Una tarde, después de comer, hicieron ambos elogios muy ardientes de unexquisito guisado de
palomas silvestres que les puso Doña Hermenegilda.Después Navarro se acercó a la chimenea,
cual si fuera a arrojarsedentro de ella, y como Salvador le amonestara por aquel singular gustode
achicharrarse, Navarro se retiró, miró a su hermano sin elacostumbrado fruncimiento de cejas, y
le dijo estas blandas palabras:
—Acabarás por manejarme como a un chiquillo. ¿Qué más quieres? Poco apoco me has ido
haciendo tu prisionero sin combatir, y con medicinasprimero, con cuidados después, has ido
venciéndome. Si no hay en todoesto una intención desconocida, desde ahora declaro que estoy
agradecidodel bien que me has hecho.
—Una intención y un plan hay en mí—replicó Salvador—pero ambos son hartoclaros. He
querido vencerte con las armas del bien y dominarte por lafuerza de la caridad, emanada de un


