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Un Viaje de Novios

—¡Por vida de!... ¿no tiene papá, tía, hermano? ¡que vengan con mildiablos a cuidarla! A
nosotros ¿qué nos va en eso? Si tienes vocación deHermana de la Caridad, dijéraslo y no te
casaras, hija... tu obligaciónes atender a tu marido y a tu casa, nada más....
—En fin—dijo Lucía alzando el semblante donde las líneas redondeadas yfugaces de la
adolescencia comenzaban a trocarse en trazos más firmes—,yo marcharé si tú me lo ordenas;
pero convencida de que es una malaacción abandonar así a una amiga, cuando se está muriendo.
Salió del cuarto. En su mente germinaba un concepto singular de laautoridad conyugal:
parecíale que su marido tenía derecho perfecto,incontestable, evidente, a vedarte todo género de
goces y alegrías, peroque en el sufrimiento era libre y que prohibirle el padecer, el velar yel
consagrarse a la enferma, era duro despotismo. De estas ideasperegrinas tienen muchas los
desdichados que llegan a refugiarse en eldolor y a proclamarle lugar de asilo. Arreglose, sin
embargo, lacuestión mejor de lo que Lucía pensaba, porque aconteció que aquellamisma tarde
tomó cartas en ella Perico, resolviéndola con su clásicodesenfado.
—Adiós, chicos—dijo entrando en el cuarto de Miranda vestido de viaje,con polainas de
paño, un casquete de fieltro y terciada al hombro unaescopeta de caza de dos cañones.
Y como Miranda lo contemplase con tamaña boca abierta.
—Me he resuelto—explicó—. Vichy está demasiado tonto; y Anatole seempeña....
—¿Te vas a Auvernia?
—Al castillo de Ceyssat, de Ceyssat.... Parece que hay liebres y corzosa puñados, a puñados...
y en el castillo se pasa bien; hay mucha gente;diez y ocho huéspedes.
Miranda reunió cuanta energía supo en voz y actitud y dijo al animosocazador:
—Pero mira que Lucía y yo habíamos decidido emprender la vuelta paraEspaña... dentro de
dos o tres días, a lo sumo... y como Pilar está así,delicada... tu presencia es necesaria aquí.
—Anda a paseo ¡a paseo!—exclamó Perico, fiel a su sistema de franquezay desahogo—. ¿No
te podrás aguardar una quincena por darme gusto? ¿Quévas hacer tú en España? Meterte en
León, y vegetar, vegetar. Aquí estásen la luna, en la luna de miel.... Nada, nada; os dejo a mi
hermanita,ya sé que estará bien cuidada, bien cuidada. Abur, que es la hora deltren. Te traeré una
cabeza de corzo para porta-bastón....
—Pero, oye; mira que....
Perico estaba ya en el portal. Miranda le llamó por la ventana; pero élse volvió risueño, le dijo
adiós con la mano y echó a correr hacia laestación. Y he aquí cómo de dos egoísmos venció el
más osado, ya que noel más fuerte y grande.
Dado estaba Miranda a todos diablos, cuando Duhamel vino a consolarle unpoco,
asegurándole que la enferma experimentaba de algunos días acá unosasomos de mejoría, y que
debía aprovecharlos regresando a España, enbusca de clima benigno; añadiendo, en su
chapurrado franco-portugués,que puesto que él pensaba, como casi todos los médicos de
consulta enVichy, salir pronto para París, podrían combinar el viaje juntos, y asívería cómo
probaba el movimiento del tren a la enferma, y resolver sinecesitaba descanso, o si resistiría
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