volver a España de una vez. Parecióacertadísimo a todos el consejo del médico, y Lucía escribió,
bajo eldictado de Pilar, una carta a Perico, encargándole estuviese de vueltadentro de quince días
justos, término fijado por Duhamel para cerrar sutemporada de consulta en Vichy. El nuevo
arreglo templó un tanto elmalhumor de Miranda, consoló a Lucía y regocijó a la enferma, que
sobretodas las cosas soñaba con la vuelta a Madrid.
Era cierto: la misma constitución endeble de Pilar, ofreciendo menoscampo al mal, retrasaba
la crisis funesta de su padecimiento; y así comoel huracán, que desgaja encinas, sólo encorva las
cañas, la tisisentraba con ímpetu menor en aquel cuerpo linfático, que lo hiciera enuno sanguíneo
y pujante. La oquedad de un pulmón estaba infestada detubérculos, y tenía ya esas brechas
terribles que los facultativosdenominan cavernas; pero el otro resistía aún, si bien en esto
depulmones acontece lo que con las manzanas: minutos bastan para perder ala sana, si está al
lado de una podrida. De todas suertes, el momentáneoalivio de Pilar era tan patente, que le
consentía dar todas las mañanasalgunos cientos de pasos por la calle, cogida del brazo de Lucía;
y elalimento no le repugnaba invenciblemente como antes.
A la verdad, infundía tristeza en aquellos días de fin de Octubre, elaspecto de Vichy. No eran
sino hojas caídas: el Parque, tan animadosiempre, se veía solitario; sólo algunos agüistas tardíos,
enfermos deveras, paseaban la acera de asfalto, henchida ayer del roce de ricostrajes y del rumor
de alegres conversaciones. Nadie se cuidaba ya derecoger y barrer el amarillo tapiz del follaje,
porque Vichy, tanperipuesto y adornado en la estación de aguas, se torna desastrado ydesaliñado
no bien le vuelven la espalda sus elegantes huéspedes deestío. Toda la villa semejaba una
inmensa mudanza: de los chalets,desalquilados ya, desaparecían los adornos y balconadas, para
evitar quelos pudriesen las lluvias; en las calles se amontonaban la cal, elladrillo para las obras
de albañilería, que nadie osaba emprender enverano por no ensuciar las pulcras avenidas. Las
tiendas de objetos delujo iban cerrándose unas tras otras, y dueños y surtido tomaban elrumbo de
Niza, Cannes o cualquiera estación invernal semejante. Algunasquedaban rezagadas todavía, y
sus escaparates servían de entretenimientoa Lucía y Pilar, cuando esta última salía a sus
despaciosos paseos.Entre ellas se señalaba un almacén de curiosidades, antigüedades yobjetos de
arte, situado casi frente a la famosa Ninfa, y, porconsiguiente, a espaldas del Casino. Angosta en
extremo la tienda,apenas podía encerrar el maremágnum de objetos apiñados en ella, que
sedesbordaban, hasta invadir la acera. Daba gusto revolver por aquellosrincones escudriñar aquí
y acullá, hacer a cada instante descubrimientosnuevos y peregrinos. Los dueños del baratillo,
ociosos casi todo el día,se prestaban a ello de buen grado. Erase una pareja; él, bohemio
delRastro, ojos soñolientos, raído levitín, corbata rota, semejante a unacuriosidad más, a algún
mueble usado y desvencijado; ella, rubia, flaca,ondulante, ágil como una zapaquilda de desván,
al deslizarse entre losobjetos preciosos amontonados hasta el techo. Miraban Lucía y Pilar
muyentretenidas la heteróclita mescolanza. En el centro de la tienda sepavoneaba un soberbio
velador de porcelana de Sévres y bronce dorado. Elmedallón principal ofrecía esmaltada, sobre
un fondo de ese azulespecial de la pasta tierna, la cara ancha, bonachona y tristota deLuis XVI;
en torno, un círculo de medallones más chicos, presentaba lasgentiles cabezas de las damas de la
corte del rey guillotinado; unasempolvado el pelo, con grandes cestos de flores rematando el
edificiocolosal del peinado, otras con negras capuchas de encaje anudadas bajola barbilla; todas
