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Pero una noche tuvo un encuentro triste. Al entrar en la Plaza deProvincia vio una persona,
dos, tres. Eran un hombre cojo, bien envueltoen su capa, una mujer tan bien resguardada del frío,
que sólo se leveían los ojos, y un niño con gabán y bufanda, mostrando la nariz húmeday los
carrillos rojos de frío. Los tres iban en una misma fila: sedetenían en todos los escaparates para
ver las mantillas, los lujososvestidos, las telas riquísimas, las joyas, y parecían muy gozosos
yentretenidos de lo que veían. En la esquina había una castañera.Detuviéronse. El cojo sacó
cuartos del bolsillo, la mujer un pañuelo,compraron, probó el chico y luego siguieron. La mujer
agasajó el pañuelolleno de castañas, como para calentarse las manos con él....Avanzaron....
desaparecieron por una puerta.
Salvador se sintió estremecer de desesperación y envidia. El hombrecojo, el niño, la
placentera unión de los tres, los cuartos sacados delbolsillo, los saltos del chico cuando se estaba
haciendo el trato con lavendedora, las castañas, el pañuelo, las manos que tenían el pañuelo....En
vista de las insolentes burlas del destino, juró no volver a pasarpor allí.
-IX-
El hombre cojo entró en su casa, como hemos dicho, y después de unligero altercado entre la
familia por saber cuál había de acostarseprimero, retiráronse todos. La paz, el orden, el silencio,
la quietud seampararon de todo el ámbito de la vivienda, y bien pronto no hubo enella un
individuo que no durmiese, a excepción de aquel buen señor de lacojera, el cual, despierto en su
lecho, daba vueltas a una idea como sila devanase, sacándola del enredado pensamiento al
corriente ovillo deldiscurso.
—Cuanto más cerca veo el día—pensaba—, más indeciso y perplejo meencuentro. ¿Por qué
dudo, decídmelo, Virgen Santa del Sagrario y tú, SanIldefonso bendito? ¿Por qué mi anhelo se
ha trocado en vacilación y mife en temor de causar gravísimo daño? ¿Qué dices a esto,
concienciapura, qué razones me das? ¿Sale acaso de ti esa voz que siento y que medice:
«detente, ciego?...». Y tú, caviloso Benigno, ¿has notado, porventura, frialdad en los afectos de
ella, arrepentimiento en su voluntado siquiera desvío? Nada: ella es siempre la misma. Aún me
parece máscariñosa, más apegada a mis intereses, más amante, más diligente....Entonces,
mentecato, hombre bobísimo y pueril, digno de salir por esascalles con babero y chichonera,
¿por qué vacilas, por qué temes?...Adelante y cúmplase mi plan, que tiene algo, ¡barástolis! algo,
sí, deinspiración divina.... ¡Ah! ya vienen los malditos dolores.... ¡todo seapor Dios! ¡Oh! ¿por
qué te me has torcido en el camino del Cielo, ohpierna?...
Las historias están conformes en asegurar que D. Benigno, después dedecir «¡oh, pierna!»
lanzó un gran suspiro y se durmió como un santo. Ala mañana siguiente tenía la cabeza
despejada, el humor alegre. Loprimero que leyó cuando le trajeron la Gaceta fue el
decretoconvocando a la Nación en Cortes a la usanza antigua, para jurar a laprincesa Isabel, por
heredera de la corona de ambos mundos. Esto le diomucho contento, y viendo la fecha del 20 de
Junio marcada para aquelnotable suceso, dijo así:
 

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