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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

que si el vejete no les daba de almorzar, no lesnegaría su bendición, fueron allá muy gozosos;
pero el Demonio, quejamás descansa, hizo que Carnicero tuviese noticias ciertas aquellamisma
mañana de las traicioncillas de Pipaón y de los soplos infames quehabía llevado a la antecámara
de Su Majestad la Reina Cristina. Estabael buen señor trinando cuando llegaron los cónyuges, y
ojalá que nohubieran llegado jamás, porque así como estalla un volcán, reventó lacólera de D.
Felicísimo, y no quedó dentro de su boca palabra malsonante ni epíteto quemador. Púsose blanco
el bendito agente, comopiedra caliza, y su rostro plano causaba terror, porque parecía próximoa
descomponerse en piezas, cayendo cada fracción por su lado. En vanoquiso disculparse Pipaón,
en vano Micaelita intentó disculparle también,llevada del amor que aquel día le tuvo, y hasta
Doña María del Sagrarioarrojó con timidez una palabra de paz en medio de la ardiente
filípica.Aumentábase el furor del terco viejo con las réplicas, y para concluirechó a sus nietos a
la calle, ordenándoles que no volviesen a poner lospies en aquella casa de lealtad, y
conminándoles con desheredarles delmejor modo que pudiese. Los esposos salieron cabizbajos,
y cuando sedespedían de Doña Sagrario en la puerta, el condenado vejete agarró consu zarpa
acerada el brazo de Tablas, que a su lado estaba, y conardiente anhelo le dijo:
—Tablas, cuatro duros, cuatro duros para ti, si vas ahora y le das unpuntapié a ese tunante y le
arrojas rodando por la escaleras. No hagasdaño a mi nieta, ¿entiendes? a mi nieta no.
El atleta no quiso desempeñar el indigno papel de cachetero que enaquella repugnante
contienda doméstica se le designaba, y todo quedó ental estado. Después riñó D. Felicísimo con
Doña María del Sagrario, conla criada, con Tablas, y a todos les mandó que se fuesen a la calle y
ledejaran solo, pues para vivir entre espías o traidores, prefería estarsolo con el leal y
desinteresado gato. El buen señor desahogaba sucólera sonándose, sonándose fuerte y
repetidamente, y aquel furiosotrompeteo resonaba en la casa como las cornetas de un
llamamientomilitar. No era en verdad ilusión que los frágiles tabiques de la casatemblaran como
las murallas de Jericó, porque durante el ir y venir dela gente en el momento del berrinchín, el
piso se estremecía de tal modoy con tan amenazadora trepidación, que los expulsados tomaban
con gustola puerta.
Por la tarde, y cuando no se habían aplacado aún los irritados espíritusdel agente eclesiástico,
entró a verle Salvador Monsalud. D. Felicísimolo recibió con desabrimiento.
—Le he mandado venir a usted—dijo tomando el pie de cabrón y dando conél fuerte porrazo
sobre la mesa—, para comunicarle noticias muydesagradables acerca de nuestro amigo el Sr. D.
Carlos Navarro. Usted,jí, jí, se tomó por él tanto interés cuando aquella diablura de suencierro en
la cárcel de Villa, que no dudo en acudir a usted, ahora queel insigne guerrero del Altísimo se
halla en un trance mucho máspeligroso.
Oyó Salvador con notorio interés estas palabras, y después de manifestarque no había
favorecido a Navarro por simpatías carlinas, sino porconsideraciones de gratitud y de amistad
absolutamente personales, rogóa Carnicero no ocultara nada de lo que al digno soldado del
Altísimoocurría. El vejete se revolvía en su asiento. Tomando y dejando con lasinquietas manos,
este o el otro papel, porque estaban sus nervios encompleta anarquía, dijo así:
—Ya llegará la hora de esos canallas, ya llegará, ¡vive Cristo! Ahora,al amparo de esa sombra
de Rey, bailan sobre nuestras costillas; perolos papeles se truecan, jí.... Figúrese usted que el
bravo D. Carlospartió hacia Navarra para conferenciar con Santos Ladrón y otrosvalientes
capitanes, la buena gente, la gente sana, la gente de Dios.Pues bien, hubo una algarada de
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