Not a member?     Existing members login below:

Un Viaje de Novios

dominaba el mostrador,luciendo su estatura gigantesca, y alcanzando del más encumbrado
estantelos cajones de pasas, con sólo estirar su poderoso brazo y empinarse unpoco sobre los
anchos pies. Se pasaba horas enteras embobado, fija lavista maquinalmente en los racimos de
uvas de cuelga que pendían deltecho, o en los sacos de café hacinados en el ángulo más obscuro
de lalonja, y sobre los cuales acostumbraba la difunta sentarse para hacercalceta. En suma, él
cayó en melancolía tal, que vino a serieindiferente hasta la honrada y lícita ganancia que debía a
su industria:y como los facultativos le recetasen el sano aire natal y el cambio devida y régimen,
traspasó la lonja, y con magnanimidad no indigna de unsabio antiguo, retirose a su pueblo,
satisfecho con lo ya logrado, y sinque la sedienta codicia a mayor lucro le incitase. Consigo llevó
a laniña Lucía, única prenda cara a su corazón, que con pueriles graciascomenzaba ya a animar
la tienda, haciendo guerra crudísima y sin treguaa los higos de Fraga y a las peladillas de Alcoy,
menos blancas que losdientes chicos que las mordían.
Creció la niña como lozano arbusto nacido en fértil tierra: dijérase quese concentraba en el
cuerpo de la hija la vida toda que por su causahubo de perder la madre. Venció la crisis de la
infancia y pubertad sinninguno de esos padecimientos anónimos que empalidecen las mejillas
yapagan el rayo visual de las criaturas. Equilibráronse en su ricoorganismo nervios y sangre, y
resultó un temperamento de los que ya vanescaseando en nuestras sociedades empobrecidas.
Se desarrollaron paralelamente en Lucía el espíritu y el cuerpo, comodos compañeros de viaje
que se dan el brazo para subir las cuestas yandar el mal camino; y ocurrió un donoso caso, que
fue que mientras elmédico materialista, Vélez de Rada, que asistía al señor Joaquín, sedeleitaba
en mirar a Lucía, considerando cuán copiosamente circulaba lavida por sus miembros de Cibeles
joven, el sabio jesuita, padre Urtazu,se encariñaba con ella a su vez, encontrándole la conciencia
clara ydiáfana como los cristales de su microscopio: sin que se diesen cuentade que acaso ambos
admiraban en la niña una sola y misma cosa, vista pordistinto lado, a saber: la salud perfecta.
Quiso el señor Joaquín, a su modo, educar bien a Lucía; y en efecto,hizo cuanto es posible
para estropear la superior naturaleza de su hija,sin conseguirlo, tal era ella de buena. Impulsado,
por una parte, por eldeseo de dar a Lucía conocimientos que la realzasen, recelando, de otra,que
se dijese por el pueblo en son de burla que el tío Joaquín aspirabaa una hija señorita, educola
híbridamente, teniéndola como externa en uncolegio, bajo la férula de una directora muy
remilgada, que afirmabasaberlo todo. Allí enseñaron a Lucía a chapurrear algo el francés y
ateclear un poco en el piano; ideas serias, perdone usted por Dios;conocimientos de la sociedad,
cero; y como ciencia femenina-cienciaharto más complicada y vasta de lo que piensan los
profanos—, algunalaborcica tediosa e inútil, amén de fea; cortes de zapatillas de pésimogusto,
pecheras de camisa bordadas, faltriqueras de abalorio...Felizmente el padre Urtazu sembró entre
tanta tierra vana unos cuantosgranitos de trigo, y la enseñanza religiosa y moral de Lucía fue,
aunquesumaria, recta y sólida, cuanto eran fútiles sus estudios de colegio.Tenía el padre Urtazu
más de moralista práctico que de ascético, y laniña tomó de él más documentos provechosos
para la conducta, quedoctrina para la devoción. De suerte que sin dejar de ser buenacristiana, no
pasó a fervorosa. La completa placidez de su temperamentovedaba todo extremo de entusiasmo
a su alma: algo había en aquella niñadel reposo olímpico de las griegas deidades; ni lo terrenal ni
lo divinoagitaban la serena superficie del ánimo. Solía decir el padre Urtazu,adelantando el labio
con su acostumbrado visaje:
—Estamos dormiditos, dormiditos; pero ya sé yo que no estamosmuertecitos... y el día en que
nos despertemos... tendrá que ver. Diosquiera que para bien sea.
Remove