Read The Great
Gatsby
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—Me voy a París ahora mismo.... Mi madre se muere.
Sintió ella en el cráneo otro golpe de maza, y quedose sin voz, sinaliento, sin pulsos. Cuando
pudo exclamar:
—Pero... su madre de usted.... ¡Dios mío, qué desgracia tangrande!—estaba Artegui ya en la
puerta, sin oír las ceceosas ofertas deservicio que le prodigaba Gonzalvo.
—¡Don Ignacio!—gritó la niña al ver poner la mano en el pestillo.
Cual si a aquella voz vibrante se despertase la memoria del desdichadohijo, volvió pies atrás,
fue derecho a Lucía, y sin pronunciar palabracogiole las dos manos, y las prensó entre las suyas,
con enérgico y mudoapretón. Así se estuvieron breves segundos sin acertar a decirse unafrase de
despedida. Lucía quiso hablar; pero parecíale que un dogal muysuave, de seda, se ceñía a su
garganta, estrangulándola cada vez más. Deimproviso la soltó Artegui; ella respiró, adosándose a
la pared,aturdida.... Cuando miró en torno, no estaba en la habitación sinoGonzalvo, que leía
entre dientes el telegrama, olvidado por su dueñosobre la mesa.
—Pues es verdad, pues es verdad.... Y está en castellano, murmuraba:«La señora bastante
grave. Desea venga señorito.... Engracia.» ¿Quiénserá esta Engracia, esta Engracia?¡Ah! ya sé: el
ama de cría deArtegui... el ama, de fijo. ¡Hombre, hombre! pues no sé si cogerá elexpreso, el
expreso (esta palabra en labios de Gonzalvo sonaba así:epés). Las dos y media... hace poco llegó
el de España... aún tienetiempo.
Guardó otra vez el lindo reloj esqueleto con cifras grabadas en amboscristales, y volviendo los
ojuelos a Lucía, añadió:
—Lo siento por usted; por usted, señora; ahora soy yo su escolta.... Lomejor es que se venga
usted conmigo; aquí tengo a mi hermana, a mihermana, y las pondré a ustedes juntas.... No
está.... No está bien unaseñora así, sola en una fonda....
Gonzalvo tendió el brazo, y Lucía, pasivamente, iba a apoyarse en él;pero se abrió de nuevo la
puerta, y el camarero, con actitud teatral,anunció:
Monsieur de Miranda.
Era, en efecto, el asendereado novio, cojeando de la pierna derecha,pudiendo apenas sentar el
pie, porque los agudos dolores de la luxación,consecuencia ingrata del salto a la vía, se
renovaban al apoyar laplanta en el suelo. Perdida así la gallardía del andar, los cuarenta ypico se
asomaban implacables a todas las líneas del rostro: la tristeraya de tinta de los bigotes resaltaba
sobre la marchita tez; el párpadocaído, hundidas las sienes y desaliñado el cabello, parecía el ex
buenmozo una de esas desmanteladas torres, bellas a la luz crepuscular, peroque a mediodía
todas se vuelven grietas, ortigas, zarzales y lagartos. Ycomo Lucía se quedase dudosa, indecisa,
sin acertar ni a darle losbuenos días, ni a arrojarse en sus brazos, Gonzalvo, censor eterno
ysempiterno del matrimonio, desenlazó la extraña situación disparando larisa, y adelantándose a
dar un abrazo jocoserio a aquella lamentablecaricatura del esposo que llega.
-VIII-
 

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