Algo de Todo by Juan Valera - HTML preview

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de

honra

Y enamorados de veras,

como canta el viejo romance. Desde entonces no ha deslucido Córdoba subien cimentada reputación: y no por vana jactancia, sino con sobra demotivo, lleva por mote, en torno de los rampantes leones de su limpioescudo: « Corduba, militiae domus, inclyta fonsque sophiae. » Lucano,Séneca, Averroes, Ambrosio de Morales, Góngora y mil otros dantestimonio de lo segundo. Acreditan lo primero, en multitud innumerable,los acérrimos y audaces guerreros que por todos estilos ha criadoCórdoba; ya para pasmo y terror de los enemigos de España, como el GranCapitán; ya para perpetua desazón y sobresalto constante de losespañoles mansos, como el Tempranillo, el Guapo Francisco Esteban, elChato de Benamejí, el Cojo de Encinas-Reales, Navarro el de Lucena, yCaparrota el de Doña-Mencía.

No es, pues, llano el que haya por allí mucho marido sufrido, muchopadre complaciente, y mucha interesada y fácil mujer. La que lo es se lohace pagar caro, no tanto por la rareza, sino por lo que pierde. Sólo afuerza de regalos y de espléndida generosidad, y deslumbrando con sulujo, se hace perdonar en ocasiones sus malos pasos. Aun así, es miradacon desprecio, y no suelen llamarla con su nombre de pila, sino con unapodo irónico, como, por ejemplo, la Galga, la Joya, la Guitarrita. Talvez la designan con el nombre genérico del país de que es natural, comopara designar su origen forastero; y de éstas he conocido yo a laMurciana, a la Manchega y a la Tarifeña.

Si alguna mocita soltera o alguna casada joven siente veleidades dedejarse seducir y sonsacar, hay con frecuencia un padre o un marido quela sana y endereza con una buena vara de mimbre. Ni debe estar muyseguro y descuidado el seductor, por mucho respeto que inspire. No bastaa veces la inocencia, si es que infunde recelos algún galán. Ciertocompañero mío de colegio, en el Sacro Monte, fue, años ha, a curar lasalmas en un lugar de mi provincia. Era gran teólogo, recto y virtuoso;pero bien hablado, elegantísimo, peripuesto y agradable; era hombre queen el siglo XVIII hubiera figurado, en una corte, como el más deliciosoabate. Pues bien, en el pueblo la tomaron con él, y, como vulgarmente sedice, le abroncaron. El brónquis que le dieron llegó hasta tirarlealgunos tiros, pero con pólvora sólo, para asustarle. Él calculó que dela pólvora, si no surtía efecto, se podría con facilidad pasar a losperdigones, y se largó con la música y la teología a otra parte menosdifícil.

Semejantes extremos son raros, por fortuna. La cordobesa no es coqueta,sino muy prudente y sigilosa, y a nadie compromete. Aunque sea de la máshumilde condición, acostumbra a desahuciar al paciente enamorado,hablando de su honor, como las damas calderonianas. Cuando esto nobasta, ni chilla, ni alborota, ni escandaliza; pero se defiende cual unaPentesilea; lucha, como el ángel luchó con Jacob, en las tinieblas de lanoche; y robusta, aunque angélica, suele echarle la zancadilla,derribarle, y hasta darle una soba, todo con muda elocuencia y ensilencio maravilloso. Y no se extrañe esto, porque en la clase demuchachas pobres, y aun en algunas acaudaladas labradoras, es notable larobustez. Son más duras que el mármol, no sólo de corazón, no sólo en elcentro, sino por toda la perifería. Cierto día hicimos una gira de campocon las más garridas y principales mozas del lugar. Una de ellas,creyendo el asiento más alto, se sentó de golpe sobre un montón detejas. Eran de las macizas y mejores de Lucena. Tres vimos rotas. Ellanos dijo con encantadora modestia que ya, antes de la caída, lo estaban.

No se entienda, por lo dicho, nada que amengüe o desfigure en lo másmínimo la esbeltez y gentileza de mis paisanas. Una cosa es la densidady la firmeza, y otra el desaforado volumen. La moza que desde niñatrabaja, anda mucho y va a la fuente que está en el ejido, volviendo deallí con el cántaro lleno, apoyado en la cadera, o con la ropa lavadapor ella en el arroyo, es fuerte, pero no gorda. La fuente o el pilarera el término de mi paseo cotidiano, y allí me sentaba yo en un poyo,bajo un eminente y frondoso álamo negro. Al ver lavar a las chicas, ollenar los cántaros y subir con ellos tan gallardas, airosas y ligeras,por aquella cuesta arriba, me trasladaba yo en espíritu a los tiempospatriarcales; y ya me creía testigo de alguna escena bíblica como la deRebeca y Eliacer; ya, comparándome con el prudente Rey de Ítaca, mejuzgaba en presencia de la princesa Nausicáa y de sus amablescompañeras. Nada de miriñaques ni ahuecadores en aquellas muchachas. Elpobre vestido corto, sobre todo en verano, se ciñe al cuerpo y se pliegagraciosamente, velando y revelando las formas juveniles, como en laestatua de Diana cazadora.

Por desgracia, las damas del lugar han adoptado, en cuanto cabe, casitodas las modas francesas, y van perdiendo el estilo propio de vestirsey peinarse. Todas usaron ingentes miriñaques totales, y ahora usan elmiriñaque parcial y pseudo-calípigo que priva. El día menos pensadoabandonarán la mantilla y se pondrán el sombrerito.

Todas se peinan,tomando por modelo el figurín, y suelen llamar a este peinado de cucuné o de remangué, a fin de darle, hasta en el nombre, ciertocarácter extranjero.

Las faldas, en vez de llevarlas cortas, las llevanlargas, y van barriendo con la cola el polvo de los caminos. Enresolución, es una pena este abandono del traje propio y adecuado.

A pesar de tales disfraces, la belleza, o al menos la gracia, el garbo yel salero, son prendas comunes en mis paisanas. Tienen en el andar muchoprimor, y más aún si bailan. Los rigodones y el vals y la polca se vanaclimatando; pero el fandango no se desterró todavía. Hasta lasseñoritas salen a hacer una mudanza, si las sacan y obligan encualquiera fiesta campestre, y se mueven y brincan con gallardía ydesenfado, y repiquetean con brío las castañuelas. Mujeres hay delpueblo que, en esto de bailar y tocar las castañuelas, vencen a laTeletusa, celebrada por Marcial, en aquel epigrama que principia:

Edere lascivos ad Bætica crusmata gestus.

Si la mujer casada, como ya queda expuesto, es un modelo de pacienciaconyugal, la soltera es casi siempre un modelo de novias. Puntualmentebaja a la reja todas las noches a hablar con el enamorado, a lo que sellama pelar la pava. En cada calle de cualquier lugar de Andalucía seven, de diez a una de la noche, sendos embozados, como cosidos a casitodas las rejas. Tal vez suspira él y exclama:

—¡Qué mala es usted!

Y ella responde:

—¡Pues no, que usted!...

Y exhala otro suspiro.

Así se pasan horas y horas.

Tiene tal encanto este ejercicio, para el hombre sobre todo, que nopocos noviazgos se prolongan más que el de Jacob y Raquel, que durócatorce años, sólo por no perder el encanto de pelar la pava. Las pobresmuchachas lo sufren con paciencia, pero languidecen y se ponen ojerosas.

Verdad es que luego, cuando se casan, no sucede, como en otras partes,que la mujer sigue sirviendo, trabajando y afanando. Aunque sea el novioun miserable jornalero, procura que su novia, no bien llega a ser sumujer, salga de todo trabajo, no vuelva a escardar ni a coger aceituna,y sea en su casa como reina y señora. Si está sirviendo, se despide ydeja de servir; y ya no cose, ni lava, ni plancha, ni friega, ni guisa,sino para su marido y para sus hijos. El hombre, salvo en rarasocasiones, es quien trabaja, busca y granjea o garbea lo necesario parael sostén de toda la familia.

La cordobesa, sea de la clase que sea, es todo corazón y ternura: perosin el sentimentalismo falso y de alquimia que ha venido de extranjis.Nadie (vergüenza es confesarlo) ha pintado a la cordobesa del pueblo,verdaderamente enamorada y apasionada, como el novelista Mérimée. SuCarmen es el tipo ideal de la humilde y baja de condición, aunquesublime por el alma. Como reza el dístico del poeta griego, que sirve deepígrafe a la novela, Carmen sabe morir y amar; es admirable cuando seentrega por amor y cuando por amor muere; tiene dos horas divinas: unaen la muerte; otra en el tálamo.

De atrás le viene al garbanzo el pico, según el decir vulgar. Desdemuy antiguo es la cordobesa espejo, luz y norte de enamoradas. Sus ojos,como los de Laura, inspiran platónicos y casi místicos afectos, y hacenque un moro, como Ibn Zeidun, escriba canciones más finas que las delPetrarca, merced a la princesa Walada, que era asimismo poetisa.

Los amores de dos mujeres cordobesas han tenido un inmenso influjobienhechor en el mundo: han contribuido, casi han sido causa de las máspreciadas glorias para España, y de acontecimientos tan providenciales,que sin ellos la actual civilización europea no se explicaría. SinZahira, enamorada de Gústios, no hubiera nacido Mudarra, los sieteinfantes de Lara no hubieran tenido vengador; la flor de la caballeríacastellana hubiera perecido antes de abrir el cáliz; acaso no hubiéramosposeído al Cid, pues a no inspirarse en la espada de Mudarra y cobraraliento con ella, no hubiera muerto al Conde Lozano ni dado principio atanta hazaña imperecedera. Si doña Beatriz Enriquez no se enamorara enCórdoba de Colon, consolándole y alentándole, Colon se hubiera ido deEspaña; hubiera muerto en un hospital de locos; no hubiera descubiertolos nuevos orbes, cuya existencia había columbrado y vaticinado más demil y cuatrocientos años antes un inspirado cordobés, y para cuyodescubrimiento le dio ánimo y bríos aquella apasionada e inmortalcordobesa.

Véase, pues, de cuánto son y han sido capaces mis paisanas. Dios lasbendiga a todas.

Imposible parece que, siendo tan buenas, las descuiden y abandonen lospícaros hombres. Además de las peregrinaciones de que ya hemos hablado,las dejan para irse al casino, donde se pasan las horas muertas. Razónle sobraba al gran Donoso al tronar tanto contra el casino, en suelocuente libro sobre el Catolicismo. Es verdad que siempre ha habidocasino, sólo que antes, para los ricos, se llamaba la casilla, y estabaen la botica, y para los pobres, el casino estaba en la taberna. Pero,en el día, ni las boticas ni las tabernas han acabado, y todo lugar, porpequeño que sea, pulula, hierve en casinos. Cada bandería, cada matizpolítico tiene el suyo. Hay casino conservador, casino radical, casinocarlista, casino socialista y casino republicano. Las infelices mujeresse quedan solas. ¡No sé cómo hay mujer que sea liberal! Todas debieranser absolutistas, y muchas lo son en el fondo.

La única compensación que trae a la mujer el liberalismo novísimo es quedebilita bastante la autoridad conyugal y paternal, que antes eraterrible y hasta tiránica. A la vara se le llamaba el gobierno de unacasa; pero a la mujer briosa, como lo es la cordobesa, más le duelecuando la desdeñan que cuando le pegan: más la quebranta un desaire queuna paliza.

De todos modos, la mujer cordobesa, como las demás españolas, conservasiempre un manantial purísimo de consuelo para sus sinsabores ydisgustos: este manantial es la religión cristiana. No hay cordobesa queno sea profundamente religiosa.

Entre los hombres ha cundido la impiedad. El soldado licenciado, deretorno a su casa, ha solido traer algún ejemplar del Citador; losperiódicos se leen, y no todos son piadosos; y por último, no faltaestudiante que vuelve de la universidad inficionado de Krause y hasta deHegel, y que echa discursos a los rústicos, a ver si los hace panteistasy egoteistas.

La mujer no entiende, ni quiere entender, tan enrevesados tiquismíquis,y sigue apegada a sus antiguas creencias. Ellas son el bálsamo paratodas las heridas de su corazón: ellas le llenan de esperanzasinmarcesibles; ellas abren en su ardiente imaginación horizontesinfinitos, dorados por la luz divina de un sol de amor y de gloria.

Hasta para menos elevadas exigencias y para más vulgares satisfaccioneses la religión un venero inagotable. Casi todo honesto mujerilpasatiempo se funda en la religión. Si no fuese por ella, ¿habríaromerías tan alegres como la de la Virgen de Araceli y la de la Virgende la Sierra de Cabra? ¿Habría Niño Jesús que vestir?

¿Habría procesiónque ver? ¿Habría paso de Abraham, Descendimiento, judíos y romanos,apóstoles y profetas, encolchados, ensabanados y jumeones,hermanos de cruz, y demás figuras que salen por las calles, en la SemanaSanta? Nada de esto habría. No tendría la mujer jubileos ni novenas, nioiría sermones, ni adornaría con flores ningún altar, ni engalanaríaninguna cruz de Mayo, ni se complacería tanto en el mes de María. Lasgolondrinas, que ahora son respetadas porque le arrancaron a Cristo conel pico las espinas de la corona, serían perseguidas y muertas, y noacudirían todos los años a hacer el nido en el alero del tejado o dentrode la misma casa, ni saludarían al dueño con sus alegres píos ychirridos. Todo para la mujer estaría muerto y sin significado, faltandola religión. La pasionaría perdería su valor simbólico; y hasta el amoral novio o al marido o al amante, que ella combina siempre con elpresentimiento de deleites inmortales, y que idealiza, hermosea yensalza con mil vagos arreboles de misticismo, se convertiría encualquiera cosa, bastante menos poética.

Tal es, en general, la mujer de la provincia de Córdoba. Si entrásemosen pormenores, sería este escrito interminable. En aquella provincia,como en todas, hay mil grados de cultura y de riqueza, que hacen variarlos tipos. Hay además las diferencias individuales de caracteres y deprendas del entendimiento.

He omitido un punto muy grave. Voy a tocarle, aunque sea de ligero,antes de terminar el artículo. Este punto es el filológico: el lenguajey el estilo de la cordobesa.

La cordobesa, por lo común (y entiéndase que hablo de la jornalera o dela criada, y no de la dama elegante e instruida), aspira la hache.Tiene además notable propensión a corroborar las palabras con sílabasfuertes antepuestas. Cuando no se satisface con llamar tunante acualquiera, le llama retunante; y no bastándole con Dios, exclama: ¡Redios! En varios pueblos de mi provincia, así como en muchos de lospueblos de la de Jaén, es frecuentísima cierta interjección inarticuladaque se confunde con un ronquido. La cordobesa, por último, adorna sudiscurso con mil figuras e imágenes, le salpimenta de donaires ychistes, y le anima con el gesto y el manoteo.

El adverbio a manta se emplea a cada instante para ponderar oencarecer la abundancia de algo. Las voces mantés, manteson, mantesada y mantesonada, mantesería y mantesonería, salpican ollenan tanto todo coloquio como en Málaga la de charran y susderivados. Más singular es aún el uso del gerundio en diminutivo, paraexpresar que se hace algo con suavidad y blandura. Así, pues, se dice:«Don Fulano se está muriendito. La niña está deseandito casarse, o rabiandito por novio.»

En la pronunciación dejan un poco que desear las cordobesas. La zeda yla ese se confunden y unimisman en sus bocas, así como la ele, la ere y la pe. ¿Quién sabe si sería alguna maestra de miga cordobesala que dijo a sus discípulas: «Niñas, sordado se escribe con ele y precerto con pe»? Pero si en la pronunciación hay esta anarquía, enla sintaxis y en la parte léxica, así las cordobesas como loscordobeses, son abundantes y elegantísimos en ocasiones, y siemprecastizos, fáciles y graciosos. No poca gente de Castilla pudiera ir porallá a aprender a hablar castellano, ya que no a pronunciarle.

Sin adulación servil aseguro que la cordobesa es, por lo común,discreta, chistosa y aguda. Su despejo natural suple en ella muy amenudo la falta de estudios y conocimientos. Sus pláticas sondivertidísimas. Es naturalmente facunda y espontánea en lo que dice ypiensa. Amiga de reír y burlar, embroma a los hombres y les suelta milpullas afiladas y punzantes, pero jamás se encarniza.

¿Qué otra cosa he de añadir? Una cordobesa es avara y otra pródiga, perotodas son generosas y caritativas. Cordobesa hay que lee todavía librosantiguos, devotos los más, que pertenecieron a su bisabuela, y que estáncomo vinculados en la casa; v. gr.: La Perfecta Casada, del maestroLeon; El menosprecio de la corte y alabanza de la aldea, y el MonteCalvario, de fray Antonio de Guevara, y hasta las Obras completas(cerca de veinte volúmenes en fólio) del venerable Palafox. No lo digofantaseando: he conocido lugareña cordobesa que tenía y leía estos yotros libros por el estilo. Otras leen novelas modernas de las peores.Otras no leen nada.

Mujeres hay que han estado en Sevilla o en Madrid, que han ido a Málagay han visto la mar; y mujeres hay que jamás salieron de su pequeñavilla, y se forman de Madrid idea tan confusa como las que yo me formode las ciudades que puede haber en otro planeta. Casi ninguna estádescontenta de su suerte. La buena pasta es muy común. El orgullo,además, las excita a menospreciar lo que no está a su alcance; y el amorde la patria, encerrado dentro de los estrechos límites del pueblo enque nacieron y se criaron, se hace más intenso, enérgico y vidrioso, ylas mueve a amar con delirio aquel pueblo y aquella sociedad,prefiriéndolos a todo, y a revolverse casi con furor contra cualquieraque los censura.

Si hubiera yo de seguir contando y pintando circunstanciadamente lascosas, escribiría un tomo de quinientas o seiscientas páginas. Demos,pues, punto aquí: y, gracias a que este artículo no peque por largo, y aque tenga el lector la suficiente indulgencia, vagar y calma, paraleerle todo sin enojo, fatiga ni bostezo.

UN POCO DE CREMATÍSTICA

———

MEDITACION. (a)

I.

Cuando Virgilio, inspirado por los antiguos versos de la Sibila, por laesperanza general entre todas las gentes de que había de venir unSalvador, y tal vez por alguna noticia que tuvo de los profetas hebreos,vaticinó con más o menos vaguedad, en su famosa égloga IV, la redencióndel mundo, todavía le pareció que esta redención no había de serinstantánea, por muy milagrosa que fuese, y así es que dijo: suberuntpriscae vestigia fraudis: quedarán no pocos restos de las pasadastunanterías y miserias.

(a) Publicada en La Revista de España, en el año de 1870

Si esto pudo decir el Cisne de Mantua, tratándose de un milagro tangrande, de un caso sobrenatural que lo renovaba todo y que todo lopurificaba, ¿qué extraño es que después de una revolución, al cabo hechapor hombres, y no por hombres de otra casta que la nuestra, sino porhombres de aquí, educados entre nosotros, haya aún no poco que censurary no poco de que lamentarse? Pues qué, ¿pudo nadie creer con seriedadque la revolución iba en un momento a hacer que desapareciesen todosnuestros males, todos los vicios y los abusos que la produjeron? Larevolución podrá, a la larga, si es que logra afirmarse, corregir muchosde estos males, vicios y abusos; pero en el día es inevitable queaparezcan aún. Aparecerían, aunque los que combatieron en Alcolea en prode la revolución hubieran sido unos ángeles del cielo, de lo cual niellos presumen, ni nadie les presta el carácter, la condición y lavirtud sobrehumana.

Mediten bien lo que acabo de decir aquellos que vieron con júbilo larevolución, que la aceptaron y hoy se arrepienten, y aquéllos tambiénque siempre la tuvieron por un mal y que siguen con más ahíncoteniéndola por un mal en el día de hoy. Medítenlo, y ya conocerán que nohay mal ahora que no se derive de los pasados, como se deriva de lapremisa la consecuencia; como nace el retoño de la raíz de toda plantaantigua, si no se arrancó de cuajo y si no se extirpó; operación másdifícil de lo que se piensa.

No es esto afirmar que el estado de nuestro país sea delicioso,envidiable y floreciente. Nada menos que eso. En nuestro país hay muchodesabrimiento, muchísimo mal humor, y un disgusto enorme. Y no hay querastrear demasiado, ni que sumirse en oscuras profundidades paradesentrañar la causa. La causa es que donde no hay harina, todo esmohína. El mal, fundamento de todos los males, es entre nosotros laescasez de dinero, o para valernos de término más comprensivo, lapenuria o la inopia. En nuestra época nos dolemos más de este mal,porque la aspiración y el conocimiento del bien contrario están másdifundidos, no porque el mal sea nuevo. De atrás le viene el pico algarbanzo, como dice el refrán. Sería, pues, una insolencia exigir de larevolución que renovara el milagro de pan y peces, o que convirtiera laspiedras en hogazas. ¿Qué ha de hacer la revolución sino lo que siemprese ha hecho? Esto me retrae a la memoria el modo de saludar que suelentener en algunos lugares de Andalucía, y que no puede ser ni más castizoni más propio. Salen dos hidalgos a tomar el sol muy embozados en suscapas, y se encuentran al revolver de una esquina.—«Hola, compadre,dice el uno: ¿cómo vamos?»—Y el otro contesta:

«Trampeando: ¿y V.,compadre?»—«Trampeando, trampeando también,» replica el que hizo lapregunta. Así nada tienen que echarse en cara, y se van juntos de paseo,en buen amor y compaña.

Contra un achaque tan inveterado no sé qué remedio pueda haber. El artede producir oro, la Crisopeya, se ha perdido por completo, y ya notenemos más arte o ciencia en que cifrar nuestras esperanzas, a ver sinos saca del atolladero, que la Economía Política. Dios ponga tiento enlas manos de los que la saben y la aplican a la gestión de los negociosdel Estado. Y no lo digo porque dude yo de la ciencia. ¿Cómo dudar,cuando la ciencia es, ha sido y será siempre mi amor, aunquedesgraciado?

Dígolo a tanto de que pudiera ocurrir con algunoseconomistas lo que con ciertos filólogos que estudian un idioma, pongopor caso, el chino o el árabe, tan por principios, con tal recondidezgramatical y tan profundamente, que luego nadie los entiende, ni ellosse entienden entre sí, ni logran entender a los verdaderos chinos yárabes de nacimiento, contra los cuales declaman, asegurando que sonignorantes del dialecto literario o del habla mandarina, y que no sabensu propio idioma, sino de un modo vernáculo, rutinario y del todoininteligible para los eruditos: pero lo cierto es que por más que selamenten, quizás con razón, no sirven para dragomanes.

Tal vez se explique esto de la manera que, yendo yo de viaje por un paísselvático, acerté a explicar en qué consistía que cierto compañero mío,gran ingeniero, que se empeñó en guiarnos con su ciencia; no atinónunca, y por poco no nos hunde y sepulta en charcos cenagosos o nospierde en bosques sombríos, donde nos hubieran devorado los lobos. Yoestaba siempre con el alma en un hilo, pero ni un instante dudé de laciencia. Lo que yo alegaba era que aquella tierra era tan ruda aún, queno comprendía la ciencia y se revelaba contra ella. Volvimos entonces aconfiar la dirección de nuestro viaje al guía práctico y lego que antesnos había servido, y así llegamos al término que nos proponíamos.

Pudiera suceder, por último, que constando la Economía Política, si nome equivoco, de varias partes, como son: la creación de la riqueza, sucirculación, su repartición y su consumo, hayamos por acá estudiado afondo las partes últimas, y hayamos descuidado bastante el estudio de laprimera, considerándola acaso como imposible de aprender, y exclamandohumilde y cristianamente con el poeta: Es

el

criar

un

oficio

Que

sólo

le

sabe

Dios

Con su poder infinito.

Vivo yo tan seguro de esta verdad, que nunca he querido engolfarme en el mare-magnum de la Economía Política, teniendo por tan complicada todaesta maquinaria de las sociedades, que ni remotamente he caído en latentación de querer averiguar cuáles son los resortes que la mueven ycuáles las bases sobre que se sustenta. Siempre he tenido miedo de quevenga a acontecer al economista lo que al niño que, movido decuriosidad, rompe el juguete para ver lo que tiene dentro. Mi propósito,al escribir esta obrilla, no es, por lo tanto, discurrir económicamentesobre el dinero: dar lecciones sobre el modo más fácil de adquirirle.¿Quién sabe, dado que yo averiguase este modo, si, a pesar de miacendrada filantropía, no me le había de callar, al menos por unoscuantos años, aprovechándome de él para mi uso privado y el de algún queotro amigo muy predilecto? Mi propósito es sólo hablar del influjo queejerce el dinero en las almas: esto es, que yo no trato aquí de EconomíaPolítica, sino de Filosofía Moral, exponiendo algunos pensamientosfilosóficos acerca del dinero, ora nacidos de mi propia meditación, orade la mente profunda de los sabios antiguos y modernos que heconsultado.

No quiero, con todo, que se me tenga por tan ignorante de la cienciaeconómica, que al hablar y filosofar sobre el dinero, no sepa lo que esy confunda unas especies con otras. Hace un siglo que a nadie se lehubiera ofrecido este pícaro escrúpulo que a mí se me ofrece ahora.Entonces la generalidad de los mortales creía saber a fondo lo que eradinero, y nadie veía ni la posibilidad de que sobre este punto naciesendudas, equívocos, ni disputas. Hoy, con la Economía Política, ya es otracosa. Tomos inmensos se han escrito para explicar lo que es el dinero ylo que no es. Sin duda que todas aquellas verdades, por palmarias,sencillas y evidentes que sean, que el interés de hombres poderosos oastutos ha tenido algunas veces empeño en encubrir o tergiversar, se hanencubierto o se han tergiversado porque siempre ha habido infinitonúmero de páparos en el mundo. De estas verdades, las que se refieren aldinero, al capital o a la riqueza, son las que han ofrecido más estímuloa estas tergiversaciones y engaños; pero aunque no pueda negarse que loseconomistas, que ponen, por decirlo así, definitivamente en claro estasverdades, hacen un gran servicio al público, no puede negarse tampocoque la mayor parte de estas verdades son de las que se llaman dePero-Grullo. Para quien ignora la burla que han hecho algunos hombres dela credulidad de sus semejantes no es concebible, por ejemplo, que unsabio economista emplee gravemente medio tomo de lectura en demostrarque el dinero no es un mero signo representativo de la riqueza, sino quetiene y debe tener un valor en sí; que una peseta, no sólo representa elvalor de cualquiera cosa que valga una peseta, sino que vale y debevaler lo mismo que cualquiera cosa que valga una peseta, y que cuatrocosas que valgan a real cada una, y que treinta y cuatro cosas quevalgan a cuarto. Todavía han empleado más fárrago los economistas endemostrar otra verdad, de la cual es más inverosímil que nadie hayadudado nunca, y en cuya demostración parece absurdo, a los que no estániniciados en los misterios de la Economía Política, que nadie se afanecon formalidad. Es esta verdad que el dinero no es toda la riqueza, sinouna parte de la riqueza. ¿A quién ha podido nunca caber en el cerebroque no es rico cuando no tiene dinero, y tiene trigo, olivares, viñas,casas, hermosos muebles, alhajas, telas, etc.? Si todos estos objetoslos reduce mentalmente a dinero, los aprecia y los tasa, encontrará quetiene una riqueza, por ejemplo, de dos millones de reales. Pero al hacerla tasación, no hace más que determinar con exactitud el valor de lo queposee, adoptando una medida común, que es el dinero. Si en vez de losreales, de los escudos o de las pesetas, fuesen los bueyes la medida,diríamos que tal propietario tenía una tierra que valía quinientosbueyes, y tal empleado un sueldo de veinte bueyes al año. La ventaja deloro o de la plata acuñados para moneda se deduce evidentemente de loexpuesto. ¡Bendito y alabado sea Dios que nos ha hecho nacer en unaépoca en que todo se averigua y se explica tan lindamente! Un buey espoco portátil, no cabe en el bolsillo, no pasa en todos los mercados,gasta en comer y se puede morir, y el dinero ni come ni se muere. Ademásun buey puede ser más gordo o más flaco, más chico o más grande, másviejo o más joven; mientras que un escudo es siempre un escudo, goza deeterna juventud, y tiene o debe tener el mismo peso y la misma ley.

Tal es la gran ventaja de que goza esta ciencia. Es tan clara, tanpedestre y tan sencilla, que los niños de la doctrina pudieranentenderla si quisiesen. Y sin embargo (¡cosa, por cierto admirable!),apenas dan un paso desde terreno tan firme y seguro, y desde lugar tanclaro suelen caer los economistas en un mar sin fondo o en el senooscuro de la noche cimeriana. La Economía Política pasa a escape, saltade la perogrullada al sofisma con una agilidad portentosa.

En esta misma cuestión de si los metales preciosos, el oro y la plata,son mejores que los bueyes para moneda, ocurren dificultades ycontradicciones imprevista. Sirva de muestra lo siguiente: Si la deudaque el Estado español ha contraído y sigue contrayendo se estimase enbueyes, no se podría rebajar en un 5 por 100, en una vigésima parte, ano ser que las siete vacas flacas del sueño de Faraón procreaseninfinitamente y llenasen el mundo todo de bueyes cacoquimios yencanijados; pero estimada la deuda en pesetas, se ha hecho la rebajacon la mayor suavidad, de una sola plumada, y casi sin que nadie sepercate de ello. Los bueyes, chico con grande, a no ser hijos de lasvacas flacas, siempre serían bueyes; pero las pesetas nuevas no son comolas antiguas, y el día en que la acuñación de la nueva moneda estéterminada, podremos asegurar que en vez de deber, por ejemplo, 20.000millones de reales, deberemos 19.000, a no ser que la alteración de lamoneda no rece con los acreedores del Estado, y les sigamos pagando losintereses con arreglo a la ley antigua.

Pero dejando a un lado esta cuestión, conste que, si bien aquí usamos dela palabra dinero en la acepción de capital o de riqueza, hacemosperfectamente la distinción de estas cosas, como la han hecho todos loshombres de todos los siglos, sin necesidad de que los economistas losadoctrinen. La razón que nos lleva a llamar dinero a toda riqueza, esque el dinero es una riqueza sin la que no se puede pasar. El dinero esademás un valor que circula más fácilmente que todos los demás valores,y que los representa y los mide. El dinero no es toda la riqueza, sinola parte móvil, líquida y más circulante de la riqueza. La sangre no estoda la vida en el cuerpo, y sin embargo no viviríamos si la sangre nocirculara o si toda la sangre se nos escapase; aunque no escompletamente exacta la comparación, porque no hay comparacióncompletamente exacta. Nada hay en el cuerpo que pueda reemplazar a lasangre; pero en la sociedad hay algo que puede reemplazar al dinero, yeste algo es el crédito, el cual no crea un átomo más de riqueza, peropone en circulación y presta movilidad y casi ubicuidad e mucha parte dela riqueza que está parada e inerte. En suma, el dinero, aunquereemplazable por el crédito, es una parte de la riqueza, y así por estocomo por ser la parte más viva, más enérgica y más circulante, es undolor que se pierda. La sociedad que no tiene dinero, o el individuo queno tiene dinero, ya están aviados.

Después de largos estudios handeducido, pues, los economistas que el dinero es indispensable alhombre desde el momento que el hombre vive en sociedad; agudasentencia, cuya verdad resplandece más que la luz del mediodía.

II.

Sentadas ya estas bases, voy a discurrir y a filosofar un poco sobre lasrelaciones del dinero (y en general de toda riqueza) con las costumbresy con las más altas facultades del espíritu humano. Empezaré porcombatir algunos errores.

El primero y más capital consiste en creer que, en nuestros días, es eldinero más estimado que en otras épocas. Nada más falso. En el día dehoy, los hombres son como siempre; pero si alguna mudanza ha habido, hasido favorable. Casi se puede afirmar que los hombres se han hecho másgenerosos.

Fácil me sería acumular aquí una multitud de ejemplos históricos, desdelas más remotas edades hasta ahora, a fin de probar que el interés hadominado al mundo desde entonces, y su imperio, lejos de aumentar,decae. No quiero, sin embargo, hacer un trabajo erudito, sino unameditación filosófica.

Los poetas satíricos, los novelistas, los autores de comedias de todoslos pasados siglos, han dado muestras de que en la época en que vivíanse estimaba más el dinero que en la presente. Aun los mismos refranes,antiquísimos vestigios de lo que se llama sabiduría popular, vienen enapoyo de lo que digo.— Por dinero baila el perro.

Cobra y no pagues,que somos mortales. Dádivas ablandan peñas. Ten dinero, tuyo oajeno. Quien tiene dineros, pinta panderos. —Y así pudiera yo seguircitando hasta llenar un pliego de impresión. Pero aún citaré otro refránque, por ser España un país tan católico, debe considerarse como lahipérbole más subida de que todo se logra con dinero; de que todo secompra y se vende, hasta lo más venerable y santo. El refrán dice: Pormi dinero, Papa le quiero.

En los países de una cultura atrasada, se advierte un fenómeno, que,conforme nos vamos civilizando y puliendo un poco más, mengua, ya que nodesaparece del todo. Es este fenómeno la deshonra, el descrédito, lavehemente sospecha, y aun el horror que rodea al que es pobre, el cuales aborrecido, cuando no es despreciado. El refrán antiguo españoldeclara que El dinero hace al hombre entero: esto es, que el dinero esgarantía de rectitud, de probidad y de entereza en quien le tiene. Máslejos va aún otro refrán que dice: La pobreza no es deshonra, pero esramo de picardía. Nuestro inmortal Cervantes, haciéndose eco de estesentimiento general, afirma, no una sola vez, que es dificilísimo queun pobre pueda ser honrado. El reverendo Fray José de Valdivielso, ensu Poema de San José, no acierta a concebir que el Santo, padreputativo de Nuestro Divino Redentor, y descendiente de reyes, pudieseser pobre y vivir de un oficio mecánico: así es que asegura que San Joséera carpintero por distracción, y no para ganarse la vida:

Pues

debió

de

tener

juros

reales,

Cual descendiente de señores tales.

Bien se puede apostar que a nadie se le ocurriría, en nuestro siglo,disculpar a San José de haber sido carpintero, y suponer que teníaTreses o Billetes hipotecarios.

Ni por la nobleza de sangre se disculpaba la pobreza; antes el tenerdinero ha sido en todos los siglos origen de hidalguía. Dineros soncalidad, Más vale el din que el don, son refranes que corroboran miaserto.

La profunda veneración que inspiran el dinero y quien le posee ha sidosiempre idéntica. Lo que ha disminuido algo es el horror o el desprecioal pobre, y ciertas asechanzas de que el rico debía de verse, en loantiguo, perpetuamente circundado. El hombre prudente y discreto tenía,no hace muchos años, en todas partes, y en el día tiene aún, en nopocas, que hacer, si puede, un gran misterio del estado de su hacienda,sobre todo si es o era muy rico o muy pobre: si es muy pobre, para queno le desprecien; y si es muy rico, para que no le roben o le maten. Deaquí, de esta espantosa disyuntiva entre ser despreciado o amenazado demuerte, nació aquella sentencia de los moralistas, que hoy en los paísescultos nos parece tan necia y tan absurda, de que lo que había quedesear era una medianía de fortuna, a fin de vivir feliz y tranquilo, nienvidioso ni envidiado. Porque, a la verdad, si el dinero es un bien,mientras mayor sea el bien, debe ser más apetecible, y no se concibe la áurea mediocritas, celebrada por Horacio y por todos los poetas deotros tiempos, sino recordando que el hombre acaudalado estaba decontinuo expuesto a que le matasen o maltratasen para robarle, ya elemperador o el príncipe bajo cuyo imperio vivía, ya la plebe codiciosa.Y cuando a la riqueza no iba unido un alto grado de poder, era másconstante el peligro, y casi imposible de conjurar. No creo yo que elodio profundo que tuvimos en la Edad Media a los judíos proviniese sólode que eran el pueblo deicida, sino de que eran ricos. Las frecuentesmatanzas de judíos que hubo en España acaso no hubieran llegado arealizarse, si los judíos hubieran tenido la prudencia de quedarsepobres. Algo parecido puede afirmarse de los frailes en estos últimostiempos, luego que perdieron el poder y conservaron la riqueza, si bienel escándalo ha sido menor, porque la dulzura de las costumbres, lamayor abundancia de dinero y de bienestar, y el más concertado ypolítico modo de vivir de los hombres, han disminuido el aborrecimientode los que no tienen a los que tienen.

Prueba de esta confianza de los que tienen es que ya, en los paísescultos, nadie o casi nadie atesora. Pocos años ha, todos los que podíanatesoraban. La literatura popular está llena de historias y leyendas detesoros ocultos, guardados por un dragón, por un gigante o por unmonstruo terrible, que nada menos se necesitaba para que no los

robasen.Estos

tesoros

estaban,

o

se

suponía

que

estaban,

tan

hábilmenteescondidos, que era menester un don sobrenatural para descubrirlos.

Deaquí se originó la idea de los zahoríes, que descubrían los tesoros. Laciencia de los zahoríes, perdiendo hoy su carácter poético ysobrehumano, ha llegado a trasformarse en la Estadística, disciplinaauxiliar de la Economía Política, con respecto a la cual, viene a ser loque es la Anatomía con respecto a la Fisiología. La Estadística es unverdadero primor de ciencia, y a fin de que de ella formen pronto losprofanos el concepto que merece, podemos definirla la ciencia que noscuenta los bocados. Por esta ciencia se averigua cuánta harina, cuántacarne, cuántas judías y cuántos garbanzos se devoran al año; lo que segasta en ropa y en calzado; lo que se produce y lo que se consume. Todoesto sería más fácil de averiguar si la gente, temerosa de que leimponga el Gobierno más contribución, no disimulara un poco lo quegasta, aparentando darse aún peor trato del que suele.

Sin embargo, el afán de ocultar la riqueza y de disimular que se tienealgún dinero ha desaparecido casi del todo en nuestra edad. En laspasadas era tanto el peligro que corría el dinero saliendo a relucir,que legítimamente tenía que ser usurero quien le prestaba. El crédito,que pone en movimiento las fuerzas productivas, apenas era conocidoentonces.

Hoy, por el contrario, el desenfado, la movilidad, la animación deldinero, que se presenta sin temor en todas partes, menos en España, yque se agita y circula, es lo que hace creer a los hombres pocopensadores que vivimos en un siglo metalizado; que ahora no se piensa nise habla sino de dinero. ¡Qué error tan craso! Pues ¿por ventura es másreverenciada, más adorada la imagen que sale por las calles y plazas,aun cuando sea en muy devota procesión, y doblando todos a su paso larodilla, que la divinidad misma, oculta siempre en el fondo delsantuario, por temor de que la profane el vulgo con sus miradas, y hastacuyo nombre es incomunicable y desconocido a cuantos no están iniciadosen sus misterios?

Hay asimismo otras muchas razones para que en el día se estime menos eldinero. Es la primera, que hay más. Es la segunda, que con el créditollega más fácilmente a todas partes. Es la tercera, que produce menosintereses. (Ninguna de estas tres razones militan hoy en España. Loseconomistas explicarán por qué.) Es la cuarta, y quizás la más poderosa,que nuestro siglo, como más civilizado que los anteriores, es tambiénmás espiritualista.

Y aquí no puedo menos de detenerme a condenar la ridícula manía de losque dan en acusar de materialista a nuestro siglo. ¿Qué siglo hubo nuncamás espiritualista que el nuestro? La música es el arte más espiritualde todos y florece ahora con florecimiento extraordinario. Apenas haytonto, el cual, si hubiera vivido dos o tres siglos ha, no hubieragozado más que en comer, que no goce ahora, o por lo menos que no digaque goza, oyendo la música más sabia y alambicada. Juan Ruiz, Arciprestede Hita, afirma que sólo hay dos cosas esenciales que mueven al hombre:a saber: mantenencia, y otra que no me atreveré a mentar, aunque elArcipreste la mienta, escudado con Aristóteles:

Si

lo

dixiese

de

mió,

sería

de

culpar;

Dícelo grand filósofo; no soy yo de reptar.

¡Tan materialista era el concepto que en el siglo XIV tenía un sacerdotecatólico, en la católica España, de los móviles esenciales de lasacciones humanas! Fuera de estos móviles no acertaba a descubrir otromóvil. ¡Cuánto han variado las cosas en el día! La música mueve tambiénal hombre y no hay quien no guste de ir al teatro Real.

Pero el espiritualismo de nuestro siglo es sintético, y ésta es la causade que algunos, que no le comprenden, acusen de materialista a nuestrosiglo. En los pasados, o no se hacía caso de la materia y se la dejaba asus anchas como cosa perdida y dada al diablo, cayendo los que talhacían en el molinosismo, o se la maltrataba y castigaba como a súbditorebelde por donde venían las gentes a dar en el ascetismo más cruel.

Ennuestra época, tratan las gentes de rehabilitar la materia, en el buensentido de la palabra, y la purifican cuanto pueden. La materia al fines obra de Dios, y, aunque algo pervertida por el pecado, no es cosa tanabominable como se asegura. Al fin ella ha de resucitar y ha de ir alcielo, si bien trasfigurada y gloriosa. Por eso no me parece mal quevayamos puliéndola, perfeccionándola, hermoseándola y sutilizándola eneste mundo. Para pulirla suelen los hombres, en ciertos paísesadelantados, lavarse ya todos los días, costumbre rara, cuando nodesconocida de la cristiandad, ciento o doscientos años hace, y contrala cual aún fulminan sus anatemas el piadoso señor Veuillot y otrossantos padres. Por eso no se comprendía bien la significación delprincipio de aquella oda de Píndaro: Alto don es el agua. Antes alcontrario, el agua era mirada con horror y con miedo, como causa de losmayores males, sobre todo para las personas de cierta edad. De aquí elrefrán hidrofóbico tan acreditado: De cuarenta para arriba, ni tecases, ni te embarques, ni te mojes la barriga. Un hombre de setentaaños, cuándo o dónde no había, o no ha caído en desuso este refrán,debe, o debía de tener su piel cubierta de más estratificaciones quenuestro globo. Si en este descuido de la materia, que hubo en los siglospasados, es en lo que consiste el espiritualismo, se debe preferir sermaterialista. Pero se me antoja que el verdadero espiritualismo consisteen limpiarse, mondarse y purificarse, así el alma como el cuerpo. Unhombre limpio no es capaz de sentir tan bestiales apetitos como unhombre sucio. En muchos tratados de moral, escritos por frailes, que deseguro se lavaban poco, he leído precauciones tan inauditas para evitarla tentación, que me pasman y me hacen imaginar que los hombres y lasmujeres de entonces serían como la yesca, la pólvora y el fuego. Uno deestos autores aconseja que, cuando haya que entregar algo a una mujer,se ponga lo que ha de entregarse en alguna mesa o en algún otro sitio, yno se dé con la mano, a fin de evitar el más ligero frote o casualtocamiento, y añade que las personas de diferente sexo, cuando estén máspróximas, deben estar por lo menos a una distancia de cuatro varas. Laefervescencia, que supone este exceso de precaución, provenía sin dudade la poca agua, la cual refresca, molifica y hasta espiritualiza.

Ello es lo cierto que la concupiscencia no es tan feroz en el día comoen tiempos pasados. ¿Cuánto no sorprenden aquellos penitentessolitarios, que después de crueles y largos ayunos aun no podían domar yponer freno a ciertas malas pasiones, que representaban en su lenguajemístico llamándolas el asnillo? ¿Cuánto no espanta, por ejemplo, aquelSan Hilarión, que no comía más que una docena de higos secos al día, ytuvo que acortarse la ración en más de la mitad, porque se sentía muybravo y emberrenchinado? En este sentido somos también másespiritualistas ahora. Mientras entonces el estudio de la Teologíasobreexcitaba los sentimientos y encendía en amor el alma afectiva, amorque con facilidad podía torcerse a mala parte; hoy, estudiando losjóvenes briosos, desde sus tiernos años, negocios tan serios como laFilosofía de Krause o la Economía Política, se hacen por fuerza másmorigerados y menos traviesos; adquieren una gravedad que les cae muybien; y todo el fuego y lozanía de la imaginación se les va, no encoplas y requiebros a las muchachas, sino en ditirambos dulcísonos enprosa rimada, ora al libre-cambio, ora al desestanco de la sal, ora aotro objeto del mismo orden, que allá en lo antiguo ni se sospechabasiquiera que pudiese ser blanco de tantos disparos poéticos y de raptoslíricos tan maravillosos.

Estos síntomas de espiritualización se notan hoy por donde quiera. Yacon la homeopatía, hasta los achaques de la materia se curan casiespiritualmente. No se toman remedios, sino se toman, por decirlo así,las virtualidades, el espíritu, la sombra vaporosa de los remedios.¿Quién sabe si dentro de poco se inventarán también alimentoshomeopáticos, de que ya son precursores el extracto de carne de Liebig yla Revalenta, y nos nutriremos con la virtualidad o la esencia eléctricae imponderable de los pavos y de los jamones, en vez de nutrirnos delmodo vulgar y grosero que ahora se usa?

Los recientes descubrimientos de los fisiólogos prueban la grosería conque la naturaleza procede hasta hoy en esto de la nutrición. Asegúrase,como verdad evidente, que en menos de un mes mudamos por completo todoslos átomos o moléculas de nuestro organismo y tomamos otros. El alma, elprincipio oculto de la vida, la virtud plasmante, la energía informante, la forma óntica, como la llama un sabio amigo mío, es sólo lo quepermanece. Lo demás cambia sin cesar. La vida es, pues, no por estilopoético y figurado, sino con toda realidad, un rió, un torbellino, untorrente impetuoso. Un caballero, de regular corpulencia, que llegue avivir setenta años y que pese seis o siete arrobas, puede asegurar queha tenido, asimilado y poseído como parte de su organismo, desde sunacimiento hasta la hora de su muerte, unas 5.000 o 6.000 arrobas desustancias, las cuales, si no están dotadas de gran densidad, tal vezformen un volumen de uno, dos o tres kilómetros cúbicos. Pregunto yo,¿para qué es este jaleo, esta mudanza, esta incesante trasmigración demateria, cuando la forma persiste; cuando, si tenemos una berruga,conservamos siempre la berruga? ¿No sería mejor, y no es posible que sedescubra, el que no perdamos sustancias con tanta frecuencia, y el queno tengamos tampoco que reponerlas de continuo? Esta si que seríaEconomía, si llegara a descubrirse. ¿Qué es la vida más que undesenvolvimiento de calórico, un fuego, una llama? Y qué, ¿no podremosjamás sacar de su estado latente ese fluido imponderable y sutil, sin lacombustión de muchas sustancias? ¿No llegaremos nunca a producir elfuego que mueva nuestras máquinas, sin tener que consumir toda la Floraexuberante y gigantea de las edades primitivas, y a conservar el calorvital sin destruir tantas formas, y sin devorar tantos seres? Yo veoseñales claras de que se acercan los tiempos de estas invenciones. Lafrenología y el magnetismo han venido a demostrar las armonías íntimas ymisteriosas que enlazan el espíritu y la carne. La electro-biología esuna ciencia que empieza ahora, y que tiene aún que dar mucho de sí. Talvez no esté muy lejos el dichosísimo y gloriosísimo día en que,alimentados de un modo menos grosero, se volatilicen nuestros cuerpos, yse sostengan en el aire, y lleguen a ser ubicuos y compenetrables, yhasta diáfanos y luminosos.

Por todas estas consideraciones y por otras que callo, a fin de no hacermuy prolija la digresión, tengo por cierto que nuestra edad, si peca poralgo, es por pneumatosis o sobra de espiritualismo.

Y sin embargo, se me dirá, en este siglo tan espiritualista, se ama eldinero poco menos que sobre todo. Convengo en que hay este amor, pero noen que no le haya habido siempre, y quizás más vivo. No voy adisculparle ahora, pero sí a explicarle.

Al compás que una sociedad vaya siendo más perfecta y bien organizada,el dinero irá adquiriendo una virtud más significativa (aproximándose ala infalibilidad) de que es inteligente, laborioso y precavido quien leposee. El dinero representará entonces el talento, el trabajo y otrasmuchas virtudes. El no tener dinero significará, casi equivaldrá a serholgazán, ignorante y para poco. No hemos llegado aún, por desgracia, aeste grado de perfección social, y hay aún muchas personas que adquierenmal el dinero. Mas como el confesar que el mayor número le adquiere mal,aun dado que esto fuera cierto, sería ocasionado a gravísimos peligros,y daría pretexto a los pobres para odiar a los ricos, todas las personasrazonables y amigas del orden y del sosiego públicos, debemos creer ycreemos que no hay dinero mal adquirido, mientras un tribunal no pruebelo contrario. Por donde legítimamente, y echando a un lado la malapasión de la envidia, el ser rico significa, y tiene que significar, quevale más quien lo es que el que es pobre. En resolución, el dinero es ytiene que ser la medida exacta del valer de una persona.

Cierto que hay algunas rarísimas virtudes y prendas superiores aldinero, que no traen dinero, y que, en el momento en que se tuviesen oejerciesen con el fin de adquirir dinero, dejarían de ser talesvirtudes; pero tales virtudes tienen su precio en ellas mismas. Lavirtud por excelencia es tan preciosa, que nada hay en la tierra quepueda pagarla. Por esto me ha parecido siempre ridículo todo premioofrecido a la virtud. Quien se pusiera a ser virtuoso para ganar elpremio, no sería virtuoso. Ni siquiera suelen ganarse con la virtud lafama y el respeto de los hombres, porque es difícil de averiguar si elvirtuoso lo es por firmeza y rectitud de alma o por apocamiento, necedado cobardía; y los hombres, como no sea la virtud muy manifiesta,procuramos siempre atribuirla a dichas calidades negativas. Así es que,en casi todos los idiomas antiguos y modernos, la palabra bondad,apartada de su sentido recto, significa simpleza, como dabbenaggine enitaliano, euetheia en griego, bonhomie en francés, etc., etc. Perocomo la virtud es y debe ser también superior a la vanagloria, elvirtuoso, no sólo debe serlo aún a trueque de ser pobre, sino a truequede pasar por un solemne majadero.

Ciertas declamaciones y diatribas contra los vicios, la corrupción y ellujo, me han parecido siempre más propias de la envidia o de la sandezque de un espíritu recto y juicioso. Cuando se dice, por ejemplo, elhombre de bien está arrinconado y desatendido y vive pobremente, y talbribón habita en un palacio y da fiestas espléndidas; la mujer honradaanda a pie por esas calles, llenándose de lodo, y tal manceba va consedas, encajes y joyas, en un soberbio coche; cuando esto se dice,repito, yo no puedo menos de reírme en vez de conmoverme. Pues qué, ¿sequiere que la probidad se pague con palacios, y la castidad condiamantes y trenes? Entonces los mayores galopines se harían probos paravivir a lo príncipe, y las suripantas echarían la zancadilla aLucrecia y a Susana, a fin de conseguir por ese medio lo que por elopuesto logran ahora. La verdad es que el mundo anda menos mal de lo quese cree.

Mucho tiene que sufrir la virtud; pero si no tuviera que sufrir ¿seríavirtud? ¿Qué mérito tendría? Y sin duda que la piedra de toque, en quese aquilata y contrasta el sufrimiento, es esta duda en que deja elvirtuoso a los demás hombres acerca de si su virtud es tontería,impotencia o amilanamiento y poquedad de espíritu. Hombres hay que noresisten a esta prueba. Han tenido valor para quedarse pobres, pero nole tienen para pasar por tontos. Mujeres honradas ha habido que tienenvalor para vivir con poco dinero, mas no para que crean que ha faltadoquien se le quiera dar. ¡Dios nos libre de esta gran tentación de evitarla nota de mentecatos y para poco! ¡Dios libre a las mujeres honradas deesta gran tentación de evitar la nota de faltas de donaire y atractivo!

Fuera de estas excelencias y sublimidades de nuestro ser, apenas hayotra calidad en el hombre que no tenga por medida el dinero. La cienciaespeculativa y la poesía más elevada se sustraen sólo a dicha medida. Nila ciencia especulativa, ni la poesía más elevada, están por lo común alalcance del vulgo. Al sabio y al poeta rara vez la fama puedeconsolarlos de ser pobres, si lo son. Los pensamientos sublimes, y ladelicadeza y el primor del estilo, son prendas que pocos saben estimar.La gloria es casi siempre tardía para este linaje de hombres. Pocossemejantes suyos aciertan a comprender lo que valen. Así es que su famava cundiendo y acrecentándose por autoridad, disputada y contradicha amenudo, y tan lenta y pausadamente, que el sabio y el poeta suelenmorirse sin gozar de aquel respeto y aun adoración que más tarde setributa a su memoria.

El mismo sabio, y más aún el poeta, por excelente crítico que sea, no sepueden consolar con la conciencia y seguridad de su valer, por los demáshombres desconocido o negado. No saben a punto fijo si el juicio queforman sobre ellos mismos está torcido por el amor propio.

Una obra de ingenio es harto difícil de juzgar, y la buena reputaciónque adquiere se debe a pocos sujetos entendidos que logran imponer suopinión, a veces al cabo de muchos años, cuando no de siglos. Los demáshombres se someten a esta opinión por pereza, o porque habiendo yamuerto el autor de la obra, les importa poco que sea celebrado yensalzado. La idea de que la fama de aquel autor redunda en honor de lapatria o de la humanidad toda, contribuye a que, contenidos por ciertoegoísmo, sean pocos los hombres que tiren a destruirla. Por lo demás, lagloria de los grandes escritores suele ser póstuma y sumamente vana. Decada mil personas que citan, por ejemplo, a Homero como al primer poetaépico, diez a lo más, en los países cultos, le han leído, y de estasdiez, nueve se han aburrido o dormido leyéndole: una sola ha gustadoacaso de aquellas bellezas y excelencias.

La poesía, pues, en su más elevada acepción, así como la virtud en suacepción más elevada, tiene sólo la recompensa en ella misma, en lacreación de lo ideal, en la fijación y depuración de la belleza, queaparece escasa, mezclada con elementos extraños y fugitiva en el mundo,y a quien el poeta aparta y sustrae de lo feo, y da una vida inmortal, afin de que gocen de ella las pocas almas que por su propia hermosura soncapaces de comprenderla.

Entiéndase, con todo, que, salvo las mencionadas archi-sublimesexcepciones, nada es más falso en cierto sentido que aquello de que honra y provecho no caben en un saco. Al contrario, cuando el públicono honra es cuando no enriquece, y siempre enriquece cuando honra. Elmás o el menos de enriquecer depende de circunstancias que nada tienenque ver con la honra. En los países ricos y prósperos, el buen poetaque, por la condición de su ingenio, se hace popular y famoso, se hacetambién rico. Y, aparte el respeto que se le debe, Adam Smith seequivocó al suponer que los comediantes, cantores y bailarines, ganabanmucho dinero en compensación del decoro que perdían en su oficio, elcual, si fuese más honrado, sería ejercido por más personas hábiles, yesta concurrencia haría bajar el precio. Los susodichos artistas estánmucho mejor mirados en el día que en tiempo de Adam Smith, y no por esoabundan los buenos, ni se venden baratos sus servicios. Se venden caros,porque hay pocos que sean aptos para hacerlos; y porque la manera depagarlos se presta a que subsista la carestía, compartiéndose la cargaentre muchísimas personas.

Resulta de lo expuesto, y aún resultaría más claro si me extendiesecuanto pide la magnitud del asunto, que por la misma naturaleza de lascosas, y sin que deba nadie quejarse de ello, ni hacer un capítulo deculpas a nuestro siglo, ni a los pasados, ni a los hombres de ahora, nia los de entonces, lo más universalmente respetado, amado y reverenciadoes el dinero, y por lo tanto, aquel que le posee. Aun las mismas almascelestiales y puras, enamoradas del amor, de la gloria y de todo lobueno y santo, andan también enamoradas del dinero, como medio excelentede que tengan buen éxito aquellos otros enamoramientos etéreos.

La generalidad de los hombres ama más el dinero que la vida. Cualquierapersona, por poco simpática que sea, cuenta de seguro con unos cuantosamigos que aventurarían por ella la vida, que le harían el sacrificio desu existencia. ¡Cuántos salen al campo en duelo a muerte por defender aun amigo! Casi nadie, sin embargo, sacrificaría por un amigo su caudal,ni la vigésima, ni la centésima parte de su caudal.

Se está un hombreahogando, se está otro quemando vivo en una casa incendiada, y, dichosea en honra de la humanidad, rara vez falta quien por salvarle seaventure, se arroje a las ondas embravecidas o a las llamas. Sinembargo, el héroe salvador quizás ha rehusado algunos días antes dar unalimosna de dos reales a la persona salvada ahora tan generosamente.Viceversa, los agraciados estiman siempre más el sacrificio que se hacepor ellos de una pequeña suma de dinero, que el de la vida misma. Y

estopor mil razones muy justas. La vida se sacrifica o se expone porcualquiera cosa; el dinero no. No hay pelafustán que no tenga una vidaque exponer como cualquiera otra vida; pero no todos tienen dinero queexponer o sacrificar. El funámbulo, el domador de fieras, el albañilsubido en un andamio, el minero que penetra en una mina insegura, enfin, casi todos los hombres exponen su vida por cualquier cosa, por unmiserable jornal, por una mezquina cantidad de dinero. ¿Qué hizo másEdgardo por Lucía de Lammermoor, qué hizo más D. Suero de Quiñones porla señora de sus pensamientos, que lo que puede hacer y hace a cadainstante, con menos estruendo, el último perdido, por ganar unas cuantaspesetas? Por consiguiente, una considerable suma de pesetas vale más quelos arrojos de Edgardo y que las bizarrías de D. Suero.

Es evidente que el pobre, aunque puede amar, no puede expresar su amorde un modo tan claro y tan brillante como el rico. Así es que los ricossuelen ser más amados que los pobres, aun por las mujeresdesinteresadas.

El dinero da asimismo mérito intrínseco, y el no tenerle le quita, lemerma o le anubla. El dinero da buen humor, urbanidad, buena crianza, y,como diría cierto diplomático, soltura fina. Nada, por el contrario,ata y embastece más que la pobreza.

El pobre es tímido y encogido, oanda siempre hecho una fiera. Toda palabra en boca del rico es unagracia, por donde, la misma confianza que tiene de que sus gracias van aser reídas y aplaudidas, le da ánimo e inspiración, para ser gracioso.El pasmo con que todos le miran, el gusto con que todos le oyen, haceque parezca gracioso, aunque no lo sea. Pero lo es, y no cabe duda enque lo es. Yo, por ejemplo, he oído en boca de un señor muy rico todoslos cuentecillos más groseros y sucios que refieren los gañanes de mitierra, y que ya ni el atractivo de la novedad debieran tener para mí nipara nadie, y sin embargo, me he reído como un bobo, me han hecho muchagracia, y los he encontrado llenos de aticismo en boca de dicho señor.Creo, además que, en efecto, lo estaban, porque yo no me movía a reírlosni a celebrarlos con falsa risa, ni por interés alguno. La seguridad, lasuperioridad, el magnetismo sereno, que trae consigo el tener dinero,producían este fenómeno.

No se debe extrañar, pues, que las personas ricas sean amadas yadmiradas. En el día las amamos con más desinterés que antes. Nunca, porejemplo, ha habido menos hombres mantenidos por mujeres que en estaépoca, si se exceptúa bajo la forma legítima, aunque desairada, del coburguismo. En otras edades era frecuente, casi general, y no estabamal mirado el coburguismo ilegítimo masculino, desde Ciro el Menor conEpiaxa, reina de Cilicia, señora es de creer que ya jamona, a quienaquel héroe sacaba mucha moneda, hasta los galanes caballeros de lacorte de Luis XIV y Luis XV.

Lo que es el coburguismo femenino, legitimo, o ilegítimo, sigue hoycomo en las primeras edades del mundo, desde Raab y Dalila hasta lagallarda y elegante Cora.

Este coburguismo es más disculpable que elmasculino. Lope de Vega le disculpaba diciendo:

No

estaba

pobre

la

feroz

Lucrecia,

Que,

a

darle

Don

Tarquino

mil

reales,

Ella fuera más blanda y menos necia.

Y Ariosto, con la leyenda El Perro precioso, inserta en el Orlando,le disculpa mucho más. Yo no le disculpo, pero le excuso, aunque no seamás que por el desinteresado amor y la admiración sincera que infunde elhombre rico, como no sea una bestia, aun en las almas más escogidas ynobles.

El hombre rico se hace en seguida gran conocedor de las bellas artes yde la literatura, y las protege, remedando a Lorenzo el Magnífico y aMecenas; adorna y hermosea su patria con soberbios monumentos, comoHerodes Atico; y hace, por último, otros cien mil beneficios.

Aunque no haya sido muy moral ni muy amante del orden antes de ser rico,luego que lo es, el mismo interés le presta por lo menos una moralidad yuna religiosidad aparentes que no dejan de ser útiles.

Infiero yo de todo lo dicho que no debemos achacar a corrupción denuestro siglo, ni a perversidad del linaje humano, este amor entrañableque todo él profesa al dinero.

¿Qué otra cosa ha de amar en la tierra,si no ama el dinero, que las representa todas, las simboliza y lasresume? Lo cierto es que casi todo lo útil, lo conveniente, lo prácticoque se hace en el mundo, se hace por este amor. El dinero es la fuerzamotriz del progreso humano, la palanca de Arquímedes que mueve el mundomoral, el fundamento de casi toda la poesía, y hasta el crisol de lasvirtudes más raras. La mayor parte de los hombres que desprecian oaparentan despreciar el dinero, lo hacen por despecho y envidia; imitana la zorra, diciendo: no están maduras. Los que aman con sinceridad lapobreza, los que la creen y llaman dádiva santa desagradecida, o sonlocos, o son santos: son Diógenes o San Francisco de Asís; a no ser queentiendan por pobreza cierta virtud magnánima que consiste en poseer ygozar todas las cosas con desdén y desprendimiento, como si no seposeyesen ni gozasen.

No hay nada en este mundo sublunar que proporcione más ventajas que eltener dinero. Los pocos inconvenientes que trae, o son fantásticos, oson comunes a toda vida humana, o se van allanando o disipando con lacultura.

Era antes el principal, como ya he dicho, el peligro de muerte en que sehallaba de continuo el acaudalado, como no ocultase mucho sus riquezas.Para ser impune, paladina y descuidadamente rico, era menester sertirano, señor de horca y cuchillo, o algo por el mismo orden, que diesemucho poder y defensa. Este inconveniente va desapareciendo ya casi deltodo.

Otro inconveniente, que encuentran en el dinero los corazonesextremadamente sensibles y los espíritus cavilosos, es fantástico yabsurdo. Consiste en el temor de ser amado por el dinero y no por unomismo. Nada más ridículo que este temor. Ya hemos probado que el dineroes más que la vida. El dinero es, por consiguiente, una parte esencialde la persona. Un filósofo alemán diría que el dinero se pone en el yode una manera absoluta. Más necio es, pues, atormentarse, porque quierena uno por el dinero, que atormentarse porque quieren a uno porque eslimpio, bien criado, elegante, instruido etc.; calidades todas que seadquieren artificialmente lo mismo que el dinero; que se deben al dineroen más o en menos cantidad. Acaso no sea yo mejor que el último

mozo

decordel

de

Madrid,

ora

física,

ora

intelectual,

ora

moralmenteconsiderado, y con todo, suponiéndome soltero, cualquiera linda damapodría tener aún el capricho de enamorarse de mí, sin que nadie locensurara; pero, si del mozo de cordel se enamorase, todo el mundotendría esta pasión por una extravagancia o por una locura. Luego, enúltimo resultado, lo que mueve a amar, a no ser extravagantísimo elamor, es el dinero, o algo que representa dinero, o que se adquiere condinero. Lo que yo he gastado en instruirme, pulirme, asearme yatildarme, no es más que dinero.

Finalmente, la mayor y más envidiable ventaja que el dinero proporciona,es la autoridad y respetabilidad que da a quien le tiene, y la justaconfianza que quien le tiene inspira.

III.

De estas consideraciones sobre el influjo del dinero o de la riqueza enel individuo, quisiera yo pasar a discurrir con mayor extensión sobre elinflujo de la riqueza en la cultura y poder de las naciones; pero noharé más que consignar aquí algunos ligerísimos conceptos. Me arredra eltemor de extraviarme, y la conciencia de mi poquísimo saber en EconomíaPolítica, ciencia que, al cabo, después de mucho cavilar, han venidotodos los autores a coincidir con Aristóteles en que trata del dinero,o, en general, de la riqueza, por donde la llama Crematística el sabiode Estagira. Y es mayor infortunio aún que el de mi propia ignorancia,el de que, Después

de

haber

revuelto

cien

mil

libros

De aquesta ciencia enmarañada y torpe,

nadie logra saber a las claras lo que es riqueza. Todas las definicionesson discordantes; y resulta que la ciencia empieza por no saber definir,determinar y declarar el objeto de la ciencia misma. Ni está másadelantada en la definición de las otras palabras científicas, comovalor, precio, capital, industria y cambio; lo cual no es extraño,porque ignorándose aún lo que es riqueza, que es la idea o palabrafundamental, por fuerza se ha de ignorar o se ha de estar en desacuerdosobre lo restante.

Malthus decía: «Después de tantos años de investigaciones y de tantosvolúmenes de descubrimientos, los escritores no han podido entendersehasta ahora sobre lo que constituye la riqueza; y mientras que losescritores que se emplean en este negocio no se entiendan mejor, susconclusiones no podrán ser adoptadas como máximas que deban seguirse.»

Dedúcese de aquí, por sentencia y autoridad de Malthus, que no debemosseguir las máximas ni hacer caso alguno de cuantos economistas leprecedieron en los siglos XVI, XVII y XVIII, y en el primer tercio delpresente. Todos estos economistas no sabían lo que decían, segúnMalthus; y cuenta que entre ellos están Smith, Say, Storch, Ricardo,Gioja,

Mac-Culloch

y

otras

eminencias.

No

han

adelantado

másposteriormente otros sabios en dar estas definiciones. Stuard Milldesiste de definir lo que es riqueza, y dice que basta que en lapráctica lo entendamos, con lo cual sigue adelante. Bastiat se enreda ensus Armonías con otros economistas rivales, y trata de probarles queson unos ignorantes o unos necios que desconocen lo que es el valor.

En efecto, uno de estos economistas se empeña en demostrar que el valorde una cosa consiste en el obstáculo vencido para producirla; de lo cualdeduce que, mientras más fácil se haga la producción, disminuyendo losobstáculos, menos valor tendrán las cosas; de modo que, mientras máscosas haya, seremos más pobres. Conviene, pues, crear obstáculos para laproducción, a fin de que, costando mucho el producir, valgan muchotambién las cosas producidas, y seamos ricos. Imposible parece que talesideas se sostengan, y hasta que se impugnen con seriedad. Entre tanto,Bastiat, que está razonable en este punto, entiende luego el cambio, nocomo es, sino como debiera ser; y sobre este cambio modelo, ideal yfantástico, levanta todo un edificio científico que trae enamorados anuestros jóvenes economistas. En el cambio, no cabe duda que debe darsesiempre lo superfluo por lo necesario, y ganar, por lo tanto, todos loscambiantes.

Pero ¿es esto lo que en realidad acontece? ¿No es, al revés,frecuentísimo el que, por vanidad, por moda, por capricho, o porextravagancia, demos lo necesario, no ya por lo superfluo, sino hastapor lo dañino? Se dirá que ambos cambiantes satisfacen una necesidad, yque en este sentido ganan. Pero si por necesidad se entiende un vicio,una manía, una mala costumbre, un apetito bestial, ¿cómo hemos deconvenir? Pues que,

¿ganan los chinos comprando opio para envenenarsecon él? ¿Ganan y prosperan los jornaleros que, de los cinco o seisreales que tienen de jornal, emplean dos o tres en vino y uno en tabaco,matando quizás de hambre a sus mujeres y a sus hijos? ¿Gana el marido,débil o vano, que se empeña para que su mujer tenga palco en la Opera?¿Gana, en suma, el que no ahorra, el que consume más de lo que produce,el que sobre sus rentas gasta su capital, el que tiene habilidad paraadquirir diez y tiene necesidad de consumir treinta o ciento? Claroestá que no gana, sino que pierde, y al fin se arruina. Y lo que sucedecon los individuos, ¿no puede suceder, y no sucede también con lasnaciones?¿Así como hay individuos poco hábiles para producir y muyhábiles para gastar, no puede haber, y no hay, naciones con las mismascualidades? La holgazanería, el despilfarro y la ineptitud, ¿no puedendarse en una nación como se dan en un individuo?

Yo no temo que ninguna nación europea, por muy plagada que esté de losmencionados achaques, venga al fin a perderse y a destruirse, como sedestruyeron y perdieron aquellos imperios colosales del centro del Asia;como se hundieron aquellas poderosas civilizaciones, asombro del mundoantiguo. Yo no temo que a Madrid, a Sevilla, a Lisboa o a Florencia, lesvenga a suceder lo que a Sidon y Tiro, Susa, Ecbatana, Nínive, Bactra yBabilonia. Aunque consumiesen mucho más de lo que produjesen, el castigose limitaría a largos períodos de forzada abstinencia y de lastimososapuros, a que el atraso con relación a otros pueblos de Europa fuesemayor, y a que siguiesen arrastrándonos y llevándonos como a remolquelas demás naciones.

Pero tal es la fe que yo tengo en la virtudprogresiva, en la energía vital de la civilización europea, que nisiquiera puedo concebir que muera una nación que esté en su senopoderoso y vivificante. Sin embargo, la abstinencia de que hemoshablado, los apuros, el ir a remolque y la vergüenza del atraso y de lainferioridad, no dejan de ser rudo castigo.

Para discurrir, partiendo de un punto fijo, sobre estos asuntos tandifíciles, convendría primero explicarse el por qué de ciertos fenómenosque ofrece la moderna civilización europea, fenómenos al parecercontrarios a todo aquello que en las antiguas civilizaciones se notaba;de donde proviene el que haya hoy sentencias, que se dan poraxiomáticas, y que son enteramente contrarias a otras sentencias quepoco ha pasaban por axiomáticas también.

En lo antiguo, y al decir en lo antiguo no vamos muy lejos (MiguelMontaigne y Machiavelli pensaban así), la rudeza y la pobreza se creíaque daban bríos y nervio a las naciones mientras que la riqueza y lacultura las enervaban. Pobre era Alejandro y venció al rico Darío;pobres y rudos eran los romanos y subyugaron los ilustrados, cultos yricos reinos de Macedonia, Siria y Egipto. Cuando los godos invadieronla Grecia, se refiere que intentaron quemar todas las bibliotecas; peroun astuto y discreto capitán de los godos hubo de persuadirles de quecon las bibliotecas los griegos se hacían afeminados, muelles ycobardes, y que así era conveniente dejarles los libros para tenerlossiempre bajo el yugo. De esta suerte las bibliotecas se salvaron.

En nuestros días, por el contrario, si una nación se propusiesedebilitar a otra, procuraría hacerla ignorante y pobre. La ciencia y lariqueza, lejos de enflaquecer hoy a los pueblos, les dan energía ypujanza; pero, bien consideradas las cosas, no hay en esto la menorcontradicción. En lo antiguo, solía ser uno de los más usuales modos deadquirir riqueza el despojar a los vecinos por medio de la guerra. En eldía de hoy, si bien estos despojos, estos robos violentos siguenhaciéndose, no se hacen en tan grande escala. Las costumbres más suavesno lo consienten. La guerra, además, este modo de despojar violentamenteuna nación a otra, se ha hecho harto costosa. Los gastos de producción suelen en la guerra moderna ser mucho mayores que lo producido, si producido puede llamarse lo que se toma contra la voluntad de sudueño.

De aquí, en primer lugar, que apenas se emprenda ya guerra algunacon el propósito de enriquecerse; y en segundo lugar, que los pueblosenriquecidos sean los que tienen más medio de hacer la guerra y másprobabilidad de vencer. Antes, los pueblos se hacían fuertes y guerrerosa fin de enriquecerse; en el día los pueblos se enriquecen con elpropósito de ser fuertes y guerreros. Sin duda que será un progreso más,cuando los pueblos se enriquezcan sólo para ser más morales, más felicesy más ilustrados; pero esto aun está lejos. La manía de dominar y deprevalecer sobre los demás no se curará en muchos siglos.

Sostienen hoy no pocos autores, Buckle entre otros, tan celebrado portodo el mundo, que la Economía Política conspira de un modoincontrastable a que terminen las guerras sangrientas, a que la utopíade la paz perpetua venga a realizarse. Por esto, sin duda, y por otrasrazones no menos singulares, han llegado a tan loco extremo laadmiración, la adoración y el fanatismo por la Economía Política. ParaBuckle, Adam Smith ha hecho más por la humanidad que todos los sabios,que todos los profetas y que todos los genios inmortales que han nacidode madre y que han revestido carne humana en este pícaro mundo. Ni lasleyes de Solon, de Numa y de Manú, ni todos los libros de filosofía, nilos mismos Evangelios, importan un pito comparados con la Riqueza delas Naciones. Según Buckle, la Riqueza de las Naciones es «el libromás importante que se ha escrito jamás; su publicación ha contribuido enmayor grado a la dicha del humano linaje que el talento reunido de todoslos hombres de Estado y de todos los legisladores, de quienes nosconserva la historia un recuerdo auténtico.»

Todo esto podrá ser verdad; pero también lo es que, desde el año de1776, en que salió a luz por vez primera el libro divino, salvador,redentor y pacificador, las guerras han sido tan frecuentes como siemprey mil veces más espantosas por los millones de hombres que en ellasmiserablemente han perecido. Cuando no hay guerra, hay una cosa tanmala, tal vez peor que la guerra: la paz armada. El dinero se gastadesatinadamente en sostener ejércitos inmensos, y los hombres másrobustos, jóvenes y fuertes de Europa, apartados de todo trabajo útil,están siempre con las armas en la mano, acechándose, espiándose yamenazándose. Cierto que la Economía Política y el libro maravilloso deAdam Smith no han puesto remedio a tanto mal. Si algo ha de ponerleremedio, ha de ser la filosofía, la religión mejor entendida que enotros siglos, y el exceso mismo del mal, que tal vez acabe por hacerleimposible.

Los medios de destrucción se aumentan por tal arte que es de temer quedentro de poco puedan matarse en un minuto millones de hombres; puedandispararse en un segundo más bombas, balas y metralla que un siglo ha sedisparaban en treinta o cuarenta años; y tales y tan estruendosos podránser los disparos, que el coste de uno solo baste a mantener durante unaño a toda una familia. Horrorizados de tanto gasto y de tanta efusiónde sangre, los hombres políticos clamarán, y claman ya muchos, por lapaz y aun por el desarme; no porque Adam Smith y sus discípulos loshayan convencido. No creo yo que Napoleón III tenga el corazón demantequilla y de jalea; pero el tremendo espectáculo del campo debatalla de Solferino, de tantos millares de cadáveres, hubo de oprimirley angustiarle el corazón, decidiéndole a la paz, aun antes de cumplir supromesa de hacer libre a Italia hasta el Adriático. Adam Smith y todassus teorías no tuvieron parte alguna en esta determinación.

Si algún pensamiento económico impide la guerra o la hace más difícil enlo venidero, es independiente de la ciencia: no es menester haber leídoa los economistas para concebirle. El pensamiento es sencillo y claro:es el pensamiento de lo mucho que la guerra cuesta. Los Gobiernos,además, tienen casi siempre que acudir a empréstitos para hacer laguerra. Los que prestan el dinero tienen interés en que el del dineroprestado sea lo más crecido posible; por donde, aun sin contar con otrascausas, el papel de la Deuda baja, y la fortuna pública padece.

Los que tienen que perder, los hombres acaudalados, son, porconsiguiente, pacíficos; y como los que tienen dinero mandan en el díamás que nunca y ejercen una influencia grandísima sobre la opinión,resulta que las guerras son condenadas por la opinión, cuando no hay unfuerte estímulo de egoísmo que induzca a hacerlas; como, por ejemplo,abrir un nuevo mercado para los productos nacionales; introducir enalgún país poco culto la libertad de comercio, las obras divinas de AdamSmith, el opio u otra droga peor, a cañonazos y a bayonetazos;entretener y recrear y embriagar al pueblo con gloria para que no sefastidie y se subleve; y tal vez deshacerse, siguiendo las doctrinas dealgún economista, de aquella parte de la población que está de sobra,que no tiene cubierto preparado en el festín de la vida, que turba orompe el justo equilibrio que debe haber entre el producto y el consumo,entre los que subsisten y los medios de subsistencia.

Además de la guerra material y sangrienta, ha tomado en nuestros díasmás auge que nunca otra guerra que trae a la humanidad infinitos bienes,y que la lleva en volandas, no ya por el camino real del progreso, sinopor una trocha o atajo. Pero, como no hay atajo sin trabajo, de estaotra guerra, que es la industrial y comercial, nacen temerosasperturbaciones,

duros

padecimientos,