Hallábanse, pues, el uno aburridísimo, el otro ideando motivos paradespedir al ayacucho, y el
tercero discurriendo el modo de pasar algúnnombre de un papel a otro, cuando entró en el café
un jefe decaballería, haciendo con el sable rastrero, con las espuelas y lostacones tan grande
estrépito, que no parecía sino que un escuadrón habíaasaltado el establecimiento. Traía fango en
las botas y polvo en eltraje, manifestando en esto, así como en la oficiosidad con que iba demesa
en mesa dando noticias, que acababa de llegar de una expedición oquizás de un campo de
batalla. Era D. Rafael Seudoquis, exaltadopatriota primero, después indefinido, luego
conspirador perseguido ycondenado a horca, pero indultado otra vez y admitido en el servicio
porinfluencias de parientes poderosos. Después que satisfizo la curiosidadde los del café,
dirigiose arriba, y al entrar en el hueco de laescalera llamole Aviraneta desde su escondrijo.
Entró Seudoquis,reconoció a Salvador, se abrazaron; pero tanta gana tenía el buen hombrede
contar lo que sabía, que sin poder aguardar a que acabaran lossaludos, habló así:

