Al Primer Vuelo by José María de Pereda - HTML preview

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Se oyó la risa franca de Nieves muy cerquita de la puerta, que a pocorato se abrió dando paso a la sevillanita envuelta en un blanco yholgado peinador, con toda la espesa y fina mata de su pelo rubio doradotendida sobre la espalda.

—Para que veas que no te engaño—dijo a su padre señalando al fondo delgabinete—, mira qué obscuro está todo.

En efecto: no se veía otra luz allá dentro que la que se filtraba porlas rendijas de los postigos cerrados con sus aldabillas sobre lascorrespondientes vidrieras: la precisa para andar allí sin tropezones.

Entonces fue don Alejandro quien se rió.

—¡Qué cosas tenemos a lo mejor los hombres llamados formales!—dijo—.Pues mira: pequeñeces son y hasta tonterías parecen; pero tienen suencanto, y ¡qué demonios le queda de placentero a la vida si se lequitan esos recreos?... ¿No es así?

Pues, canástoles, el que se riera denosotros ahora, sería un grandísimo majadero.

—Ya se ve que sí—dijo Nieves siguiendo el humor a su padre—. Pero,dime—añadió—: ¿también aquí me está prohibido mirar?

—Aquí no—respondió muy formalmente don Alejandro—, porque esto tienebien poco que ver. Tú hazte el cargo: ya que la casualidad te metió enPeleches por primera vez de noche cerrada, la gracia de la cosa estápara mí en estimar yo mismo el efecto que te produzca lo que te vayaponiendo delante de los ojos, y que no se ve todos los días ni en todaspartes. ¿Te enteras? Pues no hay más. Pero aguárdate un poco...¡Catana!...

¡Catana!...

Esto lo gritó don Alejandro desde la puerta que daba al pasillo, paraque acudiera la rondeña, que se llamaba así.

—Tengo yo mi puntillo de vanidad—dijo a Nieves mientras la quintañonavenía—, en que este erizo andaluz que desde que salió de la tierra noha puesto la mirada en cosa que le parezca bien, aprenda a mirar como esdebido lo que se ve desde aquí, hasta que se muera de repente por mal deasombro y maravilla.

En esto llegó Catana, con su cabeza gris, su color cetrino, sus ojosnegros y bravíos, su sempiterno vestido de indiana muy floreado, y supañolón negro, de seda, con los picos anudados atrás.

—¿Qué manda zu mercé?—preguntó desde la puerta.

—¿Qué has visto—la preguntó a ella su amo—, de tantísimo como hay quever desde esta casa?

—Ná, zeñó.

—¡Cómo que nada?

—Ná... zino e peor que ná; porque azomé la fila, andando en mi trajín,por un ventaniyo de eta parte, y too lo vide negro, y dije: po zeñó, papoca y mala zalú, a la joya... Y no he querío ver má.

—Pues aguántate aquí a la vera nuestra—dijo Bermúdez después de reírsecon Nieves de la ocurrencia de Catana, que hablaba siempre con la mayorseriedad—, para que te mueras pronto y de una vez, y a gusto mío... Yvamos a ello, empezando por lo de adentro por ser lo peor. Esta pieza enque nos hallamos, como te dije anoche, ¿te acuerdas Nieves? es el salónde recibir, vamos, el estrado. Ya ves que, por extenso... ¿eh? se puedencorrer potros en él. De esto ya te enteraste anoche, pero no de loscuadros por falta de luz... ni del tillado de castaño negro conremiendos de cabretón. Mira qué puertas: de roble, con su cristalillo dea tercia en su correspondiente cuarterón. En cada tiempo su estilo. EstaPurísima tan estropeada, es copia de una de Murillo, y dicen que no eramala cuando la trajo de Madrid mi bisabuelo paterno. Este retrato que lasigue por la izquierda, es de mi padre, y el otro de la derecha, de mimadre.

Son obra de un pintor que anduvo tomando vistas por estos sitios,muerto de hambre. Así están ellos. Del mismo pincel y de la misma épocason estos cuatro de este lado: Héctor, Aquiles...

¡Demonio! parece quete voy a hablar del sitio de Troya... Cosas de mi padre. Pues son mishermanos y mi hermana Lucrecia, y yo; yo sin pelo de barba todavía, perocon mis dos ojos cabales...

con los que tú me alcanzaste aún, Catana, enépoca bien memorable para mí... Pero no hablemos de esto, canástoles,que es muy amargo y muy duro de digerir... Corriente. Pues con decirteque estos seis retratos le costaron a mi padre cuarenta duros y elhospedaje del pintor, que todavía se consideraba rumbosamente pagado, tedigo cuanto hay que decir sobre el mérito de su pincel.

—Y este señor del pelucón y casaca bordada, ¿quién es?—

preguntóNieves.

—Ese es, digo, ese fue don Cristóbal Bermúdez Peleches, cuarto abuelomío, y fundador del mayorazgo en los principios del siglo pasado.Desempeñó en Méjico el cargo de Intendente general durante muchos años,y de allá vino nadando en oro; casó en Madrid con una señora de la cepailustre de Pacheco, y labró esta casa sobre la más modesta, aunque nomenos hidalga, en que él había nacido... Pero de este preclaroascendiente nuestro ya me has oído hablar muchas veces, lo mismo que deeste otro que le sigue, con hábitos de sacerdote y la medalla de laInquisición colgada del cuello. Fue inquisidor, también en Méjico, ytrajo de allá estas cornucopias que ves alrededor de la sala junto a lacornisa del techo. Tiéneselas por cosa notable, aunque no lo parecen ala simple vista. Este vargueño tan roído ya por la polilla, también fuetraído de Méjico por el mismo inquisidor... ¿Te fijas en la sillería,eh? Ya habrás notado que no juega con el vargueño ni con lascornucopias, ni se honra con tan señalada procedencia. Es ebanistería dela más mala entre lo peor que se ha hecho y estilado en esta tierra. Contodo, tiene para mí gran mérito por los recuerdos que me trae a lamemoria... ¿Te vas enterando tú también, desaboría gitana?

—Zí, zeñó,—contestó la rondeña, muy grave y con los ojos muy abiertos.

—Pues a otra cosa entonces, porque se acabó la sala... Voy ahora aenseñaros algo de lo de afuera, pero de lo menos bueno; lo quecorresponde a la fachada del sur, que es adonde miran los tres balconesde ella, o sean éste que voy a abrir, otro del gabinete mío y otro deltuyo, Nieves... Ahí está lo menos hermoso del panorama. Desde laplataforma de la torre os le hubiera enseñado para que le gozarais sinestorbos por todas partes; pero, según noticias de mi amigo Fuertes, laplataforma está de mírame y no me toques, sin contar con que le falta ala torre media escalera, cabalmente la mitad de abajo... Mas esa y otrasdificultades parecidas, ya se irán remediando.

Nieves y Catana, mientras hablaba así don Alejandro, después de mirar loque se descubría de frente y sin esfuerzo, querían salir al balcón paramirar hacia los lados.

—Poco a poco—les dijo don Alejandro conteniéndolas—; no se permitemirar más que por derecho y desde ahí, ¿estamos?: lo otro ya se verádesde donde deba verse. Por de pronto, la fachada es de sillería como ladel este... No hay para qué verla, señoras, porque lo afirmo yo, comoafirmo que sobre cada balcón de los tres de este piso, hay otro máspequeño y de púlpito, con sendos escudos de armas en los dos entrepañosprincipales... Quietecitas he dicho, que tiempo les queda de comprobarlo que afirmo... y vayan mirando. Aquí, debajo, un poquito de jardín,bastante disimulado, porque la verdad es que hasta que yo mandé que lealiñaran un poco, contando con que ibas a venir tú, nadie se ha cuidadode él en muchísimos años. Eso que ahora es una tapia regular con puertaenrejada, fue en años témporas, como dicen los poencos de tuSerranía, ¡oh, gitana! casi muralla de sitio con su portóncorrespondiente; como fue patio con horno y pozo que aún se conserva,según podéis ver, y no sé cuántas accesorias, esto que a la presente esjardín. Después de la calzadita que pasa por delante de la puerta, otrocercado, con árboles, pradera y tierra labrada, que se va hundiendo pocoa poco según se va alejando, lo mismo que la faja de pinos que lecontornea por nuestra izquierda. Es, como si dijéramos, la huerta deesta casa...

Vuelve a subir el terreno después de una larguísimahondonada, pero con otro ropaje más basto y más bravío, y acaba en unagran mancha verdinegra que se esparce a un lado y a otro...

—Eza mancha jué lo negro que yo vide.—dijo Catana sin podersecontener.

—Pues esa mancha negra, mi señora doña... espantos sin substancia, esun magnífico pinar, y de mi legítima pertenencia, como la huerta y loque sigue hasta él... ¿estamos? y aunque algo triste de color, no espara que nadie enferme al mirarlo, y mucho menos una res brava deciertas espesuras que yo me sé. ¿No es verdad, Nieves? Sé franca, tú quepintas algo y entiendes más que Catana de estas cosas. Fíjate bien: aquíla lozanía de la huerta; después el recuesto verde sucio; luego el pinarcasi negro; enseguida un monte gris, rapado y pedregoso; y en últimotérmino, una montaña azul. ¿No tiene todo este conjunto su bellezaespecial? Además, os lo tengo anunciado como lo menos bello delpanorama, y no podéis, en buena conciencia, llamaros a engaño ahora... Yse acabó este primer número del programa... A otro enseguida... yquédense estas puertas abiertas para que se vaya inundando de la graciade Dios toda la casa...

Por aquí, por el pasadizo éste... Alto en esta puerta de la izquierda, ymucho cuidado con no torceros un pie en algún rendijón del tillado deadentro. Como la pieza tiene balcón, único claro que hay en la fachadacorrespondiente, la del noroeste, se cuelan las invernadas por él lomismo que si no vinieran a Peleches más que para eso. ¡Como está tanalto y tan descarado!... Nadie ha podido habitar en esta pieza jamás.Cuidado, repito, mucho cuidado donde se pisa... ¡Ea! ya está de par enpar, digo, ya están separados estos pingajos de puerta. Ponte aquí,Nieves, y tú a este otro lado, Catana...

Vamos, ¿qué hay que decir aesto?... No os fijéis en este primer término, que es árido y escabroso,como todo terreno de costa, sino en lo demás, en lo llano, que es lavega de Villavieja, verde aquí, parda allá, con sus caseríos salpicados,después alturas grises y alturas verdes, y sierras peladas y montesobscuros...

¿Veis una rayita blanca, allá lejos, que culebrea un ratitoen el contorno de la vega y luego se pierde entre dos cerrillos? Pues esel camino real. ¿Veis otra rayita que cruza la vega por este lado de laizquierda, en dirección a los mismos dos cerros en que se pierde elcamino? Pues es la senda que une a Villavieja con él.

Por ahí vinimosanoche nosotros; sólo que al llegar a la entrada de la villa, tomamosotro camino que sube a Peleches por esta ladera... Vedle aquíarrastrándose debajo del mismo balcón en que estamos... ¿Eh? ¿Qué tal?Me parece, señora serrana, que aquí no hay negruras que maten ni asustena ciertos corazoncitos temerosos y delicados... Bien claro, abierto,luminoso y variado es por donde quiera que se mire todo ello... Vamos,diga usted que sí o que no, como Cristo nos enseña.

—¿E de zu mercé la vega tamién?—preguntó Catana a su amo, en lugar deresponderle.

—Una buena parte de ella—contestó Bermúdez un poco amoscado—. Pero¿qué tiene que ver lo uno con lo otro? ¿Lo barruntas tú, Nieves?

Nieves, que toda era ojos y respiración, para gozar a sus anchas de laluz y los aromas de que estaba inundada la campiña, adivinando lamalicia envuelta en la pregunta de Catana, contestó a la de su padre,sonriéndose con la rondeña:

—Es una salida como otras suyas, por no mentir. Teme que lo sientas site dice que no la gusta... por lo menos tanto como...

—Como la Serranía de siempre, vaya,—concluyó don Alejandro.

—Ezo igo yo,—confirmó Catana, mirando a Nieves con la cabeza algogacha.

—¿Y tú también eres de su parecer, hija mía?

—Yo no, papá,—contestó Nieves al punto y sin la menor traza deengañarle—. Es decir: por de pronto, me gusta esto mucho, muchísimo; loque hay es que no conozco lo otro que le parece mejor a Catana, ypudiera serlo. ¿No es así, Catana?

—Asín,—respondió Catana, acentuando la palabra con la cabeza.

—Pues ahora mismo voy yo a poner a su señoría macarena—

dijo Bermúdezempujando hacia dentro a las dos mujeres—, delante de algo que no sepueda ver desde allá por mucho que levante la jeta el serrano de másalzada... ¡Canástoles con los melindres de mi abuela y el pujo de lacomparación!... Por el pasillo de la derecha hasta la puerta deenfrente... Esta pieza, Nieves, no te la quise enseñar anoche, porqueaún estaba arreglándose cuando te fuiste a acostar: ya te lo dije. Esdonde más se ha esmerado don Claudio, y la que más le ha dado que hacerdespués de tu gabinete. Se ha empapelado, pintado y casi tillado denuevo... Mírala. Aquí tienes el piano, los avíos de pintar y de hacerlabores, libros, dibujos... en fin, tu taller de artista y tu saloncillode mujer hacendosa. Ahora no hagas más que pasar y mirar, y ni siquierame des las gracias que se te están escapando por los ojos y por la boca.La cosa, en primer lugar, no vale la pena, y, en segundo, venimos aquípor otras muy diferentes... A la una, a las dos... ¡Ahí está eso, ymuérete ya, gitana, porque te ha llegado la hora!... Más afuera todavíalas dos: aquí, en la misma barandilla del balcón... Eso es. ¡Mirad, yhartaos!

Nieves prorrumpió en exclamaciones de entusiasmo, y Catana, con los ojosmuy abiertos, se quedó como una estatua. Don Alejandro se gozaba como unchiquillo en el éxtasis de las dos.

—¡Échate leguas de mar!—comenzó diciéndolas—, por el frente, por laderecha, por la izquierda: infinito por todas partes, menos por ésta enque está el palco de Peleches para recrearse los Bermúdez en contemplaresa maravilla de Dios... Y no se me salga ahora con que se ha visto lamar en Cádiz o en Bonanza,

¡canástoles! porque no admito la comparación.Mar será ella, como son mares otras muchas que se pudieran citar; perono son esto, ni por lo grande, ni por lo hermoso, ni por estar comocolgadito del tejado, a la misma puerta del balcón, para deleite de losojos al abrirlos en la cama. Y que no vale mentir...

¿Ves ese antepechode la derecha, Nieves? Pues es uno de los dos claros que tiene tugabinete. ¿Ves este otro de la izquierda?

Pues corresponde al gabineteque tiene la entrada por el comedor... el reservado para lo que túsabes... De manera que no me salgo de lo cierto al deciros que desde lamisma cama se puede recrear la vista en este asombro. Llano y sosegaditoestá ahora como el cristal de un espejo, y gusto da ver cómo saltan ycentellean en él las chispas del sol que va subiendo poco a poco; perono sé si os diga que le prefiero y me gusta más cuando se le hinchan lasnarices... ¡Ah, lagartija de secano! Aquí te quisiera yo ver cuando esallanura se encrespa y ruge y babea y comienza a hacer corcovos, y echalas crines al aire, y no cabe ya en su redondel, y embiste contra lasbarreras bramando a más y mejor, y se esquila canto a canto, y vuelve acaer, y vuelve a embestir por aquí, por allá y por cincuenta partes a untiempo...

¡Dios, qué rugidos aquéllos, y qué espumarajos y qué!...Entonces no es azul como ahora, ¡quiá!... las iras la vuelven cárdena...En fin, que tiene mucho que ver... Y a todo esto y por mucho que la marse embravezca, el puerto, aquel rinconcito de la izquierda, lo mismo queun vaso de agua. Y se explica bien: sus contornos interiores son comodos curvas de un paréntesis: la una, la de allá, mucho más saliente quela otra; de manera que resulta por aquel lado una muralla, un cabo quesirve de rompeolas del noroeste, que es de donde vienen siempre losgrandes temporales de esta costa; y como los de Levante son rarísimos,haceos la cuenta de que dormir en este puerto es como dormir en la cama.

—Pero ¿dónde están los barcos?—preguntó Nieves.

—¿Qué barcos, hija?

—Los del puerto. No veo ninguno.

—Eso es harina de otro costal... ¿No recuerdas lo que, a estepropósito, te leí en Sevilla, de la carta de don Claudio?

—Es verdad: que no hay más que un vapor... cuando le hay.

Pues ahora noestá.

—No lo sabemos; porque el saliente de la torre nos impide ver elfondeadero, que está muy arrimado a la villa. Desde la otra fachada loveremos con lo que nos falta que ver de todo el panorama circundante...

—¡Ay, papá!—exclamó Nieves de pronto—, ¡lo que yo gozaría correteandoen un barquichuelo por esas llanuras tan azules!

—¡Cabá!—saltó la rondeña estremeciéndose—: pa que la niña zemalograra a lo mejó...

Soltó una risotada el tuerto Bermúdez y dijo:

—Me gusta que te tiente ese deseo, Nieves, y te prometo satisfacértelemuy a menudo, sin los riesgos que asustan a Catana... Mira un vapor...

—¿En dónde?

—En el horizonte... Fíjate bien en el punto que yo señalo.

—Ya le veo... ¿Le ves tú, Catana?

—No le veo, niña.

—¿No ves un penacho de humo sobre una mancha negra?

—¡Ajáa! Ahorita le guipé...

—Y ¿no veis más acá unas motitas blancas, como triangulitos de papel?

—Sí que las veo,—respondió Nieves.

—Pues son lanchas de pescar.

—¡Tan allá?

—¡Yo lo creo!

—Y ¿de dónde son?

—De los puertos de esta costa... Dios sabe de cuál de ellos...

Porque¡cuidado que es línea larga, eh?... Vete pasando la vista sobre ella deextremo a extremo... Lo menos cuarenta leguas.

—¡Jezú!

—Y no rebajo una pulgada, señora rondeña... Y a propósito,

¿para cuándodeja usted el morirse? ¿Por qué no se ha muerto ya?

—¿De qué, zeñó?

—De asombro.

—Con la venia de zu mercé—contestó la serrana—, me queo un ratico má:jasta el otro espanto.

—¿Cuál?

—El mayó que me ha e dá zu mercé.

—¿Luego te parece poco lo que estás viendo?

—Psch... Asín, asín.

—Vamos, Nieves, es cosa de matarla de veras.

—No te apure la flema de esta socarrona—dijo Nieves dándola unpellizco en el brazo que estaba más al alcance de su mano derecha—, queaunque no fuera embuste lo que aparenta, aquí estoy yo que me heasombrado por las dos...

—Lo creo, y eso me consuela y la salva a ella de una desgracia... Yahora, vamos a la otra fachada para ver lo que resta; que la maravillade este lado aquí quedará aguardándote, por mucho que tardes en volver asaborearla... Síganme, que ya voy andando por el mismo camino que nostrajo acá... Tuerzan a la derecha ahora... Ésta es la entrada a lacocina y sus accesorias... Esta es la puerta del comedor... Otracuatropea como la sala... ¿eh, Nieves? Bien que ya la viste anoche...

Elgabinete de que te hablé antes... Un balcón y dos antepechos...

Vamos albalcón... No es maleja esta vista tampoco, ¿verdad, Nieves?

—¡Hermosa!—contestó Nieves con entusiasmo.

—¡Yo lo creo!—añadió su padre—. Parte de la mar que vimos desde eseotro lado, y el puerto entero y verdadero... Mira, allí tienes el muellecon... uno, dos, tres... tres botecillos, o lo que sean, porque no sedistinguen bien a tan larga distancia. De vapor, ni señal, hija. Puesvete mirando desde el muelle hacia tierra: toda la villa, con su barriode labradores, que parece un aduar de marruecos; detrás del aduar, elestero con sus junqueras, adonde viene a desembocar el río que ha bajadode aquellas alturas rozando un buen pedazo del perfil de la vega. No sele ve el cauce; pero te le va señalando bien esa faja de vapores que sevan elevando y deshaciendo con el sol, la abundancia de arbolado ycierto verdor del terreno... Repara con qué gracia está tendidaVillavieja en el suyo. Ella es fea como un demonio, mirada calle a calley casa por casa; pero vista en conjunto, hasta su color de hollín lehace gracia. La parte de acá, que está en rampa, aunque suave, no lapodemos ver toda, porque nos lo impide el borde de la meseta sobre lacual estamos nosotros y a bastante distancia; pero se ve algo de loprincipal... casi toda la Colegiata y un poco de los primeros edificiosde la Costanilla, que arranca hacia acá del mismo costado de laColegiata y es el camino más usado para venir desde la villa a Pelechesy al paseo de la Glorieta, que es esa especie de alameda que ves a dospasos de la entrada de este patio, un poco a la derecha. El paseo esbonito, porque lo son sus árboles chaparros; y la vista que se alcanzadesde él y el aire salino que le refresca en verano, no tienen precio.Por el extremo de allá baja una senda que conduce al muelle sin tocar enla villa. La senda se llama del Miradorio, porque este nombre se da aaquel lejano término de la meseta por donde pasa para caer de repentecuesta abajo... Viniendo ahora con los ojos a cosas de menos fuste, paratomar nota de todo, aquí a plomo tiene otro patio perteneciente a lacasa, con su cerca y entrada correspondientes. Ese cobertizo es elgallinero; el que le sigue, leñera, y este otro de enfrente con honoresde casita con la mitad de la panza fuera del cercado, cuadra y pajar...Después os enseñaré la planta baja y el piso alto y hasta los desvanes,para que os vayáis orientando dentro del venerable palomar de Peleches.Abajo veréis el Oratorio, que, según noticias y por encarecidos encargosmíos, se conserva bien y servible. Si hallamos cura, nos dirá la misa enél; si no, iremos a oírla a la Colegiata, que no está lejos... si eltiempo lo permite; porque si no lo permite, con la buena intencióncumplimos.

Nieves lo miraba todo hasta con voracidad, y escuchaba a su padredelectadísima. Catana, con los brazos uno sobre otro, según su eternacostumbre cuando nada tenía que hacer con ellos, y con la cabeza algoinclinada, revolvía los ojos negros y bravíos, de las cosas señaladas adon Alejandro, y de don Alejandro a Nieves, evitando siempre el choquede la mirada de aquél con el rayo de la suya; pero muy poseída delcuadro y acaso, acaso, gozosa, aunque no lo declarara.

—Si yo viviera aquí mucho tiempo—continuó el buen Bermúdez—,arreglaría las cosas de manera que tú, hija mía, sacaras de estassingulares ventajas que rodean a Peleches, todo el interés y lasubstancia que ellas son capaces de dar, para hacerte la vida, nosolamente llevadera, sino deleitosa. Tendría, por ejemplo, unaembarcación ligerita y segura, para recrearte y recrearnos en losplaceres de la mar; haría convertir, o convertiría yo a mis expensas,ese mal camino que nos une con el del Estado, en una calzada en regla;tendríamos un carruaje cómodo que nos llevara y nos trajera por esascomarcas de Dios, tan dignas de visitarse, en lugar de las infamestartanas de que se puede disponer ahora por las condiciones de nuestrosinfernales caminos; tendría... ¡qué sé yo lo que tendría, en mi ardientedeseo de verte gozosa y alegre y sana en el solar de nuestros mayores!Pero esto has de resolverlo tú misma, y a tu resolución absoluta ysoberana queda. Conste así, con el testimonio, algo sospechoso, decierta zaina rondeña que nos escucha, reventando por declarar que novale toda su tierra de lobos contrabandistas, un puñado de lo que secoja en la parte más triste de cuanto se ve desde Peleches. Entre tanto,echaremos mano de los recursos de que podemos disponer, hoy por hoy; ycon ellos solamente, yo te prometo, hija mía, que si perseveras en tusbuenos propósitos, no has de aburrirte un minuto aquí, por muy recio quellegue a tronar, como Dios nos dé salud... Ahora, y por de pronto, tengausted la bondad, señora Catana, de ordenar que se nos sirva en seguiditael desayuno; y con las fuerzas que nos dé y mientras le tomamos, o desobremesa, haremos el plan de campaña para hoy, o para toda la quincena,si nos conviene a ti y a mí. ¿No es cierto, Nieves?...

Pues andando paradentro. Pero aguardaos un poco y oídme la última palabra, como ahora sedice: recorriendo con la vista la inconmensurable extensión de estoshorizontes, y respirando el ambiente, medio terral, medio salino, quellena todo el panorama, y anima y engrandece el espectáculo de sustérminos y detalles maravillosos, ¿no es verdad que se siente uno comomás fuerte y más satisfecho? ¿que si se tienen penas se olvidan? ¿que sile dominan a uno rencores los acalla? ¿que si vacila entre lo cierto ylo falso, entre lo útil y lo pernicioso, entre lo nimio y lo grande, sele revela de pronto, y como por milagro, la verdad desnuda y clara? ¿queno nos asalta, en fin, una idea que huela a innoble, ni un deseo que nosea honrado?

Respondedme con franqueza.

Se le respondió que sí inmediatamente; y satisfecho con la respuesta,don Alejandro Bermúdez rompió la marcha hacia dentro, diciendo a las dosmujeres, con el mayor entusiasmo, como si nunca se lo hubiera dichohasta entonces:

—¡Si no tiene escape! Dadme vosotras un aire puro, y yo os daré unasangre rica; dadme...

Cuando dijo la última palabra de esta conocida tesis, Nieves estaba yasentada a la mesa del comedor, en espera del desayuno; la rondeña, en lacocina para que acabara la cocinera de prepararle, y abocando alpasadizo frontero, don Claudio Fuertes

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y León, asombrándose de quehubieran madrugado tanto los insignes dueños y señores del caserón dePeleches.

—VI—

Entre buenos amigos

EÑOR don Claudio! No podía usted llegar más a tiempo ni en mejorocasión... ¡Catana!... ¡Catana!... ¿Café?

¿chocolate? ¿cosa detenedor?... Con franqueza, don Claudio: lo que más apetezca y mejor lesiente a estas horas... ¡Catana!...

—Pero, señor don Alejandro, ¡si yo no acostumbro a desayunarme hastamás tarde! Cabalmente he venido tan de madrugada, por averiguar de sussirvientes, mientras ustedes descansaban, qué era lo que habían echadomás en falta anoche, para disponer con tiempo el remedio. ¡Cómo había desospechar yo que después de las fatigas del viaje?...

—Pues ahí verá usted. ¿Y si le digo que hace ya más de una hora queandamos de ronda por toda la casa, de pieza en pieza y de balcón enbalcón, mira aquí y asómbrate allá?...

—¡Es posible?...

—Y ¿por qué no ha de serlo?

—En usted, pase, porque está más avezado, es de aquí y lo tiene ley;pero esta señorita...

—¡A buena parte va usted! Cuando me levanté yo, ya estaba ella devuelta, como quien dice. ¿No es verdad, Nieves? Hay que advertir tambiénque antes de acostarnos anoche habíamos pactado cierto compromiso...Pero que diga ella si le ha pesado la madrugada...

—¿De manera que la ha gustado la situación de Peleches?

—¡Oh, muchísimo!

—Vaya, pues lo celebro infinito; porque temía yo lo contrario.

—¿Por qué, recanástoles?

—Hombre, acostumbrada a la hermosura y la animación de una ciudad comoSevilla, nada de particular tendría que al verse de pronto en unasoledad como ésta...

—¿De modo que donde hay soledad, no cabe belleza ni?... ¿Se quiereusted callar, alma de cántaro? No le hagas caso, Nieves...

¡Pues,hombre, me hace gracia la ocurrencia! Desde aquí al cielo, señor donClaudio... Y no me replique, para taparme la boca, que poco hedemostrado mi entusiasmo por las maravillas de Peleches volviéndoles laespalda durante tantos años; porque bien dicho lo tengo por qué ha sidoy cuánto lo he deplorado...

¿Está usted? Pues ahora díganos qué va atomar, porque está Catana deseando saberlo para servirle en el aire...

—¡Ea! pues ya que ha de ser... lo mismo que ustedes tomen.

—Ya lo oyes, Catana: lo mismo que nosotros... Y

respondiendo ahora acierta indirecta pregunta que usted nos ha hecho, le digo que lejos deechar en falta cosa alguna en esta casa para nuestra comodidad, todo lohemos hallado en su punto y lleno de motivos de agradecimiento y deaplauso a la previsión, al acierto... en fin, que ha hecho ustedmilagros... ¿No es así, Nieves?

—De toda verdad, don Claudio... Nada se echa de menos aquí.

—Repare usted, señorita, que yo no he hecho más que cumplir las órdenesde su papá lo mejor que he podido... De todas maneras, me felicito de nohaberme equivocado... Pero ¿de veras le gusta a usted esto, Nieves?

—De veras, don Claudio: se lo juro a usted... Y ¿por qué no había degustarme?

—Por lo que antes dije a usted. ¡Es esto tan diferente de aquello!

—Pues por esa diferencia me gusta a mí esto.

—¡Ajá!... Tómate esa y vuelve por otra...

—¿De manera que usted está satisfecha?...

—Satisfechísima.

—¿Y dispuesta a sacar partido de?...

—De todo, don Claudio. Y si no lo estuviera, ¿para qué venir aquí?

—¡En los mismos rubios, señor Fuertes!... y vaya usted contando. Austed se le ha figurado que Nieves era una niña dengosa que se nutría dehuevo hilado y alfeñique, y le faltaba la respiración en cuanto se lasacaba de la estufa... ¡A buena parte va usted con la suposición!

—No suponía tanto, señor don Alejandro; pero entre los dos extremos...Y en fin, yo celebro en el alma que la señorita Nieves sea como es; yexcuso decirles a ustedes que no sólo por deber, sino con muchísimogusto mío, me pongo a sus órdenes desde ahora para servirla, paraacompañarla...

—Ya nos habíamos permitido nosotros contar con ese factor en loscálculos que hemos venido haciendo por el camino; pero, inocente deDios, ¿sabe usted con quién trata? ¿conoce usted los ánimos, los bríos ylos propósitos que hay en ese cuerpecito que se abarca por la cinturacon la llave de la mano? ¡Ay, amigo don Claudio! usted y yo, para sopasy buen vino.

—Poco a poco sobre eso, mi señor don Alejandro. Usted sabrá a qué pasole anda la vida por sus adentros; pero no el que lleva la mía por losmíos.

—Pues, hombre, ya que me la echa usted de plancheta, le diré que allásaldrán las dos en andadura, como salimos en años uno y otro.

—No es regla esa, don Alejandro.

—Sobre todo, cuando se saca en la cuenta el pico gordo que me sacausted a mí.

—¡Yo a usted?

—¡Toma, y se admira, canástoles!

—¡Yo lo creo!

—Pues mal creído...

—¿Cuántos años tiene usted, entonces, o, mejor dicho, cuántos creetener?

—Ni tampoco cincuenta y ocho...

—Lo menos sesenta y dos...

—¡Ave María Purísima!... ¡No le hagas caso, Nieves!

—De todas maneras, igual le dé, porque ya no ha de echarse usted apretender jovenzuelas; pero ésta es una cuenta que se saca en el aire ypor los dedos.

—Pues ya está usted sacándola.

—Cuando yo vine a Villavieja por primera vez...

—¡Cómo! ¿No es usted de aquí, don Claudio?

—No, señora. ¿Usted no lo sabía?

—Lo habrá olvidado, porque yo creo habérselo dicho.

—No lo recuerdo.

—Yo soy de Astorga.

—¡De Astorga?

—Sí, señora: de donde son las grandes mantecadas...

—Y los maragatos, canástoles, con sus bragazas de fuelle.

—Sí, señor, y a mucha honra.

—Pues ¿cómo vino usted de tan lejos?

—Lo mejor será que se lo cuente usted todo, don Claudio; porque, a loque veo, ha perdido la filiación de usted que yo la he dado variasveces.

—Sí, y para que se vaya apartando la atención de cierta cuentapendiente.

—¡Habrase visto marrullero?... ¡Como si no me importara a mí más que aél dejarla bien saldada!

—Allá lo veremos, mi señor don Alejandro, porque todo se andará. Voypor de pronto a satisfacer la curiosidad de Nieves en cuatro palabras,porque siendo, aunque inmerecidamente, tan íntimo amigo de su padre, noestá bien que sea un hombre desconocido para ella...

—Tanto como eso, no, señor don Claudio.

—Es un decir; y vamos allá. Yo vine a Villavieja de teniente decarabineros: no cucharón, señorita, sino de colegio, del de Infantería.Aquí ascendí a capitán y me casé con una villavejana de bastante buenver y no pobre del todo. ¿No es cierto, don Alejandro?

—Y se queda usted corto. Era de lo mejorcito de aquí... Y

pasemos delargo sobre ese punto, antes que empiece a dolerle como de costumbre.

—Bueno. Tuve dos hijos varones. En esto se armó lo de África; tentomeun poco el patriotismo y otro poco la ambición; conseguí, bajo cuerda ysin que lo supiera mi mujer, que me mandaran allá; fuime, haciéndolacreer que me obligaban a ello; volví de comandante acabada la guerra;destináronme a Barcelona con el regimiento a que pertenecía; y entre sime convenía más dejar aquí la familia o llevarla conmigo, enviudé; vilotodo de un solo color, y ese muy negro; disipáronse de repente todas misambiciones; pedí el retiro, concediéronmele, y quedéme en Villaviejadonde había vivido muchos años, habían nacido mis hijos, y poseían, porherencia de su madre, media docena de tejas y cuatro terrones. Pocodespués, el señor don Alejandro, que siempre me había distinguido yhonrado con su amistad,

quiso

honrarme

y

favorecerme

nuevamente

dándomeplenos poderes para administrarle sus haciendas de aquí, que no sonpocas. Esto acabó de afirmar mis raíces en la tierra de mi pobre mujer,raíces no muy agarradas ya desde que mis hijos, hoy oficiales delejército, se habían ido al colegio militar y yo me veía solo ydesocupado. Pero a todo se hace uno, Nieves, en esta breve y espinosavida. Yo me fui haciendo a mi soledad, y hasta he llegado a encontrarlarelativamente placentera. De ordinario, no soy melancólico: alcontrario, se me tiene por hombre feliz y regocijado. Yo no trato dedesmentir mi fama, por si es merecida, y, sobre todo, porque nada mecuesta; y así vamos viviendo... y así soy, ni menos ni más. Conque

¿meconoce usted ahora?

—Aunque no con tantas señas, bien conocido le tenía a usted, y estimadoen lo que merece.

—Muchas gracias... y vamos a rematar ahora el punto de las edades, quequedó empezado antes de abrirse este paréntesis que acabo de cerrar.

—¡Canástoles, cómo le preocupa a usted ese punto, hombre!

Puessupongamos que se echa la cuenta y que me sale usted alcanzado en cuatroaños, o que los dos salimos pata; después de todo, ¿qué? Nadie tiene másedad que la que representa.

—Eso, mi señor don Alejandro, puede ser, y usted perdone, una huida,como otra cualquiera, del terreno, y desde luego no es exacto; y además,como argumento, es aquí muy sospechoso.

—¡Vaya usted echando canela!

—Porque la hay a mano. Y a la prueba: me ve usted con esta facha algoquijotesca, un si es no es acartonado, con el pelo y los bigotesgrises...

—Canos.

—Corriente: canos, al paso que usted, más metido en carnes que yo, conel pellejo más reluciente, su estatura regular y de buen arte, tanaseadito y curro, y tan recortaditas y cepilladas las blancaspatillas...

—¡Grises, don Claudio!... mírelas usted bien y juguemos limpio.

—Grises, corriente: vaya también esa ventajilla a favor de usted: pocome importa. Nota usted esa diferencia de ornato, nada más que de ornato,entre las dos fachadas, y piensa que sacadas juntas a la plaza, la deusted se llevará las preferencias.

Concedido. Pero enseguida protesto yoy le desafío a que me siga con la escopeta al hombro, o con el bastón enla mano por sierras y montes arriba, a la tostera del sol de junio o conlas nieves de enero; y entonces se descubren las máculas que hay debajodel revoque, y falla la máxima esa; porque es bien seguro que cuando yocomience a jadear, está usted agonizando.

—Eso se vería, ¡canástoles!

—Por visto, señor don Alejandro, por visto... Y finalmente, que nosponga a prueba Nieves, o que me ponga a mí solo al realizar los planesque por lo visto tiene formados, utilizándome como guía y acompañantesuyo, que es por donde habíamos empezado, y se verá si sirvo o no sirvopara ello, y quién cae primero de los dos, o el último de los tres, sise atreve usted a acompañarnos...

—¡Vaya si me atreveré! ¡Y nos veremos allá, señor guapo!

—Pues no tienen ustedes más que avisar.

—Le cojo a usted por la palabra, señor don Claudio, con permiso depapá; y comienzo por mandarle que nos ayude, hoy mismo, a formar lalista de las expediciones que hemos de hacer por tierra y a pie...

—Repito que estoy a sus órdenes.

—Y por mar...

—Eso ya varía, Nieves. De la mar no entiendo jota. No me he embarcadoaquí seis veces en mi vida; y en tres de ellas eché los hígados, sólopor asomarme a la boca del puerto. Soy de Astorga, y no hay más quedecir. Pero no le apure la dificultad, que si los lances de la mar legustan a usted...

—¡Muchísimo!

—No han de faltarle medios de satisfacer el gusto. Respondo de ello.

—¿De veras, don Claudio?

—Como todo lo que yo prometo, aunque me esté mal el decirlo.

—¡No sabe usted la alegría que me da con la promesa!

—Cuando te digo, Nieves, que hasta lo de Caparrota se compuso... ymira, mira, hasta lo de nuestro desayuno, que empezaba a darme mucho enqué pensar por su tardanza. Ya está aquí... Gracias, señora Catana: biensé que la culpa no es suya ni de la cocinera, sino de nuestro madrugón,inesperado en la cocina... ¡Ea! don Claudio, adentro con eso... Notienen mala traza esos bollos. Hombre, ¿qué tal se anda aquí de pan?

—Bastante bien, como de carne y de leche... y de confituras.

—Pues estamos como queremos... Si te digo, Nieves, que esto de Pelecheses Jauja...

—Vamos a ver, señor don Alejandro, y antes que se me olvide: yo,metiéndome quizá más adentro de lo que debiera, a una pregunta que mehicieron ayer ciertas comparientas de usted, me permití responderafirmativamente.

—Si no se explica usted más...

—Voy a ello: la hija, que, cuando habla de usted con sus amigas, lellama «mi tío Alejandro», y de Nieves «mi prima Nieves...»

—¡Demonio!

—Y ¿quiénes son esas parientas, papá?

—Pues la hermana y su hija del marido de tu tía Lucrecia.

—No veo el parentesco.

—Ni yo tampoco... ni ellas mismas le verán, porque no existe; perodesean aparentarle. Buen provecho les haga, ¿no es verdad?

—Se me olvidó ese detalle en mi carta, y ahora le recuerdo. La madre nollega a tanto. Se queda en «mis comparientes de Sevilla» o «loscomparientes de Peleches».

—Bien: ¿y qué?

—Aguarde usted un poco... ¡canario, qué ricamente está hecho este café!

—Como obra de las manos de Catana, que no tienen igual para eso.También está rica la mantequilla...

—Esa es de primera aquí: recuerden lo que les dije de la leche.

Pues alo que íbamos. Rufita, que es la hija, la hija de doña Zoila Mostrencos,hermana carnal de don Cesáreo, esposo de doña Lucrecia; Rufita, digo, lasupuesta prima de Nieves y sobrina, por consiguiente, de usted, me paróayer en la calle yendo con su madre y me dijo: «supongo, don Claudio,que esos señores no nos tirarán con algo si vamos a visitarlos en cuantolleguen...

porque pensamos visitarlos. Ya ve usted: un parentesco tanpróximo y tan conocido en Villavieja... y estando ellos tan en armoníacon los de Méjico, parecería mal que nosotros no los fuéramos a ver.»Esto dijo Rufita.

—Y usted ¿qué la contestó?

—Que no las tirarían ustedes con nada: al contrario, que las recibiríanmuy bien...

—Perfectamente respondido... ¿Por qué te ríes, Nieves?

—¡Por qué me he de reír, papá? Por la pregunta de Rufita. ¿Se ha oídocosa más graciosa? ¿Por quién nos tomarán esas señoras?

—No le choque a usted, Nieves: es estilo muy corriente ese por acá.

—Y ¿cuándo piensan venir?

—Pues cuéntelas usted aquí a la hora menos pensada: de seguro antes decomer hoy.

—¿Tan pronto?

—Y no serán ellas solas... Es el estilo también.

—¿De manera que también aquí hay que hacer visitas?

—¡Uff! No se hace otra cosa.

—¡Ay, Dios mío!

—¡Bah! no te apure eso...

—¡No faltaba más! Mire usted, para que le vaya sirviendo de gobierno:vendrán seguramente esta mañana misma, las parientas esas, y acaso,acaso, las de Garduño, es decir, las Escribanas, y Codillo con sushijas; tal vez se atrevan las de Martínez Liendres, las Corvejonas: creoque se atreverán, lo mismo que las Indianas. A éstas las doy porinfalibles en todo el día de hoy; y a otras por el estilo, mañana opasado. Todas ellas fingiendo cumplir un deber de cortesía con ustedesal visitarlos, se agarran a esa ocasión para darse pisto entre lasgentes de la villa y meterles a ustedes sus trapitos por los ojos...Cuando concluya esta tanda, empezará la de las otras, el FaubourgSaint-Germain de aquí, «nuestra vieja aristocracia», como si dijéramos,los Carreños de abajo y los Vélez de arriba, que es ya lo único que nosqueda de esa clase, y bastante averiado por cierto. Se da por entendidoque no han de faltar ni el juez, ni el clero en masa, ni el médicoviejo, ni otros personajes más o menos pesados de palabra, más o menossinceros de intención.

—Pero, don Claudio, por el amor de Dios, ¡eso va a ser el acabose!

—¿Por qué?

—¡Adónde vamos a parar con tanta visita? Todo el verano hace falta pararecibirlas y pagarlas...

—Para ellos estaba, ¡canástoles!

—Ya la he dicho a usted que no se apure por eso. En poco más de tresdías les han de visitar a ustedes cuantas personas piensen visitarlosaquí. El ritual de este gran mundo no admite más largo plazo: se tomaríala visita a menosprecio. Pues bien, en otros tres o cuatro días paganustedes las deudas, y al sol. Para venir a verlos a Peleches, traeráencima cada cual el fondo del cofre, sobre todo las mujeres; pero estedetalle no la obliga a usted a la recíproca, aunque para obligarla leusen ellas. Usted se viste como mejor le parezca; y le doy este consejo,porque la misma cuenta le ha de salir de un modo que de otro: al cabo lahan de morder.

—¡A mí?... Y ¿por qué, señor don Claudio?

—Porque también eso es de estilo aquí.

—¡Pues me gusta!

—Y es usted recién venida, y el objeto de la pública curiosidad, ysevillana, y rica, y una Bermúdez del solar de Peleches, y sobre todo...¡canario! ¿por qué no ha de decirse?

guapa; pero ¡muy guapa!

—¿A que al fin me la va usted a echar a perder, canástoles?

Por depronto, ya me la puso usted colorada... ¡Semejante soldadote!

—Me dolería haberla molestado con este rasgo de franqueza, y la suplicoque me perdone si he tenido esa desgracia; pero conste que no rebajo unatilde de lo dicho, porque yo no falto a la verdad por ningún respetohumano. A lo que íbamos, Nieves: hasta es posible que algunas de lasvisitas que reciba la diviertan a usted; pero diviértase con ellas o no,usted, el señor don Alejandro, y yo si les sirvo de alguna cosa,continuaremos trazando planes para hacer usted aquí la vida a su gusto,y hasta poniendo en planta la parte de ellos que no estorbe a laetiqueta obligada en estos tres o cuatro primeros días... Otra cosa ypara gobierno de ustedes: en Villavieja se come a la española neta, dedoce a una, y se cena de nueve a diez... Y a propósito de estosparticulares: mi condición de viudo con casa abierta, me ha hechoentender un poco en los prosaicos menesteres de la vida.

Desearíahaberlo demostrado a satisfacción de ustedes en el abasto provisionalque hice para su cocina y despensa. Puedo jurarles que puse en ello loscinco sentidos.

—Todo está en su punto, señor don Claudio, y nada falta ni sobra...¡Para declararlo Catana como lo declaró anoche al tomar posesión de susdominios!... De dos artículos de ello muy importantes, la manteca y elcafé, no hay que hablar, porque están a la vista las muestras, y yahemos convenido en que son excelentes...

—Lo celebro de todo corazón, porque tengo, un poquillo de vanidad enser competente en ese delicado capítulo de la vida doméstica... Respectoa lo demás de la casa...

—Ya le hemos dicho a usted que tampoco tiene pero.

—No lo he olvidado; pero no voy a tratar de eso precisamente, sino dealgo que no ha podido hacerse por falta de tiempo, y se podría hacerahora más despacio y enteramente a su gusto. De esto y otras cosasparecidas quisiera yo hablar con usted cuanto antes.

—¡Qué canástoles, hombre! ¿Tan urgente es el caso?

—Urgente, así en absoluto, no señor...

—Pues entonces, ¡qué demonio! empleemos la sobremesa en puntos de másenjundia... Deme usted alguna noticia más de las gentes de nuestrotiempo. Verbigracia, del famoso boticario...

—Yo, con permiso de ustedes, los voy a dejar. Eso de las visitas metiene con cuidado, y temo que me falte tiempo para arreglarme.

—Pues adiós, hija mía.

—Buen provecho, y hasta luego.

—A los pies de usted, Nieves.

—¡Ea! ya está usted empezando.

—¿Por dónde?

—Por donde usted guste o más rabia le dé.

—¿Se permite murmurar, ahora que estamos solos?

—¿De quién, hombre malévolo?

—Del primero que salte en la conversación.

—¡Como si supiera hacer otra cosa el inocente!

—Gracias por la lisonja.

—Es justicia, créalo usted... Pero ¿y si el que salte en laconversación no da motivos?

—Aquí todos le dan, poco o mucho, en diferentes sentidos.

—¿Hasta el pobre boticario?

—Ese es hombre aparte, no solamente en Villavieja, sino en todo elmundo sublunar.

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—En fin, allá usted, que yo lavo mis manos...

—Pero no le disgusta el tema...

—Hombre, yo no he dicho...

—Las cosas claras, don Alejandro...

—¡Canástoles! pues ¿qué más claras las he de poner?... Venga de eso, ode lo que mejor le cuadre... y a ver qué le parecen estas regalías parafumigar la conversación.

—La vitola es de primera.

—Pues a prender fuego a ese ejemplar... Ahí va la cerilla.

—Gracias, señor don Alejandro.

—Aguarde usted un poco. ¿No le sabría mejor el tabaco mojando la puntaen ron, pongo por caso, o en coñac?

—Es posible, o en un chapurradito de los dos. No había dado yo en ello,¡vea usted!

—¿Sabe usted si lo hay en casa?

—Respondo de que vino a ella un buen surtido de esa clase demenesteres.

—¡Catana! ¡Catana!... ¡El ron y el coñac... y unas copitas con ello!

—VII—

Visitas

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O anunciado a este propósito por don Claudio Fuertes y León en casa dedon Alejandro Bermúdez, se cumplió casi al pie de la letra. A las oncede la mañana, precisamente en el instante en que esa hora sonaba en latorre de la Colegiata, se sentaban en el estrado de Peleches RufitaGonzález y su madre, las

«parientas» de la casa, con todos los útiles devisitar encima: guantes, abanico, sombrilla y tarjetero, y los traposmejores del baúl.

—Nosotras—decía Rufita después de los acostumbrados saludos; porque esde saberse que su madre apenas desplegaba los labios sino para sonreírcontinuamente y decir a todo

«justo»—, teníamos noticias exactas de suvenida a Peleches este verano, no solamente por don Claudio que tantonos distingue porque nos aprecia muchísimo, sino por la misma tíaLucrecia que nos lo escribió por el último correo, al darnos parte deque vendría también mi primo carnal, Nachito, a conocernos a todos susparientes... vamos, a ustedes y a nosotras, ya que no podía venir ellapor haber engordado una barbaridad, ni tampoco el tío Cesáreo, que tieneque estar siempre a su lado, porque no se puede valer de por sí sola, depuro gorda que está... Por supuesto que de esta venida del primo, muycorrida por aquí, y de saberse también que se ha carteado conmigo...¡uff! han sacado los murmuradores horror de cosas: que si hay planesarreglados,

¡vea usted!; que si debe vivir con nosotras, porque es hijode un hermano de mi madre; que si vivirá en Peleches, aunque es sobrinode ustedes solamente por parte de la suya; que si, por sus caudalesatroces, estaría mejor arriba que abajo, por otros particulares queconoce bien la pobre tía Lucrecia y no habrá olvidado tampoco el tíoCesáreo, más propio y hasta más decente sería vivir abajo que arriba...Vamos, lo de siempre que la murmuración mete la pata en negociosajenos... Pero nosotras, gracias a Dios... ¡y a buena parte vienen ahacer leña!... ¿eh, mamá?... nosotras bien conocemos que para alojar auna persona de la importancia de Nachito, no somos todo lo... vamos,todo lo principales y ricas que se requiere, por más que en educación yen sentimientos no tengamos que envidiar a las señoras más encumbradas;y por lo mismo que conocemos esto, no nos chocaría que mi primo seencontrara más a gusto en Peleches...

¡Ah! pues deje usted, que no faltaquien dice que viene a casarse con usted, Nieves... usted sabrá si escierto, ¡ja, ja, ja!

Verdaderamente que no tendría nada de particularque así resultara después de conocerla a usted, tan elegante y tanbonita... Ya ve usted, comparada con una pobre villavejana como yo...¡ja, ja, ja! la elección no podía ser dudosa... ¡ja, ja, ja!... Pues alo que iba al principio, porque las palabras se enredan, se enredan...Sabiendo nosotras que venían ustedes, nos dijimos (se entiende, mamá yyo): ¿y qué hacemos? La cortesía y el parentesco de familia nos mandanque los visitemos; pero otras razones que tampoco son de olvidar, nosdicen: hay que dormirlo y rumiarlo bien, porque si con el mejor de losdeseos que una lleve a esa casa, le dan a una un disgusto gordo por todopago, ¡zambomba! Conque en esto, consultamos el caso ayer mismo con donClaudio; y, naturalmente, nos aconsejó que viniéramos, respondiendo élde que seríamos bien recibidas...

¡Pues no faltaría más! como nos dijoel señor de Fuertes: «¿qué tienen ustedes que ver con lo que en otrostiempos hubo o no hubo entre los de arriba y los de abajo, siendo ya esopuchero de enfermo y ustedes unas señoras en toda regla, que no van apedir a nadie media peseta para los panecillos del almuerzo?» Conque alsaber que ustedes habían llegado anoche, nos dijimos: vamos a saludarlosy a ofrecerles la casa y nuestros respetos, porque arrieros somos... ycasi parientes además; y esta mañana nos echamos encima lo primero quetuvimos a mano... Porque nos gusta mucho a mamá y a mí andar decentes,eso sí, pero sencillitas, muy sencillitas, como ustedes pueden ver... loque no quita que tengamos siempre de reserva alguna cosilla de más lujo,por si acaso truena gordo a lo mejor... Al revés que otras de aquí, quese llevan el cofre entero cada vez que se echan a la calle, ¡uff! Porqueustedes no pueden figurarse la bambolla que hay en Villavieja, y loshumos que gastan y el tono que se dan ciertas gentes... Vamos, cuatrozarrapastras, Dios me lo perdone, que estarían mejor barriendo lasescaleras o acarreando sardinas desde el muelle... ¡Ya verán ustedes, yaverán! sobre todo usted, Nieves, si no trae bien atascados los baúles yno saca un vestido nuevo cada día a la Glorieta o a los Arcos... ¡ja,ja, ja! y si le saca, que luego se le copian y la miran de reojo y ladespellejan viva. Son atroces, ¡ja, ja, ja!... Que diga mamá siempondero ni tanto así... Porque, hija, ¡nos tienen sacudida cada patadaen la boca del estómago!...

Y así durante quince minutos, sin que nadie pudiera meter baza en laconversación. Para Nieves, la garrulidad de Rufita era de

una

novedadasombrosa:

estaba

como

fascinada

escuchándola; pero más fascinadatodavía viendo la multitud de cosas que movía a un tiempo: la lengua, lacabeza, los ojos, el abanico, la sombrilla, los pies y las asentaderas.En cambio, su madre apenas movía cosa alguna más que los labios parasonreír, el abanico muy poco a poco, y la lengua para decir de tarde entarde: «justo.» Don Alejandro estaba poco menos suspenso que su hijadelante de aquel espectáculo; pero no tan tranquilo como ella, porque letenía en ascuas el temor a ciertas y determinadas alusiones de RufitaGonzález.

Cerca ya del mediodía se levantaron las dos; y eso porque se oyeronrumores de nuevos visitantes que entraban en el pasillo.

—Sobre el particular del primo Nacho—dijo Rufita despidiéndose—,repetimos a ustedes que, por nuestra parte, no habrá camorra ni cosa quese le parezca. Si él quiere quedarse en Peleches, que se quede; siquiere venirse con nosotras, que se venga. No estará tan bien alojadocomo aquí, ni tendrá tan guapa mesonera, ¡ja, ja, ja! pero le daremoscariño largo y lo mejor de lo de casa; y... algo es algo, ¡ja, ja, ja!De todos modos, no es puñalada de pícaro todavía, y pueden ustedes irformando su composición de lugar para cuando volvamos a vernos.

Porquehemos de volver a vernos, ¿no es verdad? Por lo pronto, cuando nospaguen ustedes la visita... y muchísimas veces más, como es naturalentre personas de familia. ¿No es verdad, don Alejandro? ¡Ja, ja, ja!Adiós, Nieves. (Un par de besos.) Toda de usted, señor donAlejandro... Despídete, mamá, y vámonos. (Se despide la mamá comopuede, y salen las dos.) A la puerta del estrado se cruzaron con las Escribanas que entraban, muyarrebatadas de calor y un tanto airadas de semblante. Antes de salir decasa se habían picado las chicas por diferencias de opinión sobre lo quedebían de ponerse para hacer aquella visita. Al fin se vistió cada unade ellas como mejor le pareció; pero todo el camino fueron tiroteándosea media voz unas a otras. Aún duraba la resaca cuando se cruzaron conlas parientas de «los de Peleches» a la puerta misma del salón. Por esoy por la mala ley que las tenían, más que de saludo fueron de mordiscolas palabras y los gestos con que las pagaron sus muestras de cortesía.

Se sentaron todas después de muchos remilgos de exagerada etiqueta, y laEscribana madre fue quien habló la primera. Se habían creído obligadas adar la bienvenida y ofrecer sus respetos a los señores de Peleches, nosolamente por la posición que ocupaban ellas en la sociedad deVillavieja, «aunque humilde, de alguna importancia», sino por lo íntimode las relaciones que siempre hubo entre su difunto marido y la casa deBermúdez. (Puro embuste.) Por otra parte, había entre las personas«propiamente decentes» de allí, verdadera necesidad de cultivar un pocoel trato de las gentes bien nacidas y de buena educación, porque«ustedes no saben cómo se va poniendo esto de día en día... ¡atroz! ¡lesdigo a ustedes que atroz!» Y no estaba la culpa precisamente en elempeño de las de abajo en subirse muy arriba, sino en algunas que porhaberse tenido siempre por de lo más cogolludo, no podían sufrir queotras tan buenas como ellas, por donde quiera que se miraran, sepusieran a su lado; y no pudiendo asombrarlas ni siquiera deslucirlas entanto así... ni competir con ellas, si bien se miraba, en dinero, ni enelegancia, ni en educación, se dejaban pudrir entre cuatro paredonesviejos, o andaban al revés de todo el mundo. Y claro estaba: los sitiosque dejaban desocupados ellas «en la buena sociedad», los iban ocupando«otras atrevidas del zurriburri»; se hacía de ese modo «una mezcolanzaatroz», y luego, las gentes que no entendían mucho de estas cosas, atodas las medían por un mismo rasero. Quería la Escribana madre queNieves lo tuviera todo muy en cuenta para que no se dejara engañar «porla pinta»

y supiera «a quién se arrimaba». Éste era un favor que ellaquería hacerla con el buen deseo de evitarla muchos disgustos... Por depronto, no citaba nombres; pero los citaría si Nieves lo creyeranecesario...