Al Primer Vuelo by José María de Pereda - HTML preview

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—Precisamente sobre Peleches, tomado como punto principal de laplática, no.

—Y ¿ha de ser ahora mismo la plática esa?

—Tampoco—respondió don Alejandro, volviendo a dudar y a rascarse—.Dentro de unos días, si se me ocurre y viene a pelo; porque te advierto,para tu tranquilidad, que no es asunto de vida o muerte para ti ni paramí... Hablar por hablar, como el otro que dijo, y cosas de señormayor... porque ya voy subiendo los cincuenta y cinco arriba, hija delalma, y hay que tenerlo todo presente a estas alturas, y mirar a muchoslados, por si a lo mejor se le van a uno los pies... y sanseacabó elviaje de repente,

¡canástoles!

—Vaya—dijo aquí Nieves con un gestecillo muy gracioso—, hazte elancianito ahora y ponme triste a mí.

—¡Eso sí que fuera una gansada de órdago!—exclamó Bermúdez formalmenteindignado contra sí mismo—, y sin maldita la necesidad; porque, hoy porhoy, siento retozarme en el corazón la vida de los treinta años... Es lapura verdad, créemela por éstas que son cruces. Dije eso... por decir.

—Pues por decir dije yo lo otro, inocente de Dios,—respondió Nieves asu padre dándole un beso en la mejilla correspondiente al ojo huero.

—Pelillos a la mar entonces,—concluyó, casi llorando de gusto, el buenBermúdez Peleches, y pagando el beso de la hija con otro muy resonado.

—¿De modo—añadió ésta quedándose delante de la silla que antes habíaocupado—, que no hay más asuntos que tratar por ahora entre los dos?

—¿Por qué lo preguntas?

—Porque tengo que hacer en otra parte de la casa... Ya ves tú, laseñora de ella, y lo mejor del día gastado en conversación...

—¡Canástoles, lo que voy a salir yo ganando con un ama de gobierno tanhacendosa como tú!... Pues respondiendo a tu pregunta, digo que no haymás asuntos.

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—Hasta luego entonces.

—Hasta siempre, hija del alma... ¡Ah! por si se me olvida después: yasabes que el primer ejemplar de tu retrato ha de ser para los deMéjico. El suyo, a la hora presente, debe de estar ya si toca o llega.

Se dio por enterada Nieves con un movimiento de cabeza sin volver lacara, y salió de la estancia. Su padre salió también, pero con rumboopuesto, y se encerró en su despacho, en el cual escribió una muyextensa carta, que mandó más tarde al correo, con sobre dirigido «Al Sr.D. Claudio Fuertes y León, comandante retirado, en Villavieja».

—III—

El ojo de Bermúdez Peleches

Lretrato de Nacho llegó a Sevilla, días andando, con una carta delflamante jurisperito para Nieves, y otra de su madre para don Alejandro,y la fotografía de Nieves salió para Méjico con una carta de ésta parasu primo, y otra de su padre para Lucrecia.

Lo de esta hembra denodada había llegado ya a su grado máximo. Paraescribir lo poco que escribía a su hermano, tenía que ingeniarsemetiendo la barriga debajo de la mesa, y aun así apenas alcanzaba con lamano al papel. Era una boya que no cabía ya en ninguna parte, niconcebía otra postura, relativamente cómoda, que la de las boyas,flotando, la cual era irrealizable, tan irrealizable como su viaje aEspaña, si Dios no hacía el milagro de enflaquecerla una tercera partecuando menos, en lo que faltaba de primavera, para poder embarcarse enlos primeros meses del verano. Poniéndose en lo peor de lo probable, eracosa resuelta ya que viniera Nacho solo a conocer a su familia deEspaña, y a dar, de paso, un vistazo a lo más importante de los EstadosUnidos y de Europa. Tal era el proyecto acordado allá, y se realizaría amediados del verano.

También Nacho hablaba de ello a su primita; pero¿en qué términos?

Esto es lo que deseaba averiguar don Alejandro; porque es de saberse queNieves, de dos años atrás, no leía a su padre las cartas que la escribíasu primo, ni tampoco los borradores de las que ella le escribía a él.Los dos hermanos Bermúdez Peleches continuaban en perfecto acuerdo sobrecierto plan forjado desde que los respectivos hijos eran pequeñuelos.Pero ¿conocían los hijos los proyectos de sus padres? ¿Los tenían porbuenos y los habían aceptado con gusto? Don Alejandro podía jurar que desus labios no había salido una palabra dirigida a Nieves, con intento dedescubrírselos. Su hermana Lucrecia aseguraba lo propio con relación asu hijo. ¿Sería verdad? Y siéndolo, ¿habría nacido la misma idea entrelos dos primos, a fuerza de cartearse y de cambiarse los retratos... opor obra de ciertos diablejos desocupados que se divierten trayendo yllevando por los aires e ingiriendo en este oído y en el otro el rumorde las confidencias más secretas, y hasta el polvillo de lospensamientos mejor guardados? En su concepto, era llegada la hora, medioanunciada días atrás a su hija, de tratar con ella de este peliagudocaso. La fortuna se la puso a tiro, en el acto de colocar Nieves elretrato de su primo en un elegante marco de peluche rojo, y tomópretexto de ello para entrar en materia...

—Te repito—la dijo—, que le está de molde el vestido ese.

Nieves, sin volver la cara hacia su padre, alejó el retrato que teníapuesto ya en el marco; y después de contemplarle unos instantes con losojos un poco fruncidos, plegó otra vez el brazo y respondió con la mayorindiferencia mientras dejaba el cuadro sobre el mueble más próximo:

—No está mal así.

Lo propio que ya había dicho otra vez, como se recordará, y sin quenadie se lo preguntara.

Con igual frescura y la misma indiferencia, respondió al largo ymalicioso interrogatorio con que su padre la estuvo asediando un buenrato.

—Y ¿qué tal de estilo?—llegó a preguntarla—. ¿Se ha corregido algo deaquellas melopeas guachinanguitas desde que yo no leo sus cartas?...Porque bien sabes tú que, de dos años acá lo menos, ya no me las enseñascomo me las enseñabas antes...

¡Picarona!

Ni por esas. Nieves no se puso colorada ni se apuró lo más mínimo.Respondió lisa y llanamente que allí estaban las cartas, si queríaleerlas, y que si no le había enseñado las recibidas durante los dosúltimos años, consistía en que precisamente era ese el tiempo corridodesde que ella había caído en la cuenta de que no tenía substanciamaldita la retórica de su primo.

¡Canástoles! ¡y se lo decía tan fresca y tan!... Pues para fingimiento yembustería, ya pasaba de la raya aquello; y si le hablaba en verdad, lequedaba por andar todo el camino para llegar adonde se dirigían él y suhermana desde tiempos bien lejanos. ¡Por vida de!...

Tocó enseguida otro registro nuevo: Peleches. Cómo era aquella casa, quéhabitaciones tenía, cuál de ellas sería más a propósito para Nacho ycuál para ella, para Nieves, según lo que aconsejaba el buen sentido...y también las circunstancias. (Esto de las circunstancias lo subrayó muyfuerte, hasta temblarle un poco la voz y los párpados del ojo bueno.)Nieves bajó entonces un tantico los suyos; y mientras daba golpecitoscon los dedos de su diestra en el cristal del retrato de su primo, conla otra mano deshojaba, sin percatarse de ello, una de las flores delmanojito que llevaba prendido sobre el pecho. Por allí dolía, según lasseñales que no pasaron inadvertidas para el ojo de Bermúdez.

Pues ¡duroallí, canástoles, hasta que sangrara! Y se ensañó el buen hombre,fantaseando cuadros domésticos, idílicos y bucólicos; pero ¡cosa rara!cuanto más clamoreaba la zampoña de Virgilio y Garcilaso, másindiferente y fresca iba mostrándose Nieves. ¡Cómo demonios era aquello?Acabó por perder la paciencia y los estribos, y se tiró a fondo conestas preguntas:

—En fin y remate de todo este fregado, hija mía: a ti ¿te interesa algoo no te interesa la venida de tu primo? ¿te da igual que viva connosotros o con los parientes de Villavieja? ¿que coja ley a la casa y alas personas de Peleches o que no se le dé un ochavo de cominos porellas? ¿que se marche aburrido a los ocho días de llegar, o que no sedeje arrancar de allí ni con azadones y agua hirviendo? ¿que sea unborreguito de mieles para ti, o que no le merezcas mayor estima que uncostal de paja?

Responde y entendámonos.

Como el ojo de Bermúdez flameaba algo y su hablar era vehemente y suacento un poco duro, Nieves, con estos síntomas y bajo el peso abrumadorde tantas y tan delicadas preguntas, quiso responder, pero con la debidacordura, y no supo.

Atarugose mucho; sofocola el trance inesperado, yacabó por no saber de qué lado sentarse ni en qué sitio fijar la vistade sus turbados ojos.

—Entendido, hija mía, entendido—exclamó al punto su padre, que nodesperdiciaba síntoma ni detalle—. Entendido de pe a pa, como si losmismísimos angelitos del cielo me lo cantaran al oído. Entendido—añadiólevantándose de la silla en que se sentaba—, y no se hable una palabramás. ¡Ah, qué torpe y qué simple y qué bárbaro fui empeñándome en que seme pusiera en las palmas de las manos lo que no debe ser mirado sino conlos ojos de allá dentro!... ¡Qué sabes tú de esas cosas tan quebradizas,tan escondidas y tan hondas, ni con qué vergüenza te atreves a echarlesla zarpada brutal para revolverlas y profanarlas?... Perdóname, hijamía, siquiera por la honrada intención que tuve al ponerte en el apuroen que te puse. Quédate con tu secreto que te acredita de juiciosa, y nose hable más de esto hasta que tú lo desees. A mí con lo callado mebasta. Un beso ahora para sellar las paces, y adiós.

Se adivinan la temperatura del beso y la calidad de la sonrisa con quedespidió Nieves a su padre.

El cual, andando hacia su despacho, resumía y salpimentaba de este modolos frutos de su terminada indagatoria:

—Se ve y se palpa. No cabe la menor duda. Está en inteligenciaperfectísima con su primo; y no por sugestiones extrañas ni por consejosoficiosos de nadie, sino por nacimiento espontáneo, o providencial, deesa idea o de ese sentimiento en la cabeza o en el corazón de entrambos;circunstancia que dobla el interés y el valor de la cosa. Nachito, segúnlas incesantes afirmaciones de su madre, no tiene tacha en su moral; ysegún lo declaran bien palpablemente sus retratos, tampoco la tiene ensu físico. De caudal, no se hable: será una mina de oro acuñado.Nachito, con estas condiciones y prendas tan ventajosas, hoy por hoy,entiéndase esto bien, hoy por hoy, reina en el corazón y en la cabeza desu prima. La cabeza y el corazón de Nieves, hoy por hoy... hoy por hoy,digo, están como dos tablitas de cera virgen: lo que en ellas seimprima, allí se quedará por los siglos de los siglos, si no se borracon la impresión de otro muñequito nuevo que estampe alguna manoalevosa. Un padre, de los ramplones de tres al cuarto, no hubiera paradomientes en este particular delicadísimo; y por lo mismo que veía a suhija precozmente desarrollada en lo físico y en lo intelectual; por lomismo que la veía transformada, de la noche a la mañana, en mujer, y enmujer donairosa, elegante y llamativa, con todos los elementos apropósito para brillar y divertirse honradamente en el mundo, «al mundocon ella antes con antes», se habría dicho; y en el mundo la habríazambullido de golpe y porrazo... ¡Ah, padre bobalicón y mal aconsejado!¡Quién es capaz de predecir lo que será de los pensamientos y de lasinclinaciones y hasta de los caprichos de tu hija, respirando unambiente que jamás ha respirado, y sin armas para defenderse en unaregión que nunca ha visto, llena de tentaciones y de estímulos que hande cebarse en su desapercibida naturaleza, como los mosquitos en elalmíbar? Y si tienes en algo lo que lleva ya estampado en sus tablitasde cera, ¡quién te asegura a ti que no será borrado por la impresión deotra cosa, y que esta nueva impresión no resultará llaga maligna yenfermedad incurable? Pues bien: yo, aunque con un ojo solo, he guipadomás que tú, que tienes los dos servibles, en ese delicado particular; yporque vi a Nieves precoz y que tenía algo que guardar en su almario,algo muy bien estampado en sus tablitas de cera, precisamente por eso,en lugar de meterla ahora en las bullangas del mundo y sus esplendoresengañosos, me la llevo a las soledades de Peleches, donde corre el airelibre y puro, y hay luz sin estorbos y naturaleza en toda sugrandiosidad, para que nutra la sangre y fortalezca el espíritu, y seendurezca la cera y no se borre a tres tirones lo que en ella hayestampado; a Peleches, ciego, a Peleches, donde ni en ambiente ni encostumbres se hallará, aunque se busque de intento, cosa que puedatentar a la inexperta doncella para torcer y malear la índole de susideas ni la dirección de sus juiciosos pensamientos. Y si al fin de lajornada resulta que no merece su primo los que ella le vieneconsagrando, tanto mejor para que lo conozca así y no la mate ni laalucine la pesadumbre... o el despecho del desengaño.

Esto es jugar apulso y con tino y delante de la cara de Dios; esto es, en suma, llevarlas precauciones y el celo y el tacto hasta donde humanamente puedenllevarse. Con ello cumplo como hombre avisado y como padre cariñoso; yasí me encuentro satisfecho, lo que se llama satisfecho hasta lahartura...

¡Canástoles! y a la porra lo demás.

Pues bueno: si las exploraciones de don Alejandro Bermúdez Peleches enlos profundos de la conciencia de su hija, tan alarmantes por loaparatosas, las hubiera hecho, con su llaneza habitual, Virtudes, porejemplo, la íntima de Nieves en el colegio, Nieves, por derecho y a labuena de Dios y con el laconismo que ella usaba, habría satisfecho lacuriosidad de Virtudes en la siguiente forma, palabra más o menos:

—Desde que sé leer y escribir, tengo yo sospechas de que papá y mi tíaLucrecia quieren que sirvan para algo las cartas y los retratos quenos mandamos tan a menudo Nachito y yo.

Chiquitín era él, y ya merequebraba. Se lo reprendí muchas veces, no precisamente porque merequebraba, sino por el modo de requebrarme. ¡Me decía unas cosas tanpegajosas! Figúrate que hasta me llamaba huerita, porque soy rubia. Éltomaba las reprensiones a broma, y apretaba el requiebro; y papá, queentonces leía las cartas, las que iban y las que venían, celebraba muchoestas peleas y me aseguraba que, con el tiempo, irían teniendo mássubstancia los donaires de mi primo, y que entonces ya me gustarían. Porde pronto me ponía en las nubes su hermosura, y me leía las cartas enque su madre le ponía sobre el sol, por el cuerpo y por el alma. Notenía pero ni por dentro ni por fuera. A mí lo mismo me daba. Crecimoslos dos: él entró en la Universidad y yo en el colegio. Como polloguapo, lo era de verdad entonces; y por lo que toca al estilo, algo sehabía corregido en lo meloso, pero todavía se pegaba. En el colegio hayque entregar y que recibir abiertas las cartas, para que se entere de sucontenido la Madre que entiende en esas cosas. Pues a mí me las recibíany me las entregaban cerradas, por encargo terminante de papá: con esto,y con haberme advertido él que no interrumpiera mi correspondencia conNachito a pesar de mis ocupaciones de colegiala, me afirmé más en creerque algo se andaba buscando en el empeño de que nos carteáramos a menudoy en secreto el mejicanito y yo. El tal mejicanito, según iba creciendoy estudiando, iba ahondando, aunque no mucho, en los asuntos de suscartas; pero a mí me seguía sonando todo ello a música de gomoso, y porese lado me despachaba con él. Así llegamos los dos, Nacho al fin de sucarrera y yo a salir del colegio, sin haberme dicho él nunca cosa algunaen serio y formalmente, y sin echarla yo de menos ni extrañarme de queno me la dijera. Que continúa siendo guapo y hombre de bien y es muyrico, y va a venir a España para vivir con nosotros y conocer a sufamilia... no me pesa nada de ello. Que viene con intenciones declaradasde que resulte lo que yo sospecho que se han propuesto sus padres y elmío... eso será lo que sea y según yo esté de humor, y me llene él o nome llene. Que, estando así las cosas, le desfiguran las viruelas, oresuelve no venir ni acordarse más del santo de mi nombre... pues taldía hará un año.

Sentiré lo de las viruelas, como se siente unadesgracia en un amigo que es pariente además; pero en cuanto a lo otro,una agradable curiosidad de menos, y santas pascuas.

—Corriente—diría entonces la curiosilla Virtudes, deseando conocerhasta el último escondrijo del almario de su amiga—.

Nada te inquieta,nada te apura, y vives en la mayor tranquilidad, por lo que toca a tuprimo el mejicano; pero a la edad en que te hallas, con la salud y labelleza que posees, recién salida de la prisión del colegio, lo adoradaque te ves de tu padre, tan rico y tan complaciente y tan campechano,¿qué demonio es el que más te tienta ahora?... Porque alguno ha detentarte, o es mentira que el demonio no sosiega. ¿Cuál es tu mayorambición por de pronto? ¿qué es lo que con mayores ansias apeteces ydeseas?

Sin titubear hubiera respondido Nieves:

—Aire, luz, independencia, ruido de arboledas y música de pajarillos.Sé que hay grandes ciudades llenas de maravillas, para admiración yrecreo de las personas ricas y desocupadas, y que las mujeres de nuestraclase brillan y gozan entre los placeres de su mundo. Todo eso está biendonde está; pero hoy no me tienta, porque no lo echo de menos todavía.Si me metieran entre ello, lo aceptaría sin grandes repugnancias; peropuesta a elegir, me quedo con lo otro, que me gusta más ahora, y sintemor de que me engañe el pensamiento, porque bien sabes tú que siemprefui muy inclinada hacia ese lado. Y no hay más.

Y no lo había, realmente, en los adentros de la pobre muchacha, tan malcomprendida por su padre en ese particular...

y en algún otro, pues nodebe olvidarse que el arrechucho gordo de don Alejandro BermúdezPeleches nació de haberla visto, de súbito, vestida de mujer, con unosfulgores y unos centelleos y un poder incendiario que le metían miedo; yhay que dejar bien declarado, hasta por obra de justicia, que no habíaen la naturaleza física de Nieves el menor detalle que no estuviera encabal armonía con el sosegado equilibrio y la honrada disciplina de suconciencia moral.

Efectivamente: ese equilibrio y ese sosiego y esa honrada disciplina, yno otras cosas más feas, acusaban el tranquilo y hondo mirar de susrasgados ojos azules, su boca tan bien plegadita y tan fresca, lablancura nacarada de su tez, la riqueza sobria y elegante de loscontornos de su busto, la finura de su talle y el aplomo reposado y lagallardía de su andar.

No era alta ni daba en cara por hermosa; pero sí por interesante ensumo grado. La única nube que obscurecía a menudo la transparenteclaridad de su semblante, era un repentino fruncimiento de su lindoentrecejo; pero este detalle, como efecto mecánico de una extremadasinceridad de pensamientos y de impresiones, no daba a la expresión desu mirada el menor acento de dureza. Era sana como un coral,

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muyingenua, sobre todo, y diligente y animosa. Pintaba un poco, tocabaregularmente el piano y leía con gusto los buenos libros de imaginación.No era una artista; pero sentía y saboreaba el arte a su manera.

¡Y el bendito de su padre, sin acertar a leer lo que estaba tan a lavista en aquel libro tan abierto!

Pensando como se ha visto, llegó Bermúdez a su despacho; y manoseando lacorrespondencia que el ama de llaves había dejado sobre su pupitremientras andaba él a caza de los secretos de Nieves, topó con una cartaque traía el sello de la administración de correos de Villavieja.Alegrose mucho de ello, y se sentó para leerla con toda comodidad,porque prometía, por el bulto, ser bastante larga.

Abriola, y lo era en efecto. La firmaba don Claudio Fuertes y León, ydecía lo que podrá ver el lector, si es curioso, en el siguientecapítulo.

—IV—

De lo que escribió desde Villavieja Don Claudio Fuertes y León, a DonAlejandro Bermúdez Peleches

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Iamigo y señor: quedan en ejecución y serán cumplidas conforme a losdeseos de usted, las órdenes que se sirvió darme en su favorecida cartaúltima, lo propio que lo han sido ya las que me ha ido comunicando ensus tres gratas anteriores, «en previsión», como usted decía, «de lo quepudiera suceder el día menos pensado». La noticia de que, al cabo,sucederá con entera certidumbre y en fecha no lejana, que también mefija usted, me ha servido de grandísima satisfacción. Quédame, sinembargo, el temor de que le engañen a usted algo los deseos en cuantocomience a realizarlos en esta vetusta y apolillada soledad, al cabo detantos años de rodar por el mundo y de residencia en una de las ciudadesmás hermosas y florecientes de él. Cuando menos, es muy de recelar que,si no usted, porque ha nacido aquí y lo conoce bien y lo ama, pues loarraigó en su corazón siendo niño, la señorita Nieves, que se halla enmuy distinto caso, se aburra a los cuatro días; y en aburriéndose ella,ayúdeme usted a sentir. Pero a esto me replicará usted que me meto en loque no me importa, y a buena cuenta le pido mil perdones por elatrevimiento.

»Cuando venga usted verá que se ha sacado todo el partido posible deldeteriorado palación, y que no pegan del todo mal, después de lasreparaciones hechas en él, aunque de prisa y corriendo y con los pocos ymalos elementos que aquí hay, el piano y los demás muebles, trapos ycachivaches que usted me ha ido remitiendo, en los lugares que ocupan,según sus minuciosas instrucciones. En pliego adjunto le envío una notabien detallada y comprensiva de todas las mejoras efectuadas en Pelechesbajo mi dirección, para gobierno de usted antes de salir de Sevilla.Celebraré que le satisfaga.

»Dicho esto, paso a cumplir lo más peliagudo de todas las comisiones quehe tenido el gusto de recibir de usted desde el día en que me honró conel cargo de apoderado suyo en este término municipal. Díceme usted quele envíe abundantes noticias, que sean así como a modo de pintura fielde Villavieja en su estado actual, mirada por fuera y por dentro, porquehace muchos años que la ha perdido usted de vista y desea, cuando a ellavuelva, no pisar como en terreno desconocido. Con la seguridad dehacerlo mal, pero con el propósito firme de servirle a usted fielmente,allá va, a la buena de Dios, la pintura que me encomienda; y «si salecon barbas, san Antón...»

»Si le dijera a usted que Villavieja estaba en el propio ser y estado enque usted la dejó tantos años hace, le engañaría a usted y adularía aVillavieja; porque, en rigor de verdad y cumpliendo la ley de sudestino, tiene de peor que entonces el estrago del tiempo transcurrido,y el de las miserias y la incuria de sus habitantes. De mejor, ni unladrillo, ni un clavo, ni una teja. Lo que a la salida de usted estabatemblando, se ha venido al suelo, y mucho de lo que estaba firme yerguido entonces, se tambalea ahora preparándose para caer, o escarbandopara echarse, como en casos parecidos se dice por acá. De pueblos desecano que tuvieron grande importancia en tiempos remotos y hoy sonmontones de ruinas solitarias o poco más, abundan los ejemplos; y hayrazón para que abunden, porque entonces se guerreaba y se vivía decierto modo, y los lugares más altos y más inaccesibles o de más fácildefensa, eran los preferidos para fundar pueblos; al revés de lo queacontece hoy por exigencias de nuestro modo de vivir; pero ejemplos depuertos de mar, de poblaciones costeñas, que vayan de mal en peor desdemedio siglo acá, no conozco más que uno, el de Villavieja. No parecesino que se le dio el castigo con el nombre que se le puso.

A estepropósito le diré a usted que he registrado los archivos municipales,los eclesiásticos y hasta desvanes particulares con el fin de averiguaralgo sobre la fundación de esta villa y el origen y fecha de su nombre,y que nada he conseguido. Con decirle a usted que ni siquiera figura enel mapa de España que hay aquí en la escuela pública, está dicho todo.Si se hace uno cruces al notar aquella falta de rastros históricos dondetanto debieran abundar, le dicen los doctos villavejanos: «eso y más deotro tanto destruyó la francesada.» «Corriente, se les replica; pero¿en qué consiste lo del mapa? ¿por qué no figura este puerto en él?» Aestas preguntas responden que también eso es obra de los franceses, porrencores de otros tiempos, es decir, de los tiempos de «la francesada».Aquí anda «la francesada» todavía tan fresca y tan rozagante como sihubiera pasado por Villavieja antes de ayer. Replíqueles usted que elmapa ese y otros tales no están hechos en Francia, sino en España. Lonegarán en redondo, porque no conciben en los españoles que no seanvillavejanos, talentos tan considerables; y si alguna excepción leadmiten, sostendrán que la omisión se ha hecho, se hace y se hará en esemapa y en todos los mapas, por envidias y malquerencia de la gente deMadrid. El caso es que se ignora por qué se bautizó esta villa, alnacer, con el calificativo de vieja, o si se le dio más tarde a títulode mote expresivo. Lo que no tiene duda es que el nombre, o la maldicióno lo que sea, le cae a maravilla.

»Tiénese, y tengo yo también, por causa principalísima de este mortecinoestado de cosas, la inextinguible y tradicional enemiga que existe, comousted sabe, entre los Carreños de la Campada y los Vélez de laCostanilla, los dos principales barrios, según usted recordará, bajo yalto, respectivamente, de Villavieja. Estas dos familias que tuvieroncierta relativa importancia fuera de aquí, y aquí mucho prestigiosiempre, han podido, y aun hoy, que han venido muy a menos, podríanhacer o conseguir que otros hicieran algo bueno y beneficioso para lalocalidad; pero precisamente les ha dado la calentura por ahí; es decir,por estorbar, por destruir los de arriba cuanto proyectan o discurrenlos de abajo, y viceversa; y de este modo, unos por otros se va quedandola casa por barrer. Añádase a esto que Villavieja nunca ha podidoagenciarse un valedor en Madrid ni en la capital de la provincia; que lacarretera nacional pasa a media legua de distancia de la villa, seaporque los ingenieros no tuvieron noticia de nosotros cuando latrazaron, o porque nos concedieron escasísima importancia; que laprovincia no ha querido construir ese pequeño ramal de empalme, y queeste municipio no ha logrado mejorar debidamente la áspera senda quehace sus veces, porque siempre que lo ha intentado, no con gran empeño,ha nacido la sospecha en los de la Campada o en los de la Costanilla, deque el intento era cosa de los de la Costanilla o de los de la Campada,y se le ha llevado el demonio con las artes de costumbres; añádanse,repito, y ténganse presentes estos hechos y algunos más de su mismatraza, que no necesito mencionar, y hasta resultará una justificación dela conducta de los villavejanos. Al verlos tan tranquilos, tan apegadosa su cáscara y tan satisfechos y enamorados de ella, verdaderamente seduda si el estado material de la villa es obra de la dejadez delhabitante, o si el habitante es así porque haya encarnado en sunaturaleza, como espíritu, la catadura singular de la villa.

»Alguien se forjó la esperanza de que con la moda del veraneo entre lasgentes ricas del interior, y las excelentes condiciones de esta playa,tan abrigada y espaciosa, no faltaría quien se fijara en ella, empezandode ese modo y por ahí una era de relativo florecimiento para la villa ysu puerto. ¡Buenas y gordas! Vino, seis años hará, una familia de muylejos, con dinero abundante y dispuesta a bañarse y a pasar aquí unalarga temporada. Por de pronto, le costó Dios y ayuda encontrarhospedaje, y ese malo.

Al día siguiente estuvieron a punto de ahogarsela señora y sus dos hij