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Zalacaín el Aventurero

gladiolos de hermoso color carmesí y las digitalespurpúreas. Otros muchos hierbajos, mezclados con
ortigas y amapolas, seextienden por la muralla y adornan con su verdura y con susconstelaciones de flores
pequeñas y simples las almenas, las aspillerasy los matacanes.
Durante el invierno, en las horas de sol, algunos viejos de la vecindad,con traje de casa y zapatillas, pasean
por la cornisa, y al llegar Marzoo Abril contemplan los progresos de los hermosos perales y
melocotonerosde las huertas.
Observan también, disimuladamente, por las aspilleras, si viene algúncoche o carro al pueblo, si hay
novedades en las casas de la barriadanueva, no sin cierta hostilidad, porque todos los habitantes delinterior
sienten una obscura y mal explicada antipatía por susconvecinos de extra-muros.
La cintura de piedra del pueblo viejo se abre en unos sitios por puertasojivales; en otros se rompe
irregularmente, dejando un boquete que pordías se ve agrandarse.
En algunas de las puertas, debajo, de la ojiva primitiva, se hizoposteriormente, no se sabe con qué objeto,
un arco de medio punto.
En las piedras de las jambas quedan empotrados hierros que sirvieronpara las poternas. Los puentes
levadizos están substituídos por montonesde tierra que rellenan el foso hasta la necesaria altura.
Urbia ofrece aspectos varios según el sitio de donde se le contemple;desde lejos y viniendo desde la
carretera, sobre todo al anochecer,tiene la apariencia de un castillo feudal; la ciudadela sombría,envuelta
entre grandes árboles, prolongada después por el pueblo con susmuros fortificados que chorrean agua,
presentan un aspecto grave yguerrero; en cambio, desde el puente y un día de sol, Urbia no daninguna
impresión fosca, por el contrario, parece una diminutaFlorencia, asentada en las orillas de un riachuelo
claro, pedregoso,murmurador y de rápida corriente.
Las dos filas de casas bañadas por el río son casas viejas con galeríasy miradores negruzcos, en los cuales
cuelgan ropas puestas a secar,ristras de ajos y de pimientos. Estas galerías tienen en un extremo unapolea y
un cubo para subir agua. Al finalizar las casas, siguiendo lasorillas del río, hay algunos huertos, por cuyas
tapias verdosas surgencipreses altos, delgados y espirituales, lo que da a este rincón unmayor aspecto
florentino.
Urbia intra-muros se acaba pronto; fuera de las dos calles largas, solotiene callejones húmedos y estrechos
y la plaza. Esta es una encrucijadalóbrega, constituida por una pared de la iglesia con varias rejastapiadas,
por la Casa del Ayuntamiento con sus balcones volados y sugran portón coronado por el escudo de la villa,
y por un caserón enormeen cuyo bajo se halla instalado el almacén de Azpillaga.
El almacén de Azpillaga, donde se encuentra de todo, debe dar a losaldeanos la impresión de una caja de
Pandora, de un mundo inexplorado ylleno de maravillas. A la puerta de casa de Azpillaga, colgando de
lasnegras paredes, suelen verse chisteras para jugar a la pelota, albardas,jáquimas, monturas de estilo
andaluz; y en las ventanas, que hacen deescaparate frascos con caramelos de color, aparejos complicados
depesca, con su corcho rojo y sus cañas, redes sujetas a un mango, marcosde hojadelata, santos de yeso y
de latón y estampas viejas, sucias porlas moscas.
En el interior hay ropas, mantas, lanas, jamn, botellas de Chartreusefalsificado, loza fina El Museo
Británico no es nada, en variedad, allado de este almacén.
A la puerta suele pasearse Azpillaga, grueso, majestuoso, con su aireclerical, unas mangas azules y su
boina. Las dos calles principales deUrbia son estrechas, tortuosas y en cuesta. La mayoría de los vecinos
deesas dos calles son labradores, alpargateros y carpinteros de carros.Los labradores, por la mañana, salen
al campo con sus yuntas. Aldespertar el pueblo, al amanecer, se oyen los mugidos de los bueyes;luego, los
alpargateros sacan su banco a la acera, y los carpinterostrabajan en medio de la calle en compañía de los
chiquillos, de lasgallinas y de los perros.
Algunas de las casas de las dos calles principales muestran su escudo,otras, sentencias escritas en latín, y la
generalidad, un número, lafecha en que se hicieron y el nombre del matrimonio que las mandconstruir
Hoy, el pueblo lo forma casi exclusivamente la parte nueva, limpia,coquetona, un poco presuntuosa. El
verano cruzan la carretera un sin finde automóviles y casi todos se paran un momento en la casa de
Ohando,convertido en Gran Hotel de Urbia. Algunas señoritas, apasionadas por lopintoresco, mientras el
grueso papá escribe postales en el hotel, subenlas escaleras del portal de la Antigua, recorren las dos
callesprincipales de la ciudad y sacan fotografías de los rincones que lesparecen románticos y de los grupos
de alpargateros que se dejan retratarsonriendo burlonamente.
Hace cuarenta años la vida en Urbia era pacífica y sencilla; losdomingos había el acontecimiento de la misa
mayor, y por la tarde elacontecimiento de las vísperas. Después, en un prado anejo a laCiudadela y del cual
se había apoderado la villa, iba el tamborilero yla gente bailaba alegremente, al son del pito y del tamboril,
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