Nos explicamos, con más ó menos dificultad, que nos ponga la ley con susfigurines, con sus modas,
con sus jabones, sus pomadas, sus esencias ysus juguetes: nos explicamos sin violencia que nos ponga
la ley con susgraciosísimos diges, con sus elegantísimas bicocas, con sus poéticosrelumbrones, con sus
cultísimas frivolidades: nos explicamos, gimiendo óno gimiendo, que nos domine con sus tejidos, con
sus ácidos, con susinstrumentos, con sus libros, con sus novelas, con sus dramas, hasta consu idioma:
todo eso podemos explicarlo; pero no nos podemos explicar quedeba ser nuestra dictadora en punto á
costumbres. Contra semejanteconato se levanta airado nuestro corazon. No reconocemos ese dominio,
noadmitimos esa tutela, no concedemos esa supremacía, por más que laorganizacion exterior de las
cosas nos deslumbre; por más que la carapostiza de que todos los hechos se revisten aquí, haga que
confundamosel inocente arrullo de la tórtola con el canto agorero de la corneja.Aquí hay una cosa
particular, indefinible, múltiple, casi infinita: unacosa que está en todas partes, que todo lo llena, que
todo lo anima, queá todo de su forma y su rostro, como nuestro pié de su forma propia ánuestra pisada.
Hay una cosa que nosotros llamamos
el palaustrefrancés
. Los franceses tienen un
palaustre
, con el cual adoban yalisan tan admirablemente la exterioridad de las cosas, la parte que seve, lo que
está por fuera, lo que produce en nuestros sentidos y ennuestra fantasía el primer efecto dramático:
preparan tan
deliciosamente
las cosas con unos cuantos golpes de su portentosopalaustre, que aquí casi todo parece arte, cuando
real y verdaderamentecasi todo es un simple artificio. Traigamos á Paris cualquier cosa, unafruslería
cualquiera, de España, de Italia, de Inglaterra, de Rusia, deTurquía, del Mogol; démosla á un francés,
dejemos que el francés lalleve á su casa; que allí la componga, que la aliñe, que
la lave lacara con su palaustre
, y es bien seguro que la fruslería extranjeraserá en Paris una especie de mágia. Por dentro será
fruslería, elinterior estará vacío,
el precioso busto no tendrá seso
, como dice lafábula, pero lo de fuera será un encanto. ¡Qué hechizo tan particular,qué inspiracion tan
asombrosa, qué talento tan admirable hay aquí, parahacer ver que
es algo lo que no es nada!
Quizá no lo habrémos meditadobastante; tal vez no conocemos lo necesario este inmenso
laboratorio,esta inmensa química; acaso serémos injustos y agresivos con estasociedad que nos
asombra, como podria asombrarnos una fantásticaaparicion; suplicamos al pueblo francés que nos
perdone; pero vamos ámanifestar una idea, que hemos concebido más de una vez, que hemosconcebido
muchas veces, bajo la influencia de hechos análogos, lo cualprueba al menos que nuestra idea no es el
resultado de una excepcion.Cuando el espectador rie siempre, ó siempre llora, algo hace el actorpara
producir aquella risa ó aquel llanto. Hé aquí nuestra idea. Creemosque el dominio que Paris ejerce,
creemos que ese espíritu en alas delcual visita todo el globo; ese reinado que tiene un trono en
tantospueblos; esa culta y privilegiada tiranía con que está pesando sobre elmundo de hoy; creemos
que esa mañosa red que tiene extendida sobre todala tierra, no es tanto la obra de su ciencia, de su arte,
de suindustria y de su comercio, como la de su prodigiosa habilidad en dar álas cosas una segunda
cara, una cara postiza,
la cara francesa
: esdecir, una mano que cubre la cara de carne con una máscara de carton.Creemos que la supremacía
que hoy alcanza, el universal señorío de quecon más ó menos razon está tan orgulloso, no lo debe tanto
á lascreaciones de su genio, como al artificio de su palaustre. Otro crea,otro hace, otro descubre, otro
saca del caos del pensamiento lasustancia impalpable de la idea, el gérmen divino. Esta idea
arranca,esta idea camina por el mundo, Paris la llama, la acaricia, la pule, lacompone, la ajusta, la
viste: es decir, coge su mezcla maravillosa,empua su palaustre mágico oh portento! Ved como
brilla ahora loque poco antes era oscuro! ¡Ved qué gracioso, qué bonito, qué juguetones, lo que poco
antes era duro, severo, grave! Antes era una cosa; loque el arte ó la naturaleza queria que fuese; ahora
es una
monería