como desagrada a las gentes de mediano nivel intelectualel sublime horror de la tragedia. Al
gesto con que manifestó suimpaciencia, siguió un alzar de hombros que claramente quería
decir:«Caiga el chubasco, que el aguase agota también, y tras de la lluviaviene el buen tiempo».
Resuelto, pues, a aguardar que descargase lanube, dio comienzo a minucioso examen de sus
enseres de camino,enterándose de si abrochaban bien las hebillas del correaje de la manta,y de si
su bastón y paraguas iban en debida y conveniente forma liadoscon el quitasol de Lucía.
Cerciorose asimismo de que una cartera decuero de Rusia y plateados remates que pendiente de
una correa llevabaterciada al costado, abría y cerraba fácilmente con la llavecica deacero, que
volvió a guardar en el bolsillo del chaleco, con cuidadosumo. Después sacó de las hondas
faltriqueras del sobretodo elIndicador de los Caminos de Hierro, y con el dedo índice,
fuerecorriendo las estaciones del itinerario de viaje.
Es de rigor saber de qué boca partió el soplo que encendió la antorchade aquellas nupcias.
Mancebo, en los verdores de la edad, fuerte como un toro y laboriosocomo manso buey, salió
de su patria el señor Joaquín, a quien entoncesnombraban Joaquín a secas. Colocado en Madrid
en la portería de unmagnate que en León tiene solar, dedicose a corredor, agente de negociosy
hombre de confianza de todos los honrados individuos de lamaragatería. Buscabales posada,
proporcionabales almacén seguro para lacarga, se entendía con los comerciantes y era en suma la
providencia dela tierra de Astorga. Su honradez grande, su puntualidad y su celo legranjearon
crédito tal, que llovían comisiones, menudeaban encargos, ycaían en la bolsa, como apretado
granizo, reales, pesos duros ydoblillas en cantidad suficiente para que, al cabo de quince años
dellegado a la corte, pudiese Joaquín estrechar lazos eternos con unaconterránea suya, doncella
de la esposa del magnate y señora tiempohacía de los enamorados pensamientos del portero; y
verificado ya elconnubio, establecer surtida lonja de comestibles, a cuyo frentecampeaba en
doradas letras un rótulo que decía: El Leonés.Ultramarinos. De corredor pasó entonces a
empresario de maragatos;comproles sus artículos en grueso y los vendió en detalle; y a
élforzosamente hubo de acudir quien en Madrid quería aromático chocolatemolido a brazo, o
esponjosas mantecadas de las que sólo las astorganassaben confeccionar en su debido punto. Se
hizo de moda desayunarse conel Caracas y las frutas de horno del Leonés; comenzó el magnate,
suantiguo amo, dándole su parroquia, y tras él vino la gente de altocopete, engolosinada por el
arcaico regalo de un manjar digno de la mesade Carlos IV y Godoy. Y fue de ver como el señor
Joaquín, ensanchandolos horizontes de su comercio, acaparó todas las especialidadesnacionales
culinarias: tiernos garbanzos de Fuentesaúco, crasos chorizosde Candelario, curados jamones de
Caldelas, dulce extremeña bellota,aceitunas de los sevillanos olivares, melosos dátiles de
Almería yáureas naranjas que atesoran en su piel el sol de Valencia. De estasuerte y con tal
industria granjeó Joaquín, limpia si no hidalgamente,razonables sumas de dinero; y si bien las
ganó, mejor supo despuésasegurarlas en tierras y caserío en León; a cuyo fin hizo
frecuentesviajes a la ciudad natal. A los ocho años de estéril matrimonio nacioleuna niña grande
y hermosa, suceso que le alborozó como alborozaría a unmonarca el natalicio de una princesa
heredera; más la recia madreleonesa no pudo soportar la crisis de su fecundidad tardía, y
enfermasiempre, arrastró algunos meses la vida, hasta soltarla de malísimagana. Con faltarle su
mujer, faltole al señor Joaquín la diestra mano, yfue decayendo en él aquella ufanía con que
