A Vuela Pluma Colección de Artículos Literarios y Políticos by Juan Valera - HTML preview

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los

españoles

triunfaron

porque

fueron

allí

comolibertadores, y ganaron en muchas partes la voluntad y el auxilio de losindios mal contentos, los cuales lograron sacudir así la tiranía másespantosa. Es probable que en Otumba hubiese del lado de Hernán Cortéstantos indios como en el ejército contrario. Y no sin razón nosauxiliaron, porque salieron ganando en todo. «Antes, como dice Gomara,pechaban el tercio de lo que cogían y si no pagaban eran reducidos á laesclavitud ó sacrificados á los ídolos; servían como bestias de carga yno había año en que no muriesen sacrificados á millares por susfanáticos sacerdotes». Después de la conquista, añade Gomara, «sonseñores de lo que tienen con tanta libertad que les daña. Pagan tanpocos tributos que viven holgando. Venden bien y mucho las obras y lasmanos. Nadie los fuerza á llevar cargas ni á trabajar. Viven bajo lajurisdicción de sus antiguos señores, y si éstos faltan, los indios seeligen señor nuevo y el rey de España confirma la elección. Así que,nadie piense que les quitasen los señoríos, las haciendas y la libertad,sino que Dios les hizo merced en ser de españoles, que loscristianizaron, y que los tratan y que los tienen ni más ni menos quedigo. Diéronles bestias de carga para que no se carguen, y de lana paraque se vistan; y de carne para que coman, ca que les faltaba.Mostráronles el uso del hierro y del candil, con que mejoran la vida.Hanles dado moneda para que sepan lo que compran y venden, lo que debeny lo que tienen. Hanles enseñado latín y ciencias, que vale más quecuanta plata y oro les tomaron. Porque con letras son verdaderamentehombres, y de la plata no se aprovechan mucho ni todos. Así que libraronbien en ser conquistados».

Yo entiendo que la cándida y sencilla apología que acabo de citar, bastapara prueba de cuán benéfico fué para los indios el triunfo de Españasobre ellos. Dicha sencilla y cándida apología vale más que lasdeclamaciones pomposas. Los hechos posteriores la confirman plenamente.Desde el Norte de Méjico hasta el extremo Sur de Chile y de la RepúblicaArgentina, sería fácil demostrar que en el día de hoy hay más indiosque hubo nunca y son más felices, mejores y más civilizados que jamás lofueron; que bajo el dominio de España los indios que se distinguían ó lomerecían podían ser cuanto se podía ser entonces en España; generales,arzobispos, duques, marqueses, y presidentes de tribunales; y que ahorapueden ser, y son á veces, presidentes de las Repúblicas. En los EstadosUnidos tal vez habrán sido más humanos con los indios. Pero yo no hevisto indios muy en auge en los Estados Unidos, ni que alguno de ellosfigure entre los personajes importantes, que por su riqueza, por suposición ó por su saber, influyen ni remotamente en el gobierno de lanación. Tal vez los indios de los Estados Unidos estén acorralados comoen España solemos tener toros bravos en una dehesa ó jabalíes en uncoto, mientras que los indios de las tierras que España y Portugalocuparon, ya presiden las Repúblicas como jefes supremos, ya brillancomo oradores en las asambleas legislativas, ya mandan ejércitos, yarecorren como diplomáticos las cortes de Europa, ya ganan fama yaplausos escribiendo en la lengua del pueblo que los conquistó elegantesé inspiradas poesías é interesantes libros en prosa, cuyo valer y méritosomos los primeros en reconocer nosotros los españoles, noescatimándoles la alabanza, sino complaciéndonos en darla, acaso y áveces más allá de lo justo.

Las tremendas acusaciones de Draper contra España están puestas en sulibro con mero intento teórico, á fin de que en su ramplona filosofíade la historia figuremos nosotros como un pueblo precito, y á fin deque, en el drama cuya acción es el desenvolvimiento de la inteligenciahumana y el paso de la edad de la fe á la edad de la razón, haga Españael papel más odioso. Pero en el día se renuevan y se exacerban estasacusaciones, no ya para filosofar, mas ó menos burdamente, sino parasacar muy duras consecuencias prácticas contra nosotros. En los EstadosUnidos escriben hoy muchos para denigrarnos como Draper escribía, siendolo más gracioso que todo lo que dicen contra nosotros es con el fin deensalzar á los cubanos y de afirmar que deben ser independientes ylibres. Acaso el más feroz de estos escritores anti-españoles sea uncierto Sr. Clarence King, que ha publicado en la revista The Forum unarticulo titulado ¿Ha de ser Cuba libre? Un amigo mío anglo-americanome envió hace un mes dicho artículo, excitándome á que le contestase yhasta brindándome con que insertaría mi contestación en una revista desu tierra.

Las acusaciones del Sr. Clarence King, son menos razonables aún que lasde Draper; pero como llevan el propósito de excitar en los EstadosUnidos el odio y el desprecio contra España y de favorecer á losrebeldes de Cuba, auxiliándolos y declarándolos beligerantes, creo quealgo conviene decir contestando al Sr. Clarence King, aunque la defensaque haga yo de España sea ligera, desenfadada y de broma, ya que elarticulo del Sr. Clarence King no merece refutación más seria ydetenida. Lo que diga yo sobre él será como remate y complemento de laimpugnación que la salida de tono y los anatemas de Draper contra Españame han inspirado.

Empezando ahora por contestar á la acusación que nos dirige el Sr.Clarence King de haber exterminado la población india de Cuba, que llegaá suponer se elevaba á un millón de almas, diré que parece imposible quecon seriedad se insinúe, ya que no se afirme, semejante disparate. Si ánosotros, fundándose en él, se nos dice: ¿Qué habéis hecho de ese millónde almas? ¿Caín, que has hecho de tu hermano?, con la misma razónpodemos suponer nosotros que, en la inmensa extensión de territorioocupado hoy por la gran república, había lo menos cuarenta millones deindios, y preguntar luego con voz fatídica: ¡Caínes! ¿qué habéis hechode ellos?

De todos modos, á mí no parecería razonable dirigirme á los inglesespidiéndoles cuenta de esos indios que han desaparecido. Se la pediría entodo caso á los que se han apoderado de sus bienes después de matarlos yviven hoy en el territorio que ellos tranquilamente poseían. Porque esabsurdo é irracional, suponiendo que gente de casta española mató á unmillón de indios para apoderarse de Cuba, simpatizar con los herederos ycon los que se aprovechan aún de la matanza y del robo, y condenar porese robo y por esa matanza á los españoles de por acá, que desde eldescubrimiento y la conquista de América hasta hoy no han hecho más quepredicar y legislar en favor de los indios.

Es cosa de risa citar á Hatuei, que dijo que preferiría ir al infierno áir al cielo con los españoles, para aplaudir á los descendientes de esosespañoles porque se rebelan contra otros españoles, que no sacaron elmenor provecho de la muerte de Hatuei ni le hicieron el menor agravio.Todo lo que dice el Sr. Clarence King acerca de esto vendría muy ápropósito si hubiese aún en Cuba descendientes de Hatuei y de sus indiosque apellidasen libertad y que pugnasen por arrojar de Cuba á losespañoles intrusos, lo mismo á Weyler, que á Maceo ó que á Máximo Gómez.

Otra no menos chistosa acusación del Sr. Clarence King contra nosotrosse funda en la esclavitud de los negros; sosteniendo que, acostumbradosnosotros á mandar esclavos, no sabemos mandar hombres libres. No parece,al leer esto, sino que en los Estados Unidos no hubo esclavitud nunca.Dice también el articulista que España se vió forzada á dar libertad ásus negros ¿Y quién le hizo tal fuerza? España dió la libertad de gradoy con gusto. Y los propietarios de los negros no se opusieron con lasarmas á esta libertad, si bien en Cuba era el darla más difícil, másperjudicial económicamente y más peligroso que en los Estados Unidos,aunque no fuese más que porque en Cuba la población negra era tannumerosa como la blanca. No fué, pues, en España, fué en los EstadosUnidos, ó al menos en mucha parte de ellos, donde se vieron forzadosá dar dicha libertad; donde tuvieron que tragarla á regañadientes, ydonde al que la dió, al libertador glorioso, no faltó quien en premio lematase de un tiro.

Por lo demás, la compasión hacia los negros esclavos acaso se pudieseprobar que ha sido más tardía que en nuestra raza en la razaanglo-sajona, que bastante tiempo ha sido negrera, y donde aún, en elpresente siglo, se inventan teorías tan filantrópicas y consoladoras,como la de Malthus y la del Struggle for life.

No en el día en que los españoles estamos harto abatidos, sino en losmomentos ó en los siglos en que preponderábamos en el mundo, se leocurrió á ningún español, que tuviera séquito y que valiera algo, elconsiderarse de una raza superior á las demás razas humanas, y eldespreciarlas y humillarlas. Ni cuando el Gran Capitán se enseñoreó deItalia arrojando á los franceses; ni después de Lepanto, de San Quintíny de Pavía; ni cuando en Trento prevalecieron nuestros teólogos yreformando la iglesia oponían fuerte valladar al protestantismo ytrataban de conservar la virtud que informaba y que unía la civilizacióneuropea; ni cuando desde principios del siglo XV, con tenacidadadmirable y con fe constante, agrandábamos experimentalmente el conceptode las cosas creadas, circunnavegando el planeta, cruzando maresincógnitos y tenebrosos y descubriendo nuevos mundos y nuevos cielos,jamás hemos menospreciado á las otras naciones ni las hemos tratado coninsolente orgullo, ni las hemos insultado como en el día se nos insulta.

A la verdad, ni ahora ni nunca habrá un solo español que rebaje lagloria de Lincoln; todos ensalzaremos esa gloria, pero alguna, aunquesea menor, nos toca colectivamente, porque dimos de buena voluntad y nopor fuerza libertad á los esclavos negros de Cuba; y alguna gloriatambién, anterior y á mi ver más clara y con algo de divino, nos tocapor haber sido de nuestra raza santos varonescomo Alonso de Sandoval yPedro Claver, que hicieron por los negros, en un siglo en que aún seignoraba hasta el nombre de filantropía, movidos de caridad cristiana,obras maravillosas por amor de Dios y de los negros de Africa.

Supone el Sr. Clarence King que en el carácter español (ya se entiendeque en el de los españoles peninsulares, pues en el de los cubanos,sobre todo si son rebeldes, ha de haber habido una transformacióndichosa), supone, digo, que en nuestro carácter persiste, en combinacióndiabólica, la crueldad pagana de Roma, reforzada y sublimada con ferozintensidad por la Inquisición. De aquí resulta que el más blando yhumano de nosotros es un Calígula-Torquemada. Y que á fin de evitar quesigamos haciendo atrocidades contra los pobrecitos é inofensivosinsurrectos, los Estados Unidos tienen el deber moral de reconocer labeligerancia de dichos señores que no talan, ni incendian, ni saquean,ni cometen atrocidad alguna.

Lo de la Inquisición es una cantaleta que nos están dando losextranjeros desde hace mucho tiempo, y que nos tiene ya tan aburridos,que casi justifica que algunos españoles se pongan fuera de sí y enapariencia se vuelvan locos, aunque sean sujetos de mucha madurez yjuicio. Así es que, sin duda por chiste y para lucir la agudeza de suingenio, alguien defienda la Inquisición todavía, como por ejemplo, lohace con mucha gracia el catedrático D. Juan Manuel Orti y Lara, el cualllega á exclamar: «¡Oh dichosas cadenas del Santo Oficio, que tanfuertemente sujetaban al monstruo de la herejía, que no le dejabanlibertad alguna para impedir á los ingenios españoles el vuelo quetomaron desde las alturas de la fe por las regiones del saber y de lapoesía!»

Claro está que el monstruo de la herejía, que hoy anda suelto en Españasin que la Inquisición le encadene, no impide al Sr. Orti y Lara quevuele por donde se le antoje y hasta que haga la apología de laInquisición. Pero yo no quiero ni puedo hacerla, y convendré con elseñor Clarence King en que la Inquisición era una infernal maquinariamuy á propósito para atormentar y matar á la gente. En lo que noconvengo con el Sr. Clarence King, sacando una consecuencia opuesta á lasuya y muy favorable á los españoles, es en que nosotros, poseedores dela maquinaria susodicha, hayamos atormentado y asesinado jurídicamente ámás personas que las atormentadas y asesinadas jurídicamente en no pocasnaciones extranjeras, donde tal vez y sin tal vez no hubo Inquisiciónnunca. Jamás la Inquisición de España se regaló ajusticiando víctimastan ilustres como Servet, Vanini y Bruno. Jamás la Inquisición de Españacondenó, sino que aplaudió, defendió y ensalzó á Copérnico, á Galileo yá otros sabios, á quienes en tierra donde no había Inquisicióncondenaban. Y en lo tocante á la muchedumbre de gente menuda, quemada,ahorcada ó muerta por otros medios á manos del fanatismo religioso, nadatienen que envidiarnos los pueblos más cultos que en el día hay enEuropa. Sólo de brujos y brujas, si hemos de creer á Michelet, enTréveris quemaron siete mil; pocos menos en Tolosa de Francia; enGinebra quinientos en tres meses; en Wurtzburgo, ochocientos de una solahornada, y mil quinientos en Bamberg. Convengamos en que jamás hubo enEspaña tan espléndidas y colosales chamusquinas. Y es lo más chistoso,si yo no recuerdo mal (porque no doy ahora para comprobarlo con unaHistoria de los Estados Unidos que contenga el periodo colonial), que enesos Estados se quemaron y se ajusticiaron también brujos y brujas conprofusión pasmosa. Por donde yo me inclino á sospechar que en toda laAmérica, dominada por España durante los sigos XVI y XVII, no hizo laInquisición tantas víctimas, contando judíos, mahometanos, y herejesrelapsos y hechiceros de todo linaje, como las víctimas que por sólo eldelito de brujería fueron sacrificadas en los Estados Unidos cuando aúneran colonias.

Otra de las razones que tiene el Sr. Clarence King para desear que Cubano sea española, es que Cuba es un paraíso muy fecundo y que en otrasmanos más trabajadoras y hábiles produciría mucho más. Este argumento,no obstante, no vale nada en favor de los cubanos. Es probable, es casiseguro que si los dejásemos en libertad, Cuba no prosperaría más de loque hoy prospera. Si prevaleciesen los negros, Cuba sería como Haití, ysi prevaleciesen los blancos y mulatos, Cuba sería como es SantoDomingo. Los cubanos, que de buena fe y de corazón estén con losrebeldes, si quieren entrever y columbrar el porvenir que siga á sutriunfo, bien pueden mirarse en el citado espejo. Harto lo comprenderáel señor Clarence King, coincidiendo con mi parecer; pero por ciertapúdica delicadeza no deja ver el fondo de su pensamiento. El fondo de supensamiento es que Cuba llegue á ser una estrella más en la bandera desu patria. Adiós entonces idioma, casta, sangre y linaje españoles en laIsla. En ella, al cabo de veinte ó treinta años ó de menos, no sehablaría más que inglés. Todo hombre de origen español desaparecería dela Isla más pronto que desaparecieron los indios cuando se apoderaron dela Isla los españoles.

¿Pero qué mal, qué daño, qué terribles ofensas hemos hecho los españolesde la Península á los españoles de Cuba, para que á ser unos connosotros prefieran algo á modo de suicidio colectivo?

Nada prueba menos que el exceso de prueba. Figurémonos que el Sr.Clarence King tiene razón; que los españoles no sabemos gobernarnos;que nuestra administración es absurda y corrompida. Con esto no probarásino una cosa: que si los cubanos toman muy á pecho su desgobierno, nodeben separarse de España, sino separarse de ellos mismos y ser otros delos que son, y convertirse, por ejemplo, en yankees. ¿En una nacióntan democrática como es y ha sido siempre la nuestra, qué diferenciapuede haber ni hubo nunca entre un español de Cuba ó un español, v. gr.,de Málaga, de Loja ó de Logroño? ¿Los que alternan, en España, en elpoder, con turno más ó menos pacifico, los Narváez, los Cánovas y losSagastas, ¿no pudieron ser cubanos? ¿Qué inferioridad hemos supuestonunca, ni por ley ni por costumbre, que exista entre un español de poracá y un español de por allá? La igualdad más perfecta entre todos losespañoles de la Península y de Ultramar ha sido proclamada siempre enleyes, pragmáticas, ordenanzas y decretos. Felipe II la proclamósolemnemente con palabras citadas por el mismo Sr. Clarence King. Siesta unidad legal existió bajo un poder absoluto, lo mismo era para lospeninsulares que para los cubanos, y estos últimos no podían pretenderentonces ser más libres que nosotros. Pero no bien hubo en España unaConstitución liberal, en 1812, la Asamblea que formó esta Constitucióndeclaró, adoptando la elevada idea de Felipe II, que la nación españolaes el conjunto de todos los españoles de ambos hemisferios. Laslibertades de que desde entonces debieron gozar los peninsulares lasdebieron gozar también los cubanos. No fué culpa nuestra que FernandoVII, el Deseado, diese al traste con todas esas libertades, no bienvolvió á España en 1814. Renacieron dichas libertades en 1820, envirtud, por desgracia, de un motín militar, que puede considerarse comoel pronunciamiento inicial en la larga serie de pronunciamientos quedespués ha habido. Y menos culpa nuestra es aún que, en 1823, así lospeninsulares como los cubanos, perdiésemos de nuevo las mencionadaslibertades, por obra de los cien mil hijos de San Luis, sostenidosmoralmente por la Santa Alianza, ó sea por Rusia, Prusia y Austria, conel beneplácito sin duda de la libre Inglaterra.

De cuantas crueldades y tiranías y de cuantas muestras de grosero,torcido y falso celo religioso hizo y dió entonces un partido fanáticopor el afán de extinguir en España la civilización moderna y deretroceder á una edad de ignorancia y barbarie, que jamás existió y fuécompletamente soñada, más culpa que dicho partido fanático y serviltuvieron la Santa Alianza, los franceses que ejecutaron sus órdenes ycasi toda Europa, abrumando con su peso al pueblo español y desatandolas manos de Fernando VII para que, en premio de haber peleado por sutrono, cargase á este pueblo de cadenas. Pero aun así, justo es confesarque los cubanos fueron los que menos padecieron, si es que algopadecieron, de este último absolutismo de los diez años.

Una prueba más de que no son los españoles peninsulares tan culpablesde este absolutismo de los diez años, sino de que nos le impusieron lasmás poderosas naciones de Europa, es que desde que en 1834 hubo enEspaña un gobierno liberal, los gobiernos de esas naciones se negaron áreconocerle, le volvieron la espalda y favorecieron al pretendiente, reyde los fanáticos y serviles. El nuevo orden de cosas no fue reconocidoen España, por Prusia y Austria hasta después de la revolución de 1848,y por Rusia hasta 1857.

Y como yo no quiero condenar á nadie en más de lo justo, y menos ánaciones tan ilustres como Rusia, Prusia y Austria, ni quiero tampocoinjuriar al partido absolutista español, diré que alguna explicación yhasta disculpa tuvieron el odio y el terror de ellos á las modernaslibertades, ya que tanto glorificaban, como el Sr. Clarence King, laprimera Revolución francesa. Por pasmosos que hubiesen sido sus triunfosguerreros, no bastaban á atenuar las atrocidades de Dantón, Marat yRobespierre, y los espantos del Terror y de la guillotina; y fue lopeor que todo ello tuviese por resultado un gran genio militar sin duda,pero á la vez un déspota, que humilló y ensangrentó la Europa entera,sin que el más hábil y sutil profesor de filosofía de la historia puedadescubrir, fuera de la ambición personal, del prurito de elevar á lafamilia y á los amigos, y del afán del predominio de un pueblo sobre losotros, propósitos y fines altos y providenciales, parecidos á los quemás ó menos conscientemente tuvieron Alejandro y César.

Será pensamiento mío, que tal vez escandalice á muchas personas, peroque ahora se me ocurre y no puedo menos de expresarle: la primeraRevolución francesa, en vez de acelerar el advenimiento de la libertadverdadera y los progresos del linaje humano, vino á atajarlos,poniéndoles, como obstáculo que tienen que saltar en su curso, el miedoy la repugnancia que los desórdenes y crímenes de la Revolucióninspiraron.

Como quiera que ello sea, pues sería muy largo discutirlo aquí, vuelvo ála cuestión de Cuba. Hoy que tenemos libertad, los cubanos la tienentambién como nosotros. Sus senadores y sus diputados toman asiento ennuestras Cortes. Allí defienden sus intereses, allí piden reformas, allíconcurren á legislar con los demás representantes del pueblo, y aun sonmás considerados y atendidos. Nunca, pues, la rebelión ha sido menosjustificada que en el día por motivos políticos.

¿Lo será acaso por motivos económicos? Menos aún. Los cubanos no pagantanta contribución como nosotros. Apenas pagan contribución territorial.Pagan en las aduanas. Y si algún empleado de los que van de laPenínsula, se enriquece por allá, bien puede afirmarse que no es á costasino con beneficio de ellos, favoreciendo el contrabando.

En lo tocante á la solicitud con que el gobierno de la metrópoli procurael fomento de la producción agrícola, de la industria y del comercio deCuba, se llega á un extremo casi increíble. En prueba de ello, bastecitar el Tratado que los señores Foster y Albacete negociaron enMadrid, siendo Presidente de la República el Sr. Arthur, y que el Sr.Cleveland, no bien entró en la Casa Blanca, retiró sin consentir que seratificase. Si el Tratado hubiese sido ratificado, los azúcares de Cubahubieran ido á la gran República libres ó casi libres de derechos, y dela misma manera hubieran sido recibidas en Cuba las harinas, las carnesy muchos productos de la industria anglo-americana. Inútil es ponderarla prosperidad y el auge que esto hubiera traído á la perla de lasAntillas. Para lograr este fin, hubiéramos sacrificado nosotros con buenánimo la agricultura de Castilla, cuyas harinas no hubieran podidoresistir la competencia, el comercio de Santander, bastante de laindustria catalana y no cortos intereses de nuestra marina mercante.

Alguna queja tengan acaso los cubanos de que, á fin de proteger laindustria azucarera peninsular, se grave con demasiado derecho deintroducción la azúcar de Cuba; pero el fundamento de esta queja esaparente cuando se considera el corto consumo que España puede hacer yhace de azúcar, en comparación de lo que totalmente produce la Isla, quepor otra parte cuenta con más ricos, favorables y cercanos mercados.

Dice el Sr. Clarence King, que por codicia, por la riqueza que de laIsla sacamos, y por lo que esperamos sacar, nos resistimos á que seaindependiente y libre. A mi ver, nada hay más falso; y creo que de losdieciocho millones que hay de españoles, sólo no pensarán como yo mil ódos mil á lo más. Todos sabemos que en los cuatrocientos años que haceya que poseemos á Cuba, sólo durante quince ó veinte ha habido sobrantesen las Cajas de Ultramar. En los otros trescientos ochenta y tantosaños, Cuba no nos ha valido sino gastos, sacrificios y desazones. ¿Puesentonces—dirá el Sr.

Clarence King—por qué España no abandona á Cuba?La pregunta equivale á la que pudiera hacerse á una buena madre, cuyahija mimada no le trajese más que gastos, si se le aconsejara que ladejase en plena libertad para que ella se ingeniase y buscase quien conmás lujo la mantuviera. Conservar á Cuba no es para nosotros cosa deprovecho, sino punto de honra de que España no puede prescindir.

La nación que ha descubierto, colonizado, cristianizado y civilizado áAmérica, tiene más derecho que ninguna á ser y á llamarse americana, aundentro de las doctrinas de Monroe, y tiene el deber sagrado é ineludiblede sostener este derecho con razones y con armas, hasta donde susfuerzas alcancen y mientras su sangre, su dinero y su crédito no seagoten.

No se comprenden los argumentos que se puedan alegar en los EstadosUnidos para proclamar la beligerancia de los insurrectos cubanos y paraexcitar acaso á otras potencias á que también la declaren. No hubierahabido menos motivo para pedir ó declarar hace años la beligerancia delTempranillo, del Chato de Benamejí ó de los Botijas. No se conducenmejor Máximo Gómez y su cuadrilla ni atinan con más habilidad áescabullirse de sus perseguidores. Las diferencias que hay sonfavorables á aquellos antiguos bandidos de la Península, porque no eranincendiarios, y porque, cuando se acogían á indulto, cumplían comocaballeros y no volvían á las andadas, engañando y burlando á los quelos habían indultado.

En la pasada guerra civil cubana, el conde de Valmaseda, ofendido deestas villanías con que era burlada y pagada la generosidad española,dió un bando, no he de negar que harto violento; pero esto no basta parajustificar la nota dirigida por el Sr. Fish, secretario de Estado, alministro de España en la gran república.

Esta nota es una dura reprimenda hecha en nombre de la civilizacióncristiana y de la humanidad, por alguien que debió de creerse, sin elmenor interés, representante y Encargado de Negocios de dichacivilización y aun del linaje humano, y con autoridad para dirigirse ánosotros como á un subordinado suyo. Fueran las que fueran las faltascometidas por el conde de Valmaseda, el Sr. Fish cometió al dirigir lanota un atentado contra la soberanía, la autonomía y el decoro deEspaña, cuyo ministro, si su gobierno no hubiera sido tan débil y lehubiera prestado apoyo, lo menos que hubiera debido hacer es devolver lanota sin contestación, dándola por no recibida, como alguna otra nota,menos insolente y soberbia, se devolvió en Madrid á un ministroanglo-americano.

Ahora, por fortuna, si de algo han pecado el noble general MartínezCampos y los demás jefes y autoridades de España en Cuba, ha sido delenidad, de espíritu de conciliación y de generosa confianza. Repito,pues, que no se comprenden los argumentos que pueden alegarse en losEstados Unidos para declarar la beligerancia de los insurrectos cubanosy para excitar á otras potencias á que la declaren.

Ni el gobierno español ni sus agentes han cometido ni cometerán en Cubacrueldad alguna. Aunque los foragidos que están asolando el llamado, porel Sr. Clarence King, fecundo paraíso, no merecen que las potenciascultas de Europa los amparen ó los protejan, no contra nuestra saña,sino contra nuestra justicia, yo espero que ésta se temple y mitigue conla mayor misericordia; mas no por eso acierto á explicarme que á loscabecillas rebeldes, á los principales al menos y á los que no tienensiquiera la excusa de ser cubanos y de estar cegados por un malentendido amor á la patria, se les perdone si llegan á caer en poder denuestros soldados. Justo y necesario será algún saludable escarmiento.

Difícil es, cuando no imposible, descubrir el motivo de queja que, ennación tan grande y generosa como los Estados Unidos, pueda haber contraEspaña, bastante á mover á mucha parte de su ilustrada prensa periódica,al Sr. Clarence King y á una respetable comisión de senadores, á quepidan, valiéndose de mil injurias contra España, que el gobierno de lagran república declare beligerantes á los insurrectos, procure queotras potencias también los declaren, y garantice así la impunidad detodos ellos para el día en que depongan las armas, cansados de andar ásalto de mata y de perpetrar toda clase de delitos. Por el contrario,España es quien puede quejarse por no pocos motivos: porque la acogida yel favor que reciben en aquel país los ingratos y rebeldes hijos deEspaña excede sobremanera á la más franca hospitalidad, y porque bienpuede recelarse que excitado por ellos el gobierno anglo-americano hamostrado con frecuencia cierto prurito de vejarnos y lastimarnos.

Hay una, en mi sentir, detestable costumbre, fundada en torcidosprincipios de Derecho internacional, que prevalece en todas las nacionescultas, y no lo negamos, también en España. Hablo de la exageradaobligación en que se creen los gobiernos de proteger á sus súbditos enpaís extraño y de pedir, hasta con amenazas, que reciban indemnizaciónde perjuicios que se les causen ó pérdidas que tengan.

Los gobiernos, movidos por la opinión pública, extraviada ó violenta,reclaman, tal vez sin mucha gana y por cumplir, pero reclaman, y suelennacer de las reclamaciones, tirantez, enfriamiento de amistad y hastaconflictos. Y es lo más deplorable, que cuando la potencia que reclamaes fuerte, humilla á la débil, en ocasiones la atrepella y casi siemprele saca el dinero. Y en cambio, cuando es más débil la potenciareclamante, en vez de salir airosa, es desdeñada en su reclamación, ysu súbdito ofendido se queda burlado en vez de lograr ser indemnizado.

Cuando por cualquiera circunstancia se equilibran las fuerzas de laspotencias reclamante y reclamada, suelen originarse hasta guerras,aunque para declararlas se busque ó se invente otro fundamento. Así, porejemplo, si bien se rastrea y aun se escarba hasta llegar á la raíz dealgunas expediciones belicosas, se verá que nacen de reclamaciones pocoatendidas de particulares. Probablemente, si Francia y España nohubieran reclamado algo en balde para súbditos suyos, tal vez nuncahubieran tenido la ocurrencia de favorecer en Méjico á un partidomonárquico y un tanto aristocrático y de ir allí á levantar el trono,que pagó más tarde muy caro un príncipe egregio y bondadoso. Tampoco sinreclamaciones hubiera habido guerra del Pacifico, ni bombardeo deValparaíso y del Callao.

Cuando la nación de quien se reclama es débil, sin duda que no hayguerra, pero suele haber violencia y atropello. Así, pocos años ha (yprescindo de todo disimulo diplomático) Italia contra Colombia.

Véase, pues, con cuánta imparcialidad reconozco que apenas hay potencia,incluso España, que no adolezca de esta manía de reclamar exageradamenteen favor de sus súbditos, establecidos ó de paso, en país extranjero,aunque cristiano y civilizado como aquel de que son naturales. A mi ver,sería bueno y provechoso decidir en el primer gran Congreso diplomáticoque haya, que esa protección del súbdito en país extranjero no laejerza ninguna potencia cristiana y culta, sino cuando dicho súbditovaya á vivir á un país bárbaro ó resida en él, y que, si reside en unpaís culto y cristiano, como el país de que procede, se someta á lasleyes, usos y costumbres del país de su nueva residencia, sufra lasmolestias y se exponga á los peligros que allí sufren ó á que allí seexponen los demás, y reclame contra cualquier agravio ó daño, no por lavía diplomática, sino por los medios y recursos que le preste lalegislación del país adonde voluntariamente ha ido.

Así se evitarían muchos males. Así se evitaría que, en ocasiones, en vezde ser una ventura que venga un extranjero, con capital ó coninteligencia ó con ambas cosas, á un país pobre y débil, sea unacalamidad ó un ominoso preludio de vejámenes y sobresaltos, y así seevitaría que el extranjero que pasa de un país débil á un país fuertesea desatendido y acuda en balde, en cualquier reclamación, á sulegación, á su cónsul ó directamente á su gobierno.

Hasta hoy no se ha pensado en esta reforma del Derecho internacional,que ligeramente dejo indicada. No clamo, pues, contra la costumbreprotectora. No protesto del uso, sino del abuso. Y lo que más lamento esque en los Estados Unidos se haya sutilizado y alambicado tanto el uso óel abuso, que no reclaman sólo en favor de legítimos, castizos y nativosanglo-americanos, sino en favor de cualquier cubano rebelde que se va ála gran república huyendo de la autoridad española por delitos políticosque su nueva patria adoptiva no considera como tales. Han procedido deaquí muchas reclamaciones, que hemos satisfecho con longanimidadlastimosa, por donde los rebeldes, al ver la protección triunfante quese les otorga y la condescendencia con que España la acepta y paga,desdeñan á España y reciben alicientes y estímulos para rebelarse contraella.

A despecho de tanta dificultad, entre las cuales, como se ve, cuentanpor algo las que los Estados Unidos nos suscitan, todavía espera lamayoría de los españoles, y yo con ella, que Cuba, por ahora, no ha deser libre, como el Sr. Clarence King ansía y propone. Esperemos queCuba siga siendo libre, pero española, como la metrópoli desea, perotenga por seguro el Sr. Clarence King que, si por desgracia y lo queDios no permita, se agotasen nuestros recursos y tuviésemos queabandonar la gran Antilla, no hay español peninsular que sueñe porespíritu vengativo con que aquello se vuelva ó yankee ó merienda denegros. Por cima del patriotismo y más allá del patriotismo, vive yalienta en nosotros el amor de casta ó de raza. Ojalá, primero, que Cubasiga siendo española; pero si Cuba deja de serlo, ojalá que sea pronto,para gloria y satisfacción de la antigua madre patria, una granrepública cultísima y floreciente.

Entonces, Máximo Gómez, por ejemplo,á quien ahora fusilaríamos ó ahorcaríamos sin escrúpulo y para cumplircon una penosa obligación, brillaría con aplauso nuestro, á la altura delos egregios libertadores; podría ponerse al nivel de Simón Bolívar y deJorge Washington y tener estatuas y monumentos como los que ellostienen. Lo malo es que bien se puede apostar uno contra mil á que eseestado de florecimiento y de grandeza no llegará para Cuba, ni en muchossiglos, si prematuramente y con marcada y notoria ingratitud, lograrasepararse ahora de la metrópoli. Queden, pues, tranquilos losanglo-

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americanos y los hispano-americanos, y no recelen, que ni á JorgeWashington ni á Simón Bolívar le suscite el cielo ó el destino un rivalde gloria.

LOS ESTADOS UNIDOS CONTRA ESPAÑA

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DESDE que empezó la funesta guerra de Cuba hasta el día de hoy, en mediode los enormes disgustos y cuidados que nos afligen, algo hay quecelebrar, sirviéndonos de consuelo y dándonos esperanza de un éxitodichoso.

Celebremos pues, en primer lugar, el acendrado y generoso patriotismodel pueblo español que, por una causa que no puede traernos provecho,pero en la que está interesada la honra nacional, sufre con resignacióny hasta con gusto los grandes sacrificios de sangre y de dinero que sele han impuesto y que se le impondrán en lo futuro. Y celebremos además,prescindiendo de todo interés de partido, la enérgica y atinadaactividad con que el general Azcárraga, ministro de la Guerra, halogrado enviar á la grande Antilla, con extraordinaria rapidez, loshombres y los recursos que allí se requieren, para que la rebelión puedaser sofocada.

Poco propicia ha sido hasta ahora la fortuna á nuestros generales,cuando consideramos la magnitud de los medios que la nación y suGobierno les suministran; pero España no debe ni puede censurarlos,antes conviene que los elogie y aun los bendiga porque no desesperan dela salud de la patria.

De un general pueden exigirse valor, serenidad, autoridad y pericia enlas cosas militares. Lo que no puede exigirse, no siendo lícito culpar ánadie de que le falte, es aquella inspiración maravillosa que el geniode la guerra infunde á veces en el alma de los grandes capitanes y porcuya virtud obtienen triunfos que todas las ciencias bélicas y lasestrategias más profundas jamás explican. En Gonzalo de Córdoba y enHernán Cortés, por ejemplo, hay un no sé qué de sobrenatural que nospasma y con lo que sería delirio contar para todas las ocasiones.

En la ocasión presente y desistiendo de exigir como obligación ó comodeber las inspiraciones ó los milagros del genio, nuestros generales,antes Martínez Campos y ahora Weyler, merecen aprobación y aun aplauso.Los justifica, sobre todo, la destreza del enemigo para rehuir elcombate, escapar á la persecución y escabullirse y esconderse. En lagran extensión de la isla, en sus bosques y ciénagas, en lo quebrado yáspero del terreno á veces y en lo insalubre y mortífero de aquel climapara los europeos, encuentran apoyo los insurrectos, y nuestros soldadosobstáculos harto difíciles de superar. Si recordamos que en la primeramitad de este siglo hubo en Andalucía foragidos como el Tempranillo, elChato de Benamejí, el Cojo de Encinas Reales, Navarro y Caparrota, y queteniendo cada cual una cuadrilla de diez ó doce hombres á lo más, encampo raso, donde, si á veces el terreno es quebrado, no hay selvastupidas ni lugares pantanosos, todavía burlaron las persecuciones y sesustrajeron durante largos años á las batidas que dió el poder públicopara cazarlos, no debemos extrañar que, á pesar de nuestro valeroso yvaliente ejército, recorran la isla Antonio Maceo, Máximo Gómez y otrosmalhechores, con disfraz de patriotas, y que talen, incendien y saqueensin que se haya logrado aún capturarlos é imponerles el castigo quemerecen.

La disculpa del poco éxito alcanzado hasta ahora no puede tenerfundamento más sólido ni más claro.

En cambio son dignos de omnímodas alabanzas, singularmente en el generalMartínez Campos, el noble patriotismo y la suprema abnegación con quefué á Cuba, exponiéndose en una lucha sin gloria á la mengua ó á lapérdida de su crédito, que ya no podía ser mayor. Y no menos alabanzapiden la lenidad, la dulzura y el espíritu de conciliación con que elgeneral Martínez Campos, durante todo el tiempo que ha mandado en laisla, ha tratado á los diferentes partidos políticos que en ella hay,sin excluir á los que llenos de imperdonable ingratitud hacia lametrópoli y ciegos por ambición ó por falso y torcido amor al suelonatal, anhelan y buscan la separación de Cuba y de España.

A pesar de esta conducta circunspecta y humana del general MartínezCampos, en nada desmentida hasta el día por su sucesor el generalWeyler, y á pesar de que los insurrectos no tienen residencia fija niguarida permanente, sino que andan á salto de mata, más que comosoldados como ladrones, ha ocurrido lo que á nadie sorprende, porque sepreveía; pero lo que á toda persona honrada y juiciosa escandaliza yaturde.

El Senado anglo-americano, después de larga discusión, en quemuchos de sus más notables individuos se han desatado en groserísimasinjurias contra España, ha estimulado y autorizado al presidenteCleveland para que, en el momento que considere más oportuno, declare labeligerancia de los insurrectos.

Durísimo, feroz es el ultraje que el Senado anglo-americano ha hecho áEspaña y que la Cámara de representantes de la misma República casi porunanimidad ha confirmado luego; pero aunque los periódicos másacreditados de la Península miran con calma la ofensa que hemos recibidoy recomiendan al pueblo español prudencia y sufrimiento, todavía quieroyo, valga por lo que valga y hasta donde mi voz pueda ser oída,recomendar prudencia y sufrimientos mayores.

Es innegable que en la resolución que se ha tomado y en los motivos quese han alegado para tomarla se nos ha hecho el insulto más sangrientoque hacer se puede. Un sujeto cualquiera, medianamente celoso de suhonra, ofendido así por otro sujeto, quedaría afrentado, humillado yescarnecido si no pidiese y buscase la venganza en un duelo á muerte.Pero ¿qué paridad hay entre lo que sucede y debe suceder cuando se tratade particulares y lo que sucede y debe suceder entre dos potenciassoberanas?

Los padrinos de los particulares desafiados, cumpliendo con las leyesdel honor y del duelo, no consienten que nadie riña en él con ventaja,ni uno contra cuatro, ni con mejores ni más poderosas armas éste que elotro, sino que todo lo equilibran procurando la posible igualdad defuerzas ó de destreza y de probabilidades del triunfo. Muy bueno ydeseable sería que no hubiese riñas sino paz entre los hombres; pero yaque hay riñas, es laudable y extraordinario progreso el desafío bienordenado entre particulares. Por el contrario, la guerra entre naciones,á pesar de cuanto han ganado los usos y costumbres, y á pesar de losdecantados progresos del derecho de gentes, sigue siendo casi tandesordenada y salvaje como en los tiempos antiguos, por más que esto sevele ó disimule con refinamientos hipócritas. Una nación, aislada comolo está España, con menos de la cuarta parte de habitantes que tienenlos Estados Unidos y con muchísimos menos recursos pecuniarios paracomprar ó fabricar los costosísimos medios de destrucción que hoy seemplean, incurriría en un heroico delirio y cometería un acto deinaudita temeridad en provocar á dichos Estados, pidiéndoles, consobrada energía, satisfacción de una injuria, que, en mi sentir, sepuede por ahora disimular sin desdoro. Obvias son las razones que tengopara aconsejar este prudente disimulo, por parte de los poderespúblicos, se entiende, y quedando á salvo la lengua y la pluma de cadaciudadano español, para devolver con creces agravio por agravio y paradesahogarse hasta quedar satisfecho y pagado.

Entiendo con esto que un desahogo particular, con el motivo de que vamostratando, es disculpable, aunque á poco ó á nada conduzca: perocualquiera manifestación colectiva en ofensa y en odio de la granRepública Norteamericana sería hoy por todos estilos perjudicial ycontraproducente, y nos quitaría mucha parte de la razón, de que debemoscargarnos. Veo, pues, con verdadero contento la circunspección y eljuicio con que casi todos los periódicos de España aconsejan al puebloque se abstenga de tales manifestaciones, y la prudente energía con queel Gobierno se apercibe á prevenirlas ó á reprimirlas.

Pero yo aún voy más allá en excitar al Gobierno á la longanimidad y á lapaciencia.

Creo que el Gobierno no debe siquiera pedir por la víadiplomática satisfacción al gobierno de Washington por las groserasinjurias y calumnias que han lanzado contra España varios senadoresdesde el Capitolio de Washington.

Hay que tener en cuenta que en aquella gran República no suelen ser los politicians las gentes más estimadas, mejor educadas y más sensatas:que por allí no se guardan en las discusiones públicas el mismo decoro yla misma cortesía que en los Parlamentos europeos, y que en el estilo yhasta en los modales se advierte cierta selvática rudeza, por influjoacaso del medio ambiente, por cierto atavismo, no transmitido porgeneración como el pecado original, sino por el aire que en aquelloscírculos políticos se respira. Cuando en los escaños de un Cuerpocolegislador se masca tabaco, se colocan los pies más altos que lacabeza, y cada senador se entretiene con un cuchillito y un tarugo demadera en llenar el suelo de virutas, no es de extrañar que se digan yse aplaudan las mayores ferocidades, como si oradores y oyentesestuviesen tomados del vino.

No prueba esto, ni mucho menos, que la mayoría de aquella gran naciónpiense y sienta como sus apasionados politicians; antes es de esperarque esa mayoría, si con quejas violentas no la solevantamos nosotros yno nos enajenamos su voluntad, proteste, al ver nuestra serenidad ynuestra cordura, contra los agravios que los senadores nos han inferidoy dé con su protesta el conveniente vigor y el indispensable apoyo alpresidente Sr. Cleveland, para que él proteste también sin que nosotroslo pidamos ó lo exijamos y para que no se prevalga de la insinuación ydel permiso con que le excitan y facultan á reconocer la beligerancia.

Claro está que el Gobierno español debe estar prevenido para todoevento, sin que ninguno por peligroso que sea, le sorprenda ó leasuste; pero, al mismo tiempo, nos atrevemos á recomendarle placidez ycalma.

Aun suponiendo al Sr. Cleveland amigo de España ó amigo al menos de lajusticia, no comprendo qué nos propondríamos lograr si de oficio pidierasatisfacción nuestro Gobierno de las injurias que nos han dirigido lossenadores. Inútilmente pondríamos al Sr. Cleveland en el mayor apuro, yaque él no tiene fuerza para castigar á los senadores que se haninsolentado contra nosotros ni para moverlos á que se retracten y cantenla palinodia. Lo más que el Presidente podría hacer, sacrificando acasoun poco de su popularidad é indisponiéndose con los senadores para estarfino y amable con nosotros, sería decir que deploraba que nos hubieseninjuriado. Tal función de desagravios es tan triste y tan incompleta quelo mejor es que no la haya. Lo mejor es que el Gobierno español noaspire á que el Sr. Cleveland declare que nos tiene algo á modo delástima.

En suma, á pesar de las ofensas que se nos han hecho hasta ahora en elSenado, y á pesar de que yo doy por seguro que no han sido menores lasque se nos han hecho en el Congreso, yo creo que el Gobierno de lanación española no debe darse por entendido, ni considerarse herido desemejantes ofensas, ni formular contra ellas en documento oficial laqueja más mínima. Esta queja sería una confesión de que nos han tocado ymaltratado, sería poner á la nación española al nivel de susdetractores, sería confesar que los tiros de éstos han subido muy alto yhan tenido fuerza para atravesar el escudo del soberano desprecio conque España debe desdeñarlos.

España, prescindiendo de la resolución que en pos de los insultos puedevenir, arrastrándonos fatalmente á una guerra sangrienta y ruinosa, yconsiderando sólo los insultos, conviene que los juzgue y condene conlas palabras mismas del gran poeta inglés: «Tales told by idiots, fullof sound and fury, signifying nothing».

En los momentos difíciles en que se halla en el día la nación española,es antipatriótico todo espíritu de oposición contra el Gobierno. Debemosdesear que acierte, y para su acierto debemos coadyuvar en la medida denuestras fuerzas, sin poner el menor estorbo y sin apelar á la censurani mostrar disgustos sino en casos extremos. A fin de no precipitar alGobierno á un rompimiento prematuro con los Estados Unidos, lo primeroque importa comprender es que no se debe ligeramente pensar que el honorde España está ofendido y comprometido por aquello y en aquello por loque no puede estarlo. Válganos una comparación para aclarar esteconcepto. Si un solo hombre se viese acometido por cuatro ó por máslocos furiosos, mejor armados y con mayores medios de defensa y deofensa, y los cuatro le insultasen, y además quisiesen con amenazasintervenir en los negocios de él y hasta disponer y apoderarse de suhacienda, el hombre así atacado lo primero que haría sería prescindirde los insultos y procurar pidiendo auxilio y por todos los mediosrechazar las injustas pretensiones y exigencias de sus poderososagresores. En último resultado, si permaneciese solo y nadie acudiese ensu ayuda, lo noble y lo heroico sería combatir él solo contra los cuatrohasta vencerlos ó morir; pero también sería delirio, y vanidad ypundonor mal entendido el combatir solo y desde luego sin intentar quealguien viniese en nombre de la equidad y de la justicia á poner á rayaá su enemigo y á evitar la desigual é injusta contienda con que suenemigo le amenazaba si no cedía ó se humillaba á su capricho, á susoberbia y á su codicia acaso.

Quiero significar con esto que, á mi ver, el Gobierno español, sindirigir la menor queja al de Washington, en lenguaje tan templado ycircunspecto como firme, en nota circular dirigida á las principalesnaciones de Europa, debe escribir una protesta contra la resolucióntomada por el Senado y por el Congreso de los Estados Unidos,demostrando con razonamientos y autoridades y citas que los mencionadosCuerpos Colegisladores han infringido el derecho de gentes al declararbeligerantes á unos foragidos, han faltado á las buenas relaciones deamistad con España fomentando y favoreciendo el espíritu de rebelión dealgunos cubanos, y han desconocido la autonomía y soberanía de Españaosando amenazarla con intervenir en sus interiores asuntos y excitándolaá que se desprenda de gran parte de su territorio y de la población quehay en él, lo cual es todo suyo legítimamente desde hace cuatro siglos.

Yo no puedo creer que Francia, Inglaterra, Alemania y otras grandespotencias de Europa dejen de darnos la razón: no se pongan de nuestrolado á fin de impedir que violentamente se nos veje y se nos quieradespojar de lo que poseemos, amenazándonos con una guerra injusta yharto poco gloriosa para el que con ella nos amenaza, confiado en ladescomunal superioridad de sus fuerzas en hombres y en dinero.

Durante siglos España ha demostrado su valor, y bien puede ahora, sinrecelar que la acusen de pusilánime, llegar al último extremo de laprudencia y de la cordura y pedir apoyo y favor contra un enemigoreconocidamente más fuerte que ella y que trata de abusar de su fuerza.Asimismo es muy humano y muy conveniente á la civilización evitar hastadonde sea posible la efusión de sangre, los estragos, la paralizacióndel comercio y las grandes pérdidas de riqueza que una guerra traeconsigo. Nadie nos podría zaherir por esquivar esta guerra, dejando ásalvo nuestra independiente soberanía y conservando, sin acudir á lasarmas y merced al apoyo de grandes potencias, la integridad de nuestroterritorio.

Enorme desventura sería si después de dar este paso nadie nos acudiese ypermaneciésemos tan aislados como estamos ahora. Para entonces es paracuando conviene tener nuestra energía como contenida y represada yhacer brioso alarde de ella con viril serenidad, arrostrando todos lospeligros, confiando en Dios y en nuestro derecho, y combatiendo soloscontra los Estados Unidos, aunque fuesen mil veces más poderosos de loque son, sin desesperar del triunfo, ó sin hacerle pagar muy caro almenos.

Lo pasado ya no tiene remedio. De lo pasado no debiera hablarse si noencerrara una lección y un escarmiento para el porvenir.

Menester es confesarlo. En el aislamiento de España hay de nuestra parteno pequeña culpa. Cuantos gobiernos y cuantos partidos han estado enEspaña en el poder, desde hace muchos años, han propendido alaislamiento, movidos por una prudencia mal entendida y por un conceptoequivocado y mezquino de la importancia y del valer de la nación cuyosdestinos dirigían. Deberes hay que España no puede desatender y hayaspiraciones y propósitos que el alma de la nación no puede ahogar en sucentro, aunque se esfuerce por ahogarlos. Son los deberes laconservación de las Antillas y de los archipiélagos que poseemos en elPacífico. Nuestras aspiraciones, providencial ó fatalmente impuestas pornuestra misma historia, están en que nadie sin contar con nosotrosdomine en Marruecos; en estrechar cada vez más nuestras relaciones conlos portugueses; y en conservar, ya que los lazos políticos están rotos,la unidad de civilización, de idioma y de casta entre esta península ylas que fueron sus colonias y hoy son repúblicas independientes,procurando y anhelando, con poco menos ahinco é interés que nuestraprosperidad y auge los de las repúblicas hispano-americanas, hacia lascuáles nos inclina un orgullo paternal que no quisiéramos ver abatido yburlado.

Con tales propósitos y miras, el retraimiento de España es imposible: elafán de sus gobernantes de no exponerla lanzándola en aventuras, la haexpuesto más dejándola sola. Hasta nuestro desmesurado proteccionismo hacontribuído á enajenarnos la voluntad ó á entibiar al menos el afectoque pudieran sentir por nosotros algunas potencias de primer orden. Nonos ha valido para estímulo el ejemplo de otras naciones, que buscandoalianzas y aventurando algo han alcanzado bienes que parecíaninasequibles y como delirios de un ensueño. Así el Piamonte, vencido yruinosamente multado, después de Novara, ha venido á lograr lo que enbalde se pretendía desde hace siglos: la unidad de Italia, sólomomentáneamente lograda bajo el cetro del rey bárbaro Teodorico.Austria, para tener apoyo y alianza, se ha unido en estrecha amistad conlos dos pueblos que más la han agraviado: con los italianos, que hanconseguido arrebatarle el Milanesado y el Véneto, y con los prusianos,que la vencieron y la despojaron de la hegemonía en Alemania. Franciamisma, desechando antiguas enemistades, busca con fina y constantesolicitud la amistad de los rusos y los lisonjea y los encomia, poniendode moda hasta las rarezas y excentricidades de sus escritores. Tal vezEspaña sea la única nación que por el afán de no comprometerse haesquivado toda amistad y se ha quedado sola. Si sigue así, si nadieacude á sostenerla, escarmentará al verse en tan cruel abandono.

Por fortuna, aun sin contar con alianzas que no hemos buscado y consimpatías que no hemos procurado crear ni fomentar, todavía nos quedaalguna esperanza de que las grandes potencias de Europa se pongan denuestro lado, vuelvan por nosotros y hagan respetar nuestro derecho.Sería extraño que sufriese en silencio el presuntuoso descaro con quelos diputados y senadores yankees se constituyen en tribunal delhumano linaje, en hierofantes de la filantropía y la cultura, reprobandoy anatematizando la conducta de una nación soberana en su gobiernointerior, sometiéndola á su fallo y tratando de imponerle castigosinfamantes, de desmembrarla á su antojo y de despojarla de parte de susbienes. Todavía es más odiosa y ridícula esta pretensión al notar que seapoya en la necia doctrina de Monroe. ¿Qué significa racionalmente queAmérica ha de ser para los americanos? ¿Dónde están los americanos áquienes América en todo caso pertenece? Los que han dejado vivos los yankees están acorralados como toros bravos en una dehesa ó comojabalíes en un coto. Fuera de esto, América es y seguirá siendo, durantemuchos siglos, de los europeos. La religión, la ciencia, la cultura, losidiomas en que se habla y se escribe, todo es allí de Europa.

Si hahabido allí algunos historiadores ilustres, algunos poetas inspirados,y tal cual mediano pensador, en inglés, en portugués ó en español hanescrito; si algo han inventado, no ha sido lo bastante, ni para torcerel rumbo, ni para acelerar el paso y aumentar el vigor y la firmeza conque la humanidad sigue su marcha progresiva elevándose á superioresesferas. Todo cuanto los yankees han pensado, inventado ó escrito,podrá ser un brillante apéndice; pero no es más que un apéndice de lacivilización inglesa. Será una cola muy lucida, pero no es más que lacola. El núcleo, el foco, el centro luminoso, el primer móvil, cuantoilumina y mueve aún á la humanidad en su camino, está en Europa y no hapasado á América ni es de temer que pase. La antorcha del saber y de lainteligencia, la férula del magisterio, el timón de la nave, el cetro dela soberanía mental están en Europa desde hace tres mil años.

Ni los persas, ni los cartagineses, ni los árabes, ni los tártaros, nilos turcos, lograron arrebatárnoslos en sus ingentes y tremendasexpansiones. Es, pues, cosa de risa el prurito de los yankees, su maldisimulado deseo de arrebatárnoslos ahora. Y si no pretenden esto, si noaspiran sino á un nuevo divorcio entre ambos hemisferios ¿qué significala doctrina de Monroe? Todavía en las Repúblicas hispano-americanas, sila suerte les hubiera sido más favorable y si no estuvieran tanabatidas, la doctrina de Monroe tendría explicación, tendría fundamentojustificado. Allí hay un elemento indígena: allí hay americanos deverdad. Hasta de la mezcla de la sangre española con la sangre india,se podría suponer que ha nacido y que se desenvolverá una raza distintay acaso superior á la europea. ¿Pero en los Estados Unidos hay algo másque el suelo que sea americano? ¿Qué significa pues la manoseada frase«para los americanos América?» ¿Con qué razón, con qué derecho, á no serpor la fuerza cuando la tengan, tratarán los yankees de echar deAmérica primero á España, y después á Inglaterra, á Francia, á Holanda yá Dinamarca, que son tan americanas como los yankees y han merecido ymerecen más aplauso y gratitud de América, porque la han colonizado,civilizado y cristianizado, implantando en ella todo el saber, toda lavirtud y todos los gérmenes de poder y de grandeza de que los yankees andan ahora tan orgullosos?

Al redactar este escrito me dejo llevar por un impulso involuntario,reconociendo lo poco que importa mi protesta y lo débil que es estealarde de patriotismo al lado de los que hacen y seguirán haciendomuchos generosos y nobles españoles, como, por ejemplo, los que residenen Méjico, y en la Península el sabio Obispo de Oviedo y el nobleMarqués de Comillas. Avergonzado por ellos de mi insignificancia, hevacilado, durante algunos días, en dar á la estampa este escrito.

Igualmente me han hecho vacilar el respeto y el afecto que profeso aún ála nación anglo-americana, á pesar de las injurias de que susrepresentantes nos han colmado, porque yo no quisiera por ningúnestilo, al devolver á dichos representantes agravio por agravio, quealguien imaginase que yo trataba de ofender á su nación aunque por sernosotros calumniados y engañada ella por vulgares prejuicios que handifundido y difunden rastreros escritores, estuviésemos empeñados en unalucha que no tiene razón de ser. Estos rastreros escritores se hancomplacido en pintarnos á los ojos del vulgo de sus compatricios comouna nación de fanáticos y de malvados. Casi les hacen creer que tenemosInquisición todavía y que hemos asesinado jurídicamente, cuando latuvimos, centenares y centenares de hombres. Se han callado muy bien, ópor mala fe ó por ignorancia, que en cualquiera de las naciones máscultas y urbanas de Europa, y sin tener Inquisición, se han cometido máscrueldades, se han elevado más cadalsos, se han encendido más hogueras,y ha hecho más víctimas que en España la superstición religiosa. EnInglaterra, metrópoli de los Estados Unidos, cuentan autores inglesessobre treinta mil brujos y brujas ajusticiados; víctimas del fanatismohan perecido allí reyes y reinas, y mártires tan gloriosos como TomásMoro.

Lutero, Calvino y Knox sólo pedían libertad religiosa cuando estaban enminoría. En Escocia aún se quemaban brujas en el siglo pasado. Y en losmismos Estados Unidos, sólo en Salem (Massachusetts), se han cometidomás atrocidades y asesinatos jurídicos, únicamente á causa de labrujería, que por causa ó pretexto de religión cometió el Santo Oficioen toda la América entonces española desde Texas y California hasta elestrecho de Magallanes.

Yo no creo que los mulatos rebeldes y los negros cimarrones de Cubadespierten profundas simpatías en el alma de los legisladores yankees,ni que les den esperanza de que, declarados ya independientes, formenuna República superior á la de Haïti, y contribuyan más que nosotros alprogreso y al bienestar del linaje humano y al florecimiento y auge dela agricultura, de la industria y del comercio. Para mí, pues, esevidente que no por amor de ellos, sino por odio á nosotros, ambasAsambleas de la Unión los protegen. Y este odio, que deploro, es el queyo quisiera ver disipado. Tengo por innegable que en ningún corazónespañol, á pesar de los ultrajes recibidos, existe tal odio. Sin él, ysólo por necesidad, iremos á la pelea, si se nos acosa: si se nos pone,como vulgarmente se dice, entre la espada y la pared. Doloroso seráentonces tener que pelear contra un pueblo, en quien no podemos menos deadmirar excelentes prendas y elevados impulsos, enteramente contrarios álos que le exciten á esta injusta contienda.

Lo que yo admiro más en los Estados Unidos, hasta por el candor juvenily casi infantil del sentimiento, es su prurito de acometer portentosas ydifíciles empresas y de ver si logran sobrepujar en todo á los europeos.Hay en Europa casas de siete pisos, pues los yankees las construyende catorce; hay en Europa monumentos altísimos, pues los yankees losconstruyen cincuenta codos más altos; hay en Europa regios alcázares,cuya base se extiende sobre centenares de metros cuadrados, pues los yankees harán que se extiendan sobre millares de metros cuadrados susalcázares republicanos. Todo en América ha de ser más alto y más grandeque en Europa. ¿No está, por consiguiente, en contradicción con esteempeño de superioridad; con el Excelsior, tan hermosamente cantado porun poeta yankee y tomado como lema y santo y seña de su nación, elquerer intimidar con amenazas y fieros á una nación que se cree débil,para fomentar la rebelión de gente á quien no es posible que se estime ypara atropellar legítimos derechos? El mismo Presidente Cleveland y todoel pueblo anglo-americano debieran protestar, sin que nadie abogase pornosotros, contra los arrebatos violentos y ciegos de que se han dejadollevar sus Cuerpos Colegisladores.

Hubo en los Estados Unidos, y hay aún, porque supongo que vive, uncierto coronel Ingersoll que quiso, en su especialidad, como otroscompatriotas suyos, ir más allá que todos los europeos. Era suespecialidad un terrible aborrecimiento á Dios y un decidido empeño deexpulsarle del universo, á fin que libre del despotismo divino fuese másdichoso el humano linaje. Para esta expulsión de Dios alegaba el coronella crueldad con que Dios castiga en el infierno á los pecadores. Decíaél que si su mujer, un tío suyo ó cualquiera de sus camaradas,estuviese sufriendo las penas eternas, y él estuviese en el cielo, lediría á Dios cuatro frescas y se iría también al infierno con su gente.Pero á esto se me ocurre objetar: ¿no sería mejor y más prudente en vezde pelearse con Dios, insultarle y llamarle tirano, creer que es bueno yhasta que todo eso de las penas eternas puede ser una calumnia que lehan levantado á Dios en las Edades Tenebrosas, como el coronel Ingersolllas llama? Pues aplíquese el cuento al caso presente, y en vez de quererarrojarnos de Cuba y de insultarnos por lo crueles que somos,reconózcase y confiésese que no hay tal crueldad de nuestra parte, sinoexagerada blandura con los mambises depredadores é incendiarios. Estosería lo razonable y lo justo: que el coronel Ingersoll dejase á Dios enpaz en el cielo y se contentase con poner las peras á cuarto á Moisés ycon demostrar que no supo tanta química y tanta geología como él sabe, yque sus compatricios nos dejasen á nosotros en paz en Cuba, reconociendoque la hemos de cuidar mejor que los insurrectos si llegan á serindependientes, aunque no acertemos á hacer de Cuba el Paraíso queharían de ella los yankees, más sabios que nosotros en artes mecánicasy mejor iluminados y obsesos por los genios del comercio y de laindustria.

En suma, yo tengo cierta vaga esperanza, y pido fervorosamente al cieloque se realice, de que las grandes potencias de Europa, que formantácita confederación para dirigir y ordenar la marcha civilizadora denuestra especie, no contemplen con indiferencia la atroz iniquidad deque pretenden las Cámaras anglo-americanas hacernos blanco y objeto.Hasta confío aún en que la masa del pueblo de la Unión vuelva en sí,retroceda del camino por que quieren lanzarla, se llene de honradosescrúpulos, y vea y note cuanto hay de cobarde, de ruín y alevoso, enquerer aprovecharse para humillarnos de nuestra verdadera ó aparentepostración y de los disturbios que nos abruman. Yo no me atrevo á creerque ese pueblo, hoy en toda la lozanía, crecimiento y vigor de sumocedad, pretenda lucirse haciendo el feo papel de sacudir la coz delasno contra el león que juzga moribundo. Por todo esto, es tan posiblecomo deseable que el conflicto que se ha promovido no acabe porestallar, con horroroso estrago, como bomba de dinamita, sino que sequiebre y se desvanezca en el aire como ténue bola de jabón y de agua.

En vista de lo que queda expuesto, apenas es creíble que Inglaterra,Francia y las demás naciones de Europa que en América tienen colonias secrucen de brazos, y sólo por la culpa de que somos débiles, ó de queconsideran que somos débiles, dejen sin chistar y sin mostrar el menorenojo que los Estados Unidos nos insulten, nos vejen y nos despojen.

Pongámonos, sin embargo, en lo peor. Demos ya por seguro que nadie acudeá nuestro lado y que sin freno que los contenga, los yankees persistenen sus exigencias y en su furia. Aun así, yo afirmo que debemospasarnos de modestos, de pacíficos y de prudentes. El límite de nuestrosufrimiento debe ser el último límite. El Gobierno español, con paternalcuidado y amoroso desvelo, debe evitar cuanto sea posible los cruelessacrificios de vidas y de haciendas á que una guerra desigual nosobligue; pero llegados ya al último límite, nos conviene entender que esconsejo y no precepto evangélico aquello de que: si te piden la capa datambién la túnica. No, no debemos dar ni túnica ni capa; no debemosentregar á la codicia ó á la soberbia de los yankees ni un palmo deterreno en la isla de Cuba; ni debemos tampoco continuar pagándolestributos como por virtud de injustas y arbitrarias reclamaciones deindemnización nos los han hecho pagar durante muchos años, humillándonosal pagarlos. Antes de sufrir tanto oprobio y tan honda caída,desvanecidas ya todas las esperanzas de paz honrosa, declaremos laguerra á los Estados Unidos, hagámosla con valor, y aunque nuestrotriunfo definitivo parezca milagro, confiemos y creamos en que la era delos milagros no pasó todavía.

¿Quién sabe si el sacudimiento terrible que tendrá que producir estaguerra no será una crisis saludable que nos levante de la postración enque estamos y nos coloque de nuevo entré las grandes naciones del mundo?Unidos todos en un esfuerzo común, olvidaremos nuestras divisiones departidos, nuestras rencillas políticas y nuestros desventuradosregionalismos. No seremos republicanos, ni carlistas; canovistas, nisagastinos; pero seremos ministeriales todos; y no nos jactaremos de seraragoneses, catalanes, castellanos ó vascos, porque todos seremosespañoles.

Nuestro ejército, lejos de lamentar la guerra, se alegrará de que,merced á la guerra, podrá luchar con alguien que dé la cara, que no seanforagidos que huyen y se esconden, y en cuyo vencimiento se puedealcanzar alguna gloria. Nuestros generales, por último, se alegrarán másaún, porque tendrán ocasión de mostrar lo que valen, en vez de jugar alescondite con enemigos que se ocultan y de sacrificar á sus soldados, nopor exponerlos á las balas de esos enemigos y á sus celadas y sorpresas,sino por las inclemencias y las fiebres de un clima mortífero paraellos.

Aunque soy optimista, aunque no pierdo nunca la esperanza, aunque creoque ahora tienen los españoles el mismo gran ser que tuvieron á finesdel siglo XV y durante todo el siglo XVI, cuando fué el apogeo de sugloria, si bien no temo la guerra, tampoco la deseo. No tienen la culpalos ciudadanos de los Estados Unidos en general de la soberbiadisparatada, de la ignorancia y de la codicia de sus representantes y desus senadores. Y yo, sin poderlo remediar, no excluyo de mi amor por ellinaje humano al pueblo de los Estados Unidos, donde hubo y hay hombresy cosas que me son simpáticos: elegantes é inspirados poetas comoLongfellow, Russel-Lowell y Whitier; algunos pensadores, si pocooriginales, discretos é ingeniosos como Emerson, imitador de TomásCarlysle; varios historiadores, aunque poco profundos, amenos yagradables de leer, salvo cuando tratan de sus propios asuntos, porqueentonces suelen ser más pesados que el plomo; varios divertidosnovelistas, y sobre todo, hombres de tan aguda

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inventiva que ya brillancomo Edison, empleando la electricidad en no pocos útiles y pasmososartificios, ya producen la máquina de coser, que siempre que lacontemplo me deja embobado. Yo admiro además la belleza, el talento y larefinada cultura de las mujeres anglo-americanas, las cuales son la máspreciosa y segura garantía de que si se llevase á su práctica huraña ladoctrina de Monroe y se volviese á establecer el divorcio entre elantiguo y el nuevo mundo, no volverían los habitadores del último áandar vestidos de plumas y de pieles, á sacrificar seres humanos á losídolos y á comerse unos á otros. Yo admiro el salto del Niágara, lariqueza y prosperidad de los Estados Unidos, la magnificencia yesplendor de sus grandes ciudades, como Nueva York, Boston y Filadelfia;la facilidad y comodidad con que por allí se viaja en ferrocarril, y loamables y hospitalarios que son los yankees con los extranjeros cuandoel amor propio no los ciega y cuando no se les pone en la cabeza que losextranjeros les son muy inferiores, porque entonces suelen ser hartopoco amorosos y son muy desprovistos de caridad. Díganlo si no lospobres chinos, harto duramente zurrados porque trabajan por muy cortosalario. Para no cansar, lo que es yo, á pesar de los insultos que noshan inferido, celebraría en el alma que nos reconciliásemos, nosestimásemos en más, y acabásemos por querernos bien en vez de venir álas manos.

Pero si esto no es decorosamente posible ¿qué le hemos de hacer? Pechoal agua y adelante. No hay mal que por bien no venga. Casi estoy pordecir que de todos modos saldremos gananciosos. Si somos vencidos,perderemos pronto á Cuba sin aburrirnos y cansarnos durante tres ócuatro años en perseguir á nuestros enemigos trashumantes, contra loscuales, en vez de enviar soldados, debiéramos enviar perros y hurones. Ysi salimos vencedores, que todo es posible con el favor del cielo, dondeaún conserva y cuida Santiago su caballo blanco y sus armas, entonces secorregirán muchísimo los yankees, porque se les bajará el orgullo quees su mayor falta; y yo, aunque estoy abrumado por las enfermedades ylos años, me regocijaré al contemplar á los yankees más apacibles ybenignos, menos duros é insolentes con nosotros, renegando de sutontería de doctrina de Monroe, y alargándonos sin rencor y como Diosmanda la mano de amigos.

Entonces cantaría yo un magnífico Te Deum allá en el fondo de mi alma,y exclamaría remedando al viejo Simeón: Nunc dimittis servum tuumDomine, secundum verbum tuum in pace, quia viderunt oculi mei salutaretuum.

QUEJAS DE LOS REBELDES

DE CUBA

——

DON Rafael María Merchán es uno de los escritores de más saber y talentoque hay en el día en la América española. No he de negarle yo estaalabanza, porque él sea tan descastado y tan acérrimo enemigo.

Años há, me envió un libro suyo titulado Estudios críticos. Yo lecelebré en mis Cartas americanas. Después creo que tuvimos ciertapolémica y que el Sr. Merchán escribió un folleto contra varias de misafirmaciones.

Desde entonces hasta hoy, ni yo he hablado al público del Sr. Merchán,ni supongo que él ha hablado de mí; pero ni yo le he olvidado ni él meha olvidado tampoco. Para probarlo me acaba de hacer la fineza, que leagradezco, de remitirme desde Bogotá, donde reside, la obra reciente, de250 páginas, titulada: Cuba. Justificación de su guerra deindependencia.

La obra es curiosísima y tan llena de interés en la actualidad, que bienmerece se dé noticia de ella. Voy, pues, á hacerlo, si El Liberal,hospitalaria y bondadosamente, inserta mi escrito en sus páginas de tanpopular y difundida lectura.

Tan enfurecido está el Sr. Merchán contra España y tan deseoso desacudir su yugo, que con tal de que sea libre Cuba, aplaude á los queincendian sus sembrados y plantíos y arrasan sus cortijadas indefensas,lamentando sólo que no hayan podido hasta ahora incendiar también susciudades y convertir toda la isla en espantoso yermo.

Para hacerpatentes la heroicidad, el primor y la conveniencia de tamañadestrucción, aduce el Sr. Merchán multitud de ejemplos históricos, desdeSagunto y Numancia hasta la fecha. Y para dar más vigor á su apología,cita una octava de la Lamentación de Byron, de Núñez de Arce, donde elpoeta aconseja á los griegos que talen é incendien y lo conviertan todoen ruinas con tal de libertarse de los turcos. Hay, sin embargo, unadistinción que hacer, y de no pequeña importancia. Los griegos ibancontra los turcos, gente de muy distinta raza, civilización y creenciasreligiosas; y los griegos, cuya historia es gloriosísima y antigua, comodel pueblo iniciador de la cultura humana, creador del arte, de lasletras y de las ciencias de Europa, trataban de romper las cadenas conque los humillaba otro pueblo, rudo y bárbaro, venido del Norte delAsia, y de harto menos nobles historia y origen. ¿Qué tiene que veresto con los españoles y los cubanos, ya que los últimos, si no sonespañoles ó negros, no son nada? En el porvenir podrán ser todo lo queanhelen y sueñen: por el invencible amor á mi raza deseo yo que sussueños no sean absurdos, sino que se realicen; pero lo que es ahora, óno son nada, ó son españoles, ó son negros. Hay además otra notablediferencia, que se apoya en el dicho vulgar de que cada uno hace de sucapa un sayo. Heróicos, sublimes, son el desprendimiento y el sacrificiode los que destruyen su propia hacienda, como hicieron los numantinos;pero cuando alguien destruye ó quema lo que no le pertenece ó se quedacon ello sin quemarlo ni destruirlo, no tiene traza de héroe, sino debandido.

Veamos ahora los argumentos de que se vale el Sr. Merchán y la multitudde crímenes que atribuye á los españoles peninsulares para justificar yaun glorificar á los rebeldes de Cuba y para calificar deindispensables, de nobilísimas y de santas sus fechorías.

Hablaré primero de las acusaciones más generales y vagas que lanzacontra nosotros el señor Merchán, y pasaré luego á las más concretas.

Según él, todo español que va á América podrá conseguir cuanto desee,menos una cosa: tener hijos españoles. Si fuese verdadera la afirmación,que por dicha no lo es, toda la malquerencia, todo el odio y todo eldesdén que supone el Sr. Merchán que los españoles peninsulares tenemosá los españoles criollos, estarían, hasta cierto punto, fundados. DonMarcelino Menéndez y Pelayo hubiera podido entonces decir sin rencor,hablando de América, en su obra titulada Ciencia española, que laingratitud y la deslealtad son fruta propia de aquella tierra. El mismoSr. Merchán da la prueba de tan aventurado aserto cuando asegura que nohay español que pueda engendrar en América un hijo que no reniegue de sucasta y que no se rebele contra la nación á que pertenece. Por dicha elSr. Merchán se equivoca, y también se equivocó el señor Menéndez

yPelayo,

y

yo

lo

reconozco,

aunque

disculpo

la

última

equivocación,enmendada ya. El Sr. Menéndez incurrió en ella siendo muy joven éinexperto todavía.

Por parte de los españoles peninsulares no hay odio, ni desdén, nisombra de enojo contra los hispano-americanos. Ni uno solo de los casosque aduce el Sr. Merchán tienen el menor valor.

Don Antonio de Trueba, al apellidar á Bolívar El Libertador, dice:Nombre que uso por cuenta ajena y no en manera alguna por la propia. Yyo afirmo que, sin desdén ni odio, el Sr. Trueba hizo muy bien en nollamar por su cuenta Libertador á Bolívar. Los españoles peninsulares,sin menospreciarnos ni ofendernos, podremos llamar á Bolívar grancapitán, héroe, eminente político, ilustre y valeroso personaje; ensuma, todo lo que se quiera menos Libertador, porque esto seríaconfesar y creer lo que no creemos; que nosotros somos unos tiranosinícuos de quienes conviene libertarse.

La señora doña Soledad Acosta de Samper fué en España tan obsequiada ycelebrada como ella se merece; pero, no contenta con esto, todavía sequeja (en su Viaje á España) de que no pongamos por las nubes áBolívar, y de que no nos entusiasmemos con él. Pues si Bolívar nosvenció, ¿cómo quiere la señora doña Soledad que nos entusiasmemos? ¿Nohay hasta crueldad en exigirnos semejante entusiasmo y abnegación tandolorosa? Fuera de esta cruda mortificación de amor propio que el Sr.Merchán y la señora doña Soledad Acosta pretenden imponernos para probarque los amamos, yo aseguro que siempre hemos dado á loshispano-americanos las mayores pruebas de estimación y de cariño. Y estodesde los tiempos más antiguos hasta el día de hoy. Americano eraAlarcón, y no hay español que no le cuente entre nuestros grandes ygloriosos poetas dramáticos; casi, y tal vez sin casi, al nivel de Lope,de Calderón y de Tirso. Americana era doña Gertrudis Gómez deAvellaneda, y figura en España como la primera de nuestras poetisaslíricas desde que empezó á escribirse en lengua española hasta el día. Yla poetisa que la sigue, y que tendríamos por la primera, si laAvellaneda no hubiera nacido, es sor Juana Inés de la Cruz, tambiénamericana.

No perjudicó ni estorbó su calidad de americanos ni á Gorostiza, ni áVentura de la Vega, ni á Rafael María Baralt, ni á José Heriberto Garcíade Quevedo, para ser entre nosotros altamente encomiados, aplaudidos yhonrados con puestos y cargos importantes. Por eminentes hombres deEstado y popularisimos caudillos han pasado en España otros varonesilustres, nacidos también en América. Valga para ejemplo el marqués delDuero.

Cuantos personajes se han distinguido en la América española por susaber, por su ingenio, ó por sus hazañas, desde que la América españolase declaró independiente, han sido en España tan celebrados y queridoscomo en la República misma donde ellos nacieron. Así D. Andrés Bello, áquien admiramos como filólogo y como autor de Derecho internacional, ycuyos hermosos y elegantes versos nos sabemos de memoria; y así D.Rufino Cuervo, cuyo Diccionario calificamos de trabajo maravilloso. Nonos duele, sino que nos encantamos y nos ufanamos en poder admirar confundamento las poesías de ambos Caros, de Mármol, de Andrade, deObligado, de Restrepo, de Oyuela, de Ruben Darío y de algunos otros.

El buen gusto y la justicia no consienten que nuestra admiración sedifunda mucho más. Y, francamente, nos parece hasta cómica la censuradirigida contra la Antología de poetas hispano-americanos del Sr.Menéndez y Pelayo, porque no incluya en ella, desdeñándolos, á no sécuántos poetas de primera magnitud. Imposible parece que el Sr. Menéndezy Pelayo, que es tan erudito, no tuviese la menor noticia de esosgrandes poetas. Y si los conocía, es inverosímil que no insertase en sucolección ninguna de sus obras, cuando ha insertado en ellas, conindulgencia pasmosa, tantísimo verso insignificante y menos que mediano.El empeño de agradar á nuestros hermanos de América y el afán de mostrarque sabe mucho, disculpan al Sr. Menéndez y Pelayo; pero, hablando confranqueza, su Antología hubiera valido más, si en vez de constar decuatro gruesos tomos hubiera constado sólo de dos, y aun de uno: su Antología se asemeja á los libros proféticos que la Sibila de Cumasvendió á Tarquino el Antiguo.

Primero eran nueve y Tarquino no los quisocomprar; luego la Sibila los redujo á seis, y Tarquino no los comprótampoco; y por último, la Sibila los redujo á tres y pidió por ellostres veces más de lo que por los nueve había pedido. Tarquino los compróentonces. Y es de suponer que si la Sibila los hubiera reducido á unosolo, Tarquino hubiera dado por él más dinero. Mutatis mutandis lopropio puede decirse de la Antología del Sr. Menéndez y Pelayo.

En lo expuesto hasta aquí, no creo yo que haya razón suficiente para quelos rebeldes de Cuba nos hagan la guerra á sangre y fuego, poniéndonosen idéntica situación en que Dionisio, tirano de Siracusa, puso á unfilósofo crítico que había en su corte. Como el filósofo no gustó de losversos del tirano, éste le trató muy mal; se apiadó luego de él y lesacó del calabozo en que le tenía encerrado; le leyó, por último, otrosversos suyos, y entonces dijo el filósofo: que me vuelvan á encerrar enel calabozo. Aplíquese el cuento y conste que si la guerra civilcubana, cuya terminación fervorosamente deseamos, hubiese de terminaraplaudiendo nosotros muchos versos de por allí, un involuntario éindomable espíritu crítico nos forzaría á exclamar: que nos vuelvan alcalabozo; que siga la guerra; signa canant, suenen las trompetas, comodijo Augusto á Fulvia cuando le amenazó con la guerra civil, siamorosamente no se le rendía.

Basta ya por hoy. Otro día hablaré de otras razones menos disparatadasque alega el señor Merchán en favor de la guerra de Cuba.

II

Ciencia exacta es la estadística. Yo no lo niego. Lo único que meatreveré á decir es que siempre que de estadística se trata, acude á mimemoria este cuentecillo.

De vuelta á su lugar cierto joven estudiante, muy atiborrado de doctrinay con el entendimiento más aguzado que punta de lezna, quiso lucirsemientras almorzaba con su padre y su madre. De un par de huevos pasadospor agua, que había en un plato, escondió uno con ligereza. Luegopreguntó á su padre.—¿Cuántos huevos hay en el plato?—El padrecontestó:—Uno. El estudiante puso en el plato el otro, que tenia en lamano, diciendo:—¿Y ahora, cuántos hay?—El padre volvió ácontestar:—Dos.—

Pues entonces—replicó el estudiante—dos que hayahora y uno que había, antes, suman tres. Luego son tres huevos los quehay en el plato. El padre se maravilló mucho del saber de su hijo, sequedó atortolado y no atinó á desenredarse del sofisma.

El sentido de lavista le persuadía de que allí no había más que dos huevos; pero ladialéctica especulativa y profunda le inclinaba á afirmar que habíatres. La madre decidió al fin la cuestión prácticamente. Puso un huevoen el plato de su marido para que se le comiera: tomó otro huevo paraella, y dijo á su sabio vastago:—El tercero, cómetele tú.

Tercer huevo es casi siempre el superávit de los presupuestos y nocorta porción de las rentas y recursos de los particulares y de losEstados.

Traigo esto al propósito de que recibamos con escepticismo prudentetodos los datos estadísticos que el Sr. Merchán presenta para demostrarcuánto produce á España la isla de Cuba.

Según muchos políticos y estadistas españoles, entre los cuales cita elSr. Merchán á D. Francisco Silvela, en un discurso que pronunció en elCongreso el 12 de Febrero del año pasado, Cuba, desde hace tiempo, esuna carga para España.

Contra esto se encoleriza extraordinariamente el Sr. Merchán y sienteherida su vanidad de cubano. Según él, Cuba nos produce tanto, que eldía en que la perdamos, casi todos los españoles nos moriremos de hambreó poco menos. Por interés y no por punto de honra, anhelamos, pues,conservar á Cuba. El Sr. Merchán no quiere comprender ó no comprende,que, hasta prescindiendo del interés y del punto de honra, laconservación de la grande Antilla nos importa mucho. Su pérdida nopodría menos de dolernos, como duele á cualquiera que le saquen unamuela picada, aunque la muela para nada le sirva. De aquí que tratemosde empastarla ó de orificarla, y procuremos resistir á los sacamuelas de los Estados Unidos, que desean su extracción y tienen ya preparado elgatillo.

Pero vamos á la estadística del Sr. Merchán.

Confiesa que, desde 1868, no vienen á España sobrantes de Ultramar.

Losinsurrectos de Yara, dice con júbilo, cerraron este vasto desagüe.Veamos ahora la enorme cantidad de millones que, según el Sr. Merchán,viene á España por otros conductos.

Según él y según el Sr. Dolz, á quien cita, nuestros empleados enaquellas aduanas defraudan al Tesoro, y sin duda envían á España cadaaño la friolera de ocho millones de pesos fuertes. Sea, digo yo: pero,como no se puede creer que los mercaderes y contrabandistas de Cuballeven la tontería hasta el extremo de concurrir en balde y de balde áeste robo, dando á los empleados lo que debieran dar al Tesoro, fuerzaes afirmar que, si dan á los empleados ocho millones se quedan ellos condoce, ó siquiera con otros ocho, para que el robo sea á medias. Yo meresisto á creer que el comercio de exportación y de importación dé enCuba para tan desaforado latrocinio.

Aceptemos, no obstante, que elresguardo y los vistas ciegos envían á España los ocho millones.

En todo lo demás que pone el Sr. Merchán como rendimiento de Cuba áEspaña, es evidente que el Sr. Merchán delira.

Cuba, dice, exporta cada año para España seis millones de pesos fuertesen frutos, que pagan por derecho de importación tanto como valen. Suponeluego que estos seis millones, que salen del bolsillo de lospeninsulares que quieren regalarse con frutos ultramarinos, son tambiéntributo ó dádiva que Cuba nos envía; y suma catorce millones.

El estanco del tabaco rinde diecinueve, según manifestó recientemente eldirector de la Compañía Arrendataria, D. Eleuterio Delgado. Aunque no secomprende por qué, el Sr. Merchán se los aplica también á Cuba y yatenemos que Cuba nos produce treinta y tres millones.

España manda á Cuba cada año, en mercancías, por valor de veinticinco;pero como de allí vienen seis, la balanza de comercio sólo da en nuestrofavor diecinueve. Y

como si todas las mercancías que enviamos á Cuba novaliesen un pito y fuesen una basura grandísima, que nosotros hiciésemostragar y pagar por fuerza á los infelices y tiranizados cubanos, el Sr.Merchán pone también estos diecinueve millones en la cuenta de lo queCuba nos tributa, haciéndola subir á cincuenta y dos millones de pesosanuales. Tal es la renta clara y paladina que da Cuba á España. La rentamisteriosa y oculta es inmensa, según el Sr. Merchán. Los empleados,los comerciantes peninsulares, todos cuantos van de España á Cuba no secansan jamás de enviar dinero de Cuba á España.

En su afán de ponderar lo que cuesta á Cuba el ser española, pone y sumael Sr.

Merchán los sueldos principales del alto clero y de losfuncionarios militares y civiles; pero no logra elevarse en esta sumapor cima de doscientos mil duros. Y no se para tampoco á considerar quesi Cuba llegase á ser República independiente, no había de suprimir alarzobispo, al obispo, á la clerecía, á los empleados todos, y hasta sehabía de quedar acéfala y sin presidente. Ya saldría á los cubanosbastante más caro que les sale ahora todo el aparato administrativo. Yesto sin meternos á vaticinar ni á recelar que en Cuba pudiera haberpresidentes, como los ha habido en otros puntos de América, que hantenido para estrujar al pueblo y sacarle el jugo tanta pujanza como laprensa hidráulica más poderosa. Con todas las violencias tiránicas, contodas las ferocidades de cuantos virreyes, gobernadores y capitanesgenerales ha enviado España á América, desde el reinado de Felipe IIhasta hoy, si pudiéramos ponerlas en un alambique y destilar la quintaesencia de ellas, créame el Sr. Merchán, no sacaríamos un espírituequivalente al del tirano Rosas, pongo por caso.

Es el Sr. Merchán, ó aparenta ser, contrario á la anexión de Cuba á losEstados Unidos. No puede, por consiguiente, alegar, en contra de lo queél llama profecías siniestras, el florecimiento y prosperidad de Cubasi llega á ser un Estado más de la Unión. El Sr. Merchán no aspira alsuicidio colectivo como raza. Espera y pretende que Cuba continúe siendo latina, que es el epíteto que gustan de darse ahora muchoshispano-americanos, para no llamarse españoles. Todos han de ser latinos, aunque no hayan pasado del quis, quæ, quod vel quid.

El odio á España del Sr. Merchán y de otros insurgentes es tan feroz ydesapiadado, que más que la prosperidad y auge de Cuba, hartoproblemáticos si llega á ser independiente, los encanta y seduce latremenda ruina en donde, según ellos, se hundirá España si perdemosaquella ísla. Como si fuera tan malo cuanto en la Península se produce,que nadie quisiese comprarlo sino por fuerza, entienden que, separadaCuba de España, no tendremos á quien vender. Los diecisiete y mediomillones de españoles peninsulares, asegura el Sr. Merchán que estamos amenazados de miseria y de muerte si perdemos la clientela forzada de1.200.000 blancos y 400.000 negros sus compatriotas.

Por lo visto, entra también en el plan de los insurrectos el despojar álos españoles penínsulares de las propiedades territoriales que en Cubatienen, y hasta el expulsarlos de allí. «Toda esta población—decía en1869 La Voz de Cuba, en artículo que el Sr.

Merchán reproduce ycelebra—vivirá errante y miserable en el mundo.»