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Un Viaje de Novios

—Que sufrirán como nosotros sufrimos—contestó él.
—¿Cómo lo sabe usted?—murmuró ella impresionada por aquel hondoacento—. Pues a mí se
me figura que en las estrellas, que son tanbonitas y lucen tanto, no ha de haber penas, ni riñas, ni
muertes, comoacá.... ¡Si allí debe de ser la gloria!—afirmó alzando la mano, paraseñalar al
refulgente globo de Júpiter.
—El dolor es la ley universal, aquí como allí—dijo Artegui, mirandofijamente al Adour, que
corría, negro y silencioso, a sus pies.
Poco más departieron, hasta volverse al hotel. Hay conversaciones quedespiertan
pensamientos profundos y tras de las cuales pega mejor elsilencio que palabras frívolas. Lucía,
quebrantados los huesos, sinsaber por qué, se afianzaba fuertemente en el brazo de Artegui, y
élandaba despacio, con su aire de indiferencia. Las últimas frases deldiálogo fueron casi
desapacibles, casi hostiles.
—¿A qué hora llega el tren de mañana?—preguntó Lucía de pronto.
—El primero, a las cinco o cosa así.
La voz de Artegui era seca y dura.
—¿Iremos a esperarlo, a ver si viene el señor de Miranda?
—Irá usted si gusta, señora; en cuanto a mí, permítame usted que meniegue.
Tan agrio era el tono de la respuesta, que Lucía se quedó sin saber quédecir.
—Van mozos del hotel—añadió Artegui—con usted, o sin usted, a esperara los trenes. No
necesita darse el madrugón... a no ser que su ternuraconyugal sea tan viva....
Lucía bajó la frente y se le encendió la faz, como si un hierro hechoascua le aproximasen. Al
entrar en el hotel, la dueña se acercó a ellos;su sonrisa, avivada por la curiosidad, era aún más
complaciente yobsequiosa que antes. Les explicó que había olvidado un requisito:preguntar el
nombre del señor y de la señora y su país, para apuntarloen la lista de viajeros.
—Ignacio Artegui, madame de Miranda, españoles—declaró Artegui.
—Si el señor tuviese una tarjeta—osó decir la hostelera.
Artegui entregó el pedazo de cartulina, y la fondista se deshizo encortesías y cumplimientos,
cual si implorase perdón por aquella fórmula.
—Hará usted—ordenó Ignacio—que al esperar mañana al tren de España,pregunten por
monsieur Aurelio Miranda.... ¡no se olvide usted! que ledigan que madame está aquí en este
hotel, sin novedad, y que leaguarda.... ¿Entendido?
Parfait—contestó la francesa.
Diéronse las buenas noches Lucía y Artegui en el umbral de susrespectivos cuartos. Lucía, al
desnudarse, vio sobre la mesa lospaquetes de sus compras de ropa blanca. Se mudó con delicia, y
acostosecreyendo dormir como una bienaventurada, a semejanza de la nocheanterior. Mas no
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