Y esta vez Herminia, roja de placer y latiéndole el corazón, adquirió la seguridad de que tenía
delante á su marido.
Hubiera querido permanecer allí, por singular que pareciese su curiosidad; alguna palabra de
doble sentido la hubiera trazado, acaso, una línea de conducta. Hubiera sido una satisfacción
refinada para Herminia hablar con su libertador bajo la mirada misma de sus carceleros; pero no
pudo disfrutar ese placer. Su tía la tiraba del brazo y Bobart se había ya pronunciado en retirada.
Perseguidos por las injurias que les dirigía el dueño del perro gris, volvieron á entrar en el
castillo.
—¡No has estado heroico, Bobart, dijo la señorita Guichard con acritud. Nos has dejado insultar,
á mi sobrina y á mi, por ese miserable, sin contestar siquiera.
—Querida y respetable prima, respondió el abogado: el hombre no me intimidaba; pero el
maldito perro me infundía cierta aprensión ... Bien has visto lo que ha hecho, de una dentellada,
con el pobre Stop ...
—Haberle metido un tiro en el vientre ...
—Hubiera podido no acertarle y entonces ...
—Te confieso que conozco mejor el código que el tiro.
La señorita Guichard arrojó á su auxiliar una mirada de desprecio y, sin añadir una palabra, entró
en el castillo con Herminia.
EN EL QUE SE ROMPEN LAS CADENAS.
La joven subió á su habitación. Era dichosa, aunque estuviese secuestrada, y el beso de Mauricio
la había dilatado el corazón. Un sentimiento de orgullo la asaltaba, al verse tan ardientemente
disputada. ¡Cuán atrevido y diestro se había mostrado su marido! ¡Y su disfraz era
verdaderamente una maravilla! Si no hubiese estado prevenida, jamás hubiera reconocido al
elegante Mauricio, en aquel pisaterrones.
Se rió sola de los horrores que Mauricio había dicho á Bobart y á su tía. Pensaba que el joven se
habría desatado en injurias de aquel modo para disimular; y, sin embargo, debió tener un secreto
placer en maltratar así á sus enemigos. Pero, ¿de quién sería aquel terrible perro gris que
combatía tan valientemente por ella? Nunca había oído á Mauricio hablar de un perro. Puede que
fuese de Roussel; en todo caso, le amaba.
Sonó la hora de comer y también se sirvió á Herminia en su cuarto, lo que le causó sumo placer.
La comida entre su tía y Bobart hubiera sido insoportable. Comió con apetito, como si un secreto
