comprende que López, hombresin letras ni palabra, incapaz de formular discretamente un juicio
ni deaposentar una idea en la espesura de su cerebro, no podía ser en el clubpopulachero más que
un instrumento brutal para funcionar en días deescándalo y griterío. Todos cuantos han tenido la
desgracia de trabajaren conspiraciones burdas saben perfectamente que los despabilados
yparlanchines forman a sus espaldas una guardia de hombres soeces ybrutales, que sirven para
dar a la idea, en la ocasión precisa, su vozestentórea, su brazo salvaje y su representación
apasionadamentepopular. Tablas era de esta guardia, mejor dicho, era el jefe de ella, yhabía
conseguido llevar al club a otros mocetones, que ni desmerecían deél en fuerzas corporales, ni le
ganaban un ardite en talento.
Pero, desgraciadamente para él, las conspiraciones de aquel tiempocarecían de fondos. Eran
conspiraciones pobres, no por esto honradas. Seesperaban auxilios; pero los auxilios no venían,
porque los destinados adarlos no habían llegado aún a ese grado de candidez en que la
ambicióncierra los ojos y abre la mano.
Para atender a sus gastos, que no había sabido disminuir después de lamiseria, Tablas se
colocó en el establecimiento de coches de la posadadel Dragón, con cuyo dueño tenía amistad
antigua. Pero su holgazaneríale vedaba siempre entrar en faenas duras, y sólo se ocupaba de
cuidar elalmacén de equipajes y encargos. En destino tan poco brillante aguardabael imaginario
triunfo de aquellos buenos señores del club, tan sabios,según él, o la señal de armar camorra a
las autoridades. El majadero deLópez estaba dispuesto a todo, apretado por la miseria, la envidia
y losapetitos que devoraban su alma.
Ya se cansaba de esperar el venerable Gracián, cuando apareció Romualda,jadeante y
sofocada. Por su conducto la señora Nazaria suplicaba alPadre tuviera la bondad de subir, porque
se encontraba muy mala. Nodesoía jamás esta clase de ruegos Gracián, que además de
eclesiásticobondadoso era médico hábil, y precedido de la coja, llevando tras sí alcleriguito
joven que le acompañaba, acometidos cien escalones queconducían a la morada del infeliz
matrimonio. Esta era muy humilde; peroNazaria, que tenía instintos de embellecimiento
doméstico, la habíaarreglado de modo que pareciese menos fea de lo que realmente era.Estaba la
Pimentosa postrada en desvencijado sofá. Había desmerecidotanto su persona desde el año
anterior que no parecía la misma. Aquelcontinente de matrona, aquel aire simpático, aquel rostro
lleno deatractivos no eran ya sino sombra de sí mismos. Gordura fofa en sucuerpo, languidez en
su semblante y un decaimiento general en su personatoda anunciaban que la maja no volvería a
ser lo que fue. A su ladoestaba la mujer demacrada, pálida y huesuda que vimos en la
buñoleríaalgunos meses antes, y que había permanecido al lado de su ama, como unode esos
cortesanos de la desgracia que con menos mérito alardean defidelidad en esferas más altas. A
primera vista la mujer aquella parecíaimagen de la Muerte esperando su presa. Su brazo, que no
debía de tenermás que el hueso seco, se extendía oscilando con lúgubre cadencia. Sumano
empuñaba una rama de acacia, para espantar con ella las moscas quemolestaban a Nazaria.

