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Un Faccioso Más y Algunos Frailes Menos

Antes de dormir, consagró dos horas al estudio y a la ciencia de que eramaestro en las aulas
del Colegio Imperial, la profunda y enmarañadaÉtica. Después oró y meditó por espacio de otras
dos horas largas,puesto de hinojos a ratos, y a ratos tendido boca abajo sobre el suelo.Lejos de
haber en este las blanduras suntuarias con que los pecadoresatienden al sibaritismo de los pies,
era la dureza misma combinada conla frialdad, para que la mortificación fuese conforme a la
implacablesaña con que varón tan santo trataba a su carne miserable. Allí no hablaalfombra, ni
estera, ni cosa que a tal se pareciese, sino ligera capa detierra, rojiza extendida sobre los
ladrillos, la cual era traída de lacueva de San Ignacio en Manresa y servía para producir en el
espíritudel clérigo la piadosa ilusión de que en la misma santa cueva estaba.Últimamente había
repartido entre sus buenos amigotes tantasporcioncillas de aquella bendita y quizás milagrosa
arcilla, que lacelda se iba quedando limpia, y por varias partes pedía algunosescobazos que la
acabaran de limpiar. Lo demás de la reducida estanciaera insignificante y revelaba la humildad y
el estudio, cosas en verdadque fraternizan perfectamente.
El jesuita durmió después de estudiar y de mortificarse, y abandonó demadrugada el lecho.
Rezó, dijo misa, (y las suyas por lo tempranas y lolargas, eran muy elogiadas entre las personas
piadosas de aquel populosobarrio) y después entró en su cátedra, seguido de muchedumbre
deescolares. Esto se repetía diariamente, mes tras mes, año tras año. Ensus explicaciones
filosóficas, Gracián realizaba el prodigio de volverclaro lo oscuro y de hacer ver las honduras de
aquella ciencia,iluminando la superficie con la luz de un método admirable y de un decirameno.
Sus discípulos le querían por todo extremo, y era uno de esosmaestros siempre preferidos y
siempre elogiados que hacen amable elestudio. En las horas de recreo veíase rodeado de
enjambre decolegiales, que dejaban el escaso solaz de aquella hora para consultarcon el Padre
puntos oscuros de la conferencia señalada, y platicar sobrecualquier tema de humanidades o
teología, pues en todo ello y aun enotra clase de sabidurías era muy versado el bendito clérigo.
En aquellos tiempos, ¡oh tiempos clásicos! todo se estudiaba en latín,incluso el latín mismo, y
era de ver la gran confusión en que caía unalumno novel, cuando le ponían en la mano el Nebrija
con sus reglasescritas en aquella misma lengua que no se había aprendido todavía. Pocoa poco
iba saliendo del paso con el admirable método de enseñanzaadoptado por la Compañía, y
acostumbrándose al manejo del Calepino paralos significados castellanos, y del Thesaurus para
la operacióninversa, pronto llegaba a explicarse como Quinto Curcio o CornelioNepote. Las
lecciones se daban en latín, y para que los chicos sefamiliarizasen con la lengua que era llave
maestra de todo el saberdivino y humano, hasta se les exigía que hablasen latín en
susconversaciones privadas, de donde vino esa graciosa latinidadmacarrónica, que ha producido
inmenso centón de chistes, y hasta algunaspiezas literarias, que no carecen de mérito, como la
Metrificatioinvectivalis de Iriarte y las sátiras políticas que se han hechodespués. Si Horacio y
Cicerón hubieran, por arte del Demonio, salido desus tumbas para oír como hablaban los
malditos chicos del ColegioImperial, habría sido curioso ver la cara que ponían aquellos
dignossujetos a cada instante se oía: Quantas habeo ganas manducandi!...Carissime, hodie
castigavit me Pater Fernández (vel á Ferdinando),propter charlationen meam.... ¡Eheu,
paupérrime! ¿Ibis in calabozum?...Non; sed fugit meriendicula mea. Dum tu chocolate bollisque
amplificasbarrigam tuam, ego meos soplabo dedos. Guarda mihi quamquamfrioleritam.
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