Monsalud decidió buscar inmediatamente mejor albergue. Salió, recorriótodo Elizondo. Al fin
tuvo la bondad de proporcionarle alojamiento en supropio domicilio el cura del pueblo, anciano
muy respetable y sencillo.Por la noche, aprovechando la ocasión en que el enfermo
dormíaprofundamente, tomáronle en brazos cuatro robustas mujeres y lecondujeron a la nueva
vivienda, no sin que se resistiese en el camino,aunque sin lograr soltarse, por haber sido
fuertemente sujeto. El motivode ser llevado por manos femeninas fue que en Elizondo, como en
todo elterritorio del Baztán, escaseaban los hombres, hasta el punto de que lasfaenas más rudas
eran desempeñadas por niños y mujeres. Durante loscuarenta días que pasaron ambos hermanos
en casa del cura de Elizondo,nada ocurrió de memorable, si no es un ligero alivio de Carlos y
laconstante humanidad de Salvador, que preparaba lo necesario para sacaral enfermo de aquel
país y conducirle a un asilo de orates. Necesitabaun buen coche, dos o tres personas, que le
acompañaran y sirvieran, y unpermiso de las autoridades carlistas para recorrer toda Navarra sin
sermolestados ni detenidos. Todo esto era de dificilísima adquisición; peroal fin, con paciencia,
actividad y repetidos desembolsos, venció lascontrariedades y se dispuso a partir.
Una noche del mes de Julio las facciones se presentaron en Elizondo.Bajaban por aquellos
cerros, como bestias hambrientas, y sus gestos, suspisadas, la viveza de su andar, el estrépito de
las armas ponían miedoen el corazón más esforzado. Por todas las entradas del valle
aparecíancuadrillas de facciosos, vestidos de zamarra, cubiertos con la boinablanca o azul y
calzados con alpargatas o zapatos rotos. Al anochecer,Elizondo estaba lleno, y aún entraban más.
La ferocidad pintada en lossemblantes no excluía la expresión de sufrimiento por las privaciones
ytrabajos; pero estaban alegres, cantaban, reían y se las prometían muyfelices. En las filas se
codeaban los muchachos con los viejos, y allado del niño, precoz guerrero lleno de ilusiones de
gloria, estaba elveterano que se había batido en las campañas heroicas del año 8. Lasestaturas
eran tan desacordes, que la bayoneta del enano tocaba losdoblados hombros del gigante. Por la
desigualdad, por la irregularidad,por el valor ciego y salvaje, por la fe estúpida y la sobriedad
casiinverosímil, a ningún ejército conocido podrían compararse, como nofuera a los ejércitos de
Mahoma.
A la mañana siguiente salieron muchos para Urdax. Los demás tomaronposiciones en las
alturas. Se les vela subir como gatos, escalando losempinados cerros con agilidad increíble. El
calor les hacía tan pocaimpresión como les habla hecho el frío. Tenían cara de
pergamino,músculos de acero, corazón de piedra y sesos de algodón, que ni el solderretía ni el
pensamiento inflamaba jamás. La guerra había llegado aser en ellos fenómeno de costumbre, un
estado normal, admirablementeconformado con su naturaleza agreste, dura, sufrida, refractaria a
lasfatigas como a las ideas, y con especialidad inclinada al movimiento. Sino hubiera habido
montañas, las habrían hecho para subir y esconderse enellas.
Por la noche, tres jinetes llegaron a casa del cura. Seguíales numerosaescolta. Se apearon y los
tres entraron. Uno de ellos era de buenaestatura y a todos infundía un respeto que más bien
parecía miedo osuperstición. El cura se arrodilló delante de él y le besó la mano. SuMajestad
(pues no era otro) manifestó deseos de descansar. Tenía muchajaqueca y ningún apetito. Subió,
encerrose en la habitación que se lotenía preparada. Ordenose el mayor silencio para no molestar
a SuMajestad, que no quiso tomar más que un huevo cocido y un poco dechocolate claro. Pidió
agua helada; pero en esto no le podían complacer.Quedose solo, y al poco rato llamó pidiendo le