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Un Viaje de Novios

—¿Sabe usted... sabe usted que ayer era sábado y que hoy es domingo?
—Así suele suceder todas las semanas—contestó Artegui con afableburla.
—No me entiende usted.
—Pues explíquese. ¿Qué se le ocurre?
—¿Qué se me ha de ocurrir sino ir a misa como todo el mundo?
—¡Ah!—exclamó Artegui. Y después añadió—: Pues es cierto. Y quiereusted....
—Que usted me acompañe. No he de ir sola a misa, me parece.
Sonriose Artegui una vez más, y la niña reparó cuán de perlas caía lasonrisa en aquel rostro,
apagado y tétrico de ordinario. Era como laaurora cuando pinta de rosa los pardos montes; como
el rayo del solcuando rasga los crespones de un día brumoso. Vivían los ojos, vivíanlas mejillas
sumidas y pálidas, renacía la juventud en aquel semblantemarchito por tribulaciones misteriosas,
y empañado por perpetuos celajesobscuros.
—Debía usted estar siempre risueño, Don Ignacio—exclamó Lucía—.Aunque—añadió
reflexionando—del otro modo se parece usted más a usted.
Artegui, risueño y solícito, le ofreció el brazo, pero ella no quisocogerse. Al llegar a la calle
anduvo muy callada, con los ojos bajos,echando de menos la protectora sombra del negro velo
de su manto deencaje, que le cubría las mejillas, dándole tan modesto porte, cuando enLeón
cruzaba bajo las bóvedas medio derruidas y llenas de andamiaje dela catedral. La de Bayona le
pareció linda como un dije de filigrana;pero no pudo oír en ella tan devotamente la misa: se lo
estorbaba lapulcritud esmerada del templo, semejante a caja primorosa; los coloresvivos de las
figuras neobizantinas pintadas sobre oro en el crucero, ola novedad de aquel coro descubierto, de
aquel tabernáculo aislado y sinretablo, el moverse de los reclinatorios, el circular de
lasalquiladoras de sillas. Parecíale estar en un templo de culto diversodel que ella profesaba. Una
Virgen blanca, con filetes de oro en elmanto, que presentaba el divino infante en una de las
capillas de lanave, la tranquilizó algo. Allí rezó buena porción de salves, deshojólas rosas
sangrientas del rosario, los místicos lirios de la letanía.Salió del templo con ligero paso y alegre
corazón. Lo primero que vio ala puerta fue a Artegui, contemplando con interés la gótica forma
de laportada.
—Ya he puesto cantidad de telegramas a las diversas estaciones,señora—dijo descubriéndose
cortésmente al verla—. En especial a la másimportante, Miranda de Ebro. Me he tomado la
libertad de firmar con sunombre de usted.
—Gracias... pero ¿qué? ¿no oyó usted misa? exclamó la niña mirándoleatenta al rostro.
—No, señora. Vengo, como le he dicho a usted, de la oficina detelégrafos—contestó él
evasivamente.
—Pues dese usted prisa si quiere alcanzarla. En este mismísimo instantesalía el sacerdote
revestido....
Contrajose levemente la faz de Artegui.
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