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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

muchoque pensaba y maduraba el insigne, cien veces insigne héroe de Boterossus resoluciones.
En estas visitas ocurría la particularidadinexplicable de que D. Benigno no hablaba de Sola ni de
cosa alguna quecon el cansado matrimonio tuviese relación. Hablaban de ocupaciones, delos
negocios públicos, de las probabilidades de una guerra sangrienta,de la enfermedad de Su
Majestad, la cual iba en tal manera creciendo,que pronto aquel animado muerto sería todo
cadáver, entre el espanto dela monarquía huérfana. En las conversaciones de D. Benigno
notabaSalvador una particularidad extraña y que no acertaba a explicarse. Eraque el buen
encajero no hacía más que preguntas y más preguntas, cual siantes fuese inquisidor que amigo, y
no llevase más propósito que indagarla vida, conducta y pensamientos de su compañero de casa
en SanIldefonso. Después de la primera visita D. Benigno bajó cojeando laescalera; y ciñendo
estrechamente al cuello el embozo para abrigarsebien, dijo dentro de su capa: «No sirve, no sirve
para el caso».
En una de las visitas sucesivas (y entre unas y otras pasabanpróximamente veinte días), dijo
para sí: «No es digno, no, delincomparable regalo que he pensado hacerle». Más adelante
aconteció queal compás de su trote cojo, murmuraba, marchando hacia su casa: «Quizás,quizás,
sepa hacer buen uso de tan incomparable joya». Y por último,(allá por Julio o principios de 12
Agosto, el día antes de partir paralos Cigarrales) salió de la visita, pensando así: «Bien va
esto,Benigno, esto va bien».
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