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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

casarse, D. Juan honraba a sunovia y se honraba a sí mismo, que la sociedad y la Iglesia se
alegrabanjuntamente de ver concluídos en boda los noviazgos largos, y por últimoque él
(Gratianus horridus) pediría a Dios concediese a los dignosesposos prole robusta y numerosa
para bien de la cristiandad. D.Felicísimo también recibió con alegría la noticia, porque la
colocaciónde su nieta había llegado a parecerle problema poco menos difícil que lacuadratura del
círculo, y Doña María del Sagrario echó un gran suspiroque interpretado libremente expresaba
las infinitas gracias que daba aDios la buena señora por verse libre pronto del inaguantable genio
de susobrina.
No hay que decir cuanto se regocijó la novia al ver próximo el términode la situación
equívoca en que estaba, y al considerarse señora y dueñade una casa. Ella contaba con manejar
al buenazo de Pipaón como a undominguillo, y vivir a sus anchas gastando y triunfando.
Pajarraco largotiempo aprisionado y de no muy buenos instintos, ¿a dónde iría al salirde su
jaula? De la esclavitud del matrimonio iba ella a hacer lalibertad de sus apetitos vanos. Cuando
vio asegurada la conquista de donJuan, empezó a hacer sus preparativos.
Quiso Pipaón que su boda fuese de mucho aparato y bullanga. Hasta llegóa imaginar que le
apadrinaran los Reyes, o en su nombre algúnempingorotado magnate, pero fue tan mal recibido
en Palacio, al tantearla voluntad de las personas elegidas in mente por el cortesano paraaquel fin,
que se trastornaron sus planes. Esto le ocasionó sumatristeza, pero fue causa de una importante
determinación, que más tardehabía de conceptuar como una de las más felices de su vida.
Debeadvertirse aquí que, aunque el patriarca zascandilorum asistía a lasjuntas carlistas del Sr.
Carnicero, y en ellas trataba de hacerse pasarpor uno de los más ardientes devotos de la causa del
Altísimo, no estabaresueltamente decidido a embarcarse de un modo definitivo en tanarriesgado
golfo. Como hombre de grandísimo espíritu práctico yacostumbrado a no dar un paso sin estar
seguro de la firmeza del sueloen que iba a poner el cauteloso pie, mantenía en su pecho
unaimparcialidad saludable, que era, si bien se mira, el colmo de lasabiduría. Con sagacidad
finísima observaba los elementos de uno y otropartido, la calidad y número de las personas que
en ellos militaban, elgrado de fuerza y vitalidad que en el país tenían, y hallándolos casiiguales y
contrapesados, esperaba a que el tiempo y la Providenciarobusteciera al uno con detrimento y
merma del otro. Es claro como laluz del mediodía que en el momento de declararse la
desnivelación, elhábil cortesano se lanzaría con entusiasmo férvido a las filas delpartido mayor y
más poderoso.
Hallábase en lo más perplejo de su perplejidad, cuando le entró, sinduda por inspiración
divina, el deseo de casarse. ¡Oh, fortunate nate!como dirían Virgilio y D. Rodriguín. ¡Quién
había de decir que de susproyectos matrimoniales le vendría la profesión de fe política que
lesalvó, apartándole del partido guerrero y de una causa que no triunfóentonces ni había de
triunfar en lo sucesivo! ¡Ay! en un tris estuvo quepersonaje de tanta valía se perdiera para
siempre, privando a laAdministración española de sus eminentes servicios.... Es el caso queaquel
desprecio con que fue recibido en Palacio afligió mucho alcortesano; la pena lo hizo reflexionar
profundamente, y... no parecesino que Dios y la Santísima Virgen le tocaron en el corazón,
porquedesde aquel día empezó a tener presentimientos de que no triunfaríanjamás las ideas
absolutistas. Tuvo, si se quiere, cierta presciencia oadivinación genial de los venideros sucesos.
A nuestro juicio, debetenerse por cierto que la inspiración divina alienta no pocas veces alos
cortesanos en todas las edades, y les ilumina y conduce para que noden esos terribles traspiés
que a veces truncan lastimosamente las másbrillantes carreras.
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