Partieron a los Cigarrales. Allí trascurrían dulces y lentas las horas.El sosiego era completo, el
tiempo delicioso, la salud admirable, enconcierto dulcísimo con la paz y alegría de las almas.
Salvador y D. Benigno hablaban de política, cada cual según su criterio,su experiencia y
diversos conocimientos; el segundo inclinado, a lasgeneralidades, a las teorías; el primero más
aferrado a los hechos, ydeduciendo de la incompatibilidad de estos con la idea,
desconsoladorasconsecuencias; Cordero dejándose llevar del optimismo y confiando muchoen el
entusiasmo, en la virtud de los hombres y en la fuerza de ciertasideas; Salvador inclinándose al
pesimismo, revelándose muy aleccionadopor la experiencia, creyendo poco en las personas y
menos en las ideasverdes y desazonadas. D. Benigno opinaba que todos los españoles
debíanabrazar la bandera de la libertad, respetando y enalteciendo siempre laReligión y el Trono:
admitir todos los progresos del siglo, y aplicarlosa las leyes, a las costumbres, al vivir y al
pensar, evitando lasguerras y colisiones. Añadía que si todos los españoles no gustaban deentrar
por este camino, los rebeldes debían ser convencidos a palos,para lo cual convenía que los libres
se armaran formando una miliciaorganizada, ni más ni menos que como la famosísima de Julio
del 22,émula de los espartanos en el famoso Arco de Boteros.
Salvador no desaprobaba estas ideas, pero fiaba poco en los buenospropósitos de los que
pensaban como su amigo; fiaba también poquísimo enla milicia, en los palos de la milicia y en la
soñada concordia entre lalibertad y la Iglesia. Declarando todo su pensamiento, aseguró que
noesperaba ver en toda su vida más que desaciertos, errores, luchasestériles, ensayos, tentativas,
saltos atrás y adelante, corrupciones delos nuevos sistemas, que aumentarían los partidarios del
antiguo, noblesideas bastardeadas por la mala fe, y el progreso casi siempre vencido ensu lucha
con la ignorancia.
—Los días mejores—dijo señalando con su bastón el horizonte—, están aúntan lejos que
seguramente ni usted ni yo los veremos. La reforma eslenta, porque el mal es grave y profundo,
y sólo se ha de curartrabajándose a sí mismo. Pienso vivir alejado de toda acción política.Estoy
abrumado de experiencias; he visto mucho; cumplí mi misión. Haymil caminos abiertos por
donde pueden lanzarse los hombres nuevos. Losque no lo son, deben quedarse a un lado mirando
y viviendo. Mi idealestá lejos. El tiempo le tiene tan guardado aún, que no se le vislumbraaquí
por ninguna parte. Pero vendrá, y aunque no hemos de ver esarealidad, digna de ser admirada,
desde aquí nos consuela el penetrar conel pensamiento en un porvenir oscuro, y contemplar las
hermosasnovedades de la España de nuestros nietos. En tanto, no puedo tenerentusiasmo como
usted, porque no creo en el presente. Me parece queasisto a una mala comedia. Ni aplaudo ni
silbo. Callo, y quizás meduermo en mi luneta. No tengo que soñar en mi felicidad doméstica,
quees ya un hecho positivo; soñaré con ese porvenir lejano de nuestrapatria, con ese tiempo,
querido amigo mío, en que la mayoría de losespañoles se reirá de la angelical inocencia política
de usted.
