Al Primer Vuelo by José María de Pereda - HTML preview

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—Precisamente sobre Peleches, tomado como punto principal de laplática, no.

—Y ¿ha de ser ahora mismo la plática esa?

—Tampoco—respondió don Alejandro, volviendo a dudar y a rascarse—.Dentro de unos días, si se me ocurre y viene a pelo; porque te advierto,para tu tranquilidad, que no es asunto de vida o muerte para ti ni paramí... Hablar por hablar, como el otro que dijo, y cosas de señormayor... porque ya voy subiendo los cincuenta y cinco arriba, hija delalma, y hay que tenerlo todo presente a estas alturas, y mirar a muchoslados, por si a lo mejor se le van a uno los pies... y sanseacabó elviaje de repente,

¡canástoles!

—Vaya—dijo aquí Nieves con un gestecillo muy gracioso—, hazte elancianito ahora y ponme triste a mí.

—¡Eso sí que fuera una gansada de órdago!—exclamó Bermúdez formalmenteindignado contra sí mismo—, y sin maldita la necesidad; porque, hoy porhoy, siento retozarme en el corazón la vida de los treinta años... Es lapura verdad, créemela por éstas que son cruces. Dije eso... por decir.

—Pues por decir dije yo lo otro, inocente de Dios,—respondió Nieves asu padre dándole un beso en la mejilla correspondiente al ojo huero.

—Pelillos a la mar entonces,—concluyó, casi llorando de gusto, el buenBermúdez Peleches, y pagando el beso de la hija con otro muy resonado.

—¿De modo—añadió ésta quedándose delante de la silla que antes habíaocupado—, que no hay más asuntos que tratar por ahora entre los dos?

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque tengo que hacer en otra parte de la casa... Ya ves tú, laseñora de ella, y lo mejor del día gastado en conversación...

—¡Canástoles, lo que voy a salir yo ganando con un ama de gobierno tanhacendosa como tú!... Pues respondiendo a tu pregunta, digo que no haymás asuntos.

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—Hasta luego entonces.

—Hasta siempre, hija del alma... ¡Ah! por si se me olvida después: yasabes que el primer ejemplar de tu retrato ha de ser para los deMéjico. El suyo, a la hora presente, debe de estar ya si toca o llega.

Se dio por enterada Nieves con un movimiento de cabeza sin volver lacara, y salió de la estancia. Su padre salió también, pero con rumboopuesto, y se encerró en su despacho, en el cual escribió una muyextensa carta, que mandó más tarde al correo, con sobre dirigido «Al Sr.D. Claudio Fuertes y León, comandante retirado, en Villavieja».

—III—

El ojo de Bermúdez Peleches

Lretrato de Nacho llegó a Sevilla, días andando, con una carta delflamante jurisperito para Nieves, y otra de su madre para don Alejandro,y la fotografía de Nieves salió para Méjico con una carta de ésta parasu primo, y otra de su padre para Lucrecia.

Lo de esta hembra denodada había llegado ya a su grado máximo. Paraescribir lo poco que escribía a su hermano, tenía que ingeniarsemetiendo la barriga debajo de la mesa, y aun así apenas alcanzaba con lamano al papel. Era una boya que no cabía ya en ninguna parte, niconcebía otra postura, relativamente cómoda, que la de las boyas,flotando, la cual era irrealizable, tan irrealizable como su viaje aEspaña, si Dios no hacía el milagro de enflaquecerla una tercera partecuando menos, en lo que faltaba de primavera, para poder embarcarse enlos primeros meses del verano. Poniéndose en lo peor de lo probable, eracosa resuelta ya que viniera Nacho solo a conocer a su familia deEspaña, y a dar, de paso, un vistazo a lo más importante de los EstadosUnidos y de Europa. Tal era el proyecto acordado allá, y se realizaría amediados del verano.

También Nacho hablaba de ello a su primita; pero¿en qué términos?

Esto es lo que deseaba averiguar don Alejandro; porque es de saberse queNieves, de dos años atrás, no leía a su padre las cartas que la escribíasu primo, ni tampoco los borradores de las que ella le escribía a él.Los dos hermanos Bermúdez Peleches continuaban en perfecto acuerdo sobrecierto plan forjado desde que los respectivos hijos eran pequeñuelos.Pero ¿conocían los hijos los proyectos de sus padres? ¿Los tenían porbuenos y los habían aceptado con gusto? Don Alejandro podía jurar que desus labios no había salido una palabra dirigida a Nieves, con intento dedescubrírselos. Su hermana Lucrecia aseguraba lo propio con relación asu hijo. ¿Sería verdad? Y siéndolo, ¿habría nacido la misma idea entrelos dos primos, a fuerza de cartearse y de cambiarse los retratos... opor obra de ciertos diablejos desocupados que se divierten trayendo yllevando por los aires e ingiriendo en este oído y en el otro el rumorde las confidencias más secretas, y hasta el polvillo de lospensamientos mejor guardados? En su concepto, era llegada la hora, medioanunciada días atrás a su hija, de tratar con ella de este peliagudocaso. La fortuna se la puso a tiro, en el acto de colocar Nieves elretrato de su primo en un elegante marco de peluche rojo, y tomópretexto de ello para entrar en materia...

—Te repito—la dijo—, que le está de molde el vestido ese.

Nieves, sin volver la cara hacia su padre, alejó el retrato que teníapuesto ya en el marco; y después de contemplarle unos instantes con losojos un poco fruncidos, plegó otra vez el brazo y respondió con la mayorindiferencia mientras dejaba el cuadro sobre el mueble más próximo:

—No está mal así.

Lo propio que ya había dicho otra vez, como se recordará, y sin quenadie se lo preguntara.

Con igual frescura y la misma indiferencia, respondió al largo ymalicioso interrogatorio con que su padre la estuvo asediando un buenrato.

—Y ¿qué tal de estilo?—llegó a preguntarla—. ¿Se ha corregido algo deaquellas melopeas guachinanguitas desde que yo no leo sus cartas?...Porque bien sabes tú que, de dos años acá lo menos, ya no me las enseñascomo me las enseñabas antes...

¡Picarona!

Ni por esas. Nieves no se puso colorada ni se apuró lo más mínimo.Respondió lisa y llanamente que allí estaban las cartas, si queríaleerlas, y que si no le había enseñado las recibidas durante los dosúltimos años, consistía en que precisamente era ese el tiempo corridodesde que ella había caído en la cuenta de que no tenía substanciamaldita la retórica de su primo.

¡Canástoles! ¡y se lo decía tan fresca y tan!... Pues para fingimiento yembustería, ya pasaba de la raya aquello; y si le hablaba en verdad, lequedaba por andar todo el camino para llegar adonde se dirigían él y suhermana desde tiempos bien lejanos. ¡Por vida de!...

Tocó enseguida otro registro nuevo: Peleches. Cómo era aquella casa, quéhabitaciones tenía, cuál de ellas sería más a propósito para Nacho ycuál para ella, para Nieves, según lo que aconsejaba el buen sentido...y también las circunstancias. (Esto de las circunstancias lo subrayó muyfuerte, hasta temblarle un poco la voz y los párpados del ojo bueno.)Nieves bajó entonces un tantico los suyos; y mientras daba golpecitoscon los dedos de su diestra en el cristal del retrato de su primo, conla otra mano deshojaba, sin percatarse de ello, una de las flores delmanojito que llevaba prendido sobre el pecho. Por allí dolía, según lasseñales que no pasaron inadvertidas para el ojo de Bermúdez.

Pues ¡duroallí, canástoles, hasta que sangrara! Y se ensañó el buen hombre,fantaseando cuadros domésticos, idílicos y bucólicos; pero ¡cosa rara!cuanto más clamoreaba la zampoña de Virgilio y Garcilaso, másindiferente y fresca iba mostrándose Nieves. ¡Cómo demonios era aquello?Acabó por perder la paciencia y los estribos, y se tiró a fondo conestas preguntas:

—En fin y remate de todo este fregado, hija mía: a ti ¿te interesa algoo no te interesa la venida de tu primo? ¿te da igual que viva connosotros o con los parientes de Villavieja? ¿que coja ley a la casa y alas personas de Peleches o que no se le dé un ochavo de cominos porellas? ¿que se marche aburrido a los ocho días de llegar, o que no sedeje arrancar de allí ni con azadones y agua hirviendo? ¿que sea unborreguito de mieles para ti, o que no le merezcas mayor estima que uncostal de paja?

Responde y entendámonos.

Como el ojo de Bermúdez flameaba algo y su hablar era vehemente y suacento un poco duro, Nieves, con estos síntomas y bajo el peso abrumadorde tantas y tan delicadas preguntas, quiso responder, pero con la debidacordura, y no supo.

Atarugose mucho; sofocola el trance inesperado, yacabó por no saber de qué lado sentarse ni en qué sitio fijar la vistade sus turbados ojos.

—Entendido, hija mía, entendido—exclamó al punto su padre, que nodesperdiciaba síntoma ni detalle—. Entendido de pe a pa, como si losmismísimos angelitos del cielo me lo cantaran al oído. Entendido—añadiólevantándose de la silla en que se sentaba—, y no se hable una palabramás. ¡Ah, qué torpe y qué simple y qué bárbaro fui empeñándome en que seme pusiera en las palmas de las manos lo que no debe ser mirado sino conlos ojos de allá dentro!... ¡Qué sabes tú de esas cosas tan quebradizas,tan escondidas y tan hondas, ni con qué vergüenza te atreves a echarlesla zarpada brutal para revolverlas y profanarlas?... Perdóname, hijamía, siquiera por la honrada intención que tuve al ponerte en el apuroen que te puse. Quédate con tu secreto que te acredita de juiciosa, y nose hable más de esto hasta que tú lo desees. A mí con lo callado mebasta. Un beso ahora para sellar las paces, y adiós.

Se adivinan la temperatura del beso y la calidad de la sonrisa con quedespidió Nieves a su padre.

El cual, andando hacia su despacho, resumía y salpimentaba de este modolos frutos de su terminada indagatoria:

—Se ve y se palpa. No cabe la menor duda. Está en inteligenciaperfectísima con su primo; y no por sugestiones extrañas ni por consejosoficiosos de nadie, sino por nacimiento espontáneo, o providencial, deesa idea o de ese sentimiento en la cabeza o en el corazón de entrambos;circunstancia que dobla el interés y el valor de la cosa. Nachito, segúnlas incesantes afirmaciones de su madre, no tiene tacha en su moral; ysegún lo declaran bien palpablemente sus retratos, tampoco la tiene ensu físico. De caudal, no se hable: será una mina de oro acuñado.Nachito, con estas condiciones y prendas tan ventajosas, hoy por hoy,entiéndase esto bien, hoy por hoy, reina en el corazón y en la cabeza desu prima. La cabeza y el corazón de Nieves, hoy por hoy... hoy por hoy,digo, están como dos tablitas de cera virgen: lo que en ellas seimprima, allí se quedará por los siglos de los siglos, si no se borracon la impresión de otro muñequito nuevo que estampe alguna manoalevosa. Un padre, de los ramplones de tres al cuarto, no hubiera paradomientes en este particular delicadísimo; y por lo mismo que veía a suhija precozmente desarrollada en lo físico y en lo intelectual; por lomismo que la veía transformada, de la noche a la mañana, en mujer, y enmujer donairosa, elegante y llamativa, con todos los elementos apropósito para brillar y divertirse honradamente en el mundo, «al mundocon ella antes con antes», se habría dicho; y en el mundo la habríazambullido de golpe y porrazo... ¡Ah, padre bobalicón y mal aconsejado!¡Quién es capaz de predecir lo que será de los pensamientos y de lasinclinaciones y hasta de los caprichos de tu hija, respirando unambiente que jamás ha respirado, y sin armas para defenderse en unaregión que nunca ha visto, llena de tentaciones y de estímulos que hande cebarse en su desapercibida naturaleza, como los mosquitos en elalmíbar? Y si tienes en algo lo que lleva ya estampado en sus tablitasde cera, ¡quién te asegura a ti que no será borrado por la impresión deotra cosa, y que esta nueva impresión no resultará llaga maligna yenfermedad incurable? Pues bien: yo, aunque con un ojo solo, he guipadomás que tú, que tienes los dos servibles, en ese delicado particular; yporque vi a Nieves precoz y que tenía algo que guardar en su almario,algo muy bien estampado en sus tablitas de cera, precisamente por eso,en lugar de meterla ahora en las bullangas del mundo y sus esplendoresengañosos, me la llevo a las soledades de Peleches, donde corre el airelibre y puro, y hay luz sin estorbos y naturaleza en toda sugrandiosidad, para que nutra la sangre y fortalezca el espíritu, y seendurezca la cera y no se borre a tres tirones lo que en ella hayestampado; a Peleches, ciego, a Peleches, donde ni en ambiente ni encostumbres se hallará, aunque se busque de intento, cosa que puedatentar a la inexperta doncella para torcer y malear la índole de susideas ni la dirección de sus juiciosos pensamientos. Y si al fin de lajornada resulta que no merece su primo los que ella le vieneconsagrando, tanto mejor para que lo conozca así y no la mate ni laalucine la pesadumbre... o el despecho del desengaño.

Esto es jugar apulso y con tino y delante de la cara de Dios; esto es, en suma, llevarlas precauciones y el celo y el tacto hasta donde humanamente puedenllevarse. Con ello cumplo como hombre avisado y como padre cariñoso; yasí me encuentro satisfecho, lo que se llama satisfecho hasta lahartura...

¡Canástoles! y a la porra lo demás.

Pues bueno: si las exploraciones de don Alejandro Bermúdez Peleches enlos profundos de la conciencia de su hija, tan alarmantes por loaparatosas, las hubiera hecho, con su llaneza habitual, Virtudes, porejemplo, la íntima de Nieves en el colegio, Nieves, por derecho y a labuena de Dios y con el laconismo que ella usaba, habría satisfecho lacuriosidad de Virtudes en la siguiente forma, palabra más o menos:

—Desde que sé leer y escribir, tengo yo sospechas de que papá y mi tíaLucrecia quieren que sirvan para algo las cartas y los retratos quenos mandamos tan a menudo Nachito y yo.

Chiquitín era él, y ya merequebraba. Se lo reprendí muchas veces, no precisamente porque merequebraba, sino por el modo de requebrarme. ¡Me decía unas cosas tanpegajosas! Figúrate que hasta me llamaba huerita, porque soy rubia. Éltomaba las reprensiones a broma, y apretaba el requiebro; y papá, queentonces leía las cartas, las que iban y las que venían, celebraba muchoestas peleas y me aseguraba que, con el tiempo, irían teniendo mássubstancia los donaires de mi primo, y que entonces ya me gustarían. Porde pronto me ponía en las nubes su hermosura, y me leía las cartas enque su madre le ponía sobre el sol, por el cuerpo y por el alma. Notenía pero ni por dentro ni por fuera. A mí lo mismo me daba. Crecimoslos dos: él entró en la Universidad y yo en el colegio. Como polloguapo, lo era de verdad entonces; y por lo que toca al estilo, algo sehabía corregido en lo meloso, pero todavía se pegaba. En el colegio hayque entregar y que recibir abiertas las cartas, para que se entere de sucontenido la Madre que entiende en esas cosas. Pues a mí me las recibíany me las entregaban cerradas, por encargo terminante de papá: con esto,y con haberme advertido él que no interrumpiera mi correspondencia conNachito a pesar de mis ocupaciones de colegiala, me afirmé más en creerque algo se andaba buscando en el empeño de que nos carteáramos a menudoy en secreto el mejicanito y yo. El tal mejicanito, según iba creciendoy estudiando, iba ahondando, aunque no mucho, en los asuntos de suscartas; pero a mí me seguía sonando todo ello a música de gomoso, y porese lado me despachaba con él. Así llegamos los dos, Nacho al fin de sucarrera y yo a salir del colegio, sin haberme dicho él nunca cosa algunaen serio y formalmente, y sin echarla yo de menos ni extrañarme de queno me la dijera. Que continúa siendo guapo y hombre de bien y es muyrico, y va a venir a España para vivir con nosotros y conocer a sufamilia... no me pesa nada de ello. Que viene con intenciones declaradasde que resulte lo que yo sospecho que se han propuesto sus padres y elmío... eso será lo que sea y según yo esté de humor, y me llene él o nome llene. Que, estando así las cosas, le desfiguran las viruelas, oresuelve no venir ni acordarse más del santo de mi nombre... pues taldía hará un año.

Sentiré lo de las viruelas, como se siente unadesgracia en un amigo que es pariente además; pero en cuanto a lo otro,una agradable curiosidad de menos, y santas pascuas.

—Corriente—diría entonces la curiosilla Virtudes, deseando conocerhasta el último escondrijo del almario de su amiga—.

Nada te inquieta,nada te apura, y vives en la mayor tranquilidad, por lo que toca a tuprimo el mejicano; pero a la edad en que te hallas, con la salud y labelleza que posees, recién salida de la prisión del colegio, lo adoradaque te ves de tu padre, tan rico y tan complaciente y tan campechano,¿qué demonio es el que más te tienta ahora?... Porque alguno ha detentarte, o es mentira que el demonio no sosiega. ¿Cuál es tu mayorambición por de pronto? ¿qué es lo que con mayores ansias apeteces ydeseas?

Sin titubear hubiera respondido Nieves:

—Aire, luz, independencia, ruido de arboledas y música de pajarillos.Sé que hay grandes ciudades llenas de maravillas, para admiración yrecreo de las personas ricas y desocupadas, y que las mujeres de nuestraclase brillan y gozan entre los placeres de su mundo. Todo eso está biendonde está; pero hoy no me tienta, porque no lo echo de menos todavía.Si me metieran entre ello, lo aceptaría sin grandes repugnancias; peropuesta a elegir, me quedo con lo otro, que me gusta más ahora, y sintemor de que me engañe el pensamiento, porque bien sabes tú que siemprefui muy inclinada hacia ese lado. Y no hay más.

Y no lo había, realmente, en los adentros de la pobre muchacha, tan malcomprendida por su padre en ese particular...

y en algún otro, pues nodebe olvidarse que el arrechucho gordo de don Alejandro BermúdezPeleches nació de haberla visto, de súbito, vestida de mujer, con unosfulgores y unos centelleos y un poder incendiario que le metían miedo; yhay que dejar bien declarado, hasta por obra de justicia, que no habíaen la naturaleza física de Nieves el menor detalle que no estuviera encabal armonía con el sosegado equilibrio y la honrada disciplina de suconciencia moral.

Efectivamente: ese equilibrio y ese sosiego y esa honrada disciplina, yno otras cosas más feas, acusaban el tranquilo y hondo mirar de susrasgados ojos azules, su boca tan bien plegadita y tan fresca, lablancura nacarada de su tez, la riqueza sobria y elegante de loscontornos de su busto, la finura de su talle y el aplomo reposado y lagallardía de su andar.

No era alta ni daba en cara por hermosa; pero sí por interesante ensumo grado. La única nube que obscurecía a menudo la transparenteclaridad de su semblante, era un repentino fruncimiento de su lindoentrecejo; pero este detalle, como efecto mecánico de una extremadasinceridad de pensamientos y de impresiones, no daba a la expresión desu mirada el menor acento de dureza. Era sana como un coral,

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muyingenua, sobre todo, y diligente y animosa. Pintaba un poco, tocabaregularmente el piano y leía con gusto los buenos libros de imaginación.No era una artista; pero sentía y saboreaba el arte a su manera.

¡Y el bendito de su padre, sin acertar a leer lo que estaba tan a lavista en aquel libro tan abierto!

Pensando como se ha visto, llegó Bermúdez a su despacho; y manoseando lacorrespondencia que el ama de llaves había dejado sobre su pupitremientras andaba él a caza de los secretos de Nieves, topó con una cartaque traía el sello de la administración de correos de Villavieja.Alegrose mucho de ello, y se sentó para leerla con toda comodidad,porque prometía, por el bulto, ser bastante larga.

Abriola, y lo era en efecto. La firmaba don Claudio Fuertes y León, ydecía lo que podrá ver el lector, si es curioso, en el siguientecapítulo.

—IV—

De lo que escribió desde Villavieja Don Claudio Fuertes y León, a DonAlejandro Bermúdez Peleches

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Iamigo y señor: quedan en ejecución y serán cumplidas conforme a losdeseos de usted, las órdenes que se sirvió darme en su favorecida cartaúltima, lo propio que lo han sido ya las que me ha ido comunicando ensus tres gratas anteriores, «en previsión», como usted decía, «de lo quepudiera suceder el día menos pensado». La noticia de que, al cabo,sucederá con entera certidumbre y en fecha no lejana, que también mefija usted, me ha servido de grandísima satisfacción. Quédame, sinembargo, el temor de que le engañen a usted algo los deseos en cuantocomience a realizarlos en esta vetusta y apolillada soledad, al cabo detantos años de rodar por el mundo y de residencia en una de las ciudadesmás hermosas y florecientes de él. Cuando menos, es muy de recelar que,si no usted, porque ha nacido aquí y lo conoce bien y lo ama, pues loarraigó en su corazón siendo niño, la señorita Nieves, que se halla enmuy distinto caso, se aburra a los cuatro días; y en aburriéndose ella,ayúdeme usted a sentir. Pero a esto me replicará usted que me meto en loque no me importa, y a buena cuenta le pido mil perdones por elatrevimiento.

»Cuando venga usted verá que se ha sacado todo el partido posible deldeteriorado palación, y que no pegan del todo mal, después de lasreparaciones hechas en él, aunque de prisa y corriendo y con los pocos ymalos elementos que aquí hay, el piano y los demás muebles, trapos ycachivaches que usted me ha ido remitiendo, en los lugares que ocupan,según sus minuciosas instrucciones. En pliego adjunto le envío una notabien detallada y comprensiva de todas las mejoras efectuadas en Pelechesbajo mi dirección, para gobierno de usted antes de salir de Sevilla.Celebraré que le satisfaga.

»Dicho esto, paso a cumplir lo más peliagudo de todas las comisiones quehe tenido el gusto de recibir de usted desde el día en que me honró conel cargo de apoderado suyo en este término municipal. Díceme usted quele envíe abundantes noticias, que sean así como a modo de pintura fielde Villavieja en su estado actual, mirada por fuera y por dentro, porquehace muchos años que la ha perdido usted de vista y desea, cuando a ellavuelva, no pisar como en terreno desconocido. Con la seguridad dehacerlo mal, pero con el propósito firme de servirle a usted fielmente,allá va, a la buena de Dios, la pintura que me encomienda; y «si salecon barbas, san Antón...»

»Si le dijera a usted que Villavieja estaba en el propio ser y estado enque usted la dejó tantos años hace, le engañaría a usted y adularía aVillavieja; porque, en rigor de verdad y cumpliendo la ley de sudestino, tiene de peor que entonces el estrago del tiempo transcurrido,y el de las miserias y la incuria de sus habitantes. De mejor, ni unladrillo, ni un clavo, ni una teja. Lo que a la salida de usted estabatemblando, se ha venido al suelo, y mucho de lo que estaba firme yerguido entonces, se tambalea ahora preparándose para caer, o escarbandopara echarse, como en casos parecidos se dice por acá. De pueblos desecano que tuvieron grande importancia en tiempos remotos y hoy sonmontones de ruinas solitarias o poco más, abundan los ejemplos; y hayrazón para que abunden, porque entonces se guerreaba y se vivía decierto modo, y los lugares más altos y más inaccesibles o de más fácildefensa, eran los preferidos para fundar pueblos; al revés de lo queacontece hoy por exigencias de nuestro modo de vivir; pero ejemplos depuertos de mar, de poblaciones costeñas, que vayan de mal en peor desdemedio siglo acá, no conozco más que uno, el de Villavieja. No parecesino que se le dio el castigo con el nombre que se le puso.

A estepropósito le diré a usted que he registrado los archivos municipales,los eclesiásticos y hasta desvanes particulares con el fin de averiguaralgo sobre la fundación de esta villa y el origen y fecha de su nombre,y que nada he conseguido. Con decirle a usted que ni siquiera figura enel mapa de España que hay aquí en la escuela pública, está dicho todo.Si se hace uno cruces al notar aquella falta de rastros históricos dondetanto debieran abundar, le dicen los doctos villavejanos: «eso y más deotro tanto destruyó la francesada.» «Corriente, se les replica; pero¿en qué consiste lo del mapa? ¿por qué no figura este puerto en él?» Aestas preguntas responden que también eso es obra de los franceses, porrencores de otros tiempos, es decir, de los tiempos de «la francesada».Aquí anda «la francesada» todavía tan fresca y tan rozagante como sihubiera pasado por Villavieja antes de ayer. Replíqueles usted que elmapa ese y otros tales no están hechos en Francia, sino en España. Lonegarán en redondo, porque no conciben en los españoles que no seanvillavejanos, talentos tan considerables; y si alguna excepción leadmiten, sostendrán que la omisión se ha hecho, se hace y se hará en esemapa y en todos los mapas, por envidias y malquerencia de la gente deMadrid. El caso es que se ignora por qué se bautizó esta villa, alnacer, con el calificativo de vieja, o si se le dio más tarde a títulode mote expresivo. Lo que no tiene duda es que el nombre, o la maldicióno lo que sea, le cae a maravilla.

»Tiénese, y tengo yo también, por causa principalísima de este mortecinoestado de cosas, la inextinguible y tradicional enemiga que existe, comousted sabe, entre los Carreños de la Campada y los Vélez de laCostanilla, los dos principales barrios, según usted recordará, bajo yalto, respectivamente, de Villavieja. Estas dos familias que tuvieroncierta relativa importancia fuera de aquí, y aquí mucho prestigiosiempre, han podido, y aun hoy, que han venido muy a menos, podríanhacer o conseguir que otros hicieran algo bueno y beneficioso para lalocalidad; pero precisamente les ha dado la calentura por ahí; es decir,por estorbar, por destruir los de arriba cuanto proyectan o discurrenlos de abajo, y viceversa; y de este modo, unos por otros se va quedandola casa por barrer. Añádase a esto que Villavieja nunca ha podidoagenciarse un valedor en Madrid ni en la capital de la provincia; que lacarretera nacional pasa a media legua de distancia de la villa, seaporque los ingenieros no tuvieron noticia de nosotros cuando latrazaron, o porque nos concedieron escasísima importancia; que laprovincia no ha querido construir ese pequeño ramal de empalme, y queeste municipio no ha logrado mejorar debidamente la áspera senda quehace sus veces, porque siempre que lo ha intentado, no con gran empeño,ha nacido la sospecha en los de la Campada o en los de la Costanilla, deque el intento era cosa de los de la Costanilla o de los de la Campada,y se le ha llevado el demonio con las artes de costumbres; añádanse,repito, y ténganse presentes estos hechos y algunos más de su mismatraza, que no necesito mencionar, y hasta resultará una justificación dela conducta de los villavejanos. Al verlos tan tranquilos, tan apegadosa su cáscara y tan satisfechos y enamorados de ella, verdaderamente seduda si el estado material de la villa es obra de la dejadez delhabitante, o si el habitante es así porque haya encarnado en sunaturaleza, como espíritu, la catadura singular de la villa.

»Alguien se forjó la esperanza de que con la moda del veraneo entre lasgentes ricas del interior, y las excelentes condiciones de esta playa,tan abrigada y espaciosa, no faltaría quien se fijara en ella, empezandode ese modo y por ahí una era de relativo florecimiento para la villa ysu puerto. ¡Buenas y gordas! Vino, seis años hará, una familia de muylejos, con dinero abundante y dispuesta a bañarse y a pasar aquí unalarga temporada. Por de pronto, le costó Dios y ayuda encontrarhospedaje, y ese malo.

Al día siguiente estuvieron a punto de ahogarsela señora y sus dos hijas, por no haber hallado a ningún precio quien seprestara a servirlas de bañero, y no saber ellas dónde se metían. Alhijo mayor, joven de veinte años, le desplumaron aquella misma noche enel Casino; y al otro día se largaron todos por donde habían venido,después de haberles sacado el redaño el posadero.

Claro está que no hanvuelto por aquí, ni alma nacida tampoco.

»En otra ocasión se denunció en este mismo término, y a la puerta decasa, algo que parecía buena mina de carbón de piedra: lo olieron unosingleses y la compraron por poco dinero.

Creímos algunos que por eselado iba a hallarse la villa un buen remiendo para su capa; pero despuésde algunos trabajos preparatorios y una explotación somera de la mina,la abandonaron los explotadores, o mejor dicho, se la vendieron porcincuenta mil reales a tres sujetos de aquí. Al cabo se quedó con laempresa uno solo, comprando las representaciones de los otros dos con unochenta por ciento de merma. Este sujeto, un tal Barraganes, rematantede arbitrios, la explota desde entonces arañando por encima y ocupandoen las labores, sólo a temporadas, cuando más, ocho obreros cuyohallazgo le cuesta un triunfo. Para llevar a vender, donde convengamejor, lo que se va acopiando de este modo tan sosegado, viene unvaporcillo de cabotaje cada cuatro o seis meses; y éste es el únicobarco que fondea en este puerto años hace. Los ingleses hicieron unacarreterilla desde la mina al embarcadero, cosa de dos kilómetros, pero,por desgracia, en dirección contraria a la general del Estado;afianzaron un poco el ruinoso muelle con unos cuantos sillares y mediadocena de tablones, y eso hemos salido ganando. De estas cosas y otrasque también dejo mencionadas, y algunas que mencionaré más adelante, yale enteré a usted en su debido tiempo, así como del rumbo que gastaba elinglés principal, lo apegado que estaba a la villa, y lo muchísimo quela hubiera enseñado, si como se marchó a los dos años de haber venido,porque la mina les dio chasco, permanece entre nosotros dos años mássiquiera; pero se lo vuelvo a referir a usted porque, en mi deseo dedarle el cuadro completo, no quiero omitir en él ninguno de suscomponentes principales, aunque ya le sean conocidos.

»No habrá usted olvidado lo que pasó con aquel señor catalán que estuvoaquí no hace mucho con el intento de establecer una fábrica de salazón yde escabeches, trayendo, para surtirla de pescado, una escuadrilla delanchas bien tripuladas, y contratando rumbosamente las tres que aúnhabía en el puerto.

En cuanto le conocieron las intenciones losvillavejanos más arrimados a la playa, le dieron tal zambullida en lamar, cogiéndole de improviso un anochecer, de diciembre, por más señas,y tal corrida de palos a la salida, que no esperó ni a mudarse la ropapara huir de Villavieja, lo mismo que un perro de aguas.

»No quiero citar más ejemplos de esta clase, por lo mismo que abundan enmi memoria y también en la de usted; y le advierto que de lasmencionadas tres lanchas pescadoras que había en este puerto cuando lazambullida y subsiguiente zurribanda al catalán, no queda ya más queuna. Las otras dos se hicieron astillas en la playa, donde las habíanvarado para recorrerlas un poco, con un marejón tremendo de Levante,cosa rara aquí, que se les fue encima una noche, de repente. Los dueñosse quedaron sin ellas, y los pescadores que las tripulaban a la parte,tan satisfechos.

Así como así, estaban deseando dejar el oficio que,tras de peligroso, no les daba de comer por falta de mercado, en lo cualtenían razón, bastante más que la que tuvieron para echar a palos deVillavieja al señor catalán que quiso contratarlos con buen sueldo.

»Ahora se han agenciado un par de botecillos remendados; y merodeandoaquí y allá con ellos, como merodean otros tales, a mar llana, vanviviendo muertos de hambre. A estos botes, cosa de media docena enjunto, y a una lancha, queda reducido hoy el material de pesca en unpuerto tan considerable como éste. Y así y todo, anda de sobra elpescado en la villa, no por lo mucho que viene de la mar, sino por loque, de lo poco, sobra para el consumo de la población, único mercadoque tiene por falta de comunicaciones rápidas con otros.

»El comercio, en general, ha ido a menos, aunque le parezca a ustedmentira.

Han

quebrado

dos

establecimientos

de

comestibles, de los queusted conoció, y se ha cerrado otro.

Quedan otros tres: uno de ellos enla Costanilla, otro en la Campada y otro en la plazoleta del Maravedí.De tabernas no hablo, porque se supone que abundan.

»También ha habido alguna merma en el ramo de pañeros. Por de pronto, laantiquísima y afamada Perla de Ezcaray, ya no existe. Murió el viejodon Anselmo, que era el alma de la casa, y ha sido forzoso liquidarla ainstancias del yerno del difunto, un tal Córcoles, logrero ytrapisondista de medianeja reputación.

Los demás del gremio, unosarrastrándose poco a poco y otros como pueden, continúan en suscovachones de los arcos de la Plaza Mayor.

»Allí encontrará usted igualmente, y en próspera fortuna por cierto, alrechoncho Periquet, El Valenciano, como lo reza el letrero,

con

susporcelanas

sospechosas,

su

cristalería

polvorienta, sus rollos deesteras resobadas y sus innumerables baratijas de relumbrón. Se le metióen la cabeza que había de dar en la suya al presuntuoso Bazar delPapagayo, que está a su vera, y lo ha conseguido sin gran esfuerzo.Este bazar, de gran fachada y de fondos negros y vacíos si no detelarañas y de sogas de esparto, de escobas de palmiche, un poco deherraje basto, otro poco de loza de Talavera, dos sartas de cencerrillosy otros pocos más de incongruencias por este arte, tiene, como ustedrecordará, un gran papagayo de cartón pintorroteado encima del letreroque corona su escaparate. Pues Periquet, que no tiene escaparate, en suempeño de competir en todo con el bazar, ha colocado encima del letrerode su tenducho embarullado, pero bien provisto, una cotorra, también decartón y también muy pintarrajeada, sosteniéndose sobre la palabra DE,o mejor dicho, con cada letra de estas dos en la correspondiente pata.Enseguida descifraron el jeroglífico los desocupados villavejenses, quehasta en grupos de seis en seis acudieron los primeros días para leer envoz alta y a una: «La cotorra de El Valenciano.» Después soltaban unarisotada, miraban hacia el fondo del bazar contiguo, y se iban haciendomuchos comentarios. Todo esto halagó en gran manera la vanidad dePeriquet, y, como es de suponer, agravó los sordos rencores de lospropietarios del tendajón, que, siendo villavejanos de pura raza, sesienten heridos en lo más hondo por el agravio que les hace su villanativa ayudando a que los arruine y vilipendie un intruso y groseroteque todavía usa alpargates y pañuelo a la cabeza, y no sabe leer niescribir.

»Lo que no ha podido quitarle La cotorra de El Valenciano al Bazardel Papagayo, es la tertulia de prima—noche, lo mismo en invierno queen las demás estaciones del año, pero principalmente en la de invierno.Allí acuden puntualísimos, en cuanto comienza a anochecer, el párroco ylos dos coadjutores, el médico viejo don Cirilo, el procurador Ajete, elabogado Canales, y Chichas, antiguo y ya retirado tendero de laplazuela del Maravedí, donde hizo el capitalejo con que ahora vive deholgueta. Éstos son los tertulianos fijos del bazar. El médico, elabogado y el párroco, son los hombres que más saben aquí de cosas deVillavieja, de antaño y de hogaño; y de esas cosas es de lo que más sehabla en la tertulia, cuando se habla, porque comúnmente no se habla denada allí, ni se ve, porque siempre se está a obscuras. Así es queinfunde cierto miedo el mirar hacia adentro cuando se pasa de noche pordelante de la puerta. Se ve, en aquel antro tan hondo y tan obscuro ytan silencioso, brillar de rato en rato una chispa aquí y otra allá, queson las producidas por otras tantas chupadas a los cigarros enejercicio... y nada más se ve por mucho que se mire; ni ordinariamentese oyen otros ruidos que algún carraspeo seco, o el crujido de unasilla, o la sonada de unas narices. En estos casos, aunque se sabe lohonradas y pacíficas que son las gentes allí congregadas, al pensar enmeter la cabeza dentro le asalta a uno el temor de que le agarren porella manos invisibles que le amordacen y le arrastren más allá, y lelleven, le lleven, hasta la boca de una sima muy honda en la cual learrojen para que le vayan devorando poco a poco sabandijas y ratones.Cuando la tertulia se deja oír un poco desde el soportal, es porque sehacen (rara vez) comentos de alguna noticia política. Por lo común, elmayor ruido es el murmullo acompasado y dormilento que producen losrelatos eruditos o doctrinales del médico o del abogado o de los señorescuras. Tienen este bazar y esta tertulia cierto color venerable yespecial, y por eso les consagro algunos renglones más que a otras cosasde acá, sabiendo que no le molesto a usted aunque no le diga nada queignore.

»El relojero Chaves murió años hace; pero queda la relojería dondesiempre estuvo, tres puertas más abajo del bazar, lo mismo que usted laconoció. Su hijo, es decir, el del relojero, que es quien está al frentede ella, sabe tal cual su obligación; y, lo mismo que su padre, hace yvende jaulas y ratoneras, y compone cerraduras finas y rosarios, y curapor el método Le-Roy, muy acreditado aquí.

»La tienda verdaderamente nueva para usted en los Arcos, es la de unsastre riojano que vino a Villavieja hará cosa de seis años. No lo hacemal, y presta un gran servicio a los villavejanos que, sin pedirprimores ni mucho menos, nos veíamos y nos deseábamos antes paravestirnos fuera de aquí; porque pensar que los otros dos sastres queusted conoció y aún quedan, salieran de sus medidas con tiritas depapel, de sus perneras acampanadas y de sus faldones con frunces, erapensar los imposibles.

»También ha mejorado algo el estilo de nuestros zapateros; pero pocacosa.

»Vive todavía Gorrilla el platero, y en su mismo tenducho lóbrego dela Rinconada de la Colegiata. Allí le verá usted cuando venga, detrásdel vidrio roñoso (en el que continúan colgados de un alambre horizontallos mismos tres pares de pendientes de plata y el mismo sonajero y lamisma colección de sortijas usadas), con la cabeza gacha y la caratapada por la visera enorme de su gorra de nutria, medio pelada ya,ocupado en soldar con el soplete una cosa que siempre parece la misma,con la puerta cerrada y sin un marchante dentro ni fuera, ni tampoco enlas inmediaciones, yendo o viniendo. ¡Y dicen que vende y que gana, yhasta que tiene mucho dinero! Lo tendrá; pero dudo que lo haya adquiridocon el oficio.

»Y ya que ando tan cerca de la Colegiata, no quiero irme a otra partecon el relato, sin presentarle a usted su buen amigo, y mío y de todo elmundo, don Adrián Pérez, tan entero y tan campante como si no pasaranaños por él, en su sempiterna farmacia de la Plazoleta y frente porfrente del pórtico del templo, con su levita negra de largos faldones,desabrochada siempre; su chaleco, negro también, abotonado hasta elpescuezo, y éste muy liado en una corbata de tres vueltas, negraigualmente, y de seda, sin asomo de cuello de camisa por ninguna parte(aunque sí del cordón del escapulario por debajo del cogote, muy amenudo, o por encima de la nuez), y su sempiterno gorro de terciopelosobre la cabecita (solamente gris todavía, a pesar de sus setenta ycinco muy corridos), sobándose a cada instante el codo izquierdo con lamano derecha, hablando poco, mirando risueño y sin apresurarse, niasombrarse, ni conmoverse, ni disgustarse, ni mucho menos enfadarse pornada.

Es, como ha sido siempre, la encarnación viva de la parsimonia ydel bienestar, en la mejor farmacia del mejor de los pueblos del mejorde los mundos posibles. De la botica no hay que decir que sigue lasleyes de su boticario: los mismos tarros de porcelana con los propiosnombres en latín abreviado; la misma Virgen de las Mercedes, patronaespecial del establecimiento, en su hornacina de caoba, encaramada en loalto y principal de la estantería, es decir, en el Ojo, el «ojo» a quese endereza la pedrada del refrán; el mismo pildorero de castaño con susenroñecidos trastes de hierro; el mismo cazo para los cocimientos, lamisma tijera para cortar el baldés de los confortantes de siempre, yhasta el mismo papel emborronado, de planas, comprado a lance a loschicos de la escuela, para sus cucuruchos de píldoras y envolturas demedicamentos en polvo.

»La novedad única (a lo menos para usted) de esta botica, es el hijo delboticario, y boticario él también de cinco o seis años acá.

Es unbigardón de los demonios, que tan pronto le parece a usted blanco comonegro, hábil como inepto, aquí listo y allá simple.

Pica en muchascosas, y aún no he podido averiguar hacia cuál de ellas le arrastran susverdaderas aptitudes. Parece, por de pronto, de buen acomodar, y ayuda asu padre en la botica con los mejores deseos.

»Excuso decir a usted que en este rinconcito de Villavieja es dondemejor ha caído la noticia de la próxima venida de usted, no porqueafirme que ha caído mal en otras partes, sino porque de la cordialidadcon que le quiere a usted y a cuanto le pertenece este bonísimo sujeto,respondo con el pellejo, y no me atrevo a tanto con los demás. Bien sabeusted cómo abundan aquí la carcoma y los celillos de clase; y aunquetodos los Bermúdez, por dicha suya y desgracia de Villavieja, han sabidoaislarse en su nido de Peleches de las intriguillas y miseriucas de acáabajo, al cabo es usted Bermúdez, tiene mucho dinero y raya más alto quenadie entre todos los villavejanos, aunque no se proponga rayar. En fin,ya me entiende usted.

»Como la pintura que voy rasgueando no ha de ser escrupulosa estadísticapara gobierno de la dirección de Contribuciones, sino cosa muydiferente, hago caso omiso de los demás ramos mercantiles e industrialesde la localidad y de la vida que arrastran, amén de que se adivinafácilmente esa situación precaria con lo que dejo apuntado en esta mismacarta y le tengo dicho en otras sobre lo a menos que han venido elmercado de los lunes y la feria de primero de cada mes. Estos recursos,que fueron para Villavieja minas de plata en otros tiempos y tantodecayeron después, continúan a esta fecha de mal en peor. Claro es quela enfermedad alcanza en proporción debida a la gente de la Aldea,nuestro barrio de labradores; y ese malestar de este importante gremio,le verá usted bien reflejado en la vega, tan floreciente y pomposa añosatrás.

»Decía el inglés de la mina, ingeniero de cuenta y hombre de muchomundo, que era muy de notarse que los villavejanos, tan indolentes yapáticos en cuanto se refería a mejoras y útiles progresos locales,fueran para todo lo demás tan animosos, tan regocijados, hastabullangueros, y tan susceptibles y quebradizos de piel. Y decía lapura verdad. Un villavejano de viso se encogerá de hombros al ver cómose le hunde medio tejado, y perderá el sueño si aquella misma noche sele ha demostrado en el Casino que su levisac atrasa más de dostemporadas en el reló de la última moda. ¡Oh! en éste y otros parecidosasuntos son terribles

los

villavejanos,

sobre

todo

las

hembras.

Tenemos mundo, tenemos clases, tenemos distinguidos y cursis; horas de tono y horas vulgares; y si no se puede con ricas telas, imitamoscon percalinas la forma y los colores del vestido que, según la revistade modas que reciben las Escribanas o las de Codillo, llevaba una granseñora parisiense en cierta recepción del Elíseo. Para estos apuros yotros semejantes, hay aquí un contingente regularcito de costureras conhumos de modistas, que se despistojan con el afán de conseguir que susexigentes parroquianas no encarguen sus vestidos a la capital, que distacatorce leguas. Y lo mismo se desvela y por idéntica causa, el sastreriojano; porque los hombres elegantes de aquí son punto menos que lashembras distinguidas.

»Las que más se distinguen ahora son las mencionadas Escribanas y deCodillo. Las primeras, llamadas así por ser hijas del difunto escribanoGarduño, que dejó bastante dinero, aunque no lo que suponen las gentes,son tres y la madre: ésta bajita y gorda, y aquéllas altas y delgadas,no de mal parecer, pero tampoco guapas. Se atufan por cualquier cosa, ymuchas veces van riñendo unas con otras por la calle, a media voz, peromuy sofocadas e iracundas. Las de Codillo, hijas de don Eusebio Codillo,el dueño del Café de la Marina, de la calle del Cantón, hoy arrendadoa un murciano, son cinco y muy desiguales entre sí en color, en estaturay en carnes; pero todas ellas tienen cierto andar, cierto sonreír ycierto... vamos; y, sobre todo, unos humos de señoritas principales yacaudaladas, que meten miedo. A Codillo, que siempre fue una tenaza yuna esponja para el dinero, le da ahora por despilfarrarse con lafamilia y hasta por acompañarla vestido de punta en blanco. Es tenientede alcalde, está viudo, y eso le salva, porque su mujer era una fierahasta para amarrar el ochavo.

»Con menos caudal que estas dos familias y con los trapitos arregladosen casa, forman en la misma clase, primeramente, las dos nietas del Indiano, aquel fachenda que usted conoció ya viejo. El heredero, suhijo Martín, se comió en dos años la mitad de la herencia, y con la otramitad pretendió en lejanas tierras a una supuesta ricachona, que resultópobre del todo después de casada, pero muy vanidosa. Vive ella y semurió él; y con lo poco que dejó, bien estiradito y apurado, se dan elgran pisto las tres hembras de la casa.

»Después de ellas, o a par de ellas, mejor dicho, las Corvejonas, asíllamadas por ser hijas de don Aniceto Martínez Liendres, Corvejón deapodo, por herencia de su padre que fue herrador y albéitar, con igualmote, como usted recordará.

Traficó Aniceto con suerte en ganados; casóbastante bien con una hija de otro traficante asturiano, y ahí le tieneusted con su don como una casa; y aunque le han mermado los caudalesen más de la mitad, con unos humos que no le caben en la chimenea.

»Al lado de las Corvejonas figuran las Pelagatas... Pero ¡qué jugova usted a sacar de la lista que yo forme, si toda esa gente es nueva ydesconocida para usted, sin precedentes de nombre ni de arraigo en todala población? Ya las conocerán ustedes cuando vengan, si conocerlasquieren, lo propio que a las de la jerarquía subsiguiente, lascalificadas de cursis por las primeras, y, como tales cursis,menospreciadas.

»Entre tanto, sepa usted que, de poco tiempo acá, anda fluctuando entrelas dos categorías, con síntomas de caer en la primera, la sobrina de suseñor cuñado de usted, el marido de doña Lucrecia. Desde que empezó aenriquecerse de veras este insigne villavejano, amparó rumbosamente a lafamilia que le quedaba aquí, su madre y una hermana, ésta casada con unlabrador del barrio de la Aldea donde ellos vivían y eran labradorestambién. Muriose la vieja, y quedó el matrimonio joven, con una niña, yaestablecido en el casco de la población y viviendo de sus rentas, o seade la pensión del mejicano.

Metieron a la niña en la «enseñanza» de doñaEustoquia; no era un adoquín, ni fea; desbravose allí bastante;consiguió luego desbastar y pulir algo a su madre, que bien lonecesitaba; muriose el padre de un tabardillo, porque la holganza y elbuen pesebre le tenían hecho un odre y algo picado a la bebida; crecióla muchachuela y se hizo una moza regular y de buen aire; tomole talcual a su lado la viuda... y como la espuma hasta hoy.

Ambas saben queviene este verano su sobrino de usted, y afirman que se hospedará en sucasa cuando pare en Villavieja, y que, como las quiere tanto... «¿quiénsabe lo que podrá suceder?» Conque sírvale a usted todo ello degobierno: lo uno, para su satisfacción, y lo otro, por si ha pensado enpreparar cuarto al mejicanillo en Peleches.

»Hablando ahora en serio otra vez, añado a lo dicho sobre las mujeres de tono de Villavieja, que tienen para exhibirse en toda supomposidad, cuatro bailes de tabla al año: uno, el más solemne, eltradicional del Ayuntamiento el día de la Patrona de la villa, y tres enel Casino, dos de ellos en Carnaval y uno en Pascua de Resurrección.Todos de sala y con larga cola, no de vestidos, sino de disgustos: enunas, porque no fueron invitadas; en las invitadas, porque no debieronserlo muchas «cursis» que lo fueron. Lo propio sucede cuando en elCasino hay veladas artístico-literarias y leen los chicos poetas de lalocalidad, y tocan el piano las señoritas que lo entienden. Siemprequedan detrás de la fiesta ocho días largos de murmuraciones ydisgustos. Por eso, si bien se mira, donde mejor lo pasa durante elinvierno la juventud de ambos sexos, es en las reuniones que dan encompetencia las Escribanas y las de Codillo, y, a veces, las Corvejonas.Cada cual de ellas invita a «sus relaciones», y nadie tiene derecho aquejarse si no es invitado ni «relación» de la casa. Los paseos de modason, en invierno y con mal tiempo, los Arcos de la plaza; y con sol, laChopera de la Campada; en el verano, los mismos Arcos en el primer caso,y en el segundo la Glorieta de la Costanilla, el mejor paseo deVillavieja, como usted sabe, porque le tiene casi lindero de Peleches,dominando la playa y el mar por una parte, por la otra la vega y por laotra la villa; y no domina por la cuarta, es decir, por el sur tantocomo por la opuesta, porque allí está Peleches que lo domina todo,incluso la Glorieta.

»Las horas de tono en todas las estaciones del año para pasear lasseñoras, son las últimas de la tarde y a la salida de misa mayor en losdías festivos... En los días de trabajo no se pasea: se callejea por lavilla con cualquier pretexto, o se anda, como los simples mortales,por donde se quiere o se puede.

»Como eterna protesta contra todos estos ceremoniales de similor, quedanmíseros restos de aquellas pocas familias de relativo abolengo, que entiempos de nuestra juventud eran gala y ornato de la villa. Se complacenen asistir de trapillo adonde estén las otras muy emperejiladas, o en noasistir de ningún modo, como a sus bailes, o en andar muy majas ensitios y a horas diferentes. Así protestan; pero no triunfan, porque laley de los más se impone al cabo.

»Se va extendiendo demasiado esta carta, y aún me resta hablar a ustedde los hombres; no mucho, porque habría de sucederle a usted con los quebullen y «dan el tono», lo propio que con las hembras equivalentes: nolos conocería por más que se los fuera citando uno a uno. Hay clases también, y distinguidos y cursis entre ellos, y distancias, por tanto,que se guardan hasta en el Casino diariamente. Esto le baste, que mundoy habilidad y cacumen le sobran a usted para deducir el resto.

»El Casino es el alma mater de todos ellos. Allí van a parar los másaltos y los más bajos, los cursis y los distinguidos, de día y de noche;y si en el establecimiento no se ha puesto una tachuela desde que ustedle conoció (donde aún continúa, encima del Bazar del Papagayo), no espor falta de concurrentes abonados, sino porque, más o menosdistinguidos, todos los que van pasando por allí son de maderavillavejana, que ya sabe usted la virtud que tiene en esto de dejar quelas cosas se acaben por sí mismas, aunque no falta quien afirma que enel confort de la casa se gastaría algo más si se jugara algo menos, yno tan a menudo, en la famosa leonera, escondrijo de la sociedad dondelos socios se despluman a diario como unos caballeros.

»Ya le indiqué a usted de pasada que había chicos poetas aquí, que leíanen ciertas veladas. Es la verdad; y también bullen y peroran en lossoportales de la plaza, y a la puerta de la Colegiata cuando entra osale la gente, y en la Glorieta, y en la Chopera, y en el Casino y dondequiera que haya público que los oiga. Han tenido hasta conatos de unperiódico semanal; pero la falta de una imprenta en la villa les aguó lafiesta. A alguien de ellos se le ocurrió después hacerle autógrafo yreproducir los ejemplares con una prensa de copiar, como las usadas enel comercio, y así se hizo, con gran éxito y resonancia en toda lapoblación.

»Comenzaba ya el periódico a producir disgustos entre muchas familiasaludidas por los chicos, cuando llegó de la Universidad, va a hacer unaño ahora, Tinito Maravillas. Éste es un jovenzuelo chiquitín,paliducho y lacio, con gafas, pelo de ratón y patillitas transparentes.Usa a diario chaquet negro y bastón. Es hijo de un tabernero de aquí,algo levantisco, el cual se ha medio arruinado para darle la carrera,porque desde que Tinito (Agustín) comenzó a hablar, se le antojó a élque sacaba mucho talento y había de llegar a ser una maravilla, si sele educaba convenientemente. Tinito lo creyó así también, y pormaravilla se tiene después de licenciado, y por maravilla le haproclamado y le proclama su padre en la taberna y en todas partes, y Maravillas se le llama donde quiera. Pues este Maravillas, que sehabía hecho notar aquí en todas las temporadas de vacaciones, ahora esuna barbaridad lo que destaca, particularmente entre sus contemporáneos,por lo que sabe y por su modo de pensar. A los chicos del periódicoautógrafo los asustó. Villavieja necesitaba, en su lastimoso estado demodorra, algo más que coplas y chismografía. Él había escrito enrevistas librepensadoras, de gran importancia, y sabía lo que eran esascosas. Si querían su colaboración, no tenía inconveniente en prestarla,pero a condición de que el periódico fuera dirigido por él y saliera enletras de molde; lo cual no era difícil imprimiéndole en la capital. Laproposición sedujo, y en realizarla se anda desde entonces.

»Tinito habla poco, casi nada; pero se deja ver en todas partes, con lacabecita muy alta y en la cara una sonrisa entre compasiva y desdeñosa.No va a misa, por supuesto; y si se le pregunta por qué, hace ungestecillo como de asombro, sin dejar de sonreírse, y no responde más.Oye hablar de Dios, sonrisita; oye hablar de reyes, sonrisita; oye, enfin, hablar de todo lo corriente en los pueblos regidos por leyes, usosy costumbres a que estamos avezados usted y yo, sonrisita. A su padre sele cae la baba con estas cosas de Maravillas, sobre todo cuando le veechar desprecios, a su modo, sobre el viejo resabio de «las clases», tanarraigado en Villavieja; y Maravillas, en tanto, teniendo a menos decirde quién es hijo, y pegándose como una lapa a lo que aquí se tiene poraristocracia de la población, que no sabe, a la hora presente, sitemerle, si admirarle o si reírse de él; porque en Villavieja ha habidosiempre muy poco entusiasmo por las ideas políticas y filosóficas. Lomás exaltado de aquí no pasa todavía del progresismo histórico, tal comolo dejó el Duque de la Victoria al volverse a Logroño en 1856.

»Sin embargo, no ha predicado enteramente en desierto el joven apóstoldesde que vino Licenciado de Madrid. Ya tiene algunos partidarios casientusiastas, entre los mareantes y los zapateros, a quienes se dignahablar, de tarde en cuando, de Compte, de Büchner y de Lombroso,asegurándoles de pasada que él conoce hasta la última palabra de laciencia experimental, escoba y azote del viejo mundo teológico ymetafísico.

»Yo creo que habría palos en el Casino, si a Maravillas le diera porhablar tan recio allí, porque solamente con la estampa y la sonrisita esya una indigestión continua para ciertos y determinados temperamentos:uno de ellos el fiscal, de seguro; y muy probable, el hijo delboticario, que es atroz por lo sincero, por lo acelerado... y por loforzudo, y se pasa las horas muertas jugando al billar con el Ayudantede Marina que está siempre desocupado. No tiene otro vicio; pero un tacoespantoso.

»El fiscal lleva en este juzgado cuatro años, y es un sujeto digno deestudio. Es aragonés, solterón y joven todavía, pero algo acabado.Detesta la profesión tanto como a la villa, y ni siquiera trata dedisimularlo. Las acusaciones suyas son dicterios y palizas contra todolo que trae entre manos, hasta la ley, que no le da cuanto necesita paradespacharse a su gusto. Para él no hay atenuantes ni eximentes. Siemprepide el máximum de la pena

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para toda clase de delitos. Cuando habla deVillavieja, la acusa del mismo modo, porque está deseando que le echende la carrera y de aquí. Pone cada mote que no le levanta nadie, por lobien que cae. Tiene talento y gracia y se deja querer, porque, despuésde todo, es un lagarto muy apreciable, hombre de bien y de trato muyameno. Antes jugaba mucho al tresillo; ahora se le halla casi toda lanoche y parte de la tarde fumando y tomando café en una mesa, cerca dela de billar, viendo cómo juegan el hijo del boticario y el Ayudante deMarina, hablando con ellos a su modo a ratos, y a ratos con dos abogadosy un médico, jóvenes, de lo más culto y tratable que hay aquí, yconmigo, que solemos acompañarle...

»Para concluir, mi señor don Alejandro: continúan los cerdosrevolcándose en las calles sin empedrar, y las gallinas picoteando elcésped del encachado de la plaza; el casón histórico, llamado de losCapellanes, se desplomó en abril del año pasado; está mal sostenido conpuntales lo que queda del convento de Premostratenses; se va a apuntalarla fachada norte de las Casas Consistoriales, y en la calle del Cáncamose abrió de repente una sima, tres años hizo en febrero, y sin rellenarse encuentra a la hora presente.

»Con esto y lo que se adivina, ya sabe usted de Villavieja casi tantocomo su muy obligado y afectísimo amigo q. l. b. l. m.

Claudio Fuertes Y León.»

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—V—

Quince días después

QUELLAmañana madrugó don Alejandro casi tanto como el sol, y eso queera el de los días más largos del mes de junio, de los «de por sanJuan». No había pegado el ojo en toda la noche; y no por miedo a losladrones ni por extrañar la cama, sino por la comezón de la pícaracuriosidad, que le tuvo en vilo.

Por si a Nieves le había pasado lopropio, se acercó a la puerta de su gabinete, aplicó el oído a lacerradura, y, en efecto, Nieves se revolvía allá dentro.

—¡Nieves!—llamó trémulo de gusto.

—¡Papá!—respondió la voz argentina de Nieves—. Estoy concluyendo dearreglarme... Allá voy enseguida.

—¡Ajá! Pero dime: ¿has cumplido tu palabra?

—Como que me estoy vistiendo casi a obscuras.

—Así se hace, ¡canástoles! Pues mira: ya, por lo poco que falta, no loechemos a perder con una mala tentación. Firmes con ella si acomete,¿eh?