Adriana Zumarán by Carlos Alberto Leumann - HTML preview

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de

júbilo

que

inmediatamente huía: era como si elexceso de la emoción penosa necesitara el respiro instantáneo de unplacer fantástico.

En uno de aquellos relámpagos ficticios, le acometióla tentación de lanzarse riendo en medio de la sala, bajo la mirada detodos, para besarla en la blancura fina de la nuca. Semejante impulsoera tan insólito en él que se imaginó propenso a un ataque de locura.Empezaron los acordes de otro vals. Adriana y Castilla entre las parejasapiñadas, buscaban sitio para bailar.

Muñoz vio de pronto, claramente,que Castilla acariciaba la mano que Adriana había apoyado un instante ensu brazo. Ella se había detenido, como sorprendida, poniéndose frente asu compañero sin dejar de sonreír. Las parejas, girando, le ocultaron

laescena.

Sintiéndose

a

punto

de

perder

completamente el dominio de símismo y de cometer acaso uno de esos actos que ridiculizanirreparablemente, su amor propio prevaleció. Atravesó el vestíbulo,donde se amontonaban los abrigos, sacó rápidamente el suyo y salió,huyó, sin haberse despedido de nadie y en un estado de exaltaciónindescriptible.

IV

Las calles del Socorro estaban desiertas. El aire frío, la bocina dealgún automóvil, el eco de sus propios pasos en la acera, todo parecíaperseguirle, hablarle de ella, sugerirle visiones monstruosas deinfidelidad y de falsía. Se imaginaba casado y engañado en seguida. Acada instante le asaltaba la tentación de volver a casa de Charito.

Por momentos reflexionaba con una gran lucidez. El dolor fecundaba suespíritu; multitud de intuiciones germinaban en su mente, como seresirónicos que hubiesen permanecido ocultos bajo una capa de ideas pesadasy groseras. Adriana le parecía una enemiga y él su antagonista, queluchaba con los ojos ciegos, a discreción de aquella alma tal vezmaligna bajo la irradiación de su hechizo. Por primera vez creyópenetrar la significación de ciertos rasgos de su cara: como aquellarigidez de la frente, pequeña, fina, bajo la suavidad del cabello lacio;luego, la sonrisa indecisa, y la sombra que parecía flotar en la miradade sus ojos dulcemente atónitos: las pupilas anchas, negras, eraninsondables, tenían algo de quimérico.

Muñoz caminaba rápidamente, como atraído por el vértigo de la imagen.Estaba en la calle Juncal; atravesó al atrio solitario y sonoro de laiglesia. Caminó varias cuadras hacia el centro, buscando ruido. Delantede él iba alguien a quien creyó conocer en el modo de andar. Apresuró elpaso. Era Julio Lagos.

Habían sido compañeros de la misma clase, en el Colegio.

Muñoz leapreciaba mucho, pero sin tenerle afecto; por el contrario, siemprehabía experimentado contra él una especie de recelo instintivo, una vagahostilidad a causa de su reserva. Más de una vez le había hechoconfidencias íntimas, sin que Julio le correspondiera nunca de la mismasuerte. Y como quiera que tal indiferencia la tenía también para losdemás compañeros, le consideraba un espíritu frío, incapaz de simpatía.Sin embargo, en cierta ocasión le desconcertó su extraño apasionamientoal discutir en clase con el profesor. Por otra parte, muchas ideas de suamigo eran para Muñoz incomprensibles y a veces absurdas.

Ahora, desde hacía tiempo, habían dejado de frecuentarse.

Julio,interrumpiendo sus estudios, viajó por el extranjero, y a su vuelta,retraído completamente, su vida fue un misterio para Muñoz.

Encontrarle ahora, en la soledad de la calle, le alegró; se sentía tanoprimido por la angustia, que necesitaba el desahogo de una confidencia,y a nadie sino a él hubiese querido encontrar; se hubiera avergonzadode comunicar su desdichada situación a cualquiera de sus actualesamigos.

Volvió Lagos la cabeza, reconoció a su antiguo compañero y le estrechófuertemente la mano.

—No te imaginas, le dijo Muñoz, el alivio que para mí significaencontrarte... Tengo una gran desesperación... Pero háblame de ti,primero. Aunque no, ya sé que vives con el espíritu amurallado. Noimporta... ¿Cuánto tiempo hace que no nos vemos? ¿De dónde sales a estashoras?

—De aquí cerca, ¿conoces a la familia de Aliaga?

Bajaban por la calle Florida y llegaron, conversando, a las puertas delJockey-Club.

—Entremos,—dijo Muñoz. Busquemos una salita donde podamos conversarenteramente solos. La vida tiene cosas extrañas, muy extrañas, y uno setransforma y va dejando atrás los pedazos de su personalidad antigua.¿Sabes que aprendí a dudar? Ya no me parecen absurdas aquellas ideastuyas, porque ya no encuentro nada seguro en la tierra...

Se rió con una risa nerviosa, sin saber por qué, y miró en los ojos a suamigo. Después llamó; acudió un groom vestido de verde, a quien pidióque trajera licor. Como si el viejo resentimiento le dominara de nuevo,no se decidió a empezar su confidencia. Le comunicó la terminación desus estudios y su nombramiento para la secretaría de un Juzgado.—Sinembargo, agregó, la magistratura no me entusiasma; en ella entraré porno defender pleitos. Tal vez renuncie y me vaya lejos... al Egipto, ala India, a cualquier parte donde pueda arrancarme del todo lapersonalidad que tengo, y dejarla aquí, como un estropajo...

No, nodeliro... Es una forma de decir para explicarte... Pero cuenta primeroqué has hecho tú, en estos cuatro años. Has estado en Europa, ya lo sé.Supe también que habías vuelto, pero que nadie te ve desde entonces; secree que has venido con alguna "liaison" y que vives escondido. Siemprefuiste un misterio, ya en el colegio. Y ahora te lo confesaré: en laUniversidad, a pesar de considerarte yo superior a todos mis compañeros,te tomé odio a causa de ese carácter ensimismado tuyo. De prontodesaparecías, te ibas al campo sin despedirte de nadie, y corríanrumores de aventuras raras. A mí se me ocurría que fingías, que tratabasde hacerte una aureola romántica. ¿No era así?

Julio sonrió, sin responder.

La cara muy blanca, su frente descendía ancha y recta, desde la raíz delos cabellos, empujando algo las cejas por encima de las pestañas. Losojos miraban con una suavidad retraída, y la fisonomía rara vez seanimaba sino con aquella ligera sonrisa de los labios delgados.

—Ese mismo gesto lo hacías siempre, cuando te interrogaban sobre talesasuntos,—añadió Muñoz.

Pero no tenía ahora curiosidad alguna de saber nada acerca de su amigo,sino simplemente un ansia de desahogar con él su corazón henchido por elsufrimiento.

—¡Bah!—dijo Julio respondiendo a la acusación de Muñoz,—

yo te juroque esa actitud mía no era orgullo. Venía, simplemente, de ciertopesimismo, algo así como sintiendo la inutilidad de confesar nada... Meparecía que de todos modos lo realmente mío a ninguno de ustedes podríainteresar. O más bien... me repugnaba mostrar las intimidades de miespíritu. Ya ves, te hago una verdadera confesión, te haría todas lasque tú quisieras.

Con el ánimo de crear un ambiente más cordial y propicio para laconfidencia, procuró Muñoz halagarle, mientras apuraba copitas de verdeChartreux, para salir de su abatimiento.

—De lo que no me olvido es de aquel ruidoso examen tuyo en que presidíala mesa el profesor López Azúa, que no pudo salir con su gusto deaplazarte.

—Y me lo tenía prometido formalmente.

—Es cierto, prosiguió Muñoz, y recuerdo su argumento: no podía dejarpasar a un alumno que tenía ideas contrarias a la doctrina que élexponía en su libro de texto.

—Y entonces yo, puesto que tenía descontado el aplazo, quise al menosdarme el gusto de hablar con libertad.

Muñoz le interrumpió, para demostrarle que recordaba todas lasincidencias del asunto.

—Efectivamente, sin que se pudiera advertir demasiado tu intención,pusiste su libro en la picota. ¡Qué bien hablaste! A cada objeción y acada pregunta capciosa que te hacía, para encerrarte, tu respuestatranquila era un mazazo. Al último se puso furioso, con gran contentodel profesor de Derecho Romano, que tenía contra él una rivalidadantigua en el Consejo Académico. Y quiso obligarte a reconocer ciertosprincipios que él afirmaba incontrovertibles. Tú le pediste permiso paracitar un texto de no recuerdo qué autor antiguo. Me parece oírlevociferar,—pegando un puñetazo en la mesa: "¡Esa no es la doctrinamoderna!" Le contestaste que a tu juicio los modernos no pueden sentir ycomprender el valor de las leyes con la ciencia de los atenienses o losromanos, que las vivían, las dominaban y sabían por eso apartarse deellas sin apartarse de la justicia. El profesor de Derecho Romano teaprobaba con la cabeza. Pero López Azúa se te quedó mirando como sihubieras dicho el mayor de los disparates.

—Sí, creyó tenerme ya entre las garras. Me preguntó muy alegre:"¿Apartarse de las leyes sin apartarse de la justicia?

¡Entonces lasleyes en Atenas y en Roma eran injustas!"

—Y tú le contestaste que no, porque las leyes, hasta las más lógicas yeficaces, son relativas con respecto a la justicia. Te desafió entoncesa que citaras un solo caso en que los romanos se hubieran apartado deuna ley lógica sin apartarse de la justicia.

Allí su derrota fuecompleta, porque le replicaste en seguida:

"Leyes lógicas y justascondenaban como un delito el proceder de Cicerón en el asunto deCatilina. Pero él juró que había salvado a la República y el Senado ledeclaró, con justicia, Padre de la Patria". El profesor de DerechoRomano por poco no se levanta para abrazarte.

Después de recordar ambos otras incidencias de la pasada vidaestudiantil, Julio le invitó a contar el motivo de su preocupación.Haciendo un esfuerzo para reunir sus ideas, comenzó Muñoz a referirle supasión, pero evitando pronunciar el nombre de Adriana. Julio le escuchóal principio con su habitual modo distraído; alzaba la copa diminuta,mirando al trasluz el licor. Entonces Muñoz se interrumpía:

—¿Me escuchas, eh? ¿Me escuchas? Y le renacía contra su compañero deotro tiempo la antigua hostilidad. Pero viéndole sonreír y ponerse porun momento en actitud de gran atención, siguió hablando, sin preocuparseya de él y conformándose con hablar para sí mismo. Experimentaba algoasí como la embriaguez de sus recelos y de su angustia. Relataba losepisodios desconcertantes con fidelidad minuciosa, y de vez en cuando sedetenía, azotado por la visión repentina de Adriana bailando con elotro.

De pronto advirtió que Julio le miraba con una atención reconcentrada.En ese momento refería la extraña conducta de Adriana, sus apasionadascartas de amor y la indiferencia burlona con que le recibía luego.—¿Tefiguras, prosiguió con la voz alterada, poniendo una mano sobre el brazode Julio,—te figuras la desesperación que debe provocar semejantecriatura?

Una vez, cuando yo no había perdido enteramente la voluntad,decidí dejar de verla, huir de Buenos Aires. Porque sentí que estamuchacha sería mi perdición. Compré pasajes para Europa. Pero recibí unacarta suya. Me decía, con palabras finas, incomparables, con unasuavidad delicada, y como rendida a mí, que al menos le dejara ladulzura de verme y hablarme por última vez. ¡Ah! ¿Por qué me llamabaasí? Fui. Sus ojos estaban húmedos. ¿Había llorado? No sé; al verme serió por largo rato.

Esto sucedía en casa de Charito González. Túsupondrás que se reía de júbilo por la idea de que yo desistía delviaje. No, se reía como siempre, se burlaba. No dijo una sola palabraconcordante con su carta, no insinuó siquiera que había de quedarme;sólo murmuró, distraída, como pensando en otra cosa, que no debíaguardarle rencor; mientras yo estuviera ausente me recordaría algo, nomucho, porque ella era mala y también incapaz de un verdadero amor; yagregó que tal vez sería mejor termináramos para siempre toda clase derelación, porque ella con seguridad, tarde o temprano, se enamoraría deotro. Y lo decía con una expresión muy ingenua, había algo como unagracia en su maldad, algo imposible de describir; yo tuve un vértigo yrompí los pasajes echándolos a sus pies. Sentía su hermosura envolvermecomo una llamarada. ¿Sabes dónde está ella, en este momento?... Si yoquisiera... ¿Ves cómo tiemblo?

Cuando te encontré, venía de allí...venía de verla y conversar con ella... Sí, esta noche, en casa deCharito González, no hace media hora, tuve el mismo vértigo, me envolvióla misma llamarada. Y ahora ya no soy dueño de mí, todo lo que me pasa ytodo lo que hago viene como arrastrándome y como aplastándome.

Se cubrió Muñoz la cabeza con las manos abiertas, los codos sobre lamesa, y suspiró. En el rostro de Julio la mirada tranquila tenía unaexpresión de piedad para su amigo de otro tiempo.

Mientras así le consideraba en silencio, un precipitado ruido de pasosse aproximó, por el corredor que llegaba hasta el saloncito, y una vozimpaciente gritó: "¿Pero dónde diablos se ha metido?" Era Castilla.

—Ya, ya,—respondió la voz de un sirviente gallego.

Muñoz se levantó bruscamente y cerró con violencia la puerta.

Afueracesaron al instante las risas y la animación del grupo.

Castilla llamó,dulcemente.

—¡Una palabra, Muñoz, nada más que una palabra!

Y a través de la puerta le explicó que en casa de Charito le habíabuscado para salir juntos, que la tonadillera quería verle a toda costay que él se había comprometido a llevarle.

—¡Es un caso de gran pasión!—gritó uno de los compañeros de Castilla.

—Si no vas te tomará por un marica.

—Y nosotros también.

Otro hizo un chiste que provocó carcajadas ruidosas, y como Muñoz norespondiera, comenzaron a dar fuertes golpes en la puerta.

Al fin se alejaron, repitiendo las alusiones chistosas y algunoscomentando seriamente la extraña transformación que había operado enMuñoz la neurastenia.

—¡Charito González!... murmuró Julio ensimismado. Conocí a una amigaíntima de Charito González... Adriana Zumarán. La traté una sola vez,pero comprendí que es un ser excepcional.

Muñoz, incorporándose bruscamente, le miró con una indefinible expresiónde desconfianza; le vio sonreír ligeramente.

Se levantó alterado, ycomenzó a pasearse por el saloncito.

Luego llamó y pidió su abrigo;pensaba que Julio, al tanto de toda su historia, respondía a susconfidencias con una crueldad irónica, y esto le lastimó.

—¡Tú no debes burlarte! ¿Oyes?—gritó tomando del sirviente el abrigo yel sombrero. Y sentía crecer oscuramente su hostilidad contra Julio.

Este le miró, muy serio, y le aseguró que no tenía ningún deseo deburlarse; por el contrario, compartía su sufrimiento y le compadecíacon sinceridad.

Muñoz volvió a sentarse, y después de un silencio largo, acercándosemucho a Julio:

—No sé adónde me llevará todo esto... Pero te aseguro que ya no soydueño de mí. Si alguien se interpusiera entre ella y yo...

Es horrible,es algo que me acerca a una brutalidad inferior, a los casos de impulsociego, inconsciente, de la gente del pueblo... los crímenes pasionalesque registra todos los días, en los periódicos, la sección "Policía", elsuceso común del hombre que se ha enamorado de una criatura de quinceaños, de clase humilde como él, la ha festejado y perseguido coninsistencia desesperada, bestial, contra la oposición de los padres y lacompleta indiferencia de ella; y un día se pone en acecho, como unafiera; cuando ella sale, para hacer algún mandado, la detiene. En lacrónica suelen mencionar todos estos detalles. La requiere por últimavez, le exige una contestación definitiva; luego, rápidamente, ledispara un balazo a boca de jarro, o desnuda un cuchillo y se lo hundeferozmente en el corazón.

—Y la crónica,—dijo Julio—agrega casi siempre: "El homicida volvióluego el arma contra sí mismo, ocasionándose una herida, de cuyasresultas falleció minutos después". Pero como tú dices, esa manera desentir y entender el amor pertenece a seres en quienes la agitación delinstinto no se ve dominada por la serenidad del espíritu.

—Pues bien,—replicó Muñoz—te aseguro que yo ahora suelo sentir algoasí, hervir en mi naturaleza y en mi sangre el ansia del crimen pasionaly subir esta ansia, brutalmente, hasta mi corazón. Y sin embargo, yodesciendo de gente convencional, ceremoniosa, acostumbrada a vivirdisimulando y reprimiendo todo impulso antisocial. Pero ahora, te lojuro, ¡yo mataría, con puñal, como un hombre del pueblo!

Julio, saliendo de su tranquilidad, repentinamente, puso una mano sobrela muñeca de Muñoz y se la oprimió con un movimiento nervioso:

—¿Estás seguro, en todo caso—le interrogó—de que le tienes verdaderoamor? No, no me mires como si te preguntara algo desatinado. Es que túno has pensado nunca en esto... Si experimentas una angustia tan brutal,todo pasará y no te quedarán después sino las cenizas...

—No te entiendo... no puedo entenderte.

—Si tu pasión arde así, con esa violencia, quemándote la carne y lasangre, no viene de tu espíritu, sino de tu naturaleza agitada,convulsionada. Te has entregado, ciegamente, a un sentimiento que talvez cualquier otra mujer te hubiera inspirado también. El amor, elverdadero amor del hombre, es algo ante todo espiritual; los sentidossufren su influencia, a veces de una manera violenta, pero sin avasallaral espíritu nunca.

—Basta, Julio, basta, en estas cosas está demás razonar...

Déjamedesahogarme... Si ella fuese de esas criaturas inconscientes, purairreflexión, pura coquetería, todo lo que hace sería cien veces másperdonable. Pero no, es inteligentísima, más que cualquiera de susamigas. No, no es una irreflexiva; por el contrario, parece que siguierael hilo de mis ideas y adivinara todo lo que pienso. Ella sabe hasta quépunto sufro, y no le importa. Cuando considero lo que me ha hecho pasar,la imagino de una maldad que no se concibe mayor. ¡Y sin embargo, aveces, su cara distraída tiene una expresión tan buena! La duda de cómoes ella, realmente, me enloquece tanto como la duda de su amor.

V

—¿Quieres que te explique lo que pienso?—dijo Julio con ciertagravedad. Hay una relación directa entre tu asunto sentimental y algo...Yo no soy un indiferente, como tú acaso supones; al contrario, sientolas cosas de una manera demasiado íntima... En fin, no es esto lo queinteresa ahora... Se trata de esa criatura, es decir, de las criaturasdesconcertantes que uno puede encontrar aquí, en Buenos Aires... Si note sientes capaz de afrontarla, has hecho mal en romper tus pasajes... Apropósito, no me has dicho quién es...

Se avivó la expresión de desconfianza en la cara de Muñoz.

—No, no importa,—dijo apresuradamente Julio. Y

hundiéndose en elsillón, continuó, como abstraído:—Ninguna mujer como la porteña, sueletener el alma tan lejos de su apariencia, tan distraída de susactitudes, de las palabras que dice, de su mismo carácter, tan recogida,por decirlo así, en una oscura vida interior. Es profunda y pasiva comola mujer oriental, pero sin duda con una espiritualidadincomparablemente más fina, con más inteligencia y más significativaintimidad de sentimientos. Todo lo que en la oriental es vago, demasiadoconfundido

con

el

instinto,

se

realiza

maravillosamente en nuestrasmujeres, sin salir aún de la penumbra. No llega todavía su intimidad adesteñirse bajo la luz violenta de la cultura uniformadora... ¿Habrásnotado que las europeas cultas se parecen todas entre sí?... Hay, por lomenos, un cierto tipo de mujeres porteñas que no hallarás reflejado enninguna literatura y que te sugiere cosas indecibles. Acaso algunasheroínas de Dostoiewski y de Tolstoi pudieran considerarse como unaequivalencia. Pero son otra cosa. Si vamos a la mujer de Francia, tanrefinada y que en algunos tipos deliciosos llega a ser exteriormenteperfecta, ¿hay sin embargo, entre todas las heroínas de sus grandesescritores realistas, alguna que te sugestione por sí misma, por laexpresión de una fisonomía interior inconfundible? Madame Bovary notiene sino una personalidad artificiosa, producto casi material, pordecirlo así, del ambiente, la época, las mil influencias que Flaubertanaliza con sagacidad prodigiosa y que han absorbido en realidad toda laespontaneidad de la mujer. Renée Mauperin, de los Goncourt, otroproducto, otra mujer tan deliciosa como generalizada y vulgar. Y esaMadame Martin de "Le Lys Rouge", ofrecida al mundo como el tipo de laparisiense exquisita y superior, ¿es acaso otra cosa que un admirableafinamiento de las cualidades comunes, exteriores, visibles, traídas porla cultura de las costumbres y la influencia de los libros que ella haleído? Su mundo interior es armonioso, claro, limitado. En cuanto a lamujer española... La de los grandes tiempos místicos ha desaparecido; haresucitado aquí, revestida de un esplendor nuevo, transformada, única,en este ser extraño, en esta clase sentimental a que pertenece sin dudala criatura que te ha enloquecido. Y te ha enloquecido porque no laconoces.

—¡Tú sabes quién es!—interrumpió Muñoz irritado.

—Ah, seguramente supones—prosiguió Julio—que ella es la única así.Piensas, además, que su actitud para contigo obedece a perversidadesincomprensibles. Pero las cualidades y el carácter de estas porteñasdesconcertantes, no son, como en la mujer europea, manifestación naturaldel espíritu, sino una pura apariencia, un delicado disfraz. Algunas lollevan durante toda la vida. Cierto recato místico y una profundapasividad las obliga a ocultarse así. Sus ensueños se diluyen en lavoluptuosidad interior, semejante a la que hizo delirar en otros tiemposa las santas de España con una inacabable dulzura en los sentidos y enel alma. La época moderna, las costumbres cosmopolitas y todo género desugestiones han conspirado sin duda para apagar el ardiente atavismo.Algunas generaciones más y esta mujer habrá tal vez desaparecido. LasRenée Mauperin y las

"intelectuales" y las partidarias de Debussy, iránpoco a poco absorbiéndola, matándola.

—Sí, Juanita Sánchez, otra amiga de Charito, la habrás oído discutirsobre Debussy.

—Imagínate mientras tanto, continuó Julio sin atender la interrupciónde Muñoz, a una de esas muchachas que guardan oculto el secreto de sualma. La vida le da un esposo al azar; su misma pasividad ha contribuidopara que ella lo acepte sin llamar a juicio sus dulces imaginaciones; esun hombre a quien cobra luego el afecto natural que le inspiran losotros miembros de su familia. La va trabajando el hábito, se olvida desí misma, se resigna inconscientemente a la trivial realidad que eldestino le depara. Sus necesidades espirituales son tan hondas como suincapacidad para resistir el ambiente que la rodea. Pesa sobre ella elfatalismo ancestral. Renuncia, sin comprender nada a ciencia cierta, ala vida del amor que sin embargo seguirá murmurando en su corazón; y vaviniendo así el olvido sobre su mundo interior apasionado. Ya el amorllega a tomar para ella una forma solamente ideal, cosa de la fantasía,romanticismo, sueño

de

poetas.

Lee

todavía

con

delirio

a

los

escritoresardientes, y en las novelas simpatiza sin vacilar con las heroínasculpables; pero generalmente rehuye la sola suposición de una relaciónilícita en la vida misma. Para esta resignada y piadosa criatura, elpecado es un fantasma sombrío que la asusta.

Es

preciso

que

concurrancircunstancias

singularmente

favorables para que de pronto lo arrostre.Pero entonces también acepta la tragedia. Figúrate a una de esas jóvenesseñoras en la paz de su hogar. La rubia cabeza de un niño se aduermesobre su seno; se diría otra Virgen con otro niño Jesús. El aire que enderredor de ella se respira parece impregnado de virtud. Un velo dereligiosa castidad cubre la hermosura lánguida de su cara. Su sencillaactitud es una oración. Pero hay sobre los párpados recaídos tantasombra, es tan puro el óvalo de su rostro, que de pronto experimentas unsobresalto: es el miedo de profanar con un deseo, acaso principio de unapasión tan profunda como imposible, la religiosidad del santuario. Y

teapartas, huyes de aquella presencia como el ladrón sacrílego sobrecogidoen la iglesia por la expresión de las imágenes que le miran desde susnichos. Y más tarde piensas: "Si la hubiese conocido cuando ella teníaquince años, si hubiéramos entonces hablado en una familiar confianza,¿habría ahora ese recato de matrona sobre sus ojos, esa absolutaindiferencia para cualquier motivo de conversación que implicarasiquiera la tímida curiosidad de su secretos íntimos, de los sueños quehalagan sus horas solitarias?"

Muñoz escuchaba a Julio con intermitencias; la sugestión de sus palabrasalternaba en su espíritu con la angustia punzante de su amor encelado;se imaginaba a su novia casada con otro, un niño rubio en los brazos yrecatada como la Virgen. Y una risa sarcástica se escapó de sus labios.

—Pero las circunstancias, prosiguió Julio, te ponen en la ocasión deverla con frecuencia. Nunca de tus labios se escapa una palabra quepueda traicionarte. Ella adivina, sin duda, lo que pasa en tu corazón,aunque sería inútil que buscaras en su actitud, en su trato, en suspalabras, el más ligero indicio de ese conocimiento. Acaso tampoco tengaella la hipocresía de manifestar por su marido un amor que no le tiene.En cambio, te dirá que en su corazón hay una idolatría constante que ladeja llevar con resignación las penas de la tierra: Dios y la Virgen.

Teregalará una crucecita, una estampa o una medalla, para que las llevescomo una protección contra la desdicha y contra la tentación del pecado.

Pero una noche, por incidencia casual, has quedado solo con ella en elcomedor. Los sirvientes han levantado la mesa, se han marchado. Es nochede invierno; en la chimenea una llama azul oscila entre los carbones.Ella conversa con más locuacidad, de mil asuntos, de la novena próxima,de un libro por demás liberal o cuyo argumento le parece inverosímil. Suconversación es sencilla, demasiado sencilla. Luego te escucha a ti; yla mirada atenta y buena tiene una pureza absoluta. "¿Qué significa, tepreguntas, esa inconsciente virtud que protege sus hechizos?"

En turecuerdo no hay ahora una mujer comparable a ella. La miras como a unser sobrenatural. De pronto, durante un minuto de silencio, estalla unlloro lamentable. Es en la estancia contigua, el niño. Ella corre,sobrecogida como tú. Al poco rato el niño se ha dormido. La madre hacubierto a medias con la colcha su carita rosada, te ha llamado para quele contemples y admires. La casa entera parece desligarse del mundo ysumergirse en una gran quietud. Te dejas invadir con cierta amargavoluptuosidad por el romanticismo de la escena, en esta penumbraprohibida. El reloj da las doce, sus campanadas suenan como atónitas. Estiempo de que te marches. Pero tú vives como en una atmósfera irreal, turazón y tu voluntad ya no cuentan para nada. Repentinamente el deseosobresalta tu corazón con una extraordinaria violencia; caminas hacia lapieza contigua con ánimo de huir, pero en seguida te vuelves. Ella, enese momento, se inclina sobre la cuna; el claror de la lámpara pone unalínea de luz en el perfil de su cara y otro en la finura del cuello;inclinada así, su cuerpo parece más largo y más lánguido. Un poderextraño te mueve hacia ella; tienes al mismo tiempo la sensación de caeren un abismo y escuchas como carcajadas lejanas de un espíritu maligno,que quisiera atraerte una irreparable condenación. Has tomado, sincomprender cómo, las manos que ella apoyaba en el borde de la cuna.Sobre sus ojos ves brillar la sorpresa y el terror; pero ella advierteque tus manos tiemblan oprimiendo las suyas, que también te altera laemoción del terror, que tus ojos se llenan de lágrimas. Nada conmueveel dulce silencio de la casa. Has querido hablar y un sollozo te hacortado la palabra. La idea de profanar el santuario te incita, teenloquece, y de pronto tomándola en los brazos, la cubres de besosinsensatos. ¿Y ella? La imagen del amor irradia sobre el Pecado, lavirtud cae como un vestido que se desciñe, ¡y aquellos ojos divinos seentornan ahora como alucinados por la explosión de una gran claridad!

Julio calló.

—No se puede negar que tienes imaginación, murmuró su amigo.

—¿Imaginación? No, la realidad es mucho más interesante y terrible delo que podríamos imaginar. ¿Conoces a las Aliaga?

No, no las habrástratado porque no salen nunca. Es una familia predestinada. El padremurió hace muchos años; la viuda, joven todavía, fue causa del suicidiode... de una persona cuya muerte pasó como causada por un accidente; unhombre casado; hay una hija suya que es extraordinaria... Este señor yla viuda de Aliaga eran amigos desde la infancia; creo que habían sidonovios y cuestiones de familia deshicieron el compromiso. Pero desdepoco tiempo después que el señor Aliaga murió, visitó la casaasiduamente, sin dejar sospechar el sentimiento que le iba dominando yllevando a la perdición. Solía ir con su hijita mayor, esa... la que note quiero nombrar. Cuando la viuda comprendió la pasión de su antiguoamigo, le cerró consternada las puertas de la casa. Ese mismo día, élse disparó un tiro en la boca.

Pero el caso más espantoso y más triste ocurrió poco después, con unaprima hermana de la viuda de Aliaga, casada joven, demasiado joven, conun señor que era entonces político conocido y persona muy influyente.Ella conocía a un muchacho... ¿te acuerdas de Isidro Acosta, aquelmuchacho escritor que estaba en la Facultad cuando nosotros empezábamosel bachillerato? Se enamoró locamente de esta señora, que era algopariente suya. Le pidió ella un día, llorando, con las manos puestassobre las cabezas de sus dos hijitos, uno de cuatro, otro de tres años,que no la buscara más. Acosta hizo todo lo posible para ahogar supasión, viajó por el Paraguay, se fue después a Europa; pero volvió,triste, más enamorado que nunca. Apenas llegó le mandó una carta escritacon sangre; se consagraba a ella decidido a morir. La pobre se asustó,parece que le correspondía en la intimidad de su corazón, aunque sabíaocultarlo y dominarse y había puesto una lápida sobre sus sentimientosculpables. ¡Ah! ¡Estas lápidas de olvido! ¡Cuántas mujeres porteñas hanatravesado la vida melancólica hasta una noble ancianidad, plegadas porla virtud a la rutina cotidiana, distraídas por el cariño a los hijos,mientras un amor del pasado se ha ido muriendo como una claridad pálidaen sus almas! Y no creas que las idealizo... ¡Oh, no...! Te sigocontando. Pocos días después de escribirle Acosta esa carta, que ellano le contestó, la encontró inesperadamente en casa de las Aliaga.Hablaron; él se puso a llorar como un chico, y esa tarde, sintiendo elvértigo de una pasión que concluiría por vencerla, buscó la únicasolución salvadora. Vivió todavía horas de sombría sublimidad.

Sumarido, que no la hablaba y ya sospechaba algo, la encontró por la nochearrodillada junto a la cama en que sus dos hijitos dormían. Al otro día,después de empapar sus ropas en aguardiente, se acercó al fuego de unaestufa. Alcanzaron a verla caer alzando los brazos, gritando en medio dela llamarada.

Cuando corrieron para socorrerla, escapó despavorida, yvolvió a caer

ya

carbonizada.

¿Puedes

imaginarte

horror

semejante?Parece que realizó el acto en un estado de absoluta lucidez. Piensa quela pobre, por una extrema exaltación de su virtud, sintió la necesidadde morir así, abrasada, para purificarse, para consumirse en el fuegocon los vestigios de su pecado.

Julio Lagos se levantó; había referido aquello con la voz alterada yestaba pálido. Muñoz le miraba con asombro; tuvo la misma sorpresa queexperimentara, algunos años antes, cuando en la clase le oyera discutirapasionadamente con el profesor.

Julio se encogió de hombros.

—Te llama la atención que estas cosas me impresionen así. Ya sé que túme imaginas insensible o algo así como si me faltara humanidad. Y volvióa hundirse en el sillón.—Sí, continuó, son muy extrañas las mujeres denuestro país... Fue precisamente en casa de las Aliaga que conocí, hacealgún tiempo, a esa amiga de Charito González. Me pareció en seguida quepertenecía al tipo de las mujeres fantásticas.

—¡Ah!—exclamó Muñoz, enrojeciendo. ¿La conociste en casa de CharitoGonzález? ¿Tú vas a casa de Charito González?

—No; la conocí en casa de las Aliaga.

—Estoy seguro que dijiste... en fin ¿una amiga de Charito González? Yoconozco a todas sus amigas.

—No importa. Esta es la hija del hombre que se mató por la viuda deAliaga.

Muñoz ignoraba el suicidio del padre de Adriana.

—Entonces no cabe duda, murmuró fingiéndose distraído, toda esa esgente fantástica. Yo le preguntaré a Charito sobre sus amigas. No son mitipo, te lo advierto... Así, agregó enrojeciendo otra vez, no habrácelos entre nosotros.

Y se rió, con una penosa risa de sarcasmo.

—La conocí en casa de las Aliaga, repitió Julio. No haría nada porencontrarme con ella, precisamente porque me impresionó mucho. Haymujeres cuya idea nos subyuga como el destino...

nos atraen, pero unosiente que la voluntad no debe intervenir para nada.

Volví a verla, en un teatro; estaba ella con varias amigas y no me vio.La observé atentamente. Había en toda su persona una armonía que nofallaba por ningún detalle, y ese algo indeciso que fluctúa sobre laexpresión de la cara y en el gesto y en la sonrisa y nos advierte lapresencia de un ser femenino cuyo acercamiento nos lo haríainfinitamente precioso. En el amor, Muñoz, hay cierto momento en que senos revela el gran misterio... Esto sucede cuando no nos arrastra lasimple pasión, cuando nuestra alma, libre de la embriaguez que turba, separa, por decirlo así, en el umbral de su propio amor. ¿Has leído

"LaVita Nuova"? Dante la escribió sobre Beatriz, a la que siempre contemplódesde el umbral de su gran amor idealista, y ella, antes y después quemuriera, estuvo revelándole los misterios divinos.

—Por lo menos, murmuró Muñoz sardónicamente, un marido que se hubiesecasado con tu Beatriz no tendría nada que temer.

Y sospechaba que la Beatriz de Julio era Adriana.

Ambos quedaron repentinamente callados, sin poder reanudar laconversación. Julio se despidió.

Cuando Muñoz quedó solo, volvió a embargarle el pensamiento de Adriana yvio su imagen proyectarse, radiante, en el salón iluminado; junto a ellados ojos saltones emergieron, temblorosamente, en una cara afilada,fina... ¡la cara de Castilla!

Entonces, por cobardía, se esforzó para pensar en los primeros tiemposde su amor, en la dicha de haberla conquistado, de haberse impuesto alalma que miraba tan misteriosamente por aquellas pupilas circundadas deligera sombra. Pero acaso ella no podía amarle, algo inconmensurable yoscuro había sin duda entre los dos. De pronto, la obsesión visionariase reavivó, acercándose. Adriana adoptaba una expresión condolida, peroirónica, irritante; los labios del otro sonrieron con la mismaexpresión. La silueta lánguida en el traje lila oscilaba suavemente; sesoltaron los largos cabellos sobre la nieve de la espalda y el bellobrazo desnudo se levantó, dulcemente; los labios del otro besaron en lablancura del hombro.

Muñoz temblaba, una nube oscureció violentamente las imágenes, sesacudió, habló en voz alta, para apartar de su alma los vestigios de lahorrible alucinación. Quiso beber, pero se torcieron sus dedos,convulsivamente, sobre la copa diminuta, y el delgado cristal se quebróhiriéndole en la palma: la mano se agitó salpicando sangre.

VI

A no haber Muñoz abandonado tan precipitadamente la casa de Charito,habría comprendido lo infundado de sus celos.

Porque cuando Adrianaadvirtió que Castilla se tomaba tontamente la libertad de acariciarle lamano, en seguida, dejándole plantado en medio de la sala, buscó a Muñoz.

Sin embargo, lejos de preocuparla que éste se hubiera marchado, sóloexperimentó contra él un sentimiento de fastidio.

Charito la llamó,consternada. Acababa de advertir, sospechando el motivo, la retirada deMuñoz. Era su amiga de confianza y profesaba por él un sentimiento queella no hubiera podido definir: mezcla de cariño fraternal, deinstintiva simpatía y de admiración. Le atribuía las mejores cualidadesy no dejaba de recordar que había egresado de la Facultad de Derecho conlas más altas clasificaciones de su curso. Charito, abandonando poralgunos minutos al joven de la voz amaricada, tomó las manos de Adrianay la miró con expresión sorprendida.

—¿Por qué te portas así? Es un muchacho que te quiere con lealtad, conpasión. No es tan fácil encontrar un amor como el suyo, tan verdadero,tan noble. Conozco muy bien a Muñoz y sé que no podrá soportar por muchotiempo esas actitudes tuyas. Ya te vi con Castilla. Por más que Muñoz teame, si tú le sigues poniendo a prueba de ese modo, un día te dejará.Con la muerte en el alma pero Muñoz te dejará.

Dijo con énfasis "la muerte en el alma" y aguardó un explicación. PeroAdriana miró a su amiga con cierta dulzura indiferente, de soslayo, y leprometió que en adelante sería más buena con Muñoz.

Charito González no era linda ni fea; sus ojos claros, más expresivoshubieran sido hermosos y muy elegante su silueta de ser ella más alta.En su modo y en su trato había esa ambigüedad y esa ausencia de carácterdefinido que parecían el fondo mismo de su persona. Vivía absorbida porel ambiente social, y para las fiestas de caridad era una secretariaactivísima y no hallaba tiempo de cumplir con todos los compromisos quese imponía.

Adriana tenía de ella una impresión semejante a la que lesugerían las personas de la familia de su tío Ernesto Molina: quecarecía, en cierto modo, de verdadera alma. Pero cultivaba su amistadcomprendiendo que en todo momento podría confiar en los buenos oficiosde su discreción y de su bondad.

Ahora la divertía el tono afectado con que le reprochaba susinconsecuencias con Muñoz.

—¿Me prometes—insistía—ser leal, quererle de verdad, prodigar en esteamor tu corazón?

—Te prometo—respondió Adriana imitando su énfasis—no traicionarlejamás, prodigarle mi corazón.

Durante el resto de la velada se aburrió como nunca.

Al día siguiente fue a casa de las Aliaga. La acogieron con una alegríamás abierta y cariñosa que la vez anterior y se manifestaronsorprendidas de que no hubiese vuelto antes.

Algunos minutos después,continuando una conversación empezada cuando ella se presentó, lapusieron en antecedentes de un íntimo asunto de familia y la consultaroncomo si fuese la persona de más confianza y más allegada a la casa.Después Carmen, la menor, la llevó a su cuarto y le mostró, con muchomisterio, un diario de su vida que había comenzado a escribir.

—Tú eres la única que podrá leerlo, le dijo como encantada de su idea.Ellas ni siquiera saben que lo escribo. La que tiene un diario ya muylargo es Laura. Algún día que ella se descuide lo robamos y lo leemosjuntas. Como a ella le han pasado muchas más cosas que a mí, y ha tenidouna pasión y estuvo de novia...

Dijo esto con cierto aire de pesar, como envidiosa de Laura.

Carmen tenía unos veinte años, pero por ciertos modos ingenuos y poralgo de frágil que en toda su persona había, aparentaba diez y seis. Elcolor de las mejillas y de los labios parecía más vivo por la blancuramate de la cara y de las manos.

Alguna asimetría de la frente se anegabaen el esplendor de los grandes ojos grises, que daban la impresión deser negros, por la anchura de las pupilas. Esta belleza de los ojos eraun rasgo que tenía de común con sus hermanas, como asimismo laextraordinaria y continua intensidad de la mirada, llena de alma.

Las Aliaga conocían muchos libros que Adriana había leído, se asemejabana ella en ideas y modos de ver, deliraban por versos de amor ycomentaban con sutileza las novelas francesas y rusas que les traíaJulio. Parecían, por las conversaciones que solían tener acerca de lasheroínas desdichadas, que ellas mismas hubiesen querido de alguna maneraacompañarlas en la peregrinación de sus desventuras ideales. Había enellas una sensibilidad extrema, y por afortunada despreocupación, nohabían adquirido esa cultura literaria artificial, buscada, quegeneralmente falsea y con frecuencia anula en la mujer el tactoartístico. Por eso podían amar con naturalidad el estilo de ciertosautores y preferirlos a otros sin obedecer a sugestión alguna. Unhermoso libro, a veces una sola página escrita con gracia, les dabaensueño para muchos días.

Adriana sentía el contraste profundo de esta casa con el ambiente sinespíritu que había, por ejemplo, en la de Charito González o de su tíoErnesto Molina. Sin embargo, una parte del misterio que en suimaginación había circundado a las Aliaga, se fue aclarando, como loscontornos de una figura que parece fantástica en la penumbra y luego ala plena luz cobra una realidad más simple.

Acaso la más linda era Laura. Unía la sensibilidad excesiva a ciertaactitud de calma inalterable. Tenía un modo muy particular de distraersesúbitamente de la conversación, para quedarse mirando en el vacío; perono con la expresión ambigua de todo el mundo, porque bajando la cabeza,sin bajar la mirada, el negro de las anchas pupilas se confundía con elnegro de las pestañas, y entonces aquella mirada fija adquiría unaprofundidad llena indefiniblemente de tristeza. Adriana se acercaba aella, solícita, y acariciándola y jugando con sus cabellos lainterrogaba bruscamente, como para descubrir por sorpresa el secreto desus pensamientos:

—¿En qué pensabas? ¡Dímelo, por favor!

Pero Laura, respondiendo sin hablar a sus caricias, sonreía con unadulce tranquilidad.

Se formó entre ambas una amistad delicada, estrecha, y sin embargollena, en muchos puntos, de reserva. Ni la una ni la otra llegaban a laconfidencia. Y mutuamente se perdonaban y hasta se agradecían estareserva. A veces, después de alguna reflexión hecha al azar sobre ladificultad de hallar en la vida la felicidad del amor o sobre lagrosería con que lo concebían los hombres, se detenían en el punto mismode abrirse el corazón.

Adriana experimentaba, por primera vez, el sentimiento apasionado de laamistad. Laura la besaba como a una hermana y le enseñaba imágenes desantos bordadas en seda por ella. Sobre la cabecera de su cama colgabaun crucifijo labrado en marfil.

Había en la habitación dos cuadros cuyoasunto era triste. Uno de ellos, titulado "L'Oubliée", figuraba dosamantes que se besaban cerrando los ojos mientras la muerte, un fantasmavago, invisible para ellos, se acercaba a contemplarles. Y en el otrocuadro, la pobre amante ya estaba de rodillas sobre la tumba y alzaba lacara mirando al cielo con sus grandes ojos claros, que por el exceso dela pena casi no tenían expresión.

Carmen se demostraba celosa de aquella amistad e interrumpía laspláticas de Adriana y Laura protestando:

—Hemos tenido la dicha de encontrar este encanto de amiga y tú te laquieres acaparar como si fuese únicamente tuya. Y

comenzaba a charlaralegremente o traían un cuaderno en que había copiado versos, algunos enfrancés, y éstos ella exigía que los leyese Adriana, porque los decíacon una admirable pronunciación.

Generalmente las Aliaga charlaban con volubilidad, proyectaban viajes,sin propósito ninguno de realizarlos y se daban bromas con jóvenes aquienes no veían desde largos años atrás.

Pero aquella superficialidad era ficticia, una delicada apariencia conla cual revestían, por un raro pudor, la profundidad y la inquietud desus almas. Y así como Adriana misma, mientras hablaban y reían conligera locuacidad sobre temas con frecuencia pueriles, soñabaninteriormente sus cosas ideales; y como ella, también, vivían sin dejartransparentar el mundo de imágenes amorosas y de suaves ideas que lasencantaban en la cotidiana meditación.

Alguna vez, cuando atardecía, abrían los balcones, que daban sobre laAvenida Quintana. Adriana se abandonaba a la dulzura de quedarse allí,anegada en sus propias ideas y en la vaga contemplación de esta callesolitaria, retraída del rumoreo cosmopolita con su elegante edificaciónde cerrados palacetes.

Al extremo de la Avenida, el jardín de laRecoleta iba igualando los tonos oscuros de su arboleda tropical; y porencima, cerrando la perspectiva en la entrada del cementerio, la iglesiadel Pilar, pequeña, simple, con algo de atónito en su distanteapariencia: vieja capilla que la ciudad colonial desaparecida habíadejado allí disimulada en la humildad de su encanto.

Adquiría todo esto tanta belleza muriendo la tarde y bajo el oro delotoño, que se ponían ellas pensativas. Adriana, ansiosa de amor,imaginaba idilios con Julio.

Entraban luego, cerraban las persianas y encendían las luces.

Había enla gran sala un ambiente de intimidad y una elegancia sutil: eldecorado, los tapices de tonos oscuros, los muebles severos y elconjunto de los pequeños objetos de adorno, se caracterizaban por unasingular ausencia de cualquier detalle demasiado llamativo u ostentoso.Reinaba allí, como en toda la casa, una especie de suntuosidad sin lujo,traída naturalmente a través del tiempo y sometida al espíritu de susmoradores. Cosas de épocas diversas se avenían entre ellas con unagracia original.

El arte antiguo de los pesados jarrones de cobrepreciosamente trabajado, que figuraban dragones fantásticos sobre lachimenea de mármol negro, no parecía contradecirse con el arte ligero deuna lámpara moderna que difundía, suavemente atenuada por el moaré de lapantalla, la luz de la bombilla eléctrica oculta en el esbelto pie dealabastro.

En una vitrina, grandes abanicos abiertos evocaban modas desaparecidas ytransmitían la sensación encantada de los años en que se habían usado:algunos, enormes, estaban hechos con blanca pluma de garza sobrevarillas de ébano; en otros era el plumaje negro y contrastabapomposamente con el labrado marfil; y en los menos antiguos, algunaescena de pastores se pintaba sobre la indecisión de la seda ajada.Encima de la mesita de caoba cuyos bordes afiligranaba una incrustaciónde nácar, había un grueso álbum de retratos con el terciopelo de lastapas ya gastado, como felpa de viejo bargueño. La mayoría de losretratos se habían descolorido; en algunos apenas era posible distinguirotra cosa que el espectro de la imagen. La fotografía de la primerapágina era más reciente y en ella resplandecía, con el fino tipo de lasAliaga, una maravillosa cara de mujer, la madre de ellas. Más que sunoble belleza, impresionaba el alma de los ojos, profunda, dulce, y suexpresión singularmente parecida a la de Laura.

Este retrato ejercía sobre Adriana una especie de fascinación.

Solíalargamente contemplarlo. Entonces Zoraida o Carmen, con cierta suaveviolencia, se lo quitaban.

—¿Por qué? les preguntaba sorprendida.

Ellas callaban, mirándose.

Zoraida, que era música, solía sentarse al piano y ejecutaba conmaestría motivos de Chopin o de Beethoven. A veces lo hacía comojugando, interrumpiéndose a cada rato por seguir la conversación

de

sushermanas.

Pero

con

frecuencia,

exaltándosele la expresión del semblante,la idea musical la arrebataba.

Entonces

las

otras

enmudecían.

Carmen,arrodillándose junto a Zoraida, la miraba con atención ingenua, ydespués, hacia las últimas notas, se oprimía el corazón y suspirabasonriendo.

Por confidencias de Carmen, supo Adriana muchas cosas relativas aZoraida, que la afirmaron en la suposición de que ésta, realmente, habíasido objeto de la imposible pasión y causa del suicidio de su padre. Enla infancia Zoraida se había formado un propósito tenaz: ser monja. Alprincipio eso fue motivo de broma en la casa y más cuando ella rompiósus muñecas para demostrar despego por los afectos del mundo. Tuvoluego, ya desde los catorce años, festejantes que la adoraron; a todosles rechazó.

Inútilmente su padre, que aun vivía, resolvió sacarla delinternado, donde seguramente alguna monja le había inculcado aquellaidea mística tan singular en una criatura de su edad. Ella declaraba quesu vocación era el convento adonde tarde o temprano iría paraconformarse a los deseos de Dios que la llamaba. Más adelante comunicótal propósito a su director espiritual, que la felicitó; también hizovoto de castidad y ya no quiso ocuparse sino de los trabajos que seimpusiera como Hija de María. Cuando su padre murió, Zoraida cumplíadiez y siete años; su decisión se hizo más ardiente que nunca. Fuepreciso que Eduardo interviniera acerca del confesor. Este un día ledeclaró seriamente que debía obedecer a su madre. Zoraida, decepcionada,recurrió directamente a la superiora de las Salesas, quien la aconsejóde acuerdo con el sacerdote. Entonces su naturaleza extremosa sesublevó. Juró que abandonaría toda tarea religiosa, que no pisaría másel confesionario y que hasta dejaría de ir a misa.

—Y ese juramento—añadió Carmen—lo ha cumplido. Nunca siquiera nosacompaña a misa los domingos. ¡Qué raro! Ella dice, ahora, que paracomunicarse con Dios no es necesario ir a persignarse en la iglesiadelante de todo el mundo.

—¿Y tuvo más festejantes? preguntó Adriana.

—Sí, varios. Pero los despreció a todos. Cuando murió mamá, es claro,ella era la mayor y tomó el cuidado de la casa. Y oye...

Enmudeció repentinamente ante Zoraida que vino a sentarse junto a ellas.

—No sirves para disimular, Camucha. En la cara te adivino que lehablabas de mí—dijo acariciándola.—¡Indiscreta! Le habrás contado mimanía de ser monja.

Carmen, muy colorada, no atinó a defenderse.

—Pero no se lo creas todo, Adriana. Camucha es demasiado novelera.Aquello fue más bien fantasía de chica. Una verdadera vocación no se mehabría pasado con la muerte de mamá, ni con los disgustos que sejuntaron encima.

Y procuró convencerla de que aquello había sido una pura ingenuidad, unidealismo, por el pensamiento de que fuera de Dios nadie podríaenamorarla nunca. Por otra parte el amor—ella estaba segura—sólohubiera venido para su perdición.

Un día conversaron acerca de Julio, y Adriana escuchó sin perderpalabra.

Carmen extrañaba de que nunca le hubieran conocido ellas ningún amor.

—No hay mujeres para Julio, murmuró Laura.

—Sería raro que no tuviera alguna pasión por ahí, añadió Zoraida.

Carmen protestó con tono de reproche:

—¡Raro! ¿Y acaso nosotras no nos parecemos a él? ¡Pensar que lo pasamosaquí tan escondidas y como olvidándonos de vivir! ¿Quieres creer,Adriana, que Zoraida nos está contagiando su enemistad hacia el mundo?Como no ha podido entrar de monja quiere hacer de esta casa suconvento. Ya ni por motivos de caridad nos relacionamos con nadie. Díaspasados vinieron a verla varias señoras, para pedirle que formara partede una comisión de beneficencia. No lo consiguieron. A mí, el añopasado, me dejaron una alcancía para la colecta del 2 de Octubre. Has decreer que no tuve ocasión de pedirle su contribución a nadie. Y para noquedar mal nos vimos obligadas a reunir cada día todas las monedas quehabía en la casa, y registrarle los bolsillos a Eduardo, hasta conseguirpoco a poco llenarla. Pero lo más grave es, para mí, que viviendo enesta forma una no tiene oportunidad de conocer mozos y hallar alguno aquien querer.

Y Carmen, con un modo ingenuamente lánguido, apoyó la mejilla en lapalma de la mano abierta, y bajo la frente algo asimétrica sus hermososojos grises tomaron una expresión vaga; en la sombra de su meditación,miraba sonreír una cara que en la realidad no había visto nunca.

—Por mi parte, suspiró Zoraida, todos los días pido a Dios que no metraiga la ocasión de enamorarme. Laura intervino.

—¡Siempre tu misma manía!

—Con esas ideas extrañas—añadió Carmen—todas debemos hacer lo posiblepara quedarnos solteras.

—El amor, para nosotras, sólo puede venir como una desgracia, replicóZoraida. Y la voz le temblaba.

Un día Adriana preguntó por Julio.

—¡Está aquí! exclamó Carmen. Lo dejamos arriba, con abuelita, cuando túllegaste.

—Le pidió abuelita que tomara el te con ella, agregó Zoraida, y allíestá Laura también. ¿Te has fijado, Camucha, con qué atención le escuchaLaura, cuando él habla?... Es una suerte. Así, poco a poco, me iráperdonando...

—No, ella no se olvida de José Luis, ella piensa que José Luis hubierasido el amor de su vida, repuso Carmen. No te puede perdonar.

Adriana, preocupada deliciosamente por la idea de que Julio estaba en lacasa y que lo vería de un momento a otro, no fijó su atención en aquellafrase de Carmen. Puso todos los sentidos en sorprender, sobre la cara deJulio, cuando bajara, la impresión que le haría volverla a ver.Sorprendió una expresión de júbilo, y en seguida una contradictoriamirada de tristeza. Con él bajaba Laura. Esta se adelantó y la besó enlos ojos.

—Al fin se han vuelto a encontrar, después de un año, murmuró.

Se habló de música y de novelas. Laura, que no dejó un instante deobservar a Julio, suspiró, volvió a besarla.

—Se me ocurre que ya te quiere, le dijo al oído.

Pero Adriana no podía escucharla. Miraba a Julio con los ojos un pocoatónitos y sonreía con su sonrisa ligera.

VII

Pensó que una influencia oculta atraía sobre su vida el amor, aquelmismo amor que un año antes había visto brillar en los ojos de Julio.

Pero ahora este pensamiento no asociaba la dicha y tampoco la antiguaesperanza. Volvió a verle y nada ocurrió. Una gran inquietud la invadía.Cuando él hablaba, fingía distraerse, le dejaba conversando con Zoraiday llevándose a Laura al otro extremo del salón, se ponían a hojear elálbum de los retratos abierto sobre la falda de ambas. Sentía, sin saberpor qué, la necesidad de mostrarle indiferencia. Sin embargo, noadvertía en Julio señal alguna de que esta actitud le afectara. "Hoy seha marchado—pensaba—sin saber a qué atenerse con respecto a mí...Desgraciadamente, yo estoy en el mismo caso"... Y

comenzaba a dudar dela pasión presentida. ¿O andaría él tal vez enamorado de Laura...?

Julio no era el mismo que reapareciera tantas veces en su memoria; surecuerda había sin duda trabajado los rasgos de aquella cara, susgestos, sus actitudes mismas, prestándoles una indecisión que no tenían,ahora, aquella frente tan recta desde la raíz de los cabellos hasta elarco de las cejas, y aquellos ojos que solían quedarse mirándola,durante un rato largo, con naturalidad. Era otra cosa, también, sumanera de entrar, decir saludando algunas palabras distraídas, y luego,sentándose con las manos en los bolsillos, quedarse pensativo y como siestuviese completamente solo. Adriana se preguntaba por qué no había ya,entre él y ella, la locuacidad amable de la tarde que se habíanconocido. A veces una frase de Julio parecía, sin embargo, buscar laintimidad y la confianza; algo invisible la impulsaba entonces, más quenunca, a burlar la adivinada intención. Burlarle aunque tal victoria lecostase la felicidad de su vida. Y no se explicaba a sí misma la razónoscura de este deseo. Porque sufría al pensar que él pudiera sufrir.

A medida que le iba conociendo más, menos podía substraerse a unsentimiento de ternura entrañable y más doloroso le era fingir la vagadespreocupación.

—Cuando tú estás, le decía Carmen, Julio apenas conversa, lo mismo quetú. ¡Ah, si pudieras oírle cuando se anima y cuenta el argumento dealguna comedia o habla de cosas ideales! ¡Con qué atención nos quedamosescuchándole y deseando que no termine nunca! Engaña mucho esa frialdadque tú le ves. Es nuestro mejor amigo, nuestro único amigo, porque alos muchachos parientes que suelen venir, ni los tenemos en cuenta.¡Julio nos entiende tanto! ¿Quieres creer que yo, a él, le confesaría loque ni a Laura ni a Zoraida podría decirles nunca?

Y estas noticias embargaban completamente la imaginación de Adriana.

También Laura solía hablarle de Julio, cuando estaban solas, y suselogiosas referencias coincidían con la opinión íntima que de él sehabía formado Adriana.

Un día Julio pareció transformarse en un hombre que no era el Juliohabitual. Sentado junto a ella mientras Zoraida, en el piano, ejecutabauna sonata, interrumpió de pronto la conversación que sostenían sobre untema trivial, para preguntarle, con una voz humilde, si acaso teníacontra él algún motivo de resentimiento.

Adriana le miró con asombro. Aquel dejo humilde y aquella ciertainoportunidad ingenua de la pregunta, debían quedarle murmurando comouna dulzura en la memoria. Le pareció adivinar instantáneamente toda elalma de Julio.

—¿Yo resentida con usted?... ¡Oh, no, no!

—Es una pena.