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Un Viaje de Novios

y claros de su rostro y cuerpo. La frente, blancacomo un jazmín, los rosados pómulos, la redonda
barbilla, los labiosentreabiertos que daban paso al hálito suave, dejando ver los nacarinosdientes,
brillaban al tocarlos la fuerte y cruda claridad; la cabeza lasostenía con un brazo, al modo de las
bacantes antiguas, y su manoresaltaba entre las obscuridades del cabello, mientras la otra
pendía,en el abandono del sueño, descalza de guante también, luciendo en eldedo meñique la
alianza, y un poco hinchadas las venas, porque lapostura agolpaba allí la sangre. Cada vez que el
cuerpo de Lucía entrabaen la zona luminosa, despedían áureo destello los botones de
cinceladometal, encendiéndose sobre el paño marrón del levitín, y se entreveía, atrechos de la
revuelta falda, orlada de menudo volante a pliegues, algodel encaje de las enaguas, y el
primoroso zapato de bronceada piel, concurvo tacón. Desprendíase de toda la persona de aquella
niña dormidaaroma inexplicable de pureza y frescura, un tufo de honradez quetrascendía a
leguas. No era la aventurera audaz, no la mariposuela devuelo bajo que anda buscando una bujía
donde quemarse las alas; y elviajero, diciéndose esto a sí mismo, se asombraba de tan confiado
sueño,de aquella criatura que descansaba tranquila, sola, expuesta a ungalanteo brutal, a todo
género de desagradables lances; y se acordaba deuna estampa que había visto en magnífica
edición de fábulas ilustradas,y que representaba a la Fortuna despertando al niño
imprevisoraletargado al borde del pozo. Ocurriósele de pronto una hipótesis: acasola viajera
fuese una miss inglesa o norteamericana, provista derodrigón y paje con llevar en el bolsillo un
revólver de acero de seistiros. Pero aunque era Lucía fresca y mujerona como una Niobe, tipo
muycomún entre las señoritas yankees, mostraba tan patente en ciertospormenores el origen
español, que hubo de decirse a sí mismo el que laconsideraba: «no tiene pizca de traza de
extranjera.» Mirola aun buenrato, como buscando en su aspecto la solución del enigma; hasta
que alfin, encogiéndose levemente de hombros, como el que exclamase: «¿Qué meimporta a mí,
en resumen?», tomó de su maletín un libro y probó a leer;pero se lo impidió el fulgor vacilante
que a cada vaivén del cochejugaba a embrollar los caracteres sobre la blanca página. Se
arrimónuevamente entonces el viajero a los helados cristales, y se quedó así,inmóvil,
meditabundo.
El tren seguía su marcha retemblando, acelerándose y cuneando a veces,deteniéndose un
minuto solo en las estaciones, cuyo nombre cantaba lavoz gutural y melancólica de los
empleados. Después de cada paradavolvía, como si hubiese descansado, y con mayores bríos, a
manera decorcel que siente el acicate, a devorar el camino. La diferencia detemperatura del
exterior al interior del coche, empañaba con un velo detul gris la superficie del vidrio; y el
viajero, cansado quizá defundirlo con su hálito, se dedicó nuevamente a considerara la dormida,
ycediendo a involuntario sentimiento, que a él mismo le parecía ridículo,a medida que
transcurrían las horas perezosas de la noche, ibaimpacientándole más y más, hasta casi sacarle de
quicio, la regaladaplacidez de aquel sueño insolente, y deseaba, a pesar suyo, que laviajera se
despertara, siquiera fuese tan sólo por oír algo queorientase su curiosidad. Quizá con tanta
impaciencia andaba mezcladabuena parte de envidia. ¡Qué apetecible y deleitoso sueño; qué
calmabienhechora! Era el suelto descanso de la mocedad, de la doncellezcándida, de la
conciencia serena, del temperamento rico y feliz, de lasalud. Lejos de descomponerse, de
adquirir ese hundimiento cadavérico,esa contracción de las comisuras labiales, esa especie de
trastornogeneral que deja asomar al rostro, no cuidadoso ya de ajustar susmúsculos a una
expresión artificiosa, los roedores cuidados de lavigilia, brillaba en las facciones de Lucía la paz,
que tanto cautiva yenamora en el semblante de los niños dormidos. Con todo, un puntosuspiró
quedito, estremeciéndose. El frío de la noche penetraba, auncerrados los cristales, a través de las
rendijas. Levantose el viajero,y sin mirar que en la rejilla había un envoltorio de mantas, abrió
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