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Un Viaje de Novios

y la desventurada, sin soplo vital casi, decíaalguna festiva ocurrencia, que tomaba color de
cementerio al pasar porsus lívidos labios.
Toda la retórica piadosa de Lucía se estrellaba ante la invencible ybenéfica ilusión de la hora
postrera. Acudió a Miranda y Pericodemandando ayuda, y ambos se encogieron de hombros,
declarándose de todopunto inexpertos y poco a propósito para asuntos tales. Justamente eldía en
que se le puso en la cabeza hablarles del asunto, tenían ellosconcertada una cena con Zulma y
compañeras no mártires en el máscalentito y retirado gabinete de Brébant. ¡Brava sazón de
pensar ensemejantes cosas! No obstante, alguien hubo que sacó a Lucía delatolladero; y fue ni
más ni menos que Sardiola, que conocía a un jesuitapaisano suyo, el Padre Arrigoitia, y lo trajo
en un santiamén. Era elPadre Arrigoitia alto como una caña, encorvado por la cintura,
dulcecomo el jarabe y tan pegadizo e insinuante como brusco y desamorado suconterráneo el
Padre Urtazu. Entró pretextando una visita de la tía dePilar, volvió manifestando mucho interés
por la salud corporal de laenferma, trajo tierra de la santa gruta de Manresa y pastillaspectorales
de Belmet, todo junto y envuelto en muchos papelitos, y ensuma, se dio tal maña y arte, que a la
semana de conocerle y tratarle,Pilar espontáneamente pidió lo que tanto deseaban darle el jesuita
y laenfermera. Al salir el Padre Arrigoitia del cuarto de la que bienpodemos llamar moribunda,
después de haber pronunciado las palabras dela absolución, sintió detrás de la puerta el ulular de
un congojadopecho, y oyó una voz que decía:
—Gracias... muchas gracias....
Lucía estaba allí y lloraba a mares,
—A Dios sean dadas...—contestó el jesuita afablemente—. Vamos, noafligirse, mi señora
Doña Lucía... al contrario. Estamos de enhorabuena.
—No... no, si es de gozo—contestó la enfermera.
Y como la sotana negra y el alto talle fajado se alejasen, hizosuavemente: ce, ce. El jesuita se
volvió.
—Yo también, Padre Arrigoitia, me quiero confesar, pronto, pronto.
—¡Ah! bien, bien... pero usted no está en peligro de muerte, gracias alSeñor... en San
Sulpicio, confesonario de la derecha, entrando... a susórdenes siempre, señora mía. Volveré,
volveré a ver a nuestraenfermita... no hay que llorar.... ¡Parece usted una Magdalena!
Aquella tarde Lucía bajó como de costumbre al jardín. Pero era tal elcansancio que sentían sus
miembros y su espíritu, que recostando en eltronco del plátano la cabeza, quedose dormida.
Empezó presto a soñar: yes lo raro del caso que no soñaba hallarse en lugar alguno nuevo
nidesconocido, sino en el mismo sitio, en el jardinete; únicamente lascaprichosas
representaciones del sueño se lo convirtieron de chico yestrecho en enorme. Era el propio jardín,
pero visto al través de unacolosal lente de aumento. No se distinguía la verja sino a
distanciafabulosa, como una hilera de puntos brillantes, allá en el horizonte; ytal aumento de
proporciones acrecentaba la tristeza del mezquino jardín,haciéndolo parecer más bien seco y
agostado erial. Recorriéndolo, fijabaLucía la vista en la fachada correspondiente a la casa de
Artegui, deuna de cuyas ventanas salía una mano pálida que le hacía señas. ¿Eramano de hombre
o de mujer? ¿era de vivo, o de cadáver? Lucía loignoraba; pero los misteriosos llamamientos de
aquella diestradesconocida la atraían cada vez más, y corriendo, corriendo, trataba deacercarse a
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