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—¿No han maniobrado bien?
—Maravillosamente. Debo, en realidad, mucho al uno y al otro por lo que han hecho y dicho,
pero toda vez que estaba en el programa que yo no supiera nada, supongamos que nada sé
todavía. No digas una palabra, ni á Mauricio, de tu amable y afectuosa confidencia. Yo
continuaré aparentando que no estoy al corriente de la verdad.
—Si, tía mía. Pero déjeme usted que la abrace para demostrarle mi agradecimiento por haber
sido tan buena. Gracias á usted, vamos todos á ser muy dichosos.
—Ahí vuelve Mauricio, dijo la señorita Guichard, mirando por la ventana; ve á su encuentro. Yo
vuelvo al salón.
Herminia bajó al jardín y Clementina quedó sola.
CAPÍTULO VI
DOMINADA POR LA MALDAD
La señorita Guichard se sentó en una butaca y con la faz alterada, la boca contraída por la
amargura y los ojos sombríos, se abismó en sus pensamientos. De modo, que había sido burlada,
ella, que se creía tan fuerte. Dos niños la habían llevado por la punta de la nariz hasta concluir un
arreglo que alteraba toda su vida, turbaba todas sus ideas, cambiaba sus combinaciones y la
imponía la presencia del ser á quien más detestaba en el mundo. Pero ahora que estaba advertida,
¿iba á dejar correr las cosas? ¿Soportaría tal humillación? ¿Aceptaría semejante servidumbre?
Ella que siempre había sometido á los demás á su voluntad; ella, á quien nadie, fuera de aquel
Roussel aborrecido, había sabido jamás resistir, ¿se confesaría vencida? ¿Dejaría á sus
adversarios reirse de ella? Porque, ciertamente, se reirían de su credulidad, de su tontería....
Todas las palabras pronunciadas durante su conversación con Roussel venían á su memoria y la
hacían encogerse de hombros, de lástima de si misma, ¡Cómo! ¿Y era ella la que había hablado
así? ¿Donde tenía la cabeza cuando había dado aquellas lastimosas respuestas? Hubiera sido
preciso decir tal ó cual cosa y Roussel se hubiera visto confundido ... Realmente no había estado
á su habitual altura: la sorpresa, la emoción, la habían privado de sus facultades. ¿Pues no había
cerrado la discusión desmayándose? ¡Desmayarse, cuando hubiera debido arrojarse á la cara de
aquel malvado y sacarle los ojos! Recordaba que había tenido esa intención, pero la habían
hecho traición sus fuerzas.
Después pensó: "Ha debido encontrarme degenerada. ¡Y estaba irónico, el muy ... ¡Bien se ha
burlado de mí! ¡Oh! yo tendré mi desquite y le enseñaré que todavía sirvo para darle una lección.
Pero, ahora, ¿qué hacer?... ¡Ante todo, no quedar bajo el peso de esta derrota!..."
Reflexionó profundamente y cuanto más examinaba los diversos aspectos de la situación más
peligrosa la encontraba. Era evidente que Mauricio había sido cómplice de su tutor en todo este
negocio, y que sabía á qué atenerse sobre las relaciones que habían existido entre Roussel y ella.
 

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