Durante quince días Roussel sufrió valerosamente esta situación tan nueva y tan penosa.
Pensaba: "Es el primer momento; esto pasará. Un nuevo capricho seguirá al actual y ya no habrá
cuestión. Podremos entonces respirar, lejos de la horrible Clementina, y vivir en paz." Pero sus
esperanzas optimistas no se realizaron. ¿Era que Mauricio estaba más seriamente enamorado que
lo que había dicho? ¿Era que la violencia hecha á sus sentimientos había aumentado su fuerza en
vez de disminuirla? Mauricio cambiaba mucho, física y moralmente. Él, que era la actividad
misma, pasaba días enteros tendido en el diván de su estudio, fumando cigarrillos. No cogía un
pincel. El boceto de la Virgen del bordado y el cuadro de los Desposados estaban vueltos hacia
la pared. Tenía en completo abandono los estudios empezados para la decoración de la sala de
actos de la alcaldía de Saint-Denis; importante trabajo obtenido en buena lid, en un concurso en
el que tuvo por antagonistas á los más célebres pintores. Nada le interesaba. Estaba sufriendo
una crisis de desaliento y de disgusto.
Por la primera vez en su vida, Roussel le veía de este modo, lo que le alarmaba seriamente.
Disimulaba, sin embargo y no lo interrogaba, temiendo una respuesta que abriese de nuevo el
debate. Esperaba todavía que "aquello pasara", pero veía que no "pasaba" jamás.
Por las tardes Mauricio salía solo con frecuencia. Las primeras veces, Roussel le había
preguntado: "¿Adónde vas?" y el joven le había enseñado un álbum, y respondido: "Voy á
buscar apuntes ..." Y no había invitado á su tutor á que le acompañase y hasta, pareciendo temer
que éste se lo propusiera, casi se había escapado. Roussel no había repetido la pregunta; pero un
día en que el álbum de los croquis estaba sobre una mesa, en ausencia del pintor, había levantado
la cubierta, recorrido las hojas y adquirido la certeza de que todas estaban inmaculadas.
Entonces, ¿en qué pasaba Mauricio los días? ¿Habría faltado á su promesa y vuelto á casa de la
señorita Guichard? Roussel no lo sospechó siquiera; sabía que era incapaz de faltar á un
compromiso. Y sin embargo, ¿qué hacía?
Resolvió seguirle, y una tarde en que Mauricio había salido por el camino de Saint-Cloud con el
famoso álbum de las hojas en blanco, Fortunato se dispuso á ir de lejos en su seguimiento. Pudo
sin dificultad no perderle de vista, porque el joven marchaba sin desconfianza. Ni una sola vez se
volvió y en el camino polvoriento, su silueta se destacaba visible á quinientos pasos de distancia.
Volvió hacia la derecha; tomó un sendero de travesía que conducía al bosque y una vez llegado á
la espesura, se sentó, con el álbum sobre las rodillas y permaneció más de una hora sin moverse,
como si esperase á alguien, pero nadie llegó. Salió de su abstracción y á paso lento, siguiendo su
paseo, se dirigió hacia la Celle-Saint-Cloud.
Fortunato se estremeció. ¿Se habría engañado? ¿Sería capaz Mauricio de tanto disimulo? ¡Qué!
¿iría á casa de la señorita Guichard? ¡No! imposible. Y, sin embargo, tomaba una dirección nada
dudosa hacia una plazoleta en la que desembocaba la callejuela donde el joven había sido
atropellado. Pero Mauricio, en vez de apretar el paso, como aquel á quien se espera, le acortaba.
Dobló la esquina de la calleja y allí se detuvo su tutor. Mauricio avanzó hasta que pudo descubrir
el terraplén de la quinta y allí, oculto detrás de una espesura de madreselvas que brotaban en la
cerca de un jardín, esperó.