—El padre y el hijo se estrecharon en un tierno abrazo con una efusión extraordinaria. Y
Mauricio partió para la Celle-Saint-Cloud, donde Herminia y la señorita Guichard le esperaban
para almorzar antes de ir á la alcaldía.
DONDE LA VICTORIA SE INCLINA DEL LADO DE LA BONDAD.
En el hermoso jardín, cerca del terraplén que había sido testigo de sus primeras palabras,
Herminia y Mauricio se paseaban, bajo la bóveda de árboles, mientras la señorita Guichard
recibía á los invitados. El señor Tournemine, muy felicitado por el precioso discurso que había
pronunciado el día anterior en la alcaldía, acababa de llevar á su mujer, y faltaban los Chevalier,
primos de Clementina por parte de madre, los Bobart y los Truchelet, cuyo jefe, Eduardo
Truchelet, miembro del Instituto, es el gran profeta de las variaciones atmosféricas.
Cuando Truchelet publica en los periódicos y revistas científicas que el mes de junio será
lluvioso y el de diciembre glacial, no hay cuidado; habrá una sequía excepcional y el invierno
será benigno. Nunca se ha hecho justicia á la memoria de sabio de Truchelet, y sin embargo, en
teoría, sus pronósticos son indiscutibles.
Bobart padre, antiguo abogado, acababa de hacer entrar al miembro del Instituto en su terreno
favorito, preguntándole qué influencia ejercía el viento norte sobre el cultivo de los albaricoques
en el centro de Francia, y Truchelet, apoyado en la chimenea, se disponía á probar que el
descenso más ó monos rápido de la temperatura polar, produciendo mayor ó menor calor en las
corrientes submarinas, era causa de las buenas ó malas cosechas en el país más templado de
Europa, cuando la señorita Guichard llamó á Bobart con un ademán y lo hizo acercarse á ella.
Encontrándose libre, por primera vez desde por la mañana, quería interrogar á su factótum.
—¿Cómo va la construcción de la tienda para el baile de esta noche?
—El patio está ya cubierto ... Los obreros del señor Belloir no tienen que hacer más que clavar
una tela en el suelo y arreglar las sillas ... Se entrará por el jardín y por las ventanas del piso bajo
... Está muy hábilmente dispuesto.
—¿Cuántas personas podrán estar sentadas?
—Por lo menos, doscientas.
—Perfectamente. La música del pueblo, ¿será exacta?
—Á los postres, es decir, á eso de las nueve, empezará á tocar.
—Seremos treinta y dos á la mesa. ¿Habrá espacio para todos?
El jefe de cocina asegura que cabrían cincuenta.
