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Un Viaje de Novios

Pocos días en Bayona bastaron para que Miranda se aliviase notablementede la dolorosa
luxación, y a que Pilar Gonzalvo y Lucía se conociesen ytratasen con cierta confianza. Pilar
hacía rumbo, como Miranda, a Vichy;sólo que mientras Miranda quería que las aguas enseñasen
a su hígado aelaborar el azúcar en justas y debidas proporciones para no dañar a laeconomía, la
madrileñita iba a las saludables termas en demanda departículas férreas que coloreasen su sangre
y devolviesen el brillo asus apagados ojos. Hambrienta como toda persona débil, como
todoorganismo pobre, de excitaciones, novedades y acontecimientos,divirtiole en extremo la
relación nueva de Lucía, y las raras peripeciasde su viaje, y el registro de sus galas de novia, que
visitó sinperdonar una, examinando los encajes de cada chambra, los volantes decada traje, las
iniciales de cada pañuelo. Además, la simplicidad francade la leonesa le brindaba campo virgen
e inculto donde plantar todas lasflores exóticas de la moda, todas las plantas ponzoñosas de
lamaledicencia elegante. Tenía Pilar, de edad entonces de veintitrés años,la malicia precoz que
distingue a las señoritas que, con un pie en laaristocracia por sus relaciones y otro en la clase
media por susantecedentes, conocen todos los lados de la sociedad, y así averiguanquién da citas
a los duques, como quién se cartea con la vecina deltercero. Pilar Gonzalvo era tolerada en las
casas distinguidas deMadrid; ser tolerado es un matiz del trato social, y otro matiz seradmitido,
como su hermano lo era: más allá del tolerar y del admitirqueda aún otro matiz supremo, el
festejar; pocos gozan del privilegio deque los festejen, reservado a las eminencias, que no se
prodigan y sedejan ver únicamente de año en año, a los banqueros y magnatesopulentos, que dan
bailes, fiestas y misas del gallo con cena después, alas hermosuras durante un breve y
deslumbrador período de plenaflorescencia, a los políticos que están en puerta como los
naipes.Personas hay admitidas, que un día, de repente, se hallan festejadas porcualquier motivo,
por un peinado nuevo, por un caballo que ganó en lascarreras, por un escándalo que las gentes
susurran bajito y piensan leeren el rostro del feliz mortal. De estos éxitos efímeros Perico
Gonzalvotuvo muchos: su hermana, ninguno, a despecho de reiterados esfuerzospara obtenerlos.
Ni logró siquiera subir de tolerada a admitida. Elmundo es ancho para los hombres, pero
angosto, angosto para las mujeres.Siempre sintió Pilar la valla invisible que se elevaba entre ella
yaquellas hijas de grandes de España, cuyos hermanos tan familiar eíntimamente frisaban con
Perico. De aquí nació un rencor sordo, unido ano poca admiración y envidia, y se engendró la
lenta irritación nerviosaque dio al traste con la salud de la madrileña. El paroxismo de un
deseono saciado, las ansias de la vanidad mal satisfecha, alteraron sutemperamento, ya no muy
sano y equilibrado antes. Tenía, como suhermano, tez de linfática blancura, encubriendo el afeite
las muchaspecas: los ojos no grandes, pero garzos y expresivos, y rubio elcabello, que peinaba
con arte. A la sazón, sus orejas parecían de cera,sus labios apenas cortaban, con una línea de rosa
apagado, la amarillezde la barbilla, sus venas azuladas se señalaban bajo la piel, y susencías,
blanquecinas y flácidas, daban color de marfil antiguo a losralos dientes. La primavera se había
presentado para ella bajo malísimosauspicios; los conciertos de Cuaresma y los últimos bailes de
Pascua, delos cuales no quiso perder uno, le costaron palpitaciones todas lasnoches, cansancio
inexplicable en las piernas, perversiones extrañas delapetito: derivaba la anemia hacia la
neurosis, y Pilar masticaba, ahurtadillas, raspaduras del pedestal de las estatuitas de barro
queadornaban sus rinconeras y tocador. Sentía dolores intolerables en elepigastrio; pero por no
romper el hilo de sus fiestas, calló como unamuerta. Al cabo, hacia el estío, se resolvió a
quejarse, pensandoacertadamente que la enfermedad era pretexto oportuno para un
veraneoconforme a los cánones del buen tono. Vivía Pilar con su padre y con unatía paterna; ni
uno ni otro se resolvieron acompañarla; el padre,magistrado jubilado, por no dejar la Bolsa,
donde a la chita callandorealizaba sus jugaditas modestas y felices; la tía, viuda y muy dada ala
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