las que ha hablado y que dejar de hablar de muchas.

Con más reposo y tiempo, que los que tengo ahora, no me sería difícil,ya que no completar, añadir algo, citando otras autoras de la épocacristiana, y hasta hablando de las poetisas muslímicas, que las hubo engran número y muy notables.

Un compañero nuestro, el académico correspondiente D. GumersindoLaverde, pronto, por dicha, llenará este vacío. Sé que reúne noticiascon diligencia, y que escribe sobre el asunto. Yo espero que Dios mejoresu quebrantada salud, así por lo mucho que estimo y quiero a tanlaborioso, entendido y modesto amigo, como para que el público goce dellibro que acerca de las escritoras españolas está componiendo, y queserá de seguro bueno y provechoso; como toda obra suya.

Quisiera yo, no obstante, añadir aquí algo, sobre lo que ha dicho el Sr.Conde, en alabanza de nuestra gran poetisa doña Gertrudis Gomez deAvellaneda; pero temo repetir lo que ya en algunos escritos míos, a queme remito, dije de sus obras líricas y de alguna dramática.

La premura del tiempo me incita además a no hablar de la gran poetisa,para consagrarme todo, en lo que puedo decir aún sin fatigar vuestraatención, a otra mujer, a otra poetisa harto más asombrosa, hija denuestra España y una de sus glorias mayores y más puras; la cual, aunconsiderándolo todo profanamente, me atrevo a decir, sin pecar dehiperbólico, que vale más que cuantas mujeres escribieron en el mundo.

Mi pluma tal vez la ofenda por torpe e inhábil; pero mi intento es sanoy de vivo entusiasmo nacido. Mi admiración y mi devoción son tales, quesi respondiese mi capacidad a mi afecto, diría yo algo digno y grande ensu elogio.

Bien pueden nuestras mujeres de España jactarse de esta compatriota yllamarla sin par. Porque, a la altura de Cervantes, por mucho que yo leadmire, he de poner a Shakspeare, a Dante, y quizás al Ariosto y aCamoëns; Fenelon y Bossuet compiten con ambos Luises, cuando no seadelantan a ellos; pero toda mujer, que en las naciones de Europa, desdeque son cultas y cristianas, ha escrito, cede la palma y aun quedainmensamente por bajo, comparada a Santa Teresa.

Y no la ensalzo yo como un creyente de su siglo, como un fervorosocatólico, como los santos, los doctores y los prelados suscontemporáneos la ensalzaban. No voy a hablar de ella impulsado por lafe poderosa que alentaba a San Pedro Alcántara, a San Francisco deBorja, a San Juan de la Cruz, al venerable Juan de Avila, a Bañes, aFray Luis de Leon, al Padre Gracian, y a tantas otras lumbreras de laIglesia y de la sociedad española, en la edad de oro de nuestramonarquía; ni con el candor con que la amaban y veneraban todos aquellossencillos corazones que ella robó con su palabra y con su trato paradárselos a su Esposo Cristo; sino desde el punto de vista de un hombrede nuestro tiempo; incrédulo tal vez; con otros pensamientos, con otrasaspiraciones, y, como ahora se dice, con otros ideales.

En verdad que no es este el punto de vista mejor para hablar de laSanta; pero yo apenas puedo tomar otro. No hay método además que notenga sus ventajas.

Para las personas piadosas es inútil que yo me esfuerce. Por razones másaltas que las mías, comparten mi admiración. Y en dicho sentido, nadaacertaría a escribir yo que ya no hubiesen escrito tantos teólogos ydoctores católicos de España, Alemania, Francia, Italia y otrasnaciones, devotos todos de la admirable monja de Avila, y que, endiversas lenguas y en épocas distintas, elogiaron sus virtudes, contaronsu vida y difundieron su inspirada enseñanza.

Aunque este escrito mío no fuese improvisado, aunque me diesen años y nohoras para escribirle, nada nuevo podría añadir yo de noticiasbiográficas, bibliográficas y críticas, después de la edición completade las obras de la Santa, hecha por D. Vicente de la Fuente, conenvidiable amor, con afanoso esmero y con saber profundo.

Véome, pues, reducido a tener que hablar de la Santa sólo como profanoen todos sentidos.

Mis palabras no serán más que una excitación para que alguien, con laciencia y el reposo de que carezco, no en breve disertación sino enlibro, exponga por el método que hoy priva aquella doctrina suya, queFray Luis de Leon llamaba la más alta y más generosa filosofía quejamás los hombres imaginaron.

Algo de esto ha hecho, para vergüenza nuestra, un escritor francés,Pablo Rousselot, en libro que titula Los místicos españoles, donde, sideja mucho que desear, aún nos da más que agradecer, ya que ha sido elprimero en tratar el asunto como filósofo, moviendo a algunos españoles,a par que a impugnarle y completarle, a imitarle y a seguir sus huellas.Tales son un distinguido compañero nuestro, que no nombro, porque estápresente y ofendería su modestia, y el filósofo espiritualista de Béjar,D.

Nicomedes Martín Mateos, a quien me complazco en mentar aquí y concuya buena amistad me honro.

La dificultad de decir algo nuevo y atinado de Santa Teresa crece alconsiderar lo fecundo y vario de su ingenio y la multitud de susescritos; y más aún si tenemos en cuenta que su filosofía; la más altay más generosa, no es mera especulación, sino que se trasforma enhechos y toda se ejecuta. No es misticismo inerte, egoísta y solitarioel suyo, sino que desde el centro del alma, la cual no se pierde yaniquila abrazada con lo infinito, sino que cobra mayor aliento y poderen aquel abrazo; desde el éxtasis y el arrobo; desde la cámara del vinodonde ha estado ella regalándose con el Esposo, sale, porque él le ordena la caridad, y es Marta y María juntamente; y embriagada con elvino suavísimo del amor de Dios, arde en amor del prójimo y se afana porsu bien, y ya no muere porque no muere, sino que anhela vivir paraserle útil, y padecer por él, y consagrarle toda la actividad de subriosa y rica existencia.

Pero aun prescindiendo aquí de la vida activa de la Santa y hasta de lospreceptos y máximas y exhortaciones con que se prepara a esta vida yprepara a los que la siguen, lo cual constituye una admirable suma demoral y una sublime doctrina ascética,

¡cuánto no hay que admirar en losescritos de Santa Teresa!

Divertida y embelesada la atención en tanta riqueza y hermosura comocontienen, no sabe el pensamiento dónde fijarse, ni por dónde empezar,ni acierta a poner orden en las palabras.

A fin de decir, sin emplear muchas, algo digno de esta mujer, seríanecesario, aunque fuese en grado ínfimo, poseer una sombra siquiera deaquella inspiración que la agitaba y que movía al escribir su mente y sumano; un asomo de aquel estro celestial de que las sencillas hermanas,sus compañeras, daban testimonio, diciendo que la veían con grande, yhermoso resplandor en la cara, conforme estaba escribiendo, y que lamano la llevaba tan ligera que parecía imposible que naturalmentepudiera escribir con tanta velocidad, y que estaba tan embebida en elloque, aun cuando hiciesen ruido por allí, nunca por eso lo dejaba nidecía la estorbasen.

No traigo aquí esta cita como prueba de milagro, sino como pruebacandorosa de la facilidad, del tino, del inexplicable don del cielo conque aquella mujer, que no sabía gramática, ni retórica, que ignoraba lostérminos de la escuela, que nada había estudiado en suma, adivinaba lapalabra más propia, formaba la frase más conveniente, hallaba lacomparación más idónea para expresar los conceptos más hondos y sutiles,las ideas más abstrusas y los misterios más recónditos de nuestro íntimoser.

Su estilo, su lenguaje, sin necesidad del testimonio de las hermanas, alos ojos desapasionados de la crítica más fría, es un milagro perpetuo yascendente. Es un milagro que crece y llega a su colmo en su últimolibro; en la más perfecta de sus obras: en El Castillo interior o lasMoradas.

La misma Santa lo dice: El platero que ha fabricado esta joya sabeahora más de su arte. ¡En el oro fino y aquilatado de su pensamiento,cuán diestramente engarza los diamantes y las perlas de las revelacionesdivinas! Y este diestro artífice era entonces, como dice el Sr. LaFuente, «una anciana de sesenta y dos años, maltratada por laspenitencias, agobiada por enfermedades crónicas, medio paralítica, conun brazo roto, perseguida y atribulada, retraída y confinada en unconvento harto pobre, después de diez años de una vida asendereada ycolmada de sinsabores y disgustos.»

Así escribió su libro celestial. Así, con infalible acierto, empleó laspalabras de nuestro hermoso idioma, sin adorno, sin artificio, conformelas había oído en boca del vulgo, en explicar lo más delicado y oscurode la mente; en mostrarnos, con poderosa magia, el mundo interior, elcielo empíreo, lo infinito y lo eterno, que están en el abismo del almahumana, donde el mismo Dios vive.

Su confesor el Padre Gracian y otros teólogos, con sana intención sinduda, tacharon frases y palabras de la Santa y pusieron glosas y otraspalabras; pero el gran maestro en teología, en poesía y en hablacastellana, Fray Luis de Leon, vino a tiempo para decir que se podríanexcusar las glosas y las enmiendas, y para avisar a quien leyere ElCastillo interior «que lea como escribió la Santa Madre, que loentendía y decía mejor, y deje todo lo añadido; y lo borrado de la letrade la Santa delo por no borrado, si no fuere cuando estuviere enmendadoo borrado de su misma mano, que es pocas veces.» Y en otro lugar dice elmismo Fray Luis, en loor de la escritora, y censurando a los que lacorrigieron: «Que hacer mudanza en las cosas que escribió un pecho enquien Dios vivía, y que se presume le movía a escribirlas, fueatrevimiento grandísimo, y error muy feo querer enmendar las palabras,porque, si entendieran bien castellano, vieran que el de la Madre es lamisma elegancia. Que, aunque en algunas partes de lo que escribe, antesque acabe la razón que comienza, la mezcla con otras razones, y rompe elhilo comenzando muchas veces con cosas que ingiere, mas ingiérelas tandiestramente y hace con tan buena gracia la mezcla, que ese mismo viciole acarrea hermosura.»

Entiendo yo, señores, por todo lo expuesto, y por la atenta lectura delos libros de la Santa, y singularmente de El Castillo interior, queel hechizo de su estilo es pasmoso, y que sus obras, aun miradas sólocomo dechado y modelo de lengua castellana, de naturalidad y gracia enel decir, debieran andar en manos de todos y ser más leídas de lo queson en nuestros tiempos.

Tuve yo un amigo, educado a principios de este siglo y con todos losresabios del enciclopedismo francés del siglo pasado, que leía conentusiasmo a Santa Teresa y a ambos Luises, y me decía que era por eldeleite que le causaba la dicción de estos autores; pero que élprescindía del sentido, que le importaba poquísimo. El razonamiento demi amigo me parecía absurdo. Yo no comprendo que puedan gustar frases,ni períodos, por sonoros, dulces o enérgicos que sean, si no tienensentido, o si de sentido se prescinde por anacrónico, enojoso o pueril.Y sin callarme esta opinión mía, y mostrándome entonces tan pococreyente como mi amigo, afirmaba yo, que así en las obras de ambosLuises, como en las de Santa Teresa, aun renegando de toda religiónpositiva, aun no creyendo en lo sobrenatural, hay todavía mucho queaprender, y no poco de que maravillarse, y que, si no fuese por esto, ellenguaje y el estilo no valdrían nada, pues no se conciben sinpensamientos elevados y contenido sustancial, y sin sentir conforme alnuestro, esto es, humano y propio y vivo siempre en todas las edades yen todas las civilizaciones, mientras nuestro ser y condición naturalduren y persistan.

Pasando de lo general de esta sentencia a su aplicación a las obras dela Santa, ¿qué duda tiene que hay en todas ellas, en la Vida, en ElCamino de perfección, en los Conceptos de amor divino y en las Cartas y en Las Moradas, un interés inmortal, un valer imperecedero,y verdades que no se negarán nunca, y bellezas de fondo, que lasbellezas de la forma no mejoran sino hacen patentes y visibles?

La teología mística, en lo esencial, y dentro de la más severa ortodoxiacatólica, tenía que ser la misma en todos los autores; pero ¿cuántaoriginalidad y cuánta novedad no hay en los métodos de explicación de laciencia? ¿Qué riqueza de pensamientos no cabe y no se descubre en loscaminos por donde la Santa llega a la ciencia, la comprende y la enseñay declara? Para Santa Teresa es todo ello una ciencia de observación,que descubre o inventa, digámoslo así, y lee en sí misma, en el seno máshondo de su espíritu, hasta donde llega, atravesando la oscuridad,iluminándolo todo con luz clara, y estudiando y reconociendo su serinterior, sus facultades y potencias, con tan aguda perspicacia, que nohay psicólogo escocés que la venza y supere.

Rousselot concede a nuestros místicos, y sobre todo a Santa Teresa, estegran valor psicológico: la compara con Descartes: dice que Leibnitz laadmiraba; pero Rousselot niega casi la trascendencia, la virtud, lainspiración metafísica de la Santa.

Puntos son estos tan difíciles, que ni son para tratados de ligera, nipor pluma tan mal cortada e inteligencia tan baja como la mía.

Me limitaré sólo a decir, no que sé y demuestro, sino que creo ycolumbro en Las Moradas, la más penetrante intuición de la cienciafundamental y trascendente; y que la Santa, por el camino delconocimiento propio, ha llegado a la cumbre de la metafísica, y tiene lavisión intelectual y pura de lo absoluto. No es el estilo, no es lafantasía, no es la virtud de la palabra lo que nos persuade, sino lasincera e irresistible aparición de la verdad en la palabra misma.

El alma de la Santa es un alma hermosísima, que ella nos muestra consencillo candor: esta es su psicología: pero, hundiéndose luego la Santaen los abismos de esa alma, nos arrebata en pos de sí, y ya no es sualma lo que vemos, sin dejar de ver su alma, sino algo más inmenso queel éter infinito, y más rico que el universo, y más luminoso que un marde soles. La mente se pierde y se confunde con lo divino; mas no quedaallí aniquilada e inerte; allí entiende aunque es pasiva; pero luegoresurge y vuelve al mundo pequeño y grosero en que vive con el cuerpo,corroborada por aquel baño celestial, y capacitada y pronta para laacción, para el bien y para las luchas y victorias que debe empeñar yganar en esta existencia terrena.

Lo que la Santa escribe como quien cuenta una peregrinación misteriosa,lo que refiere como refiere el viajero lo que ha visto, cuando vuelve desu viaje, no ganaría, a mi ver, reducido a un orden dialéctico: antesperdería; pero sería, sin duda, provechoso que persona hábil acertase ahacer este estudio para probar que hay una filosofía de Santa Teresa.

Yo, señores académicos, deseoso de responder pronto y lo menos mal quepudiera a mi pariente y amigo, me comprometí para hacerlo hoy, sincontar con los males y desazones que en estos días han caído sobre mí.He tenido poco tiempo de que disponer: tres días no más, por esto hesido más desordenado e incoherente que de costumbre. Vosotros, convuestra indulgencia acostumbrada, me lo perdonareis. Así me lo perdonetambién este escogido auditorio, y el público luego.

La misma priesa me ha hecho ser más extenso de lo que pensaba. Paradecir algo sin escribir o hablar mucho, se requiere o tiempo ymeditación, o gran brío de la mente: y todo me ha faltado.

Por dicha, el Conde de Casa-Valencia, con el discurso que leyó antes,recompensó, con paga adelantada y no viciosa, la paciencia quegastasteis en oírme; y no dudo que seguirá pagando este favor,auxiliándonos en nuestras tareas, con la discreción y laboriosidad quele son propias y con la erudición y el ingenio de que nos ha dado hoygallarda muestra.

SOBRE EL FAUSTO DE GOETHE

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Den lieb' ich, der Unmögliches begehrt.

(FAUSTO, segunda parte, acto II.)

Difícil es decir algo nuevo y bueno sobre Goethe, de quien tanto se haescrito. Hacer aquí un extracto de juicios y opiniones de otros, no nosparece bien, y no se aviene además con la condición de nuestra tarea,que ha de ser breve, no ha de abarcar en su totalidad a Goethe y susobras, y ha de concretarse a una: el FAUSTO. Sin embargo, aunque nopublicamos el FAUSTO completo, sino la primera parte, no es posiblehablar de ella sin hablar de la segunda, ni es posible tampoco hablar detodo el poema sin dar alguna noticia sobre el ingenio, los estudios, laíndole y demás prendas del autor de dicha obra, la más importante, sinduda, de cuantas Goethe compuso, y aquella por la cual vino a ser másilustre, y a merecer más alabanzas y aplausos en todas las nacionescivilizadas.

No hablaremos, pues, exclusivamente del FAUSTO; pero del FAUSTOhablaremos principalmente; y, procurando prescindir de los juiciosextraños, tal vez se logre que los propios tengan alguna novedad, sinque, por el prurito de buscarla, nos extraviemos.

EL FAUSTO es una obra dramática, y la primera parte, con el arregloindispensable para la escena, se representa en los teatros alemanes;pero, así dicha primera parte aislada, como el conjunto que de ambastragedias o partes resulta, aspiran a tener muy superior importancia.

No basta para calificar el todo afirmar que es un poema. Toda narracióno acción escrita en verso es poema también. Para determinar aquello aque el FAUSTO aspira, se requiere una previa explicación.

En la aurora de toda cultura humana, antes de que hubiese grandesciudades y de que se edificasen y aun se inventasen teatros, nació lapoesía; nació quizá al nacer el habla; y la poesía fue de dos modosprincipales: lírica y épica. Un himno, un cantar, una mera copla, dondeel autor muestra su amor, su veneración, su ira, o donde nos trasmite laexpresión que del mundo exterior recibe, o donde expresa sus deseos,temores o esperanzas, se llama poesía lírica: y se llama épica cuandocuenta el poeta batallas, lances de amor y fortuna, sucesos, en fin, dela vida de los hombres.

Ya se entiende que la tal división es muy posterior a lo dividido. Hubopoesía lírica y épica siglos antes de que a nadie se le ocurriesedistinguir los géneros con los nombres que aquí les damos, o con otros.

Es de advertir asimismo, que, en la manera de hacer la demarcación ydeslinde de ambos géneros, ha habido graves diferencias, según el puntode vista de los críticos en esta época o en aquélla.

No satisface, a la verdad, decir que lo narrativo es épico, y lírico lono narrativo.

Odas, canciones, idilios, églogas hay, donde se cuentanhechos, y nadie afirma resueltamente que sean épicas talescomposiciones. Se dan romances, cánticos triunfales, epitalanios, himnosen loor de dioses, semidioses, héroes o santos, donde también se narra,y no son épicos puros. Llamar épico-líricas a estas poesías porquetienen en sí los dos caracteres, no resuelve la dificultad. Dentro de laepopeya más tenida por epopeya, hay a veces mucho lirismo.

La existencia de uno y otro género es evidente; pero no aquieta alespíritu el poner por fundamento de la distinción algo de tan externocomo el narrar o el no narrar.

¿Qué poesía no narra? ¿En qué obraescrita no se cuenta algo, a no imaginarla compuesta de ayes, suspiros einterjecciones?

Lo épico, por consiguiente, quizá se pueda distinguir con másprofundidad de lo lírico, si en este último género vemos la personalidaddel poeta, su singular inspiración, y en el otro género consideramos alpoeta como sabio popular, archivo con voz y con vida, y peregrinoobservador y colector, que recoge, guarda y enlaza en el tesoro de sumemoria, y divulga luego, las tradiciones heroicas y religiosas, lasideas sobre el universo y los dioses, y cuantas doctrinas, en suma, todopueblo impersonalmente ha ido creando en el árbol de las civilizaciones.

En este caso, los libros sagrados, serían épicos, y más aún, los deaquellos países donde estos libros no se forjan y custodian en el senode una carta sacerdotal, sino que nacen espontáneamente, y por impulsoimpremeditado y divino, del seno de la muchedumbre. Y en este caso, noserían épicos sólo los poemas que narran, sino también los que enseñan,ya toda una religión, ya toda una moral, ya por medio de reglas osentencias desligadas y por estilo de refranes, con tal de que se pierdao se exfume la personalidad del poeta, y el contenido sustancial de laobra aparezca como dictado por el pueblo mismo o por un numen que vienea ser la propia conciencia del pueblo, la cual toma ser en la fantasíacomo persona superior y del cielo.

En el principio de toda civilización, el vivir del pueblo, apareceheroico y divino, esto es, consiste en empresas guerreras, en aventurasy en hazañas, donde intervienen los dioses (que viven entoncesconfundidos con los mortales y que se apasionan por ellos); comoauxiliares unos y como contrarios otros; de donde resulta el carácterdistintivo de la poesía épica, aquello que constituye la unidad de todogran conjunto o poema. Este carácter es guerrero y religioso a la vez ypor lo común el argumento del poema, viene a ser una empresa feliz delpueblo para quien se escribe, cuyas virtudes, excelencias y energíascapitales, están cifradas y personificadas en un héroe castizo, de suraza, si bien con no poco de Dios, engendro, concepción o encarnación dealguna deidad, como Aquiles o Rama.

La epopeya, así entendida, requiere, como se ve, el momento dichoso enque aparece el entendimiento colectivo de un pueblo: es la primera florde su cultura, y pide para abrirse la primavera. Y siendo ademásindispensable, a fin de que la epopeya logre vida inmortal y clara, granprimor de forma y nitidez y flexibilidad de expresión, es indispensabletambién, la rarísima coincidencia de que, en ese momento inicial, en eseflorecer intuitivo de la inteligencia y de la fantasía de lamuchedumbre, posea ésta un idioma formado, rico y hermoso, comoaconteció en Grecia, cuando surgió por vez primera la Ilíada o fueronapareciendo los diversos cantos de que más tarde hubo de tejerse todaella.

De aquí que se cuenten muy pocas epopeyas con esta perfección genuina ylegítima.

En unas, la rudeza o deformidad del lenguaje afea torpementela obra, y no permite que su beldad interior se exprese con limpieza ybrío. En otras, cuando el pueblo no ha de lograr en lo futuro un altodesarrollo intelectual, tampoco se dan los gérmenes al principio, y deaquí lo vano o rastrero del contenido épico. Y en otras, interviene unacasta superior sacerdotal, o si no casta, congregación o clase, quequita a la epopeya mucho de lo popular, espontáneo y candoroso. En suma,es difícil o fue difícil que la epopeya, así entendida, se diese de unmodo digno. Apenas se pueden contar más que las homéricas.

Importaba, además, que el pueblo, donde la epopeya iba a nacer, tuvieseel germen de una gran civilización propia, no ofuscada por recuerdosdistintos de otra civilización pasada o extraña; y que, si algo o muchotomaba de otras civilizaciones, fuese con tal brío plasmante, con talfuerza de asimilación, que lo disolviese todo, mezclándolo con el jugode sus entrañas, y que todo lo derritiese y fundiese con su calornatural, y que luego esta masa, fundida y hecha sustancia propia, lavaciase en molde, propio también, de donde saliera a luz, reluciente,nueva, con forma adecuada y castiza, y con sello peculiar, indeleble.

De esta suerte puede afirmarse con fundamento que la Minerva griegasalió grande y armada, del cerebro de Homero; esto es, que filosofía,historia, ideas religiosas y políticas, artes de la guerra y de la paz,teatro, todo, en una palabra, se muestra, no ya sólo como germenfecundo, sino como flor que va a abrir el cáliz y a dar fruto sabroso ysemilla abundante, en los versos divinos, de la Ilíada y la Odisea.

Cuando un crítico italiano, a fin de ensalzar a Dante, igualándole aHomero, dice que la Minerva italiana salió del mismo modo de la cabezadel vate florentino, incurre en error evidente, hasta para quien miraestas cosas del modo más superficial. La Minerva italiana estaba yanacida y harto crecida. Toda la literatura de los romanos, de Italia eray en la memoria de los hombres vivía. Una religión con moldes definidose inflexibles, con sistema moral completo, había sido adoptada viniendode fuera; sobre estos fundamentos habían razonado y filosofado sabiosenciclopédicos como Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino; y, porúltimo, no se ignoraba la antigua cultura helénica, anterior y posterioral Cristianismo. Todo esto formaba ya un conjunto de conocimientos, unsistema entero, informando una civilización italiana y católica.

Dantesería un hombre capaz de abarcarlo en su mente, hábil para expresarlo yreflejarlo en sus versos, hasta donde era posible que tanto asunto ensus versos cupiese; pero Dante no producía un documento inicial, sino unreflejo brillante del saber y del sentir de muchas generaciones, reflejoque sin duda podría iluminar y encender el ánimo de los hombres de suedad y de los venideros. Ni se alegue que toda aquella doctrina eraantes propiedad de pocos eruditos, que estaba en latín o en otra lenguamuerta, y que Dante la divulgó en lengua viva, creando casi la lengua ohaciéndola apta para expresar tales conceptos: lo cual implica, sinduda, mérito extraordinario, pero no tan subido que con el mérito yvaler de Homero podamos equipararle. Y esto con plena independencia delvaler de cada poeta, porque proviene de la misma naturaleza de lascosas.

En la edad primitiva, el poeta es profeta, sacerdote, legislador,teólogo, astrónomo, moralista, geógrafo, y todo a la vez; o más bien noes nada de esto; apenas si es persona; su personalidad se exfuma ydesvanece en la penumbra crepuscular de la historia. Homero, Viasa yValmiki casi son mitos; son como los patriarcas, no ya de la sustanciacorpórea, sino del espíritu de las naciones; son como los héroesepónimos, no de la asociación política, sino de la comunidad mental;son, en suma, el eco inmortal y sonoro del verbo creador y del espíritufecundo de un noble pueblo que nace. Su obra abarca cielo y tierra. Enella se reúne la candorosa enciclopedia de la edad divina.

Nada falta.Todo está allí por modo eminente.

Por espacio de muchos siglos no se entendió así la epopeya, antes bien,con crítica más exterior que íntima, y fijándose en el asunto o trama, ymás que en la sustancia en la forma, se creó la epopeya artificial,según ciertas reglas, y cantando las hazañas de algún héroe o de varios.Así Virgilio escribió La Eneida, Camoëns Los Luisiadas, y LaJerusalen Tasso.

Cierto que se han dado algunas epopeyas espontáneas, en épocas, no deprimera juventud para un pueblo o raza, sino hallándose ésta, por siglosdestrozada y caída: pero tales epopeyas, sea cual sea el encanto quehaya sabido darles un singular poeta, en lo esencial, más que nacidas,parecen desenterradas y resucitadas con ocasión de grandes esperanzasque se despiertan en el pueblo vencido, no bien sus vencedores yopresores son a su vez vencidos y oprimidos por otros.

Así brotó, transfigurado y esplendente todo el ciclo del rey Arturo y dela Tabla-redonda, cuando los normandos, venciendo a los anglos, vengarona los bretones; el Shah-Nameh de Firdusi, cuando los turcos, venciendoa los árabes, vengaron a los pueblos del Irán; y hasta el Kalewala,aunque más por esfuerzo de mera erudición que por flamante inspiraciónpoética, cuando Finlandia pasó al dominio de Rusia, vencidos los suecos,sus dominadores antiguos.

Reconociendo otros poetas, o por virtud crítica o por atinado instinto,que el tiempo de la gran epopeya había pasado ya, y viendo que haytesoros de materia épica, difusa e informe, quisieron reunirlos enarmónico conjunto; pero, careciendo ya de fe en aquello que cantaban,pusieron en el canto cierta discreta ironía y burla y risa más o menosdisimulada. Así, por ejemplo, Ariosto escribió El Orlando, y Wieland El Oberon, ya casi en nuestros días.

Consideraron otros que, si bien la epopeya heroica, tiene hoy que seranacrónica, no debe serlo la religiosa; y con esta idea más equivocadaaún, porque lo épico a lo divino implica mucho de infantil en elconcepto de la divinidad, o bien algo de tan metafísico y desnudo deimágenes que no es poesía o es poesía narcótica, escribieron poemasépicos religiosos, como Milton El Paraíso perdido, y Klosptock LaMesiada.

Los más acertados, en nuestro sentir, fueron aquellos que, prescindiendode la epopeya grande y completa, donde todo se quiere explicar orepresentar, redujeron la poesía épica a menores proporciones, yeligieron por héroes y asuntos de la narración, no lo fundamental, sinolo derivado del fundamento; no el misterio religioso y dogmático, sinoalgún prodigio que realza el misterio; no la religión o el mito, sinola leyenda o el cuento. En este género, acudiendo siempre a latradición, se han escrito obras muy bellas, y quizá una de las mejores,sea de un español: El Estudiante de Salamanca. Otros poetas hasta dela tradición han prescindido, desechando la colaboración del pueblo ensu obra, y han escrito cuentos, o bien tomando el argumento de lahistoria más o menos anecdótica, o bien creándolo todo en la fantasía:así Byron, en El Corsario, Parisina, Lara, El Giaour y La Noviade Abidos.

De todos modos, desde el renacimiento hasta más de mediado el sigloXVIII, prevaleciendo el gusto llamado clásico, que se fundaba enpreceptos juiciosos, por más que en algunos puntos fuesen superficiales,y hasta rayasen en arbitrarios (preceptos que Vida y Boileau habíansacado de la interpretación de Aristóteles y de Horacio), la epopeya, enla práctica al menos, no se aspiró a que fuese trascendental,enciclopédica ni muy docente, y se redujo a narrar una acción gloriosade algún héroe nacional, o de toda Europa, o de todo el humano linaje,agrupando en torno, como ornamento y con simétrica economía, variosepisodios bien traídos y no impertinentes, que no rompiesen la unidaddel poema, ni embarazasen demasiado la marcha de la acción, la cualhabía de ir con el debido crecimiento de celeridad hacia su término yfinal desenlace.

Lo docente en grado superlativo quedó desechado y aun fue objeto deburlas.

Parecía en efecto que, dado el desarrollo actual de la ciencia,quien tratase de enseñar mucho en su poema había de ser un delirante.Todavía Moratin, al dar consejos burlescos a un poeta ridículo, le diceque ponga en cifra en su epopeya todos los conocimientos humanos.

Botánica,

blasón,

cosmogonía,

Sacra,

profana

universal

historia,

Cuanto

pueda

hacinar

tu

fantasía

En concebir delirios eminente.

Sin embargo, aun antes que se rompiera el yugo clasicista, elfilosofismo francés del siglo pasado había movido a los poetas de másalientos a crear el poema que todo lo enseñase; pero los más desecharonla acción, se limitaron al género didáctico, y trataron de escribir elnuevo poema De la naturaleza de las cosas. En este sentido hubotentativas de Le Brun, Fontanes, Andrés Chénier y muchos otros.

Se hacían por entonces estudios más completos sobre el arte en general;había nacido y hubo de divulgarse una a modo de ciencia moderna, llamadafilosofía de lo bello, estética o calología, y llegaron a comprendersecon más profundidad crítica las diversas literaturas. Esto trajograndísimas ventajas, pero dio vida a extrañas aspiraciones, inspirósobrado menosprecio de reglas, que, por estar formuladas de un modoempírico, no dejan de ser razonables y prudentes, y avivó en muchos eldeseo, y engendró el imposible propósito, no ya de enseñar una cienciaen un poema didáctico sin acción, sino de enseñarlo todo en la accióndel poema, acción maravillosa y simbólica, cada uno de cuyos momentoshabía de entrañar misterios profundos.

Nuestra ciencia metódica, dividida en multitud de ciencias que entre síse enlazan, fundada en un inmenso cúmulo de hechos que la observación yla experiencia han ido suministrando, cuyo ser y valer estriban en elmás severo encadenamiento dialéctico, y cuya vida y organizacióndependen de la rigorosa precisión de la definición, del lenguajetécnico, de una árida y enojosa clasificación, y de una nomenclatura tanútil como arrastrada y prosaica, se oponían y se oponen a la pretensiónde tales poetas. Los que han tenido dicho intento, y no han sido pocos,han dado a luz por lo común monstruosos engendros. A nuestro ver, laepopeya trascendental, menos realizable que la cuadratura del círculo,que el movimiento continuo, y que el arte de hacer oro, es una malatentación, muy cercana de la locura.

El ejemplo de los metafísicos ha seducido y extraviado a los poetas;pero los metafísicos tienen disculpa. Allá en las edades primeras, loshubo también que abarcaron todas las cosas visibles e invisibles,divinas y humanas, y se pusieron a explicarlas. En esto resplandece elcandor de la niñez. Así las escuelas de Elea, de Pitágoras y de otros.En el día se concibe el mismo propósito, aunque por más difícil y largocamino. Declamen cuanto gusten los positivistas, es innegable que el máscompleto conocimiento de los seres o de sus calidades al menos, laexperiencia activa de siglos, y el haberse elevado el sabio, de laobservación y estudio de los hechos, a leyes generales de certidumbrenotoria, han infundido la natural e inevitable ambición de reunir yenlazar dichas leyes bajo un principio único de donde emanen, desometerlo todo al mismo fin y al mismo comienzo, y de fundarlo sobrebase inconcusa, encerrando, con la explicación debida, a Dios, aluniverso y al hombre y sus destinos, dentro de un armonioso sistema. Sial intentar esto no se ha logrado nunca llegar a la verdad, donde elespíritu se satisface y aquieta, al menos se han creado obras pasmosasde imaginación, como, por ejemplo, las de Leibnitz y las de Hegel.

Pero el error del poeta ha estado en no ver que el camino, por donde seva a dicho término, no es ni puede ser el suyo. Ese camino es el de lacavilación científica, del severo meditar, de los argumentos, antinomiasy silogismos, del método lógico, ya subiendo por el análisis, ya bajandodesde la síntesis, operaciones todas contrarias por naturaleza a lapoesía: la cual no puede construir ese palacio encantado, ora sea de laverdad, ora del sofisma deslumbrador, sin que esto se oponga a que entreen él cuando esté ya construido, y le célebre en un himno, en unditirambo, en un epinicio, o en una oda colosal. Claro se ve, por lodicho, que comprendemos a un poeta cantando dignamente en un raptolírico las Mónadas, la Armonía prestablecida, el eterno desenvolvimientode la Idea, o algo por el mismo orden. Lo que no comprendemos es quecree él o fabrique algo por el mismo orden en toda una epopeya. Laepopeya, que nazca de tal prurito, será una pesadilla, un delirio, uncaos, una mesa revuelta, una fantasmagoría, y casi una borrachera, queal mismo tiempo explicará y fundará poco o nada; que aburrirá a losignorantes por demasiado honda; y que tal vez por demasiado someraprovocará la desdeñosa sonrisa del filósofo y del hombre científico.

Sin embargo, de la manía de componer una obra poética de dicho género nohan adolescido sólo los locos, sino también hombres de juicio, de reposoy de peso, entre los cuales, sin duda, descuella Goethe.