Algo de Todo by Juan Valera - HTML preview

PLEASE NOTE: This is an HTML preview only and some elements such as links or page numbers may be incorrect.
Download the book in PDF, ePub, Kindle for a complete version.

JUAN VALERA

ALGO

DE TODO

SEVILLA: 1883

FRANCISCO ALVAREZ Y C.a, EDITORES

Tetuan 24.

Es propiedad de sus Editores.

Establecimiento tipográfico de FRANCISCO ALVAREZ Y C.a, impresores de Cámara de S. M. y de SS. AA. RR. los

Sermos. Sres. Infantes Duques de Montpensier,

Tetuan 24.

ÍNDICE

La Primavera

La Cordobesa

Un poco de crematística

Las escritoras en España y elogio de Santa Teresa

Sobre el Fausto de Goethe

Sobre Shakspeare

LA PRIMAVERA

———

Nada hay en el hombre tan grato a Dios como el arrepentimiento; pero enciertas cosas, tal vez en las más, nada hay tampoco humana yterrenamente tan inútil. Lo que al hombre le importa es no hacer nada deque después haya de arrepentirse. Y yo, lo confieso, hice algo en estegénero al prometer que escribiría un artículo sobre la Primavera.

Y no porque yo me crea incapaz de percibir, sentir y estimar en todossus quilates el valor y la belleza de la estación florida. Nada menosque eso. Yo presumo de muy sensible a los encantos naturales. Me apuestocon el más pintado a sentir honda y poéticamente la gala de las fértilespraderas, la lozanía de los verjeles, el apartamiento silencioso de lossotos umbríos, el aire embalsamado por el aroma de las violetas, lasierra pedregosa cubierta de tomillo y romero, el blando murmullo de losarroyos, los amorosos gorjeos del ruiseñor, el lánguido arrullo de latórtola y los trinos alegres con que las aves saludan a la blanca auroracuando abre con dedos de rosa las puertas del Oriente.

Por desgracia, una cosa es sentir y otra expresar bien lo sentido. Deeste segundo don es del que carezco.

El asunto es de sobrado empeño para mí. ¿He de salir del paso repitiendoen mala prosa lo que ya dijeron en todas las lenguas vivas y muertas,con número y melodía, los poetas buenos y medianos, desde Hesiodo hastaGracian y desde Virgilio a D.

Gregorio de Salas? Yo no quiero hacer uncentón tan deplorable. Yo quiero coger vivas las aves, las flores,cuanto tiene ser en la estación vernal, y trasladarlo a este papel, y deeste papel a la imprenta: operación más difícil de lo que se imagina.

La Primavera es como fiesta espléndida que dan los espírituselementales, como sagrada orgía, en que el aire, la tierra, la luz, elagua y cuantas inteligencias o misteriosos genios en el seno de loselementos viven ocultos, lucen su hermosura, se revisten de sus másricos adornos, y se enamoran, y se acarician, y cantan y bailan.

¡Vayausted a describir esto sin conocer los nombres de dichos genios,ignorando sus lances de amor y fortuna, y no acertando a distinguirlosbien unos de otros!

Lo que más se parece a la primavera, en mezquino y pobre trasunto, porartificio humano realizado, es un bonito baile. Pues declaro que yo nosé describirle. Los nombres de las señoras más lindas y elegantes se meborran de la memoria no bien tomo la pluma, y sólo sé decir que megustan, lo cual es muy sujetivo, sin atinar a describir los trajes quellevan, los diamantes que fulguran en sus cabezas airosas, las perlasque ciñen lascivas sus desnudas gargantas, y todo aquello, en suma, quelas determina y diferencia. Así es que, no pudiendo yo empezar por esteanalítico y circunstanciado estudio, no llego jamás a la síntesis, estoes, a dar una idea cabal, exacta y adecuada del baile.

Si esto me sucede con un espectáculo que no dura más de algunas horas yque se limita al breve recinto de uno o dos salones, ¿qué se puedeesperar de mí como describidor del baile divino, al aire libre, que durameses, que se extiende por todo un hemisferio del mundo, y donde cantany bailan los inmortales al son de la concertada armonía de las esferas?Está visto, yo tengo que hacerlo muy mal.

Hasta el mismo entusiasmo, hasta el mismo semi-religioso fervor con quemiro el asunto, es en mi daño y me le hace más difícil. Si yo le mirasecon frialdad, ya me las compondría, tomando de aquí y de allí, no delnatural, sino de libros, que me servirían de guía y modelo; ya locompaginaría y arreglaría todo lo menos mal posible. Por desgracia mientusiasmo es grande y no me deja acudir con serenidad a mi escasísimaciencia.

Lo primero que no sé es qué plan seguir; dentro de qué términosencerrarme. Porque a la verdad, si el más rastrero de los seres humanosda suelta a su imaginación y la echa a volar por esos campos verdes ypor ese cielo sereno, durante los meses de Abril y Mayo, sólo Dios sabedónde su imaginación irá a parar, y qué rico botín traerá cuando vuelvaa casa, si vuelve y no se queda embobada, de estrellas y flores, demariposas y calandrias, de perfumes y armonías, de luz y sombras, deamores y de cánticos, todo tan en desorden y tan enmarañado, que nohabrá manera de cifrarlo en un libro en folio y mucho menos en 20 o 30cuartillas.

Al considerar esto me entra temblor como de calentura, y pido al numenmétodo y plan para mi obrilla; pero al numen le incomoda el método, y loque es yo por mí no le trazo sino muy vulgar, sin atinar a aventurarmepor nuevos caminos, y sin resignarme a seguir los muy trillados yseguidos por todos.

Para saber el día en que empieza y el día en que acaba la Primaveraremito al lector al almanaque. Para saber la causa inmediata y naturalde su vuelta periódica, le remito a cualquier compendio de Astronomía.

¿Qué me queda, pues, que decir acerca de la Primavera?

¿Sacaré a relucir las manoseadas y trivialísimas moralidades de quedicha estación responde a la juventud en nuestra vida, y de que convieneno gastar las flores a fin de que haya luego sazonados frutos en elotoño? ¿O daré lección de política o de filosofía de la historia, conocasión de la Primavera, afirmando que las naciones tienen también lasuya, o sea su juventud, durante la cual aman y cantan y dan flores;pero que, no bien llegan a su otoño, o dígase a su edad madura, debendejarse de tales devaneos y trabajar mucho, que esto es dar el fruto queimporta, a fin de pagar las deudas y proporcionarse las comodidades yel bienestar que el invierno y la vejez reclaman?

Imposible. Esto sería lo peor que se me pudiera ocurrir. Esto sería unsermón inaguantable. Hablemos, pues, de la Primavera, aunque sea sinorden. ¡Ojalá tuviese yo a mano al Pegaso o al Hipogrifo, para imitar aPerseo o a Astolfo, montar en él, y correr a rienda suelta a donde y pordonde el monstruo quisiera llevarme!

En otras tierras más al norte que la nuestra, la Primavera, fuerza esconfesarlo, si no es, parece más hermosa: el cambio de escena tienemayor rapidez y doble hechizo; la mudanza hiere más la fantasía; se nospresenta como súbita y milagrosa resurrección de los seres. A orillasdel Rhin o del Elba, la Primavera nos da concepto superior de lapotencia creadora, de lo que debió de ser el nacer, el aparecer de lavida sobre nuestro globo. En nuestros climas más cálidos apenas haymutación, o es tan lenta que no se percibe. En las huertas de Murcia yValencia, en la hoya de Málaga, en las márgenes del Guadalquivir y hastaen la misma vega de Granada, la Primavera se deslía, se esfuma con elinvierno: es una Primavera difusa o harto desvanecida.

Donde viene de repente, donde la rigidez del invierno la hace másdeseable, es donde se muestra con más pompa y estruendo, donde da másalta razón de sí, donde resplandece más benigna en el trono de sugloria, donde más se la admira y donde merece ser más admirada. El hieloque cubre los ríos se quebranta, se rompe, y baja en gruesos témpanoshacia la mar con descompuesta furia. Casas, palacios, chozas, árboles ycielo, vuelven a mirarse con ansia y con amor en el líquido espejo delas aguas, velado antes y empañado por el frío. La cándida diadema queciñe las cimas de los montes se derrite, aumentando las corrientescristalinas. Los árboles, desnudos del verde follaje, brotan deimproviso frescos pimpollos y renuevos lozanos, vistiéndose de tiernas yrelucientes hojas. Los pájaros acuden a bandadas, guiados por infalibleinstinto. Turban las grullas el silencio de la noche con sus agudosgritos, cuando vienen avanzando en falange simétrica y bien ordenada.Las golondrinas y mil aves cantoras, al volver de su larga emigración,saludan con blando pío, o con chirrido alegre, o con trinos variados,sus antiguas conocidas viviendas. La cigüeña zancuda inmigra de Orienteo de Africa, y busca el nido en el viejo torreón o en el alto miradorde la alquería. Tal vez allí la rubia y joven campesina alemana le pusoal cuello, antes de que se fuese, una cinta con algún romántico letrero.Cuando vuelve, se pasma la muchacha de ver que le contesta algún muftídel Cairo o algún santón de la Meca con otro letrero escrito en arábigo.Entre tanto, se ha liquidado la escarcha apretada que cubría los prados,y la hierba y las flores, como si hubiesen estado oprimidas bajo aquelpeso, surgen por ensalmo. La anémona nemorosa es una de las mástempranas que abren por allí su cáliz para anunciar la Primavera. Perootras mil flores, más olorosas y no menos bellas, aparecen después,llamando y excitando al céfiro a que respire los aromas que exhalan.

El céfiro viene, semejante al atrevido príncipe del cuento de hadas, yatraviesa por la esquiva floresta, y penetra en el silencioso palacio, yllega hasta el lecho de la encantada y dormida princesa, y le da un besode amor. Entonces se desbarata el maléfico hechizo, el silencio y elreposo de muerte se truecan de súbito en movimiento, música, agitación yvida. Como si fuesen a celebrarse divinas bodas, todo se entapiza yhermosea. Se abren los tesoros, se despliegan las galas, se ponen lasmesas y aparadores del regio banquete, y luce sobre el ancho tálamo lacubierta de púrpura, esmeralda y oro. Los convidados peregrinos ya hemosdicho que acuden de lejos cruzando los aires. Otros, que no peregrinan,despiertan de prolongado sueño, se revisten de sus vestimentas másricas, y acuden también. Todos, como buenos vasallos, procuran imitar alos príncipes. Y como los príncipes están enamorados y van a casarse,todos se enamoran y se casan. Se diría que apenas hay ser vivo que no seembriague con el zumo de mágicas hierbas o con el perfume de extrañasflores, las cuales mueven al amor, al deleite y al regocijo, induciendoa la vida para que se acreciente y se difunda y abra nuevos caminos deser. Ciertas ficciones poéticas parece que tienen entonces realidad, yse cree en el dudain, que buscaba Raquel harta de ser estéril; en elloto, que hacía olvidarse de todo a los compañeros de Ulises; y en el nepentes, que alegraba el alma, y que dio a Telémaco Elena.

Claro está que al decir yo todo esto de los climas del Norte no niegoigual o mayor belleza a la primavera del Sur: lo que insinúo es quequizás la rapidez del cambio hace que por allá se sienta mejor.

Pero aquí se renueva también la vida, y llega la estación de los amores,y los gérmenes dormidos se agitan, y nacen las larvas, y, después de suscompletas metamorfosis, les brotan alas de gasa de colores diversos, yelictras metálicas y resonantes, y trompas ligeras con que recogen lamiel de las flores. Aquí también las plantas desnudas, los álamos, loschopos, las acacias y otros mil árboles de sombra vuelven a vestirse dehojas verdes, y florecen el almendro y la higuera y los demás frutales,y nos dan el fruto con la poesía de la esperanza.

Todo esto es cierto; pero lo es también que los hombres del Nortesienten ahora con más profundidad, describen y retratan mejor laprimavera que los del Mediodía.

¿Será, como hemos dicho, porque la primavera viene por allí con másímpetu, o porque los hombres están por allí más cerca de la naturaleza ymás en comunión con ella; porque llevan menos siglos de civilización;porque están menos gastados; porque no es entre ellos tan marcado eldivorcio y tan crudo el antagonismo entre el mundo de los espíritus y elmundo de los cuerpos?

Profunda cuestión es ésta. Yo no quisiera entrar en ella, pero se mepone por delante a pesar mío.

Yo veo desde luego que en las antiguas edades sentían los hombres delMediodía y celebraban, por lo menos con igual entusiasmo que hoy los delNorte, la vuelta de la primavera. Atis resucitado, Osiris resucitado yAdonis resucitado lo atestiguan. Los misterios de Samotracia y deEléusis eran en el fondo inspirados por la primavera.

Cuando renacía lavegetación, cuando brotaban las hierbas y las flores, cuando las selvasse cubrían de pompa y de verdura, cuando subía la savia por los troncos,era cuando la madre desconsolada enjugaba sus lágrimas y desechaba eltraje de luto, porque la hija, hundida en las entrañas lóbregas de latierra, surgía fecunda, hermosa y resplandeciente de inmortalesfulgores; porque Cora, fugitiva del tenebroso amante que la había tenidoaprisionada en sus brazos, aparecía de nuevo a bañarse en las ondas deluz del sol enamorado, quien, por contemplarla y besarla, se detenía mástiempo sobre nuestro horizonte, e iba difundiendo por más horas y conmayor tino y eficacia, en este hemisferio boreal, la lluvia dorada desus rayos ardientes.

Si esto se sentía con tal profundidad, y ya no es sin duda porque noshemos hecho muy espirituales. Desdeñamos la naturaleza por amor delespíritu. ¿Qué vale la selva florida, qué vale el árbol más lozano yeminente, al lado del árbol místico, de quien dice el himno sagrado:

Crux

fidelis,

inter

omnes

Arbor

una

nobilis:

Silva

talem

nulla

profert

Fronde, flore, germine?

No es en el florecimiento de la primavera, no es en el árbol másfecundo, no es en el huerto más feraz donde recordamos el perdidoParaíso, donde más nos maravillamos, bendiciéndolas, de la potencia delAltísimo y de su bondad infinita, es en aquel árbol que sirve como desolio al mismo Dios:

Arbor

decora

et

fulgida,

Ornata,

Regis

purpura,

Electa

digno

stipite

Tam sacra membra tangere.

Pero yo no me inclino a creer que sea el misticismo o el espiritualismocristiano quien nos haga tan poco sensibles a la naturaleza y nos llevetanto en pos del espíritu.

El amor de Cristo lo comprende todo, sin excluir la naturaleza material.Con él y por él subió al cielo la carne purificada y gloriosa. Él mirócon afecto a todas las criaturas.

Él no desdeñó los ramos floridos deoliva y las gallardas y vencedoras palmas con que le recibieron el díade su triunfo. Sus fieles, mas sencillos y candorosos, aman los objetosmateriales por amor suyo, y rodean de rosas y de hierbas de olor, en losdías primeros de Mayo, ese árbol sagrado, que fue su patíbulo; y cuando,ya más adelantada la primavera, en el momento más rico deldesenvolvimiento vernal, celebra su Iglesia el sacrosanto misterio encuya virtud quiso Él comunicarse a nosotros, infundiéndose en el licorque alegra los corazones y en el pan que nos alimenta, el pueblocristiano alfombra con gayomba olorosa y verde y fresca juncia la víapor donde pasa, y las mujeres vierten una lluvia de flores sobre elartístico y áureo templete, arca de la nueva alianza, donde va Él encustodia.

Menester es confesarlo: es infundada, es injusta la acusación de losimpíos. No vino la doctrina de Cristo a condenar o a endiablar lanaturaleza. Los tres enemigos capitales de esa doctrina no tienen menorinflujo, jurisdicción y mando en el reino del espíritu que en el de lamateria. También siguiéndolos pueden las gentes ser espirituales. No haysólo concupiscencia en la carne: la hay en el espíritu. Y si hayespiritualismo divino, no deja de haberle diabólico, y más común yfrecuente por desgracia.

Ahora bien: yo entiendo que este espiritualismo diabólico, y no eldivino, es el que nos aparta de la naturaleza y de su amor inocente.

Aunque se me acuse de pánfilo, de sobrado benigno, de querer disculparlotodo, voy a declarar aquí una cosa en confianza.

A mi ver, hasta el propio diablo no nos seduce y extravía así de repentey sin más ni más. Se guardaría muy bien de hacerlo: no le traería cuentaninguna. El diablo se funda al principio en algo razonable; nos llevapor buenos términos y caminos, hasta que llegamos a cierto punto, dondeya, con mucha suavidad, empieza aquel maldito de Dios a engolosinarnosllevándonos por los atajos, y así nos extravía y nos pierde.

En el caso del espiritualismo, a que nos referimos, es evidente que noson malos los principios y fundamentos. La naturaleza hizo mucho por elhombre; pero el espíritu ha venido a completar la obra natural,tornándola más propia, más bella, más útil y más ajustada a nuestrasnecesidades y aspiraciones. Al hombre, más débil y más inerme que elcordero, el espíritu, convertido en herrero y en pirotécnico, le ha dadoarmas y fuerzas mil veces mayores que las del león; al hombre, másdesnudo que el perro chino, el espíritu, convertido en tejedor, ensastre, en zapatero y en sombrerero, le ha vestido más primorosos trajesque al pavón, al colibrí y al papagayo; al hombre, poco más listo que eltopo o el mochuelo en punto a ver, el espíritu, convertido en fabricantede catalejos, le ha dotado de vista más penetrante que la del águila; alhombre, que jamás hubiera hecho natural e instintivamente algo quevaliese media colmena, el espíritu, convertido en arquitecto, le haenseñado a construir alcázares soberbios, torres esbeltas, pirámidesingentes, columnas airosas, cómodas viviendas, catedrales, teatros, y ensuma, ciudades maravillosas; al hombre, que en el estado de naturalezaselvática es propenso a comerse a sus semejantes, y que se regalaba, yaun suele regalarse en algunas regiones, con ásperas bellotas, concigarrones machacados o con pescado crudo y putrefacto, el espíritu,convertido en cocinero, le prepara artísticamente manjares agradables,hasta a la vista, y hace que uno de los actos que más le recuerdan loque tiene de común con el animal sea un acto solemne, de corbata blancay condecoraciones, donde tal vez se celebran los triunfos mástrascendentales de la religión, de la ciencia, de la filosofía y de lapolítica; al hombre, en fin, que después del pecado, se entiende, y enel estado de naturaleza y ya sin gracia, debió de ser casi tan feo comoel mono, y más sucio que el cerdo, y más pestífero que el zorrillo, elespíritu, convertido en ortopédico, en pescador de esponjas, enfabricante de baños, en civilización para decirlo en una palabra, le hahecho limpio, oloroso, aseado y bastante bonito para servir de modelo ala Minerva y al Júpiter de Fidias, al Apolo del Vaticano y a las Venusde Milo y de Médicis.

Sería cuento de nunca acabar el ir refiriendo aquí cuanto ha hecho elespíritu para completar, hermosear y ensalzar la obra de la naturaleza.

Así es que, a ojo de buen cubero, bien se puede asegurar, sin recelo deser exagerado, que hasta en las cosas que más naturales parecen, lanaturaleza, si bien se examina, ha hecho de seis partes una, y elespíritu del hombre ha hecho las otras cinco.

¿Podría, por ejemplo,alimentar nuestro globo, en estado de mera naturaleza, doscientosmillones de hombres? Yo me temo que no. Es así que hay, a lo que dicen,pues yo no los he contado, 1.200 millones: luego mil millones son hijosdel arte, pura creación del espíritu, producto de nuestro fecundoingenio.

Pongamos, pues, que una sexta parte de cuanto hay, y quizás sea muchoponer, lo ha dado, lo ha regalado la naturaleza. Las otras cinco sextaspartes han costado mucho trabajo al espíritu. Y este trabajo delespíritu, este complemento a la naturaleza, es lo que tiene valor yprecio, y se mide y se representa y se mueve bajo la figura redonda dela moneda metálica, o bien toma la traza de unos papeluchos mugrientosque se llaman billetes; los cuales, así como los discos o tejuelos demetal, vienen a ser encarnación del espíritu, lo más sutil y animado ycirculante de su valor, la esencia imperecedera de su trabajo secularacumulado.

Hasta aquí las cosas van bien; pero ya aquí el diablo, como vulgarmentese dice, empieza a meter la pata. El espiritualismo nos induce y excitaa querer, a adorar casi esta encarnación, o mejor expresado, estaempapelación y metalización del espíritu.

Por este espiritualismo, y nopor el cristianismo, desdeñamos lo natural: no sentimos toda lahermosura de la primavera. Si no tienes, ni en tu arca, ni en tubolsillo, algunos de esos tejoletes o algunos de esos papeluchosespirituales, todas las flores te parecerán abrojos, y la primavera,invierno; los claveles te apestarán como la flor de la sardina; elalmoraduj, el serpol, el toronjil y la albahaca, te inficionarán como laruda; las hojas aterciopeladas de la begonia te punzarán las manos comosi fuesen cardos borriqueros; al tocar la mimosa púdica creerás tocaraliagas y ortigas; serán para ti como tártago la hierbabuena y lamanzanilla; la caña dulce te amargará el paladar como retama; a la rojaflor del granado preferirás el jaramago amarillo; confundirás el cantodel ruiseñor con el de la rana; se te antojarán cuervos las tórtolas ybúhos las palomas; y las pintadas y aéreas mariposas, y los esbeltoscaballitos del diablo, y los fulgentes cocuyos y luciérnagas y laaromática mosca macuba te causarán más asco que los gorgojos, cucarachasy escarabajos peloteros.

Una vez dominado el hombre por el susodicho espiritualismo, aborrece levida rústica y el idilio y la égloga. Aminta y Silvia, Dafnis y Cloe, yBaucis y Filemon le parecen entes insufribles.

Lo que se opone, pues, a lo natural es lo artificial. Lo que tira adestruir el encanto poético del mundo es el espíritu de la industria, noel de la ciencia, ni el de la religión, ni el de la filosofía.

Mil veces lo tengo dicho y nunca dejo de pensarlo: los más ladinos ysutiles sabios experimentales no descubrirán jamás el secreto de lavida; siempre escapará a sus análisis químicos la fuerza misteriosa queune, traba y combina los átomos y crea los individuos; el amor, laconciencia, el pensamiento, la causa de moverse, de crecerorgánicamente, de sentir y de representarse en uno a los demás seres, noquedará jamás en el fondo de las retortas ni saldrá por la piquera delos alambiques. ¿Qué red delicadísima inventará el sabio para pescarondinas, cazar silfos o sacar a los infatigables gnomos de las entrañasde la tierra? La única razón que tendrá para negar su existencia seráque no logra cogerlos: que se sustraen a la inspección de sus groserossentidos. Por lo demás, las ninfas, las diosas, todos los seressobrenaturales, que poblaron el aire, la tierra y el agua en lasprimeras edades del mundo, pueden vivir y es probable que vivan ahoracomo entonces.

La ciencia no despuebla la naturaleza, ni penetra en sus más íntimosarcanos. El misterio sigue y seguirá siempre. Isis no levantará jamás elvelo que la cubre.

El misticismo, que busca por camino más breve, a su Dios, en el abismode nuestra propia alma, no aspirará a tenerle allí incomunicado. Su Diosestará en el abismo del alma, y en aquel centro se unirá el místico conDios por estrechísimo lazo; pero Dios estará también por todo eluniverso, y todo Él estará en cada cosa y todas las cosas estarán en Él.El misticismo psicológico no excluirá, sino implicará la teosofíanaturalista.

El axioma capital de esta ciencia sublime será que la inteligenciainfinita no es el término último, sino el principio de las cosas, sindejar por eso de ser su fin y el centro hacia donde gravitan, y el puntoen donde sus discordias hallan paz, y su agitación reposo, y soluciónsus contradicciones, y unidad perfecta sus calidades y condicionesdiferentes.

En este alto sentido, toda ascensión de las cosas hacia mayor bien y másperfecta vida toda evolución progresiva de cierto linaje de seres,dentro de un espacio marcado y de un período de tiempo mayor o menor, esuna primavera. Las cosas, miradas en su totalidad, se mueven, sin duda,en círculo y vuelven al punto de donde partieron. En el todo no cabeprogreso. Con él, si fuese total, podríamos suponer algo añadido a lagloria de Dios. Aunque allá en lo profundo de su ser, esté y viva laidea con todos sus futuros desarrollos y perfecciones, mientras éstavaya de lo menos a lo más con proceso sin término, parecerá como quecrece la gloria divina, como que Dios es más creador ahora que antes,como que sus obras van dando cada vez más claro y cumplido testimonio desu saber y de su omnipotencia.

Es, por consiguiente, innegable que no hay progreso total. Lainmutabilidad de la perfección infinita de Dios implica la inmutabilidadtotal de la perfección del universo, que es obra suya. Cabe, sinembargo, mudanza en los pormenores, y de ahí el progreso parcial otemporal de esto o de aquello.

Ya que me he engolfado en meditación metafísica, añadiré, con el debidorespeto (no a Dios, para quien sería absurdo y ridículo salir con estasalvedad, sino al parecer de otros meditadores), que la riqueza divinano crece ni mengua; no es cantidad: es lo infinito. Dios está siemprecreando, y siempre lo tiene todo creado. Si crease un átomo más, seríamás creador; si le aniquilase, sería menos; si mejorase en algo toda laobra, se corregiría, en cierto modo, a sí mismo.

Así, pues, vuelvo a sostener que el progreso de nuestro planeta esparcial y transitorio, está compensado por la decadencia o fin de otrosmundos, y está limitado en el tiempo, aunque se dilate centenares demiles de años, y en el espacio, aunque abarque todo el sistema solar aque pertenecemos, y hasta un grupo completo de soles, de que nuestro solsea mínima parte.

Considerando ahora esta evolución de la vida, dentro de tan anchoespacio, bien podemos declararla año máximo, del cual vivimos, pordicha, en la Primavera.

La primavera de este año máximo empezó, según sabios muy acreditados,hace veinte millones de años menores y usuales. Entonces apareció elprimer ser organizado. Desde entonces trazan los sabios con la mayorescrupulosidad nuestro árbol genealógico. Empieza el árbol en un ser quellaman monera, término medio entre lo inorgánico y lo orgánico;germen, embrión, elemento primordial de la vida; dotado de una fuerza,de un prurito, de una propensión indistinta a ser vegetal o a seranimal. Va extendiéndose luego el árbol, y van las formasdesenvolviéndose y diferenciándose, hasta que, al fin de la edad paleolítica, ya nuestros antepasados han conseguido elevarse a lacategoría de lagartos o medios peces. Durante la edad mesolítica osecundaria, progresamos más. Al ir a llegar a su término, en el período cretáceo, somos marsupiales, esto es, tenemos, como los canguros ylos jerbos, una bolsa, donde nuestros hijitos se esconden. En el período eoceno de la edad terciaria, logramos obtener la dignidad de monos;somos catarrinios, o dígase monos con las ventanillas de las nariceshacia abajo y con cola. En el período mioceno, ya la cola se nos cae,y nos asemejamos al gorrilla, al orangután y al chimpancé. En el período plioceno somos casi hombres, aunque pitecoides y alalos, o sea sinpalabra y sin entendimiento, como cualquiera mico. Por último, en laedad cuaternaria, en el período llamado diluviano, se nos desata lalengua, empezamos a charlar y somos verdaderos hombres. Desde estemomento, los sabios menos exagerados y más tímidos y económicos en suscronologías, ponen hasta el día de hoy unos 25.000 años. La raza alala, los antropiscos, los casi hombres, como si dijéramos,salieron del centro de Africa o de un continente austral llamadoLemuria, que ya se hundió en el mar como la Atlántida, y que estabaentre el Africa y el Asia. Estos antropiscos eran negros como latizne, y vivían en manadas o rebaños para defenderse de las fieras. Asífueron extendiéndose por el mundo. Durante la dispersión y emigración,inventaron los idiomas, y de aquí que no puedan reducirse todos a untipo primitivo. A la raza morena, que viene después, y a la quepertenecen los egipcios, se le da una antigüedad de 15.000 años,naciendo por mejora de la raza negra. Sale luego a relucir la razaamarilla, cuyos representantes más ilustres son los chinos y japoneses.Su origen se pone 10.000 años hace. Y se muestra, al cabo, la razablanca, arios, semitas, caucasianos, etc., a la cual se concede unaantigüedad de 8.000 años lo menos. A esta raza tenemos la honra depertenecer, pero nadie nos asegura que no aparezca aún otra superior quenos deje postergados y tamañitos, lo cual será muy desagradable.

Seacomo sea, a pesar de los veinte millones de años que hace que aparecióla monera, no se ha de negar que estamos aún en el período primaveralde este año máximo de que hemos hablado. ¿Qué progresos, qué maravillas,qué nuevas creaciones no deben esperarse aún? Apenas si la humanidad hanacido. Yo he leído en un libro muy docto esta sentencia, que noolvidaré nunca. «La humanidad, en su vida colectiva, no ha nacido aún.»

Todo este largo pasado que llevamos ya, el vivir en la primavera del añomáximo y el columbrar un extenso porvenir, esplendoroso y fecundo, nodebe, sin embargo, alegrarnos en demasía, ni menos ensoberbecernos.Comparados nuestros veinte millones de años ya cumplidos, más otrosveinte millones que por lo menos durará aún la primavera de esteplaneta, con otras primaveras y años máximos de otros planetas y deotros más grandes sistemas solares, tal vez parezca más breve dichaprimavera que la ordinaria y menuda del año vulgar, que sólo dura tresmeses.

Cavilando yo días pasados sobre este asunto, y hallándome en el campo,en soledad amena, en hondo valle circundado de rocas escarpadas, dondehabía silencio, frescura y mil plantas, hierbas y flores, tuve despiertoun sueño, que parecía visión espiritual o intuición pura de algo real,aunque para mí materialmente imperceptible.

Dentro de la superficie de un kilómetro cuadrado entendí que habíaciertas emanaciones sutiles de cierto fluido mil veces más tenue que elaire; fluido que penetraba el aire todo, infundiéndose en los vacíos eintersticios que dejan sus moléculas. Este fluido, que el hombre noverá, ni pesará, ni sentirá jamás con sus sentidos, no se eleva más alláde un kilómetro. Tenemos, pues, un kilómetro cúbico lleno de este fluidotenue, desleído en el aire como perfumes o efluvios. Figureme, pues, mikilómetro cúbico como un mundo aparte, y vi que estaba poblado de unlinaje de silfos tan diminutos, que, si por descuido se tragasecualquiera de ellos la más ruin molécula de aire, dicha molécula se leatragantaría y quizás le ahogaría como a cualquiera de nosotros un huesode melocotón. Mi linaje de silfos respira, pues, el fluido tenue de quehe hablado. Con las moléculas del aire hacen los silfos mil primores, yhasta juegan cuando son muchachos, disparándolas por medio de enormescerbatanas.

Fuera del kilómetro cúbico está para mis silfos lo infinito, desconocidoe insondable. Viven en una hora; pero su inteligencia es tan rápida ytan sutil, que en esta hora tienen tiempo de sobra para instruirse,enamorarse, propagarse, seguir una carrera, elevarse a las más altasposiciones, legar un nombre ilustre a su legítima prole, y hastacansarse de la vida y apelar al suicidio. Un minuto para cualquiera deellos es mucho más que un año para cualquiera de nosotros. Sus poetascomponen versos desesperados y desengañados a los quince minutos denacer, y sus sabios inventan los más profundos y alambicados sistemas defilosofía a los treinta minutos.

La voz de mis silfos es tan delgada, que sólo el fluido susodicho puedetrasmitirla en ondas sonoras. Sus palabras van tan prontas, que en unsegundo refiere un silfo una historia que el más conciso de nosotrostardaría tres o cuatro horas en contar. Todo lo que entre nosotros esextenso, es intenso entre los silfos. En las veinticuatro horas decualquier día se extiende la historia de los silfos, y es tan fecunda enrevoluciones, cambios, guerras y progresos, como la nuestra en los milochocientos setenta y pico de años que median desde la Era cristianahasta el momento en que escribo.

Mis silfos tienen figura humana. Yo entiendo que toda alma, todopensamiento que informa un cuerpo, grande o chico, le da esta figura,por ser la más hermosa.

La hermosura de mis silfos es tal, que si lográsemos fabricar unmicroscopio bastante poderoso para llegar a verlos, envidiaríamos a losvarones y nos enamoraríamos desesperadamente de las hembras.

Están muy adelantados en civilización. Han tenido muchos profetas yfundadores de religiones; pero ya va pasando entre ellos la edad de lafe, y rayando la aurora de la edad de la razón.

Sus conocimientos históricos, sin mezcla de fábula, aquello que lacrítica más severa da por cierto, no pasa de noventa días, lo cual,equivale a más de tres mil sucesivas generaciones. Y como un minuto paraellos viene a equivaler a un año para nosotros, puede afirmarse queellos hacen subir la antigüedad de su civilización a más de 129.600años. Más allá, yendo contra la corriente de los tiempos, los silfos noven claro; pero, si entre ellos hay un Darwin o un Haeckel, sin dudacolocará la aparición de la primera monera del mundo silfídico a unadistancia proporcionalmente mucho mayor.

El concepto que forman del Universo es muy distinto del que formamosnosotros. Y

no porque su razón no concuerde con la nuestra, sino porqueson otros los datos de sus sentidos. No llegan con la vista al sol, ni ala luna, ni a las estrellas, por donde los torrentes de luz ardorosa quelanza sobre ellos el primero, y la luz tibia y plateada en que los bañala luna, proceden para ellos de un manantial oculto. Así es que formanmil hipótesis para explicarlo. Claro está que hay largos períodoshistóricos de una luz, y largos períodos históricos de otra.

En su mundo hay seres animados, de proporciones tan gigantescas, quenosotros ni siquiera las concebimos. Una avispa para ellos es más que loque sería para nosotros el Nevado de Sorata, si arrancándose él mismo decuajo, animándose y echando alas, se pusiese a volar y se nos mostrasepor el aire. Por fortuna, la excesiva pequeñez de los silfos y suagilidad portentosa los salvan de tales monstruos.

Claro está que lo infinito es siempre lo infinito, así en la mente de unsilfo como en la mente de un hombre. En este punto, si nos contraemos ala especulación racional, nuestros conceptos son iguales; pero encontar, en extenderse a mayor número, en notar mayor cantidad, lossilfos nos ganan; penetran con sus sentidos, y ven y perciben abismos deextensión, de tiempo, de volumen y de duraciones en lo infinitamentepequeño, por donde lo mediano, lo mezquino para nosotros, su universo deun kilómetro cúbico, es más ingente para ellos que toda la inmensidad delos cielos para nosotros. Y no dejan por eso de poner más allá de suuniverso lo infinito inexplorado.

Andan todos ellos muy soberbios con su cultura y con sus progresos, quejuzgan sin límites. Así como cuentan ya un pasado larguísimo, esperan unporvenir más largo aún. Y es lo cierto que no se equivocan. Ellosnacieron con esta última primavera y acabarán al fin del próximo otoño.Ahora, que es verano, están en todo el auge de su grandeza. Lo mismo nossucede a nosotros.

¿Quién sabe si habrá seres, en comparación de los cuales seamos nosotroslo que para nosotros son mis silfos? Y si alguno de estos seres llega aaveriguar que existimos, como yo he llegado a averiguar que existensilfos tales, ¿no se reirá, o nos compadecerá, al ver que esperamos aúntan largo porvenir? Los millones de años que llevamos de vida y los queesperamos vivir aún, serán para él una primavera. Acaso, cuando vuelvaél de veranear o de bañarse en algunos baños de su mundo, encuentre yael nuestro desolado y hecho ruinas, y extinguida, nuestra efímera raza.Pero no tendrá razón. Lo importante es la inteligencia, la cual no semide por varas, ni por kilómetros, ni por diámetros terrestres. Suactividad, cuando es fecunda, puede condensar en un minuto más hechos,más ideas, más creaciones, más gloria y más infierno, que otrainteligencia reacia, perezosa y torpe, durante siglos de siglos.

Última moralidad. Todo es relativo, como decía D. Hermógenes. No haymenos ni más. En el tiempo que he tardado yo en escribir este artículopara cumplir mi imprudente promesa, un hombre de ingenio fecundo hubierasido capaz de escribir la historia de toda la raza humana; y, en menostiempo, mis silfos son capaces de realizar lo más importante de supropia historia. No lo daré por muy seguro, porque no he llegado aenterarme bien y no gusto de fantasear, pero es posible que mientras yohe estado afanadísimo componiendo todas estas candideces e inocentadas,a fin de salir del paso, mis silfos hayan fundado nuevos imperios,creado constituciones, inventado filosofías y máquinas, y erigidomonumentos, en su sentir, imperecederos.

Tal consideración me avergüenza y humilla, en vez de llenarme devanidad; y, aunque no sea de silfos, sino de hombres como yo, el públicoque ha de leerme, todavía le presento con grandísima desconfianza esteescrito, que no he tenido reposo, ni humor, ni tiempo para hacer másbreve.

LA CORDOBESA

———

El editor de esta obra tuvo la bondad de encomendarme, un siglo ha, unode sus artículos; y yo, como es natural, elegí la cordobesa, por ser laprovincia de Córdoba donde he nacido y me he criado.

Mi extremada desidia me ha impedido hasta ahora cumplir mi palabra deescribirle.

Tal vez para cohonestar esta falta me presentaba yo unsinnúmero de dificultades y objeciones, por cuyo medio trataba decondenar el pensamiento del editor, a fin de justificar mi tardanza encontribuir a su realización con mi trabajo.

¿Qué diferencia esencial, ni siquiera qué diferencia accidental notable,puede haber o hay pongo por caso, entre la cordobesa, la jaenense o lasevillana? Allá en lo antiguo quizás la hubiese, porque no eran tanfáciles las comunicaciones, y era más fácil el vivir aislado ysedentario; pero en el día, en que, no ya los hombres y mujeres decontiguas provincias, sino los de remotas naciones, longincuos países yapartadísimos reinos, se ven y visitan con frecuencia, ¿cómo ha depersistir esa variedad y distinción de tipos, dando ocasión a que sedescriban mujeres que por sus costumbres, creencias, modos de sentir yde pensar, fisonomía, continente y traje, se diferencien hasta el puntode que las pinturas o descripciones que de ellas se hagan, varíen por elasunto, y no sólo por el estilo del que pinta o describe? Además, medecía yo, aunque el sello de casta y el de nacionalidad sean indelebles,sin que acierte a borrarlos o a confundirlos la continua convivencia yel íntimo comercio espiritual, en esta época en que tanto se escribe, selee y se viaja, en este siglo del vapor y la electricidad, delferro-carril y del telégrafo, todavía no logro persuadirme de que hayatambién un sello de provincialidad, como hay sello de nación, de tribuo de casta.

Lo peculiar y lo castizo, en lo que tienen de exclusivasestas calidades, provienen de divisiones que hizo la naturaleza misma, yno de las divisiones administrativas o políticas, esto es, artificiales,como son las divisiones por provincias. Malagueñas o sevillanas habrá,sin duda, de casta y suelo más homogéneos con los de ciertas cordobesas,que los de muchas cordobesas entre sí. Una mujer de Cuevas de SanMarcos, por ejemplo, debe parecerse más a otra de Rute, que una de Rutea otra de Belalcázar, y más se parecerá la de Casariche a la deBenamejí, que la de Benamejí a la de Almodóvar.

Harto se me alcanzaba que entre la gallega y la mujer de Cataluña, yentre la manchega y la vizcaína habían de mediar radicales diferencias;pero esto de que cada provincia, fuese la que fuese, había de tener untipo especial, se me hacía difícil de creer. Sólo salvaba yo lamonotonía de este libro y cifraba su variedad en el ingenio diverso decada escritor, en el sesgo que atinase a dar al asunto, y en lo singularde su estilo, pensamientos y sentimientos.

Nunca pensé que el editor desease que escribiésemos una reseña erudita,una serie de vidas de todas las mujeres célebres de cada provincia. Estosería quizás, no sólo ameno, sino ejemplar y didáctico; pero no setrataba de esto, ni yo me hubiese comprometido a escribir mi artículo,si de esto se tratase. No era obra histórica, ni biográfica, la que setrazaba y proyectaba, sino cuadro de costumbres y pintura al vivo oretrato fiel de lo que hoy se nota en cada provincia en los usos,cultura, ideas, y demás prendas, condiciones y actos de las mujeres. Ysiendo la cosa así, repito que no me percataba yo de nada o de casi nadaque impidiese la monotonía de la obra por el objeto, aunque por elsujeto, o mejor diré por los sujetos, viniese a ser un jardín de flores,como la capa del estudiante, merced a la diversidad de estilos y a laidiosincracia de cada escritor que en ella pusiese mano.

Así, sobre poco más o menos, andaba yo cavilando, cuando deberes defamilia me llevaron al riñón de la provincia de Córdoba; a una dichosacomarca donde el color local provincial está difundido a manos llenaspor la Naturaleza pródiga e inexhausta en sus varias creaciones. Yestando este color, este sello, este tipo en todo, ¿cómo, me dije yo, noha de estarlo en la mujer, la cual es blanda cera para recibirimpresiones, y duro bronce para conservarlas sin que se desvanezcan?

Más de cinco meses pasé en mi lugar, y en este tiempo mudé por completode parecer, respecto al libro del Sr. Guijarro. No me quedaba excusapara no escribir el artículo. Estaba persuadido de que si la cordobesaque yo pintase no era un tipo sui generis, era porque yo no sabíapintar lo que estaba viendo de un modo claro. Me decidí, pues, desdeentonces a hacer esta pintura, confesando con ingenuidad que, si no saleoriginal y nueva, la culpa será mía y no del modelo.

Una cosa me turba aún y dificulta mi propósito. Al ver y tratar a lacordobesa del día, acuden a mi imaginación las ya casi borradas especiesque desde mi niñez y primera juventud, harto lejanas por desgracia,dormían o estaban sepultadas en mi mente, de la cordobesa del primertercio de este siglo. La disparidad entre el recuerdo y la impresiónpresente me confunden un poco. El tipo cordobés femenino no hadesaparecido, pero ha habido cambio, si bien el cambio no ha sido de locastizo a lo exótico. El cambio ha sido por interior desenvolvimiento dela propia esencia de la mujer cordobesa, la cual, como todas lasesencias inmortales, permanece en su fundamento sustancial, si bienadquiere nuevas formas y nuevos accidentes. La cordobesa de este momentohistórico no es la cordobesa del momento histórico anterior; pero essiempre la cordobesa, y siempre sigue realizando su esencia, como cadahija de vecina, exteriorizando la idea típica suya propia, ypresentando diverso aspecto, en cada una de las diversas evoluciones conque la exterioriza.

Veo que me encumbro demasiado, y voy a descender y a hablar con másllaneza, dejando los raptos filosóficos para mejor ocasión.

Hoy se me presenta la cordobesa a la vista tal como es, mientras que lamemoria me la retrae tal como era treinta o cuarenta años ha. De aquí seorigina cierta confusión, algo como una antinomía; pero, si bien seestudia la antinomía, se resolverá con poco trabajo en una síntesissuprema. Esta síntesis, si acertase yo a crearla, sería un artículoprimoroso. Es más: sin esta síntesis no es posible el artículo, porqueyo no voy a pintar a la cordobesa muerta, parada, estacionaria, inerte,fósil, sino a la cordobesa viva, en movimiento, en desarrollo, enprogreso; desenvolviéndose, no con prestado impulso, sino según lasleyes propias de su gran ser y de su rico y generoso organismo.

Para adquirir el concepto total de la cordobesa es menester estudiarlaen sus diferentes clases y estados: desde la gran señora hasta la mujerdel rudo ganapán, desde la niña hasta la anciana, desde la hija defamilia hasta la madre o la abuela; y verla y visitarla, ya en laantigua y espléndida capital del Califato; ya en la Sierra, al Norte delGuadalquivir, abundante en minas y en dehesas selváticas y esquivas; yaen la campiña ubérrima, donde hay lugares populosos y hasta lindasciudades, y donde la riqueza, el bienestar y la cultura son mayores.Pero si fuésemos analizando y examinando por separado todas estas cosas,no tendría fin ni término nuestro artículo; y así conviene tocar sólopuntos capitales, y resumir y cifrar en dos o tres tipos todo lo que hayen la cordobesa de más característico y propio.

Claro está que en la provincia de Córdoba hay damas ricas, que hanestado o están en Madrid, que tal vez han ido a Baden o a Biarritz algúnverano; que hablan francés, que han paseado en el bosque de Boulogne,que conocen acaso varias cortes extranjeras, que leen las novelas deJorge Sand y los versos de Lamartine en la misma lengua en que seescribieron, y que se visten con Worth, con Laferrière, con la Honorinao con la Isolina. En todas estas damas subsiste aún la esencia de lamujer cordobesa; pero sería menester ahondar y penetrar demasiado paradescubrir esa esencia al través de tantos aditamentos extraños y detantas exterioridades postizas.

Busquemos, pues, a la genuina cordobesadonde no tengamos necesidad de profundizar o de eliminar para hallarla:busquémosla en la lugareña, ya sea rica, ya pobre; ya señora, ya criada.

La lugareña es en extremo hacendosa. Por pobre que sea, tiene la casasaltando de limpia. Los suelos, de losa de mármol, de ladrillo o de yesocuajado, parecen bruñidos a fuerza de aljofifa. Si el ama de la casagoza de algún bienestar, resplandecen en dos o tres chineros el cristaly la vajilla; y en hileras simétricas adornan las paredes de la cocinaperoles, cacerolas y otros trastos de azófar o de cobre, donde puede unoverse la cara como en un espejo.

La cordobesa es todo vigilancia, aseo, cuidado y esmerada economía.Nunca abandona las llaves de la despensa, de las alacenas, arcas yarmarios. En la anaquelería o vasares de la despensa suele conservar,con próvida y rica profusión, un tesoro de comestibles, los cuales dantestimonio, ya de la prosperidad de la casa; ya de lo fértil de lasfincas del dueño, si son productos indígenas y, como suele decirse, dela propia crianza y labranza; ya de la habilidad y primor de la señora,cuyo trabajo ha aumentado el valor de la primera materia con algunapreparación o condimento. Allí tiene nueces, castañas, almendras,batatas, cirolitas imperiales envueltas en papel para que se pasen,guindas en aguardiente, orejones y otras mil chucherías. Los pimientospicantes, las guindillas y cornetas y los ajos, cuelgan en ristras allado del bacalao, en la parte menos pulcra. En la parte más pulcra suelehaber azúcar, café, salvia, tila, manzanilla, y hasta té a veces, queantes sólo en la botica se hallaba. Del techo cuelgan egregios ygigantescos jamones; y, alternando con esta bucólica manifestación delreino animal, dulces andregüelas invernizas, uvas, granadas y otrasfrutas. En hondas orzas vidriadas conserva la señora lomo de cerdo enadobo, cubierto de manteca; pajarillas, esto es, asaduras, riñones ybazo del mismo cuadrúpedo; y hasta morrillas, alcauciles, setas yespárragos trigueros y amargueros; todo ello tan bien dispuesto, quebasta calentarlo en un santiamén para dar una opípara comida a cualquierhuésped que llegue de improviso.

La matanza se hace una vez al año en cada casa medianamente acomodada; yen aquella faena suele lucir la señora su actividad y tino. Se levantaantes que raye la aurora, y rodeada de sus siervas dirige, cuando nohace ella misma, la serie de importantes operaciones. Ya sazona la masade las morcillas, echando en ella, con rociadas magistrales y en laconveniente proporción, sal, orégano, comino, pimiento y otras especias;ya fabrica los chorizos, longanizas, salchichas y demás embuchados.

La mayor parte de esto se suspende del humero en cañas o barras largasde hierro, lo cual presta a la cocina un delicioso carácter de suculentaabundancia. Casi siempre se reciben en invierno las visitas en torno delhogar, donde arde un monte de encina o de olivo y pasta de orujo, bajola amplia campana de la chimenea. Entonces, si el que llega mojado de lalluvia o transido de frío, ya de la calle, ya del campo, alza los ojosal cielo para darle gracias por hallarse tan bien, se halla mucho mejory tiene que reiterar las gracias, al descubrir aquella densaconstelación de chorizos y de morcillas, cuyo aroma trasciende ydesciende a las narices, penetra en el estómago y despierta o resucitael apetito. ¡Cuántas veces le he saciado yo, estando de tertulia, por lanoche, en torno de uno de estos hogares hospitalarios! Tal vez la mismaseñora, tal vez alguna criada gallarda y ágil, descolgaba con regiagenerosidad una o dos morcillas, y las asaba en parrillas sobre elrescoldo. Comidas luego con blanco pan, con un traguito de vino de latierra, que es el vino mejor del mundo, y en sabrosa y festivaconversación, sabían estas morcillas a gloria.

Es injusta la fama cuando asegura que se come mal por allí. En miprovincia hay un sibaritismo rústico que encanta. Bien sabe mi paisanaestimar, buscar y servir en su mesa las mejores frutas, empezando por laque se cría en su heredad, mil veces más grata al paladar y máslisonjera para el amor propio que la tan celebrada del cercado ajeno. Nicarece tampoco, en la estación oportuna, de cerezas garrafales deCarcabuey, de peras de Priego, de melones de Montalvan, de melocotonesde Alcaudete, de higos de Montilla, de naranjas de Palma del Río, y aunde aquellas únicas ciruelas, que se dan sólo en las laderas del castillode Cabra; ciruelas, dulces como la miel, que huelen mejor que las rosas.En cuanto a las uvas, no hay que decir que son mejores ni peores enninguna parte, porque son excelentes en todas: y las hay lairenes,pedrojiménez, negras, albillas, dombuenas de corazón de cabrito,moscateles, baladíes, y de otros mil linajes o vidueños.

Las aceitunas no ofrecen menor variedad: manzanillas, picudas, reinas,gordales, y qué sé yo cuántas otras. La mujer cordobesa se vale paraprepararlas de mil ingeniosos métodos y de mil aliños sabrosos; pero, yaestén las aceitunas partidas o enteras, rellenas u orejonadas, siempreinterviene en ellas el laurel, premio de los poetas.

Pues ¿qué alabanza, qué encarecimiento bastará a celebrar a mi paisana,cuando despunta por lo habilidosa? ¡Qué guisos hace o dirige, quéconservas, qué frutas de sartén, y qué rara copia de tortas, pasteles,cuajados y hojaldres! Ya con todo género de especierías, con nueces,almendras y ajonjolí, condimenta el morisco alfajor, picante yaromático; ya la hojuela frágil, liviana y aérea; ya el esponjadopiñonate, y ya los pestiños con generoso vino amasados: sobre todo locual derrama la que tanto abunda en aquellas comarcas, silvestre ycándida miel, ora perfumada de tomillo y romero en la heroica y alpestreFuente Ovejuna, que en lo antiguo se llamaba la Gran Melaria; oraextraída, merced a las venturosas abejas, del azahar casi perenne, quese confunde con el fruto maduro por todos los verdes naranjales, en lasfecundas riberas del Genil y del Bétis.

Sería cuento de nunca acabar si yo refiriese aquí circunstanciadamentecuanto sabe hacer y hace la cordobesa en lo que atañe a pastelería yrepostería. No puedo, con todo, resistir a la tentación de dar unasomera noticia de lo más interesante. Hace la cordobesa gajorros,cilindros huecos, formados por una cinta de masa que se enrosca enespiral, para los cuales, a fin de que crujan entre los dientes y sedeshagan luego con suavidad en la boca, es indispensable una maestríasoberana, así en el amasijo como en la fritura. La batata en polvo y lascarnes de manzana, membrillo y gamboa, que toda cordobesa prepara,debieran ser conocidas y estimadas en las mesas de los príncipes ymagnates. Con el mosto hace la cordobesa gachas, pan y arropesinfinitos, ya de calabaza, ya de cabellos de ángel, y ya de uvas, aunqueentonces toma el nombre de uvate y deja el de arrope.

Quiero pasar en silencio, por no molestar al lector y porque no me tildede prolijo y tal vez de goloso, los hojaldres hechos de flor de harina ymanteca de cerdo en pella; los multiformes bizcochos, entre los cualessobresale la torta o bollo maimón; los nuégados, los polvorones, lassopaipas, los almíbares y las perrunas, exquisitas, a pesar de lo pocosimpático del nombre que llevan. Pero ¿cómo no detenerse en el debidoencomio de ciertas empanadas, en mi sentir deliciosas, y tan propias yprivativas de por allá, que la mujer que no haya nacido cordobesa noposeerá jamás el quid divinum que para amasarlas se requiere, niacertará a darles el debido punto de cochura? Estas empanadas son, endicho sentido, incomunicables. Aunque en mayor escala, acontece conellas lo que con el turrón de Jijona, que al instante se conoce lafalsificación. Bien puede tener la mas docta cocinera la recetaauténtica, exacta, minuciosa, de estas empanadas; apuesto a que no lashace, si no es de mi provincia. A quien no ha comido de tales empanadasle parecerá abominable que, constando el relleno de boquerones osardinas con un picadillo de tomates y cebollas, se tomen las empanadascon chocolate; pero así es la verdad, y están buenas, aunque parezcainverosímil.

No es nuevo este arte de repostería y pastelería, ni su florecimientoentre las cordobesas. Según un escrito fehaciente, reimpreso y divulgadopoco ha (la verdadera historia de la Lozana Andaluza), dicho arteflorecía ya a principios del siglo XVI.

Aquella insigne mujer, que eracordobesa, hacía con admirable perfección casi todo cuanto aquí hemosmentado, si bien el autor lo refiere de corrida, sin detenerse tantocomo nosotros en el asunto. Probado deja, sin embargo, que ya entoncesera parte este gay saber en la educación de mis paisanas, y que demadres a hijas ha venido trasmitiéndose hasta ahora por medio de latradición. Así es que cualquiera cordobesa, si no es manca y tienemediano caletre, podrá jactarse en el día, como ha más de tres siglos sejactaba la Lozana, si es que la modestia lo permite, de que sobrepuja aPlatina De voluptatibus y a Apicio Romano De re coquinaria.

Con todo, acerca de lo último (en lo tocante a cocina propiamentedicha), no hay, hablando con franqueza, tanto de que jactarse como en laparte de repostería. Este arte, incluyendo en él, aunque parezcadisparatado, todo lo relativo a la matanza, es, en la provincia deCórdoba, un arte más liberal, menos entregado a manos mercenarias.Apenas si hay hidalga, por encopetada y perezosa que sea, que, según yahemos dicho, no trabaje en estos negocios col seno e colla mano. Yasazona el adobo; ya hecha con su blanca diestra el aliño a laslonganizas; ya rellena tal cual chorizo con un embudito de lata; yapincha las morcillas para que se les salga el aire, valiéndose de unaaguja de hacer calceta o de una horquilla que desprende de sus hermososcabellos.

Suele, en verdad, venir a las casas, en los días de matanza, o en losque preceden a la Noche-buena, cuando se hacen mil golosinas, o durantela vendimia, para hacer el arrope y las gachas de mosto, o poco antes deSemana Santa, para solemnizarla con hojuelas, pestiños, gajorros ypiñonate, alguna mujer perita, de tres o cuatro que hay siempre en cadalugar, la cual se pone al frente de todo; pero rarísima vez la señoraabdica en esta mujer por completo y se sustrae a toda responsabilidad.Esta mujer no pasa de ser una ayudanta, una altera ego. Quien enrealidad dirige es el ama.

Y sólo cede el ama la dirección, o, parahablar con rigorosa exactitud, no la cede ni dimite, sino que compartela responsabilidad y divide el imperio, cuando se da la felizcircunstancia de que haya alguna mujer que sea un genio inspirado, conmisión y vocación singular para tales asuntos. Así sucedía en mi lugarcon una mujer que llamaban Juana la Larga, la cual murió ya; y es muycierto que ha dejado una hija heredera de sus procedimientos arcanos:pero el genio no se hereda, y la hija de Juana la Larga no llega, ni conmucho, adonde llegaba su madre: es mucho menos larga en todo, como loreconocen y declaran cuantas personas competentes han conocido a la unay a la otra.

Con la cocina, con el guiso diario, hay muy distinto proceder. Unaseñora cuidadosa y casera tendrá cuenta con lo que se guisa, irá a ladespensa, dará órdenes: pero el verdadero guisar queda enteramente alcuidado de la cocinera. De aquí lo decaído del arte. La cocina cordobesafue, sin duda, original y grande. Hoy es una ruina, como los palacios deMedina-Azahara y los encantadores jardines de la Almunia. Sólo quedanalgunos restos, que dan señales, que son como reliquias de la grandezapasada; restos que un hábil cocinero arqueólogo pudiera restaurar, comoha restaurado Canina los antiguos monumentos de Roma.

Sería menester una pericia técnica, de que carezco, para caracterizaraquí la cocina cordobesa, excelente aunque arruinada, y para definirla ydistinguirla entre las demás cocinas de los diversos pueblos, lenguas ytribus del globo.

El lector me perdonará que hable casi como profano en esta materiatrascendente.

Yo creo que, sin desestimar la cocina francesa, que hoy priva yprevalece en el mundo, hay restos y como raíces en la de Córdoba, que nodeben menospreciarse.

¿Quién sabe si darán aún opimos frutos sindesnaturalizarse con ingertos, sino conservando el ser castizo quetienen?

Las habas, a pesar del anatema de Pitágoras, que tal vez las condenócomo afrodisíacas, son el principal alimento de los campesinos de mitierra. El guiso en que las preparan, llamado por excelencia cocina,es riquísimo. Dudo yo que el más científico cocinero francés, sin másque habas, aceite turbio, vinagre archi-turbio, pimientos, sal y agua,pueda sacar cosa tan rica como dicha cocina de habas preparada porcualquiera mujer cordobesa. Del salmorejo, del ajo-blanco y delgazpacho, afirmo lo propio, Será malo; harán mil muecas y melindres lasdamas de Madrid si le comen; pero tomen los ingredientes, combínenlos, yya veremos si producen algo mejor.

Por lo demás, el salmorejo, dentro de la rustiqueza del pan prieto, Y los rojos pimientos y ajos duros,

de que principalmente consta, debe pasar por creación refinada en lasartes del deleite, sobre todo si se ha batido bien y largo tiempo porfuertes puños y en un ancho dornajo. En cuanto al gazpacho, es saludableen tiempo de calor y después de las faenas de la siega, y tiene algo declásico y de poético. No era más que gazpacho lo que, según Virgilio, enla segunda Égloga, preparaba Testilis para agasajo y refrigerio de losfatigados segadores:

Allia, serpyllumque, herbas contundit olentes.

Dejo de hablar de la olla, caldereta, cochifrito, ajo de pollo y otrosguisados, por no tener diverso carácter en Córdoba que en las restantesprovincias andaluzas. Sólo diré algo en defensa de la alboronía, porhaberse burlado de ella un agudo escritor, amigo mío, y por habernossuministrado la ciencia moderna un medio de justificarla, y aun deprobar, o rastrear al menos, que la antigua cocina cordobesa fue unacocina aristocrática o casi regia, que ha venido degenerando. El sabioorientalista Dozy demuestra que la inventora de la alboronía, o quien ledio su nombre, fue nada menos que la Sultana Boran, hermosa, distinguiday comm'il faut entre todas las Princesas del Oriente. Tal vez elcreador de la alboronía dedicó su invención a esta Sultana, como hacenhoy los más famosos cocineros, dedicando sus guisos y señalándolos conel nombre de algún ilustre personaje. Así hay solomillo a laChateaubriand, salmón a la Chambord, y otros condimentos a la Soubisse,a la Bismarck, a la Thiers, a la Emperatriz, a la Reina y a la Pío IX.Para mayor concisión se suprime el nombre de lo guisado y queda sólo eldel personaje glorioso; por donde cualquiera se come un Pío IX o unChateaubriand, sin incurrir en antropofagia.

Sin duda, así como, en vista del aserto irrefragable de Dozy, laalboronía viene de la Sultana Boran, la torta maimón y los maimones, queson unas a modo de sopas, deben provenir del Califa, marido de lasusodicha Boran, el cual se llamaba Maimón, ya que no provengan del granfilósofo judío Maimónides, que era cordobés, y compatriota, por lotanto, de los maimones, sopa, torta y bollo.

Fuerza es confesar, a pesar de lo expuesto, que estas cosas se hanmaleado. Son como los refranes, que fueron sentencias de los antiguossabios y han venido a avillanarse; o como ciertas familias de claraestirpe, que han caído en baja y oscura pobreza. Lástima es, por cierto,que así pase; pues los primeros elementos son exquisitos para la cocinaen toda la provincia de Córdoba.

Entre las jaras, tarajes, lentiscos y durillos, en la espesura de lafragosa sierra, a la sombra de los altos pinos y copudos alcornoques,discurren valerosos jabalíes y ligeros corzos y venados: por toda laferaz campiña abundan la liebre, el conejo, la perdiz y hasta el sisoncorpulento, y toda clase de palomas, desde la torcaz hasta la zurita.

Nobien empieza a negrear y a madurar la aceituna, acuden de Africa loszorzales, cuajando el aire con animadas nubes. El jilguero, laoropéndola, la vejeta y el verdearon alegran la primavera con sus trinosamorosos. El gran Guadalquivir da mantecosos sábalos y sollos enormes; ydan ancas de ranas y anguilas suaves todos los arroyos y riachuelos.Sería proceder en infinito si yo contase aquí los productos del reinovegetal, la Flora de aquella tierra predilecta del cielo, sobre la cual,según popular convencimiento y arraigada creencia, está verticalmentecolocado, en el cenit, el trono de la Santísima Trinidad. Baste saberque las mil y tantas huertas de Cabra son un Paraíso. Allí, si aunestuviese de moda la mitología, pudiéramos decir que puso su tronoPomona; y extendiéndonos en esto, y sin la menor hipérbole, bienañadiríamos que Pales tiene su trono en las ermitas, Ceres en los camposque se dilatan entre Baena y Valenzuela, y Baco el suyo en los Moriles,cuyo vino supera en todo al de Jerez.

La cordobesa mira con desdén todo esto, o bien porque le es habitual yno le da precio, o bien por su espiritualismo delicado. Sin embargo,algunas señoras ricas se esmeran en cuidar frutas y en aclimatar otraspoco comunes hasta ahora en aquellas regiones, como la fresa y laframbuesa. Asimismo suele tener la cordobesa un corral bien poblado degallinas, patos y pavos, que ella misma alimenta y ceba; y ya lograverse, aunque rara vez, la desentonada y atigrada gallina de Guinea. Elfaisán sigue siendo para mis paisanas un animal tan fabuloso como elfénix, el grifo o el águila bicípite.

Donde verdadera y principalmente se luce la cordobesa es en el manejointerior de la casa. Los versos en que Schiller encomia a sus paisanas,pudieran con más razón aplicarse a las mías. No es la alemana la quedescribe el gran poeta: es la madre de familia de mi provincia o de milugar:

Ella

en

el

reino

aquél

prudente

manda;

Reprime

al

hijo

y

a

la

niña

instruye,

Nunca

para

su

mano

laboriosa,

Cuyo

ordenado

tino

En rico aumento del caudal refluye.

¡Cómo se afana! ¡Cómo desde el amanecer va del granero a la bodega, y dela bodega a la despensa! ¡Cómo atisba la menor telaraña y hace al puntoque la deshollinen, cuando no la deshollina ella misma! ¡Cómo limpia elpolvo de todos los muebles! ¡Con qué esmero alza en el armario o guardaen el arca o en la cómoda la limpia ropa de mesa y cama, sahumada conalhucema! Ella borda con primor, y no olvida jamás los mil pespuntes,calados, dobladillos y vainicas que en la miga le enseñaban, y quehizo y reunió en un rico dechado, que conserva como grato recuerdo.

Noqueda camisa de hilo o de algodón que no marque, ni calceta cuyos puntosno encubra y junte, ni desgarrón que no zurza, ni rotura que noremiende. Si es rica, ella y su marido y su prole están siempre aseadosy bien vestidos. Si es pobre, el domingo y los días de grandes fiestassalen del fondo del arca las bien conservadas galas: mantón o pañolón deManila, rica saya y mantilla para ella; y para el marido una camisabordada con pájaros y flores, blanca como la nieve, un chaleco deterciopelo, una faja de seda encarnada o amarilla, un marselléremendado, unos zahones con botoncillos de plata dobles y de muletilla,y unos botines prolijamente bordados de seda en el bien curtido becerro.Sobre todo esto, para ir a misa o a cualquier otra ceremonia o visita decumplido, se pone mi paisano la capa. Sería una falta de decoro, casi undesacato, presentarse sin ella aunque señale el termómetro treintagrados de calor. En efecto, la capa, como toda vestidura talar yrozagante, presta a la persona cierta amplitud, entono y prosopopeya. Noes esto decir que en mi tierra no se abuse de la capa. Me acuerdo de unmédico que nos visitaba en el lugar, siendo yo niño, el cual no laabandonaba jamás; iba embozado en ella y no se desembozaba ni aun paratomar el pulso, tomándole por cima del embozo. Claro está que quien nose quita jamás la capa, menos se quita el sombrero, sino en muy solemnesocasiones. Hombre hay que ni para dormir se le quita, trayéndole haciala cara para defenderla del sol o de la luz, si duerme la siesta al airelibre; así como se le lleva hacia el morrillo o cogote, sosteniéndolecon la mano, para saludar a las personas que más respeto y acatamientole merecen. Pero volvamos a nuestra cordobesa.

Pobre o rica se esmera, como he dicho, en la casa. En algunas hay yahabitaciones empapeladas, pero lo común es el enjalbiego, lo cual serágrosero y rústico si se quiere, mas alegra con la blancura y da a todoun aspecto de limpieza. La misma ama, si es pobre, y si no la criada,enjalbiega a menudo toda la casa, incluso la fachada. Esta manía deenjalbegar llegó a tal extremo, que una señora de mi lugar, algunos añosha, enjalbegaba su piano; el primero que apareció por allí. Ahora hay yamuchos y buenos, hasta de palo santo, y se cuentan por docenas lasseñoras y señoritas que tocan y cantan.

Los patios, en Córdoba y en otras ciudades de la provincia, son como losde Sevilla, cercados de columnas de mármol, enlosados y con fuentes yflores. En los lugares más pequeños no suelen ser tan ricos ni tanregulares y arquitectónicos; pero las flores y las plantas estáncuidadas con más amor, con verdadero mimo. La señora, en la primavera yen las tardes y noches de verano, suele estar cosiendo o de tertulia enel patio, cuyos muros se ven cubiertos de un tapiz de verdura. Lahiedra, la pasionaría, el jazmín, el limonero, la madreselva, la rosaenredadera y otras plantas trepadoras, tejen ese tapiz con sus hojasentrelazadas y le bordan con sus flores y frutos. Tal vez está cubiertade un frondoso emparrado una buena parte del patio: y en su centro, desuerte que se vea bien por la cancela, si por dicha la hay, se levantaun macizo de flores, formado por muchas macetas, colocadas en gradas oescaloncillos de madera. Allí claveles, rosas, miramelindos, marimoñas,albahaca, boj, evónimo, brusco, laureola y mucho dompedro fragante. Nifaltan arriates todo alrededor, en que las flores también abundan; ypara más primor y amparo de las flores, hay encañados vistosos, dondeforman las cañas mil dibujos y laberintos, rematando en triángulos y enotras figuras matemáticas. Las puntas superiores de las cañas, con quese entretejen aquellas rejas o verjas, suelen tener por adorno sendoscascarones de huevo o lindos y esmaltados calabacines. Las abejas y lasavispas zumban y animan el patio durante el día. El ruiseñor le damúsica por la noche.

En el invierno, la cordobesa tiene buen cuidado de que plantas de hojaperenne hermoseen su habitación. Canarios o jilgueros recuerdan laprimavera con sus trinos; y si el amo de casa es cazador, no faltanperdices y codornices cantoras en sus jaulas, y las escopetas y trofeosde caza adornan las paredes. En torno del hogar, casi en tertulia conlos amos, vienen a colocarse los galgos y los podencos.

Todavía en las casas aristocráticas de los lugares suele haber uno comobufón o gracioso, que recuerda, si bien por lo rústico, al lacayo denuestras antiguas comedias.

Este gracioso posee mil habilidades; cazazorzales con silbato y percha, y jilgueros con liga o red, y pescaanguilas metiéndose en los charcos y arroyos, y cogiéndolas con la mano.Alguno de estos suele tener su poco de poeta; da los días a la señora endécimas, y compone coplas en su elogio, y sátiras contra los rivales ocontrarios de sus amos.

Acompaña también y entretiene a los niños, ysabe una multitud de cuentos, que relata con animación y mucha mímica.

La criada de lugar no deja de saber también muchos cuentos, y los cuentacon gracia. Los sabe de asombros, de encantos y de amores; y todos éstosson serios. Para lo cómico y jocoso atesora una infinidad dechascarrillos picantes.

Siendo yo pequeñuelo, no me hartaba nunca de oír cuentos que me contabanlas criadas de casa. El más bonito, el que más me deleitaba era el dedoña Guiomar, cuyo argumento, en lo esencial, es el mismo del dramaindio de Kalidasa, titulado Sacuntala. Los árabes, sin duda, trajeroneste cuento y otros mil, en la Edad Media, desde el remoto Oriente.

La criada que descuella por lo lista, amena y entretenida, se capta lavoluntad y se convierte siempre en la acompañanta o favorita del ama, ode la niña o señorita soltera.

Viene a semejarse a la confidenta de lastragedias clásicas, y aun puede hacer el papel de Enone. De todos modosva con su ama a visitas, a misa y a paseo, le lleva y le trae recados, yprocura tenerla al corriente de cuanto pasa en el lugar.

A esto de saber vidas ajenas y de murmurar, menester es confesarlo, hayuna deplorable afición en las hidalgas y ricas labradoras de por allí.

Por lo demás, si hay algo de cierto en el mordaz proverbio que dice: Alandaluz hacedle la cruz, y al cordobés de manos y pies, bien puedeafirmarse que no reza con las mujeres; antes son víctimas las pobrecitasde lo levantiscos, alborotados y amigos de correrla que son generalmentelos maridos. Ya dice uno que va al campo a ver las viñas o los olivaresy a inspeccionar la poda, la cava u otra labor cualquiera; ya suponeotro que va a cazar sub Jove frígido, tenerae conjugis immemor; yaéste tiene que ir a negocios a la cabeza de partido, o a Córdoba, o aMadrid por motivos políticos; ya alega aquél que debe ir a Jerez allevar muestras de vino, o a alguna feria, a ver si vende o compraganado: en suma, jamás carece ninguno de pretexto para estar ausente desu casa la mitad del año. Si el marido es mozo y alegre, suele pasarmeses enteros lejos del techo conyugal. La tierna esposa, entre tanto,queda en la soledad y en el abandono, y si a menudo se ve asediada porlos pretendientes, imita a Penélope y aun se le adelanta, pues al cabosu marido, ni fue a pasar trabajos y a aventurar la vida en la guerra deTroya, ni de fijo, salvo raras y laudables excepciones, se muestra másfosco y zahareño que Ulises con las Circes y Calipsos que en mesones,hosterías, fondas y otras partes se le aparecen.

Muy de maravillar y muy digna de alabanza es esta fidelidad resignada dela cordobesa. No negaré, con todo, que a veces agota la cordobesa laresignación y rompe el freno de la paciencia. Entonces estallan loscelos como una tempestad. Me acuerdo de cierta parienta mía que supo quesu marido tenía con todo sigilo a una muchacha en su casa de campo,adonde iba todas las tardes y aun se quedaba algunas noches, conpretexto de las labores. Apenas lo supo, mandó que pusiesen las jamugasa la burra, se hizo acompañar en otra burra por su confidenta, y sin quesu marido lo notase, se fue por aquellos vericuetos hasta llegar a lacasería. Terrible fue la entrevista con la pecadora, a quien echó deallí a pescozones.

Debo advertir que en este y otros casos se avivan los celos conpoderosas razones económicas. Tal linaje de mancebas suele ser muycostoso, y remata en la perdición de pingües y desahogados caudales. Nose origina el gasto, ni nace de las galas y dijes, coches y primores quehay que comprar a la muchacha, ni del boato y pompa con que es menestersostenerla; aunque todo es relativo y proporcional, y en algo de esto segasta también. La hetera de lugar es menos exigente, pedigüeña yantojadiza que las Coras, las Baruccis, las Paivas y otras famosas heteras parisinas: pero aquéllas son solas, se diría que nacieron comolos hongos, y la lugareña tiene un diluvio de parientes, que se lanza yabate sobre la casa y la hacienda del mantenedor enamorado, como bandadade langostas hambrientas y voraces. Los primos, los sobrinos, loscuñados, la madre, las tías, todos, en suma, se creen con derecho acuanto hay: con derecho al trabajo; y por consiguiente, con derecho a laasistencia y a la holganza. El aceite sale de tu bodega, no porpanillas, sino por arrobas; las lonjas de tocino vuelan de la despensa;las morcillas transponen; la manteca se evapora; los jamones se disipan.La parentela entera se alumbra, se calienta, come, bebe y hasta mora acosta tuya. Si tienes casas, las habitará alguien de la parentela y note las pagará; si eres cosechero de vino o aguardiente, menudearán lasbotas, botijas y botijuelas, y entrarán vacías y saldrán rebosando.

No se crea, no obstante, que, siendo tan lucrativo este oficio, sededican muchas mujeres a él y abaratan el mercado con la competencia. Entodo el territorio de Córdoba ha vivido siempre gente muy hidalga yharto difícil en puntos de honra.

Colonia en lo antiguo de verdaderosciudadanos romanos, y no de libertos, como otras, mereció y obtuvo eltítulo de patricia; cuando la invasión mahometana, no vinieron apoblarla rudos y plebeyos berberiscos, sino claros varones de purasangre arábiga; los linajes más ilustres de Medina y de la Meca; losdescendientes de los ansáres, tabies y muhadjires. Y por último,habiendo sido mi provincia, durante dos siglos, fronteriza con el reinode Granada, ha debido tener y ha tenido para custodia y defensa de suslugares fuertes, y para tomar el desquite de cualquier ataque, entrandoen algarada por los dominios del alarbe, talando sus mieses y haciendootras mil insolencias y diabluras, una población de hombres recios yvalerosos, Todos

hidalgos