A Vuela Pluma Colección de Artículos Literarios y Políticos by Juan Valera - HTML preview

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En el Catálogo hay para todos los gustos. Si Pinheiro da Veiga es todosal y pimienta, ó, si se quiere, hiel y vinagre, otro autor y poeta,llamado Simón García del Brito, es todo almíbar en punto de caramelo.También estuvo éste en la corte de las Españas, pero sin duda fué menosafortunado. No logró empleo ni tuvo buena ventura, y hubo de volverse ásu lugar lusitano. Retirado allí, escribió muy lindos versossentimentales, llenos de saudades de una dama, con quien tuvo enMadrid relaciones amorosas. Estos versos son naturales, sencillos, y serecomiendan por cierta delicada ternura y profundidad verdadera deafecto, poco comunes en los poetas peninsulares de aquella edad.

En suma: el libro del Sr. García Pérez es digno por todos estilos delbuen informe que la. Real Academia Española dió sobre él y en cuyavirtud el Gobierno le ha hecho imprimir á sus expensas. Es uncomplemento necesario para la historia de nuestras letras y de nuestroidioma castellano.

LOS JESUITAS DE PUERTAS ADENTRO

Ó UN BARRIDO HACIA FUERA EN LA COMPAÑÍA

DE JESÚS

NO hace muchos días que, con el título que antecede y sin nombre deautor, salió á luz un libro en extremo interesante por el asunto de quetrata y de agradabilísima lectura por el ingenio, la gracia, la fecundavena satírica y el estilo castizo y magistral con que está redactado.Sin que se adviertan mucho el esfuerzo y la afectación, el libro noparece escrito en el lenguaje vulgar y corriente de ahora, sino como unautor clásico de la edad de oro de nuestra literatura hubiera podidoescribirle.

Aunque no hubiesen llegado á mi noticia por diversos caminos clarosindicios de quién es el autor del libro, creo que de seguro hubiera yoadivinado el nombre del autor; pero como él entró en el palenque ycombate con la visera calada, yo no quiero ser ni seré quien le quite lavisera y descubra su rostro y su nombre. Diré, sin embargo, que es, enmi sentir, persona apasionada, movida por quejas justas, y que dejanotar en cuanto afirma cierto enojo harto motivado, que tal vez leimpulsa á ir más allá de lo merecido en la reprobación y en la censura.

Como yo en este punto, remedando al historiador romano, puedo decir delos jesuítas que no los conozco nec beneficio, nec injuria, trataréaquí del libro y daré sobre él y sobre la Compañía mi opinión imparcial,movido por el aliciente que tiene para mí la materia, y exponiéndome áno agradar á nadie, ni á los jesuítas, ni al autor incógnito.

Como el primer fundamento de las acusaciones es la supuesta carencia dehumildad cristiana que hay en los jesuítas, empezaré por hablar de lahumildad y de la manera en que yo la entiendo.

Bueno y santo es ser humilde, no rebajar á nadie para realzarse á sipropio, y reconocer nuestra condición miserable y pecadora, sobre todocuando pensamos en Dios y en sus perfecciones infinitas, y cuando,encendidas ya en amor de Dios nuestras almas, volvemos los ojos hacialas criaturas que son obra de Dios y á quienes por amor de Él amamos,procurando, en vez de rebajarlas, poner en ellas un reflejo, undestello, un trasunto de las mencionadas perfecciones divinas. Así, porvirtud de este procedimiento mental, el buen cristiano ensalza y encomiaá cuantos seres le rodean y se muestra lleno de candorosa indulgenciapara con todos ellos, siendo sólo severo consigo mismo y reconociendo yconfesando los propios defectos, pecados y vicios.

Esto, á mi ver, es lahumildad cristiana. Pero si miramos el caso de otra manera y con máshondo mirar, yo creo que el cristianismo, en vez de hacernos humildes yabyectos, según no pocos impíos le acusan, eleva los espíritus y loscorazones y los enorgullece, magnifica y endiosa. ¿Qué razón ni motivotiene el buen cristiano para humillarse después de exclamar con SanAgustín: gran cosa es el hombre, hecho á imagen y semejanza de Dios? Yno sólo su alma sino su cuerpo tiene mucho de digno y no poco de sagradocuando se considera como templo del espíritu, cuando se piensa que elmismo Verbo divino, no sólo se unió á un alma humana, por inefable ysublime misterio, sino también á un cuerpo de hombre de la condición yforma de nuestro cuerpo, deificando así hasta cierto punto nuestra doblenaturaleza, y dándole para término de sus aspiraciones y para blanco desus esperanzas la misma perfección de Dios. Es extraño, aunque secomprende y se admira, que sea, con pequeñísima diferencia, el fin quepropuso el demonio del orgullo á nuestros primeros padres casi idénticoal consejo ó más bien al precepto principal que nos dio Cristo en elSermón de la Montaña. Si coméis del fruto del árbol prohibido, seréiscomo dioses, dijo la serpiente. Y Cristo dijo: Sed perfectos como esperfecto vuestro Padre que está en el cielo.

El error, pues, está en el camino que hay que seguir para llegar á laperfección, pero no en aspirar á ella. Y ciertamente quien aspira á serperfecto como Dios, no se comprende que pueda ser humilde, á no ser enel primer sentido arriba expresado.

Y si descendemos de las alturas teológicas y pensamos en esto de lahumildad ó de la soberbia, mundanamente y en la práctica, yo no meexplico tampoco cómo el muy humilde, á no ser exterior su humildad,confundiéndose con la buena crianza y con la afable dulzura, acierte áhacer cosa de provecho y á ser útil para algo. Lo primero es tenerconfianza en el propio valer y contar con que no han de fallecernos lasfuerzas y el ánimo. El individuo ó la colectividad que acomete grandesempresas y que tiene elevados propósitos y miras, no puede menos detener también el inevitable orgullo ó sea la creencia de que es capaz dedar cima á aquellas empresas y de realizar aquellos propósitos, claroestá que contando siempre con el auxilio divino, lo cual será muypiadoso, pero, francamente y en realidad, no es humilde. La humildadexistirá acaso con relación al Omnipotente, mas para todo lo que hay, yno es Dios, no entiendo yo qué humildad cabe en la firme esperanza deque Dios ha de ayudarnos á fin de que se logre y se cumpla lo quequeremos.

Partiendo de las anteriores consideraciones, entiendo yo que el autor deque hablo acusa con poca razón á los jesuítas de no ser humildes, sinoorgullosos. Nada más natural, en mi sentir, que creer la mejor del mundola sociedad ó compañía á que pertenecemos. Todavía, si el acaso, sicircunstancias independientes de nuestra voluntad ó si una providencialdisposición nos colocase entre ésta ó entre aquella gente, podríaparecer soberbia de nuestra parte el considerar como la mejor del mundoá la gente entre la cual estuviésemos colocados. Y con todo, aun así,más suele aplaudirse que vituperarse este modo de sentir y de pensar. Yono soy español, por ejemplo, porque lo he querido, sino porque el cieloha dispuesto que lo sea, y, sin embargo, no pocas personas celebran ymuchas disculpan el elevado concepto que tengo yo de los españoles. Y siesto es así en una sociedad en donde yo no entro voluntariamente, ¿cómoha de poder censurarse el altísimo concepto que forme cualquiera de lasociedad ó compañía en cuyas filas se alista por voluntad propia?

Nadieama sino bajo el concepto de bueno; todos buscan y procuran lo mejor; yel hombre honrado que se asocia con otros hombres, no sólo es discupableque crea, sino que debe creer que la tal asociación es la mejor delmundo, y que los fines á que se ordena y endereza son por todo extremoexcelentes.

Justo es, pues, y sobre justo inevitable, que todo jesuíta, y más aúnmientras mayores sean su candor y su buena fe, esté persuadido de que laCompañía de Jesús es la mejor del mundo, de que no hay virtud ni cienciaque en ella no resida y de que proceden de ella y procederán muchosbienes para el linaje humano.

No creer lo antedicho y hacerse, sin embargo, jesuíta, presupondríafalta de discreción ó razones y motivos egoístas y bajos en quien talhiciese. Alistarse en las filas del jesuitismo sin creer en su superiorcondición, sólo se explicaría entonces por la gana de tener una posiciónó una carrera, de buscarse un modo de vivir, de ingeniarse ó deindustriarse en suma. Y aun así, aun en esta bajeza, la predilecciónprecedería á la elección, y todavía, sin elevarse sobre tan bajosmotivos, ó carecería de juicio el que se hiciese jesuíta, ó consideraríaque el serlo era mejor profesión ó carrera que todas las otras quehubiera podido seguir.

Por consiguiente no hay pecado, ni falta, ni defecto en la voluntad delos jesuítas cuando forman de la Compañía á que pertenecen un conceptosublime. Esto no se opone á que en dicho concepto haya error óexageración del entendimiento.

Apartando de mi espíritu toda prevención apasionada, no considerando elasunto ni como católico, ni como sectario de ninguna otra doctrinareligiosa, aceptando por un momento la más completa indiferencia enpunto á religión, hablando y decidiendo en virtud de un criteriolibrepensador y racionalista, yo, lejos de condenar la Compañía deJesús, me siento irresistiblemente inclinado á glorificarla y á dar porseguro que honra en extremo á España que entre nosotros naciese sufundador, cuya obra pasmosa me parece que importó muchísimo en lahistoría del linaje humano, haciendo de Ignacio de Loyola, no sólo eldigno rival de Lulero, sino el personaje que se le sobrepone y leeclipsa. Se diría que cuando la Reforma parecía que iba á extendersecomo voraz incendio por todo el mundo civilizado, y ya que no áextinguir á empequeñecer la cristiandad católica, Dios suscitó para éstaun campeón poderoso, cuyas huestes combatieron sin descanso la herejía yla vencieron á menudo en Europa, mientras que al mismo tiempo extendíanla fe católica por el resto del mundo, ganando para ella más almas enpaíses remotos y en inexploradas regiones que las que en Europa habíaperdido por culpa de Lutero y de los otros heresiarcas del siglo XVI.

En la Compañía hay que admirar el feliz consorcio del pensamiento y dela acción, de lo práctico y de lo especulativo. Fue un ejércitoconquistador, sin más armas que la palabra, que se extendió por el mundocon extraña rapidez, avasallándole y dominándole. Si contemplamos enespíritu al fundador glorioso en el momento de su muerte, nos parece ámodo de un Alejandro incruento. Sus dominios se han dilatado ya sobretoda la redondez de la tierra. La Compañía tiene casas y colegios, granpoder é influjo en Castilla, en Portugal, en Alemania, en Francia y enlas Indias Orientales y Occidentales. Bien puede sin vanidad ni soberbiaexclamar el Padre Rivadeneyra que al mismo tiempo que Martín Lutero«quitaba la obediencia á la Iglesia Romana y hacía gente para combatirlacon todas sus fuerzas, levantaba Dios á este santo capitán para queallegase soldados por todo el mundo y resistiese con obras y conpalabras á la herética doctrina.»

Y no hay sólo en el P. Ignacio el espíritu conservador, sino también elde reforma y el de progreso. «Todos sus pensamientos y cuidados, dice elya citado biógrafo, tiraban al blanco de conservar en la parte sana ó derestaurar en la caída, por sí y por los suyos, la sinceridad y limpiezade nuestra fe.» Todavía hay otra idea elevadísima, si no desconocida yseguida en otros institutos religiosos, por ninguna observada y seguidacon más firmeza y perseverancia que por la Compañía de Jesús: la idea yel propósito de divulgar las ciencias, las letras y toda cultura,haciendo de ellas y del progreso humano preciosos y dignos auxiliares dela religión.

Con notable injusticia se acusa á la Compañía de que aniquila lasvoluntades y nivela y pone trabas á los entendimientos con los firmes yduros lazos de su obediencia ciega. No puede haber acusación menosrazonable. Jamás se ha formado una sociedad con el intento de producir genios. El genio es una virtud ó un poder que tiene algo desobrehumano, y que aparece individualmente en el espíritu de este óaquel hombre cuando Dios ó la naturaleza así lo decretan. Y este genio,virtud ó poder, ni hay sociedad que le cree ni tampoco hay sociedad quele destruya. Es además harto arbitrario y vago el determinar ó medir laaltura que ha de tener un hombre para ser genio y no ser medianía. Noseré yo quien clasifique y coloque entre las medianías ó entre losgenios á muchísimos Padres de la Compañía de Jesús; pero sí me atrevo áasegurar que, durante los tres siglos XVI, XVII y XVIII, hasta despuésde su extinción bajo el pontificado de Clemente XIV, figura en ella unabrillantísima serie de varones admirables por la acción, comopredicadores, viajeros, mártires heróicos y exploradores atrevidos depaíses incógnitos y bárbaros, y una lucidísima cohorte de hombreseminentes

en

ciencias

y

en

letras,

descollando

entre

ellos

muchísimosespañoles, por lo cual, estando España hoy tan decaída, no goza acaso elnombre de ellos de toda la fama y el alto aplauso que merecen.

Para infundir en la mente de mis lectores un elevadísimo concepto y paraentonar un himno en alabanza de la Compañía de Jesús, no he de ir yo ábuscar frases y datos en libros escritos por jesuítas, ni endisertaciones é historias de católicos fervorosos y hasta fanáticos,sino que tomaré los datos y frases en un autor inglés, criado en elprotestantismo y librepensador más tarde: en el famoso historiador y ensayista lord Macaulay. Harto merece ser traducido todo lo que éldice de los jesuítas y de su fundador; pero, á fin de no ser prolijo, melimitaré á traducir algunos trozos. «Ignacio de Loyola en la granreacción católica tuvo la misma parte que Lutero en el gran movimientodel

protestantismo.

Pobre,

obscuro,

sin

protector,

sin

recomendaciones,entró en Roma, donde hoy dos regios templos, ricos en pinturas y enmármoles y jaspes, conmemoran sus grandes servicios á la Iglesia; dondesu imagen está esculpida en plata maciza; donde sus huesos, en una urnacubierta de joyas, se ven colocados ante el altar de Dios. Su actividady su celo vencieron todas las oposiciones, y bajo su mando el orden delos jesuítas empezó á existir y creció rápidamente hasta el colmo de susgigantescos poderes. Con qué vehemencia, con qué política, con quéexacta disciplina, con qué valor indomable, con qué abnegación, con quéolvido de los más queridos lazos de amistad y parentesco, con quéintensa y firme devoción á un fin único, con qué poco escrupulosalaxitud y versatilidad en la elección de los medios riñeron los jesuítasla batalla de su Iglesia, está escrito en cada página de los anales deEuropa, durante muchas generaciones. En el Orden de Jesús se concentróla quinta esencia del espíritu católico: la historia del Orden de Jesúses la historia de la gran reacción del catolicismo. Este Orden seapoderó de todos los medios y fuerzas con que se dirige y manda elespíritu del pueblo: del pulpito, de la prensa, del confesionario y delas academias. Donde predicaba el jesuíta, la iglesia era pequeña parael auditorio.

Su nombre en la primera página aseguraba la circulación deun libro. A los pies del jesuíta la juventud de la nobleza y de la clasemedia era guiada desde la niñez á la edad viril y desde los primerosrudimentos hasta la filosofía. La literatura y la ciencia, que parecíanhaberse asociado con los infieles y con los herejes, volvieron á ser lasaliadas de la ortodoxía. Dominante ya en el Sur de Europa, la grandeOrden se extendió pronto, conquistando y para conquistar. A despecho deOcéanos y desiertos, de hambre y peste, de espías y leyes penales, decalabozos y torturas y de los más espantosos suplicios, los jesuítaspenetraban, bajo cualquier disfraz, en todos los países; como maestros,como médicos y como siervos; arguyendo, instruyendo, consolando,cautivando los corazones de la juventud, animando el valor de lostímidos, presentando el Crucifijo ante los ojos del moribundo. El orbeantiguo no fué bastante extenso para la extraña actividad de losjesuítas. Ellos invadieron todas las regiones que los grandes yrecientes descubrimientos marítimos habían abierto al emprendedor geniode Europa. Los jesuítas aparecían en las profundidades de las minas delPerú, en los mercados de esclavos de Africa, en las costas de las islasde las Especias y en los observatorios de la China; y hacían prosélitosy conversiones en países adonde ni la avaricia ni la curiosidad habíantentado aún á sus compatricios para que penetrasen; y predicaban ydisputaban en idiomas de los que ningún otro natural de nuestroOccidente entendía palabra.»

Cuando la Reforma se levantó contra la Iglesia católica, el clerosecular y regular, aun en la misma Roma, estaba corrompido y viciado yhasta lleno de descreimiento:

«sólo el Orden de los jesuítas, añadenuestro historiador, pudo mostrar muchos hombres no inferiores ensinceridad, constancia, valor y austeridad de vida á los apóstoles de laReforma». A los jesuítas, pues, á su poder persuasivo y al influjo de supalabra, se debió en gran parte la restauración y reverdecimiento en elseno de la Iglesia católica de aquel hondo sentir religioso y de aquella«extraña energía que eleva á los hombres sobre el amor del deleite y elmiedo de la pena; que transforma el sacrificio en gloria y que trueca lamuerte en principio de más alta y dichosa vida».

Declara asimismo Macaulay que el prodigioso cambio, que el triunfoinesperado del catolicismo sobre el protestantismo se debió en granparte á los jesuítas y á la profunda política con que Roma supo valersede ellos. «Cincuenta años después de la separación de Lutero, elcatolicismo apenas podía sostenerse en las costas del Mediterráneo: cienaños después apenas podía el protestantismo mantenerse en las orillasdel Báltico.

Grandes talentos y grandes virtudes se desplegaron porambas partes en esta tremenda lucha. La victoria se declaró al fin enfavor de la Iglesia romana. Al expirar el siglo XVI, la vemos triunfantey dominante en Francia, en Bélgica, en Baviera, en Bohemia, en Austria,en Polonia y en Hungría. El protestantismo en los siglos que han venidodespués no ha podido reconquistar lo que perdió entonces.» Y añadeMacaulay:

«He insistido detenidamente sobre este punto, porque creo quede las muchas causas á las que debió la Iglesia de Roma su salvación ysu triunfo al terminar el siglo XVI, la causa principal fué la profundapolítica con que dicha iglesia se aprovechó del fanatismo de personastales como San Ignacio y Santa Teresa.»

Es muy de notar que esto que Macaulay, con su criterio protestante óracionalista, fanatismo, podrá ser llamado así por el brio y laintensidad con que se sintió y se pensó, pero tanto el sentimiento comoel pensamiento, analizados, examinados y juzgados hasta por un hombredescreído del siglo XIX, fueron, en el siglo XVI, permitánsenos laspalabras, más razonables y más progresistas que cuanto Lulero, Calvino ylos otros apóstoles de la reforma pensaron, sintieron y dijeron. No fuéel misticismo español de entonces huraño, egoísta y meramentecontemplativo, aspirando á elevarse y á unirse con Dios para aniquilarseallí confundiéndose en la esencia infinita y desvaneciéndose en unperpetuo nirvana. El amor de Dios y la aspiración á unirse con él,según mil veces lo explican nuestros místicos, fueron una preparación yhabilitación de las almas para que obrasen luego, en la vida terrenal,inauditos prodigios de amor al prójimo, y para que diesen cima á casisobrehumanas empresas.

Las almas, según dichos místicos, cuando ardíanen el fuego del amor divino y derretidas por la fuerza de este fuego sediría que se identificaban con Dios, eran como la espada que parecefuego en la fragua, de donde sale después con más fino temple y consuperior aptitud para ejercer sus funciones. Lo místico y locontemplativo en los jesuítas no fué el fin, sino el medio paraapercibirse á la acción y cobrar fuerzas y virtud mayores con quealcanzar en ella la victoria. Y no fué la victoria en favor sólo delcatolicismo, sino también para conservar ó restaurar el lazo ó principiounificante de la civilización europea, que los protestantes habían roto;para hacer que triunfase dicha civilización, amenazada por nuevabarbarie, y para salvar la libertad y el valor y mérito de nuestrasobras, casi negados por el fatalismo cruel y pesimista con que losprotestantes denigraban y hacían odiosa á la divinidad y esclavizaban ála humana naturaleza, sacrificándola en aras de una predestinación yde una gracia, caprichosas y ciegas.

Nadie podrá acusar de jesuítico al célebre y malogrado historiador ypolígrafo Oliveira Martins, y, sin embargo, en este punto que tocamosahora, ensalza como nadie á los jesuítas, haciendo que la gloria deellos y su triunfo en el Concilio de Trento aparezcan acaso como elmayor triunfo y como la más espléndida gloria de la civilización ibéricaen el siglo XVI. «Los protestantes, dice Oliveira Martins, no excluyenlas buenas obras; pero no es el mérito de ellas el que redime: esúnicamente el mérito de Cristo, independiente del hombre. Esta doctrina,añade, es la condenación del hombre y de su actividad, de su voluntad,de la fuerza íntima que constituye su vida. Condenando al hombre, losprotestantes condenan el mundo: transfiguran la realidad y conducen álos abismos de la esclavitud trascendente. En cambio, la doctrina de losjesuítas Salmerón y Lainez, vencedora en Trento, diviniza al mundo y alhombre, revelando y haciendo resplandecer la justicia de Dios en la fedel hombre y en sus buenas obras, cuyos méritos elevan á la gracia. Elgenio español, añade Oliveira Martins, fué, pues, por la boca elocuentede Lainez y de Salmerón, el defensor de la cultura humana, deteniendo áEuropa en la pendiente de una predestinación fatalista.»

Debo observar que yo no cito aquí á Oliveira Martins como quien cita áun padre de la Iglesia; que en asunto tan difícil como la conciliaciónde la gracia y del libre albedrío, no le doy autoridad alguna; y que nohago á los jesuítas pelagianos, ó semi-pelagianos, para ponderar lo quevalían. Sólo afirmo que, sin incurrir en error contra la fe, porque niel molinismo, ni menos su mitigación por el congruismo de Suárez, fueronnunca calificados de heréticos, los jesuítas defendieron y sostuvieronla libertad del hombre, sin salir fuera del circulo de la creenciacatólica, y en cuestión la más oscura y difícil de la teología, y aun detodo pensar filosófico, por donde será siempro para teólogos y filósofosmanantial y semillero de disputas hasta la consumación de los siglos. Noquiero seguir ponderando aquí y recapitulando todo lo que en alabanza delos jesuítas puede decirse y se ha dicho hasta la extinción de la Ordenen el siglo pasado. Las acusaciones lanzadas contra ellos y la multitudde enemigos acérrimos que tuvieron, primero entre los protestantes,después entre los jansenistas, y, por último, entre los librepensadores,redundan en cierto modo en elogio de los jesuítas, ya que prueban elextraordinario poder y la importancia que tenían. El mérito de ellos, noobstante, tiene que ser reconocido hasta por sus mayores contrarios, sise precian de candorosos é imparciales. Así, por ejemplo, Mosheim dice:«El candor y la imparcialidad me obligan á confesar que los adversariosde los jesuítas, al mostrar la torpeza y negrura de varias de susmáximas y opiniones, han ido más allá de lo que debían, y han exageradolas cosas para abrir más extenso campo á su celo y á su elocuencia.Fácil me sería probarlo con ejemplos sacados de las doctrinas de la probabilidad y de la restricción mental, imputadas como un crimen álos jesuítas; pero esto me apartaría demasiadodemi asunto. Observarésólo que en la disputa se han atribuido á los jesuítas principios quesus enemigos sacan por inducción de la doctrina de ellos, sin que elloslos confiesen; que no siempre han interpretado sus términos y susexpresiones en el verdadero sentido, y que nos han presentado lasconsecuencias de su sistema de una manera parcial, que no está deacuerdo con la equidad exacta.»

Esta confesión de Mosheim en favor de los jesuítas los honra mucho,porque es uno de sus más declarados enemigos, y porque sin nombrarlascensura de parcialidad y de más ó menos inconsciente falsía lasencomiadas Provinciales de Blas Pascal, obra que, según muchosafirman, ha hecho más daño á los jesuítas que la indignación de lossoberanos y que todas las calamidades que han caído después sobre suOrden.

No he de dilatarme yo más, defendiéndola aquí. No ataca ni condena supasado el autor incógnito del libro de que doy cuenta. Sólo añadiré,para terminar, que nadie puede pretender, ni los más fervorososjesuítas, que la Compañía estuvo exenta de faltas y que todos susindividuos, que se contaban por miles, fueron unos santos, sin pecado ysin vicio, hasta la extinción de la Compañía en 1773.

Al caer entonces los jesuítas cayeron como los héroes de una nobletragedia, donde toda la simpatía y el aplauso fué para las víctimas, yla reprobación, en los más elevados espíritus, para los tiranos yopresores; para Pombal, para la Pompadour, para Tanucci y para el condede Aranda. Las alabanzas de la Orden extinguida se renovaron ó surgieronentonces, derramándose sobre ella como sobre fúnebre monumento undiluvio de flores. Los más eminentes personajes de Europa, aun entre losno católicos, habían celebrado ó celebraron á los jesuítas: Enrique IVde Francia, Catalina II de Rusia, Rousseau, Diderot, Leibnitz, Lessing,Herder y mil otros.

Voltaire dice de ellos: «Tienen escritores de un mérito raro, sabios,hombres elocuentes y genios.» D'Alembert: «Los jesuítas se hanempleado con éxito en todos los géneros: elocuencia, historia,antigüedades, geometría y literatura profunda y agradable. Apenas haydisciplina en que no cuenten ellos hombres de primer orden.»

Federico el Grande de Prusia, escribía á Voltaire: «Esta Orden ha dado áFrancia hombres del genio más elevado.»

Después de suprimida la Compañía, los jesuítas, arrojados impíamente detodos los dominios españoles y refugiados en Italia, se esmeraron en darclarísimo testimonio y brillantes muestras de su valer, redundando asícuanto hicieron en mayor vergüenza y descrédito de sus perseguidores yen alta honra de España, su patria.

Jamás, desde la toma de Constantinopla por los turcos y la venida áItalia de los sabios griegos, había penetrado en aquella penínsulahueste más lucida y docta de extranjeros fugitivos. La historiacientífica y literaria de los ex jesuítas españoles, que por toda Italiase difundieron, carece todavía de un historiador digno. De esperar esque lo sea con el tiempo el erudito y elegante escritor D. MarcelinoMenéndez y Pelayo.

Entre tanto, no faltan eruditos italianos que seocupen con amor en este asunto.

Recientemente la Real Academia deCiencias de Turín ha publicado sobre él una hermosa memoria, debida alsaber y talento del doctor Victorio Cian. Al dar cuenta de esta memoriael ya citado Menéndez y Pelayo, en el número de Enero último de la Revista critica de historia y literatura, amplifica y esclarece lasnoticias del Doctor Cian con no pocas más que demuestran la importanciay el valer de aquellos nuestros ilustres compatriotas. Los PadresAndrés, Arteaga, Eximeno y Masdeu son elogiados por el Dr. Cian según sumérito; pero en cambio, sólo hace rápida mención de Hervás y Panduro,creador de una nueva ciencia: la filología comparativa; del Padre JuanBautista Gener, autor de los seis primeros tomos de una enciclopediateológica, que implica la renovación de los estudios eclesiásticos; delPadre Tomás Serrano, elegante y sabio humanista; del gramático Garcés,cuyo libro del Vigor y elegancia de la lengua castellana se lee aúncon fruto; del Padre Aponte, egregio helenista, maestro del cardenalMezzofanti; del insigne historiador de Méjico Clavijero; del naturalistachileno Molina; de Landival, cuya Rusticatio Mexicana es uno de losmás curiosos poemas de la latinidad moderna, hasta por lo original yexótico del asunto, y de Márquez, tan benemérito, por sus libros, de laarqueología romana y de la historia de la arquitectura.

Aunque el Dr. Cian diga poco ó nada sobre los mencionados escritores,todavía basta con los que celebra para hacer que se forme elevadísimoconcepto de los jesuítas españoles emigrados en Italia y de cuantotrabajaron y escribieron desde 1767 hasta 1814. Acrecientan la elevaciónde este concepto, las nobles palabras con que el Dr.

Cian termina yresume su memoria: «Aquellos hombres—dice—arrojados de su patria,obligados á vivir entre las desconfianzas, las envidias, los rencoresantiguos y recientes, en país extranjero, guardan celosamente el cultode la patria en su corazón, y al mismo tiempo se enlazan en afectuosaamistad con algunos de los nuestros y de los mejores, estudian y adoptané ilustran la lengua y la literatura del país que les ha dadohospitalidad; pero cuando ven que algún italiano quiere lanzar la másleve sombra sobre el honor literario de España, se levantan con fierezacaballeresca, propia de su raza, y no temen defenderse, y pasar muchasveces de la defensa á la ofensa vigorosa y audaz... No podemos menos desentir una admiración profunda por estos emigrados que en tan breveperíodo de años respondieron tranquilos y altivos, con la mejor de lasvenganzas, á las injurias de la fortuna, á las persecuciones, á losodios de los hombres que pretendían extinguirlos; y se levantaron y sepurificaron á los ojos de la historia, á nuestros propios ojos, á losojos de aquellos mismos que creían y aspiraban á verlos aniquilados parasiempre. Su producción múltiple, varia y á veces profunda y original, esun fenómeno singularísimo. En vano se buscaría en la historia de lasliteraturas europeas otro fenómeno semejante de colonizaciónliteraria; violenta, forzada en sus causas y en los medios con que fuérealizada; espontánea, duradera y digna en sus complejasmanifestaciones; útil y gloriosa para aquellos colonos, dotados deextraordinaria flexibilidad y gran virtud asimiladora; no ingloriosapara la madre patria que los desterraba; ventajosa y honorífica para lanueva patria latina que los acogía en su seno hospitalario.»

Harto reconocerá el lector por lo expuesto hasta aquí que yo soy unadmirador fervoroso y sincero de la antigua Compañía de Jesús; pero estono se opone á que yo dé crédito é importancia á las tremendasacusaciones que lanza contra la Compañía el autor anónimo, cuyo libro meinduce á escribir este articulo.

No recuerdo quien dijo, tal vez fué Cervantes, que las segundas partesnunca fueron buenas; y yo confieso que me siento inclinado á aplicar eldicho á la Compañía de Jesús restaurada, desde 1814 hasta ahora.

La primera revolución francesa, con tantos horrores y tanta sangre ydando por último resultado á un déspota que sin propósito fijo,civilizador y humano, mantiene durante años la confusión y la guerra enEuropa; la propensión del pensamiento filosófico hacia el pesimismo yhacia el más grosero ateísmo y la aparición ó la mayor difusión y el máshondo arraigo de espantosas doctrinas que, no sólo tiran á subvertir elorganismo social, sino á arrancar de cuajo los fundamentos en que elorden actual se sostiene, han apocado acaso, con la repugnancia y elterror que inspiran, el espíritu religioso de muchos individuos éinstituciones, y entre éstas la de los jesuítas sin duda.

Lo cierto esque ya no son como eran antes. A mi ver, ya no pueden decir: sint utsunt, aut non sint. Ya son otros de lo que eran. Antes, al defender lafe católica, de que se hicieron y fueron maravillosos adalides, sepusieron en el camino del progreso, á la cabeza de la humanidad,levantando el lábaro y apareciendo casi, así por el amor de la religióncomo por el amor de la ciencia, semejantes á la columna de fuego queguió en el desierto á los israelitas durante la noche.

Hoy, por el contrario, faltos de fe los jesuítas y engañados por elpesimismo, imaginan sin duda que la civilización ha descarrilado, que seha extraviado, saliendo de la senda que debía seguir, y en vez deponerse delante y servir de guía, se han puesto á la zaga y hacen todoslos posibles esfuerzos porque ceje y retroceda hacia un punto absurdo yfantástico que jamás existió y con el que ellos sueñan. De aquí que todoprogreso, toda elevada cultura, todo pensamiento sano de libertad y demejoras, sea tildado por ellos de liberalismo y aborrecido de muerte.Esto es peor que carecer de un ideal, es tener un ideal falso éinasequible por ser contrario á las ideas y á las esperanzas de laporción más activa, inteligente y hábil de la novísima sociedad humana.

En esta situación, sin verdadero entusiasmo, porque reacción tandisparatada no puede inspirarle, no es extraño que los jesuítas modernostengan todas las flaquezas y pequeñeces é incurran en cuantos vicios ypecados el autor anónimo les imputa en su iracunda y despiadada sátira.

Todo lo que el autor anónimo nos declara que hay ahora de malo en laCompañía, pudo existir y existió probablemente en ella, hasta ciertopunto, desde su origen. No era posible que entre millares de hombres,formando una asociación poderosísima, no se albergasen la ambición, lacodicia, el apetito de deleites y regalos y otras mundanas pasiones;pero entonces era tan elevado el propósito, era tan generoso y fecundoel pensamiento capital que informaba á la Compañía, y era tan numerosa yrefulgente la falange de sus héroes, de sus santos, de sus exploradores,de sus sabios y de sus mártires, que deslumbraba con su resplandor y nodejaba ver lo vicioso y lo malo que había en la Compañía y que es taninherente y propio y tan difícil de extirpar por completo de nuestradecaída naturaleza.

Es asimismo de recelar que el jesuitismo moderno, si bien fustiga consobrada acritud los vicios del día, se haya dejado, sin sentirlo,inficionar por algunos de ellos, y en particular por los que afean másahora á las clases medias y elevadas de la sociedad, con las que losjesuítas tratan y alternan frecuentemente. La afición, pues, al regalo,á la pompa, á ciertos refinamientos y elegancias y al dinero que loproporciona todo, no deja de ser natural que se haya infiltrado en lasalmas de los decaídos sucesores de Francisco Javier, de Francisco deBorja, y de tantos y tantos gloriosos misioneros, confesores y mártiresde la fe de Cristo.

Cuantos hechos, anécdotas y casos refiere el autor incógnito pararebajar y humillar á los jesuítas del día, tienen traza de verdaderos ydejan harto mal parados á los Padres.

Referidos con notable primor deestilo, desenfado y gracia, entretienen tanto ó más que una novelapicaresca. Así los dos capítulos Cuestión de cuartos y Los dinerosdel sacristán, nos pintan á los Padres sedientos de oro y valiéndosepara adquirirle de mil medios poco decorosos; de la usura, del agio y dela adulación para con los ricos, á fin de conseguir de ellos donacionesy herencias: y nos los pintan al mismo tiempo manirrotos, despilfarradosy faltos de juicio, de buen gusto y de previsión, para gastar, ó másbien para derrochar estas poco bien adquiridas riquezas. En el capítulo El Politiqueo aparecen los Padres como facciosos, excitadores á guerracivil y tan partidarios de D. Carlos, que cantaban el Te Deum cuandoocurría algún suceso funesto para las armas de España, v. gr.: la muertedel caballeroso y heróico marqués del Duero.

Para no fatigar á los que me lean no seguiré extractando aquí el inmensocúmulo de acusaciones que lanza contra los jesuítas el autor anónimo.Recomendaré, sin embargo, la lectura del capítulo El Mujerío, porquetiene muchísimo chiste. Sobre todo en cuanto se refiere á las relacionesespirituales de los Padres con las duquesas, marquesas y condesitas, yen la descripción que hace de la devoción elegante, del misticismocómodo y de la religiosidad high life y á la moda.

Todo esto, no obstante, por más que sea digno de reprobación y deba sercondenado en este, en aquel ó en el otro individuo, tal vez afecte menosá la Compañía en general de lo que el autor anónimo imagina y pretende.En una asociación tan numerosa y que alcanza extraordinario influjo ycrédito, es difícil, es casi imposible evitar que algunos, que tal vezmuchos de los que á la asociación pertenecen, no se prevalgan de eseinflujo y de ese crédito para lograr provechos y ventajas materiales. Ypor otra parte, el despilfarro de esos provechos, casi siempre en cosasdeleitables para la colectividad ó que satisfacen y lisonjean suorgullo, prueba que no hay grande egoísmo en el individuo que los halogrado, é inclina á creer que la codicia jesuítica más que viciosa espoco juiciosa.

En mi sentir, pues, los capítulos de mayores culpas del libro del autoranónimo contra los jesuítas, son los dos que se titulan: De ciencia ytantidad, la mitad de la mitad.

Ni en ciencia, ni en literatura ni en artes, llegan hoy los jesuítas deEspaña á lo que fueron en lo pasado. Quedan además muy por bajo delnivel de los escritores seglares y de los escritores del clero y de losotros institutos religiosos. La fama al menos no hace resonar mucho susnombres ni difunde su gloria.

En este punto, sin embargo, y si hemos de dar crédito al autor anónimo yno tildar de exageración sus alabanzas, él las prodiga de tal suerte alP. Juan José Urraburu, que le coloca muy por encima de todos losfilósofos, pensadores y escritores aficionados á la filosofía que hahabido en nuestra nación en el siglo presente. No he de negar yo quesean muy estimables las obras filosóficas de Balmes, del P. ZeferinoGonzález, de D. Manuel Orti y Lara, de Sanz del Rio y de la turba de susprosélitos; pero de ninguno de ellos se podría afirmar sin exageradabenevolencia lo que el autor anónimo afirma de la obra filosófica del P.Juan José Urraburu, declarando que es notabilísima, que hace honor áEspaña, y que debe contarse entre las mejores, si ya no es la mejorpublicada en Europa, después de la restauración filosófica pregonada porLeón XIII. Es cierto que el autor anónimo limita luego la alabanza,considerando la obra del P. Urraburu como mera exposición de la sanafilosofía escolástica. Pero aun así, la alabanza es muy grande, si latal exposición es completa y si es la mejor que se ha hecho en Europa,comparando bien la antigua filosofía que expone, con todos losulteriores sistemas, y sacándola ilesa de los ataques, y victoriosa ycolocada por cima de todos.

Fuera de los méritos de este P. Urraburu, del que confieso ingenuamenteque ni había oído hablar, poco ó nada hay que el autor anónimo celebre yestime en algo, en el movimiento intelectual de los jesuítas. Y laverdad es que ninguno de sus escritos ha alcanzado en España lapopularidad y el aplauso que las obras de otros escritorespertenecientes al clero. No tienen poetas como Mosén Jacinto Verdaguer;ni ardientes y fervorosos polemistas como D. Miguel Sánchez; nientusiastas y candorosos moralizadores, de fecunda inspiración popular,como el excelente P.

Claret, harto injustamente ridiculizado por lapasión política y por la ligereza de liberales y librepensadores.

La revista El Mensajero del Corazón de Jesús, está, según el autoranónimo, muy por bajo de La Ciudad de Dios, de los Padres Agustinos. Ylo que más desgracia dicha revista ó Mensajero, siempre, según nuestroautor, son las novelas y cuentecitos que allí se insertan, «dondehierven tales osadías de ideas y tales arrojamientos de frases y depalabras, y donde se refieren lances y percances tan crudos y pocodecentes y situaciones tan escandalosas, que muchos padres de familia,luego que recibían el tal Mensajero, le escondían con cuidado para queno le leyesen sus hijas».

Son más de extrañar estas libertades si se atiende, según afirma elautor anónimo, á que los Padres jesuítas de España han censurado alCardenal Wiseman por su Fabiola y al inocentísimo Fernán Caballero porvarias de sus novelas, y á que (¡apenas parece creíble!), en un grancolegio de la Compañía celebraron una muy devota procesión y quemaronmuchos libros por impíos, liberales y poco decentes, entre ellos ElQuijote.

El autor anónimo niega también historiadores á la moderna Compañía deJesús en España.

En lo que toca á ciencias naturales, no tienen nada de que jactarse. Nosólo, dice,

«no pueden presentar una obra como la del Agustino P. Blancosobre la flora de Filipinas, pero ni un observador de la naturaleza comoel escolapio Padre Ainza».

En mi sentir, hay un punto sobre el cual no vierte bastante luz el autoranónimo, ni nos habilita, fiándonos de lo que dice, para dar unasentencia adversa ó favorable. Es este punto la virtud ó capacidaddocente de los Padres de la Compañía. Sobre ello, por lo tanto, nodaremos nuestra opinión, pero sí diremos que la del público en generales muy favorable á los Padres, y lo prueban la multitud de colegios quetienen, su prosperidad, y el empeño con que muchas personas, hastaopuestas al jesuitismo, liberales y librepensadoras, envían á sus hijosá los colegios de los jesuítas para que allí se eduquen. Y no puedenegarse que el buen éxito de los jesuítas en este ministerio de laenseñanza de la juventud produce y puede producir los mejores efectos,aunque no sea más que despertando la emulación y excitando el celo deotros establecimientos pedagógicos, ya, por ejemplo de los Institutosoficiales y laicos, ya de otras Ordenes religiosas ó clericalescongregaciones. Los Padres Augustinos, sin duda, se esmerarán más en susenseñanzas para competir con los Padres de la Compañía y vencerlos, sipueden. Y es probable, que, contemplando la prosperidad y crédito de losjesuítas como cuerpo docente, los canónigos del Sacro Monte se hayananimado y resuelto á ampliar los estudios de su colegio, convirtiéndoleen Universidad católica, donde ya se enseña la jurisprudencia y donde seaspira y se quiere enseñar (como complemento y corona de las asignaturasde teología), griego, hebreo y árabe y otras lenguas orientales,

asícomo

muchas

ciencias

profanas

y

muchas

teorías

y

descubrimientosnovísimos, á fin de ponerlos en armonía con la Religión revelada y deque valgan para su sostén y concurran á su triunfo en vez de parecer,como parecen, un ariete en manos de los incrédulos.

Concretándome ahora al examen del libro del autor anónimo, y expresandoaquí sobre él mi parecer franco y sincero; diré, para concluir, aunqueme acusen como han sido acusados con frecuencia los jesuítas de tener lamanga muy ancha, que los pecados y vicios que saca á la vergüenza elautor anónimo, si bien sería de desear que no los hubiese, no me mueventanto á condenar la Compañía, compuesta de seres humanos, entre loscuales no puede menos de haber bastantes pecadores, como la carencia delespíritu elevado, amplio, civilizador y progresivo que la inspiró enmejores días. Volver á informarse de este espíritu es, en mi sentir, loque la Compañía necesita, y no las mejoras y modificaciones de susinstitutos, que el autor anónimo propone, manifestando deseo de que laIglesia las adopte y establezca.

No va por un lado el espíritu del siglo y no va por el lado opuesto elespíritu de la verdadera Religión. Ambos caminan y deben caminar unidosá fin de que la mente y el corazón de los hombres se eleven á superioresesferas. Cristo no enseñó cuanto hay que saber, sino que dejó mucho, aunen las cosas más esenciales, para que los hombres lo averiguasen y loenseñasen con el transcurso del tiempo. El adelanto, el desenvolvimientode la metafísica y de toda doctrina social, política y hasta ética, noestá reñido con la revelación, que no fué ni pudo ser de una vez, sinoque, en cierto modo y altamente aceptada, es progresiva. Las mismaspalabras del Redentor lo declaran: Adhuc multa habeo vobis dicere, sednon potesti portare modo. Lo que entonces no dijo Cristo, porque nohubieran acertado á entenderle; lo que, aun después de descender sobrelos apóstoles las lenguas de fuego, cuando estaban congregados en elCenáculo, no quiere ó no puede revelar San Pablo, constituye la ulteriorrevelación, y presta, digámoslo así, una flexibilidad sublime á nuestrodogma religioso, que le hace capaz de contener dentro de sí, sinromperse ni quebrantarse, toda civilización futura, por grande ymaravillosa que sea.

Yo entiendo, pues, que la mejor reforma que pudieran adoptar losjesuítas sería la de inspirarse en tan sublime y fundamental pensamientoque, sin salir fuera de las vías católicas y sin cobardescondescendencias y transacciones con incrédulos é infieles, hicieseposible la aspiración de Jaime Freeman Clarke al terminar su obra sobrelas Diez grandes Religiones, y al proclamar la cristiana como lareligión definitiva é imperecedera del humano linaje: que no se amengüela libertad del espíritu; que no se acepte con ceguedad lo quecontradiga al sentido común; que no se achique ó mutile la ciencia pormiedo de que triunfe de la fe; que ningún placer inocente, que ningunanatural alegría de la vida y que nada de cuanto hay de hermoso en laliteratura, en el arte, en la sociedad y en el hogar doméstico, seasacrificado; sino que todos los hombres vengan á Jesús y hallen en Él elmedio más poderoso de elevarse hasta su Eterno Padre y la revelación máscumplida de perdón, paz, esperanza y vida eterna, indispensable para eldesarrollo perfecto y completísimo de nuestro ser humano.

En los jesuítas hay en nuestro tiempo una limitación y una estrechez demiras harto contrarias á las susodichas aspiraciones. Se olvidan de quela letra mata y el espíritu vivifica, y se olvidan de que el espíritu deverdad hará resplandecer toda verdad ante los ojos de los que lesiguen.

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SOBRE DOS TREMENDAS ACUSACIONES

CONTRA ESPAÑA, DEL ANGLO-AMERICANO DRAPER

Influencia del elemento indígena en la cultura de los moros delreino de Granada, por D. Francisco Javier Simonet. ¿Shall Cuba befree? (Artículo de Clarence King, en la revista de Nueva York TheForum.)

El librito cuyo titulo va en el epígrafe contiene en pocas páginasbastantes datos y mucha doctrina; mas, no sólo por esto, sino por lasideas que sugiere y por los comentarios de que puede ser objeto, hallamado mi atención y me ha movido á llamar también sobre él, si puedo,la atención del público.

El Sr. Simonet, autor del librito, es un arabista de reconocido mérito,de grande ilustración y catedrático en Granada de la lengua del Yemen.Ha publicado ya varios libros en que muestra su mucho saber. Uno deellos ha sido premiado por la Real Academia Española, y otro ha sidopremiado por la Real Academia de la Historia.

La obra de que nosotros vamos á hablar es menos fundamental y profunda:es una obra de divulgación. Y si bien trata de sucesos, pasados ya hacesiglos, tiene, en nuestro sentir, un interés de actualidad.

En las naciones extranjeras abundan los escritores desapasionados yjuiciosos, de quienes no podemos quejarnos; pero no escasean tampoco losescritores violentos, ciegos de furor, fanáticos con el fanatismo quehoy se estila, y tan acérrimos enemigos de España, que no hay crimen,maldad é infamia que no atribuyan á nuestra nación, infiriendo de ahíque la postración y decadencia en que hoy estamos es un justo castigo deDios, y, si no cree en Dios el que de esta suerte quiere requebrarnos,una ineludible consecuencia de las leyes fatales, impuestas no se sabepor quién, que dirigen y ordenan la marcha de la humanidad á través delos siglos.

Con algunos autores tenemos cierta disculpa, ya que para ellos no hayresponsabilidad ni libre albedrío. Todo ó casi todo depende del medioambiente. Y

si nosotros somos crueles, codiciosos, traicioneros, y sobretodo temerosos de Dios, que, según Buckle, es la peor de las cualidades,todo ello consiste en que en España no hay lluvias regulares sinoferoces tormentas y prolongadas sequías, y además tal multitud deterremotos, que nos tienen siempre con el alma en un hilo y con elcorazón en un puño y producen en nosotros la crueldad y la intoleranciareligiosas.

En prueba de que no exagero y de que no pueden ser más atroces lasinjurias que nos dirigen algunos escritores, cuyas obras se traducen alcastellano, teniendo acaso nuestro público el mal gusto de estimarlas yla candidez de creer lo que dicen, citaré al célebre catedrático de laUniversidad de Nueva York, Juan Guillermo Draper, el cual, en su Historia del desenvolvimiento intelectual de Europa, asegura queEspaña, en justo castigo de sus espantosos crímenes, está hoy convertidaen un horrible esqueleto entre las naciones vivas, y añade Draper: «sieste justo castigo no hubiera caído sobre España, los hombres hubieranciertamente dicho: «no hay retribución: no hay Dios.»

Por donde se veque es un bien y no un mal el que este pobre país esté muy perdido,porque mientras peor estemos, mayores y más luminosas serán las pruebasde la existencia de Dios y de su justicia. Largo es, muy largo, elcapítulo de culpas que Draper nos echa á cuestas; pero las dos culpasmás enormes, son las de haber destruido por completo, ó casi porcompleto, dos civilizaciones; la oriental y la occidental.

La primera de estas dos acusaciones no es tan ridicula como la segunda,de que hablaremos después, mas no por eso es menos falsa.

Indudablemente, los árabes, antes del Islam, poseían cierta extrañacultura, en algunos puntos patriarcal y propia de pueblos nómadas ypastores; en otros puntos, como por ejemplo en la poesía, hastarefinada. Cuando entusiasmados por las predicaciones de su profeta, searrojaron á conquistar el mundo, no se puede decir que fuesen bárbaros.Tal vez por no serlo y por hallarse muchos países vejados, humillados yoprimidos por razas conquistadoras y por gobiernos despóticos, les fuefácil conquistarlos. Tal vez fueron recibidos como libertadores enalgunos países, ó el pueblo al menos se sometió con docilidad á su yugo,no hallándole más pesado que el que antes sufría. Así se explica, porejemplo, que cuatro ó cinco mil muslimes conquistasen el Egipto. Así seexplica que no muchos más hiciesen la conquista de España. En pocotiempo se extendió el imperio musulmán desde la India y las fronteras dela China hasta el Mediodía de Francia, salvando los Pirineos. Losárabes, sin embargo, no eran muchos, y arrastraron en su expansión,valiéndose de ellas para triunfar, á hordas bárbaras ó semi-salvajes,como los habitantes del Norte de Africa, mauritanos, bereberes, ó comoqueramos llamarlos. En España se llamaron y se llaman moros. Sin dudapor cada árabe de los que vinieron á la conquista de España, bien sepuede suponer que hubo un centenar de moros. Y esto en el principio,mientras España estuvo sometida al califato de Oriente, y también, asídurante la independencia de la España musulmana del mencionado califato,como desde la fundación del de Córdoba hasta su desmembración y ruinadespués de la muerte de Almanzor. La multitud de reyezuelos quesurgieron de la ruina del califato, cuando no eran renegados españoles,eran moros y no árabes. Y, por último, en la época de las dos primerasgrandes invasiones africanas, la de los almoravides y la de losalmohades, que en España prevalecieron y duraron, el elemento arábigoentró por muy poco. Los invasores y dominadores de España fueronafricanos bárbaros, que no pudieron traer ni trajeron ningún principiocivilizador á nuestra Península. Aquí fue donde se domesticaron ycivilizaron algo, sometiéndose sin sentirlo los vencedores á la superiorinteligencia y saber de los vencidos y al influjo que de esto nace.

Los árabes mismos no poseían, al extenderse por el mundo y al apoderarsede España, una civilización superior y propia. Tuvieron, sí, el méritode no destruir la civilización de los países que ocuparon: de aceptar yde recibir en cada región algo de lo que allí se sabía, ya conservándolopara que no se olvidase ó se perdiese, ya siendo como vehículo parallevarlo de una región en otra. Esta buena cualidad, que no fue sólotolerancia, sino curiosidad simpática y afición respetuosa al saber delos vencidos, valió de tal suerte que, durante algunos siglos, acasohasta después de las últimas cruzadas, pudo creerse que el mundomusulmán era más culto que el mundo católico, y los espíritussuperficiales pudieron esperar ó temer que el islamismo en Asia, en elnorte de Africa y en España, arrebatase al cristianismo europeo labandera del progreso y la antorcha de la cultura. Casi todo este brillo,sin embargo, y esta aparente superioridad en algunos momentoshistóricos, se debieron en todas partes, y más que en ninguna en España,á la civilización de los vencidos, á veces respetada, por lo cualmerecen los vencedores elogio, á veces viva y retoñando y reverdeciendosiempre, sin que pudieran los vencedores arrancarla de cuajo, á pesar delos esfuerzos que hicieron, y al fin sometiéndose á ella.

En suma, no es posible descubrir en toda la cultura hispano-muslímicacosa alguna de valer que haya surgido en Arabia ó en Africa, entrealarbes y moros, y que desde allí haya venido á España. A mi ver, cuantaalabanza se quiera dar á la cultura muslímica española, es alabanza quese da á los españoles mahometanos, y no á moros ni á árabes que viniesende fuera trayéndonos ciencias, artes ó industrias que aquí no existiesenó que aquí no tuviesen origen.

Por lo demás, yo creo que en la prosperidad y en la grandeza de losestados ó reinos musulmanes que hubo en España, entran por mucho laponderación y la jactancia de los historiadores. Entra también por algola manía de no pocos críticos y pensadores modernos, de encarecer óensalzar demasiado cosas que, si bien son bellas ó buenas, no merecentan ponderativos encarecimientos.

Apenas hay gran pueblo, de los que más han figurado en la historia, queno haya dejado más hermoso y brillante rastro de sí que los árabes ensus monumentos.

Se supone, y no he de negar que es suposición muy poética, que lacultura arábiga, no sé si en España sólo ó también en otros países,depende ó está ligada á una estrella que los griegos llamaron Canopo ylos árabes Sohail. Esta estrella brilló, siglos ha, muy alto sobre elhorizonte de España. En el día, á causa de la precisión de losequinoccios, apenas se levanta poco más de un grado sobre el horizontede Cádiz.

Cuando Sohail desaparezca de nuestro cielo, desaparecerántambién y serán ruinas y escombros los monumentos del arte arábigo queen España quedan.

Esperemos que este vaticinio astronómico no se cumpla, para lo cualimporta que haya restauradores artistas como el Sr. Contreras, y quenuestros ministros de Fomento no escatimen los recursos, no ya paraconservar lo que aún existe, sino para restaurar lo que se hallalastimosamente medio destruido. Así, por ejemplo, yo no me contento conque la Alhambra se conserve, sino que, si de mí dependiese, haríarestaurar las dos torres de las Infantas y de la Cautiva, cada una delas cuales es, ó, mejor dicho, ha sido, y puede volver á ser, unaprimorosa filigrana: un palacio ó casa real de la Alhambra en miniatura.

Acaso como arquitectos es como los árabes son, ó han sido, másoriginales. ¿Pero quién negará que su arquitectura tiene escasa majestady solidez, y que se distingue y es digna de elogio, más que por nada,por las menudencias y prolijidades del ornato?

El edificio más grandioso que de la época muslímica queda en España esla catedral de Córdoba; la antigua mezquita de Abderraman. Pero en aquelbosque de columnas que forman las diecinueve naves ó calles, ¿haymuchas columnas que sean arábicas?

¿No ve, hasta el más profano, quetodas ó casi todas, son de templos cristianos ó gentílicos, de la épocaromana ó de la época visigótica, arruinados y despojados por losmuslimes para edificar y hermosear su templo? Este templo, á decirverdad, no me entusiasma tanto como á otros, en cuyo entusiasmo meparece advertir no poco de extravagancia. Hasta figurándome la mezquitaintegra, en todo su esplendor, sin templo cristiano en su centro y talcomo estaba en la época de los Abderramanes, sin la pared que la limitaahora hacia el patio de los Naranjos, y dejándose ver desde él toda lalongitud de las diecinueve calles, alumbradas por lámparas de plata yoro, y hasta figurándome además en todo su esplendor y belleza losprimorosos mosaicos, alicatados y dibujos de la capilla del Mihrab, yohallo, y he de confesarlo aquí, aunque se pongan las manos en la cabezalos que me lean, que me parece más hermoso, más digno, más artístico eltemplo cristiano que se levanta ahora en medio de la mezquita y quetantas y tantas personas lamentan el que allí se haya levantado. Para migusto, no ya el templo en su totalidad, sino alguno de sus pormenores,como por ejemplo, la sillería del coro, vale más que el Mihrab con todossus arabescos y que cuantos primores, labrados con prolijidad bárbara,contiene y contuvo la mezquita en su época más brillante.

No discuto aquí si hubiera sido ó no mejor edificar en cualquiera otraparte el templo cristiano y dejar la mezquita integra y tal como estaba.Falta de sentido arqueológico y de buena critica de bellas artes puedeafirmarse que hubo en esto; pero, ¿en el siglo XVI, hubiera habido encualquiera otra nación de Europa un amor más fino á la arqueología, y unjuicio más claro sobre el valer artístico é histórico de un monumento,que hubieran impedido, sobreponiéndose al sentimiento religioso, laconstrucción de un templo cristiano en el centro de la mezquita? Si poruna parte, algo de la mezquita se destruía, ¿cómo negar por otra que hayno poco de poético y de sublime en la idea realizada de levantar enmedio del más espléndido santuario del islamismo y del arte orientalotro magnífico santuario, según el gusto europeo, más adecuado al cultoy glorificación del Dios trino y uno?

No negaré yo la gracia y el encanto de algunas construcciones arábigas.

Si los árabes produjeron algo original, fue en arquitectura, aunque talvez tomasen mucho del arte bizantino y de la arquitectura de la India yde la Persia y de otras regiones que invadieron ó conquistaron.

Aun así es de notar y de deplorar la vida efímera é inconsistente de losmonumentos arábigos. La estrella Sohail no se había ocultado aún bajo elhorizonte de España, y ya no había en Córdoba ni huellas de los palaciosde los califas; Medina-Azahara se había desvanecido; los alcázares yjardines de Almotamid en Sevilla, de Almotacín en Almería, y de otrosreyezuelos elegantes y sibaríticos, se diría que se los había tragado latierra. De ellos no queda una columna en pie; ni huella, ni rastro.Todavía en Grecia, en Sicilia y en Italia, están erguidos y casicompletos monumentos del arte helénico, anteriores de seis ó sietesiglos á la Era cristiana; en Egipto, en la India y en la Persia y enotras tierras del centro de Asia, subsisten pasmosas obras que dantestimonio del poder arquitectónico de pueblos que fueron grandes hacemiles de años, mientras que de los árabes, sobre todo en España y de lamejor época, apenas queda nada. El mismo alcázar de Sevilla, más quemoro, es mudejar, y honra más el buen gusto del caprichoso y populartirano D. Pedro de Castilla, que la elegancia del rey poeta Almotamid, óla magnificencia de su tremendo padre, que adornaba sus jardines y laspuertas de su alcázar con las cortadas cabezas de sus enemigos.

Los encomiadores de los tiempos muslímicos en España ponderan más aún, yno menos superficialmente, el gran florecimiento y prosperidad á que laagricultura había llegado entonces. Para las irrigaciones, sobre todo,no tienen más que alabanzas. Hay quien imagina que España en tiempo delos moros era toda ella una florida, amena y fructífera huerta, que loscristianos luego hemos marchitado y destruido. Nada más falso que esteaserto. Bastante digno de encomio hicieron los moros (ó, mejor dicho,los españoles musulmanes, pues no hay razón para que fuesen moros ópara que nosotros así los llamemos), á fin de cultivar, regar bien yhacer productiva la tierra, especialmente en Valencia, Alicante, Murciay Granada; pero cuando se estudia bien este asunto, se ve que loscristianos hicieron más y mejor para el mismo fin después de laconquista, así en grandiosas y útiles obras hidráulicas, como en leyes yreglamentos para organizar sabiamente el regadío. D. Jaime I en Aragón yD. Alfonso el Sabio en Castilla, aunque no tuvieran más que este mérito,gozarían de inmortal popularidad y serían gloriosos y benditos. Pero haymás aún: los más colosales trabajos realizados para el riego, trabajosque pasman por su solidez y magnificencia, son de las épocas en que sesupone á España sumergida en las tinieblas horrorosas de un brutalfanatismo; son del reinado de Felipe II, bajo cuya protección y por cuyaexcitación se construyeron los admirables diques y pantanos de Alicante,de Elche y de Almansa, ó son del tiempo de Carlos III, bajo cuyaprotección y por cuya excitación se hicieron los de Lorca.

En artes y letras es mayor desatino sostener que los moros importarannada en nuestro país, ni influyesen, salvo un poco en la arquitectura,en el desenvolvimiento intelectual de los españoles. De escultura ypintura no hay que hablar, pues, aunque, á veces, faltando á lospreceptos de su religión, esculpiesen y pintasen algo, lo por ellospintado y esculpido fué grosero y rudo. Así lo atestiguan las esculturasy las pinturas que en la Alhambra se conservan. Poesía dramática notuvieron nunca. Algo de poesía épica ó narrativa puede decirse quétuvieron, si bien no tuvieron nada que, ni remotamente, pudieracompararse, no digamos ya al antiquísimo poema del Cid, pero ni á lasleyendas de santos de Gonzalo de Berceo. De aquí se infiere que nuestragran literatura nacional trilingüe, castellana, catalana y portuguesa,nació ó retoñó en estos idiomas vernáculos, de su antigua raíz y troncocristianos y latinos: raíz y tronco firmemente plantados en nuestrosuelo. Y si algo de fuera, si algo extraño vino á ayudar ó á fomentar elreverdecimiento de esta literatura, vino de Francia y de Italia, y no dela morería. Por el contrario, yo creo que debe y puede sostenerse que lapompa oriental, las galas y primores, á veces excesivos, y ciertaredundancia que en nuestra poesía y en nuestra elocuencia se notanfrecuentemente, y aun se censuran, son ya sobras ó defectos que de muyantiguo tuvieron los españoles, y por los cuales fueron motejados enRoma Lucano, Séneca y otros prosistas, oradores y poetas de nuestrapatria.

En las poesías escritas en lengua arábiga por españoles y en España,aunque durante la dominación muslímica, no hallo difícil percibir, átravés de la forma clásica tomada de la antigua poesía del Yemen y de laimitación de los verdaderos poetas árabes más famosos y celebrados,algo, y no poco, en el sentir y en el pensar, nacido en corazones yespíritus españoles, y que casi de seguro no hubiera nacido jamás en elalma de un moro de Africa ó de un beduino de Arabia. Este orientalismoes tan español y tan poco oriental, que á raíz de la última reconquistase manifiesta esplendorosamente en prosa y en verso en nuestraliteratura española y nace del concepto fantástico, transfigurado yhermoso, que la mente de los vencedores crea y forma de las costumbres,usos, pasiones y cultura del pueblo á quien ha vencido. De aquí lanovela caballeresca, la ficción graciosa de Ginés Pérez de Hita. Y deaquí la multitud de preciosos romances moriscos y el tinteimaginariamente oriental que engalana tantas de nuestras obras poéticas,desde los mismos romances moriscos que incluye en sus Guerras Civiles el mencionado Ginés Pérez de Hita, hasta los admirables romances deGóngora y de D.

Nicolás Moratín, hasta el arabismo cordobés del duque deRivas en El moro expósito, y hasta los esplendores y ensueñosorientales del valenciano Arolas y del instintivo y popularmenteiluminado poeta Zorrilla en su leyenda de Alhamar y en otrascomposiciones y fragmentos. Casi todo esto contiene un arabismo úorientalismo hechicero y de color de rosa, tan creado por nosotros, quebien se puede asegurar que no hay árabe ni moro que, aunque se letradujera en su lengua, entendiese palabra de ello.

¿Ni cómo habían de entender las quintas esencias y los refinamientosamorosos y místicos que gastan los poetas y algunos de sus héroes, ylos discreteos, delicadezas y finuras de sus galanes y de sus damas?

No voy á dilucidar aquí si algunas poesías compuestas en España, aunqueen lengua arábiga y por muslimes españoles, pudieron ejercer influjo enla poesía castellana; si los cristianos conocían dichas poesíasarábigas; si varios romances, como el de la pérdida de Valencia,fueron traducidos ó imitados del árabe; si el arcipreste de Hita, ya enel fondo, ya en la forma, imitó cantares moriscos; y si la elegía deAbul-Beka de Ronda, en su primera parte, fué uno de los modelos que tuvopresente Jorge Manrique cuando compuso sus admirables coplas. Lo quesostengo es, que, en todo caso, fué cortísimo el influjo éinsignificante la imitación. Schack, por más esfuerzos que hace, tieneque convenir en que los cristianos españoles conocieron poco la poesíaarábigo-hispana y la imitaron menos, y tiene que convenir también en queesa poesía arábigo-hispana, más ó menos conocida é imitada, apenas teníaya de arábiga sino la lengua en que estaba escrita.

Pasando ahora de las letras á la ciencia, empezaré por decir que no meincumbe estimar aquí y tasar en su valor la de los árabes; pero síprocuraré, aunque sea compendiosa y someramente, hacer tres importantesafirmaciones. Es la primera la de que España, cuando la conquistamuslímica, tenía su ciencia propia, de la que dan testimonio clarísimono pocos escritores y sabios, descollando entre todos San Isidoro deSevilla, y que esta ciencia, á pesar de las persecuciones y tiranías delos conquistadores, continuó luciendo entre los muzárabes ó pueblocristiano vencido, y dió altas muestras de sí en el abad Sansón, en SanEulogio y en Alvaro de Córdoba. Es la segunda que los árabes y los morosno eran sabios cuando vinieron á España, ni trajeron sabios consigo, desuerte que los sabios y la sabiduría que hubo más tarde entre ellos, nodeben tenerse por arábigas sino por españolas. Tan español es Averroescomo Séneca, como Luis Vives ó como Domingo de Soto. Y es la terceraque, lejos de destruir los cristianos españoles la ciencia mucha ó pocade los españoles muslimes, la protegieron, la fomentaron, seaprovecharon de ella y la difundieron por toda Europa. En este punto,más que en ningún otro, la acusación de Draper no puede menos deatribuirse á mala fe, á ligereza ó á supina ignorancia.

Otro pueblo, además de los árabes y de los moros, hubo en España durantetoda la Edad Media, el cual, por su larga permanencia entre nosotros(tal vez, en parte, desde antes de la venida de los romanos), no podíaser mirado en España como forastero, sino como indígena. Era este puebloel israelita, que valió, importó é influyó más que los muslimes en lacivilización del mundo, floreciendo y mostrando tal actividad en Españapor su saber, que bien podemos jactarnos de ello como de una gloria.Maimónides, Ibn Gebirol, los Ben Ezrra, Jehuda-Leví de Toledo y otrosmuchos filósofos, doctores y poetas nos pertenecen, como por ejemplo,Mendelshon ó Enrique Heine pertenecen á Alemania.

Llamemos ahora, para acomodarnos á la manera vulgar de expresarse,ciencia arábigo-judaica á toda esta ciencia que floreció en España entrelos españoles que siguieron la ley de Moisés ó la ley de Mahoma. ¿Quéfundamento hay para asegurar, como asegura Draper, que los cristianosespañoles la destruyeron?

Los rabinos ilustres, los filósofos y los doctores musulmanes, arrojadosde Andalucía por el fanatismo de los almohades, tuvieron franca acogiday lograron protección generosa en las cortes de los reyes de Aragón yCastilla. Así, las célebres escuelas de Lucena y de Córdoba vinieron átrasladarse á Barcelona y á Toledo.

Ansiosos de difundir por el mundoesta ciencia arábigo-judaica, ya en la primera mitad del siglo XII, elarzobispo toledano D. Raimundo y sus amigos y clientes hicierontraducir, tradujeron y dieron á conocer á Francia y á otras nacionescristianas las obras y doctrinas de Al-kendi, Alfarabi, Avicena,Avicebrón y otros autores. Sin duda, Domingo Gundisalvo y Juan deSevilla fueron los iniciadores y divulgadores primeros de la filosofía ydel saber semíticos en la Europa de la Edad Media.

Ernesto Renán nos reconoce este mérito y nos concede por ello su nadasospechosa alabanza, diciendo: «La introducción de los textos árabes enlos estudios occidentales divide la historia científica y filosófica dela Edad Media en dos épocas enteramente distintas, y el honor de estatentativa, que había de tener tan decisivo influjo en la suerte deEuropa, corresponde á Raimundo, arzobispo de Toledo y gran canciller deCastilla.»

Claro está que muy fácilmente y con erudición de segunda mano, tomada devarios autores españoles, entre los cuales sobresalen Menéndez y Pelayoy Amador de los Ríos, pudiera yo extenderme aquí y convertir en libroeste artículo para demostrar hasta la evidencia que todo el saberarábigo-judaico de España fue propio de los españoles, y que éstos, nosólo le crearon, sino que le divulgaron por toda Europa.

El librito del Sr. Simonet, que da lugar á las consideraciones que hemosexpuesto, las confirma con gran copia de erudición y con multitud dedatos y de hechos, algunos de los cuales citaré en este escrito,tomándolos al azar ó prefiriéndolos por más curiosos. Muladíes óespañoles de puro origen, bien probado, ya por documentos históricos, yapor sus propios nombres de mal disimulada etimología latina ópeninsular, fueron: «Abdelmelic-ben-Hagib el Asolamí, Ali Ibn-Hazm, elcélebre Ibn Thofail, el insigne botánico malagueño Ihn-Albaithar, eldistinguido gramático Abdalah-Ben-Vivax, el poeta y naturalista AbúOtzman Ibn Loyon, los literatos y poetas Ibn Corral é Ibn Xalvator óSalvador, y hasta el egriego filósofo Ibn Badja ó Pace (desfigurado elablativo latino) á quien conocieron los filósofos escolásticos de laEdad Media con el nombre de Avenpace.» En conclusión (para terminar eneste punto mi artículo, como termina el señor Simonet el libro de quetrato), de los testimonios que hemos alegado se infiere que, ni alelemento arábigo, ni al berberisco, sino al indígena, se debe, en sumayor parte, el esplendor literario y artístico del califato cordobés ydel antiguo reino nazarita. Y por si acaso nuestras razones parecierenpoco fuertes, ó inspiradas tal vez por el sentimiento patrio,concluiremos apoyándolas en la autoridad de un crítico extranjero muycompetente, del alemán Guillermo Lubke, que en su celebrado Ensayosobre la historia del arte se expresa así:

«Si el arte árabe sedesarrolló en España con más perfección que en los otros países islamizados, se debe sin duda á las relaciones íntimas de moros ycristianos, en las cuales, éstos comunicaron á aquéllos algo de lonoble, amable y caballeresco que resplandece en todos los ramos de sucivilización, ciencias, arte y poesía.»

Saltemos ahora de la llamada civilización oriental á la occidental, que,según Draper, también hemos destruido. Esta civilización, que Draperafirma que era superior á la civilización española del siglo XV, es laamericana precolombina.

Imposible parece que se diga de buena fe tamaño disparate. ¡Qué diantrede civilización había en América antes de su descubrimiento! Por casitodas partes era completo el salvajismo. Menos en el Perú, no creo queen región alguna hubiese animales domésticos. Había en varias tribusconocimientos elementales de agricultura, pero en las demás se vivía dela pesca y de la caza, ó los hombres se comían unos á otros. Lossacrificios humanos exigían millares de víctimas. El perpetuo estado deguerra y los vicios nefandos destruían la población é impedían suaumento. En Méjico, que era el imperio más civilizado, no habíandescubierto aún que con un líquido combustible y con una torcida sepodían alumbrar de noche, y la pasaban á oscuras por falta de candiles.Los jeroglíficos en embrión de aztecas, yucatecos y otros pueblos delcentro de América (aun dando por supuesto que los más significativos ymejor pintados no son posteriores á la venida de la gente española y noson obra de indios industriados y medio civilizados ya por nosotros), ámás de ser casi ininteligibles, dejan entrever una cultura hartoinferior á la de los antiguos imperios del centro de Asia más de milaños antes de Cristo. Si algo hubo de más valor en la antiguacivilización americana, había decaído y se había corrompido ó degradadoantes de llegar los españoles. Poco ó nada tuvimos que destruir nosotrosque no fuera perverso y abominable. En cambio llevamos á América nuestrapropia cultura europea y cristiana, y llevamos el café, la caña deazúcar, el caballo, la vaca, el carnero, el trigo, las frutas exquisitasde Europa y de Asia, y otras mil cosas excelentes que por allí no había.

Se nos acusa de haber procedido con crueldad y codicia y de habersometido á duros trabajos y atormentado con atroces castigos á lapoblación india, hasta el extremo de mermarla y aun de hacerladesaparecer en algunas regiones. No seré yo quien defienda á todos losaventureros españoles de entonces, admirables y gloriosos por suinteligencia y por sus bríos, pero que distan mucho de valer paramodelos de santidad, y que tal vez, como vulgarmente se dice, eran lopeor de cada casa. Si hubieran sido aventureros ingleses, franceses óalemanes los que á fines del siglo XV

hubieran ido á América, ¿sehubieran conducido con más humanidad que los españoles? ¿Fueron másmansos y amorosos con los indios los alemanes á quienes el emperadorCarlos V concedió que se estableciesen y se extendiesen por las que hoyson repúblicas de Venezuela y Colombia? ¿Se condujo más afable ydulcemente, no ya con los indios, sino con los mismos españolesestablecidos en América, el enjambre de piratas, corsarios yfilibusteros que en diferentes épocas fueron allí contra nosotros?

Los hombres de guerra y de aventuras en todos tiempos, y más aún en elsiglo XVI, no han pecado por lo cariñosos y suaves; y en dicha épocahabía dos corrientes de sentimientos y de ideas que endurecían más susentrañas: el fanatismo religioso de la Edad Media persistente aún, y elrenacimiento pagano, que, al traernos las elegancias y los primores, lasartes y las letras de la clásica antigüedad, nos trajo también no pocode su corrupción, de sus vicios, de sus pasiones sensuales y de su sedde deleites y bienes de fortuna. Muchos de estos defectos no podíanmenos de tenerlos los aventureros audaces que envió España á América;pero la misma España no los tenía. ¿Pueden ser más filantrópicas que loque son las leyes de Indias? ¿Se mostraron nunca nuestros legisladorescrueles ni faltos de caridad para con los pueblos salvajes ósemi-salvajes á quienes civilizamos y cristianizamos? ¿Ha habido nuncapueblo de más católico corazón que el pueblo español? Y digo católico en el más lato sentido de la palabra, envolviendo en ella elsignificado que tienen hoy las palabras cosmopolitismo y humanitarismo. Fr. Bartolomé de las Casas no fué el único defensor delos indios; fué acaso el más vehemente y atrabiliario; pero antes ydespués de él hubo multitud de santos misioneros y de almas piadosas quedefendieron y protegieron á los indios, y desde luego los consideraroniguales á ellos, y á veces superiores, cuando por su nacimiento, por laautoridad de que gozaban ó por el respeto que les tenían los de sucasta, eran superiores en su tierra. No sería tan grande la tiranía y laopresión de España cuando, no sólo igualó al pueblo indio con el puebloespañol, sino que dió cartas y títulos de nobleza á los indios que sedistinguían ó eran ya nobles entre los suyos. Todavía, por ejemplo, esgrande de España y duque, y goza de una pensión cuantiosa entrenosotros, el sucesor de Moctezuma.

Y últimamente, con motivo del centenario del descubrimiento de América,la ilustre duquesa de Alba, ha sacado del archivo de su casa y hapublicado un tomo voluminoso, donde se contienen multitud de títulos denobleza, escudos de armas y honrosos privilegios concedidos por losmonarcas españoles á muchos señores indios á raíz de la conquista.

En cuanto al pueblo, yo creo, y tengo por seguro, que se puede demostrarque en muchas de las tierras descubiertas y ocupadas por los españolesen América, los indios, en vez de perder, ganaron en ser conquistados.Aun durante la misma conquista, por mucha importancia que se dé á lasuperioridad de nuestra caballería, de las armas de fuego y de lapericia militar, no se comprende cómo unos pocos españoles pudieronvencer y sujetar con crueldades á grandes muchedumbres y á poderososimperios.

Esto

se

comprende

mejor,

entendido

como

debe

entenderse:asegurando

que