desparpajo, imponía miedo a los espectadores de sucólera. Nazaria tenía la hermosura que por
extraña amalgama de los tiposhumanos, hace simpático al descaro.
Lucía enormes amatistas montadas en pendientes de filigrana comorelicarios, de modo que
parecía llevar en cada oreja el pectoral de unobispo. Sus manos eran bonitas y gordezuelas, y los
anillos que deantiguo llevaba no se le podían sacar, porque su carne había crecido yel oro no.
Tenía treinta y tantos años y era viuda de un opulentonegociante de Candelario.
Por qué la llamaban Pimentosa es cosa que no se sabe; pero algunosdecían que picaba mucho
y levantaba ampolla a la manera de guindilla. Sepodía ir a la tienda por verla despachar.
También ella eraprestidigitadora como el de los buñuelos, y parecía que se lemultiplicaban
milagrosamente las manos para coger pesar, cobrar, contary devolver, todo sin dejar de charlar ni
un solo momento. Enormescalderos de manteca blanca como espuma ocupaban un extremo
delmostrador, y era bonito ver resbalando por aquellas blanduras de grasalas esmeraldas y los
diamantes clavados en los dedos de Nazaria. Otrasveces aquellos dedos, en sangre tintos,
ocupábanse en usos industrialesdel género de Candelario; pero pronto recobraban su belleza
revolcándoseen espuma de jabón y estrujándose en agua hasta quedar limpios como eloro y finos
como la seda. Así y todo se pirraban por dar una bofetada.
—¿Qué se le ofrecía a usted, caballero?
—Perico querrá usted decir. Esta no es hora.
—No tan arriba. Pique más bajo.
—¿Se le puede ver, sí o no?
—Creo que está durmiendo. Suba usted.... Eh, tú, Rumalda... ve con estecaballero.... Di a
Perico que si no tiene vergüenza de dormir a estashoras.
Romualda era una mujercita encanijada y vestida de harapos que en latienda inmediata
ayudaba a la mujer de los parches a ensartar buñuelos.La fisonomía de Romualda estaba de tal
manera desvirtuada por la palidezy por la suciedad, que no se podía decir si era fea o bonita.
Igualdificultad había para declararla niña o mujer, y así lo menos expuesto aequivocaciones será
decir que no tenía edad ninguna.
El fenómeno (pues no de otro modo era llamada en el barrio) echó a andardelante de Salvador
para guiarlo. Pero como el fenómeno cojeaba ningunode los dos podía ir a prisa. Tardaron
algunos minutos en vencer laescalera, cuya tortuosidad igualaba a las oscuras revueltas de
