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Un Viaje de Novios

evidente que al mozo calaverilla ledivertía infinito el cómico percance conyugal del calaverón
rancio. Unrayo de sol vergonzante rompía las pardas nubes, y recortaba sobre elfondo obscuro la
cabeza linfática, rubia, la tez pecosa, las faccionesdelicadas, pero no exentas de rasgos
característicos, del mancebo. Susmanos blancas y femeniles atormentaban la cadena de acero del
reloj, yen el meñique de una de ellas rojeaba grueso carbunclo, al lado de otroaro inocente,
sortija de colegiala, sobrado estrecha para el dedo, unacrucecica de perlas sobre un círculo de
oro.
—Y, en resumen, ¿de Miranda, no se sabe nada, nada?—preguntó oído elrelato.
—Nada hasta hoy—afirmó gravemente Artegui.
—Hombre, es divino ¡es divino!—masculló el mozalbete entre dientes,riéndose más bien con
los ojos que con la boca—. ¡Lance igual! Estaráchistoso Miranda; estará chistoso.
Artegui le miraba fijamente, sorprendiendo en sus pupilas la risaindiscreta. Con solemne
seriedad, le interrogó:
—¿Es usted amigo de Don Aurelio Miranda?
—Sí, mucho, mucho...—ceceó rápidamente Gonzalvo, que solía alpronunciar comerse dos o
tres letras de cada palabra, repitiendo encambio la palabra misma dos o tres veces, lo que hacía
galimatíasperegrino, sobre todo cuando hablaba colérico, barajando o suprimiendovocablos
enteros:
—Mucho, mucho—prosiguió—. En todas partes, hombre, en todas partes,me lo encontraba en
Madrid.... Fue una temporada del, ¿cómo se llama?,del Veloz Club, del Veloz Club, y estaba
abonado con nosotros, con losmuchachos, a ése, vamos... a Apolo, a Apolo.
—Me felicito—exclamó Artegui sin menguar un ápice en seriedad—. Pues,señora—siguió
volviéndose a Lucía—, ya tiene usted aquí lo que tantole hubiera convenido encontrar dos días
hace: un amigo de su esposo, quecon harta más razón, motivo y derecho que yo, puede servirla
de rodrigónhasta que el señor Miranda aparezca.
A esta inesperada salida, Gonzalvo sonrió inclinándose cortésmente, comohombre de mundo
acostumbrado a todo género de situaciones; pero Lucía,con el rostro atónito, encendido aún, se
echó atrás, en ademán derehusar la nueva escolta que se le brindaba.
Interrumpió la escena muda el camarero, entrando y presentando a Arteguien una bandejilla
un sobre azul, que encerraba un telegrama. No eradable en Artegui palidecer, y, sin embargo,
visiblemente se tornaron aúnmás descoloridos sus pómulos al leer, roto el sobre, lo que el
partedecía. Nubláronse sus ojos, y por instinto buscó el apoyo de lachimenea, en cuya tableta de
mármol se recostó. A este punto, Lucía,vuelta ya de su asombro primero, se lanzaba a él, y
poniéndole las dosmanos en los brazos, le suplicaba ansiosamente:
—Don Ignacio, Don Ignacio... no me deje usted así.... Para lo que faltaya.... ¿qué trabajo le
cuesta a usted quedarse? Yo no conozco a esteseñor... en mi vida le he visto....
Artegui oía maquinalmente, como oyen los catalépticos. Al fin se desatósu lengua. Miró a
Lucía sorprendido, cual si la viese por primera vez, ycon voz debilitada pronunció:
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