Viajes por Europa y América by Gorgonio Petano y Mazariegos - HTML preview

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Elegante y espacioso es el embarcadero del camino de hierro; tomé billete de primera clase en tren directo, cosa que aconsejo á todos tanto por la economía de tiempo como por la mayor seguridad que ofrece, y apénas sonaron las ocho de la mañana en el reloj de la estacion, rompió su majestuosa marcha el tren.

Aquí podria combatir bajo cierto aspecto el sistema de viajes por camino de hierro como prosáicos, en el sentido de que hacen inútil la hermosura y juventud de la naturaleza, que al rapidisimo vuelo con que uno marcha le es imposible admirar. Efectivamente; la poesía de los paisajes diferentes que presenta la naturaleza, así como el encanto de sus cuadros variados y frescos, pasan completamente desapercibidos á traves del rápido curso con que se precipitan los carruajes arrastrados por el fuego.

En cambio y compensacion casi suficiente, pueden á su vez objetar los que no se cuidan de las bellezas del campo, que vale mucho mas prescindir de la poesía que soportar las incomodidades casi insoportables en un largo viaje, de la vetusta y molesta diligencia.

Mi voto en esta cuestion pertenece sin vacilar un momento á las locomotoras. Me entusiasma y complace leer los prodigios que Dios ha escrito en ese libro majestuoso que se llama la naturaleza, pero no es ménos cierto que me asusta y desalienta ese cerrado cajon de madera que se llama diligencia y yo apellido tortura. Sí, no ofrece la menor duda: los caminos de hierro son los preferidos por todo el mundo; aparte de sus inmensas ventajas de inaudita y pasmosa celeridad, ademas de su cómoda disposicion, tienen tambien su poesía especial. Las columnas de humo blanquísimo que suben en forma de corona desde el momento en que rompe su marcha majestuosa el tren, el vuelo solemne é imponente de su carrera, que parece conducir por el aire á los carruajes, tiene tambien su poesía.

Elegantes coches de ocho asientos, anchos, cómodos, espaciosos, ofrecen al viajero la mas cumplida comodidad: una tupida alfombra recoje los piés, que pueden colocarse del modo y forma que mas acomode: de noche tiene dentro cada carruaje luz clarísima para que el viajero lea. Desfilan á su vista durante el dia con la prodigiosa celeridad de un sueño, las campiñas y los pueblos. Si estas magníficas ventajas pueden parangonarse con el penoso encarcelamiento del estrecho calabozo que con nombre de

berlinas

(algo propio sin duda) ofrecen las diligencias, dígalo alguno si se atreve.

La via férrea de Burdeos á Paris es rica en obras notables: hállanse abiertos en su carrera trece ó catorce túneles de consideracion, sólida y elegantemente construidos. Pasan de treinta los puentes ligeros que le hermosean; el terraplen y la nivelacion hábilmente verificados, prestan á la marcha de los carruajes movimiento suave é igual. De corta en corta distancia adornan é interrumpen el camino elegantes estaciones de forma graciosa y moderna, donde se sirven con el mismo lujo que en los mas afamados hoteles, comidas y almuerzos. Los numerosos dependientes que por toda la línea llenan el servicio, pregonan en alta voz á la llegada de los trenes, los nombres de las estaciones. El plazo que en los trenes directos se concede á los viajeros para comer, es sumamente corto. De Burdeos á Paris, que hay una distancia de cien leguas castellanas, solo nos detuvimos á comer en dos estaciones, permitiéndonos solamente quince minutos en una y treinta en otra: todo es necesario para cruzar, como se cruza, tan larga distancia en el brevísimo término de doce horas.

Sin que se sepa por qué, pues la via está perfectamente acabada, es frecuente en averías el camino de hierro de Burdeos á Paris.

La semana ántes de atravesarle yo hubo un tren descarrilado, si bien afortunadamente no ocurrieron desgracias. Esta escena, acaecida diferentes veces ya á pesar de haberse empezado á explotar hace poco tiempo, se repitió el dia en que yo le crucé. Eran ya las ocho de la noche, y despues de haber tenido un felicísimo viaje, nos hallábamos á poca distancia de Paris cuando de repente advertimos que el tren se habia detenido. Despues de aguardar un cuarto de hora sin preguntar la causa, porque suponíamos que instantáneamente comenzaria de nuevo su marcha, y viendo que continuábamos en el mismo sitio, nos decidimos á preguntar la razon. El tren que nos habia precedido hallábase detenido despues de tres horas porque la máquina se habia descarrilado. Los carruajes estaban en medio de la via y el paso del nuestro era imposible. Tres horas poco mas ó ménos sufrimos la inesperada detencion que el tren anterior nos originó: ninguna desgracia felizmente hubo de lamentarse. Una vez despejada la via, avanzó nuestra máquina y á la una y media de la noche entramos en la ciudad que se llama Paris.

De Burdeos hasta la capital de Francia halla el viajero una campiña soberbia, por todas partes cultivada, pueblos grandes, vegetacion lozana, y las importantes poblaciones de Libourne, Anguleme, Poitiers, Tours y Orléans.

Ya lo he apuntado mas de una vez y todavía tendré ocasion de repetirlo: he atravesado la Francia en toda su extension, desde la frontera de España hasta la de Suiza, cruzando una distancia de trescientas leguas.

Por todas partes, sin exceptuar un palmo de tierra, todo está cultivado: los alambres telegráficos no se pierden jamas de vista: estas dos consideraciones hablan muy alto, son las que me llamaron sin tregua la atencion: las quisiera encontrar en toda España.

La verdadera civilizacion consiste en el trabajo, que engendra buenos ciudadanos, ennoblece las almas, acrecienta la pública riqueza y mata la holganza. Los gobiernos que han construido las vias férreas, y los pueblos que han abierto los senos de la tierra con el arado, merecen una alta estima.

Vamos á entrar en Paris.

#PARIS#.

Así como en los siglos de fe religiosa hacíanse peregrinaciones de todas partes para ir á visitar los Santos Lugares, la tumba de Santiago el Apóstol, ó las venerandas reliquias de Roma, actualmente se dirijen todos los curiosos de todas las naciones á

Paris

, la ciudad de las ciudades.

Y en verdad que merece la pena: el arte que nació en el Oriente, que tuvo mas tarde por patria á Grecia y que por último se guareció en Roma, habita hoy en Paris. En este poderoso bazar del lujo y de la pompa, tiene en nuestros dias su templo. El extranjero que llega por vez primera á Paris está seguro de fastidiarse los tres primeros dias con el tumulto de su incansable movimiento y la febril agitacion de aquella vida.

Pero muy pronto la reaccion comienza, y la idea que primero se presenta es la de continuar en su recinto todo el tiempo posible.

Vuelvo á recordar al lector que no pretendo bosquejar sucintamente la historia de los lugares que visito: prescindo del Paris antiguo, y voy á limitarme á reseñar algunas de sus principales maravillas: no consulto ni abro ningun libro, de memoria escribo, y solo los recuerdos dictan mis descripciones. Esto no quiere decir que habrá inexactitudes; eso no: yo hago mencion solamente de lo que he visto por mí mismo: lo que quiero significar es que no mencionaré todo, porque ni ese es mi objeto ni corresponde á un libro de esta índole. Yo visité en la capital de Francia lo que quizá muchos no se acuerdan de ver; en esto como en todo, el gusto especial de cada uno forma regla aparte. Yo haré relacion de lo que he visto.

Al dia siguiente de mi llegada á la capital de Francia, fuíme al Cuartel Latino á visitar dos casas célebres: la que habitó últimamente Robespierre y aquella en que vivia Marat cuando la heróica Carlota Corday libró á la humanidad de tan furibundo demagogo.

Los recuerdos viven por todas partes en Paris: los barrios situados del otro lado del Sena encierran muchos monumentos y edificios notables. Allí está la celebrada Sorbona, de donde han salido hombres eminentes; la Escuela de Medicina, donde ha brillado últimamente el ilustre español Orfila; la Escuela de Artes, en la que se da muy buena enseñanza.

Allí está el Panteón, donde descansan los restos de Rousseau y otras muchas notabilidades; es un sólido y elegante edificio de piedra con dos órdenes de columnas corintias y esbelta arquitectura; allí está la iglesia de Nuestra Señora, que Victor Hugo ha inmortalizado y que hoy profanan con reparaciones bárbaras: es un templo colosal y majestuoso que hace pensar en la fe de nuestros mayores; gótico y riquísimo en decoracion, presenta un soberbio é imponente golpe de vista. A su lado se encuentra el Hotel-Dieu, vasto hospital, bien organizado, pero algo sombrío; le falta aire, ventilacion.

Hállase tambien del otro lado del rio el famoso Luxembourg, con sus recuerdos eternos, sus lucidos jardines y su pompa arquitectural: allí está tambien la magnífica iglesia de San Sulpicio, con una gran plaza delante, adornada con una elegantísima fuente que tiene las estatuas de Fenelon, Bossuet, Massillon y Bourdaloue. Todos los cuatro frentes de la plaza están cerrados con bellos edificios: allí está tambien el Instituto, morada de los sabios de la Francia: allí está tambien el palacio del nunca olvidado cardenal Mazarino: allí está el teatro del Odeon, donde trabajaba en 1854 el distinguido Laferriere, que en el teatro de la cruz de Madrid dió algunas funciones hace siete años. Por último del otro lado del Sena, aparte de muchos monumentos y edificios notables que yo prescindo de mencionar, aparte de sus elegantes plazas y calles, donde el comercio abre sus lujosas tiendas; en el cuartel Latino, digo, habita la gente mas alegre de Paris, los estudiantes.

El Sena, que divide las dos grandes ciudades que componen Paris, es un lindo rio; y digo lindo, porque se encuentra adornado con muchos y elegantes puentes, entre los que descuellan el Nuevo y el de las Artes, el del Instituto y el del Carrousel. Solo viendo el rio puede formarse una idea exacta de su belleza, de su animacion. Un número increible de ómnibus y carruajes que jamas concluye cruza eternamente por sus puentes; la gente que de dia y de noche les atraviesa es tambien innumerable. Figúrese el lector el Sena, con sus ondas tranquilas surcadas por vapores de corta fuerza, cubierto de trecho en trecho por elegantes puentes, con espaciosas casas de baños, iluminado profusamente por el gas, con un mundo de gente y carruajes que hacen vacilar los puentes, con árboles frondosos á derecha é izquierda, y por último, con la decoracion de dos ciudades que le cercan y le sitian presentando cada una en línea paralela de sus riberas á lo largo, un lienzo soberbio de palacios y monumentos que la vista no puede abarcar.

El Louvre y las Tullerías por un lado, con la plaza de la Concordia, la primera del mundo, los Campos Elíseos, dichosos y afortunados jardines que no tienen rival por el otro, el palacio de los Diputados, Notre-Dame

, Santa Capilla, el Instituto, etc., etc. Figúrense, digo, si pueden con la imaginacion un cuadro semejante, y hallarán la verdad de lo que es el Sena observado desde el puente de las Artes á las doce de un dia sereno.

El Paris del lado de acá del rio, el Paris moderno, contrapuesto al del Cuartel Latino, es la residencia del mundo elegante. Se compone de inmensos é innumerables barrios, á cual mas ricos en palacios suntuosos y elegantes casas. Las calles rectas, anchas y ventiladas, presentan un aspecto siempre agradable; las tiendas elegantes que hacen de Paris un solo comercio con muchas puertas, la edificacion alta y de moderno gusto, el paso constante de una multitud que siempre varía, todo reunido forma un bello y animado cuadro.

La gran calle de Rivoli, que tiene una prodigiosa extension, y que dará la vuelta á la ciudad, es la mas majestuosa y soberbia via que puede hallarse despues del Boulevard. Este, que cruza el corazon de Paris, largo de una legua, es lo que no puede describirse, es lo que se necesita ver. Anchísimo, recto, sembrado de árboles á derecha é izquierda, con aceras tan capaces por sí solas como las calles de muchas ciudades, cubierto de un extremo á otro por una red de carruajes que de dia y de noche se precipitan los unos tras los otros, henchido del millon y medio de habitantes que cuenta Paris, pues todo el mundo cruza al ménos una vez al dia por él, vestido de un extremo al otro con el oriental lujo de sus millares de tiendas; este boulevard merece verse con preferencia á cualquiera capital, y digo capital, porque Paris es el boulevard, y el boulevard por si solo és una capital.

Con la iglesia de la Magdalena, que mas que templo cristiano semeja un edificio griego consagrado al culto de las artes, ábrese por un lado ese animado teatro que se llama boulevard[4]. Todo lo que puede contener una opulenta ciudad se encuentra reunido en esta hermosa calle de una legua de extension, anchísima y recta como he apuntado ya. Palacios, monumentos, estatuas, teatros, arcos de piedra colosales, lienzos de altísimas casas de bella forma, pasajes de asiática elegancia, hoteles y cafés en fabuloso número, todo lo que puede soñarse reside allí. Su movimiento no tiene imágen ni término: á todas horas está cubierto de gente y carruajes desde el principio hasta el fin. Al cruzarle durante el dia, se acuerda involuntariamente el que compara y estudia de esas descripciones que aun nos quedan de las ciudades de la antigüedad oriental, que aunque de otro género, mas elevado, se componian de magnificencias y grandezas. El boulevard es una calle cosmopolita: en él se oyen hablar todas las lenguas, y se ven todos los trajes.

Ya que he mentado la iglesia de la Magdalena, voy á señalar al extranjero el sitio desde el que puede experimentar una emocion de entusiasmo como la que yo sentí.

Colocado el observador en el vestíbulo de la entrada principal de la iglesia, mirando á la calle Real, se desplega delante de su atónita vista un verdadero panorama. A la izquierda el boulevard, que por sí solo forma un majestuoso cuadro: á la derecha una dilatada y espaciosa plaza, y en frente lo que el pincel apénas puede reproducir. Hé aquí el frente: la calle Real, recta, ancha, elegante, casas altísimas y bellas, palacios, carruajes, árboles: al concluir la calle, y todo en línea recta, las esplendentes fuentes de la plaza de la Concordia, el obelisco traido de Egipto, el puente del mismo nombre de la plaza, y cerrando el cuadro, el Palacio de los Diputados, por detras del cual asoma su alta cabeza la cúpula del cuartel de Inválidos.

Si puede reunirse mas riqueza de accidentes y detalles, es cuestion que solo puede resolverla favorablemente la plaza de la Concordia, á la cual voy á conducir inmediatamente al lector.

Desconfío de poder dibujar con tintas exactas tan portentoso sitio. Es cosa sabida que no tiene rival en el mundo. Héla aquí: colocándose en el centro, que mira al arco de la Estrella, se destacan á la derecha los opulentos palacios del Ministerio de la marina y del Guarda-Muebles: en medio de ellos, la calle Real, cerrada por la iglesia de la Magdalena: á la izquierda el palacio de los Diputados. Frente por frente del sitio en que estamos colocados, el gigantesco Arco del Triunfo, monumento admirable de arte en cuyos muros se hallan inscritos todos los nombres de las batallas de Napoleon; y haciendo una vuelta completa desde nuestro punto de vista, dando exacto frente al Arco, se alcanza el inmenso palacio de las Tullerías rodeado de jardines y de estatuas.

Añadamos ahora que á nuestro mismo pié se levanta orgulloso el obelisco de Lucsor. Miremos las pródigas fuentes que nos cercan: el Sena que corre á muy poca distancia, los grupos de estatuas que por todas partes vemos, los monumentos, iglesias y palacios que se divisan, los bosques de árboles que nos rodean, el Paris de la izquierda y el Paris de la derecha, los Campos Elíseos que se extienden á nuestros piés, y una vez reunida en un solo golpe de vista tan profusa copia de bellezas, llamemos, que ya es tiempo de hacerlo,

hermosa

á la plaza de la Concordia.

Cuenta Paris mil y doscientos hoteles de primer órden, y respecto al número de maisons meublées

, que nosotros podemos llamar casas de huéspedes, es incalculable.

Las diferentes empresas de ómnibus que hay en la capital tienen doce mil carruajes: el número de los coches particulares no tiene cifra. Parten de Paris líneas de caminos de hierro para todas las fronteras, y los embarcaderos de las estaciones son otros tantos palacios: merece especial mencion el de Estrasburgo, al cual se va por la calle del mismo nombre que desemboca en el Boulevard. Esta calle, larga y ancha, se ha abierto y construido de exprofeso, para dar frente á la magnífica estacion de la citada via férrea. Hoy comunica con el boulevard de Sebastopol.

El Escorial de Francia, ó lo que es mas propio, el panteon de los reyes franceses, se halla situado en la abadía de San Dionisio, fuera de Paris á distancia de una media legua. Para irle á visitar hay como para todo una grande facilidad. En la calle del mismo nombre que sale al boulevard, hay dos empresas de ómnibus que de hora en hora mandan un carruaje: tambien hay via férrea.

La abadía, severa, imponente y majestuosa, es uno de los mejores templos de Francia. Su arquitectura elegante es gótica, sin mezcla de escuelas, y cautiva y sorprende su belleza. En las bóvedas subterráneas del templo reposan en tumbas de mármol todos los que fueron monarcas de la Francia.

Los mercados de Paris son tambien dignos de ser vistos[5].

La moda de los pasajes, fuerte en Paris, mas que en parte alguna, embellece extraordinariamente la capital.

Existe un gran número y todos por la noche brillan como una ascua con su pródiga iluminacion de gas.

La plaza del

Hotel-de-Ville

, célebre por el increible número de ejecuciones que allí se han hecho, ántes y despues de la revolucion, presenta el majestuoso palacio que la da nombre; palacio que puede considerarse como el cuartel general de todas las revoluciones. Allí estuvo el sanguinario tribunal de que fué presidente Robespierre, y allí se formó el gobierno provisional de 1848.

Una de las mas bellas calles de Paris es la de la

Paz

, que desemboca en la plaza de

Vendóme

, donde se levanta la altísima columna de hierro que sustenta á la estatua de Napoleon[6]. Merecen citarse tambien las calles de Richelieu, Vivienne, Saint-Denis, Chaussée-d'Antin, Saint-Martin, Rivoli, Sebastopol, y otras ciento, todas hermosas, rectas, largas, y aun estratégicas

.

Las obras del Louvre, hoy terminadas, y en las que en 1854 se trabajaba de dia y de noche, aturden y admiran. Los dos palacios de las Tullerías y el del Louvre reunidos, forman un todo que dificulto tenga igual. Aconsejo á los amantes de las artes que visiten los museos riquísimos del Louvre, de los que mas adelante me ocupo.

En los Campos Elíseos, aparte de los infinitos espectáculos que allí se ofrecen, acaba de construir la competencia nacional, puesta frente á frente de la inglesa, un soberbio palacio de cristal, mejor dicho de piedra, para templo de la exposicion universal que debe verificarse en mayo de este mismo año. El palacio es inmenso y magnífico, aunque de formas un tanto pesadas; riqueza y arte, nada se ha omitido.

Los teatros de Paris, en número de veinte y seis, están constantemente llenos: aparte de ser mucha la aficion de los franceses hácia todo lo que distrae y entretiene, siquiera sea lo mas fútil y ligero, hay en los teatros muy buenos actores, y en la capital un considerable número de extranjeros que sin cesar se renuevan y acuden á todas partes.

El teatro frances, situado al extremo de la calle de Richelieu, merece verse con preferencia á los demas porque embellece y honra su escena la célebre Rachel, reputada en toda Europa como la primera trágica de la época[7]. Ademas de contar el teatro con esta inspirada actriz, todo el cuadro de la compañía es lo mas selecto de Francia, porque para ser actor de él se necesita haber adquirido muchos triunfos.

La sala del teatro de la grande ópera, la mas elegante y capaz de todas, no es ni con mucho tan bella y majestuosa como la de nuestro teatro Real; bien es cierto que el teatro de Oriente no tiene rival. En Paris hay teatros para todos los géneros y públicos: teatro para la ópera francesa, teatro para la ópera italiana, teatro para la grande ópera, para vaudeville, para la tragedia, para los furibundos melodramas de horca y cuchillo, para la buena comedia, para todo.

Existe ademas un gran número de teatros pequeños donde hacen sus habilidades los discípulos de Cagliostro, los Macallisters

et tutti quanti

. En el Hipódromo, próximo al arco de la Estrella, se parodiaban en 1854 las batallas de la guerra de Oriente, pero con suma precision y verdad.

En los mismos Campos Elíseos, aparte de sus jardines, bosques y palacios, cuéntanse innumerables cafés, fondas, salones de baile y todo lo que idearse puede: tambien adorna el citado paseo el Circo de la Emperatriz, de sólida y esbelta construccion.

Hay tambien muchas sociedades de baile donde las sueltas y alegres modistas danzan con los estudiantes.

El salon de Santa Cecilia, situado en el Boulevard, es uno de los mejores así como el de Barthelemy y Vauxhall. En materia de espectáculos de todo género, Paris sobrepuja á todas las capitales de Europa, inclusa Lóndres: sabido es que los franceses aman lo ligero sobre todas las cosas.

Mas tarde hablaré del Paris moral.

Paris tiene muchos y buenos templos, admirables paseos, riqueza de monumentos y grandes edificios: plazas portentosas y barrios elegantes como ciudades: teatros, carruajes, animacion, bullicio, grandeza.

Ese es Paris tal como yo le ví, verdadero, atolondrador, entusiasta, portentoso. No sé lo que he escrito porque lo hago sin órden. Apunto todo lo que mi memoria me va recordando.

No pretendo en manera alguna haberlo dicho todo: Paris necesita un libro, estos son recuerdos

. Continuemos.

El Paris moral, del cual se ocupan muy poco los que le visitan una vez, es un Paris sombrío y terrible, digno de ser estudiado por un filósofo que pretenda conocer el porvenir de un pueblo.

La sociedad francesa, merced á su educacion materialista, apénas cree otra cosa que en los goces materiales, que son como si dijéramos su dogma. Como el dinero sea el objeto del culto, la sociedad francesa, y en especial la de Paris, es presa del lucro, de la ganancia fácil, inmediata, sea ó no moral.

La fuente de la riqueza es el trabajo: fuera de él se busca en Paris y se adquiere con los auxiliares que se ofrecen, ora la prostitucion ora el vicio. Los hombres, las mujeres, corren desatentados en confuso torbellino en busca del dinero, y un vértigo les empuja, una sed hidrópica de oro los consume.

Así se encuentran otros muchos pueblos de Europa, próximos á un tempestuoso desquiciamiento que necesariamente ha de traer el agio de las bolsas. El feudalismo del dinero pesa hoy sobre los pueblos, mas terrible aun que el de la edad media; este oprimia á nombre de ciertos principios, que aunque ridículos, tenian algo de noble y de grande en la forma; el de nuestros dias es miserable y torpe, no tiene mas lema ni escudo que el dinero, que es su religion, su política, su moral, su blason, todo: el dinero, y nada mas que el dinero. Con él oprimen á las sociedades, imponen la ley á los gobiernos, hacen imposible la libertad: una docena de banqueros judíos presta dinero á todos los gobiernos de la cristiana Europa; dan la ley á todas las bolsas, favorecen y estimulan la ambicion del dinero, á cualquier precio adquirido. La fiebre del oro encenaga las fuentes de la moralidad pública, y esclaviza á los pueblos, porque un pueblo corrompido no puede llegar á ser libre: sustituyen á Dios con el dinero, al que se da culto público en todas partes y en especial en sus templos-bolsas.

La revolucion, el dia en que pida cuentas, demolerá hasta en sus cimientos las bolsas, y hará imposible el reinado del oro, el mas miserable de todos.

Volviendo á Paris, del que una digresion casi involuntaria me ha separado, en la capital de Francia, es donde recibe mas culto que en parte alguna del mundo el dinero; allí se santifican todos los medios para adquirirlo, allí ese ardiente deseo habita los corazones, allí es absolutamente necesario adquirir dinero, y el que no lo alcanza es considerado como hombre sin talento, ¡es horroroso!

La sociedad francesa corre presurosa á un abismo. Un gobierno que fecunde los manantiales de la moralidad pública con buenas leyes y con ejemplos, que mate el agio, que ennoblezca el trabajo, que predique la augusta santidad de las modestas fortunas del pueblo, noblemente adquiridas con el sudor de la frente, detendria quizá la catástrofe que nos amenaza.

Un gobierno libre conoce, interviene, examina todo, se da trasparencia á los actos todos; la discusion y la publicidad libérrimas matan esas secretas miserias que componen la vida de los agiotistas; con un gobierno libre, se pregonan y anatematizan todas las concusiones; la libertad ocupa los ánimos en cosas elevadas, hace vivir á los ciudadanos en una esfera de aspiraciones nobles, de sentimientos grandes.

Al estudiar las estadísticas se ve que la corrupcion se propaga rápidamente en Paris, y á la manera de una asquerosa lepra, que amenaza consumir el cuerpo social. En Paris apénas existe la familia, y sin esta la sociedad no es posible: los hoteles y los restaurants son los que reunen en su mayor parte á los habitantes de la capital á la hora de la comida: una gran parte de la poblacion de Paris come todo el año fuera de su casa, y careciendo de hogar, santuario de las afecciones, se disuelve en la calle.

Puede asegurarse que casi la mitad de la poblacion de Paris come fuera de su casa todo el año.

¿Cómo se forman los vínculos santos de amor que deben unir á los individuos de una misma familia, á los ramos de un mismo árbol? Imposible: imposible la educacion de los hijos, que se perfecciona en casa, al calor del hogar; imposibles las afecciones que nacen, crecen, se desarrollan y viven dentro de casa, y solo allí; imposible la familia, que se dispersa y vive en la calle, y siendo imposible la familia, imposible es tambien la sociedad; y esto es lo que sucede en Paris, esto es lo que yo he visto, estas son las costumbres sociales de la capital de Francia, que muchos presencian sin pararse á deducir consecuencias; esto es lo que ven todos los extranjeros.

Medítese bien sobre su significacion; esto es importante, por eso lo deduzco y apunto.

En Paris se compran y se venden fácilmente las afecciones, se trafica con todo, y el culto único y universal es el que se consagra al dinero. Todos los dias se registran procesos escandalosos capaces de desconsolar al filósofo que ménos crea en la perfectibilidad del humano linaje; se suceden unas á otras las bancarrotas que ponen en desolacion á las familias y asustan al observador; los suicidios se repiten con una tremenda frecuencia que pone susto en el alma: los tribunales se ocupan casi sin tregua en conocer asuntos infamantes que reprueba toda moral, por poco sólida que sea: y todos estos actos que acabo de enunciar pasan á la luz del dia y se registran en las estadísticas: ¿quién será capaz de ocuparse de las acciones que no se juzgan, de las escenas secretas que desgarran el alma todos los dias en el interior de las familias?

Si se estudian las estadísticas de la vida moral de Paris se ve que las cifras desconsoladoras y terribles se aumentan cada año: los matrimonios deshechos, los suicidios, las nuevas casas de juego, las grandes fortunas que se desploman, las aterradoras miserias que aparecen, los procesos de los tribunales que se duplican, las casas de correccion que se llenan, en una palabra, los datos que cada año se publican referentes al estado moral de la sociedad de Paris, son bastantes para desalentar el ánimo y casi postrar la fe en el progreso.

Este es el Paris moral que nosotros hemos visto, y apartándonos de tan triste cuadro, vamos á continuar nuestra visita á traves de sus principales monumentos y de su fisonomía material, animada y brillante en sumo grado.

Las iglesias mas notables que yo he visitado en Paris, son la Catedral, San Sulpicio, la Magdalena, San Germain l'Auxerrois, la Santa Capilla, San Vicente de Paul, San Esteban del Monte, y Santa Clotilde.

La Magdalena, de la que en otro lugar me ocupo ligeramente, es un lindísimo edificio artístico, que presenta sus cuatro fachadas elegantes, con su respectivo órden cada una de columnas corintias; es un monumento esbelto y airoso, que semeja un templo griego, un liceo, una academia. El interior corresponde á la que anuncia su gallarda presencia de fuera, y participa tambien del gusto poco cristiano de su fachada.

En el cuadro del altar mayor aparece Napoleon, á quien nosotros no teniamos noticia de que se hubiera canonizado: bien es verdad que tambien le hemos visto en Milan, coronando una de las elegantes agujas de su magnífica catedral.

Notre-Dame, de la cual tambien hablamos en otro lugar, es un imponente y majestuoso templo, donde hacen actualmente reparaciones bárbaras que desfiguran su venerable fisonomía. Tambien la iglesia de San Sulpicio merece ser vista.

La iglesia de San Esteban del Monte, cuyo magnífico interior sorprende por su elegancia arquitectural y su gusto y severo estilo, h