Un Viaje de Novios by Emilia Pardo Bazán - HTML preview

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«pues ya se ve queestaba la sueca»; «raso crema y granadina heliotropo combinados»;

«comosiempre, dedicadísimo a ella»; «sí, sí, calor»; «vaya, me alegro que lopases bien, hija»; contestaban a las afanosas preguntas de Pilar. Luegose alejaban las cubanas, con carcajadillas discretas, con mediaspalabras, taconeando firme y moviendo un ruge-ruge de telas frescas y deropa fina. Un cuarto de hora lo menos quedaba Pilar murmurando de laspetimetras y de alguien más también.

—¡Cada día más exageradas y más estrepitosas! Vamos, ¿te gusta a ti esetraje tan raro, con una cabeza de pájaro igual a la del sombrero, en elremate de cada frunce? Parecen un escaparate del Museo de HistoriaNatural.... ¡Hasta en el abanico una cabeza de pájaro! No se concibe queWorth haya ideado ese mamarracho.... Yo creo que los hacen en casa, conla doncella, y después dicen que se los mandó Worth....

—No, si aseguran que su padre es un banquero riquísimo de la Habana....

—Sí, sí, tiene más ingenios que ingenio—pronunció Pilar repitiendo unchiste que todo el invierno había rodado por Madrid a propósito de lasAmézagas.

—Ello no cabe duda que los pájaros son un adorno bien extraño.... Yotambién tengo uno en un sombrero.

—Sí, en una toca; pero es diferente. Además, una señora casada puedepermitirse ciertas cosas, que en el traje de las solteras....

—Por eso hizo bien Perico en no comprarte aquel abrigo bordado decuentas de colores que se te antojó. Era muy llamativo.

—No hay nada de eso... era distinguidísimo.... ¿qué entiendes tú deesas cosas?

—Yo, nada—respondía Lucía risueña.

—¡El traje de la sueca sí que sería bonito... crema y heliotropo! ¡megusta la combinación!...

¡Pero qué escándalo está dando con Albares...un hombre casado! Buena necesidad que tendrán los dos de las aguas....

—Mujer, yo le oí decir a tu hermano que ella no le hace maldito elcaso.

—¡Bah!, no parece sino que no están dando un cuarto al pregonero desdeque llegaron. Albares es un tonto, forrado de lo mismo, que se muere porapariencias.... El caso es que todo el mundo en Vichy habla de ellos.

Lucía se quedaba pensativa, fija la pupila en las canastillas de floresdel parque, que parecían medallones de esmalte prendidos en una falda deraso verde. Formábanlas diversas variedades de colios; los del centrotenían hojas lanceoladas y brillantes, de un morado obscuro, rojopúrpura, rojo ladrillo, rojo de cresta de pavo, rojo rosa. Al borde, unahilera de ruinas de Italia destacaba sus medallitas azuladas sobre elverde campesino, gayo, húmedo, de la hierba. Los alerces y los pinoslárices formaban en algún rincón del parque un grupo nemoroso, suizo,dejando caer sus mil brazos desmadejados, hasta besar lánguidamente elsuelo. Las catalpas, majestuosas, filtraban entre su claro follaje losúltimos rayos del poniente, y manchillas movedizas y prolongadas de orodanzaban a trechos sobre la fina arena de la avenida. Era unrecogimiento de iglesia, impregnado de misterio, un silencio grave,poético, solemne, y parecía sacrilegio turbarlo con una frase o unademán.

Los paseantes comenzaban a retirarse, y el leve crujido de la arenarevelaba sus pasos lejanos.

Pero ambas amigas acostumbraban, como sueledecirse, llevarse las llaves del parque, porque justamente a la puestadel sol era cuando Lucía lo encontraba más hermoso, en aquellamelancólica estación otoñal. Bajos ya y moribundos los rayos solares,caían casi horizontalmente sobre los pradillos de hierba, inflamándolosen tonos ardientes como de oro en fusión. Los obscuros conos del alercecortaban este océano de luz, en el cual se prolongaban sus sombras.Deshojábanse los plátanos y castaños de Indias, y de cuando en cuandocaía, con golpe seco y mate, algún erizo, que, abriéndose, dejaba rodarla reluciente castaña. En las grandes canastillas, que se destacabansobre el fondo de césped, las pálidas eglantinas, a la menor brisaotoñal, soltaban sus frágiles pétalos, las verbenas se arrastrabanlánguidas, como cansadas de vivir, descomponiendo con sus caprichosostallos la forma oval del macizo; los ageratos se erguían, todos llovidosde estrellas azules y los peregrinos colios lucían sus exóticos matices,sus coloraciones metálicas y sus hojas atigradas, semejantes a escamasde reptil, ya blancas con manchas negras, ya verdes con vetas carne, yaamaranto obscuro cebradas de rosa cobrizo.

Profundo estremecimiento,precursor del invierno, atravesaba por la Naturaleza toda, y dijéraseque antes de morir, quería vestirse sus más ricas galas: así la viñavirgen tenía tan espléndido traje de púrpura, y el álamo blanco elevabacon tal coquetería el penacho de cándidos airones de su copa; así lacoralina se adornaba con innumerables sartas y zarcillos de sangrientocoral, y las cinias recorrían toda la escala de los colores vivos consus festoneadas enaguas. El maíz listado sacudía su brial de seda verdey blanca a rayas, con melodioso susurro, y allá en las lindes de lapradera bañada por el sol, unos arbolillos tiernos inclinaban su jovencopa.

De tal suerte mullían las hojas secas el piso de las calles, quese enterraba Lucía hasta el tobillo, con placer. El roce de su trajeproducía en ellas un ruido continuo, rápido, parecido a la respiraciónjadeante de alguien que la siguiera; y presa de pueril temor, volvía aveces el rostro atrás, riéndose al convencerse de su ilusión. Hojashabía muy diferentes entre sí: unas, obscuras, en descomposición,vueltas ya casi mantillo: otras secas, quebradizas, encogidas; otrasamarillas, o aun algo verdosas, húmedas todavía, con los jugos deltronco que las sustentara. Hacíase la alfombra más tupida al acercarse alos parajes sombríos del borde del estanque, cuya superficie rielabacomo cristal ondulado, estremeciéndose al leve paso del aura vespertina,y rizándose en mil ondas chiquitas en choque continuo las unas con lasotras.

Grandes sauces se inclinaban, llorosos y desconsolados, hacia el agua,que reproducía el blando columpiar de las ramas trémulas, entre lascuales se veía el disco del sol, y sus rayos, concentrados por aquellaespecie de cámara obscura, herían la pupila como saetas. En un remansodel estanque, enorme macizo de malangas ostentaba su vegetaciónexuberante y tropical, y sus gigantescas hojas, abiertas como abanicosde tafetán verde, se mantenían inmóviles. Cisnes, patos y ánadesbogaban, aquéllos con su acostumbrada fantástica suavidad, balanceandoel largo cuello, éstos graznando desapaciblemente, todos con rumbo a laorilla apenas Lucía y Pilar se acercaban,—en demanda de mendrugos depan, que engullían atragantándose y alzando al aire la cola—. La isletay el pino que en ella crecía lanzaban a la superficie del estanquemisteriosa sombra. Un haz de cañas se elevaba esbelto, y a su lado, lasagudas poas sacudían su escobillón de terciopelo castaño.

Regalada frescura subía del agua. Era la nota característica delpaisaje, dulce melancolía, blando adormecimiento, el reposo de la madreNaturaleza cuando, fatigada de la continua gestación del estío, seprepara al sopor invernal. Lucía había dejado de ser niña; los objetosexteriores le hablaban ya elocuentemente, y comenzaba a escucharlos; elparque la sumía en vaga contemplación. Su alma parecía desasirse delcuerpo, como se desase del tronco la hoja, y vagar como ella sin objetoni dirección, entregada a la delicia del anonadamiento, al dulzor de nosentirse existir. ¡Y cuán grata debía de ser la muerte, si parecida a lade las hojas; la muerte por desprendimiento, sin violencia,representando el paso a más bellas comarcas, el cumplimiento de algúnanhelo inexplicable, oculto, allá, en el fondo de su ser! Cuando talesideas en tropel se le venían a la mente, un pajarillo descendía de unárbol, y oíase el batir de sus alas en el aire.

Andaba algún tiempo abrincos por las calles de arena rebotando en las hojas secas; alacercársele Lucía daba de pronto un voleteo yendo a posarse en la cimamás alta de las acacias rumorosas.

-X-

Solía la voz de la anémica romper el encanto.—Eh, chica.... ¿en quéestarás tú pensando? ¡Qué románticas son estas niñas criadas enprovincia!

Los ojos agudos y perspicaces de Pilar se clavaban, al decir esto, en lafisonomía de Lucía, descubriendo en ella una sombra leve, una especie develadura parda desde la frente y las sienes a las ojeras, y ciertohundimiento en las comisuras de la boca. Su curiosidad enfermiza sedespertaba, infundiéndole deseos de disecar, por solaz y pasatiempo,aquel corazón. Habíale dicho la infalible penetración mujeril muchascosas, e incapaz de contentarse con la adivinación discreta, quería laconfidencia. Era una emoción más que se brindaba a sí propia en el cursode la estación termal.

—¡Qué sé yo en qué pensaba! En nada—contestaba Lucía apelando alexpediente más vulgar y siempre más socorrido.

—Pues parece a veces que estás tristona, monísima... y no sé de qué;porque estás precisamente en lo más bonito de la luna de miel...¡Cáspita! ¡Quién como tú! Miranda es muy agradable; tiene tan buentrato, se presenta tan bien....

—Eso sí, muy bien—repitió como un eco Lucía.

—Y está chocho por ti.... ¡Vaya! ¡si eso se ve! Él anda por allí muchocon mi hermano.... Pero chica, ¿qué quieres? Así son todos loshombres... El caso es que mientras están con una gasten buen humor y lehablen con cierto mimo.... Y que no sean celosos.... No, Miranda eso síque lo tiene de bueno: celoso, no es.

Pusose Lucía color de brasa, y bajándose, cogió un puñado de hojassecas, maniobra que le sirvió para disimular su confusión. Después seentretuvo en reducirlas a polvo entre el índice y el pulgar, soplandopara aventarlo más presto.

—Y cuidado—prosiguió Pilar—que otro en su caso.... No, mira, si yofuese hombre, no sé lo que hubiera hecho... eso de que un caballeroacompañase a mi novia tantos días... así, mano a mano... y precisamentecuando....

A este golpe directo y brutal, alzó Lucía la frente, y posó en su amigala mirada cándida, pero digna y aun severa, que a veces solía chispearen sus ojos. Pilar, diestra en táctica, retrocedió para saltar mejor.

—Es verdad que conociéndote a ti... y a él, cualquiera sería tanconfiado como Miranda.... Tú, ya se sabe, una santita, un angelín deretablo... y él... él es un caballero chapado a la antigua, a pesar desus manías... más fama tiene que el Cid. ¡Ya viene de atrás! Yo leconozco mucho, hace tiempo—aseveró Pilar, que como todas las jóvenes dela clase media introducidas en la buena sociedad, tenía prurito deconocer al mundo entero.

—¿Tú... le conoces hace tiempo?—murmuró Lucía, subyugada y ofreciendoa la anémica el brazo para que se apoyase.

—Sí, mujer. Va cada año a Madrid, a veces por todo el invierno, perogeneralmente un mes o dos de primavera. De sociedad gusta poco; leconvidaron a algunas casas, porque parece que su padre, el cabecilla,era una persona distinguida de las Provincias, y está emparentado conlos Puenteancha, y con los Mijares, que son Urbietas de apellido... perose vendía tan caro, que en todas partes se andaban pereciendo portenerle.... Una vez, porque bailó un rigodón en casa de Puenteancha conIsabelita Novelda, hubo broma toda la noche... le dijeron que ya podíadomar osos y tomar a Plewna sin artillería.... Isabelita estaba máshueca que... y luego resultó que era que la Puenteancha se lo habíapedido por favor, y él le había contestado: bueno, bailaré con laprimera que encuentre... encontró a Isabelita, y zas, la invitó....Cuando se supo, ¡figúrate la tontuela de Isabelita qué cara pondría!Ella que estaba persuadida de haber hecho una conquista...

se le alargóla nariz más de lo que la tiene, que no es poco.... ¡ja, ja!...

La risa de la anémica se volvió tos, una tosecilla que le rascaba lagarganta y la sofocaba, obligándola a sentarse en un banco rústico delos muchos que en el parque había. Lucía le dio blandos golpecitos enlas espaldillas, y permaneció silenciosa, no queriendo pronunciarpalabra que torciese el giro de la conversación. Sus ojos interrogaban.

—Ej... ej... te aseguro que fue un chasco famoso...—continuó Pilarcalmándose—. A la Noveldita le vendrían de perlas los cientos de milesde francos que el padre reunió para el hijo...

pero ¡dicen que no legustan las mujeres!

—No le gustan...—repitió Lucía, como si aquel pronombre no pudieraaplicarse sino a una persona sobreentendida, pero no nombrada.

—Añaden que, eso sí, es un hijo como pocos... a su madre la trae enpalmas. Ella cuentan que es una señora muy fina, de la aristocraciafrancesa... muy delicaducha de salud, y aun creo que allá en susjuventudes....

La anémica se apoyó el índice en la frente, con expresivo ademán.

—Parece que el padre quiso que el chico fuese español, y trajo a sumujer a dar a luz a Ondarroa, de donde es él... le hicieron hablarcastellano siempre y vascongado con su ama de cría... me lo ha contadoPaco Mijares, que como es pariente suyo, sabe todo eso....

Lucía se bebía con avidez aquellas palabras y aquellos detalles nadaimportantes en sí.

—Tiene extravagancias y caprichos muy particulares.... Hubo un tiempoen que se le antojó trabajar, y entró en una casa de comercio....Después estudió medicina y cirugía, y tengo entendido que deja tamañitosa Rubio y a Camisón.... En Madrid se iba a los hospitales, por gusto, aestudiar.... En la guerra hizo lo mismo. ¿Sabes tú dónde me loencontraba yo a veces en Madrid? Pues en el Retiro, mirando al estanquegrande fijamente.... ¿Qué tienes, chica?

Lucía, con los ojos cerrados, mortecina la color, se recostaba en eltronco del plátano que sombreaba el banco. Cuando abrió los párpados, lasombra de sus sienes era más marcada, y su mirar vago, como de personaque vuelve en sí de un síncope.

—No sé.... Es que a veces parece que me quedo así, sin sentido.... Escomo si me arrancasen el estómago—balbució.

—«Ciertos son los toros»—pensó Pilar—; «¡bien madruga la bendición deDios!»—añadió para sí, descaradamente.

La noche se venía a más andar, un soplo helado movió el follaje; las dosdamas se abrocharon, estremeciéndose, sus abriguillos de paño café conleche, a tiempo que dos bultos negros se destacaban al fin de laavenida. Eran Miranda y Perico, que se asombraron de hallarlas allí tantarde.

—¡Bonito modo, bonito modo de curarse! ¡Demonios! ¡Si no coges unapulmonía, una pulmonía como para ti sola! Anda, loca, vente, vente.

Levantose Pilar, decaída, muriéndose, y fue a cogerse del brazo deMiranda. Perico ofreció el suyo a Lucía, cuya robustez se habíasobrepuesto ya el desfallecimiento momentáneo.

—Dudo que pueda mañana beber las aguas—dijo Lucía a su acompañante—.Estuvo hoy algo excitada... y ahora viene la reacción de cansancio....

—¿A que resucita, a que resucita si la dejo ir al Casino?

—¡Ay, Periquillo del alma!—gritó la anémica, que con su fino oído noperdía palabra—. ¿Me dejas, eh? ¿Qué daño me ha de hacer eso? Andeusted, Miranda, interceda usted por mí.

—Hombre, alguna vez.... Puede que le sirva de alivio, distrayéndola.

—No haga usted caso, Gonzalvo.... Dice el señor Duhamel que no....¿quién lo sabrá mejor, el médico o ella?

—¿Y usted?—pronunció Perico, con unos asomos de galantería a que leincitaban el anochecer, el marido caminando delante y sus inveteradasmalas mañas—. Y usted, joven y bonita como es, ¿por qué no viene alCasino? Esas galas que se mueren de risa, de risa, en los baúles mundos,estarían mejor luciéndose allí.... Vamos, anímese usted, anímese usted,y yo la traeré un ramo de camelias como el que tenía anoche la sueca.

—No quiero eclipsar a la sueca—exclamó risueña Lucía—. ¿Qué será deella si me presento yo?

—Pues aunque lo diga usted de guasa, de guasa, es la pura verdad...—yPerico bajaba traidoramente la voz—. Vale usted por diez suecas...—yen tono más alto añadió—si Juanito Albares no hiciese tanta majadería,maldito si nadie se acordaba, se acordaba de ella....

Juanito Albares, como le llamaba amistosamente Perico, era duque, grandede España dos o tres veces, marqués y conde no sé cuántas; dato que esmuy digno de ser tenido en cuenta por los biógrafos del eleganteGonzalvo.

—¿Dónde tiene usted los ojos, hombre?—exclamó Lucía con su franquezacastellana—.

¡Valor se necesita para decir eso!, es hermosísima lasueca; en cualquier parte, emboba a la gente.

Más blanca es que laleche, y luego unos ojos....

—No te fíes de blancuras—intervino Pilar—. Habiendo en el mundotoalla de Venus y blanco de Paros.... Es demasiado mujerona.

—Demasiado alta—afirmó Perico como el zorro de las uvas.

—Pierda usted cuidado—decía bajito Miranda a Pilar—. Conquistaremos aese hermano fiero, e irá usted una noche al Casino: ¡no faltaba otracosa! ¿Se había usted de marchar de Vichy sin ver el teatro, y sinasistir al concierto? Eso sería inaudito.

—¡Ay, Miranda! usted es mi ángel salvador. Si no hay otro medio delograrlo, nos escapamos usted y yo una noche... un rapto... hay quehacer como en las novelas... traerá usted un corcel, me subiré a lagrupa, y, ¡hala!, que nos pillen... encerramos con llave primero aPerico y a Lucía, y allí se quedan haciendo penitencia.... ¿eh? ¿Qué leparece a usted?

Cuando llegaron ante la verja del chalet, cuyos mecheros de gasbrillaban ya entre la sombra de los árboles, Miranda dijo para sí:

—Ésta es más entretenida que mi mujer. Al menos dice algo, aunque seantonterías, y está de buen humor, a pesar de que tiene medio pulmón sabeDios cómo....

—Esta chica es más sosa que el agua, que el agua—pensó a su vez Pericoal separarse de Lucía.

Ínterin llegaba el esperado día de asistir a la fiesta nocturna, Pilarse acostumbró a pasar un par de horas en el salón de Damas del Casino,de una a tres de la tarde generalmente. Es el salón de Damas unatractivo más del hermoso edificio donde se reconcentra la animacióntermal; allí las señoras abonadas al Casino pueden refugiarse, sin temora invasiones masculinas; allí están en su casa, y son reinas absolutas,tocan el piano, bordan, charlan, y a veces se deslizan hasta el lujo deun sorbete o de alguna confitura o bombón que roen con igual deleite quesi fuesen ratoncillos sueltos en un armario de golosinas. Es un harén demoras civilizadas, un gineceo no oculto en la pudorosa sombra del hogar,sino descaradamente implantado en el sitio más público que darse puede.Allí concurrían y se congregaban todos los astros hembras del firmamentode Vichy, y allí encontraba Pilar reunida a la escasa, pero brillantecolonia hispano americana; las de Amézaga, Luisa Natal, la condesa deMonteros: y se formaba una especie de núcleo español, si no el másnumeroso, tampoco el menos animado y alegre. Mientras alguna rubiainglesa ejecutaba en el piano trozos de música clásica, y las francesasasían de los cabellos la ocasión de lucir primorosas labores decañamazo, dando en ellas tres puntos por hora, las españolas, másfrancas, aceptaban la holgazanería completa, dedicándose a hablar y amanejar el abanico. Una magnífica esfera geográfica, colocada al extremodel salón, parecía preguntarse cuál era su objeto y destino en semejantelugar; y en cambio, los retratos de las dos hermanas de Luis XVI,Victoria y Adelaida, damas tradicionales de Vichy, sonreían, empolvadala cabellera, rosadas y benévolas, presidiendo el certamen de frivolidadcontinua celebrado a honra suya. Eran murmullos como de voleteos depájaros en pajarera, ruido de risitas semejante a sartas de perlas quecaen desgranándose en una copa de cristal, sedoso crujir de países deabanico, estallido seco de varillajes, ruedecillas de sillón que unpunto corrían sobre el encerado piso, ruge-ruge de faldas, que parecíaestridor de alitas de insecto. Embalsamaban la atmósfera leves auras degardenia, de vinagre de tocador, de sal inglesa, de perfumería Rimmel.No se veían sino dijes y prendas graciosas abandonadas sobre sillas ymesas; sombrillas largas, de seda, muy recamadas de cordoncillo de oro;cabás y estuches de labor, ya de cuero de Rusia, ya de paja con moños yborlas de estambre; aquí un chal de encaje, allí un pañuelo de batista;acá un ramo de flores que agoniza exhalando su esencia más deliciosa;acullá un velito de moteado tul, y encima las horquillas que sirven paraprenderle.... El grupo de españolas, capitaneado por Lola Amézaga, queera muy resuelta, tenía cierta independencia e intimidad, bien distintade la reserva secatona de las inglesas: y aún entre ambos bandos seadvertía disimulada hostilidad y recíproco desdén.

De mucha diversión había servido a las españolas ver cómo las inglesassacaban muy formales un periódico, tamaño como la sábana santa, delbolsillo, y se lo leían de la cruz a la fecha.

No había podido obtener Pilar que Lucía la acompañase al salón de Damas;cortedad y encogimiento de niña educada en provincia se lo vedaban,haciéndole temer más que al fuego a aquellas mujeres curiosas queexaminarían su tocado como el diestro confesor los repliegues de laconciencia del penitente. Pilar, en cambio, estaba allí en su elemento yesfera natural. Su voz algo aflautada sólo rendía el pabellón ante elceceo cubano de la Amézaga capitana.

Oigamos el concertante.

—Pues éste lo compré hoy—decía Lola remangando desenfadadamente lamanga de su vestido de muselina rosa con lazos de raso granate obscuro,y enseñando un brazalete de cuyo aro pendía un cochinillo retorcido derabo y potente de lomo, ejecutado en fino esmalte.

—Yo lo tengo en imperdible—añadía Amalia Amézaga, señalando a otromarrano no menos lucio, que hozaba entre los encajes de su corbata.

—¡Válgame Dios! ¡qué moda más fea!—exclamaba Luisa Natal, hermosurapróxima al ocaso, y muy atenta a no usar perifollo alguno que su bellezano realzase—. Yo no me pondría semejantes bichos; ¡se acuerda uno delmondongo! ¿verdad, condesa?

Hizo un signo aprobativo la condesa de Monteros, española rancia, devotay un tanto severa.

—Yo no sé qué van a inventar ya—pronunció reposadamente—. He visto enesas tiendas elefantes, lagartos, ranas y sapos, y hasta arañas; en fin,los animalejos más asquerosos en adornos de señoritas. En mis juventudesno nos pagábamos de tales extravagancias; buenos brillantes, bonitasperlas, algún corazón de rubíes.... ¡ah! también usábamos los camafeos;pero era un capricho precioso... se grababa en ellos el retrato de unomismo... o alguna virgen, algún santo.

Reinó breve silencio; las Amézagas no se atrevían a replicar, subyugadaspor el señorío de aquella autorizadísima voz.

—Mire usted, condesa—dijo Pilar al cabo, satisfecha de hallar unmotivo para desesperar a las Amézagas—, lo bonito, es ese agujón deLuisa.

Luisa sacó de su moño el clavo de oro, con cabeza de amatista,constelada de diamantes chiquititos.

—Otro igual tenía ayer la sueca—explicó al ponerlo en manos de lacondesa—. Llevaba todo el juego: pendientes, collar de bolas deamatista y el agujón. Reguapísima que estaba la mujer con eso y el trajeheliotropo.

—¿Ayer de noche?—preguntó Pilar.

—Sí, en el teatro. El otro, penado y muerto como de costumbre... a lasdiez hizo su entrada en el palco, presentándole el ramo consabido decamelias y azaleas blancas... dicen que le cuesta sus setentafranquillos por noche.... Es un aditamento regular al coste de lapensión en el hotel....

—Ese sobrino mío no tiene vergüenza ni decoro—afirmó gravemente lacondesa de Monteros.

—¡Un hombre casado!—dijo Luisa Natal, que hacía excelente menaje consu marido, ciego cumplidor de todos los caprichos de su mitad.

—¿Y se sabe por fin si la sueca es hija o mujer de ese barón de...de... nunca puedo acordarme de su nombre... vamos, de ese viejo que andacon ella?—interrogó la condesa, entrando por fin en la corriente decuriosidad que la arrastraba, a pesar de su digna actitud.

—¿De Holdteufel?—pronunció con acento cantarín Amalia Amézaga—. ¡Bah,quién lo puede averiguar!, pero según la libertad que le deja, másparece su esposo que su padre.

—Se necesita descaro—prosiguió con discreta y risueña indignaciónLuisa Natal—, para ser así la comidilla de todo el mundo....

—¡Toma!—dijo la voz de flauta de Pilar—. Pues eso quiere él, ¿qué secreían ustedes?; el toque y el gustazo están en dar que hablar.

—Siempre fue Juanito así, muy farfantoncillo—murmuró la condesaenternecida al recordar a su sobrino, cuando hecho un diablotraviesísimo de diez años, iba a su casa a darle jaqueca pidiendo milchucherías.

—Hasta anteayer....

El grupo se estrechó: acercáronse unos a otros los sillones, y por uninstante se oyó el cadencioso chirriar de las ruedas sobre el piso.

—Anteayer...—siguió Amalia Amézaga en tono algo más bajo—fue ésta altiro de pistola....

—¿Tiras ahora?—preguntaron a un tiempo Pilar y Luisa Natal.

—Un poco... por distraerme...—Y Lola se atusó el negro flequillo,cortado recto a un dedo de distancia de las cejas, que la asemejaba a unpaje de la Edad Media, realzando su cara descolorida de hija de lostrópicos y sus grandes ojos, infantiles, pero de niño malicioso yprecoz.

—Pues...—siguió Amalia, viéndose religiosamente escuchada—allíestaban Jiménez y el marquesito de Cañahejas, y Monsieur Anatole... y todos leían y comentaban un suelto del Fígaro, en que se refería lasensación causada en una de las estaciones termales más elegantes deFrancia y de Europa, por el loco amor de un magnate español a una damasueca....

—Pone iniciales no más—agregó Lola—; pero es claro como la luz.... Ydice, por más señas:

« ce digne petit fils du Comte d'Almaviva se ruineen fleurs...»

Un coro de risas sofocadas brotó del círculo. Lola sabía decir las cosascon cierto ceceo y cierto parpadeo, que las mejoraba en tercio y quinto.

—¿Y ella, qué tal, se ablanda?—preguntó Pilar.

—¿Ella?—repuso Lola—. ¡Ah!, todas las noches, al recibir el ramo, lecontesta lo mismo, invariablemente: Jrasiás, señor duque, trop amable.

Redoblaron las carcajadas. Hasta la condesa se sonreía, con el abanicoabierto delante por decoro.

—¡Chist!—pronunció Luisa Natal—. ¡Ahí viene!

—¡La sueca!—exclamó Pilar.

Todas volvieron el rostro, en extremo conmovidas. La puerta del salón deDamas se abría solemnemente; un elegante y correcto anciano, con blancaspatillas y delicadamente afeitado el resto de la faz, se quedó en elumbral en diplomática postura; una mujer alta y gallarda penetró en elrecinto; acrecentaba su clásica beldad el negro traje de tafetán, muyceñido y golpeado de azabache; sobre su frente de diosa, el sombrero detul con espigas de oro, parecía mitológica diadema; era su andar noble ysoberano, y sin cuidarse de saludar a nadie, se fue hacia el piano,vacante a la sazón, y sentándose, comenzó a interpretar magistralmenteunas mazurcas de Chopín. La postura patentizaba lo brioso de su talle,los largos y tornátiles brazos, las caderas, los omoplatos que, a cadapulsación de la blanca mano, se dibujaban vigorosamente bajo el ajustadocorpiño.

—¿No es cierto—dijo por lo bajo Pilar a Luisa Natal—que si LucíaMiranda se vistiese como ella, se parecerían algo, así en las formas?

—¡Bah!—murmuró Luisa Natal—, la Mirandita no tiene pizca de chic.

Brotó entonces del grupo de inglesas ese enérgico silbido que en todoslos idiomas significa:

«¡Silencio!: cállense ustedes, y oigan, o dejenoír siquiera.» Las españolas se dieron al codo, y prosiguieronimpertérritas con sus cuchicheos.

—¿No veis aquello?—decía Lola Amézaga.

—¿El qué... el qué... el qué?—preguntaron todas.

—¿Qué ha de ser?, Albares. Allí, al