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Un Viaje de Novios

en sí materia y espíritu, tierra ycielo! Si considero que aun hoy, en nuestra decadencia, cuando
laliteratura apenas produce a los que la cultivan un mendrugo de amargopan, cuando apenas hay
público que lea ni aplauda, todavía nos adornannovelistas tales, que ni en estilo, ni en inventiva,
ni acaso enperspicacia observadora van en zaga a sus compañeros de Francia eInglaterra (países
donde el escribir buenas novelas es profesión, a másde honrosa, lucrativa), enorgullézcome de
las ricas facultades denuestra raza, al par que me aflige el mezquino premio que logran
losingenios de España, y me abochorna la preferencia vergonzosa que tal vezconcede la multitud
a rapsodias y versiones pésimas de Zola, habiendo enEspaña Galdós, Peredas, Alarcones y otros
más que omito por no alargarla nomenclatura.
Si a algún crítico ocurriese calificar de realista esta mi novela, comofue calificada su hermana
mayor Pascual López, pídole por caridad queno me afilie al realismo transpirenaico, sino al
nuestro, único que mecontenta y en el cual quiero vivir y morir, no por mis méritos, si pormi
voluntad firme. Tanto es mi respeto y amor hacia nuestros modelosnacionales, que acaso por
mejor imitarlos y empaparme en ellos, di aPascual López el sabor arcaico, ensalzado hasta las
nubes por labenevolencia de unos, por otros censurado; pero, en mi humilde parecer,no del todo
fuera de lugar en una obra que intenta—en cuanto es posibleen nuestros días, y en cuanto lo
consiente mi escaso ingenio—recordarel sazonadísimo y nunca bien ponderado género
picaresco. No tendríadisculpa si emplease el mismo estilo en UN VIAJE DE NOVIOS, de
índolemás semejante a la de la moderna novela llamada de costumbres.
Aun pudiera curarme en salud, vindicándome anticipadamente de otro cargoque tal vez me
dirija algún malhumorado censor. Hay quien cree que lanovela debe probar, demostrar o corregir
algo, presentando al finalcastigado el vicio y galardonada la virtud, ni más ni menos que en
loscuentecicos para uso de la infancia. Exigencia es esta a que no estánsujetos pintores,
arquitectos ni escultores: que yo sepa, nadie pusotacha a Velázquez porque de sus Hilanderas o
sus Niños bobos noresulte lección edificante alguna. Sólo al mísero escritor entreganférula y
palmeta a fin de que vapulee a la sociedad, pero con taldisimulo, que ésta haya de tomar los
disciplinazos por caricias, yenmendarse a puros entretenidos azotes. Yo de mí sé decir que en
arte meenamora la enseñanza indirecta que emana de la hermosura, pero aborrezcolas píldoras
de moral rebozadas en una capa de oro literario. Entre elimpudor frío y afectado de los escritores
naturalistas y las homilíassentimentales de los autores que toman un púlpito en cada dedo y se
vanpor esos trigos predicando, no escojo; me quedo sin ninguno. Podrá estemi criterio parecer a
unos laxo, a otros en demasía estrecho: a mí mebasta saber que, prácticamente, lo profesaron
Cervantes, Goethe, WalterScott, Dickens, los príncipes todos de la romancería.
Y perdóname, lector benigno, que a tan ilustres personajes haya traídode los cabellos con
ocasión de mis insignificantes escritos. Por venturasuele la vista de una charca recordar el
Océano; mas la charca, charcase queda. Harto se lo sabe ella, y bien le pesa de su pequeñez; pero
nola hizo Dios más grande, por lo cual echará mano de la resignación que ati te desea, si has de
recorrer estas páginas.
EMILIA PARDO BAZÁN
Un viaje de novios
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